"La utopía es un país que el ser humano visita todas las noches"
Juan Gelman dedica su nuevo poemario al amor. -

Juan Gelman dedica su nuevo poemario al amor. 


Juan Gelman. El premio Cervantes 2007, uno de los escritores en lengua castellana más combativo contra las injusticias, publica nuevo libro cuatro años después y lo hace con el amor por delante como centro de sus palabras y de las revoluciones
PEIO H. RIAÑO 23/04/2011
Juan Gelman está contento, casi. El Senado uruguayo aprobó hace diez días por la mínima invalidar la Ley de Caducidad, que mantuvo en la impunidad a los militares que cometieron crímenes durante la dictadura, entre 1973 y 1985. Uruguay abre las puertas a la memoria. Un mes atrás, la Corte Interamericana de Derechos Humanos había condenado a Uruguay por el asesinato de María Claudia García, nuera del poeta, y por el nacimiento en cautiverio de su hija Macarena Gelman. La historia es conocida: cuando Gelman supo que tenía una nieta, no dejó de buscarla hasta que la encontró 20 años después de su nacimiento. Pero el poeta argentino, premio Cervantes 2007, dice que no lo celebrará hasta que la ley que permita hurgar en el pasado no sea ratificada por la Cámara Baja en los próximos días.
En plena revisión de la historia uruguaya, la suya, ha firmado desde su casa en México un extenso alegato sobre la terquedad del amor. El título, al borde del trabalenguas, El emperrado corazón amora, que publicará la editorial Tusquets el próximo 9 de mayo y, como él mismo dice en esta primera entrevista que concede por el poemario, no puede estar libre de lo que Gelman es. Sobre todo, verdad y silencio. Y amor. También amor, que apenas había levantado cabeza en su última poesía, la de su séptima década de vida, la del siglo XXI, Valer la pena (2001), País que fue será (2004) y Mundar (2007).
"El problema de la razón es que no ha encontrado la manera de explicar la sinrazón"
Vuelve con un poderoso verbo de invención propia: "amorar", que no significa más que eso, amar, como él mismo afirma. Pero también suena a amarrar, a la resistencia a dejar de amar. No es el único neologismo que nutre el diccionario "gelmánico" en este nuevo libro: cercalejos, duelequé, entreshijo, entresueño, etc. Paradójicamente, estruja las palabras, las retuerce hasta convertirlas en otras, formadas por varias, con un significado múltiple. Y sin embargo, la claridad. Es el resultado de trabajar en un hermetismo que en alguna medida es permeable a lo humano conocido. Cree que la palabra es la única capaz de iluminar y, al tiempo, juega con su ambigüedad. Suelta en los dos primeros versos de Dobles: "La palabra no tiene hospitales / que le curen el mundo".
Mientras la razón duele
"La palabra viene herida por el mundo y no tiene hospitales para que la curen", cuenta el escritor. "Así, el ser humano también viene herido de por vida al mundo por la palabra", dice dramático, en voz baja, al otro lado del teléfono. Acude Gelman a alumbrar con ella todo lo que no puede ser nombrado, todo lo que teme ser descrito, todo lo que no se sabe contar, y, sin embargo, su poesía nada en las imágenes herméticas sobre versos que funcionan como axiomas: "La salud de la razón es débil".
"La palabra viene herida por el mundo y no tiene hospitales para que la curen"
"El problema de la razón, que es necesaria, es que no ha encontrado la manera de explicar la sinrazón. La razón termina por desechar muchas de las cosas que no logra comprender y que le parecen inútiles, pero que no lo son. A la palabra le pasa lo mismo: hay muchas cosas que la palabra no es capaz de desvelar. Los poetas tienen la capacidad de iluminar", cuenta sobre uno de los motivos que se repiten a lo largo de los casi 140 poemas del libro.
A propósito, ¿tiene Juan Gelman alguna palabra prohibida? "La palabra que a mí me da asco es asco. Jamás la puedo usar".
Pero Gelman no es de los que se dejan atrapar. Se revuelve como sus palabras, escapa de cada clasificación, de cada aclaración concreta que trate de dar solución a sus fórmulas. Todas esas imágenes que recorren el libro, la luna, las piedras, el alma, la luz, la verdad, los caballos o las sábanas, son juegos para el lector: "Cada lector es el encargado de recrear el libro. El poema es una botella tirada al mar, quizá llegue al alma de alguien. Uno escribe lo que puede, no lo que quiere", dice.
"Este libro no tiene motivos. Simplemente, es el fruto de la necesidad de escribir. La poesía no tiene objetivo alguno, si acaso el enriquecimiento de los lectores. En poesía el motivo no existe. En prosa, sí; fíjese en el mismo periodismo", asegura el autor, que mantiene una intensa relación con periódicos y que acude con frecuencia a alimentar su blog.
Contra el silencio
Estos días sigue en su bitácora digital los acontecimientos en Libia, la intervención militar de la OTAN y la venta de armas de Obama. Combativo y sin camuflaje, ni hablando de amor Juan Gelman, que cumplirá este año 81, se amilana: "Callar es un desierto, / mató los horizontes"(escribe en el poema Naranjas). ¿El emperrado corazón amora sigue peleando contra la desmemoria de las injusticias cometidas en el pasado? "Claro. Claro que tiene, porque todo lo tiene, como una huella que se imprimió en mí", explica.
Debe extraer de esa vehemencia contenida que disimula la fuerza para seguir en su trabajo diariamente. Dice que no sabe cómo lo hace, pero agradece su lucidez a la tranquilidad. "Hay períodos de infertilidad absoluta en los que no sale nada". Aunque pueda parecer que acaba de decir lo contrario, Gelman arranca como un volcán para asegurar que no está apaciguado, que quedará en paz cuando la Historia cicatrice: "Me voy a apaciguar cuando el Gobierno uruguayo cumpla con la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y encuentre el cuerpo de mi nuera".
"Me apaciguaré cuando el Gobierno uruguayo encuentre el cuerpo de mi nuera"
Volvamos al amor. Volvamos a la pelea. ¿Cómo es posible que no deje de cabalgar el amor, que no se desespere? "Porque las esperanzas, los amores que pasan, el dolor por lo que sucede, el hambre, las guerras a pesar de todo eso, seguimos queriendo. Duele, sí, pero uno se emperra en querer. El corazón se emperra en seguir queriendo, vaya usted a saber por qué. El amor ha existido desde el principio de los siglos, parece que es una experiencia que se repite", cuenta el maestro. Quiere aclarar que se refiere al amor en una dimensión mayor a la que solemos referirnos, la categoría del amor de la que él habla es espiritual.
Contra el hielo de espíritu, se pregunta entre versos: "¿Cuándo van a pagar los trabajos del viaje, / el amor que se equivoca y / no rinde en el mercado? ¿Lloverá / no lloverá? ¿Quién camina por / la tierra que arrasó su pasión, / el humo todavía?". Y entre las imágenes imborrables del libro, la que avisa de que una vida sin deseos debe ser una vida gris. El miedo a lo gris impide la renuncia, incluso en la vejez: "El deseo se resiste a abandonar los huesos".
Donde la utopía quiera
En la conversación pregunta por el corazón del que pregunta y él apunta, añade, subraya, busca la empatía. Siempre sereno, siempre midiendo. Cree que en el corazón vive la necesidad de seguir adelante, que el amor mueve en el ser humano el deseo del cambio. El amor como motivo de la revolución. "Sí, es indiscutible, que el amor, a veces, incluye el deseo de cambiar el mundo. Este sistema capitalista es inmoral. ¿Qué tiene que ver con la ética de la gente? Es un sistema inmoral, que empieza por arriba, por la inmoralidad de los dirigentes", dice Gelman. Contra el capitalismo, una dosis doble de moral, la única escapatoria a las injusticias, aunque haya pasado a un plano oscuro y olvidado: "La moral rota solloza sin vientos, sin ramas, sin pudor", escribe.
"El problema de la razón es que no ha encontrado la manera de explicar la sinrazón"
Precisamente, para cambiar el mundo Juan Gelman está convencido de que basta con reaccionar a tiempo: "Yo creo que las opciones de cambio se presentan. La última que está sucediendo pasa por el mundo árabe. Pasa mucho tiempo gris hasta que algo sucede". Así que mientras los acontecimientos van horadando la Historia, el hombre hace planes, sueña: "Las utopías nacen y suelen morir, pero no dan paso nunca a una peor. En general, las utopías se mejoran. Sin utopía el mundo no sería correcto: la utopía es un país que el hombre visita todas las noches. Si no, pregúnteselo a Mubarak".
Nadie sabe lo que pasa con un verbo que no se puede declinar, pero sólo Gelman sabe qué hacer con los que no existen: "Amorar", amarra y duele. Como la muerte: "Una de las cosas que lamento profundamente de irme a tocar el violín al otro barrio es que no voy a poder seguir queriendo a los que quiero".
http://www.publico.es/culturas/372140/la-utopia-es-un-pais-que-el-ser-humano-visita-todas-las-noches

Juan Gelman (Buenos Aires3 de mayo de 1930) es un poeta y periodista argentino,Premio Cervantes 2007. El escritor ecuatoriano Jorge Enrique Adoum lo ha calificado como "el mayor poeta vivo de habla hispana". Actualmente reside en México en donde recibió (Guadalajara) en el año 2000 el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. También ha recibido los premios iberoamericanos de poesía Ramón López Velarde, en 2003Pablo Neruda, en 2004 y Reina Sofía, en 2005.



Publicaciones
Poesía
§  Violín y otras cuestiones (1956)
§  El juego en que andamos (1959)
§  Velorio del solo (1961)
§  Gotán (1962)
§  Cólera buey (1964)
§  Traducciones III. Los poemas de Sydney West (1969)
§  Fábulas (1971)
§  Relaciones (1973)
§  Hechos y relaciones (1980)
§  Si dulcemente (1980)
§  Citas y Comentarios (1982)
§  Hacia el Sur (1982)
§  Com/posiciones (1986)
§  Interrupciones I (1986)
§  Interrupciones II (1988)
§  Anunciaciones (1988)
§  Carta a mi madre (1989)
§  Salarios del impío (1993)
§  Dibaxu (1994)
§  Incompletamente (1997)
§  Valer la pena (2001)
§  País que fue será (2004)
§  Mundar (2007)
§  De atrásalante en su porfía (2009)
§  Bajo la lluvia ajena (2009)
§  El emperrado corazón amora (2011)
Antologías poéticas
§  Poemas, Casa de las Américas, La Habana, 1960. (Al cuidado de Mario Benedetti y Jorge Timossi)
§  Obra poética, Corregidor, Buenos Aires, 1975.
§  Poesía, Casa de las Américas, La Habana, 1985. (Prólogo y selección de Víctor Casaus)
§  Antología poética, Vintén, Montevideo, (1993). (Selección, prólogo y bibliografía completa de Lilián Uribe)
§  Antología personal, Desde la Gente, Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 1993.
§  En abierta oscuridad, Siglo XXI, México, 1993.
§  Antología poética, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1994. (Selección y prólogo de Jorge Fondebrider)
§  De palabra (1971-1987). Prólogo de Julio Cortázar, Visor, Madrid, 1994.
§  Oficio Ardiente (2005), Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca.
Prosa
§  Prosa de prensa, Ediciones B, España, 1997.
§  Ni el flaco perdón de Dios/Hijos de desaparecidos (En coautoría con Mara La Madrid), Planeta, Buenos Aires, 1997.
§  Nueva prosa de prensa, Ediciones B Argentina, Buenos Aires, 1999.
§  Miradas, Seix Barral, Buenos Aires 2005.

  Este poeta excepcional nació en Buenos Aires —en el histórico barrio de Villa Crespo— en 1930. Su primera obra publicada, Violín y otras cuestiones, prologada entusiastamente por otro grande de la poesía, Raúl González Tuñon, recibió inmediatamente el elogio de la crítica. Considerado por muchos como uno de los más grandes poetas contemporáneos, su obra delata una ambiciosa búsqueda de un lenguaje trascendente, ya sea a través del "realismo crítico" y el intimismo, primeramente, y luego con la apertura hacia otras modalidades, la singularidad de un estilo, de una manera de ver el mundo, la conjugación de una aventura verbal que no descarta el compromiso social y político, como una forma de templar la poesía con las grandes cuestiones de nuestro tiempo.
   Fue obligado a un exilio de doce años por la violencia política estatal, que además le arrancó un hijo y a su nuera, embarazada, quienes pasaron a formar parte de la dolorosa multitud de "desaparecidos".
   En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía. Su obra ha sido traducida a diez idiomas.
   Reside actualmente en México, aunque "Volver, vuelvo todos los años, pero no para quedarme. La pregunta para mí no es por qué no vivo en la Argentina sino por qué vivo en México. Y la respuesta es muy simple: Porque estoy enamorado de mi mujer, eso es todo". Perdonando tamaño romanticismo, la ciudad de Buenos Aires lo honró recientemente con el título de ciudadano ilustre.

http://www.literatura.org/Gelman/Gelman.html



EL OTRO JUAN GELMAN
La mirada del periodista
Nueva prosa de prensa
Por JUAN GELMAN
(Vergara)-335 páginas
Un poeta es como cualquier hombre, pero cualquier hombre no es un poeta", diferenció Raúl González Tuñón. Para hablar de Juan Gelman habría que agregar a las condiciones de "no cualquier hombre ni cualquier poeta" la virtud de destacarse también como periodista.

Y la comprobación de lo dicho es sencilla: basta con leer los más de cien artículos escritos para el diario Página 12 entre mayo del 96 y octubre de 1998 y reunidos en el libro Nueva prosa de prensa (que continúa la compilación Prosa de prensa que Ediciones B publicó en 1997).

Cada una de las notas es un entramado que une con destreza los personajes y los hechos para dar cuerpo al argumento. Gelman camina el trecho que va de la anécdota a la idea, del personaje a la conclusión. Y comparte la caminata con un lector atento y sensible.

Si el día a día entorpecía la invitación del periodista, el salto del diario al libro facilita el paseo. Sugiere la recorrida pausada. Y, como en una visita guiada, Gelman nos lleva de los deseos negados y delatados en otros para alimentar las hogueras de la Inquisición mexicana al secreto de la pintura de Cézanne y el derrumbe social de Lautremont. De las diferencias entre el aventurerismo de André Malraux al arrojo revolucionario de Hemingway. Del prohibido desenfreno sexual de Mae West al implacable despojo contemporáneo del que fue víctima la poesía encendida de Safo de Lesbos, de la que nos llegan unos pocos retazos desde hace 2.600 años.

La prosa de Juan Gelman devela el mismo trabajo artesanal que su poesía (Violín y otras cuestiones (1956), El juego en que andamos (1959),Cólera buey (1965), Si dulcemente (1980), son algunos de sus títulos). Porque, lejos del desdén con que otros escritores se han referido a la prensa -a la que se dedicaron con el único objetivo de cubrir los baches financieros que ocasiona el dedicarse a la poco rentable pasión de la palabra-, la ha descripto como "un género literario más" que habita "la misma casa que la poesía aunque, con seguridad, en pisos diferentes". Su prosa tiene la sustancia que la vivencia destila después de muchos años. Fue puliendo su oficio en las redacciones de La Hora (periódico comunista), la agencia china Sinjua, el semanario Panorama, el notable suplemento cultural del diario La Opinión (que pensó y dirigió entre el 71 y el 73), el diario montonero Noticias (que clausuró el comisario Villar, fundador de la fatídica Triple A), la revista cultural Crisis (de la que fue secretario de redacción), la agencia de noticias IPS de Roma (donde dirigió la red latinoamericana de corresponsales) y el diario Página 12.

En el recorrido que propone Nueva prosa de prensa hay un tema que el autor jamás abandona: el de la reflexión sobre el Holocausto judío y la masacre perpetrada por la última dictadura argentina. Como si se tratara de las piedritas de ladrillo de las viejas plazas: es imposible evitar su sonido apagado y la sensación de caminar sobre ellas, aunque fijemos la atención en otra cosa. Para hablar del drama nacional (en ese período asesinaron a su hijo y desaparecieron a su nuera y su nieta o nieto) pasa de la descripción desnuda ("Archivos del mal") a la teatralización ("Teatros") y a textos de una intensidad que duele como en "Reinas", que comienza con un poema que Ana María "Loli" Ponce le entregó a otra secuestrada de la ESMA antes de ser "trasladada".

De junio de 1998 data otra de esas notas impresionantes donde al periodista y al poeta los supera el hombre. En "Miradas" abordó lo que considera "el peor de los crímenes": el robo de bebés, muchos nacidos de madres encapuchadas de las que no percibieron más que el aliento desesperado de la condenada. "El bebé era robado hasta la mirada de su madre", denuncia.

La acidez y la ironía se derraman como tinta en sus análisis sobre la realidad argentina, una cotidianidad a la que permanece unido sin que pese la distancia que media entre la Argentina y México DF, ciudad en la que vive. Como en toda su prosa, hasta en sus reflexiones más "calientes" la tipografía de su ilustración marca el papel. Encuentra, por ejemplo, que la flexibilización menemista es tan retrógrada como el "Reglamento de Personal" que la comuna de Lausana -Suiza francesa- promulgó en 1882; o cuando observa que el poder de convocatoria de Arthur Miller salvó de la pena de muerte a un todavía ignoto escritor nigeriano Wole Soyinka (posteriormente Premio Nobel de Literatura) pero no detuvo la firma presidencial de los indultos a militares argentinos.

Gelman se reserva la potestad de unir los hechos y las cosas más disímiles que resalta en el filósofo y aforista alemán Georg Christopher Lichtenberg ("Relaciones"). Sus operaciones literarias descartan la asepsia del periodismo actual. Prefiere el periodismo de opinión. Como a Lichtenberg, le causan "dolor las cosas que a los otros sólo les dan lástima". Y lo dice.

ANA LAURA PEREZ

Clarin Digital | Domingo 04 de julio de 1999 | Cultural
El escritor Philip Roth

A golpes de martillo


Andrea Aguilar - elpais.com
Es el último novelista vivo de una luminosa generación de escritores estadounidenses. Philip Roth tuvo como amigos y maestros a autores como Bernard Malamud y Saul Bellow, y junto a otros contemporáneos suyos como Thomas Pynchon, John Updike y Normal Mailer abrieron una nueva senda en busca de la gran novela norteamericana. En esta entrevista, en su casa de Nueva York, Roth habla de su último libro, Némesis, de lo que significa para él la escritura y la literatura, de la culpa y del paso del tiempo
Su fama, no solo literaria, le precede. Desde que en 1959 publicó Adiós Columbus, la polémica y el éxito han marcado la carrera de Philip Roth (Newark, 1933) como la de ningún otro escritor. La impúdica e hilarante diatriba de su personaje Alexander Portnoy con su psiquiatra, a finales de los años sesenta, fue el pistoletazo que le colocó a ojos de la crítica a la altura de Styron o de su coetáneo Updike. Roth, admirador y amigo de Malamud y Bellow, inauguraba una nueva senda en la novela americana.
Con El lamento de Portnoy también puso en pie de guerra a un grupo de rabinos que le acusaron de antisemita. Las feministas del momento no se quedaron atrás y le señalaron como un flagrante misógino. Los títulos que publicó en la siguiente década azuzaron los furibundos ataques. De la mano de Zuckerman, en nueve de sus novelas, tensó la frontera entre realidad y ficción. Su divorcio de la actriz británica Claire Bloom, y las nada elogiosas memorias que ella publicó poco después, alimentaron los cotilleos. Pero Roth no se arredró. Plantó cara a las sucesivas batallas con genio, a golpe de novela, probando una y otra vez que "la literatura no es un concurso de belleza en el plano moral". En la farsa, la sátira o la tragedia, el escritor se ha declarado enemigo de lo simple, de la dicotomía entre blanco y negro, y trabaja como pocos la gama de grises que tiñen la conciencia.
A diferencia de John Updike, el prolífico cronista de la clase media americana y exquisito crítico, Roth, el chico malo sin pelos en la lengua, satírico, irreverente, crudo, sexual y rabiosamente judío ha concentrado toda su energía en la ficción. El acoso y las peleas públicas nunca le empujaron a la misteriosa reclusión del vanguardista Thomas Pynchon. El héroe de Newark construyó su leyenda con la apabullante fuerza de sus libros, demostrando que no tenía ningún camino prohibido, que su ficción podía crecer y abarcarlo todo. En su obra ha explorado la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial o el macartismo, ha buceado e investigado con ahínco. "Su chorro de creatividad es casi shakespeareano", declaraba a finales de los noventa el crítico Harold Bloom. "Están DeLillo, Pynchon, Cormac McCarthy, pero en términos de diseño total y de inventiva y de originalidad, creo que Philip es lo que está más cerca de lo mejor".
Treinta y tres títulos después de su debut, el autor de Pastoral americana o La mancha humana, es el único novelista vivo cuyo trabajo está siendo publicado por Library of America, un proyecto similar a La Pléiade que reúne la obra completa de los mejores escritores estadounidenses (quitar en ediciones anotadas). Además, Roth cuenta en su haber con una impresionante lista de galardones -en la que solo falta el Nobel- y millones de lectores en todo el mundo. A los más jóvenes les cuesta entender la controversia que despertaron sus primeras obras. Quizá haber forzado el estereotipo de inmigrante judío de segunda generación hasta derribar ese muro sea una de las mayores victorias de este escritor. Con Némesis, su último libro, cierra el ciclo de cuatro novelas cortas que arrancó con Elegía y regresa al escenario de su infancia, en el Newark de la década de los cuarenta durante la epidemia de polio.
El escritor se retiró al campo en Connecticut hace más de diez años, pero pasa los inviernos en la ciudad. Al oeste de Central Park, en el Upper West Side, se encuentra su apartamento neoyorquino. Un gran ventanal con una impresionante vista al sur domina un luminoso y amplio salón de suelos de madera clara y exento de librerías. A la derecha, un flexo ilumina el escritorio de cristal. Falta el ordenador, una pieza clave para Roth desde los noventa, que vino a sustituir una sólida máquina de escribir -"como un cañón, grande, negra, inamovible"-. Antes tuvo una Olivetti portátil -"maravillosa, podías empujarla por la mesa, escribir y empujar"- y, por insistencia de sus amigos, dejó el papel y la tinta y se pasó a la pantalla y el teclado -"lo mejor que le ha pasado a mi escritura"-, algo que le permite reescribir mientras avanza. El oficio de escritor para Roth tiene algo de combate físico. Trabaja cada día, todo el día y, durante muchos años, lo hacía siempre de pie. Ahora, solo la mitad del tiempo. "Empecé porque tenía problemas de espalda. Me encanta no estar metido en el hoyo. Si te atascas puedes caminar y quitártelo de encima".
El sofá se encuentra en el otro extremo del salón. Roth, alto y delgado, camina sin zapatos por la casa. Viste un pantalón de pana y jersey de lana gruesa beis. Mientras habla, sentado en una butaca de cuero negro, juega con las gafas que le cuelgan del cuello y clava la mirada. Agudo y ágil conversador, intercala bromas y carcajadas, pero evalúa sin piedad a su interlocutor y no duda en recordar aquel tiempo en que no se mostraba tan cortés en las entrevistas -"me levantaba, me marchaba de un portazo, si me preguntaban si hacía lo mismo que mis protagonistas les gritaba que sí, exactamente, ¡al pie de la letra!"-. Esta tarde se muestra más sereno. Habla con admiración de la correspondencia de Bellow recientemente publicada y asegura que lo suyo, sin embargo, nunca fueron las cartas, ni los diarios: le cuesta encontrar el tono y siempre está tentado de reescribir, quitar -como todo lo demás-. Aunque hay un ejemplar de The Paris Review bajo su asiento, dice que no ha leído nada nuevo en ficción desde hace tiempo, ni Jonathan Franzen, ni Foster Wallace -"la última gran novela que leí fue Submundo de DeLillo"-.
Un niño camina por una calle de Newark
Un niño camina por una calle de Newark, después de una redada de la policía.
PREGUNTA. En Némesis habla del miedo, un asunto central en Estados Unidos después del 11-S.
RESPUESTA. La polio atacó América en la primera mitad del siglo XX y las advertencias paternas sobre la enfermedad fueron el coro de fondo de mi infancia. Cuando se descubrió la vacuna en 1955, ya me había licenciado en la universidad. No necesitaba el 11-S para escribir este libro.
P. ¿Es la literatura una buena brújula para entender el presente desde el que se escribe?
R. ¿Pienso que la ficción refleja el momento en que ha sido escrito sin importar en qué época esté situada la acción del libro? No. Yo quería describir 1944 en Newark. Leí mucho y me entrevisté con un par de tipos de mi edad que tuvieron la polio. Cuando trabajo pongo mucho cuidado en recrear con fidelidad una época. Si el presente en el que escribo también queda reflejado no es un algo deliberado.
P. ¿Opina lo mismo como lector?
R. Si es sutil, a lo mejor, con el paso del tiempo puedes ver que algunas cuestiones históricas determinaron que los escritores estuvieran interesados en ciertos temas.
P. ¿Cómo ha afectado el 11-S a la literatura norteamericana?
R. Algunos escritores lo han usado en sus libros. Pero, en general, la literatura no funciona así. Yo tardé 65 años en hablar de la polio y ese es más o menos el margen. El paso del tiempo deja espacio para la cavilación y llega una generación de escritores que pueden capturar el hecho, que no suele ser la misma que estaba en su madurez cuando ocurrió. ¿Cree algo de lo que digo?
P. En algunos de sus libros parece que hubiera una advertencia: cuidado con la bondad.
R. Sí, una buena frase. El teatro de Sabbath es el reverso: abraza la maldad.
P. Harold Bloom considera que ese es su mejor libro.
R. Es bueno. Estoy a punto de releerlo y yo nunca releo mis novelas.
P. ¿Por qué no?
R. A menudo es doloroso, ves lo que no conseguiste hacer y el lenguaje que usaste puede resultar un poco embarazoso. Uno no siempre está en buenos términos con sus libros del pasado.
P. ¿Por qué lo está releyendo?
R. Alguien me lo sugirió, mientras yo estaba criticando algo de mi obra. El impulso detrás de Sabbath fue fuerte y nuevo. El nivel de invención es muy alto. Cuando lo publiqué lo odiaron.
P. En un ensayo sobre Bellow habla de su transformación revolucionaria con Auggie March. ¿Piensa en su propia obra en estos términos?
R. Bueno, El lamento de Portnoy fue algo totalmente distinto de mi obra anterior. Vine a Nueva York en 1963 y daba clases en Princeton. Conocí a un grupo de tipos, todos judíos y un poco mayores que yo. Nos reuníamos y teníamos unas juergas hilarantes, enlazando un tema detrás de otro con historias extravagantes. Después de dos o tres años pensé que por qué no escribía eso, y decidí llevar a la página el comedor del restaurante. Aquello fue el comienzo de una explosión que duró unos doce años. Intenté empujar el elemento cómico tan lejos como pudiera.
P. ¿Para defenderse?
R. No, era una ofensiva en todos los sentidos. La idea era "si no te gusta el tipo que escribió Portnoy, vas a odiar al que escribió esto". Me liberé de mi decorosa educación literaria. El siguiente gran cambio llegó con La contravida, a mediados de los ochenta, un nuevo acto de apertura. Me sentía expansivo cuando escribía y las palabras llegaron.
P. ¿Qué se propuso hacer en esta serie de
Némesis?
R. En los noventa Bellow estaba escribiendo novelas cortas. Recuerdo que le pregunté cómo lo hacía y él, como siempre, se rió. En aquel momento en mis libros yo buscaba ampliar y seguir incluyendo cosas que nada impedía que metiera. Pensé, ¿puedo recortar todo y escribir a pequeña escala? ¿Cómo destilo y comprimo?
P. Y llegaron estas cuatro novelas.
R. No sabía que serían cuatro. Empecé con Elegía. Quería contar la vida de un hombre a partir de sus enfermedades. Me divirtió especialmente imaginar ese discurso acusatorio y furioso de la mujer contra el adúltero. Fue divertido asumir ese papel, porque no he tenido muchas oportunidades.
P. Después vino
Indignación.
R. Quise escribir sobre lo que era ir a una universidad en el tiempo en que yo fui, a principios de los cincuenta. Esos campus convencionales eran sofocantes y detrás de esa asfixia estaba la maldita guerra y la represión sexual. Todo era tan reprimido que ni siquiera sabíamos lo reprimidos que estábamos.
P. Le ha dedicado bastante atención a la explosión de aquello.
R. Si el bang de 1963, 1964, 1965... Yo estaba en la treintena y ver aquello fue vertiginoso, daba mareo. Fue increíble.
P. ¿Ha habido una regresión desde entonces?
R. No. Lo que pasó en los años sesenta fue tímido y templado si lo comparamos con cómo viven ahora los jóvenes. Aquello fue la primera salida de la cárcel sexual y fue emocionante.
P. El nuevo libro transcurre durante un verano muy caluroso en Newark, como
Adiós Colombus su primera historia publicada.
R. Aquello lo escribió un chico que no había oído hablar de la muerte. El escritor deNémesis sí ha oído de ella.
P. El doctor, uno de los personajes, advierte al protagonista de lo que debilita un sentido erróneo de responsabilidad.
R. Bucky se siente responsable de cosas que no le corresponden. Y este sentimiento de responsabilidad es insaciable.
P. ¿Asumir la responsabilidad es una forma de eludir el caos y el azar, de crear la ilusión de control del destino?
R. Exactamente, y la polio es un ejemplo perfecto: es caos y azar, aunque él se sienta responsable. La culpa da sentido a muchas cosas.
P. ¿Da por terminada esta serie?
R. Sí. Quería tratar en breve una cierta preocupación fatalista. Chéjov en uno de sus cuentos dice que detrás de la puerta en la casa de cada hombre rico debería haber alguien con un martillo que espera para darles en la cabeza y recordarles que la gente sufre. En cada uno de estos cuatro libros la Némesis espera, un cataclismo.
P. ¿Trata siempre los mismos asuntos desde distintos ángulos?
R. ¿Eso piensas tú? Creo que cada uno tiene un cubo lleno de temas, que son tuyos porque excitan tu energía verbal. Vas sacándolos y usándolos. Llegas al final del cubo y no quedan muchos. Esto es lo que les pasa a los escritores mayores. Tienes un número limitado de temas, diez, seis o veinte, y ese es tu número. Yo no sé cuántos tengo, pero supongo que uno vuelve a trabajar sobre algunas ideas. Mi autorreflexión sobre mi trabajo también tiene un límite.
P. Mientras escribe, ¿lee sobre el tema del libro en el que trabaja?
P. Sí, y cuando no tengo más leo otras cosas, mucha historia y biografías. Leí hasta hace unos años ficción, pero todo cambia. Hace diez años empecé a releer y fue maravilloso. Pasé entre seis meses y un año con cada escritor, por ejemplo, Dostoevski y Conrad.
P. ¿Y la literatura actual?
R. Pareces mi doctor. No leo novela actual desde hace unos veinte años, solo cosas de amigos. No estoy al día de lo que ocurre.
P. Hace poco aseguraba que leer novelas se acabará convirtiendo en una actividad casi de culto. ¿No hay una interminable necesidad de historias?
R. Sí, y el cine la satisface. Las películas no requieren el mismo nivel de concentración y sutileza de mente que una novela seria.
P. En todos los campos, incluso en la política, se habla de la fuerza de la narrativa de un determinado partido o candidato, hasta de un jugador de fútbol.
R. ¿No es extraordinario? ¿Cuándo empezó? Lo oigo todo el tiempo en la radio. Me doy la vuelta un momento y ocurre esto... No pasaba en los viejos tiempos.
P. En
Los hechos dice que ocupa el punto medio entre el exhibicionismo de Mailer y la reclusión de Salinger. La eterna cuestión sobre autobiografía y novela, sobre Roth y Zuckerman, ¿no es un éxito para un novelista tener un personaje que el público cree que existe y no es ficción?
R. No. Esto solo ha sido una gigantesca distracción. La gente encuentra una manera de hablar de los libros sin hablar de ellos, es cotilleo. Fue una gran pérdida de tiempo, como la cuestión judía, pero estas cosas componen la vida de uno. No puedes escapar.
Roth da por terminada la entrevista y se dirige hacia la puerta. La despedida recuerda al precioso ensayo sobre Malamud y su último encuentro, en el que le enseñó las pocas páginas que había escrito y él fue incapaz de ofrecerle el aliento que reclamaba. "Desearía que lo que le dije hubiese sido más", escribe Roth, "y que si lo hubiera dicho, él me hubiese creído".
Némesis / Nemesi. Philip Roth. Traducción de Jordi Fibla. Mondadori / La Magrana. Barcelona, 2011. 224 / 208 páginas. 21,90 / 20 euros. Némesis fue Libro de la Semana de Babelia el pasado 12 de marzo.
El escritor Philip Roth
El escritor Philip Roth

El mejor Philip Roth está de vuelta

Tras una década de producción excesiva y desigual, la crítica se rinde al último libro del escritor - El nobel Coetzee ha destacado la "maestría" de 'Nemesis'

De Philip Roth (Newark, 1933) se podría afirmar lo que dijo Borges a propósito de Quevedo: "No es un escritor, es una literatura". Desde que publicó su cuarto libro, El Lamento de Portnoy (1969), se convirtió en uno de los referentes imprescindibles del panorama literario universal. Dentro de su vasta producción, hay varias obras de gran envergadura, como la serie de novelas protagonizadas por su alter ego, Nathan Zuckerman, personaje más real que lo que da de sí la realidad, y que permitió a Roth llevar a cabo una serie de complejas exploraciones acerca del sentido del arte y de la vida. Sus seguidores (que en España, donde le edita Mondadori, son legión) están de enhorabuena: Su última obra, Nemesis, recién publicada en Estados Unidos, nos devuelve al mejor Roth tras una década de producción algo desigual y excesiva. O al menos así lo ha considerado la crítica del país.
La obra, ambientada en la II Guerra Mundial, retoma el viejo tema de la peste
Uno de los mayores logros de Roth como narrador es que obliga a los lectores a adentrarse con él en regiones sumamente oscuras de la experiencia humana. Ello lo convierte en un narrador a quien puede resultar incómodo seguir. Se ha dicho de él que nadie ha explorado mejor en nuestro tiempo el misterio de la sexualidad. Otras cumbres de su arriesgada propuesta narrativa son El teatro de Sabbath (1995), Pastoral Americana (1997), y La mancha humana (2000). Aunque es cierto que en algunas novelas ha puesto a prueba las posibilidades técnicas del arte narrativo, como enEl pecho (1972) o La contravida (1986), la verdadera fuerza de Roth está en su capacidad para obligarnos a mantener la mirada abierta en los momentos más duros que nos plantea a todos el reto cotidiano de la existencia. Así, enPatrimonio (1991), el protagonista (que puede o no ser el propio Roth) sostiene un duelo insoportable con lo que significa ser testigo de la agonía y muerte de su padre. Otro tanto hace, en distintos momentos de su obra, con la enfermedad o la vejez. El reto es difícil porque al hacerlo logra alejarse de lo que es en sí aborrecible y doloroso para trascenderlo a través del arte. No es que borre la distancia entre realidad y ficción, como se ha dicho, sino que nos sitúa en un punto en el que, desde la emoción, nos permite entender situaciones cruciales de la vida para las que no hay sino las palabras más elementales: el odio, el mal, el amor, la posibilidad de que el mundo y la historia estén gobernados por el más absoluto sinsentido. Para afrontar la vida, cuando es difícil y en los momentos de esplendor, disponemos del arte. Sabiendo que es así, Roth no deja de escribir. Probablemente no podría hacerlo, aunque quisiera.
La mancha humana (2000) supuso la entrada de su obra en el siglo XXI. A partir de entonces, lejos de ralentizarse, su productividad se regularizó, con títulos como El animal moribundoLa conjura contra AméricaEverymanSale el espectroIndignación y Humillación. Aunque sus lectores parecían necesitarlo tanto como siempre, cabía preguntarse si el escritor había llegado al límite de sus posibilidades. ¿Se estaba repitiendo? Llegó octubre de 2010, volvió a sonar su nombre, como cada otoño, entre los candidatos al Nobel. Una vez más, no se le concedió. Lo que sí llegó con la puntualidad de siempre fue una nueva novela, Nemesis, y con ella la sorpresa. A Roth le queda mucho por decir.
El tema de Nemesis es la epidemia de polio que asoló Estados Unidos durante el verano de 1941, tal y como afectó a la comunidad judía de Newark, la ciudad natal del autor, escenario de su infancia, al que ha regresado repetidamente en su obra. En Nemesis,Roth retoma un viejo tema, el de la peste, tratado anteriormente por Daniel Defoe y Albert Camus. El trasfondo, en este caso, es la II Guerra Mundial, con sus atrocidades. En su última entrega, Roth nos arrastra a lo mejor de que es capaz el teatro de su imaginación, alcanzando un virtuosismo del que sólo son capaces los maestros de lo invisible. Al comentar la novela, el sudafricano J. M. Coetzee, ganador del premio Nobel de Literatura, repara en una escena misteriosa en la que se explica cómo cavar una tumba. Se trata de una lección, señala Coetzee, tanto de vida como de muerte. Escribir es afrontar la muerte y aprender a vivir. Todo a la vez.
Cuatro 'imperdibles'
- En la vasta obra de Philip Roth (32 novelas en tres décadas) destacan algunas de los libros fundamentales de la narrativa estadounidense moderna. Su cuarto libro, El lamento de Portnoy, fue un clásico instantáneo. Luego llegarían, en los años setenta, las novelas de la serie protagonizadas por Nathan Zuckerman, como El escritor fantasma. Su obra captó la atención de una nueva generación de lectores con historias como El teatro de Sabbath(1995), que le valió el National Book Award o Pastoral Americana (1998), premio Pulitzer, que la revista Time escogió entre las 100 mejores novelas de tosos los tiempos.