viernes, 7 de enero de 2011

DOCUMENTAL: EVITA VIVE

DOCUMENTAL: EVITA VIVE
una coproducción: Anima Films & The History Channel
Year: 2009 / Duracion: 90' / Director: Matias Gueilburt /
Production Company: Anima Films & The History Channel / 



Este especial cuenta la historia de Eva Duarte de Perón, defensora de los derechos femeninos y militante de la justicia social, a través de fragmentos de su autobiografía narrados por Nacha Guevara. Al mismo tiempo, reflexiona sobre la actualidad de su figura como ícono de un fenómeno cada vez más relevante: la relación entre la mujer y el poder. 







Fragmento Fundacion

Fragmento Fallecimiento

Fragmento Funerales

LA MASACRE DE TLATELOLCO


DOCUMENTAL: LA MASACRE DE TLATELOLCO

DOCUMENTAL: LA MASACRE DE TLATELOLCO 
una coproducción: Anima Films & The History Channel
Year: 2008 / Duracion: 90' / Director: Matias Gueilburt /
Production Company: Anima Films & The History Channel /


1968. En sintonía con lo que se vivía en otras partes del mundo, los estudiantes mexicanos ganan las calles exigiendo reformas. La respuesta del gobierno desencadena una de las masacres mas sangrientas de la moderna historia mexicana. Year: 2008 / Duracion: 90' / Director: Matias Gueilburt / Production Company: Anima Films & The History Channel.
Trailer en Español

Trailer con Subtítulos en Inglés 

 42 años de la masacre de Tlatelolco    2 octubre 2010

Había belleza y luz en las almas de esos muchachos muertos. Querían hacer de México la morada de la justicia y la verdad. Soñaron una hermosa república libre de la miseria y el engaño. Pretendieron la libertad, el pan y el alfabeto para los seres oprimidos y olvidados y fueron enemigos de los ojos tristes en los niños, la frustración en los adolescentes y el desencanto de los viejos. Acaso en alguno de ellos había la semilla de un sabio, de un maestro, de un artista, de un ingeniero, un médico. Ahora sólo son fisiologías ininterrumpidas dentro de pieles ultrajadas. Su caída nos hiere a todos y deja una horrible cicatriz en la vida mexicana.
No son, ciertamente, páginas de gloria las escrita esa noche, pero no podrán ser olvidadas nunca por quienes, jóvenes hoy, harán mañana la crónica de estos días nefastos. Entonces, tal vez, será realidad el sueño de los muchachos muertos, de esa bella muchacha, estudiante de primer año de medicina y edecán de la Olimpiada, caída ante las balas, con los ojos inmóviles y el silencio en sus labios que hablaban cuatro idiomas. Algún día una lampara votiva se levantará en la Plaza de las Tres Culturas en memoria de todos ellos. Otros jóvenes la conservarán encendida.
Jose Alvarado. “Luto por los muchachos muertos”. Siempre!, N 779, 16 de octubre de 1968
El 2 de octubre de 1968 se produjo la “Matanza en la plaza de las Tres Culturas o plaza de Tlatelolco”, ubicada en la Ciudad de México, siendo asesinados centenares de estudiantes por parte del ejército mexicano.
Esta masacre ocurrió en medio de un panorama internacional convulsionado por los sucesos de la Guerra de Vietnam, las manifestaciones populares del “Mayo Francés”, y otros acontecimientos generados por éste último en distintas partes del mundo, incluyendo México.
La Ciudad de México se preparaba en esa ocasión para ser la sede de los XIX Juegos Olímpicos de México, que se llevarían a cabo del 12 al 27 de octubre de 1968, convirtiéndose en el primer país Latinoamericano donde se realizarían estos juegos internacionales. Las olimpiadas fueron propicias para que miles de mexicanos, en su mayoría estudiantes, salieran a protestar contra el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz, a rechazar la política exterior guerrerista promovida por Estados Unidos en Vietnam, y solidarizarse con la población francesa.
El gobierno de Díaz Ordaz, caracterizado por diseñar acciones para desarticular movimientos sociales, adoptó medidas represivas utilizando las fuerzas policiales los últimos días de agosto de 1968 con el objeto de sofocar una marcha de más de 200.000 estudiantes, que luego se concentraron en el Zócalo, una plaza central del Distrito Federal. Posteriormente, en septiembre, ordenó al ejército y la policía que tomaran las instalaciones de la Universidad Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional, donde se produjeron hechos violentos en los que resultaron heridos y muertos decenas de jóvenes.
De esta forma se llega al 2 de octubre de 1968, día en el que unas 50.000 personas, en su mayoría estudiantes, se congregaron en la plaza de la “Tres Culturas”, ignorando que el aparato represivo del gobierno de Díaz Ordaz había planificado una emboscada: sellaron todas las calles convergentes a la plaza y procedieron a actuar como si estuvieran en una guerra, lanzaron una bengala y luego comenzó el tableteo de las armas de fuego del ejército y la policía. La masacre se consumó, dejando centenares de muertos (cerca de 400 estudiantes) y heridos (más de 1.000 personas). Para tratar de no dejar rastros del crimen de Estado, quemaron los cadáveres, los heridos fueron llevados a hospitales militares para ocultar lo que sucedía, y finalmente los bomberos y la policía se encargaron de lavar -con chorros de agua a presión- todos los restos de la masacre.
En la actualidad no se tienen informaciones claras de quienes fueron los responsables directos, la justicia mexicana no sacó a luz las averiguaciones pertinentes porque los documentos probatorios de la matanza se habían quemado, supuestamente. El entonces presidente Díaz Ordaz (quien murió en 1979), y su sucesor Luis Echeverría Álvarez (fallecido en 1976) dijeron no saber nada al respecto.
http://www.chavez.org.ve/temas/noticias/masacre-tlatelolco/




La portada de la revista por qué?, acerca del 2 de
 octubre de 1968, responsabilizó al gobierno de
Gustavo Díaz Ordaz de la masacre en Tlatelolco


Diferentes escenas del 68; también se aprecia el batallón Olimpia, de los guantes blancos

Muertos de la masacre

Florencio López Osuna, líder del movimiento que recientemente(octubre 2006) falleciera en circunstancias misteriosas


El arte en la era digital


Los historiadores de la Edad Media nos dicen que el habitante de un pueblo difícilmente se mudaba a la aldea o pueblo vecino, distante a pocos kilómetros, pero era posible que visitara, como peregrino, Santiago de Compostela o Jerusalén. Sin embargo, aunque probablemente conocía las esculturas y vitrales de su propia iglesia, ¿qué podía haber visto o comprendido de las construcciones que cruzaba a lo largo de su peregrinaje? Es muy difícil querer ver algo que nunca se ha visto, algo que desafíe nuestra capacidad de percepción.
Algunos han puesto en duda el hecho de que Marco Polo estuviera realmente en China, porque no habla de la Gran Muralla ni del té ni de los pies vendados de las mujeres. Pero se puede estar mucho tiempo en China sin saber verdaderamente qué beben los chinos, sin observar jamás los pies de una mujer, aunque sea por educación, notando como mucho que en la corte de Gengis Kan las damas se desplazaban a pequeños pasos; y sin pasar por la Gran Muralla, o pasar por ella y tomarla como una fortaleza local.
Todo esto para decir que, hasta el siglo XX, el conocimiento que la gente tenía del arte de otros países era muy limitado. Por otra parte, si observamos los magníficos grabados de la China del sacerdote Athanasius Kircher, a partir de las reconstrucciones visuales (realizadas según las descripciones verbales de los misioneros), es muy difícil reconocer una pagoda.
¿Cuántas obras de arte de su propia civilización veía un ciudadano francés hasta el siglo XIX? El acceso a las colecciones privadas, e incluso a los museos, estaba reservado a una elite, y a lo sumo, a una elite urbana, hasta la invención de la fotografía.
Para saber, por ejemplo, a qué se parecía una obra de arte conservada en Florencia, se recurría a los grabados. ¡Ah! ¡Esos espléndidos libros de Lacroix donde las madonas de todos los siglos (bizantinas o del Renacimiento) tenían el rostro de las jóvenes que poblaron los relatos históricos de la época romántica!
Recordemos que una de las etimologías de la palabra kitsch -aunque las hipótesis son numerosas- essketchesquisse, esbozo sintético y apresurado: los caballeros ingleses, durante su “Grand Tour” de Italia, para guardar un recuerdo de los monumentos y galerías que visitaban, pedían a artistas callejeros que les hicieran un dibujo de la obra vista una sola vez, ejecutado rápidamente la mayoría de las veces. De ese modo, incluso la evocación de la experiencia artística directa pasaba por representaciones infieles.
Y no podemos decir que las cosas hayan mejorado con la invención de la fotografía. Para convencerse de ello, basta con consultar algunos libros conocidos de la primera mitad del siglo XX sobre historia del arte, hasta que fue posible la reproducción en color.
Lo mismo que pasaba con las artes visuales, sucedía con el mundo del espectáculo. Es conocido ese maravilloso cuento de Borges en el que Averroes, que busca en vano traducir de Aristóteles los términos “tragedia” y “comedia” (pues esas formas de arte no existían en la cultura musulmana), oye hablar de un extraño suceso al que había asistido un visitante en China, donde personas enmascaradas y vestidas como personajes de otros tiempos actuaban en un escenario de modo incomprensible. Le contaban lo que era el teatro, pero él no comprendía bien de qué se trataba. En el mundo contemporáneo, la situación se invierte. En primer lugar, la gente viaja muchísimo, a riesgo de ver en todas partes los mismos lugares, hoteles, supermercados y aeropuertos, todos parecidos los unos a los otros, tanto en Singapur como en Barcelona, y se ha hablado mucho sobre la maldición de esos “no lugares”. Pero, sea como fuere, la gente ve y es posible incluso que un francés haya visto las pirámides o el Empire State Building, pero no el tapiz de Bayeux (un poco como su ancestro, el campesino medieval…).
El museo, antes reservado a las personas cultivadas, hoy es la meta de flujos continuos de visitantes de todas las clases sociales. Es cierto que muchos miran pero no ven, pero, a pesar de todo, reciben información sobre el arte de diferentes culturas. Además, los museos viajan, las obras de arte se desplazan. Se organizan suntuosas exposiciones sobre culturas exóticas, del Egipto faraónico a los escitas. El juego de préstamos recíprocos de obras de arte se convierte en vertiginoso, y a veces peligroso.
Puede decirse lo mismo de los espectáculos, y es indudable que un habitante de una ciudad del interior tiene más oportunidades de ver un espectáculo de la Berliner Ensemble o un nô japonés que la que tenían sus padres.
Agreguemos a esto la información virtual: no hablo del cine o de la televisión, que convierten casi en superflua una visita a Los Angeles, puesto que se la recorre mejor en una pantalla que embarcándose en una maratón frenética de una autopista a otra, sin entrar jamás en ningún centro habitado; hablo de Internet, que hoy pone a nuestra disposición todas las obras del Louvre, de la Galería Uffizi o de la National Gallery.
Esto provoca una internacionalización del gusto, y la prueba es la experiencia apasionante que vive aquel que entra en contacto con el mundo artístico chino: habiendo escapado recientemente a un aislamiento casi absoluto, los artistas chinos producen obras que difícilmente se distinguen de las que se exponen en Nueva York o en París. Recuerdo un encuentro entre críticos europeos y chinos, en que los europeos creían interesar a sus invitados al mostrarles imágenes de diversas búsquedas artísticas europeas, en tanto que los chinos sonreían, divertidos, porque ahora conocían esas cosas mejor que ellos.
Finalmente, basta con pensar en esos innumerables jóvenes de todos los países que reconocen una pieza musical sólo si está cantada en inglés…
¿Iremos hacia un gusto generalizado, a punto tal que ya no podremos distinguir el pop chino del pop norteamericano? ¿O bien veremos perfilarse formas de localización, de tal modo que las diferentes culturas producirán interpretaciones distintas del mismo estilo o programa artístico?
En todo caso, nuestro gusto quedará marcado por el hecho de que ya no parece posible experimentar asombro (o incomprensión) ante lo desconocido. En el mundo de mañana, lo desconocido, si todavía queda algo, estará solamente más allá de las estrellas. ¿Esa falta de asombro (o de rechazo) contribuirá a una mayor comprensión entre las culturas o a una pérdida de identidad? Ante este desafío, es inútil huir: es preferible intensificar los intercambios, las hibridaciones, los mestizajes. En el fondo, en botánica, los injertos favorecen los cultivos. ¿Por qué no en el mundo del arte?
22 DICIEMBRE 2009 
(Publicado por Le Monde. Traduccion de Estela Consigli. Texto escrito para el Festival Reimes Scenes d’Europe, que se desarrolla hasta el 19 de diciembre.)

Umberto Eco Hackers vengadores y espías en diligencia


wikileaks-assange
El caso WikiLeaks tiene un doble valor. Por un lado, no es más que un escándalo aparente, un escándalo que sólo parece tal por la hipocresía que gobierna las relaciones entre los Estados, los ciudadanos y la prensa. Por otro lado, anuncia cambios profundos a nivel internacional y prefigura un futuro dominado por la regresión.
Pero vayamos por orden. El primer aspecto de WikiLeaks es la confirmación del hecho de que cada dossier abierto por un servicio secreto (de cualquier país) está compuesto exclusivamente de recortes de prensa. Las “extraordinarias” revelaciones americanas sobre los hábitos sexuales de Berlusconi no hacen más que informar de lo que desde hace meses se puede leer en cualquier periódico (salvo aquellos cuyo propietario es Berlusconi), y el perfil siniestramente caricaturesco de Gadafi era desde hace tiempo un tema corriente entre los artistas de cabaret.
La regla según la cual los dossiers secretos no deben contener más que noticias ya conocidas es esencial para la dinámica de los servicios secretos, y no únicamente los de este siglo. Si va usted a una librería consagrada a publicaciones esotéricas, verá que cada obra repite (sobre el Grial, el misterio de Rennes-le-Château, los Templarios o los Rosacruces) exactamente lo mismo que dicen las obras anteriores. No se trata únicamente de que el autor de textos ocultos sea reacio a embarcarse en nuevas investigaciones (o que no sepa dónde buscar información sobre lo inexistente), sino de que quienes se consagran al ocultismo sólo creen aquello que ya saben, aquello que les confirma lo que ya les habían dicho.

Mucho ruido y pocas nueces

Es el mismo mecanismo que explica el éxito de Dan Brown. Y lo mismo pasa con los dossiers secretos. El informador es perezoso, y también es perezoso (o estrecho de miras) el jefe de los servicios secretos (si no lo fuera, podría ser, pongamos, redactor de Libération) que sólo da por cierto lo que reconoce como tal. Las informaciones top secret sobre Berlusconi que la embajada americana enviaba de Roma al Departamento de Estado eran las mismas que Newsweek había publicado la semana anterior.
Pero entonces, ¿por qué han hecho tanto ruido las revelaciones sobre estos dossiers? Por un lado, sólo dicen lo que cualquier persona cultivada ya sabe, esto es, que las embajadas, por lo menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial y desde que los jefes de Estado pueden llamarse por teléfono o tomar un avión para almorzar juntos, han perdido su función diplomática y que a excepción de algunas funciones representativas menores se han convertido en centros de espionaje. Cualquier aficionado a las películas policiales lo sabe perfectamente, y sólo por hipocresía se hace ver que no se sabe.
Sin embargo, el hecho de repetirlo públicamente viola el deber de la hipocresía y pone en mal lugar a la diplomacia americana. En segundo lugar, la idea de que un hacker cualquiera pueda captar los secretos más secretos del país más poderoso del mundo supone un golpe nada menor para el prestigio del Departamento de Estado. En este sentido, el escándalo no pone tanto en crisis a las víctimas como a los “verdugos”.

El Gran Hermano es parte del pasado

Pero pasemos a la naturaleza profunda de lo que ha ocurrido. Antes, en tiempos de Orwell, cualquier poder podía ser visto como un Gran Hermano que controlaba cada gesto de sus súbditos. La profecía orwelliana se vio totalmente confirmada desde el momento en que el ciudadano pasó a ser la víctima total del ojo del poder, que ahora podía controlar gracias al teléfono cada uno de sus movimientos, cada una de sus transacciones, los hoteles que visitaba, la autopista que había tomado y así sucesivamente.
Pero ahora que se ha demostrado que ni siquiera las criptas de los secretos del poder pueden escapar al control de un hacker, la relación de control deja de ser unidireccional y se convierte en circular. El poder controla a cada ciudadano, pero cada ciudadano, o al menos el hacker -elegido como vengador del ciudadano- puede conocer todos los secretos del poder.
¿Cómo puede sostenerse un poder que ya no es capaz de conservar sus propios secretos? Es verdad que Georg Simmel ya decía que un auténtico secreto es un secreto vacío (el secreto vacío nunca podrá ser desvelado); es verdad, también, que todo saber sobre la personalidad de Berlusconi o de Merkel es efectivamente un secreto vacío de todo secreto, pues es de dominio público; pero revelar, como ha hecho WikiLeaks, que los secretos de Hillary Clinton eran secretos vacíos es robarle todo su poder.

Volver al espionaje a la antigua

WikiLeaks no ha perjudicado en absoluto a Sarkozy o a Merkel, y sí en cambio a Clinton y a Obama. ¿Cuáles serán las consecuencias de esta herida infligida a una potencia tan importante? Es evidente que en el futuro, los Estados no podrán poner online ninguna información reservada, pues eso sería como publicarla en un cartel pegado en la calle. Pero también es evidente que con las tecnologías actuales, es vano esperar que se puedan mantener conversaciones confidenciales por teléfono. Nada más fácil que descubrir si y cuándo un jefe de Estado se ha desplazado en avión y ha contactado con alguno de sus colegas.
¿Cómo podrán mantenerse contactos privados y reservados en el futuro? Sé bien que por el momento mi previsión no parece más que ciencia-ficción y resulta por lo tanto novelesca, pero no me queda otra opción que imaginar a los agentes del gobierno desplazándose en diligencia por itinerarios incontrolables, llevando únicamente mensajes aprendidos de memoria o, a lo sumo, escondiendo en el talón del zapato las raras informaciones escritas. Las informaciones se guardarán en copia única en cajones cerrados con llave: en el fondo, la tentativa de espionaje de Watergate tuvo menos éxito que WikiLeaks.

¿Quién informa a quién?

Ya había tenido ocasión de escribir antes que la tecnología avanza como un cangrejo, es decir, hacia atrás. Un siglo después de que el telégrafo sin hilos revolucionara las comunicaciones, Internet ha restablecido un telégrafo con hilos (telefónicos). Los vídeos (analógicos) habían permitido a los estudiosos del cine investigar una película paso a paso, haciendo avanzar y retroceder la película y descubriendo todos los secretos del montaje, mientras que ahora los CDs (digitales) sólo permiten saltar de capítulo en capítulo, es decir, por grandes secciones.
Con los trenes de alta velocidad se puede ir de Roma a Milán en tres horas, mientras que en avión, incluidos los desplazamientos que requiere, son tres horas y media. No tiene pues nada de sorprendente que la política y las técnicas de comunicación vuelvan a los carruajes.
Una última observación. Antes, la prensa se esforzaba por descubrir lo que se tramaba en el secreto de las embajadas. Hoy, son las embajadas las que piden informaciones confidenciales a la prensa.
5 DICIEMBRE 2010

Banquero Disecado (Louis Philippe de Ségur)


Un extranjero muy rico llamado Suderland era banquero en la Corte y naturalizado en Rusia; gozaba de gran favor de la emperatriz. Una mañana le anuncian que su casa está rodeada de guardias y que el jefe de policía quiere hablarle.
Este oficial, llamado Reliew, entra con aire consternado:
-Señor Suderland -dijo-, me veo, con verdadero dolor, encargado por mi graciosa soberana de ejecutar una orden cuya severidad me aterra, me aflige, e ignoro por qué culpa o qué delito habéis excitado a tal punto el resentimiento de Su Majestad.
-Pero, señor -respondió el banquero-, yo lo ignoro tanto o más que vos: mi sorpresa sobrepasa la vuestra. Pero, en fin, veamos, ¿qué orden es ésa?
-Señor, en verdad, me falta valor para dárosla a conocer.
-¡Cómo! ¡Habré perdido ya el favor de la emperatriz?
-Si sólo fuese eso, no me veríais tan desolado. El favor puede reconquistarse; un empleo puede ser devuelto.
-¡Y bien! ¿Se trata acaso de hacerme regresar a mi país?
-Esto sería una contrariedad; pero con vuestras riquezas, uno se encuentra bien en todas partes.
-¡Ah, Dios mío! -exclama temblando Suderland-. ¿Acaso se trata de desterrarme a Siberia?
-¡Ay de mí! De Siberia se vuelve.
-¿De meterme en la cárcel?
-Si sólo fuera eso… de la cárcel se puede salir.
-¡Bondad divina! ¿Quisieran knutearme*?
-Este suplicio es horrible, pero no mata.
-¡Cómo! -dijo el banquero sollozando-. ¿Está mi vida en peligro? ¡La emperatriz, tan buena, tan clemente, que me hablaba con tanta dulzura hace dos días, quisiera…! Pero no puedo creerlo. ¡Ah! Por favor, acabad de una vez. La muerte sería menos cruel que esta espera insoportable.
-Y bien, querido amigo -dijo el oficial con voz de lamento-; mi graciosa soberana me ha dado orden de que os mande disecar y rellenar de paja.
-¡Disecarme! -exclama Suderland mirando fijamente a su interlocutor-. Pero o vos habéis perdido el juicio o la emperatriz no conserva el suyo. En fin, vos no habréis recibido semejante orden sin dar a entender su barbarie y extravagancia.
-¡Ay, mi pobre amigo! He hecho lo que ordinariamente no osamos nunca hacer; he dejado ver mi sorpresa, mi dolor: iba a atreverme a insinuar humildes objeciones… pero mi soberana, en tono irritado, reprochándome mi vacilación, me ha mandado salir y ejecutar en el acto la orden que me había dado, añadiendo estas palabras que suenan aún en mi oído: “¡Id! Y no olvidéis que vuestro deber es desempeñar sin murmurar los encargos que me digno haceros”.
Sería imposible pintar el asombro, la cólera, el temblor, la desesperación del pobre banquero. Después de haberle dejado algún tiempo al libre curso y explosión de su dolor, el jefe de policía le advierte que tiene un cuarto de hora para poner en orden sus asuntos.
Entonces Suderland le ruega, le conjura, le insta largo tiempo en vano que le deje escribir un billete a la emperatriz para implorar su piedad. El magistrado, vencido por las súplicas, cede temblando a sus ruegos, se encarga de hacer llegar el billete, sale, y no atreviéndose a ir a Palacio se dirige precipitadamente a casa del conde de Bruce.
Este cree que el jefe de policía se ha vuelto loco; le dice que le siga, que le espere en el palacio y corre sin tardar a ver a la emperatriz. Presentado a esta princesa, le expone el caso.
Catalina, al oír este extraño relato, exclama:
-¡Justo cielo! ¡Qué horror! En verdad, Reliew ha perdido la cabeza. Conde, partid, corred y ordenad a este insensato que vaya inmediatamente a libertar a mi pobre banquero de sus locos temores, y que le pongan en libertad.
El conde sale, ejecuta la orden, vuelve y encuentra ahora a Catalina muerta de risa:
-Ahora comprendo -dice- la causa de esta escena tan burlesca como absurda. Hace años me regalaron un perrito muy mono al que quería mucho y al que llamaba Suderland, del nombre del inglés que me lo regaló. Este perrito acaba de morir; y he mandado a Reliew lo hiciese disecar, y al ver que vacilaba, me enfadé con él pensando que, por una vanidad estúpida, el jefe de policía consideraba este encargo impropio de su rango. Esta es la clave de este ridículo enigma.
Conde Louis Philippe de Ségur, Esbozo Histórico y Político de Europa, 1786.

La Mujer Más Encantadora (Arthur Conan Doyle)

Es de primerísima importancia el no dejar que nuestro razonamiento pueda ser influido por cualidades personales. Para mí el cliente es una simple unidad, un factor del problema. Las facultades emotivas son adversarias del razonar sereno. Le aseguro que la mujer más encantadora que yo conocí fue ahorcada por haber envenenado a tres niños pequeños para cobrar la cantidad en que estaban asegurados; en cambio, el hombre físicamente más repugnante de todos mis conocidos es un filántropo que lleva gastado casi un cuarto de millón de libras en socorrer a los pobres de Londres.