miércoles, 19 de enero de 2011

Apocalypto


Año de producción: 2006

Dirección: Mel Gibson

Intérpretes: Rudy Youngblood, Dalia Hernandez, Mayra Serbulo, Gerardo Taracena, Raoul Trujillo, Rodolfo Palacios,Jonathan Brewer, Morris Birdyellowhead,Carlos Emilio Baez, Israel Contreras

Guión: Mel Gibson, Farhad Safinia

Música: James Horner

Fotografía: Dean Semler
Duración: 139 min.

Apasionante película de Mel Gibson, situada en la época de decadencia de la civilización maya anterior a la llegada de los españoles al nuevo mundo. La historia que se cuenta es sencilla, y si se quiere, hasta convencional. Un pueblo de indígenas vive en relativa tranquilidad, dedicados a la caza y a las ocupaciones del hogar. Entre bromas a veces crueles, el cariño de la familia, y los relatos del clan alrededor del fuego, a cargo de un venerable anciano, transcurre una existencia primitiva que tiene algo de idílico, y que en su narración se diría deudora de Bailando con lobos de Kevin Costner. Pero todo se va al traste con la llegada de un grupo guerrero, que asola la aldea y captura a un puñado de robustos varones, a los que mantiene vivos con propósitos ignotos. Uno de ellos es Garra de Jaguar, que mantiene su esperanza de huir por el recuerdo de su mujer encinta y su pequeño hijo, ocultos en un profundo hoyo del que debe rescatarles.
Gibson es un cineasta poderoso, como demostró en el correcto drama El hombre sin rostro, y sobre todo en Braveheart y La Pasión de Cristo, títulos que acreditan a un maestro del cine, aunque algunos se empeñen en acallarlo, por mezquinas razones ideológicas. Aquí entrega un film de acción trepidante, de asombrosa fuerza visual y ritmo increíble, que aprovecha todas las posibilidades que ofrece una cultura misteriosa, la maya, de la que ignoramos tantas cosas, superando así el reto que no supieron afrontar filmes como Rapa Nui. Gibson asimila bien algunas influencias, las hace suyas, desde Acorralado, hasta las aventuras tintinescas de "El templo del sol", y sabe crear situaciones límites para las que parece que no hay salida, para resolverlas de modo brillante, incluido el sobrecogedor final.
Esta historia, pese a su inusitada violencia, innegable pero entendible por la trama y por las tendencias hiperrealistas dominantes en el cine actual, transmite emociones genuinas bien comprensibles por un público universal. Porque al final, Gibson, con el guión bien documentado históricamente, coescrito junto a Farhad Safinia, está hablando de las cuestiones básicas que interesan a una civilización digna de ese nombre, y que siguen siendo de rabiosa actualidad en nuestro mundo globalizado, con elementos esperanzadores, sí, pero también con otros que hablan de decadencia: familia, el valor de la vida humana, la tentación omnipresente de la corrupción, la manipulación de las masas, el afán de venganza y la obcecación, la inclinación religiosa natural del hombre. Y el miedo, el miedo que nos asalta, ante la posibilidad de dilapidar la herencia de este mundo. El talento de Gibson para contar una historia de interés para un público amplio, y que trata los grandes temas que nos ocupan a todos, es, sencillamente, asombroso. Además, sabe sacar todo su jugo a un reparto de completos desconocidos, estupendos en sus respectivos papeles, y lo que es más difícil, dotarlos de sus peculiaridades, de modo que son reconocibles para el espectador, al que afectan sus pequeños y grandes dramas personales.
Foto 1 de Apocalypto

La clase Entre les murs





La clase

Entre les murs

Año de producción: 2008
País: Francia

Dirección: Laurent Cantet

Intérpretes: François Bégaudeau, Franck Keïta, Wei Huang, Esmeralda Ouertani,Rachel Régulier, Olivier Dupeyron

Guión: Laurent Cantet, François Bégaudeau,Robin Campillo
Fotografía: Pierre Milon




Una magnífica película sobre el mundo de la educación escolar, Palma de Oro de 2008 en Cannes. Laurent Cantet (Recursos humanosEl empleo del tiempo) se basa en "Entre les murs", un libro donde François Bégadeau, un profesor auténtico, recogía algunas de sus experiencias profesionales. Rodada con un tono realista, que recoge anécdotas reales recogidas en ese libro, el propio Bégadeau es coguionista, además de interpretar al profesor protagonista. El marco de la acción es un instituto conflictivo de París, donde debido al multiculturalismo vigente, conviven chicas y chicos de procedencia muy diversa, África negra, el Magreb, China... François es profesor de lengua, peros sus clases no se limitan a enseñar el uso correcto del francés, sino que son una continua conversación con los alumnos, donde éstos son obligados a pensar, a razonar sus ideas, a bucear por qué mantienen un determinado punto de vista. La relación no es perfecta, hay alumnos que responden mejor que otros. Algunos se niegan a responder a las preguntas del profesor, pues implican darse a conocer, algo que pueden no desear hacer. Otros hacen el tonto, mantienen una actitud pasiva, se distraen... Pero ése es el reto para François, motivarles un día tras otro, tratarles con respeto.
El cine francés tiene una interesante tradición en abordar el tema de la educación de modo sugerente, basta pensar en títulos como Hoy empieza todo y Ser y tener. Además, dentro de la tradición en Francia de enseñar cine en las aulas, tiene mucho sentido que exista el viaje inverso, enseñar la educación en las pantallas. Cantet, Bégaudeau y Robin Campillo han sabido articular una trama muy realista y natural, uno verdaderamente tienen la sensación de ser una especie de cámara oculta, testigo de lo que acontece en las clases, o en las reuniones de profesores. Hay una decisión de que todo lo mostrado transcurra en el instituto, nada veremos de lo que pasa fuera. Y esto, lejos de escamotear el resto de la vida de los personajes, sirve para pintar mejor lo que ocurre en las clases, y la bidireccional influencia que puede tener lo que pasa dentro y fuera de ellas; hay formas eficaces de enseñar cómo lo del exterior repercute en lo del interior, ya sea la anunciada expulsión de Francia del padre de Wei, un alumno chino, o el comportamiento en casa de Souleymaine, un chico sometido a un consejo disciplinario. Curiosamente, no tiene uno la sensación de estar ante un film consciente y aburridamente pedagógico, sino que todo parece emocionante, muy estimulante, con lugar para las sorpresas, como esa alumna que, ante el estupor de su profesor, declara haber leído "La República" de Platón en su tiempo libre, lo que además es un homenaje a la socrática pedagogía del maestro.
El film contiene unas interpretaciones tremendamente naturales, aunque Cantet niega que ello se deba a que los alumnos se interpreten a sí mismos. El director organizó un talles con los alumnos de un instituto, y logró que de los 50 asistentes iniciales 25 siguieran comprometidos con su proyecto cuando arrancó el rodaje. Lo cierto es que el desarrollo de cada clase es atractivo, y que los chicos resultan creíbles, se abandona cualquier estereotipo, tan difícil de evitar, piénsese en la esforzada Diarios de la calle. Afirma Cantet que el planteamiento de muchas escenas, rodadas con tres cámaras digitales para captar al profesor, al alumno principal, y al resto de la clase, era como un partido de tenis, un intercambio de raquetazos donde cualquiera podía resultar más o menos vencedor, y tal enfoque funciona muy bien. También es un acierto mostrar la fragilidad del profesor, quien a pesar de sus buenas intenciones también puede equivocarse, o encontrarse sin respuesta ante un alumno. El reto, por supuesto, es no tirar la toalla, seguir adelante con la loable meta de formar bien a los chicos que están a su cargo.
Foto 1 de La clase




El discurso del rey The King's Speech


Caratula de El discurso del rey

El discurso del rey

The King's Speech


Año de producción: 2010

Dirección: Tom Hooper

Guión: David Seidler
Fotografía: Danny Cohen
Distribuye en Cine: DeAPlaneta
Duración: 118 min.
Público apropiado: Jóvenes

Género: DramaHistórico

Contenidos: Acción 0, Amor 3, Lágrimas 2, Risas 1, Sexo 0, Violencia 0   [de 0 a 4]

Década de los 30 del pasado siglo. Reina en Inglaterra Jorge V, y soplan aires de guerra. Su segundo hijo, Albert, padece una pronunciada tartamudez desde que era niño. Los muchos expertos que han tratado de ayudarle con su problema han fracasado. Lo que no tendría demasiada importancia, de no ser por la muerte de su padre y lo poco adecuado que es David, el heredero, para asumir la función de monarca. Los avatares del destino le obligan a llevar la corona... y sus súbditos, en tiempos difíciles, necesitan oír la voz del rey. Un heterodoxo logopeda, el australiano Lionel Logue, podría ser la solución a tan reales dificultades.

Formidable película dirigida por el británico Tom Hooper, que tiene a sus espaldas un magnífico currículum de películas y series televisivas basadas en personajes auténticos, ya sean regios (Elizabeth I), presidenciales (John Adams) o futboleros (The Damned United).  Tiene a su disposición un guión de lujo firmado por un sorprendente David Seidler, quien hasta ahora sólo había descollado, y eso muy relativamente, con libretos de películas animadas (El rey y yoLa espada mágica. En busca de Camelot), y con uno escrito para Francis Ford Coppola, el de Tucker, un hombre y su sueño. Los hermanos Weinstein, productores, vuelven por la puerta grande a la lucha por los Oscar, y desde luego el conjunto del reparto de este film es de los mejores que se han visto en los últimos tiempos. Los personajes son magníficos y los actores que los representan les sacan todo su jugo, está increíble, sensacional, Colin Firth, pero también Geoffrey Rush, Helena Bonham Carter, Guy Pearce, Timothy Spall, Derek Jacobi, Michael Gambon, Jennifer Ehle, Anthony Andrews...
Una trama basada en la relación profesor-alumno, por así decir, es algo muy visto. Caer en el tópico es muy, pero que muy fácil. Porque hay elementos que inevitablemente se repiten, ya sea el choque de caracteres, la no comprensión de lo que el profesor pretende, el no-respeto por las capacidades del alumno, etcétera. Pero Seidler y Hooper se las arreglan para sortear una y otra vez estas dificultades ascendiendo a cotas de brillantez excepcionales. Un elemento de originalidad lo introduce, obviamente, el hecho de que uno pertenezca a la realeza y el otro sea un plebeyo, y que éste, para aplicar con éxito su método, exija una relación de igualdad, e incluso de amistad. Pero la razón de que esta película sea casi un milagro no estriba sólo en eso, pues hay mil y un detalles, perfectamente cuidados, que contribuyen a reforzar lo que se cuenta.
Así, podemos entender de dónde viene la inseguridad de Albert y la confianza de Lionel, aprendemos a conocer y contrastar los respectivos entornos familiares y sus distintas responsabilidades. Y hay escenas redondísimas, que producen emociones genuinas: no quisiéramos hacer el listado de las mismas, pero vale la pena destacar la de la primera consulta de Albert, la que tiene lugar en Westminster cuando ensayan la coronación y, por supuesto, la del climático discurso tras la declaración de guerra.
Es muy inteligente la partitura musical, tanto los temas originales de Alexandre Desplat, como el uso de música clásica, Beethoven y su séptima sinfonía en un momento clave. Y la fotografía, con lentes cortas, y el recurso a picados y contrapicados, resulta muy apropiada para resaltar la soledad de la función real, aunque, paradójicamente, uno se encuentre en buena compañía.
Foto 1 de El discurso del rey











“Un tipo serio”: Paciencia cínica para la adversidad

“Un tipo serio”: Paciencia cínica para la adversidad

Detrás del irónico título y de un enigmático prólogo se esconde todo el humor negro y el sarcasmo que los hermanos Coen son capaces de concentrar en un comedia cínica y ácida como es “Un tipo serio”. Pura palabrería hueca para justificar los reveses y crear una falsa esperanza de encontrar respuestas al misterio de la vida, pura fachada ritual y formalista para una ética de circunstancias que se viene abajo a las primeras de cambio, pura represión del deseo bajo normativas y costumbres rígidas que desconectan al individuo de su entorno… todo ello se convierte en objeto de crítica de una cámara que pega carpetazo en más de una ocasión con cortes secos… para pasar a otra secuencia en la que se demuestra que el “principio de incertidumbre” gobierna nuestra existencia, que Dios ha abandonado al pueblo elegido para decirle que aproveche el momento para disfrutar y se valga por sí mismo. En su nueva película, los Coen echan la vista atrás para reflejar su infancia y entorno judío, para reírse de todo y desde la distancia de la comedia decir al espectador que la vida viene como viene… y punto.
En su cometido, nos presentan a Larry como un profesor de Física absorto en la demostración matemática de su “principio de incertidumbre”, y que no se entera de lo que sucede en su casa ni en su ambiente laboral: su mujer quiere divorciarse de buenas a primeras, su primogénito va a incorporarse a la comunidad judía… si la televisión y la marihuana le dejan un hueco, su hija está muy ocupada en el cuidado de su pelo y de su nariz respingona, su hermano Arthur se dedica al juego y a otros menesteres… en su incapacidad psicológica, el director del Departamento parece enredarse y confundirle con su deseada titularidad, mientras que el abogado va a lo que va… como la vecina desinhibida o el caza-judíos… Una historia muy judía –basada en la paciencia y en las pruebas de Job– con la que ajustar cuentas con el pasado, de manera elegante pero extremadamente cínica.
Una selva de personajes encerrados en su egoísmo e individualismo, que entran y salen en la escena como si lo hicieran de su pequeño mundo, a los que se recomienda aprovechar el instante para disfrutar… y dejarse de trascendencias y tradiciones. Miedos y temores, represiones y deseos, culpas y huidas de la realidad que necesitan del rabino –no salen bien parados, por cierto– o del psiquiatra, o de un poco de droga o de sexo… Un universo muy próximo al de Woody Allen, y no solo en su sustrato judío sino también en la frágil construcción de una identidad en un mundo posmoderno donde lo efímero y sensorial se imponen a las convicciones e ideales.
Toda la cinta está salpicada de ironía y acidez en los diálogos, de planos deformados con un gran angular que busca la caricatura –de la sinagoga, del aula de matemáticas, de Larry subido al tejado–, con personajes estrambóticos y extravagantes que parecen concursar para ver quién es el más inmaduro y caprichoso. Deformaciones de situaciones y personalidades que no tienen desperdicio, encarnadas por actores poco conocidos pero que aguantan bien el tono paródico, como un gran Michael Stuhlbarg que resulta asombroso en lo patético sin excederse más de lo que exige su personaje, o que expresan mucho y con sutilidad en sus breves apariciones –como es el caso del director del Departamento, siempre insinuante al filo de la puerta–, o que dan risa sin contar un chiste –esos “abrazos del oso” que Sy Ableman da al desplazado marido–.
Muchos personajes que discurren a buen ritmo, con golpes de timón en la dirección que hacen que la comedia resulte imprevisible como la vida, y que el espectador asista impertérrito y desorientado a una escalada de infortunios. Humor negro con buena dosis de surrealismo y varias escenas oníricas que son de lo mejor de la cinta por el desconcierto provocado y la agilidad narrativa que demuestran. Un guión disparatado que perfectamente podría haber escrito Woody Allen, con el que los hermanos Coen renuncian a cualquier consuelo y consideración espiritual posible, para abandonarse al mayor de los escepticismo con la risa de quien entiende que lo divertido tiene que ser superficial porque si no, estaremos adentrándonos en cuestiones trascendentes… sólo aptas para tipos serios.

En las imágenes: Fotogramas de “Un tipo serio” – Copyright © 2009 Focus Features, StudioCanal, Relativity Media y Working Title. Fotos por Wilson Webb. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.
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“La cinta blanca”: Cría cuervos…

“La cinta blanca”: Cría cuervos…

No abandona Michael Haneke su disección de la violencia cuando se va un pueblo alemán y recoge los sucesos de comienzos de siglo previos a la Gran Guerra. Allá trasplanta todo el “universo Bergman” para construir un microcosmos en donde convierte la religión en caldo de cultivo de intolerancia e inhumanidad, en donde cuestiona el principio de autoridad porque supone abuso, y donde el puritanismo moral reprime la inocencia infantil hasta que ésta explota… y genera las mayores atrocidades en la edad adulta. “La cinta blanca” es toda una transfusión de sangre nórdica a un territorio germano que años después vería nacer el nazismo, apuntado pero no explicitado por el director. Es la violencia y el racismo que están latentes, el desprecio hacia los discapacitados y la rigidez que quita libertad para convertir al hombre en máquina sin conciencia, y también la hipocresía y doble moral de quien busca a Dios olvidándose de lo humano… un panorama desolador en el que Haneke escoge la versión más inhumana y adulterada de la religión para elaborar una curiosa teoría de la culpa, en lo que es una nueva manifestación del actual laicismo que asola Europa.
La composición de este negrísimo retrato colectivo está perfectamente hilvanado por la voz del maestro del pueblo, un bondadoso personaje que merecería llevar la “cinta blanca” por su pureza e inocencia, protagonista desde dentro y fuera de la escena. Él nos cuenta con voz en off los primeros brotes de violencia en la comunidad luterana, nos desvela de manera dosificada y dejando siempre la sombra de la duda ante tanto odio y amargura incubados en unos vecinos que viven con el miedo en el cuerpo y sometidos al patrón terrateniente, y en una autoridad –sobre todo paterna– que ve en la amenaza y el castigo la manera de imponer su ley y su control. Culpa, venganza, humillación e infidelidad para recrear todas las miserias y perversiones humanas hasta llegar al abuso de menores y al mismo incesto. Nada escapa a este especialista en impactar y despertar conciencias acomodadas, y en hacerlo sin espectáculo y evitando mostrar lo que puede dejarse oculto fuera de campo. Haneke deja la cámara fija y durante el tiempo preciso para congelar el aliento mientras el pastor aplica a sus hijos el castigo tras la puerta, crea un silencio que provoca miedo y perturba al espectador por sí mismo y sin efectismo alguno, de la misma manera que cierra la película con un plano en negro que supone todo un mazazo final y desesperanzado… mientras crece el dictador.
Pero también el director de “Funny Games” sabe crear sentimientos sutiles y delicados, escenas de ternura y amor profundo. Preciosos son los momentos del maestro y la niñera, desde la timidez inicial hasta la exquisita y respetuosa relación que nace entre ellos. El maestro es el único hombre que sale bien parado, el único con entrañas y sensatez frente a un terrateniente, un administrador, un médico o un pastor que rivalizan en dureza e insensibilidad, en abuso de poder y en inhumanidad. Frente a ellos, las mujeres muestran la otra cara, la comprensiva y tierna, aunque de poco les sirve en una sociedad gobernada por hombres. Y los niños… ellos son esos pequeños “cuervos que te sacarán los ojos”, cuya barbarie es la que aprendieron y sufrieron en sus propias carnes, la que les inculcaron en la familia y en la iglesia. Todos los niños… salvo uno que está a punto de dar un vuelco a la historia y ablandar el corazón del pastor cuando le regala su pájaro, porque ve muy triste a su padre… Ese niño frágil y con corazón es el germen e imagen del maestro adulto, y la demostración de que siempre hay algunos hombres buenos entre los desalmados, de que la conciencia y la libertad nunca se pierden hasta el extremo de anular la propia responsabilidad.
Perfecta ambientación de época y de una sociedad asfixiante cerrada en su rigorismo, magnífica y estremecedora fotografía en un blanco y negro metafórico, una estupenda dirección de actores –sobre todo de los niños–, una planificación ajustada y un incuestionable dominio del tiempo fílmico para una película de ritmo preciso, con todo el despojamiento de Dreyer y toda dureza y amargura deBergman. Todo ello le dio la Palma de Oro en Cannes y otros premios allá donde se ha presentado. Una historia de extrema dureza interior –el pastor es el más crudamente censurado, especialmente en las relaciones con su hijo Martin, más aún que el despreciable médico– que presenta a la religión en la génesis de toda violencia y a la que quiere cargar el muerto del nazismo (curiosamente pagano). Una oscura e ideológica propuesta, tan perfecta en lo formal como irrisoria y provocativa en lo conceptual, que pone en el banquillo de la sospecha y de la acusación a una fe vivida de manera atormentada y represiva, con frialdad y dureza, y a unos infantes que llevan el lazo blanco hasta que estén en condiciones de cambiarlo por la esvástica.

En las imágenes: Fotogramas de “La cinta blanca” – Copyright © 2009 X Filme Creative Pool, Wega Film, Les Films du Losange y Lucky Red. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.
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“Up in the air”: Con la mochila a cuestas

“Up in the air”: Con la mochila a cuestas

Que Jason Reitman comience “Up in the air” con varios individuos que miran a cámara cuando alguien les comunica que están despedidos… es toda una declaración de intenciones y también una provocación en estos tiempos de crisis y desempleo. Quien está enfrente de esos atribulados trabajadores es Ryan Bingham, un yuppie que se pasa los días viajando para formalizar reducciones de personal en empresas que requieren sus servicios. Su aspiración no es otra que llegar a los diez millones de millas en vuelos domésticos, y hacerlo libre de ataduras y compromisos personales. Pero las alturas le deparan dos nubarrones con nombres de mujer, que amenazan con perturbar su calculada estabilidad y soledad: son Alex, una ejecutiva madura de su misma cuerda, y Natalie, una jovencita idealista que trata de  implantar el sistema de despidos por video-conferencia.
Otra actividad de nuestro ilustre y superficial Ryan es la de dar conferencias en las que transmitir su personal filosofía existencial: ir por la vida con una mochila ligera de cosas y sobre todo de relaciones personales, y así evitar cargar con pesos y responsabilidades que obligarían a ir más despacio. No se le puede pedir más coherencia a Reitman en la construcción del guión y del personaje, así como de la puesta en escena: por eso, nos presenta a un tipo inmaduro y egoísta aparentemente feliz, encantador y de éxito, que vive en el aire y en un entorno impersonal –basta ver la luz que invade las habitaciones en que para o los mismos aeropuertos–, que se dedica a romper vínculos empresariales simulando comprensión y vendiendo humo con discursos prefabricados de auto-ayuda, enemigo del matrimonio y dispuesto a cualquier relación de un día… porque en el futuro nunca piensa.
Pero, como ya hiciera en “Gracias por fumar” y en “Juno”, Reitman no apuesta por una postura única ante la realidad: fumar o no hacerlo, tener el bebé o abortar, casarse o vivir en soledad… son para el director opciones igualmente válidas y respetables. De hecho, no faltan en esta película parejas que se rompen, mentiras e infidelidades, dudas y miedos al compromiso… Quizá lo único que ponga en tela de juicio el director sea esa huída de la realidad, ese no enfrentarse al vacío de uno mismo –así ha querido llevar Ryan su mochila– y a las preguntas que es necesario plantearse para construir su mundo. El núcleo de su cine es el libre albedrío y el respeto por la diversidad de opciones, y siempre sobre cuestiones esenciales en la vida (el fumar no era sino un símbolo de la libertad).
Y su forma de hacerlo será el de la aparente ligereza y frescura de la puesta en escena, con un montaje trepidante que ilustre el modo de vida de quien va de flor en flor, de ciudad en ciudad –los reiterados rótulos de los destinos de los vuelos no son gratuitos–, sin fijar residencia ni relaciones; con unos planos cenitales propios de quien ve la realidad desde la distancia y sin comprometerse; con una fotografía fría de luz blanca e impersonal; con unos primeros planos reservados –salvo alguno necesario de Ryan y Alex– para unos fugaces y anónimos trabajadores despedidos que curiosamente son los más cercanos al espectador. Tanto George Clooney como Vera Farmiga o Anna Kendrick (daría para mucho analizar los modelos de mujer moderna que ofrecen) hacen buenos papeles, pero me quedo con los segundos de cámara en que aparece J.K. Simmons (el padre de familia despedido, en Juno el padre de la adolescente), un secundario de lujo.
“Up in the air” es una interesante película que retrata el mundo de internet y de los aeropuertos como paradigmas de la modernidad y de la comunicación, tan repleto de contactos pero sin vínculos estables, pues su historia va más allá de la precariedad laboral y empresarial. Una visión, la de Reitman, nada superficial y con la suficiente ligereza como para que llegue al gran público y guste, para ofrecer a cada espectador la opción de ser un cisne, un tiburón o un simple paréntesis en la realidad del otro, y de llevar la mochila llena, medio llena o vacía.
En las imágenes: Fotogramas de “Up in the air” – Copyright © 2009 Paramount Pictures, Cold Spring Pictures, DW Studios, Montecito Company, Rickshaw Productions y Right of Way Films. Fotos por Dale Robinette. Distribuida en España por Paramount Pictures Spain. Todos los derechos reservados.