En el barrio parisino de Saint-Germain-des-Près, se encuentra el Café de Flore, uno de los cafés literarios más famosos del mundo ya que solía ser frecuentado por grandes escritores como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Ernest Hemingway y Truman Capote. En la actualidad, este café literario mantiene su decoración original
.CÉSAR VALLEJO: “ME MORIRÉ EN PARÍS…”
.CÉSAR VALLEJO: “ME MORIRÉ EN PARÍS…”
PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…
(Secretos del París Literario Vesta Mónica Herrerías)

132 Y mientras alguien como siempre explica alguna cosa, yo no sé por qué estoy en el café, en todos los cafés, en el Elephant & Castle, en el Dupont Barbès, en el Sacher, en el Pedrocchi, en el Gijón, en el Greco, en el Café de la Paix, en el Café Mozart, en el Florian, en el Capoulade, en les Deux Magots, en el bar que saca las sillas a la plaza del Colleone, en el café Dante a cincuenta metros de la tumba de los Escalígeros y la cara como quemada por las lágrimas de Santa María Egipcíaca en un sarcófago rosa, en el café frente a la Giudecca, con ancianas marquesas empobrecídas que beben un té minucioso y alargado con falsos embajadores polvorientos, en el Jandilla, en el Floccos, en el Cluny, en el Richmond de Suipacha, en El Olmo, en la Closerie des Lilas, en el Stéphane (que está en la rue Mallarmé), en el Tokio (que está en Chivilcoy), en el café Au Chien qui Fume, en el Opern Café, en el Dôme, en el Café du Vieux Port, en los cafés de cualquier lado donde
Hart Crane dixit. Pero son más que eso, son el territorio neutral para los apátridas del alma, el centro inmóvil de la rueda desde donde uno puede alcanzarse a sí mismo en plena carrera, verse entrar y salir como un maníaco, envuelto en mujeres o pagarés o tesis epistemológicas, y mientras revuelve el café en la tacita que va de boca en boca por el filo de los días, puede desapegadamente intentar la revisión y el balance, igualmente alejado del yo que entró hace una hora en el café y del yo que saldrá dentro de otra hora. Autotestigo y autojuez, autobiógrafo irónico entre dos cigarrillos. En los cafés me acuerdo de los sueños, un no man's land suscita el otro; ahora me acuerdo de uno, pero no, solamente me acuerdo de que debí soñar algo maravilloso y que al final me sentía como expulsado (o yéndome, pero a la fuerza) del sueño que irremediablemente quedaba a mis espaldas. No sé si incluso de cerraba una puerta detrás de mí, creo que sí; de hecho se establecía una diferencia entre lo ya soñado (perfecto, esférico, concluido) y el ahora. Pero yo seguía durmiendo, lo de la expulsión y la puerta cerrándose también lo soñé. Una certidumbre sola y terrible dominaba ese instante de tránsito dentro del sueño: saber que irremisiblemente esa expulsión comportaba el olvido total de la maravilla previa. Supongo que la sensación de puerta cerrándose era eso, el olvido fatal e instantáneo. Lo más asombroso es acordarme también de haber soñado que me olvidaba del sueño anterior, y de que ese sueño tenía que ser olvidado (yo expulsado de su esfera concluida). Todo eso tendrá, me imagino, una raíz edénica. Tal vez el Edén, como lo quieren por ahí, sea la proyección mitopoyética de los buenos ratos fetales que perviven en el inconsciente. De golpe comprendo mejor el espantoso gesto del Adán de Masaccio. Se cubre el rostro para proteger su visión, lo que fue suyo; guarda en esa pequeña noche manual el último paisaje de su paraíso. Y llora (porque el gesto es también el que acompaña el llanto) cuando se da cuenta de que es inútil, que la verdadera condena es eso que ya empieza: el olvido del Edén, es decir la conformidad vacuna, la alegría barata y sucia del trabajo y el sudor de la frente y las vacaciones pagas. (-61) |
París y la literatura
¿Habrá una ciudad más literaria que París? ¿Una ciudad que haya inspirado tantas obras literarias, que haya sido tanto el escenario como el tema de tantos relatos dentro o fuera del ámbito de la ficción, que ocupe un lugar tan importante en el imaginario literario y que sea tan estratégica en el mercado editorial?
Cortazar en Paris

Simenon en París
Durante todo este período, en el que frecuenta a bohemios y marginales, comienza a acariciar la idea de una verdadera ruptura, que hará realidad después de la muerte de su padre, en 1922, huyendo con la rubia Régine Renchon para instalarse en París. En París Simenon lleva una "vida de artista", descubriendo aquella gran capital y aprendiendo a amarla por sus delirios, sus desórdenes y sus delicias. Se lanza al descubrimiento de sus cafés, sus comerciantes de carbón, sus pensiones, sus hoteles lamentables, sus fábricas de cerveza y sus restaurancillos, que le ofrecen el vino del Beaujolais, el embutido y los sencillos platillos adobados tradicionales (la gastronomía es unleitmotiv secundario en las novelas del comisario Maigret, basta recordar al comisario en una de sus típicas escenas; ordenando bocadillos y cervezas en el curso de una enquête (investigación) o durante un interrogatorio). Allí encuentra al vulgo parisino de artesanos menesterosos, conserjes desabridos y tipos miserables de doble vida. Comienza a escribir bajo diferentes seudónimos y su creatividad le asegura un éxito financiero inmediato."
(...) el primer París que me llegó fue el de la pensión Vauquer de Papá Goriot y luego vendrían el de los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire, el de Rayuela —ese inolvidable momento en el que la luz de ceniza y olivo que flota sobre el Sena deja distinguir las formas de la Maga en el Pont des Arts—, el de Nana, el de Bel ami, el de París era una fiesta, el de Guía triste de París, el de Ampliación del campo de batalla y el de las anécdotas acerca de Wilde, del dadaísmo, del surrealismo, del círculo de Sylvia Beach en la librería Shakespeare & Company — Pound, Joyce, Beckett, Hemingway o Fitzgerald—, de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, de los escritores del boom latinoamericano que en algún momento se fueron a vivir allí —Cortázar, García Márquez o Vargas Llosa—, de Julio Ramón Rybeiro y de todos los que en algún momento decidieron irse allá para convertirse en escritores.

Henry Miller en Paris


(...)Cuando uno ha sido seducido por el encanto de ese París literario que es un mundo paralelo al París real, es inevitable no querer que la vida de todos los días se parezca a lo que cuentan en sus melancólicos relatos Baudelaire, Hemingway, Sartre, Henry Miller y Anaïs Nin, Cortázar, Rybeiro o Bryce Echenique.

Tal vez el aire melancólico, deprimente y desesperanzador es en lo que más se parecen el París literario y el París real. (...)
Por otro lado, París también es un gran centro editorial. Allí están importantes editoriales como Gallimard, Christian Bourgois, Fayard,Flammarion y Actes Sud que más que una simple vitrina para los escritores son una puerta fundamental hacia su consagración. Jorge Herralde, el editor de Anagrama, incluye en su libro titulado El observatorio editorial una entrevista que le hizo Dunia Gras Miravet en 1999 en la que afirma que “París sigue jugando un papel importante como faro, como promotor en todas las literaturas. Es decir, se da la paradoja de que así como la literatura francesa, salvo excepciones como Michel Houellebecq, está en retroceso desde hace décadas en el panorama internacional, París sigue siendo la capital de la reválida, del despegue, cosa que no tienen ni Londres ni Nueva York, porque casi no publican traducciones. Es decir, para los autores no anglosajones, París sigue siendo todavía absolutamente determinante. Ahora ha aparecido un amplio trabajo, muy interesante, en Francia, que se llama La République mondiale des Lettres, de Pascale Casanova(...)
Fuente:http://elojofisgon.blogspot.com/2007/02/pars-y-la-literatura.html
Fuente:http://elojofisgon.blogspot.com/2007/02/pars-y-la-literatura.html
"Victor Hugo, nos lleva por la París del Siglo XV por los callejones de una ciudad que por entonces en algunos lugares, era peligrosa y oscura, la ciudad del Jorobado de Nuestra señora de París, y él mismo situaría en París la trama de una de las historias más leídas del mundo, Los Miserables, porque París es una ciudad como todas con sus afortunados y sus desafortunados.
Marcel Proust el genio detrás de “En busca del tiempo perdido” también nos legó historias de la París que él tanto amaba, y aunque un niño temeroso y un adulto timido y enfermizo, disfrutó la ciudad tanto como pudo en las épocas que pasó ahí. Anais Nin llegó de muy lejos a París, y fue en París en donde la controvertida escritora se encontró con el escritor Henry Miller, se dejaron llevar por la locura del París de principios del Siglo XX que plasmaron la noche libertina parisina en “Los diarios de Anais Nin”.
George Orwell, fue a todo lugar y París no podía estar fuera del periplo del tremendo autor de “1984″ que igual que Ernest Hemingway, Oscar Wilde, Albert Camus, James Joyce, Eugene Delacroix, Honore de Balzac, Moliere y la Fontaine, Sarah Bernhard, Colette, Simone de Beauvoir, y tantos otros vivieron en el París cada uno en su momento las más emocionantes partes de su vida y se sintieron influenciados por una ciudad maravillosa que hemos leido en muchos libros y leeremos aún mucho más, porque como dicen, siempre nos quedará París."
******
"En uno de sus ensayos Italo Calvino escribió que en cuanto un lector llega a París invariablemente tiene la sensación de llegar a un sitio conocido. Aunque nunca haya estado en Francia, quien ha leído a Dumas, Balzac o Malraux tendrá una imagen previa de los principales cafés, calles, museos y lugares públicos, al grado que antes que conocer, uno está recordando. Cuando uno visita la catedral de Notre-Dame es porque antes pensó en Quasimodo (o para un lector mexicano, en el suicidio de Antonieta Rivas Mercado); quien entra a los cafés de la calle Soufflot quizá los haya conocido antes en Ernest Hemingway y los curiosos que desafíen la suerte y se aventuren a caminar por Pigalle o Picpus a altas horas de la noche es porque quieren comprobar en qué medida son verídicas las novelas policiales de Georges Simenon. Por otra parte, sugiere Calvino, también es posible recorrer la ciudad como si se tratara de un libro, examinando cada cine, librería, vinatería o mercado como si fueran los tomos de una gigantesca enciclopedia. Así, entrar a una tienda de discos o posters raros equivale a indagar en el capítulo correspondiente.
La lista podría seguir hasta el infinito. En este mismo momento los autores contemporáneos, incluso los que nunca visitan París, siguen registrando otros cafés y restaurantes de esta ciudad, sean reales o imaginarios."

