Año de producción: 2006

Dirección: Mel Gibson

Intérpretes: Rudy Youngblood, Dalia Hernandez, Mayra Serbulo, Gerardo Taracena, Raoul Trujillo, Rodolfo Palacios,Jonathan Brewer, Morris Birdyellowhead,Carlos Emilio Baez, Israel Contreras

Guión: Mel Gibson, Farhad Safinia

Música: James Horner

Fotografía: Dean Semler
Duración: 139 min.

Apasionante película de Mel Gibson, situada en la época de decadencia de la civilización maya anterior a la llegada de los españoles al nuevo mundo. La historia que se cuenta es sencilla, y si se quiere, hasta convencional. Un pueblo de indígenas vive en relativa tranquilidad, dedicados a la caza y a las ocupaciones del hogar. Entre bromas a veces crueles, el cariño de la familia, y los relatos del clan alrededor del fuego, a cargo de un venerable anciano, transcurre una existencia primitiva que tiene algo de idílico, y que en su narración se diría deudora de Bailando con lobos de Kevin Costner. Pero todo se va al traste con la llegada de un grupo guerrero, que asola la aldea y captura a un puñado de robustos varones, a los que mantiene vivos con propósitos ignotos. Uno de ellos es Garra de Jaguar, que mantiene su esperanza de huir por el recuerdo de su mujer encinta y su pequeño hijo, ocultos en un profundo hoyo del que debe rescatarles.
Gibson es un cineasta poderoso, como demostró en el correcto drama El hombre sin rostro, y sobre todo en Braveheart y La Pasión de Cristo, títulos que acreditan a un maestro del cine, aunque algunos se empeñen en acallarlo, por mezquinas razones ideológicas. Aquí entrega un film de acción trepidante, de asombrosa fuerza visual y ritmo increíble, que aprovecha todas las posibilidades que ofrece una cultura misteriosa, la maya, de la que ignoramos tantas cosas, superando así el reto que no supieron afrontar filmes como Rapa Nui. Gibson asimila bien algunas influencias, las hace suyas, desde Acorralado, hasta las aventuras tintinescas de "El templo del sol", y sabe crear situaciones límites para las que parece que no hay salida, para resolverlas de modo brillante, incluido el sobrecogedor final.
Esta historia, pese a su inusitada violencia, innegable pero entendible por la trama y por las tendencias hiperrealistas dominantes en el cine actual, transmite emociones genuinas bien comprensibles por un público universal. Porque al final, Gibson, con el guión bien documentado históricamente, coescrito junto a Farhad Safinia, está hablando de las cuestiones básicas que interesan a una civilización digna de ese nombre, y que siguen siendo de rabiosa actualidad en nuestro mundo globalizado, con elementos esperanzadores, sí, pero también con otros que hablan de decadencia: familia, el valor de la vida humana, la tentación omnipresente de la corrupción, la manipulación de las masas, el afán de venganza y la obcecación, la inclinación religiosa natural del hombre. Y el miedo, el miedo que nos asalta, ante la posibilidad de dilapidar la herencia de este mundo. El talento de Gibson para contar una historia de interés para un público amplio, y que trata los grandes temas que nos ocupan a todos, es, sencillamente, asombroso. Además, sabe sacar todo su jugo a un reparto de completos desconocidos, estupendos en sus respectivos papeles, y lo que es más difícil, dotarlos de sus peculiaridades, de modo que son reconocibles para el espectador, al que afectan sus pequeños y grandes dramas personales.
Foto 1 de Apocalypto





La clase

Entre les murs

Año de producción: 2008
País: Francia

Dirección: Laurent Cantet

Intérpretes: François Bégaudeau, Franck Keïta, Wei Huang, Esmeralda Ouertani,Rachel Régulier, Olivier Dupeyron

Guión: Laurent Cantet, François Bégaudeau,Robin Campillo
Fotografía: Pierre Milon




Una magnífica película sobre el mundo de la educación escolar, Palma de Oro de 2008 en Cannes. Laurent Cantet (Recursos humanosEl empleo del tiempo) se basa en "Entre les murs", un libro donde François Bégadeau, un profesor auténtico, recogía algunas de sus experiencias profesionales. Rodada con un tono realista, que recoge anécdotas reales recogidas en ese libro, el propio Bégadeau es coguionista, además de interpretar al profesor protagonista. El marco de la acción es un instituto conflictivo de París, donde debido al multiculturalismo vigente, conviven chicas y chicos de procedencia muy diversa, África negra, el Magreb, China... François es profesor de lengua, peros sus clases no se limitan a enseñar el uso correcto del francés, sino que son una continua conversación con los alumnos, donde éstos son obligados a pensar, a razonar sus ideas, a bucear por qué mantienen un determinado punto de vista. La relación no es perfecta, hay alumnos que responden mejor que otros. Algunos se niegan a responder a las preguntas del profesor, pues implican darse a conocer, algo que pueden no desear hacer. Otros hacen el tonto, mantienen una actitud pasiva, se distraen... Pero ése es el reto para François, motivarles un día tras otro, tratarles con respeto.
El cine francés tiene una interesante tradición en abordar el tema de la educación de modo sugerente, basta pensar en títulos como Hoy empieza todo y Ser y tener. Además, dentro de la tradición en Francia de enseñar cine en las aulas, tiene mucho sentido que exista el viaje inverso, enseñar la educación en las pantallas. Cantet, Bégaudeau y Robin Campillo han sabido articular una trama muy realista y natural, uno verdaderamente tienen la sensación de ser una especie de cámara oculta, testigo de lo que acontece en las clases, o en las reuniones de profesores. Hay una decisión de que todo lo mostrado transcurra en el instituto, nada veremos de lo que pasa fuera. Y esto, lejos de escamotear el resto de la vida de los personajes, sirve para pintar mejor lo que ocurre en las clases, y la bidireccional influencia que puede tener lo que pasa dentro y fuera de ellas; hay formas eficaces de enseñar cómo lo del exterior repercute en lo del interior, ya sea la anunciada expulsión de Francia del padre de Wei, un alumno chino, o el comportamiento en casa de Souleymaine, un chico sometido a un consejo disciplinario. Curiosamente, no tiene uno la sensación de estar ante un film consciente y aburridamente pedagógico, sino que todo parece emocionante, muy estimulante, con lugar para las sorpresas, como esa alumna que, ante el estupor de su profesor, declara haber leído "La República" de Platón en su tiempo libre, lo que además es un homenaje a la socrática pedagogía del maestro.
El film contiene unas interpretaciones tremendamente naturales, aunque Cantet niega que ello se deba a que los alumnos se interpreten a sí mismos. El director organizó un talles con los alumnos de un instituto, y logró que de los 50 asistentes iniciales 25 siguieran comprometidos con su proyecto cuando arrancó el rodaje. Lo cierto es que el desarrollo de cada clase es atractivo, y que los chicos resultan creíbles, se abandona cualquier estereotipo, tan difícil de evitar, piénsese en la esforzada Diarios de la calle. Afirma Cantet que el planteamiento de muchas escenas, rodadas con tres cámaras digitales para captar al profesor, al alumno principal, y al resto de la clase, era como un partido de tenis, un intercambio de raquetazos donde cualquiera podía resultar más o menos vencedor, y tal enfoque funciona muy bien. También es un acierto mostrar la fragilidad del profesor, quien a pesar de sus buenas intenciones también puede equivocarse, o encontrarse sin respuesta ante un alumno. El reto, por supuesto, es no tirar la toalla, seguir adelante con la loable meta de formar bien a los chicos que están a su cargo.
Foto 1 de La clase




“La cinta blanca”: Cría cuervos…

No abandona Michael Haneke su disección de la violencia cuando se va un pueblo alemán y recoge los sucesos de comienzos de siglo previos a la Gran Guerra. Allá trasplanta todo el “universo Bergman” para construir un microcosmos en donde convierte la religión en caldo de cultivo de intolerancia e inhumanidad, en donde cuestiona el principio de autoridad porque supone abuso, y donde el puritanismo moral reprime la inocencia infantil hasta que ésta explota… y genera las mayores atrocidades en la edad adulta. “La cinta blanca” es toda una transfusión de sangre nórdica a un territorio germano que años después vería nacer el nazismo, apuntado pero no explicitado por el director. Es la violencia y el racismo que están latentes, el desprecio hacia los discapacitados y la rigidez que quita libertad para convertir al hombre en máquina sin conciencia, y también la hipocresía y doble moral de quien busca a Dios olvidándose de lo humano… un panorama desolador en el que Haneke escoge la versión más inhumana y adulterada de la religión para elaborar una curiosa teoría de la culpa, en lo que es una nueva manifestación del actual laicismo que asola Europa.
La composición de este negrísimo retrato colectivo está perfectamente hilvanado por la voz del maestro del pueblo, un bondadoso personaje que merecería llevar la “cinta blanca” por su pureza e inocencia, protagonista desde dentro y fuera de la escena. Él nos cuenta con voz en off los primeros brotes de violencia en la comunidad luterana, nos desvela de manera dosificada y dejando siempre la sombra de la duda ante tanto odio y amargura incubados en unos vecinos que viven con el miedo en el cuerpo y sometidos al patrón terrateniente, y en una autoridad –sobre todo paterna– que ve en la amenaza y el castigo la manera de imponer su ley y su control. Culpa, venganza, humillación e infidelidad para recrear todas las miserias y perversiones humanas hasta llegar al abuso de menores y al mismo incesto. Nada escapa a este especialista en impactar y despertar conciencias acomodadas, y en hacerlo sin espectáculo y evitando mostrar lo que puede dejarse oculto fuera de campo. Haneke deja la cámara fija y durante el tiempo preciso para congelar el aliento mientras el pastor aplica a sus hijos el castigo tras la puerta, crea un silencio que provoca miedo y perturba al espectador por sí mismo y sin efectismo alguno, de la misma manera que cierra la película con un plano en negro que supone todo un mazazo final y desesperanzado… mientras crece el dictador.
Pero también el director de “Funny Games” sabe crear sentimientos sutiles y delicados, escenas de ternura y amor profundo. Preciosos son los momentos del maestro y la niñera, desde la timidez inicial hasta la exquisita y respetuosa relación que nace entre ellos. El maestro es el único hombre que sale bien parado, el único con entrañas y sensatez frente a un terrateniente, un administrador, un médico o un pastor que rivalizan en dureza e insensibilidad, en abuso de poder y en inhumanidad. Frente a ellos, las mujeres muestran la otra cara, la comprensiva y tierna, aunque de poco les sirve en una sociedad gobernada por hombres. Y los niños… ellos son esos pequeños “cuervos que te sacarán los ojos”, cuya barbarie es la que aprendieron y sufrieron en sus propias carnes, la que les inculcaron en la familia y en la iglesia. Todos los niños… salvo uno que está a punto de dar un vuelco a la historia y ablandar el corazón del pastor cuando le regala su pájaro, porque ve muy triste a su padre… Ese niño frágil y con corazón es el germen e imagen del maestro adulto, y la demostración de que siempre hay algunos hombres buenos entre los desalmados, de que la conciencia y la libertad nunca se pierden hasta el extremo de anular la propia responsabilidad.
Perfecta ambientación de época y de una sociedad asfixiante cerrada en su rigorismo, magnífica y estremecedora fotografía en un blanco y negro metafórico, una estupenda dirección de actores –sobre todo de los niños–, una planificación ajustada y un incuestionable dominio del tiempo fílmico para una película de ritmo preciso, con todo el despojamiento de Dreyer y toda dureza y amargura deBergman. Todo ello le dio la Palma de Oro en Cannes y otros premios allá donde se ha presentado. Una historia de extrema dureza interior –el pastor es el más crudamente censurado, especialmente en las relaciones con su hijo Martin, más aún que el despreciable médico– que presenta a la religión en la génesis de toda violencia y a la que quiere cargar el muerto del nazismo (curiosamente pagano). Una oscura e ideológica propuesta, tan perfecta en lo formal como irrisoria y provocativa en lo conceptual, que pone en el banquillo de la sospecha y de la acusación a una fe vivida de manera atormentada y represiva, con frialdad y dureza, y a unos infantes que llevan el lazo blanco hasta que estén en condiciones de cambiarlo por la esvástica.

En las imágenes: Fotogramas de “La cinta blanca” – Copyright © 2009 X Filme Creative Pool, Wega Film, Les Films du Losange y Lucky Red. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.
http://miradadeulises.com/2010/01/%E2%80%9Cla-cinta-blanca%E2%80%9D-cria-cuervos/

“Up in the air”: Con la mochila a cuestas

Que Jason Reitman comience “Up in the air” con varios individuos que miran a cámara cuando alguien les comunica que están despedidos… es toda una declaración de intenciones y también una provocación en estos tiempos de crisis y desempleo. Quien está enfrente de esos atribulados trabajadores es Ryan Bingham, un yuppie que se pasa los días viajando para formalizar reducciones de personal en empresas que requieren sus servicios. Su aspiración no es otra que llegar a los diez millones de millas en vuelos domésticos, y hacerlo libre de ataduras y compromisos personales. Pero las alturas le deparan dos nubarrones con nombres de mujer, que amenazan con perturbar su calculada estabilidad y soledad: son Alex, una ejecutiva madura de su misma cuerda, y Natalie, una jovencita idealista que trata de  implantar el sistema de despidos por video-conferencia.
Otra actividad de nuestro ilustre y superficial Ryan es la de dar conferencias en las que transmitir su personal filosofía existencial: ir por la vida con una mochila ligera de cosas y sobre todo de relaciones personales, y así evitar cargar con pesos y responsabilidades que obligarían a ir más despacio. No se le puede pedir más coherencia a Reitman en la construcción del guión y del personaje, así como de la puesta en escena: por eso, nos presenta a un tipo inmaduro y egoísta aparentemente feliz, encantador y de éxito, que vive en el aire y en un entorno impersonal –basta ver la luz que invade las habitaciones en que para o los mismos aeropuertos–, que se dedica a romper vínculos empresariales simulando comprensión y vendiendo humo con discursos prefabricados de auto-ayuda, enemigo del matrimonio y dispuesto a cualquier relación de un día… porque en el futuro nunca piensa.
Pero, como ya hiciera en “Gracias por fumar” y en “Juno”, Reitman no apuesta por una postura única ante la realidad: fumar o no hacerlo, tener el bebé o abortar, casarse o vivir en soledad… son para el director opciones igualmente válidas y respetables. De hecho, no faltan en esta película parejas que se rompen, mentiras e infidelidades, dudas y miedos al compromiso… Quizá lo único que ponga en tela de juicio el director sea esa huída de la realidad, ese no enfrentarse al vacío de uno mismo –así ha querido llevar Ryan su mochila– y a las preguntas que es necesario plantearse para construir su mundo. El núcleo de su cine es el libre albedrío y el respeto por la diversidad de opciones, y siempre sobre cuestiones esenciales en la vida (el fumar no era sino un símbolo de la libertad).
Y su forma de hacerlo será el de la aparente ligereza y frescura de la puesta en escena, con un montaje trepidante que ilustre el modo de vida de quien va de flor en flor, de ciudad en ciudad –los reiterados rótulos de los destinos de los vuelos no son gratuitos–, sin fijar residencia ni relaciones; con unos planos cenitales propios de quien ve la realidad desde la distancia y sin comprometerse; con una fotografía fría de luz blanca e impersonal; con unos primeros planos reservados –salvo alguno necesario de Ryan y Alex– para unos fugaces y anónimos trabajadores despedidos que curiosamente son los más cercanos al espectador. Tanto George Clooney como Vera Farmiga o Anna Kendrick (daría para mucho analizar los modelos de mujer moderna que ofrecen) hacen buenos papeles, pero me quedo con los segundos de cámara en que aparece J.K. Simmons (el padre de familia despedido, en Juno el padre de la adolescente), un secundario de lujo.
“Up in the air” es una interesante película que retrata el mundo de internet y de los aeropuertos como paradigmas de la modernidad y de la comunicación, tan repleto de contactos pero sin vínculos estables, pues su historia va más allá de la precariedad laboral y empresarial. Una visión, la de Reitman, nada superficial y con la suficiente ligereza como para que llegue al gran público y guste, para ofrecer a cada espectador la opción de ser un cisne, un tiburón o un simple paréntesis en la realidad del otro, y de llevar la mochila llena, medio llena o vacía.
En las imágenes: Fotogramas de “Up in the air” – Copyright © 2009 Paramount Pictures, Cold Spring Pictures, DW Studios, Montecito Company, Rickshaw Productions y Right of Way Films. Fotos por Dale Robinette. Distribuida en España por Paramount Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

“Copia certificada”: Cuando el amor mejora el original

El cineasta iraní Abbas Kiarostami abandona su país natal para rodar en Italia, y hacerlo con una actriz profesional como es Juliette Binoche y lograr con“Copia certificada” una obra maestra que estuvo en el Festival de Cannes y en la Seminci de Valladolid. Una película poliédrica y profunda, tanto en el aspecto formal del lenguaje cinematográfico como en el trasfondo existencial de sus personajes, que incorpora incluso un análisis teórico de lo que puede ser considerado como arte, y que permanece abierta a tantas interpretaciones como espectadores tenga. Sus imágenes se acercan respetuosamente a la realidad de una mujer, galerista de arte en la Toscana, que esconde el dolor de una separación y también el peso de tener que educar sola a su hijo. Es una realidad a la que el director se acerca desde su mirada de artista y de quien ha pasado por una situación semejante –el propio Kiarostami tuvo que encargarse del cuidado de su hijo tras su separación–. Es, por eso, reflejo de una experiencia propia y dolorosa que aquí traslada a Binoche, recordando las distintas situaciones por las que puede pasar el amor de una pareja, y la verdad que encierra cada imagen que se ofrece del amor.
Básicamente, en “Copia certificada” solo hay una mujer y un hombre, y unas cuantas horas por delante. Suficiente para que asistamos al momento de enamoramiento inicial seguido de una fase de desgaste y de un nuevo intento de seducción, para terminar con una plácida vejez donde ese amor adquiere nuevas formas de manifestación. Lo mejor es que todo eso Kiarostami lo hace sin recurrir a flash back ni a subtramas que podrían ilustrarlo fácilmente. Se encomienda al talento interpretativo de la actriz francesa y de William Shimell, y lo concentra todo en una sola pareja respetando la unidad de tiempo y espacio, simplemente amplificando la relación hacia el pasado o poniendo ante sus ojos una pareja de novios o de ancianos. A partir del equívoco en una cafetería en que la mujer que les atiende les confunde con un matrimonio –maravillosa escena y sabios comentarios los de esta buena mujer–, se pone en movimiento todo un mecanismo de representación de lo que puede ser cualquier enamoramiento, con una Juliette Binoche que sobre-actúa ligeramente en su empeño por captar la atención del hombre para después atenuarse en su vitalidad, e intentar más tarde una nueva conquista del marido pintándose los labios o poniéndose unos pendientes: no es entonces el amor original sino una copia o una referencia de lo que fue, pero no por ello menos verdadero o meritorio, viene a decirnos Kiarostami.
Esas fases del amor son contempladas por el espectador desde la abstracción como algo que puede suceder a cualquier pareja. No es más que la maduración y los vaivenes del amor, que por esas calles de Toscana se vive en presente y congela el tiempo hasta hacerlo único, porque lo importante en el amor no es la persona amada sino la actitud de quien contempla y ama. Ese es el valor que Kiarostami y James Miller –el ensayista de la película– dan también a la obra de arte, que adquiere importancia según quien la contempla más que por su interés objetivo, y donde la copia puede ser mejor que el original y éste no pasa de ser incluso una copia –una representación falsificada, por muy lograda que sea– de la realidad. Paralelismos y semejanzas entre el amor y la obra de arte cargados de sabiduría humana y estética, realizados por un estilista de la imagen que reduce el tema a lo mínimo y que cuida cada plano en su duración y composición. Nada sobra y nada falta en unos diálogos frescos y espontáneos pero enjundiosos y cultos, que sirven para hacer un retrato dual del hombre y la mujer, de su distinta percepción de la realidad, de su implicación o distanciamiento frente al problema sentimental.
Excelente el trabajo interpretativo de Juliette Binoche –premiada en Cannes–, con un asombroso despliegue de recursos para dar vida a tres mujeres en una, para arrastrar al británico Shimell a pasar de escéptico teórico del arte a marido comprometido o dubitativo. Espejos, pinturas y distancias en su paseo por las calles que encierran un profundo significado de lo que ocurre en el corazón de esta pareja y que recuerda a aquella otra película que inmortalizaron Ingrid Bergman y George Sanders de manos de Roberto Rossellini en “Viaggio in Italia”. Una película minimalista sobre la realidad y su representación, sobre el amor verdadero y sobre el pretendido, sobre el paso del tiempo y sobre el espectador que lo ve encarnado en esa pareja que le interpela con sus miradas a cámara. Una joya de cine para ver varias veces porque la realidad que muestra no se agota con la primera, para disfrutar de cada plano, de cada gesto y de cada frase… porque todo es original, o al menos una copia perfecta.

En las imágenes: Fotogramas de “Copie conforme” – Copyright © 2010 Bibi Film y France 3 Cinéma. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

 http://miradadeulises.com/2010/10/%E2%80%9Ccopia-certificada%E2%80%9D-cuando-el-amor-mejora-el-original/

“Cartas al padre Jacob”: El precio de la culpa y del perdón

Tradicionalmente, los países nórdicos han realizado un cine de arte y ensayo con el que abordaban las cuestiones más existenciales y espirituales. La filosofía de Kierkegaard y el teatro de Strindberg conformaban un sustrato que alimentó el cine de Dreyer Bergman, y más tarde el de Liv UllmannLars von Trier o Reygadas, entre otros muchos. Un mundo de dolor y culpa que necesita el perdón para recuperar el sentido de la vida, y también una búsqueda de Dios y de respuestas que inquietan al individuo de manera casi obsesiva y agónica. Un cine grave y dramático que ahora tiene su continuación en “Cartas al padre Jacob”, película multi-premiada y candidata a los Oscar® por Finlandia.
Su director, Klaus Härö, nos presenta a Leila cuando sale de la cárcel, indultada tras doce años de condena por asesinato. Sin un techo que la acoja, accede a prestar un servicio social al padre Jacob, pastor anciano y ciego que tiene un claro sentido de su misión en la vida. El trabajo consiste en ayudarle a contestar las cartas que le escriben pidiendo ayuda humana y espiritual. Pronto vemos que la tosquedad y recelo de la mujer encuentran su contrapunto en la actitud confiada y generosa del párroco. Son vidas opuestas conectadas misteriosamente por la oración del padre Jacob y también por la necesidad que tiene esta mujer maltratada por la vida… porque la soledad, la muerte y la culpa pesan demasiado. Comprobamos que las palabras y la justicia humana no pueden explicar ni consolar a quien sufre, y es ahí donde sale a escena la misericordia de Dios para dar una segunda oportunidad a la criatura, en palabras del padre Jacob.
¿Cuánto vale la paz y la salvación de un alma? Una pregunta que se hizo Victor Hugo en “Los miserables” y que Jean Valjean pudiera redimirse por la acción de Monseñor Myriel. Ahora se lo plantea Härö y deja a Leila todo el tiempo del mundo –aunque la cinta dura sólo 74 minutos– hasta que decida abrir su corazón. Entre tanto, el espectador ve a un sacerdote que entiende su vida únicamente como un tiempo para servir, y a una convicta que rechaza convertirse en objeto de su caridad. Por momentos, parece que Jacob necesita seguir recibiendo cartas para seguir vivo… y que va perdiendo salud conforme Leila se va transformando y se humaniza. ¿Se trata de un comercio de la fe y de la caridad, o es más bien una invitación a coger todos los ahorros guardados en la caja de latón si los necesita?
Un guión preciso construido con las palabras justas, con diálogos secos y sentimientos contenidos, con sugerentes silencios y con un retrato interior de sólo dos o tres personajes… suficientes para esta película de cámara. No hay concesiones y sí una invitación a la reflexión en esta historia de redención, austera en la puesta en escena y fría en una fotografía que recoge la dureza de un ambiente de violencia emocional –la física queda fuera de campo–, donde la cámara aprovecha la profundidad de campo para generar espacios y relacionar a los personajes, y donde los planos fijos nos ayudan a para penetrar sutilmente en el alma de Kaarina Hazard y de Heikki Nousiainen –excelentes interpretaciones–… y respirar su necesidad de paz o su aliento vital respectivamente.
Cine de raíces nórdicas en su sobriedad estética y de temática luterana en su esencia, ideal para los amantes del cine de autor pero no para quienes gustan de comer palomitas en la sala. Porque estamos ante una película de tesis y detempo lento, ante un cuento moral esperanzado que bucea en lo más íntimo de la persona y lo saca a flote, ante un trabajo profundamente humanista y trascendente –sin sermones ni sensiblerías– en el que un ciego enseñó a leer la vida a una presidiaria mientras ésta le leía sus cartas.

En las imágenes: Fotogramas de “Cartas al padre Jacob” – Copyright © 2009 YLE y Kinotas. Distribuida en España por Festival Films. Todos los derechos reservados.