jueves, 17 de marzo de 2011

El infierno nazi en la literatura


El campo de exterminio nazi representa una dimensión única y extraordinaria en la historia de los lugares marcados por la barbarie humana. Günther Grass señala que Auschwitz, “aunque se rodee de explicaciones, nunca se podrá entender”, porque traspasa el límite de la racionalidad humana (Gunter Grass, Escribir después de Auschwitz, Barcelona, Paidos, 1999, pág. 12).

Todos los adjetivos que podamos aplicarle al sistema de campos de exterminio sólo se acercan a la dimensión de lo que fue el mayor exponente del desarrollo de la inhumanidad, un exponente de la capacidad de un colectivo que fue capaz de construir y hacer funcionar un sistema de producción destinado a la destrucción masiva de vidas humanas.

Los memoriales históricos de los campos de concentración han pasado a formar parte de nuestro patrimonio cultural colectivo a través de los testimonios de aquellos que, siendo víctimas, quisieron también ser testigos y narradores de sus experiencias. Es indispensable volver a los viejos relatos, a los episodios que nos han explicado los supervivientes, para que nunca sean olvidados por las generaciones futuras. Estos relatos deben ser incorporados a los manuales que se acercan al tema de los campos de concentración, porque son relatos sin sombra de ficción, que reflejan el infierno dantesco con más realismo a la hora de mostrarnos el horror que cualquier manual histórico.

Javier Aristu Mondragón ha señalado que, aunque algunos hablan del Holocaustos y otros de la Shoah, no es el mejor momento para polemizar sobre la terminología de lo que estamos tratando. Lo que debemos hacer es abordar toda la crónica testimonial de los testigos del exterminio judío, que en muchas ocasiones se escapa de nuestra comprensión.

Un elemento común en todos los relatos sobre el infierno nazi es la trilogía del viaje, el lugar y la transformación de los personajes, aunque la perspectiva de cada uno de los autores es diferente. A partir de 1933, el hombre construye de forma literaria el más terrible infierno de la historia, el campo de exterminio.



Cuando los opositores comunistas y socialdemócratas pasaron a los campos de concentración o a las cárceles, fueron nuevos grupos de ciudadanos los que se incorporaron a las listas de enemigos perseguidos: gitanos, homosexuales, Testigos de Jehová, delincuentes habituales, etc. Pero fueron los judíos, especialmente tras las Leyes de Nürnberg, en 1935, los que sufrieron la peor parte de esa persecución. A partir de 1936 se ampliaron y perfeccionaron todos los campos, siguiendo el modelo de Dachau. También se creó una poderosa administración estatal, gestionada por las SS, para planificar y gestionar la empresa persecutoria.



En el transcurso de la guerra se fueron añadiendo nuevos y cada vez más numerosos adversarios al régimen, y el sistema de campos se fue extendiendo y multiplicando. Los construidos en Polonia y la Unión Soviética se constituyeron en la maquinaria más colosal de destrucción masiva de seres humanos, campos diseñados específicamente para el exterminio de los judíos.

Conocemos el infierno de los campos de concentración y exterminio por los testimonios transmitidos por aquellos que lograron sobrevivir. Algunos nos han contado cómo en unos casos el azar y en otros la agudeza los salvó de morir, pero otros muchos no tuvieron ocasión para ello. En realidad, no tuvieron ocasión de prepararse para morir, porque no sabían que iban a morir: cientos de miles de judíos húngaros, polacos, rumanos, griegos, rusos, etc., fueron eliminados, después de su llegada del ghetto, directamente desde los trenes, sin tener certeza de que iban camino de la muerte.

El internado que sobrevive un tiempo conoce la naturaleza del humo que sale de la chimenea o el olor que desprende el campo. Es consciente de que la muerte está presente en cada rincón y que en cualquier momento puede alcanzarle. Pero el anónimo deportado que no pasa la selección inicial sólo sabe que le han separado de sus familiares y conocidos.

La selección es el momento álgido que determina quién se salva y quién se condena. En los testimonios, el momento de la selección representa, para el lector, el intervalo de angustia y sufrimiento de mayor emotividad: la llegada al campo supone para el testigo la iniciación en una nueva vida; para otros, para los que no son seleccionados para ello, supone el momento final, la consumación del viaje. 

Temas recurrentes en la literatura sobre el Holocausto



El viaje
Jorge Semprún dedica su primer relato a la experiencia iniciática que supone el viaje hacia los campos de concentración, a la que se enfrentan todos los deportados. La circulación de aquellos trenes de ganado, cerrados y sellados, llevando en su interior a cientos de personas detenidas, ha sido uno de los temas recurrentes en la gran mayoría de los relatos testimoniales.

“Aquí estaba, ante nuestros ojos, bajo nuestros pies, uno de los famosos trenes de guerra alemanes, los que no vuelven, aquellos de los cuales, temblando y siempre un poco incrédulos, habíamos oído hablar con tanta frecuencia. Exactamente así, punto por punto, vagones de mercancías, cerrados desde el exterior, y dentro hombres, mujeres, niños, comprimidos sin piedad, como mercancías en docenas, en un viaje hacia la nada” (P. Levi Si esto es un hombre, pág. 17) .

Este viaje es la primera experiencia que anuncia la posterior deshumanización, la institucionalización de la humillación y el dolor moral.


El campo
El campo de exterminio ha pasado a ser una de las imágenes más reveladoras de la civilización industrial del siglo XX.

El campo se convierte en un mundo, en un sistema, una realidad que no tiene nada que ver con la que experimentan otros seres humanos a lo largo de su existencia vital. Este mundo independiente viene reflejado en la mayoría de los testimonios, y se desarrolla a lo largo de las manifestaciones concretas. Auschwitz se convierte, así, en un ensayo de las nuevas formas de hábito social y de ejercicio de poder completamente nuevas y desconocidas hasta aquellos momentos, en el que se desarrollan nuevos y variados experimentos, marcados por el sufrimiento humano.


El hambre
En todos los recuerdos memorialísticos, el hambre es el estado natural del deportado. Los testimonios vuelven obsesivamente a la preocupación del hombre por la comida, la lucha, incluso la muerte, del ser humano en busca de alimento que le permita sobrevivir. Esa hambre no es una circunstancia, no es un accidente que se experimenta en un momento determinado: es lo que le da sentido y esencia a la experiencia en el campo. El Lager es el hambre.

La planificación alimenticia estaba pensada para mantener en sus mínimos vitales a los deportados que trabajaban, para poder sacar de él la mínima energía prevista para el trabajo, pensada para mantener vivo al deportado hasta su agotamiento, hasta que sea repuesto por otro esclavo que llega en otro tren.

“A todas horas el peso del estómago vacío, las mandíbulas inmóviles, la pesadez de los huesos. Los dientes se mantienen blancos. Listo para engullir lo que le echen, el aparato se mantiene atado y tranquilo como las máquinas paradas. Sólo arrancará para morir” (R. Antelme, La especie humana, pág. 89).


El trabajo
El sistema de campos de concentración construye una nueva forma de trabajo, basado en la esclavitud, sustentada no por la necesidad de mano de obra esclava sino por un proyecto social de creación de un mundo de señores y otro de esclavos, para justificar el proyecto de una nueva civilización racialmente pura.

“El Lager no es un castigo; para nosotros no se prevé un término, y el Lager no es otra cosa que el género de existencia a nosotros asignado, sin límites de tiempo, en el seno del organismo social germánico” (P. Levi, Si esto es un hombre, pág, 89).

La función del deportado es producir lo que necesita el amo para proseguir su guerra. Pero, con frecuencia, se trata de una producción completamente irracional, un trabajo sin sentido, destinado únicamente a degradar al preso. Primo Levi explica que en su Kommando no se llegó a fabricar el producto para el que estaba destinado (caucho). Pero eso es indiferente: lo importante es que el deportado trabaje, sufra un castigo físico constante y degradante.


La deshumanización
“(…) en este lugar está prohibido todo, no por ninguna razón oculta sino porque el campo se ha creado para ese propósito” (P. Levi, Si esto es un hombre, pág, 31).

El propósito del campo era deshumanizar a las personas a partir de extraerles su búsqueda de conocimiento, de preguntas, de conciencia. El campo se ha constituido así para evitar que los presos desarrollen su propia conciencia, como paso previo a la ausencia de racionamiento y de pensamiento propio. La figura que expresa esta categoría especial del habitante del Lager es el “musulmán”, el término que nos aproxima al máximo deterioro físico y espiritual del preso, a la ausencia de voluntad humana, a la eliminación del deseo de vivir. El musulmán es resultado de lo que ha creado el Lager.

El análisis que se hace de esta categoría de preso condensa la esencia de su destrucción física y moral como hombre y ser inquieto. “(…) son ellos, los Muselmänner, los hundidos, los cimientos del campo; ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica (…), apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos vivos” (P. Levi, Si esto es un hombre, pág. 96).

Elie Wiesel plantea el campo de concentración como un paradigma religioso, después de su estrecha relación desde adolescente con la religión judaica. La experiencia del ghetto y la deportación marcarán el momento de la crisis religiosa, lo que denomina “el silencio de Dios”. (E. Wiesel, La noche, pág. 44)

Uno de los peores momentos de la experiencia del deportado, además de la llegada al campo de concentración, es el desnudamiento, el afeitado de la cabeza y la imposición del uniforme de rayas que lo convierte en un preso más, en un habitante más del infierno. Este momento marca la pérdida definitiva de cualquier rasgo de personalidad, de individualidad, de humanidad, porque ya no les queda nada, ni siquiera el instinto de conservación.

“En un último momento de lucidez me pareció que éramos almas malditas errantes en el mundo-de-la-nada, almas condenadas a errar a través de los espacios hasta el fin de las generaciones en busca de su redención, en busca del olvido, sin esperanza de encontrarlo” (E. Wiesel, La noche, pág. 46) .


La raza de señores
El nuevo infierno creado por el nazismo es un lugar concebido como expresión de la lucha de unos contra otros. Tiene sus jerarquías, los amos y los esclavos. La referencia al SS o a alguno de sus asistentes en el campo como el rostro de la figura demoníaca es un motivo de alusión permanente en los testimonios.

La representación del ángel de la muerte, encarnación del mal en el campo, recae, finalmente, en la figura del SS. Es significativo que la mayoría de los relatos que testimonian el internamiento en un campo de concentración no aparece, en ningún momento, un diálogo directo entre un deportado y un SS. Esta ausencia es la representación del poder absoluto, inaccesible al tacto, indigno a la mirada del infrahombre, del esclavo, del deportado. El preso es una especie de enfermedad, una peste para el SS: no puede acercarse a él, no puede mirarlo directamente, no puede hablarle.

“En Buchenwald, durante el recuento, lo esperábamos durante horas. Miles de tipos de pie. Después lo anunciaban: ‘¡Qué llega! ¡Qué llega!’. Aún estaba lejos. Entonces, ya no ser nada, sobre todo no ser otra cosa que uno más entre los otros mil. ‘¡Qué llega!’. Todavía no está aquí, pero vacía el aire, lo enrarece, lo absorbe a distancia. (…) Pasa ante los miles. Ha pasado. Desierto. Ya no está aquí. El mundo se repuebla”(R. Antelme, La especie humana, págs. 25-26).


La muerte
La muerte es el tema más presente en todos los instantes de la existencia del campo de concentración. Toda la literatura memorialística está impregnada por este tema. Toda la vivencia de los deportados gira en torno a este tema. Por ejemplo, Wiesel reflexiona sobre el ser humano y la muerte en la parte final de su relato, en el momento en el que relata los días de marcha y de transporte desde Auschwitz hacia Buchenwald, en enero y febrero de 1945: las caminatas por las carreteras heladas, las agonías de amigos y compañeros que no pueden continuar, la lucha por el pan, la muerte de su padre (E. Wiesel, La noche, págs. 88-108)

http://www.memoriales.net/lite_infierno.htm

Imre Kertész "Un instante de silencio en el paredón", "Sin destino"




"El escenario número uno del holocausto, Auschwitz, se convirtió para todos los tiempos en el nombre colectivo de los campos nazis, aunque funcionaran cientos de otros campos y aunque sepamos que en el propio Auschwitz fueron recluidas y exterminadas decenas de miles de personas no judías".


Biografía

El escritor húngaro Imre Kertész obtuvo el Premio Nobel de Literatura el año 2002, otorgado a “una obra que expone la experiencia frágil del individuo contra la arbitrariedad bárbara de la historia”.

Nacido en el seno de una familia judía de Budapest, el 9 de noviembre de 1929, sólo tenía 15 años cuando fue deportado al campo de concentración de Auschwitz. A comienzos de 1945 fue trasladado a Buchenwald, donde fue liberado, al final de la guerra. Con el final de la Segunda Guerra Mundial tampoco le llegó la paz y la libertad: Kertész sufrió la represión de la dictadura comunista húngara. En 1951, el Partido Comunista absorbió el diario en el que trabajaba Kertész fue despedido. A partir de ese momento trabajó haciendo traducciones, escribiendo musicales y guiones radiofónicos. Su negativa a la autocensura le condenó al ostracismo, por lo que la publicación de su primera novela, Sin destino, en 1975, pasó completamente desapercibida.
 Kertész es un escritor comprometido, que ha centrado su obra en el Holocausto y la lucha contra la dictadura, aunque se tratase de una producción que se mantuvo arrinconada hasta la caída de las dictaduras comunistas y del Muro de Berlín. Pero es un autor que se aleja de los sentimentalismos propios de otros escritores. La concesión del Nobel de literatura supuso el empuje definitivo para la difusión de sus trabajos.
 Es uno de los grandes intelectuales húngaros, un pensador crítico e independiente, superviviente del horror nazi y estalinista, decidido a superar esas experiencias gracias a la literatura y la razón. Habla del Holocausto desde una racionalidad aparentemente fría, pero su rostro amable contradice la actitud racional de sus textos.

El horror del Holocausto y la persecución del nazismo han marcado el conjunto de su obra, desde su primera novela, “Sin destino”, publicada en 1975, que de modo autobiográfico narra la historia de una masa indiscriminada, “gente a la que no sólo se le arrebató la vida, sino también perdió toda ambición, todo destino, la razón, el deseo. Todo”. Esta novela se convirtió, posteriormente, en una trilogía, junto a “Fracaso” (1988) y “Kaddish por un niño que nunca nació” (1992). Esta última supone una plegaria por un niño nonato, que no asistirá por ello a la realidad de un mundo generador de monstruosidades como los campos de concentración y exterminio.

Actualmente, es un militante de la independencia del hombre frente a los poderes políticos y afronta la batalla individual frente a las banderas ideológicas.
 Obra
 Los ensayos de Kertész constituyen una aproximación radical a la realidad europea del siglo XX, vivida desde muy cerca. De esta forma, el autor contribuye al debate sobre uno de los momentos más dramáticos de la historia contemporánea, como es el Holocausto. Este siglo, que algunos vivieron como el de los grandes avances científicos y revoluciones sociales, para Kertész fue el siglo de los totalitarismos, de los campos de exterminio y de las dictaduras.


"(…) Quiero plantear la pregunta de por qué Auschwitz ha llegado a ser lo que es en la conciencia europea: un símbolo universal que lleva el sello de lo perdurable, que encierra en su mero nombre todo el mundo de los campos de concentración nazis y la conmoción del espíritu universal ante ellos, y cuyo escenario elevado a un plano mítico debe conservarse para que puedan visitarlo los peregrinos. (…) En primer lugar, el requisito básico de todo gran símbolo es la sencillez. En Auschwitz, en ningún momento se mezclan lo bueno y lo malo. La narración sabe –algo que por lo demás es cierto- que millones de personas inocentes fueron transportadas a Auschwitz, engañadas allí de manera terrible y luego asesinadas bestialmente. Esta imagen no se ve perturbada por ningún matiz extraño, de carácter, por ejemplo, político: esta historia no se complica con menudencias tales como que unos dirigentes nazis leales al partido, pero condenados aun siendo inocentes desde el punto de vista del movimiento –exclusivamente del movimiento-, hubieran estado encarcelados en Auschwitz, con lo cual el espíritu de la narración debería luchar con una difícil ambivalencia. Auschwitz es, en segundo lugar, una estructura totalmente desvelada y por eso mismo cerrada e intocable. Esto vale tanto para la dimensión espacial como para la temporal. (…) En cuanto al aspecto espacial, conocemos todos los rincones de esta historia, desde el muro negro hasta los barracones familiares checos, desde el Sonderkommando hasta la marca de los ventiladores que hacían funcionar los crematorios. (…) Son conocidos sus detalles, su lógica, su horror y vergüenza éticos, la inconmensurabilidad de los sufrimientos, su lección terrorífica que en cierta medida ya nunca podrá ser expulsada del espíritu europeo de la narración. Todo esto, sin embargo, no es suficiente para que un crimen se convierta en un mazazo en la historia del espíritu, en una llaga viva, en un trauma que queda en la memoria como quedan en el cuerpo las heridas de un accidente grave. (…) Para ser así, la catástrofe ha tenido que interesar a ciertos órganos vitales". 

Un instante de silencio en el paredón. El Holocausto como cultura. 
Este conjunto de ensayos de Kertész es una aproximación a la realidad europea del siglo XX, vivida desde muy cerca. Al analizar el Holocausto, el acontecimiento central de ese siglo, el autor se basa en su propia experiencia, pero desde la perspectiva de décadas de reflexión, contribuyendo de manera decisiva al debate sobre uno de los momentos más dramáticos de la historia contemporánea. En este libro no sólo habla una voz que ha vivido esa experiencia, sino una persona que la ha vivido dentro de un ámbito geográfico que comparte su espacio cultural y espiritual. También reflexiona sobre los acontecimientos de su país, Hungría, sobre el concepto de patria, sobre algunas figuras de la literatura húngara, etc.

Sin destino.
En esta novela, Kertész se centra en el año y medio de la vida de un adolescente en diversos campos de concentración nazis, aunque no se trate de un texto autobiográfico. Es un testimonio desapasionado. En su historia, nos muestra la realidad de los campos de concentración y exterminio, en sus aspectos más eficazmente perversos: los que confunden justicia y humillación, la cotidianidad más inhumana con una forma extraña de felicidad. Se trata, por encima de todo, de una gran obra literaria, una de las mejores novelas del siglo XX, que deja una huella profunda e imperecedera en el lector, una marca difícil de borrar

Jorge Semprún "El largo viaje", "Viviré con su nombre, morirá con el mío", "La escritura o la vida"

Biografía


Jorge Semprún nació en Madrid, en 1923. En 139, al final de la guerra civil española, su familia se trasladó a París, donde inició sus estudios universitarios. Después de la ocupación alemana, se unió a la Resistencia francesa y, capturado por la Gestapo, fue enviado al campo de concentración de Buchenwald, donde permaneció prisionero hasta 1945.


Tras su liberación, ya afiliado al Partido Comunista de España en el exilio, se entregó a una intensa actividad clandestina. En noviembre de 1964 fue expulsado del Partido. Y es también el momento en el que comienza su carrera literaria, una actividad que lo ha situado entre los autores memorialísticos más leídos de los últimos años. Esta labor ha merecido un amplísimo reconocimiento a nivel internacional.


No dejó nunca de lado la política, siempre muy presente en toda su obra. En 1988 se unió al gobierno socialista de Felipe González, como Ministro de Cultura, puesto que ocupó hasta 1991.

Jorge Semprún saluda a Virgilio Peña y Vicente García 
hoy en el ex campo de concentración de Buchenwald. (11 ABRIL 2010) Obra
       Tras la liberación de Buchenwald, en 1945, Semprún se vio en la disyuntiva de escoger entre contar o vivir, entre la escritura o la vida. Durante casi veinte años, fue madurando sus experiencias en los campos de concentración, para encontrar una forma de explicar lo inexplicable. No fue hasta mucho después de esta traumática experiencia que Semprún decidió afrontar la experiencia de forma directa y en profundidad.

La vida y la obra de Jorge Semprún están íntimamente relacionadas, porque sus novelas son en gran medida autobiográficas y constituyen una reflexión profunda sobre los hechos históricos más relevantes del siglo XX. Entre estos hechos tuvo gran importancia, tanto personal como históricamente, su detención por la Gestapo en Francia y su confinamiento en el campo de Buchenwald.

De ese cautiverio emergen algunas de sus obras sobre el tema concentratario: “La escritura o la vida”, “El largo viaje” y “Viviré con su nombre, morirá con el mío”.

En 1963 publicó “El largo viaje” en Francia, como una forma de describir el largo camino hacia el horror del sistema concentracionario, a partir de sus experiencias. En 1943, en un angosto vagón de mercancías precintado, ciento veinte deportados cruzan Francia camino del campo de concentración. Es un viaje vejatorio por sus características: claustrofóbico, hacinamiento, suciedad, agotamiento. Se pierde la cuenta de los días que llevan allí, y ni siquiera se sabe cuándo o dónde acabará el viaje. A pesar de todo, a veces una simple palabra pronunciada por un compañero despierta los recuerdos, lo único que aún queda.

Mediante esos saltos al pasado y al futuro de la liberación, Semprún traza los itinerarios de esas vidas atrapadas, algunas de ellas truncadas para siempre por la muerte, por el torbellino fatal de la historia del internamiento.

Frente a la experiencia concentracionaria, la razón más sólida para no suicidarse fue la idea de no doblegarse, con el conocimiento de que la mayoría de los que se suicidaron lo hicieron ante la imposibilidad de vivir con la memoria. El suicidio de Primo Levi le impulsará a escribir “Viviré con su nombre, morirá con el mío”. Buchenwald pasará constantemente por la esencia de su trabajo literario, porque será un episodio obsesivo al que el autor volverá de forma compulsiva. En todos sus libros se mezclan, inevitablemente, las voces del pasado y del presente (en ocasiones incluso del futuro).

La obra “Viviré con su nombre, morirá con el mío”, versa sobre su estancia en el campo de Buchenwald, en 1944. La novela es una magnífica descripción del universo concentracionario, aunque no carga excesivamente sobre el tema de las crueldades del campo, algo que algunos críticos le han reprochado. Las duras condiciones de trabajo no se ocultan, ni la mortalidad, ni el hambre, ni las enfermedades; pero tampoco oculta los momentos de esparcimiento, las válvulas de escape que aliviaban algunos momentos.

Su obra es un eficaz remedio contra la amnesia, porque se convierte en una memoria exhaustiva del siglo XX, un período repleto de acontecimientos terribles que, a pesar de todo, han dejado algún lugar para la nostalgia.

“[En Buchenwald] se arriesgaba todo en cada momento. Todo, porque no sabías nunca cuál iba a ser no sólo el mañana sino el más allá de unas horas después, porque siempre podía ocurrir algo: o de flaqueza personal, que de derrumbase, o el accidente de tropezar con un guardián de la SS borracho, dispuesto a ejercer su sadismo ese día contigo, contra ti. (…) Eso siempre va mezclado con su contrario: de repente un cielo azul, o una chica que pasa a lo lejos, o una conversación con un amigo, o dos frases de un libro, cosas que antes tenían su importancia, pero relativizada y ahora tienen un valor absoluto, una belleza absoluta”.

Jorge Semprún pronuncia un discurso en 

el antiguo campo de Buchenwald.
Como testigo privilegiado del universo concentracionario, Semprún considera que lo más terrible es la privación de la libertad y las miserias que esta privación conlleva. Pero considera que no debe cebarse en el resto de los aspectos del confinamiento: para qué mencionar el consabido listado de horrores del campo.

El texto se halla continuamente interrumpido por reflexiones personales que saltan del pasado al futuro, reflexiones que recuerdan los detalles del oficio de escritor o reconstruyen algún episodio autobiográfico
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http://www.memoriales.net/lite_ker.htm