Cruce de culturas



En el momento de abordar el tema del cruzamiento entre culturas, es decir, de las formas que adoptan el encuentro, la interacción y la combinación de dos sociedades concretas, una duda me embarga: ¿en qué plano se situará mi discurso? Como sociólogo, estudiaría los efectos de cohabitación de múltiples grupos culturales en un mismo suelo o bien las formas de aculturación que sufre una población de emigrantes. Como literato, establecería la influencia de Sterne en Diderot o los efectos del ambiente bilingüe en la escritura de Kafka. Como historiador, constataría las consecuencias de la invasión turca sobre la Europa sudoriental en el siglo XIII, o bien las de los grandes descubrimientos geográficos sobre la Europa occidental en el XVI. Por último, como epistemólogo, me preguntaría por la especificidad del conocimiento etnológico o por la posibilidad general de comprender a quien es distinto a mí.
Esta actitud, pues, está bien documentada y resulta perfectamente defendible. Sólo que uno tiene la sensación de que resulta incompleta. Porque en estas investigaciones no se habla de sustancias físicas ni químicas, sino de seres humanos; y el racismo, el antisemitismo, los trabajadores emigrantes, los umbrales de la tolerancia, el fanatismo religioso, la guerra y el etnocidio son nociones cargadas de un gran peso afectivo, respecto a las cuales es inútil aparentar indiferencia. Tal vez hayan existido en la historia momentos en que fuera posible hablar con distancia e imparcialidad (aunque yo no los conozco); lo cierto es que, en la Francia actual, quedaría un poco irrisorio el intento de mantener un tono puramente académico mientras numerosos individuos padecen cotidianamente, en cuerpo y alma, a causa del “cruzamiento”.

Pero aquí surge una dificultad adicional, propia del campo de las relaciones interculturales: todo el mundo parece estar de acuerdo en este momento sobre cuál es su estado ideal. La cuestión es digna de asombro. Mientras que los comportamientos racista pululan, nadie se declara de ideología racista. Todo el mundo está a favor de la paz, de la coexistencia mediante la mutua comprensión , de los intercambios equilibrados y justos, del diálogo eficaz; y sin embargo seguimos viviendo en la incomprensión y la guerra.


JUICIOS SOBRE LOS OTROS

Solamente se es extranjero a los ojos de los autóctonos, no se trata de ninguna cualidad intrínseca; decir de alguien que es extranjero, sin duda es decir muy poco. Hay un paralogismo que la xenofilia comparte con la xenofobia, e incluso con el racismo y que consiste en postular la solidaridad entre las distintas propiedades de una misma persona: incluso si tal individuo es a la vez francés e inteligente, tal otro a la vez argelino e inculto, esto no permite deducir los rasgos morales de los rasgos físicos y aún menos extender semejante deducción al conjunto de la población.
La xenofilia presenta dos variantes, según que el extranjero en cuestión pertenezca a una cultura globalmente percibida como superior o como inferior a la propia. Los búlgaros que admiran “Europa” ejemplifican la primera; la segunda es habitual en la tradición francesa (y en las demás tradiciones occidentales): la del buen salvaje, es decir, la de las culturas extranjeras que se admiran precesiamente en razón de su primitivismo, de su retraso, de su inferioridad tecnológica. Esta última actitud sigue viva en nuestros días y es posible identificarla con claridad en el discurso ecologista o tercermundista.

Lo que hace que estos comportamientos xenófilos no sean antipáticos, pero sí poco convincentes, es lo que tienen en común con la xenofobia: la relatividad de valores en que se basan; es como si yo afirmara que la visión de perfil es intrínsecamente superior a la visión frontal. Otro tanto podría decir del principio de la tolerancia, al que de tan buena gana apelamos en la actualidad. Gusta oponer la tolerancia al fanatismo y juzgarla superior. La tolerancia sólo es una cualidad si los objetos sobre los que se ejerce son de verdad inofensivos: ¿por qué condenar a los demás, como no obstante se ha hecho en innumerables ocasiones, por el hecho de ser distintos de nosotros en sus constumbres alimentarias, indumentarias o higiénicas? Por el contrario, la tolerancia carece de sentido cuando los “objetos” en cuestión son las cámaras de gas o bien, por poner un ejemplo más lejano, los sacrificos humanos de los aztecas: la única actitud aceptable respecto a estas prácticas es la condena (aunque tal condena no nos diga si se debe intervenir para hacerla cesar ni cual debe ser la intervención). Ocurre lo mismo, por último, con la caridad cristiana y la piedad hacia los débiles y los vencidos: así como sería abusivo afirmar que alguien tiene razón por el hecho de ser más fuerte, también sería injusto afirmar que los débiles siempre tienen razón debido a su misma debilidad.
Personalmente creo que la piedad y la caridad, la tolerancia y la xenofilia no deben descartarse radicalmente, pero no forman parte de los principios en que se funda el discernimiento. Si yo condeno las cámaras de gas o los sacrificios humanos, no lo hago en función de tales sentimientos, sino en nombre de principios absolutos que proclaman, por ejemplo, la igualdad jurídica de todos los seres humanos o bien el carácter inviolable de las personas. Pero otros casos no son tan evidentes: los principios son abstractos y su aplicación plantea problemas. Permitir que el comportamiento cotidiano sólo se guíe por principios abstractos conduce muy pronto a los excesos del puritanismo, en que se veneran las abstracciones antes que los seres. La piedad y la tolerancia tienen su lugar pero forman parte de las intervenciones prácticas, de las reacciones inmediatas, de los gestos concretos, y no de los principios de la justicia o de los criteros sobre los que basar los juicios.

Pero ¿no es en sí mismo reprensible juzgar las culturas ajenas? Ese parecer ser, por lo menos, el consenso de nuestros contemporáneos ilustrados (en cuanto a los otros, evitan manifestarse en público).
Yo creo que detrás del temor a jerarquizar y juzgar está el espectro del racismo. Desde luego Buffon y Gabineau se equivocaban al concebir las civilizaciones en forma de una núnica pirámide cuya cúspide estaría ocupada por los rubios germanos o por los franceses, y la base, o mejor dicho el fondo o el culo del recipiente, por los pieles rojas y los negros. Pero su error no consiste en haber afirmado que las civilizaciones son distintas y no obstante comparables, porque de lo contrario se cae en negar la unidad del género humano, lo que conlleva “riesgos y peligros” en absoluto menos graves; el error consiste en haber postulado la solidaridad de lo físico y lo moral, del color de la piel y de las formas adoptadas por la vida cultural. Pero incluso si suponemos que se ha establecido esta correlación entre lo físico y lo moral (lo cual no es el caso en la actualidad), y que ha puesto de manifiesto una jerarquía en el plano de las cualidades físicas, de ahí no se deduce que se deban abrazar posiciones racistas. Sentimos temor ante la idea de que puedan descubrirse desigualdades entre las distintas partes de la humanidad, como entre los géneros. Pero no hay por qué temer lo que sigue siendo un puro problema empírico, pues, cualquiera que sea la respuesta, no bastaría para dar pie a una ley desigualatoria. El derecho no se basa nunca en los hechos, la ciencia no puede crear los objetivos de la humanidad. El racista que sí fundamenta la desigualdad jurídica en una supesta desigualdad de hecho; lo escandaloso en la transición, mientras que la observación de las desigualdades no es de por sí en absoluto reprensible.
No hay ninguna razón para renunciar a la universalidad del género humano; no es posible decir que tal cultura, tomada como un todo, es superior o inferior a tal otra, pero sí que tal rasgo de una cultura, sea de la nuestra o de otra ajena, tal comportamiento cultural es condenable o loable. Al tener demasiado en cuenta el contexto -histórico o social- se excusa todo; pero la tortura, para poner un ejemplo, o la escisión, por poner otro, no son justificables por el hecho de que se practiquen en el marco de tal o cual cultura concreta.


INTERACCIÓN CON LOS OTROS

Desde que existen, las sociedades humanas mantiene entre sí relaciones mutuas. Así como es imposible imaginarse a los hombres viviendo en un principio aislados para sólo después constituir la sociedad, tampoco se puede concebir una cultura sin ninguna relación con las demás culturas: la identidad nace de la (toma de conciencia de la) diferencia; además, una cultura no evoluciona si no es a través de los contactos: lo intercultural es constitutivo de lo cultural. E igual que el individuo puede ser filántropo o misántropo, las sociedades pueden valorar sus contactos con as otras sociedades o bien, por el contrario, su aislamiento (pero jamás llegar a practicarlo de un modo absoluto). Volvemos a encontrar aquí los fenómenos de xenofilia y xenofobia, junto con, en el primer caso, manifestaciones como la pasión por lo exótico, el deseo de evasión o el cosmopolitismo, y en el segundo, las doctrinas de la “pureza de la sangre”, el elogio del enrizamiento y los cultos patrióticos.
¿Cómo juzgar los contactos entre culturas (o su ausencia)? Podría decirse que ambas cosas son necesarias: los habitantes de un país disfrutan de un mejor conocimiento de su propio pasado, de sus valores y de sus costumbres, en la misma medida en que están abiertos a otras culturas. Pero esta simetría es evidentemente engañosa. En primer lugar, la imagen de unidad y de homogeneidad que toda cultura gusta de tener de sí misma procede de una propensión del espíritu, no de la observación: sólo puede ser una decisión a priori. Interiormente, toda cultura se constituye mediante un constante trabajo de traducción (¿o deberíamos decir de trascodificación?); por una parte, porque sus miembros se distribuyen en subgrupos (de edad, de sexo, de orígenes, de pertenencia socio-profesional); por otra, porque las mismas vías por las que se comunican esos subgrupos no son isomorfas: la imagen no es convertible sin restos lingüísticos, como tampoco es posible la operación inversa. Esta “traducción" incesante es en realidad lo que asegura el dinamismo interno de la sociedad.
Por añadidura, si bien la atracción por lo extranjero y su rechazo son dos actitudes bien documentadas, parece ser que las de rechazo son mucho más numerosas. Aún cuando se crea que ambas actitudes son necesarias, sólo la segunda merece un esfuerzo consciente e implica un deber ser distinto del mero ser. Siguiendo a Northrop Frye, se puede denominar transvaloración a esa vuelta sobre sí mismo de la mirada previamente informada por el contacto con otro, y decir que constituye en sí misma un valor, mientras que lo contrario no lo es. Contra la metáfora tendenciosa del enraizamiento y el desarraigo, habría que decir que el hombre no es una planta y que eso mismo constituye su privilegio; y que así como el progreso del individuo (del niño) consiste en pasar del estado en que el mundo sólo existe en y para el sujeto a otro estado en que el sujeto existe en el mundo, el progreso “cultural” consiste en el ejercicio de la transvaloración.

El contacto entre las culturas puede fracasar de dos maneras distintas: en el caso de máxima ignorancia, pero sin influencia recíproca y en el de la destrucción total: la guerra de exterminio  - en el que hay bastante contacto, pero un contacto que concluye en la desaparición de una de las dos culturas: es el caso de las poblaciones indígenas de América, con algunas excepciones. El contacto presenta innumerables variedades, que se podrían clasificar de miles de maneras. Digamos desde el principio que aquí la reciprocidad es más bien la excepción de la regla.

Desde otro punto de vista, se puede distinguir entre interacciones con mucho y con poco efecto. Recuerdo el sentimiento de frustración que me embargaba al concluir una animada conversación con amigos marroquíes o tunecinos que padecían la influencia francesa; o con los colegas mexicanos que se quejaban de la de Estados Unidos. Parece ser que estuvieran abocados a una elección estéril: o bien adopción ciega de los valores, los temas, e incluso la lengua de la metrópolis, o bien el aislamiento, el rechazo de la aportación “europea”, la valorización de los orígenes y las tradiciones, lo que a menudo revierten en la repulso del presente y el rechazo, entre otras cosas, del ideal democrático. Cualquiera de los dos términos me parece tan poco deseable como el otro; pero ¿cómo es posible eludir la elección?
He encontrado esta respuesta en un campo particular, el de la literatura, en la obra de uno de los primeros teóricos de la interacción cultural: en Goethe, el inventor del concepto de literatura universal, Weltliteratur. Cabría suponer que la literatura universal no es más que el mínimo común denominador de las literaturas del mundo. Las naciones de Europa occidental, por ejemplo, han terminado por reconocer un fondo cultural común -los griegos y los romanos- y todos han admitido dentro de su propia tradición algunas obras procedentes de sus vecinos: un francés no ignora los nombres de Dante, Shakespeare y Cervantes, y, en la era actual, es posible imaginar que algunas obras maestras chinas y japonesas, árabes e indias, se agregarán a esta breve lista.
Pero no es exactamente esta la idea que se hacía Goethe de la literatura universal. Lo que le interesaba eran precisamente las transformaciones que sufre cada literatura nacional en la época de los cambios universales. Y señala una doble vía a seguir. Por un lado no es necesario renunciar por completo a la propia particularidad, sino todo lo contrario: ahondarla, por así decir, hasta descubrir en ella lo universal. “En cada particularidad, tanto si es histórica o mitológica como si procede de una fábula o ha sido inentada de manera más o menos arbitraria, se verá cada vez más brillar y transparentarse lo universal a la través del carácter nacional e individual”. Por otra parte, de cara a la cultura extranjera, no hay que someterse, sino ve otra expresión de lo universal y, por lo tanto, buscar el modo de incorporarla: “Hay que aprender a conocer las particularidades de cada nación, con el fin de aceptarlas, que es precisamente lo que permite entrar en intercambio con ella: pues las particularidades de una nación son como su lengua y su moneda.”

El reconocimiento de lo ajeno sirve para el enriquecimiento propio: en este campo dar es recibir. No se encontrará en Goethe ningún rastro de purismo, ni lingüístico ni de ninguna otra clase: “El vigor de una lengua no se manifiesta en el hecho de que rechace lo que le es extraño, sino en que lo incorpore”; asimismo, practica lo que él llama, un poco irónicamente, el “purismo positivo”, es decir, la absorción de los términos extranjeros de que carece la lengua propia. Más que el mínimo común denominador, lo que Goethe busca en la literatura universal es el máximo común múltiplo.

¿Sería posible concebir una política cultural inspirada en los principios de Goethe? El estado moderno y democrático, el Estado francés por ejemplo, no se priva de empeñar su responsabilidad y sus fondos en una política cultural internacional. Si los resultados suelen ser decepcionantes, hay una razón que desborda ese terreno particular. Se podría decir que el objetivo de la política intercultural debería consistir, sobre todo, en la importación más bien que en la exportación. Los miembros de una sociedad no pueden practicar espontáneamente la transvaloración si ignoran la existencia de cuantos valores no les son propios; el Estado, que es una emanación de la sociedad, debe ayudar a hacerlo accesible: la elección sólo es posible a partir del momento en se está informado de su existencia. Si en el siglo XIX la cultura francesa jugó un papel predominante, no fue porque se subvencionara su exportación, fue porque era una cultura viva que, entre otras cosas, acogía con avidez cuanto se hacía en el exterior. Al llegar a Francia en 1963, procedente de mi pequeño país afectado de xenofilia, me sorprendió descubrir que en un terreno particular, el de la teoría literaria, no sólo se ignoraba lo que había escrito en búlgaro y ruso, lenguas exóticas, sino también en alemán e incluso en inglés; asimismo, mi primer trabajo en este país consistió en una traducción del ruso al francés... Esta falta de curiosidad por los otros es un signo de debilidad, no de fuerza: se conocen mejor en Estados Unidos las reflexiones francesas sobre la literatura que a los críticos norteamericanos en Francia; sin embargo, los angloamericanos no parecen sentir la necesidad de subvencionar la exportación de su cultura. Hay que ayudar a las traducciones al francés antes que a las del inglés: la batalla de la francofonía se desarrolla ante todo en la propia Francia.
La constante interacción entre las culturas desemboca en la formación de culturas híbridas, mestizas y criollas, en todos los grados: desde los escritores bilingües, pasando por las metrópolis cosmopolitas, hasta los Estados pluriculturales. Hace falta que haya integración para poder hablar de una cultura (compleja) y no de la existencia de dos tradiciones autónomas, pero la cultura integrante (y por lo tanto dominante), sin dejar de mantener su identidad, debería enriquecerse por las aportaciones de la cultura integrada y descubrir una vía de expansión en lugar de anodinas evidencias.

La transvaloración es en sí misma un valor. ¿Equivale a cedir que todos los contactos e interacciones con los representantes de otra cultura son hechos positivos? Eso sería recaer en las aporías de la xenofilia: lo ajeno no es bueno por el simple hecho de ser ajeno; determinados contactos tienen efectos positivos, pero no así otros. La mejor consecuencia del cruzamiento entre culturas suele consistir en la mirada crítica que uno vuelve hacia sí mismo, lo cual no implica en absoluto la glorificación de lo ajeno.

Tzvetan Todorov . lingüista, filósofo, historiador, crítico y teórico literario de expresión y nacionalidad francesa, nacido en Sofía (Bulgaria), el 1 de marzo de 1939.  Hombre de las dos Europas ha vivido también en Estados Unidos. Fué educado en la Bulgaria comunista y totalitaria. Se define a sí mismo como un "hombre desplazado": ha partido de su país de origen y tiene una mirada nueva y sorprendida respecto del país de llegada. Desde esa perspectiva enriquecida habla en sus libros de la verdad, el mal, la justicia y la memoria; del desarraigo, del encuentro de culturas y de las derivas de las democracias modernas. Repasa su vida en Bulgaria y Francia, su amor por la literatura, su alejamiento del estructuralismo y del apoliticismo. Explica su humanismo crítico, su extrema moderación, su disgusto por los maniqueísmos y las cortinas de hierro. Su obsesión —quizá debida al pasaje de una nación a otra— es atravesar fronteras, saltar barreras, unir ámbitos en apariencia inconciliables, ya se trate de lenguas, culturas o disciplinas. Le interesan los puntos de encuentro, los matices, las "zonas grises". Es allí donde busca la respuesta a una única pregunta: ¿Cómo vivir?  Reside en Francia desde 1963 y es profesor y director del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje, en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS), en París. Luego de un primer trabajo de crítica literaria dedicado a la poética de los formalistas rusos, su interés se extendió a la filosofía del lenguaje, disciplina que concibió como parte de la semiótica o ciencia del signo en general. De su obra teórica destaca la difusión del pensamiento de los formalistas rusos; en sus textos historiográficos predomina el estudio de la conquista de América y de los campos de concentración, tanto nazis como de la Rusia estalinista.

También es reconocido por haber escrito Theorie de la littérature, traducido como Teoría de la literatura. Es autor, entre otras obras, de Face à l’extrême (1994) y Les abus de la mémoire (1995).  Entre sus obras traducidas al español están Las morales de la historia (Barcelona, Paidós, 1993), Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX (Barcelona, Península-HCS, 2002) y La vida en común (Madrid, Taurus, 1995). También de este autor, Teoría de la literatura de los formalistas rusos, Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje y La conquista de América.  Además de su trabajo en la teoría literaria, Todorov también ha profundizado en la filosofía. Influido por la obra de Jean-Jacques Rousseau, interpretó sus ideas de alcanzar la felicidad humana y cómo adaptarse a los tiempos modernos.

En 2008 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar "el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia".[1]
  http://red.enfocarte.com/articulo_detalle.php?idarticulo=83&idcategoria=21


La guillotina
Grabado sobe La invención de la guillotina de la época revolucionaria-
Narrativa. Anatole France (1844-1924) pensaba que la independencia del pensamiento era la más orgullosa de las aristocracias. "Por la boca muere el pez", debieron de pensar sus enemigos cuando por culpa de Los dioses tienen sed (título soberbio donde los haya) fue poco menos que expulsado de la historia de la literatura francesa. Eran otros tiempos, pero el castigo caló hondo, y el olvido se fue abatiendo sobre Anatole France gracias a una novela que no duda en hacer, por primera vez en Francia, una autopsia fina, profunda y soberanamente irónica de algunos de los "artistas" que colaboraron en las matanzas revolucionarias porque se creían guiados por la conciencia de la historia y su luz suprema. Y sin embargo, Pierre Michon en su espléndida novela Los once sigue acertadamente el camino de Anatole France y nos coloca delante de once intelectuales que van a pasar a la historia por las cabezas que cortaron más que por sus obras literarias. Proust admiró profundamente a Anatole France y su figura aparece camuflada tras el nombre de un escritor imaginario, y Pla dijo de él que ya no lo leíamos porque era demasiado perfecto, y ya no soportamos la perfección. Estoy de acuerdo con Pla, y sobre todo después de haber leído Los dioses tienen sed, una novela que da más luz sobre la Revolución Francesa que todas las hagiografías que se han escrito y se siguen escribiendo sobre ella, por eso la reivindicó Kundera y en algún aspecto también Michon. Decía Anatole France: "La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza con alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la habitación". Pues eso.
http://www.elpais.com/articulo/portada/oscuridad/todos/elpepuculbab/20110219elpbabpor_27/Tes





Entrevista a Renato Sandoval, sobre el Premio Nobel de Literatura, realizada por la revista Babylon

1.¿Cree que, en general, en Latinoamérica se peca de un excesivo provincianismo a la hora de valorar el Premio Nobel, que en algunos casos se convierte en una cuestión de Estado y se celebra o se critica con gran vehemencia?
Yo creo que eso pasa no solo aquí sino en otras partes del mundo, tanto en lo literario como en cualquier otra actividad. Sin ir más lejos, ahí están las innumerables críticas en España contra la reciente concesión a Lionel Messi del premio al mejor jugador del mundo, un jugador como no lo hay en este planeta. Sin embargo, muchos españoles -que sin duda adoran a Messi- han puesto el grito en el cielo porque no se lo dieron a Xavi o Iniesta, compatriotas suyos. ¿No es eso también “provincialismo”?

2.¿En qué medida ha podido influir la ausencia de traducciones o buenas traducciones de algunos autores latinoamericanos a la hora de lograr el Premio Nobel de Literatura? ¿Puede ser éste el caso de César Vallejo o Juan Carlos Onetti? ¿Conoce más ejemplos de este tipo? ¿Cree que hay autores latinoamericanos cuyo valor y calidad literaria sólo se puede valorar leyéndolos en español?
Lo de poder leer a un autor en el original es, obviamente, lo ideal. Pero, aparte de los que escriben en las lenguas mayoritarias, ¿cuántos de ellos están traducidos al sueco o, en todo caso al inglés, francés, italiano o alemán, que son los idiomas que maneja el 90% de los que conforman el Comité Nobel. Ha tenido que pasar casi un siglo para que por fin se premiara a un autor en portugués (Saramago) o en árabe (Mahfuz). ¿Y para cuándo los de las dos mil otras lenguas que tienen escritura? Más realista es decir que el Nobel es un premio “local” con pretensiones de universalidad. 

3.¿Cree que la literatura latinoamericana, en general, tiene una vocación universal, o está demasiado encerrada en sus circunstancias temáticas o lingüísticas? ¿En qué medida puede influir la universalidad de un autor o una obra a la hora de obtener un galardón como el Nobel?
En principio, no hay una sino muchas literaturas latinoamericanas, casi tantas como escritores existen. Su mayor o menor universalidad, más allá de los temas o de las formas, dependerá de su indagación en lo humano, de su capacidad para dar cuenta de su entorno, de explorar con urgencia y con imaginación las pulsiones de la vida, de ampliar la visión que se tiene de la existencia, de sacudir nuestras conciencias embotadas por egocentrismo, la indiferencia o la pusilanimidad. En América Latina, para suerte de todos, tenemos autores de altísima talla, a los que anualmente muy bien se les podría conceder un Nobel, y sin tener que rotar de continente.

4.Observando, en general, la trayectoria de los Premios Nobel de Literatura, ¿puede decirse que los galardonados son en cierto modo ‘populares’, sencillos? ¿los escritores difíciles, oscuros, suelen quedarse fuera? ¿Cree que existe algún escritor latinoamericano que por esta causa, por su dificultad o introspección, no haya obtenido el Nobel?
Me parece que en la historia del Nobel ha habido de todo un poco: los populares (García Márquez, Neruda, Vargas Llosa), los herméticos (Eliot, Montale, Quasimodo), los filosóficos (Sartre, Russell), los aventureros (Kipling, Hemingway), los políticos (Pinter, Fo, Kertesz), los “desconocidos” (Szymborska, Gao Xingjian), los líricos (Elytis, Seferis, Sain-John Perse), entre otros. Pero lo cierto es que no abundan premiados de, por ejemplo, estilo barroco, acaso por su gran dificultad para ser traducidos. Los ejemplos más saltantes son los cubanos José Lezama Lima y Alejo Carpentier, y, en el caso de la lengua portuguesa, el del brasileño João Guimarães Rosa, con su maravillosa novela Grande sertão: Veredas, que para mí es a la vez el Quijote y el Fausto del siglo XX.

5.¿Cree que en la literatura latinoamericana ha habido la suficiente diversidad literaria, más allá de los diferentes grupos y corrientes (como el ‘boom’), como para que varios escritores más hubieran ganado el Premio Nobel de forma autónoma?
De hecho que ha habido y que aún hay dicha diversidad, por cierto aún no debidamente conocida ni reconocida. Quedarían aún tantos autores por considerar, como por ejemplo Ernesto Sábato (que el próximo junio cumple ¡100 años!, y que de alguna manera es nuestro Dostoievski), si bien en Argentina, su país natal, hay muchos que no lo favorecen. De los que ya se fueron, inevitable pensar en Rulfo (pese a su enorme discreción y timidez), Onetti, Cortázar, Mujica Láynez, los ya mencionados Lezama Lima y Carpentier, Bioy Casares y, por cierto, Borges, quien solía decir que siempre vivía a la víspera de ganar el Nobel.

6.¿Se ha zanjado, desde el punto de vista del propio galardón, una época de la literatura latinoamericana con el Premio Nobel a Vargas Llosa? ¿La candidatura de Carlos Fuentes perderá importancia a partir de ahora?
Si con saldar una época de la literatura latinoamericana se refiere a haber cumplido ya con el Boom (al que pertenecieron Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Donoso), es posible que la importancia de Fuentes en función de ese Premio se relativice. Para mí lo que sería especialmente interesante es que, si seguimos siempre con el Nobel, es que se abriera una subcategoría para premiar a los grandes autores ya fallecidos. Con ello, no solo se haría justicia póstuma con los verdaderos grandes (Tolstoi, Proust, Kafka…), sino que además se apaciguarían las aguas (aunque no sé para qué). En ese mismo rubro, en el Perú, sin vacilación alguna, el premio iría para los poetas César Vallejo y Martín Adán, y para el novelista José María Arguedas, cuyo centenario se celebra este 2011,

7.¿Quiénes son los “antiguos” escritores y poetas latinoamericanos que aún quedan con opciones de ganar el Nobel? ¿quiénes serán los candidatos del futuro, los renovadores?
De los “nobelables”, siguen en cartelera el mexicano Carlos Fuentes, el nicaragüense Ernesto Cardenal, los chilenos Nicanor Parra y Gonzalo Rojas, y algunos más. Yo, sin embargo, entre los menos conocidos, se lo concedería sin ninguna duda al argentino Héctor Tizón, natural de la andina Jujuy, quien tiene cuentos y novelas magistrales como por ejemplo Fuego en Casabindo, que está a la altura de Pedro Páramo de Juan Rulfo, lo que no es poco decir.
¿Cuál es su visión general y opinión personal sobre el Premio Nobel de Literatura en su relación con América Latina? 
Si bien el Premio Nobel es el galardón más importante y prestigioso de la humanidad, no me parece, en parte por las razones ya mencionadas, que sea ni infalible ni representativo; de ahí que encuentre inútil, chocante y hasta de mal gusto hacer anticampañas contra los que lo han recibido (ahora mismo hay una muy fuerte contra Vargas Llosa) o campañas a muerte a favor de otros, sobre todo en razón de la lengua o la nacionalidad. A mí lo que me importa es que el ganador -siempre hablando del Nobel- sea en verdad el dueño de una obra estupenda, de gran calidad y que tenga visos de durar en el curso del tiempo por causa de sus cualidades artísticas. Todo lo demás (idioma, opción política, lugar y fecha de nacimiento), no tienen la menor importancia.


Renato Sandoval Bacigalupo
Poeta y traductor peruano
Lima, enero 2011


La séptima profecía Maya nos habla del momento que en el que el sistema solar en su giro cíclico sale de la noche para entrar en le amanecer de la galaxia, dice que los 13 años que van desde 1999 al 2012 la luz emitida desde la galaxia sincroniza a todos los seres vivos y les permite acceder voluntariamente a una transformación interna que produce nuevas realidades; que todos los seres humanos tienen la oportunidad de cambiar y romper sus limitaciones, recibiendo un nuevo sentido: la comunicación a través del pensamiento, los hombres que voluntariamente encuentren su estado de paz interior, elevando su energía vital, llevando su frecuencia de vibración interior del miedo hacia el amor, podrán captar y expresarse a través del pensamiento y con el florecerá el nuevo sentido.
La energía del rayo transmitido desde le centro de la galaxia activa el código genético de origen divino en los hombres que estén en una frecuencia de vibración alta, este sentido ampliará la convivencia de todos los hombres, generando una nueva realidad individual, colectiva y universal, una de las transformaciones más grandes ocurrirá a nivel planetario, pues todos los hombres conectados entre si como un solo todo, dará nacimiento a un nuevo ser en el orden genético, la reintegración de las conciencias individuales de millones de seres humanos despertará una nueva conciencia en la que todos comprenderán que son parte de un mismo organismo gigantesco.
La capacidad de leer el pensamiento entre los hombres revolucionará totalmente la civilización, desaparecerán todos los límites, terminará la mentira para siempre porque nadie podrá ocultar nada, comenzará una época de transparencia y de luz que no podrá ser opacada por ninguna violencia o emoción negativa, desaparecerán las leyes y los controles externos como la policía y el ejército, pues cada ser se hará responsable de sus actos y no habrá que implementar un derecho o deber por la fuerza.
Se conformará un gobierno mundial y armónico con los seres más sabios del planeta, no existirán fronteras ni nacionalidades, terminarán los limites impuestos por la propiedad privada y no se necesitará el dinero como medio de intercambio; se implementarán tecnologías para manejar la luz y la energía y con ellas se transformará la materia produciendo de manera sencilla todo lo necesario, poniendo fin a la pobreza de siempre.
La excelencia y el desarrollo espiritual serán el resultado de hombres en armonía que realizan las actividades con las que vibran más alto y al hacerlo expandirán su nivel de comprensión sobre el orden universal, con la comunicación a través del pensamiento aparecerá un súper sistema inmunológico que eliminará las vibraciones bajas del miedo producidas por las enfermedades, prolongando la vida de los hombres, la nueva era no necesitará del aprendizaje del contraste inverso producido por las enfermedades y el sufrimiento que caracterizaron miles de años de historia.
Los hombres que conciente y voluntariamente encuentren paz interior, entran en una nueva época de aprendizaje por contraste armónico, la comunicación y la reintegración hará que las experiencias, los recuerdos individuales y conocimientos adquiridos estén disponibles sin egoísmos para todos los demás, será como una Internet a nivel mental que multiplicará exponencialmente la velocidad de los descubrimientos, y se crearán sinergias nunca antes imaginadas.
Se acabarán los juicios y los valores morales que cambian con las épocas, como la moda. Se comprenderá que todos los actos de la vida son una manera de alcanzar una mayor comprensión y armonía, el respeto será el elemento fundamental de la cultura, transformará al individuo y a la comunidad y colocará a la humanidad en la posibilidad de expandirse por la galaxia. Las manifestaciones artísticas y las actividades recreativas comunitarias ocuparán la mente humana.
Miles de años fundados en la separación entre los hombres que adoraron a un Dios lejano que juzga y castiga, se transformarán para siempre. El hombre vivirá la primavera galáctica, el florecimiento de una nueva realidad basada en la integración con el planeta y todos los seres humanos para en ese momento comprender que somos parte integral de un único organismo gigantesco y nos conectaremos con la tierra, los unos con los otros, con nuestro sol y con la galaxia entera.
Todos los hombres comprenderán que el reino mineral, vegetal, animal y toda materia esparcida por el universo a todas escalas, desde el átomo hasta la galaxia, son seres vivos con una conciencia evolutiva.
A partir de sábado 22 de diciembre del año 2012 todas las relaciones estarán basadas el la tolerancia y la flexibilidad, pues el hombre sentirá a otros como otra parte de si mismo.

Científicos rechazan que los mayas hayan profetizado el fin del mundo en 2012
 Calendario Maya

Un grupo de científicos mexicanos y extranjeros rechazaron que en los vestigios como códices, glifos y estelas de la cultura maya se encuentren profecías sobre el fin del mundo y grandes cataclismos en diciembre de 2012, como aseguran una gran cantidad de creyentes.
En la edición de mayo-junio de la revista Arqueología Méxicana, editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la editorial Raíces, el experto Anthony Aveni analiza el contenido de los códices mayas y asegura que ”al examinar los datos científicos y culturales, las predicciones de un cataclismo fechado resultan muy dudosas”.
Aveni, especialista en astronomía y antropología de la Universidad de Colgate (Nueva York, EE.UU.) y autor del libro ”The end of time: The maya mistery of 2012”, afirmó que las ”lecciones históricas y logros de los mayas -y de otras culturas antiguas complejas- tienen un atractivo intrínseco. ¿Por qué revestirlas entonces con atuendos occidentales?”.
El experto estadounidense recordó que en los últimos años han proliferado visiones catastróficas que se atribuyen a los mayas de que “el 21 de diciembre de 2012 el sistema calendárico maya retornará a cero para reiniciar su ciclo de 5.125 años”.
Ante este cierre del ciclo los profetas modernos auguran que un agujero negro en el centro de la galaxia al alinearse con el sol romperá el equilibrio, y éste último “arrojará una gran cantidad de partículas. Se modificará el eje magnético de la tierra y las consecuencias serán nefastas”.
Tan sombrías predicciones pueden refutarse seriamente mediante argumentos científicos y culturales”, asegura Aveni.
Por su parte el profesor Nikolai Grube, de la universidad de Bonn (Alemania) y director del proyecto Uxul en Campeche, aseguró que “no hay ninguna profecía sobre el fin del mundo en 2012 en los códices mayas”.
Añadió que “en ningún lugar de los tres códices mayas los epigrafistas han encontrado señales de profecías apocalípticas relacionadas con una fecha concreta. Cualquiera que revise los códices mayas en la búsqueda de evidencia para las profecías, como sugieren los seguidores del ámbito esotérico, se desilusionará”.
Grube advierte que el estudio del futuro formaba parte de las preocupaciones de los mayas y explica que para los sacerdotes e intelectuales que estudiaban la historia para conocer el futuro, con una visión cíclica, pues los mayas esperaban que se repitieran los acontecimientos con la llegada de cada nuevo ciclo.
El especialista recordó que los códices mayas tienen mucho en común con los oráculos del antiguo oriente o de los griegos, en los que la profecía no se distinguía de las artes de la adivinación.
La mexicana Mercedes de la Garza, especialista en historia y en estudios mayas, señaló que los conocimientos de los antiguos mayas que asombran al mundo actual formaron parte de su religión y eran una forma “de vincular el hombre con los astros y su devenir”.
Agregó que en el libro del Chilam Balam se revela que el conocimiento del pasado les permitía pronosticar el futuro ”debido a que se repetirían las mismas influencias de los dioses”.
A su vez el epigrafista Guillermo Bernal, historiador de la UNAM y arqueólogo de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), afirma que “en la actualidad, algunos autores esotéricos aseguran que la cuenta maya del tiempo concluirá el 23 de diciembre”.
Agregó que “bajo este supuesto deducen que los mayas previeron una especie de final del mundo. Sin embargo los registros mayas demuestran -matemáticamente- que esta idea es enteramente falsa”.
Pese a las opiniones de los científicos, los adeptos a las supersticiones y los mitos han inundado las redes de internet con sus visiones apocalípticas aderezadas con las proyecciones sobre problemas actuales, en particular los relativos con el calentamiento global.
(Con información de EFE)