728x90 AdSpace

alojamiento wordpress
  • Más Nuevos

    viernes, 23 de diciembre de 2011

    PANDILLAS TRANSNACIONALES. MERCANCÍAS PARA EL MERCADO POLÍTICO DE LA CRIMINALIZACIÓN



       Hugo César Moreno Hernández*

    CAPITALISMO DE CONSUMO, SOCIEDAD DE MERCADO
    El sistema de sociedad contemporáneo es una inundación de mercado. Es decir, la economía de mercado ha permeado campos sociales, sistemas sociales, instituciones, esferas o como quiera denominarse la operación de diferencia entre lo político, religioso, científico, artístico y lo puramente económico o, mejor dicho, el mercado, pues si nos atenemos a una idea elemental de economía, ésta hace referencia al juego energético, a la confrontación a la escasez, al intercambio de recursos. Es el diluvio a que hace referencia Deleuze (2005), como imposibilidad de la distinción sistémica luhmanniana debido a que la energía necesaria para el funcionamiento y acoplamiento de los sistemas teorizados por el sociólogo alemán, define los códigos en que las operaciones autopoieticas y autoreferenciales suceden en cada sistema: el de la política, el derecho, la ciencia, etcétera. Entonces, el sistema de la sociedad como capitalismo donde los energéticos, codificados por el medio dinero (cada vez más código alejado de una materialidad tangible) convierten el dicho marxista sobre el fetiche en una realidad que convierte al flujo energético en una ilusión performática brutal: toda producción de realidad, hasta la más dolorosa e impensable, está construida por relaciones de mercado. Sería muy extenso dar cuenta teórica de los argumentos señalados, quedan como provocación. En todo caso, el objetivo del presente artículo es, tomando en cuenta la imagen de la inundación de mercado para pensar un capitalismo de nuevo cuño, un capitalismo de consumo, pensar en mercados criminales o ilegales (siempre mercados legitimados por la ganancia) con relación a la aparición y tratamiento de las llamadas pandillas transnacionales.


    LA MERCANCÍA “PANDILLA TRANSNACIONAL”

    Un sistema de sociedad inundado, como el capitalista, exacerbado en el capitalismo de consumo, implica la imposibilidad de límites. No hay límites exteriores. Todo es empapado según el funcionamiento del sistema de sociedad, aún cuando pareciera avecinarse el derrumbe (a fin de cuentas la sociología trabaja con el perenne terror de la pregunta ¿cómo es que sigue en pie?), y es en ese tambalearse dónde se da la diferencia según una estratificación, una verticalidad que no tiene mucho que ver con las jerarquías de poder, sino con la posición económica, posición en el mercado, como piensa Weber las diferencias de clase, deudores, acreedores, débiles y fuertes. Por supuesto, así suena demasiado a un estado de naturaleza/guerra. No es el caso. Lo político está estructurado a partir de las relaciones de clase, de luchas de clase, con la democracia se logra profundizar la inundación pues queda limitada la verticalidad de una jerarquía política (a pesar de que existan fuertes en los sistemas políticos, la democracia tiene la facultad de transformar las correlaciones de fuerza en lo político, pero no de transformar el sistema económico, apenas tímidas decisiones de política económica) y se escenifica una horizontalidad política capaz de crear ciudadanos desentendidos de la toma de decisiones.
    El capitalismo tuvo una reacción política importante con el Estado de bienestar en un momento histórico en el que el trabajo, al ser la relación por donde se energetizaba el sistema, tenía aún facultades para negociar. Y el Estado adquirió un papel importante en la toma de decisiones respecto a cómo se definían las cosas en los mercados y, por ende, en la lucha de clases. Pero con la era de los neoliberalismos (en realidad un cambio político empujado por el triunfo del capital frente al trabajo alcanzado gracias a revoluciones tecnológicas, administrativas e, incluso, geopolíticas), sobre todo los Estados periféricos, arrastrados por consensos centralistas, tornaron en Estados con poca injerencia en la regulación de mercados, convirtiéndose en Estados penales. Libertad de mercado productora de desigualdades profundas, inéditas en la historia en un marco de fluidez de capitales y productos empañada (o posibilitada) por la rigidez de la ciudadanía. La ciudadanía sigue siendo política, pero se usa con fines comerciales, una amalgama entre lo político y lo económico localizable en la figura de los migrantes económicos, aquellos que no huyen de la muerte por guerra, quizá tampoco por inanición, sino por un entorno económico que los expulsa. De ahí que posturas como la de Giacomo Marramao, donde pensar en esfera pública en lugar de Estado-nación permite dibujar la aparición de una sociedad civil transnacional. Un ir y venir, un llenar y vaciar los territorios movilizados, desterritorializados por la economía globalizante. Significa no agonizar en el mar de la impolítica económica o de la política economizada, sino hacer otra política. Es el factor donde, en el cruce, en el entretanto, en el entre de la desarticulación del Estado-nación se puede hacer política. El problema es de masas, es decir, necesariamente, por las implicaciones del mercado, no todos podrán adquirir una ciudadanía transnacional, pues el asunto se trata, mejor dicho, de una ciudadanía global, donde el salvoconducto entre fronteras sea la capacidad de consumo. De hecho, esto ya sucede: migrantes ilegales versus turistas (Bauman, 1999).
    Por su parte, la globalización, como síntoma del debilitamiento del Estado soberano y su consecuente disminución de ciudadanía, sugiere otro rumbo de despolitización siguiendo el camino de los derrames económicos que lo empapan todo. Pero invita a pensar una politización de lo impolítico, de la no-soberanía y la des-ciudadanización. La atracción de los derechos políticos hacia una esfera de consumo, relación de clientelas, de vulgares vagabundos y turistas cosmopolitas sin idiomas, con lengua exclusiva y excluyente, pero con la inseminación a las lenguas sometidas, mutación de los lenguajes. Lo local y lo global enfrentados y revitalizados en la interpenetración, otras políticas, otros actores políticos transnacionales, transculturales, interidentitarios y comunitarios abiertos, “El foco del análisis se desplaza hacia la lógica que dirige la producción global de localidad en un mundo cada vez más transnacional y ‘desterritorializado’. La proliferación de comunidades en diáspora constituye ahora, en el plano cultural ‘un indicador específico de lo moderno global’” (Marramao, 2006: 42), matrias enfrentadas a las patrias, el nacer con el ser y sobre todo con el querer ser. La distinción de clase operada en el capitalismo de consumo, a manera de producción en masa, mercantiliza: por un lado, fuerza de trabajo pauperizada sin opciones políticas para mejorar su situación, al contrario, las legislaciones criminalizadoras de la migración indocumentada (ilegal), lejos de reprimir los flujos migratorios, “mejoran” la calidad del producto: más fuertes, más audaces y sobre todo más temerosos y necesitados (quizá en esto último radica la mejoría del producto); por el otro, la transnacionalidad de las industrias moviliza, en mucho menor medida, ejecutivos y trabajadores supercalificados para supervisar la fuerza de trabajo local (en condiciones que la flexibilización del trabajo ha desmejorado para captar inversión extranjera en países en vías de desarrollo); los turistas encuentran reproducciones de postal ornamentadas gracias a las exigencias comerciales: buen aspecto y capacidad de comunicarse en los lenguajes comerciales.
    Esta polarización produce espacios sociales divergentes. Algunos, en afán normalizador, les llamarían desviados. El asunto es que no hay tal desviación, pues se sigue el dictado del mercado, se busca el consumo, aliviar las necesidades producidas por éste y ya se sea vagabundo o turista, el objetivo está en el mismo horizonte. Cómo alcanzarlo es el problema ontológico del capitalismo de consumo: como ser un buen consumidor y un buen ciudadano. Las dinámicas sociales globales y locales chispean y producen fenómenos que si bien no son nuevos en su totalidad, si toman formas inéditas, como el caso de las llamadas pandillas transnacionales. Grupos de jóvenes marginales y excluidos que deambulan por el espacio público global ya sea por el movimiento, ya sea por el consumo. En la designación transnacional existe un juego productivo de imágenes y objetos que se venden para procurar la ebullición del mercado y amparar la transformación de la función del Estado, cada vez menos de bienestar, cada vez más penal. Al llamarlas pandillas transnacionales se intenta ocultar su origen, para decirlo de algún modo, en los procesos de dominación económica. Se les politiza, como agentes de riesgo internacional, a través de estigmatizarlos como puramente criminales.
    Sullivan (2008) argumenta que en 2005, tras 12 años de deportaciones masivas, iniciadas en 1992, se efectuaron “más de 50 000 deportaciones de inmigrantes con antecedentes criminales a América Central”. Esto, si no es el detonante primordial de la formación de pandillas, pues el fenómeno está vertebrado por las relaciones económicas entre Estados Unidos y Latinoamérica, mediante la creación de flujos migratorios coaccionados por la economía, sí es parte fundamental de lo que el especialista en operaciones de inteligencia, contraterrorismo y contrainsurgencia urbanas, llama pandillas transnacionales. Las deportaciones movilizaron pandilleros estadounidenses, principalmente a Centroamérica.
    Irremediablemente, los jóvenes migrados a los polos de atracción económica llegan a ocupar el espacio social inferior. Escapan de la miseria para caer en burbujas de aislamiento donde la mejor posibilidad de sobrevivir, en un ambiente violento, es la reunión, la agrupación en pandillas. La metáfora de Thrasher (1963), miembro de la Escuela de Chicago, espacios intersticiales, asumiendo la existencia de espacios sociales formados entre las grietas, recovecos, agujeros y demás rincones de los espacios sociales urbanos, donde se congregan desperdicios y porquerías, funcionan como lugares de encuentro para quienes quedaron fuera de los circuitos de “normalidad”. El Chicago de los veinte y treinta del siglo XX fue perfecta plataforma de observación. Sin embargo, aún operaba la esperanza moderna del desarrollo futuro. A finales del siglo XX y la primera década del XXI, la posmodernidad ha prefigurado esos lugares intersticiales con forma de prisión o campo de concentración. Esto es según la eliminación progresiva de un Estado de bienestar, cuyas estrategias eran disminuir las cuitas económicas y sociales de los “menos favorecidos”. Se ha pasado a un Estado punitivo, con las sienes canas de padre autoritario, cuando la propia institución familiar “normal decimonónica” ha abandonado la autoridad brutal del padre y optado por una pluralidad de la forma familia. Este Estado paternal juega al viejo double bind: “Ahí están las oportunidades, tómalas”, “¿No has visto todas las oportunidades, has elegido la peor? Entonces te castigo por elegir”, aunque, en realidad, este viraje se da, precisamente, porque el Estado ya no puede ofrecer oportunidades, salvo la seguridad, es decir, ofrece únicamente seguridad, no oportunidades, éstas las oferta el libre mercado. Wacquant (2008: 88) lo explica así:
    También hay que tener en cuenta su complemento sociológico: el desarrollo excesivo de las instituciones que mitigan las carencias
    de la protección social (safety net) con el despliegue en las regiones inferiores del espacio social de una red policial y penal (dragnet)
    con una trama cada vez más cerrada y sólida. Pues a la atrofia deliberada del Estado social corresponde la hipertrofia distópica
    del Estado penal: la miseria y la extinción de uno tienen como contrapartida directa y necesaria la grandeza
    y la prosperidad insolente del otro.
    El capitalismo es un sistema que ha logrado imponer estrategias de mantención altamente efectivas para asegurar su funcionamiento. Desde el panóptico y la disciplina a través de la interiorización en el sujeto, sujetan desde dentro y liberan al sistema de operadores de la vigilancia, la mirada es hacia dentro, autovigilancia y con la liberación, concesión de libertad, el sistema opera un control de la liberación, mediante liberalismos laborales y estrategias empresariales (empoderamiento). Lo mismo el capitalismo puede utilizar la ideología de la democracia que la imposición de regímenes militares, puede transitar tersamente del totalitarismo al pluralismo, puede utilizar un mercado de trabajo rígido o flexible, puede utilizar los mercados cerrados con altos aranceles o el mercado libre. Dependiendo de los peligros puede utilizar distintos mecanismos, haciendo una gestión mezquina de la “libertad”. Por su parte, el capitalismo de consumo se regodea en la libertad, todo es libremente elegido, pues todo está ahí, exhibiéndose. La posmodernidad precisa de flexibilidad y de lo precario. En tal sentido, la tecnología del panóptico brinda dividendos exangües. Si lo que importa es dejarse seducir para consumir, es necesario poder verlo todo. La tecnología del sinóptico es la serie de dispositivos sociales, económicos y políticos desplegados sobre el cuerpo de la sociedad que, si bien no eliminan la estrategia panóptica del todo, toma el lugar principal para la organización de la sociedad, a través del autocontrol que permite el funcionamiento del capitalismo de consumo. Una sociedad del espectáculo donde la libertad de prácticas sea la moneda: poder cambiar según lo dicte el espectáculo. La tecnología del sinóptico, contrario del panóptico, es la mirada de muchos sobre muy pocos, quienes con su comportamiento dictan formas de actuar, haciendo del control autocontrol al hacer creer que la opción tomada fue elegida libremente y “de esta forma, el sinóptico sirve, como sirvió el panóptico en su momento, de dispositivo de control que permite interiorizar las relaciones de poder y hacerlas nuestras, hacerlas propias […] haciendo del poder una experiencia incluso individual y privada” (Gil, 2004: 141). La globalización liberal-económica agudiza el síntoma de orfandad. Ya no hay padre a quien asesinar, los nombres de hombres son sustituidos por nominaciones empresariales, personas morales que elevan la inmoralidad de la desesperación de los sin nombre, sin tierra, sin trabajo, etcétera. La furia se dirige a un horizonte donde no se sabe quién escuchará o se sabe que nadie responderá. Pero sí existe la imagen o serie de imágenes que imponen conductas, autocontroles, libertad de elegir sobre la propia apariencia, según se oferte en el mercado.
    Ante el mutismo, los gritos por ayuda se deforman en bullicio salvaje. Los consumidores fallidos, como los llama Bauman (2007), igual son seducidos, pero sus tácticas se vuelven ilegales y los oídos ensordecidos por la fractura institucional, recuperan el sentido y responden punitivamente. Criminalización de la pobreza. Las burbujas de aislamiento estallan.



    PANDILLAS TRANSNACIONALES

    La marginación y exclusión en el capitalismo de consumo se expanden y los sujetos inmersos en la dinámica del margen están igualmente expuestos a la tecnología del sinóptico, es decir, se les seduce con las mismas imágenes y al hacerlo se le retira con mayor vehemencia. La aparición de pandillas transnacionales, si bien no se explica exclusivamente por la imposibilidad de habilitar a todos como consumidores competentes (sobre todo pensando en la pandillas centroamericanas, donde las guerras civiles y los autoritarismos expulsaron grandes contingentes) sí halla en el equipamiento del sistema de sociedad inundado por el mercado uno de los principales detonantes. Principalmente la creación de yermos de solidaridad social (lo que he llamado burbujas de aislamiento social, para pensar en el hipergueto descrito por Wacquant [2007], pero sin el elemento étnico especifico) ante la derrota del trabajo frente al capital. El contacto que el Estado tiene con estos lugares marginales es mediante la policía y la cárcel.
    La acción puramente penal está fuertemente ligada a la producción de fenómenos violentos como pandillas transnacionales. Las migraciones coaccionadas por el sistema económico fabrican esferas de aislamiento social (hiperguetos) y con la criminalización, con la desciudadanización (disminución gradual o, de plano, eliminación de derechos políticos-ciudadanos) como principal herramienta institucional en el proyecto del capitalismo de consumo, torna cada vez más ácido y corrosivo el actuar de las pandillas transnacionales, desactivando las posibilidades de que los lazos sociales ahí construidos sean constituyentes de factor de cambio social, en términos, no de emancipación, sino de contención de los efectos devastadores de las relaciones de poder actuales.
    Como sucede en el triangulo norte de Centroamérica, donde las leyes represivas llenaron cárceles con pandilleros, lo que posibilitó una estructuración de las pandillas que los capacitó para organizarse y tomar decisiones como grupo. Una re-estratificación forzada por la mano dura. A partir de esto, la pandilla logró establecer una relación económica criminal con su entorno inmediato, pero no necesariamente una red internacional de crimen organizado. Lo “transnacional” de las pandillas está en el “plano de lo simbólico, es decir, a la reproducción de la cultura pandilleril de las maras de origen californiano, cultura que se pone de manifiesto en el uso de ciertos tatuajes, vestimenta, grafitis, simbología escrita, lenguaje corporal, entre otros” (Santamaría, s/f: 104), y no en una red de comunicaciones y mandos que tenga como central Los Ángeles o alguna otra ciudad en Estados Unidos.
    Incluso, debido a las políticas de mano dura estos elementos simbólicos que designan pertenencia a la pandilla (al barrio extendido más allá de lo geográfico) se han ido atemperando, introduciendo a los pandilleros en una clandestinidad que se suma a la marginación y la exclusión, obligándolos a implementar normas rígidas en el interior de la pandilla como mecanismo de supervivencia, pues, “las señas de identidad y la estética típica del marero, caracterizada por tatuajes distintivos en el rostro y en el cuerpo o el uso de una vestimenta específica, se vuelven sumamente costosas y arriesgadas frente a políticas de combate que justamente tienden a criminalizar todo aquel rasgo que vincule a los jóvenes con las pandillas” (Santamaría, s/f:  106).
    Retomemos los argumentos de Sullivan (2008) sobre la formación de las pandillas transnacionales:
    La atracción de la vida pandillera es un aspecto de los barrios más pobres y la falta de oportunidades en la economía globalizada.
    Es además exagerada por el poder global de los medios de comunicaciones e informáticos. “Pandillas callejeras crean sistemas de redes sociales.
    Tales redes dependen del crimen para financiar lo que es esencialmente una forma de vida que permite a los jóvenes sobrevivir en un mundo donde existen oportunidades limitadas, una carencia de presencia paternal y maternal y poca esperanza de una vida mejor”.
    Se puede encontrar esta necesidad a través de las regiones donde las maras y sus “colegas” florecen. Un resultado de esta unificación social criminal en redes en la expansión de normas criminales y, en forma creciente, de la impunidad y la barbarización del conflicto criminal.
    La observación es clara. Para recuperar la metáfora, los intersticios de los lugares sociales, cada vez menos lugares y más espacios, se ensanchan y se movilizan con los desarrapados. El problema no visto o no abordado es qué producen esos no-lugares, esas burbujas de aislamiento siempre en expansión y siempre en explosión, pues por más que se aíslen del resto de la “sociedad” son engranes de la máquina social. Tienen usos políticos, usos económicos y se convierten en puntales de estrategias de poder.
    Las pandillas transnacionales, de tercera generación, según la clasificación hecha por Sullivan (1997, 2008, 2009), Manwaring (2005, 2008) y otros (Bunker, 1996; Brevé, 2007; Franco, 2007), o maras son chirridos ominosos de la máquina social capitalista funcionando. Subproducto de dicho funcionamiento. En ellas se observa desnuda la vocación desterritorializante del capitalismo: jóvenes y familias desterritorializadas, en el caso de El Salvador es la guerra civil, pero no únicamente es coacción bélica. Está el viaje a Los Ángeles impelido por el temor a la conscripción forzada, pero la Pandilla 18 ya estaba ahí, formada por jóvenes expulsados o hijos de expulsados por la economía. Desterritorializados para buscar reterritorializaciones propias. Lo consiguen con las pandillas que a su vez son reterritorializadas por los aparatos policiales y deportados, desterritorializados nuevamente. En ese exceso, la pandilla rasga la membrana en explosión demográfica y geográfica.
    Es claro que la violencia desatada por las pandillas transnacionales no se vértebra por el delito, lo cual no significa que no lo cometan. La violencia pandillera se articula ferozmente por la guerra entre ellas, la Mara Salvatrucha 13 y la Pandilla 18 son enemigos mortales. En una especie de arcano se ha perdido el origen del odio, pero éste sigue fresco como sangre de herida recién abierta. Perea Restrepo (2006: 49) observa sobre esta violencia: “Huelga decir que la deportación no fue su único origen, en su conformación contribuyeron tanto los recién deportados como la experiencia pandillera propia existente de años atrás; más la importación de los modos aprendidos en el norte, incubados en la tragedia que enfrenta el inmigrante que llega al mundo desarrollado en condiciones más que precarias, sembró y proyectó la proverbial guerra entre la mara Salvatrucha y el barrio 18”. En la desterritorialización los jóvenes pandilleros crean reterritorializaciones y recodificaciones que los aíslan, pero ya no en burbujas, sino en explosiones corrosivas. La violencia pandillera tiene un uso: espanta. Es utilizada para reforzar las burbujas de aislamiento y si las tácticas de los sometidos se hacen más filosas, dichos filos serán usados para disociar.
    El aislamiento es también reacción por parte de los marginados, refuerzan su situación marginada con la agrupación, como una estrategia de supervivencia en y desde el margen. La pandilla no se considera parte de la sociedad. Varios pandilleros afirman que el uso de la palabra código tiene uso político para crear el imaginario de ente militarizado, como si se tratara de una fuerza insurgente, cuando en realidad están al margen y son incluidos sólo a partir de la criminalización (que no de la ley y el derecho, sino de leyes forjadas a partir de una lectura del derecho). Este aislamiento es también observable en la definición del “resto de la sociedad” como civil: todo aquel no pandillero se define como civil. En su explosividad, los filamentos no consiguen conectar con otros y los otros temen y reaccionan, organizando violencia de control. La Oficina de Washington para América Latina (WOLA), en su informe especial de 2006, abunda sobre la reacción frente al espanto a través de operaciones civiles (en el juego doble de la palabra, pues no son agentes del Estado) de limpieza social, es decir, ejecuciones extrajudiciales (WOLA; 2006: 17). La violencia se levanta en espiral. Los contrapoderes que coagulan ahí se enfrentan buscando sobrevivir y el encontronazo es revirado por la máquina social, reterritorializado con mayor violencia, con mayor espanto.
    La relación con “el resto de la sociedad” por parte de los pandilleros es de abandono, en el sentido que le da Agamben (2003), es decir, están alejados, dejados pero señalados por el bando legal, convertidos en objetivo fijo y receptáculo de terrores sociales, tinta para escribir los rasgos que formulan un “pánico moral”. Ellos lo saben así, pero no por la pandilla o no por estar en la pandilla, sino por su “condición” social excluida (migrantes ilegales, deportados criminales, pobres guetificados, desorganizados). El Estado, la sociedad son el gran Otro, demasiado lejano, para coagularse crean ese otro inmediato, la otra pandilla, el enemigo mortal que los rostrifica, ya sea en el tatuaje, con el barrio manchando el cuerpo cual arista filosa que conecta y hace comunidad o con el lenguaje o la vestimenta
    Hay una exclusión de doble cuño: por un lado, la exclusión social producto del modo de producción del capitalismo de consumo. Exclusión normal según las ideologías liberales, reforzadas por un saber-poder prestigiado por explicaciones consecuentes al mercado: libertad de elegir. En el democrático ejercicio de la libertad de elección, los pandilleros eligen sobre-excluirse, colocarse fuera de la sociedad, de manera desviada y asesina. Entonces el aparato de sobre-inclusión asume su elección como anuencia para ejecutar estrategias de eliminación: criminalización como frente primordial de relación: deshumanización al disminuir ciudadanía: nuda vida, pura vida, pura carne sin cualidades.
    En apariencia, se individualiza el castigo, se restringe el espectáculo, se generan nuevos espectáculos y el espectador ya no está codo a codo con otro espectador sino en el sofá frente al televisor, confort burgués, oasis mentiroso de tranquilidad. Se enemista a los resistentes frontales con los resistentes corporales. El asesino negro sólo es negro, pero es más asesino que negro, el traficante latino sólo es latino pero es más traficante que latino, y así hasta descubrir que las llamadas minorías étnicas tienden al crimen, pero es el crimen lo que legalmente se castiga, aunque corporalmente se envíe un mensaje de exclusión, de monstruosidad. En esta monstruosidad está la pandilla como colectivo, como forma desviada de agregación de individuos que en la búsqueda de construirse un entorno capaz de disminuir la hostilidad del exterior, no sólo constituyen una fuerza de consumidores fallidos que acceden a los productos ilegalmente, sino que abandonan, mediante la libre elección, el camino de la individualidad: una banda de vagabundos hambrientos de alta peligrosidad. Y el sistema no tiene otra forma para “reinsertarlos” salvo la cárcel.
    John P. Sullivan (2008), otra vez, es vocero de las alturas:
    Las pandillas reinan cuando los instrumentos del control social son débiles o no existen. Las empresas criminales tradicionales, incluyendo las pandillas, no buscaron desafiar al estado; de lo contrario explotaron la corrupción y la influencia política para avanzar aún más sus actividades. Esto parece haber cambiado a medida que una nueva serie de gángsteres transnacionales explotan las economías alternativas, la ausencia de estados efectivos y la corrupción endémica. Louise Shellyer observa que “los grupos criminales más recientes no tienen interés en un estado seguro”. Fomentan y explotan las quejas que existen a nivel local y mediante la globalización del conflicto maniobran para capturar lucro. Estas dinámicas tienen resultados particularmente impresionantes en las “ciudades globales” y centros subnacionales o fronterizos o en las zonas sin leyes. Tales zonas pueden ser halladas en los barrios, las favelas, los ghettos y los barrios empobrecidos en general de las ciudades globales; en los centros rurales o fronterizos así como en los pueblos urbanos (desakotas) en donde el desarrollo ha borrado la distinción entre lo urbano y lo rural, el centro y la periferia.
    Según el “imaginario” que diseña las intervenciones del Estado posmoderno-punitivo, las burbujas de aislamiento son receptáculos de sujetos alterados por decisiones propias. La alteración, se entiende, es producto de una mala toma de decisiones que rostrifica a los sujetos esféricos con faz monstruosa y los excluye. Retomemos al sistema de sociedad luhmanniano, donde las subjetividades –hombre, persona, individuo o individualidad– son entorno, están fuera como límite comunicante, sólo el sujeto esférico puede caber en ese entramado teórico, pues en su ensimismamiento, la exterioridad sólo ejerce “irritaciones”. Cuando un sujeto no responde adecuadamente, entonces se supone que ha elegido el lado oscuro como eje de acción en el sistema social. Así, los guetos, favelas o villas miseria no son más que el medio ambiente propicio, con cualidades magnéticas, donde la “maldad se realiza”, sobre todo por falta de control (autocontrol). Las burbujas de aislamiento social no son lugar propicio para la consolidación de solidaridades o capital social capaz de permitir sobrevivir a sus habitantes, el mismo impulso gubernamental, apoyando el devenir consumista de la posmodernidad, les produce como reservorios donde se echa a la población excedente, ésa que no sirve para consumir y está excluida de los mercados laborales pero es usada para legitimar estrategias de segregación social, son la creación de pánicos morales, terrores acongojantes y llamadas de auxilio clamando por seguridad. En esos submundos las pandillas surgen como salvavidas en un mar sin costas. Los jóvenes se agrupan para sobrevivir según su medio ambiente. Si no hay más solidaridades, en esas zonas donde la solidaridad puede ser la diferencia entre continuar o sucumbir a la inanición, la pandilla, además de proveer lealtad, ofrece poder y respeto, el cual debe ser reafirmado día a día.
    En muchos casos los pandilleros –especialmente mareros– son en realidad “niños soldados urbanos” […] “niños y jóvenes empleados o de otra forma participando en la violencia armada organizada en donde son elementos de la estructura de comando y poder sobre un territorio, población local o recursos. Los grupos armados organizados incluyen las pandillas callejeras institucionalizadas, maras, facciones de drogas, milicias étnicas, vigilantes y hasta grupos paramilitares actuando en escenarios de no guerra”. Como tales, este nivel de violencia de pandillas de tercera generación llega a ser una insurgencia criminal que desafía la legitimidad de las funciones estatales y del imperio de la ley. Los niños son los que ejecutan estas insurgencias pandilleras (Sullivan, 2008).
    La respuesta biopolítica a las pandillas transnacionales es una recurrencia a los orígenes del fenómeno, es decir, se oculta retóricamente cómo la organización actual del capitalismo global, al romper con formas institucionales (Estado de bienestar) y abrir fronteras al mercado y restringir el libre tránsito humano, detona la creación de burbujas de aislamiento sociales y permite la aparición de solidaridades comunitarias corrosivas, constituyentes de contrapoderes que a su vez son reutilizadas como marcos de legitimación de actividades de segregación extrema, como la desciudadanización, producción de nuda vida y discursos biopolíticos de seguridad. Y así fomentar la sociedad de control. La policía como el elemento gubernamental más cercano a los gobernados, quienes, asustados, claman por mayor seguridad, por ser defendidos de los monstruos, cerrando la pinza biopolítica y aceitando la marcha de la máquina capitalista de consumo.


    A MANERA DE CONCLUSIÓN
    La estrategia de criminalización mediante la asimilación de pandillas transnacionales a organizaciones de crimen organizado, además de absolutizar al sujeto en la molaridad del criminal como última función del Estado en términos de seguridad, definiendo al criminal como entidad absoluta, desnudándolo sociológicamente (Wacquant, 2001) y llenándolo con un “vacío” de superindividualización (el culpable por sí mismo) profundiza la voluntad de estar contra un movimiento de ir en contra. Así, la estrategia del Estado penal genera la resistencia en aquello que pretende desactivar. Permite la reterritorialización en forma de pandillas transnacionales que son explosión de las presiones del sistema de sociedad en el ámbito del capitalismo de consumo. La violencia del Estado penal a través de la criminalización se cristaliza en una violencia criminal por parte de jóvenes desarraigados por la licuefacción de los entendidos sociales, desde el trabajo (salario) hasta el desarrollo (nación). Se produce una deriva social sólo desarticulable a través de la coagulación de colectivos tribales, bárbaros que usan la violencia dirigida desde arriba en una horizontalidad que crea estado de violencia extrema, capaz de transgredir el límite de las beligerancias entre pandillas para extenderlas a niveles territoriales que no conocen fronteras políticas, actuando como correlato del mercado, respondiendo a la violencia del mercado con una violencia que se mercantiliza en el espectáculo y se usa en lo político a manera de producto.

    REFERENCIAS

    Agamben, G. (2004), Estado de excepción. Homo sacer II, 1, Valencia, Pre-Textos.
    Agamben, G. (2003), Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Valencia, Pre-Textos.
    Agamben, G. (2002), Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo sacer III, Valencia, Pre-Textos.
    Bauman, Z. (1999), Globalización, consecuencias humanas, México, FCE.
    Bauman, Z. (2007), Vida de consumo, México, FCE.
    Brevé, F. (2007), “The Maras: A Menace to the Americas”, Military Review, vol. 87, núm. 4, julio-agosto, en: http://findarticles.com/p/articles/mi_m0PBZ/is_4_87/ai_n27310616/
    Bunker, R. J. (1996), “Street Gangs-Future Paramilitary Groups?”, The Police Chief, vol. 63, núm. 6, junio.
    Deleuze, G. (2005), Derrames. Entre el capitalismo y la esquizofrenia, Buenos Aires, Cactus.
    Franco, C. (2007), “The MS-13 and 18th Street Gangs: Emerging Transnational Gang Threats?”, CRS Report for Congress, Washington, Congressional Research Service (RL34233), 2 de noviembre.
    Gil, Rodríguez E. P. (2004), Ultraindividualismo y simulacro en el nuevo orden mundial: reflexiones sobre la sujeción y la subjetividad, Barcelona, Tesis de Doctorado en psicología social, Facultat de Psicologia-Universitat Autónoma de Barcelona.
    Manwaring, M. G. (2008), “La soberanía bajo asedio. Las pandillas y otras organizaciones criminales en Centroamérica y en México”, Air & Space Power Journal Español, segundo trimestre, en: http://www.airpower.maxwell.af.mil/apjinternational/apj-s/2008/2tri08/manwaring.htm [recuperado el 4 de febrero de 2010].
    Marramao, G. (2006), Pasaje a Occidente. Filosofía y globalización, Buenos Aires, Katz.
    Santamaría Balmaceda, G. (S/F), “Maras y pandillas: límites de su transnacionalidad”, Revista mexicana de política exterior, núm. 81, en: http://portal.sre.gob.mx/imr/popups/articleswindow.php?id=169 [recuperado el 29 de octubre de 2011].
    Perea Restrepo, C. M. (2006), “Pandillas en México. Informe de investigación”, Red transnacional de análisis sobre maras y pandillas, 14 de noviembre.
    Sullivan, J. P. (2009), “Future Conflict: Criminal Insurgencies, Gangs and Intelligence”, Small Wars Foundation, en: smallwarsjournal.com [recuperado el 23 de agosto de 2010].
    Sullivan, J. P. (2008), “Pandillas transnacionales. El impacto de las pandillas de la tercera generación en América central”, Air & Space Power Journal Español, segundo trimestre, en: http://www.airpower.maxwell.af.mil/apjinternational/apj-s/2008/2tri08/sullivan.htm [recuperado el 4 de febrero de 2010].
    Sullivan, J. P. (1997), “Third Generation Street Gangs: Turf, Cartels and Netwarriors”, Crime & Justice International, vol. 13, núm. 9, octubre-noviembre.
    Trasher, F. (1973), The Gang: a Study of Chicago of 1313 gangs in Chicago, Chicago, The University of Chicago Press.
    Wacquant, L. (2008), Las cárceles de la miseria, Buenos Aires, Manantial.
    Wacquant, L. (2007), Los condenados de la ciudad. Gueto, periferias y Estado, Buenos Aires, Siglo XXI editores.
    Wacquant, L. (2001), Parias urbanos. Marginalidad en la ciudad a comienzos del milenio, Buenos Aires, Manantial.
    WOLA (2006), Pandillas juveniles en Centroamérica: cuestiones relativas a los derechos humanos, la labor policial efectiva y la prevención. Un Informe Especial de WOLA, octubre, en: http://www.alfonsozambrano.com/bandas_pandillas/181009/bjp-pandillas_centroamerica.pdf [recuperado 12 de mayo de 2010].


    Identidad Pandillera y las Tatuajes

    Una pandilla es cualquier grupo de tres o más personas que conforman un conjunto organizado y que comparten una identidad en común. Desde la publicación del estudio pionero de las pandillas de Chicago de Frederic Thrasher en 1927, sociólogos han definido el proceso a través por el cual jóvenes sin supervisión – en especial jóvenes marginalizados en centros urbanos—forman organizaciones e identidades callejeras a través del conflicto con las autoridades y con otros grupos. Esta definición clásica de las pandillas callejeras incluye dichos grupos, los cuales se envuelven en comportamientos denominados delictivos o en conflictos con la ley.

    En Ciudad de Guatemala los jóvenes que pertenecen a la pandilla Calle 18 “firman” con la “E” de “Eighteenth Street aka Calle Dieciocho con sus manos. Aprendieron los códigos y los estilos de vida pandillera de los miembros de Calle 18 que fueron deportados de Los Ángeles, California.
    Para sociólogos contemporáneos como John Hagedorn, un experto en la historia de las pandillas de Chicago, las fuerzas económicas globales y el retiro o ausencia del Estado en muchas comunidades son factores que promueven la institucionalización de grupos tales como las pandillas. Hagedorn argumenta que el fracaso del neoliberalismo ha llevado a la intensificación de las identidades de resistencia entre jóvenes excluidos socialmente. Pero para muchos jóvenes de países en vías de desarrollo, estas resistencias impugnadas son “supervisadas” por una variedad de grupos criminales o milicias nacionalistas y/o religiosos.  
    Estas ideas son relevantes para entender el contexto y las fuerzas que moldean el desarrollo de las llamadas pandillas transnacionales como la Calle 18 y la Mara Salvatrucha. Los retratos de los medios de comunicación crean la impresión de sindicatos criminales organizados que propagan franquicias mafiosas a través de Estados Unidos y Centroamérica. La realidad es mucho menos formalmente “organizada” o “corporativa” al igual que trágica e intolerable.

    Deportados de Estados Unidos con nuevos reclutas pandilleros de los barrios marginados de San Salvador.
    Mientras que las historias de los jóvenes perfilados en Hijos del Destino, dejan en claro los factores emocionales, sociales y económicos que atraen a los jóvenes a involucrarse en estas pandillas, están ubicados en condiciones en las comunidades de las que provienen. Las pandillas proveen un sentimiento de pertenencia a algo mayor, un sentimiento de sufrimiento compartido, identidad y resistencia a la exclusión. Las pandillas pueden ser crueles y despiadadas, pero también proveen comodidad a sus compañeros pandilleros—amigos y amigas quienes sino tienen nada más, al menos se tienen unos a otros.   
    Tatuajes y Rituales 
    Tatuajes de pandillas en la cara y en el cuerpo son simultáneamente una afirmación de identidad desafiante ante la exclusión y una fuente de futura exclusión. A principios de los 90, la mayoría de los tatuajes de pandillas que vi—los tres puntos para La Vida Loca, o el nombre de la pandilla deletreado, números o símbolos eran iconos de pertenencia. Y como marineros y soldados los pandilleros se tatuaban con frecuencia  los nombres de sus madres o novias  y novios como signo de amor y de compromiso. Los tatuajes eran también un tributo a la vista del público de sus amigos y familiares asesinados en las guerras civiles de Centroamérica o en las guerras entre pandillas, que le siguieron. Los tatuajes de Víctor Díaz tienen el aura de una traumática narrativa desangrando las angustiosas memorias en la superficie de su piel.

    Un pandillero con tus hijos. Con tatuajes no puede conseguir trabajo.
    En los Estados Unidos, donde los tatuajes son una forma de arte corporal socialmente aceptada, los tatuajes de pandillas aún pueden ser una barrera de empleo. La eliminación de tatuajes es una de las maneras de transición hacia otras formas de identidad de los pandilleros americanos.  
    En la culturalmente conservadora Centroamérica todos los tatuajes son estigmatizados y criminalizados. Los tatuajes de pandillas no sólo son provocación de conflictos entre grupos rivales; son también pretextos para arrestos arbitrarios o matanzas extrajudiciales por parte de escuadrones de limpieza social. En la primera fase de la respuesta represiva de Mano Dura, la identidad pandillera se intensificó profundizando los conflictos con pandillas enemigas y provocando un incremento en la visibilidad y en violencia de las imágenes de los tatuajes. Esta es la fase que produjo tatuajes de cuerpo completo o de cabeza y rostro vistos en los medios más sensacionalistas.
    En los tiempos de máxima represión, bajo las políticas de Súper Mano Dura la respuesta de las pandillas centroamericanas a la eliminación de tatuajes se convirtió en un reflejo de la visión intolerable que tiene la sociedad sobre los tatuajes. La eliminación de tatuajes sin permiso es considerada como un acto de falta de respeto y de traición, un signo de que el ex-pandillero pudo haberse convertido en informante. Puede traer consigo una sentencia de muerte por parte de uno de sus antiguos amigos.

    Nuevos miembros de la Mara Salvatrucha son iniciados en un ritual de golpes en San Salvador, El Salvador.
    Las pandillas dependen de rituales y de juntas para imponer códigos. Recientemente las pandillas en Centroamérica han desalentado los tatuajes y castigado a los amigos que desprecian estas nuevas normas. Los tatuajes son ahora vistos como un impedimento a la flexibilidad que necesitan para moverse sin ser detectados en el narcomenudeo. Las pandillas siempre han tenido otros rituales de identidad, señales con las manos, símbolos pandilleros, colores o vestimenta estilos de aseo. Mientras que las identidades pandilleras continúan evolucionando, las pandillas establecen nuevas formas de consolidar y expresar su identidad.  
    Enlaces:

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

    • Blogger Comments
    • Facebook Comments

    0 comentarios:

    Publicar un comentario

    Item Reviewed: PANDILLAS TRANSNACIONALES. MERCANCÍAS PARA EL MERCADO POLÍTICO DE LA CRIMINALIZACIÓN Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
    Ir Arriba