Ampliación del campo de batalla
Ampliación del campo de batalla
Michel Houellebecq
Título original: Extension du domain de la lutte
Trad. Encarna Castejón
Col. Compactos, nº 259
Anagrama, 2001Compra este libro en 
Ingeniero agrónomo reconvertido en informático especializado en exportaciones agrícolas, Michel Houellebecq (Reunión, 1958) sorprendió en 1994 con ésta su primera novela, preámbulo de la muy ensalzada Las partículas elementales (1998, en Anagrama en español). Sabiendo esto, no resulta muy aventurado hablar de elementos autobiográficos enAmpliación del campo de batalla. Un informático recién entrado en la treintena y recién salido de una relación sentimental altamente destructiva comienza a trabajar como asesor técnico para el Ministerio de Agricultura. Acompañado por el feísimo Tisserand en su gira por media Francia, el protagonista cae sumido en una profunda depresión existencial, marcada por la abstinencia forzosa, la monotonía, la falta de metas espirituales y un profundo desgano vital. La desidia con que acomete sus relaciones humanas, tan próxima al nihilismo como al existencialismo, deviene en una profunda y tristísima reflexión acerca de la incomunicación y la soledad, subrayada por unos párrafos tremendos y tremendistas en los que el protagonista, cada vez más próximo al delirio, expone sus pensamientos en forma de fábulas animales. La animalidad como sinónimo de despersonalización es sólo el primer paso para una carga de profundidad contra la sociedad del bienestar y el liberalismo económico imperante, con la asexuada castidad de los personajes de la novela como máximo exponente de la decadencia de civilización materialista contemporánea. Valga como ejemplo el siguiente párrafo:
"Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como éste. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos deempobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama la "ley del mercado". En un sistema económico que prohibe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohibe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. A nivel económico, Raphaël Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos. Algunos ganan en ambos tableros; otros pierden en los dos. Las empresas se pelean por algunos jóvenes diplomados; las mujeres se pelean por algunos jóvenes; los hombres se pelean por algunas jóvenes; hay mucha confusión, mucha agitación."
Perfecto resumen, pues, de toda una crisis de vivencias, de toda una generación sin metas personales, una especie de actualización del legado existencialista de un Camus especialmente sardónico pero pasado por el tamiz de una literatura yuppie del descontento. Allí donde las novelas para la Generación X suelen ofrecer una descripción demasiado simplista de la realidad urbana y de sus consecuencias, Ampliación del campo de batalla incide con singular éxito en las causas de esta realidad, de este estado de cosas contra el que, concluye Houellebecq, no parece que ninguna rebelión pueda tener garantías de éxito. Sin ser ni por asomo una obra cyberpunk, esta novela nos muestra los devastadores restos del campo de batalla en el que a diario se debaten miles de treintañeros dedicados a la profesión informática (y ahí tenemos el elemento "ciber"), sabedores de la veracidad de una tan genuinamente "punk" como la conocida "No hay futuro".
Juan Manuel Santiago

El pianista es una película del 2002 dirigida por Roman Polański y protagonizada por Adrien Brody y Thomas Kretschmann.
Es una adaptación de las memorias del músico polaco de origen judío Władysław Szpilman.
Recibió en el 2002 la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cannes.
Galardonada con tres Premios Óscar: Mejor Director, Mejor Actor Protagonista y Mejor Guión Adaptado, de un total de 7 nominaciones.
Además fue galardonada con 7 Premios César del cine francés, incluyendo Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor Protagonista, Mejor Banda sonora, Mejor Fotografía, Mejor Decorado y Mejor Sonido.
Ganadora de 2 Premios BAFTA: Mejor Película - Mejor Dirección.
Ganadora del Premio David de Donatello: Mejor Película Extranjera.
Argumento
Władysław Szpilman (Adrien Brody) es un músico polaco de origen judío que trabaja en la radio de Varsovia y que ve cómo todo su mundo se derrumba con la llegada de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de Alemania en septiembre de 1939. Después de que la estación de radio donde estaba trabajando es bombardeada, Szpilman llega a su casa donde se entera de que el Reino Unido y Francia le han declarado la guerra a Alemania. Creyendo que la guerra se acabará pronto, él y su familia se alegran por la noticia y la celebran con una gran cena.
Dos años después, las condiciones de vida para los judíos en Polonia se han ido deteriorando rápidamente, quedando reducidos sus derechos: tienen limitada la cantidad de dinero por familia, han de llevar brazaletes con la Estrella de David para ser identificados y, a finales de 1940, son obligados a trasladarse al Gueto de Varsovia. Ahí se enfrentan al hambre, a las persecuciones y humillaciones que los nazis llevan a cabo, además del miedo a la muerte y las torturas que siempre están presentes. Después de un tiempo, los judíos son reunidos y deportados al campo de exterminio de Treblinka. En el último minuto, Szpilman es salvado de ese horrible destino por un policía del gueto judío, antiguo amigo de la familia. Separado de sus familiares y seres queridos, Szpilman sobrevive, primero en el gueto como esclavo obrero de unidades de reconstrucción alemanas y posteriormente escondido en el exterior del gueto, confiando en la ayuda de amigos que no son judíos y que todavía lo recordaban.
Mientras se mantiene escondido, presencia los muchos horrores cometidos por los nazis, como las palizas, incendios y matanzas indiscriminadas. Asimismo, presencia el levantamiento de los judíos del Gueto en 1943. En poco tiempo, el ejército alemán entra por la fuerza al gueto y elimina a casi todos los rebeldes que quedaban.
Pasado un año, la vida en Varsovia se ha deteriorado más todavía. La resistencia polaca organiza otro levantamiento contra la ocupación alemana, que nuevamente falla. Como consecuencia, la ciudad queda virtualmente deshabitada y, en más de una ocasión, Szpilman queda al borde de la muerte debido a las enfermedades y la desnutrición.
Después de una frenética búsqueda de algo que comer por las ruinas de las casas bombardeadas y escapando de los nazis, Szpilman encuentra una lata de pepinillos Ogorki en conserva, pero nada con que poder abrirla. Después de continuar buscando, encuentra algunas herramientas e intenta abrirla, pero entonces se da cuenta de que un oficial alemán le observa, el capitán Wilm Hosenfeld, que al instante se da cuenta de que Szpilman es judío. Al enterarse que anteriormente era pianista, Hosenfeld le lleva hasta un piano y le pide que toque algo. En ese momento un decrépito Szpilman ejecuta una desesperada pieza de Chopin (la primera ballada Op. 23 en sol menor) ante un Hosenfeld que se compadece de él, y a la vez muestra su admiración tras la tocata, de manera que no solo no le delata sino que le esconde en el ático del edificio, llevándole regularmente comida y un abrelatas.
Semanas después, los alemanes son forzados a retirarse de Varsovia debido al avance del Ejercito Rojo. Antes de abandonar la zona, Hosenfeld acude a despedirse de Szpilman y le da su abrigo, prometiendo que le escuchará en la radio polaca. El abrigo casi resulta ser fatal para Szpilman cuando aparecen las tropas soviéticas, ya que lo confunden con un oficial alemán y lo disparan y persiguen en un edificio donde le lanzan una granada. Solo consigue que dejen de disparar tras convencerles de que es polaco y que solo lleva el abrigo a causa del frío.
Al ser liberado un campo de concentración cercano, el capitán Hosenfeld y otros alemanes son capturados. Estando retenido, Hosenfeld le pide a un prisionero judío que pasaba por allí, que contacte con Szpilman para liberarle. Szpilman, que ha retomado su vida normal tocando en la radio de Varsovia, llega al lugar demasiado tarde ya que todos los prisioneros han sido reubicados en destinos desconocidos.
En la escena final de la película, Szpilman interpreta triunfalmente una pieza de Chopin (la Polonesa Brillante en Mib Mayor op. 22) frente a una gran audiencia en Varsovia. Antes de los créditos finales, se revela que Szpilman falleció en el año 2000 y Hosenfeld en 1952 en un campo de prisioneros de guerra soviético.


El pianistaCine clásico y actual
Pantalla de SueñosEl pianista
Roman Polanski
El pianista
Nacionalidad: Gran Bretaña / Francia / Alemania / Polonia / Holanda
Director: Roman Polanski
Actores: Adrien Brody (Wadyslaw Szpilman), Thomas Kretschmann (Oficial alemán), Frank Finlay (Padre), Maureen Lipman (Madre), Emilia Fox (Dorota)
Productor: Robert Benmussa, Roman Polanski, Alain Sarde
Guión: Ronald Harwood sobre las memorias de Wladyslaw Szpilman
Fotografía: Pawel Edelman
Música: Wojciech Kilar
Duración: 148 minutos
Premios: Ganadora de la Palma de Oro de Cannes, y del European Film Award a la mejor fotografía
El pianista
El 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán traspasaba su frontera con Polonia. El imperialismo alemán recuperaba así los territorios perdidos tras la vergonzosa paz que le fuese impuesta tras la I Guerra Mundial. La caballería polaca nada podía hacer ante las divisiones blindadas germanas. En apenas una semana Polonia había caído. El 3 de septiembre de 1939 los gobiernos de Inglaterra y Francia declaraban la guerra a Alemania. Poco después el ejército alemán barría las defensas francesas y ocupaba la mitad del país. Mientras, las tropas inglesas embarcaban en Dunkerque en caótica retirada del continente. La suerte de Polonia cambiaría hacia 1944, cuando el avance ruso obligó a la retirada de las fuerzas alemanas. Hasta entonces, los intentos de expulsar a los alemanes fueron infructuosos y severamente castigados.
El pianista
Pero a Roman Polanski no le interesaba nada de esto. No le interesaban la guerra con sus movimientos de tropas, sus grandes personajes, las batallas decisivas... porque ésa no era la guerra que a él le tocó vivir. La guerra que él conoció se desarrolló en el gueto de Varsovia, donde parte de su familia encontraría la muerte. No fue una guerra de héroes contra villanos, de grandes despliegues de tropas, sino una guerra contra el hambre, contra la miseria, una guerra del día a día por sobrevivir.
El pianista
Desde que Polanski leyese las memorias de Wladyslaw Szpilman supo que era una historia que quería llevar al cine. La historia de un pianista judío que se ve encerrado en el gueto de Varsovia junto a una ingente marea de judíos desplazados de todo el país. Allí ha de enfrentarse a una sociedad injusta, de judíos que prosperan frente a hombres y mujeres que se mueren de hambre en las calles, a las ejecuciones al azar que los oficiales nazis llevan a cabo, y finalmente a la deportación de toda su familia a un campo de concentración.
El pianista
Szpilman logra salvarse de ser deportado, pero sus desventuras no acaban ahí. Sobrevivir en una Varsovia al borde de la revuelta, tomada por un ejército invasor no es nada fácil. A través de sus ojos seremos testigos de la miseria, de los intentos de expulsar al ejercito alemán y la dura represión que les sigue. A través de sus ojos descubriremos que no existen buenos ni malos, que el antisemitismo puede venir tanto de manos de un soldado alemán como de un vecino polaco, y que la misma salvación puede llegar a manos de un oficial alemán cansado de la guerra y del odio.
Con una fotografía increíblemente bella, una reconstrucción "fotográfica" de la época (las calles, los mercados, el gueto, o las mismas ropas...), y escenas tan impactantes como la destrucción de Varsovia por los alemanes, Polanski nos cuenta la mayor odisea que existe en una guerra: la supervivencia del inocente, del que nunca hizo nada, del quien solo fue víctima de su tiempo.
El pianista
Por desgracia, la película no es solo una crítica sobre el pasado, sino sobre el presente y el futuro. Una crítica sobre la marginación que se ejerce contra otras naciones, como es claramente el caso de Palestina. Una crítica contra las muertes provocadas por las guerras imperialistas, como las que EE.UU. encabeza ahora, y que acaban con la vida de quienes en teoría sufren el yugo de la tiranía. El pianista es, a fin de cuentas, una voz a favor de quienes han tenido y tendrán que padecer una guerra que nunca comprendieron ni comprenderán, de quienes perdieron a sus familias y a sus seres queridos, de quienes no tuvieron ni tendrán voz ni rostro.
José Joaquín Rodríguez
http://www.bibliopolis.org/pantalla/pant0024.htm