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    martes, 2 de agosto de 2011

    ALVARADO TENORIO O LA HIDRA TIENE JAQUECA (I)



    Por Stanislaus Bhör*

    I. EL CANON
    Harold Alvarado Tenorio
    Harold Alvarado Tenorio, hijo y nieto de carniceros, nació en un pueblo del Valle del Cauca, tres
    años antes del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán. Protegido por sus tíos maternos aprendió a leer,
    escribir, sumar y restar sobre hojas de pizarra en la escuela de una descendiente de esclavos…
    (H.A.T. por Umberto Cobo)

    Un crítico es un tipo peligrosísimo, capaz de reunir una sarta de gustos malos y venderlos como algo novedoso. T.S Eliot se inventó a los poetas metafísicos ingleses y al hacerlo acuñó los nombres de sus poetas favoritos. Edmund Wilson imaginó el simbolismo narrativo partiendo de la escuela de Mallarmé, trazando un eje desde el Castillo de Axel de Villiers de L’Isle-Adam hasta Ulises de Joyce, pasando por Rimbaud y Yeats, saltando arbitrariamente de Eliot a Proust y mezclando sin guantes ese amasijo explosivo (por controvertido) que es meter a Paul Valéry y a Gertrude Stein, enemigos declarados, en el mismo costal.
    Pero un crítico es peligroso no por sus simpatías, sino por sus rechazos. Cuando la mitad de los escritores que excluye del canon siguen vivos, estalla la polémica, los excluidos rasgan las vestiduras, afrentas vuelan en prensa y radio (y en blogs y fanzines), amenazan con enemistad los que aun quedaban de amigos, y una vez más la hidra de siete cabezas no puede dormir porque tiene jaqueca.
    Harold Alvarado Tenorio era un tipo más peligroso cuando oficiaba de crítico literario, que cuando fustigaba a la farándula política, o que cuando acometía poesía. Su estilo crítico es la semblanza, la biografía grotesca, la falsa atribución y el dato inmisericorde. Fue por el camino de la infidencia y la recriminación que, durante sus últimos años, fue perdiendo prácticamente la amistad de todo el mundo (además del coqueteo del dinero y del trapo sudado con que reviste la gloria nacional a los poetas colombianos).
    Y es que impugnó tanto a la sociedad de su país, una sociedad que él consideró desde muy temprano hipócrita y pacata, que nadie lo quiso tener de su lado. Demasiado sarcasmo de su parte hallaron. Demasiada intransigencia. Demasiada atrabilis de poeta.
    Y él, por su parte, hallaba demasiada mezquindad, hipocresía y corrupción en todo lo que le rodeaba de una sociedad que sigue encajando con el mismo rosario de epítetos hoy como en sus comicios: camorrera, chivata, mafiosa, vil.
    Pero no sólo le odiaron las camorras. A Harold Alvarado Tenorio lo odiaron tanto los guerrilleros del ELN (que quisieron secuestrarlo, pero desistieron porque accedió a irse con ellos si eran capaces de alzar sus doscientos kilos de peso con una grúa) como lo odiaron los paramilitares (que quisieron hacer una reforma agraria con su propiedad rural).
    Lo odió la academia por atreverse a condenar públicamente a las mafias literarias, y por hacer un llamado a la crítica insobornable, a la honestidad y al desenmascaramiento de la caterva intelectual.
    Lo odiaron sus compañeros de generación por excluirlos del canon y parodiar sus obras completas (ya resulta fútil recordar la cruzada de los gestores del festival de poesía más grande del mundo, el de Medellín, para minimizar sus embates cuando se sintieron amenazados jurídicamente por las recurrentes denuncia públicas que salían desde la Revista Arquitrave y donde se les acusaba de malversación de recursos del Estado para un evento estéril que le sirvió a la paz como le sirvieron las palomas y las canciones de Michael Jackson.)
    A Tenorio lo odiaron porque reía con socarronería, porque a fuerza de humor ácido exponía con desparpajo sus convicciones incómodas. Porque logró hacer una crítica furiosa y hasta grotesca (pero exacta) del estado de decadencia que vivía un país y que se echaba a notar en su literatura esclerótica que se pudría en una sopa de lixiviados.
    Su último libelo se promocionó con un lema parco y pugnaz: Ajuste de cuentas.
    Y llevaba, además, un subtítulo que condicionaba el contenido al ámbito estrictamente poético: Antología crítica de la poesía colombiana.

    II. EL ODIO
    Juan Manuel Roca
    Pero si en su talante JMR es idéntico a su maestro, un recuento de su vida pareciera indicarnos lo contrario. Mientras aquel conoció la gloria y el dinero fácil, Roca, que recibió de un rector magnífico de la Universidad del Valle, un Doctorado en Literaturas Comprometidas, si bien fue registrado como nacido en Medellín, se ha sabido recientemente, gracias a una investigación de la eminente insidiosa y filóloga de gran altura de la Real Academia Colombiana de la Lengua, Piedad Amalfi, que vino al mundo en el Hospital San Vicent du Paul, de Niuafunké, actual Mauritania, donde Rubayata Roca, su padre, compraba arena del desierto para apaciguar la violencia colombiana de los años cuarentas. Porque Roca, igual que su entrañable amiga difunta, la poetisa Maria Mercedes Carranza, también conoció en su temprana niñez los beneficios de ser hijo de emisarios, y pudo arrastrarse en las pirámides de Teotihuacán, hacer pipó en el Alcázar de Quetzalpapaloti o en las Tullerías y recibir, de boca del cantor del Cóndor de los Andes, el gran escaldo Aurelio Martínez Mutis, su consagración como el Poeta Nacional de la Metáfora

    Todo empezó hacia 1980, cuando H.A.T. escribió en una columna de prensa del periódico El Colombiano que la poesía en Colombia era una patraña. Fácil era decirlo, pero desde entonces habría que sostenerlo.
    Y sostenerlo con argumentos literarios en un país donde las plataformas mediáticas destierran todo tipo de contradictores a un oasis de silencio en medio de un desierto de futilidad, es predicar a los lagartos y a las zarzas ardientes.
    A pesar de que el poeta respaldara su vena crítica con un doctorado en la Complutense de Madrid y otro doctorado honoris causa traduciendo a Eliot y a Kavafis y a media docena de poetas chinos directamente del mandarín, a muchos su crítica pareció algo peor que un exabrupto: un disparate.
    No tanto por lo que decía, sino por el modo en que lo decía.
    Sin embargo, el poeta no estaba tan loco de remate como creyeron, puesto que la literatura etiquetada bajo el sello colombiano era por entonces una de las más pobres del mundo, de las más engañosas. Lo mismo que su periodismo, su filosofía inexistente, y casi todos los productos del intelecto de una sociedad sin academia, sin científicos y sin artistas.
    Bastaba con descarnarla hasta el hueso, tomando directamente las obras y las biografías, para constatarlo. Y eso fue lo que se propuso el poeta metido a crítico: perpetrar una masacre intelectual que empezaría con una nota irónica en un periódico de tercera categoría (y que sería tomada como afrenta por parte de sus contemporáneos). Desde entonces, el repudio y la animadversión alrededor de la figura de H.A.T. se tornó odio cerril.
    El mismo odio que llegaron a sentir los franceses por Blóy cuando publicó la biografía de Marchenoir (El desesperado) y acabó con el mundillo intelectual de París. O como odiaron a Sainte-Beuve que pordebajeó a Stendhal y ensalzó a dos ilustres desconocidos. O como odiaron a Eliot cuando excluyó a la mitad de los poetas ingleses de su antología. O como odiamos a Samuel Johnson, que ensalzó a sus amigos y minusvaloró Tristram Shandy y a Henry Fielding. O como odiaron a Bierce que destruía vidas y reputaciones en la Prensa Hearst. O como odió, más de un maltrecho escritor, al gordo Cyril Connolly cuando pontificaba desdeHorizon y pulverizaba reputaciones y carreras pujantes de celebridades efímeras. O como odiaron los gringos a Henry Mencken (implacable y cínico) desde las páginas del American Mercury.
    Lo odiaron porque se atrevió a decir que la poesía en Colombia estaba muerta.
    Para demostrarlo, Harold Alvarado Tenorio decidió pasarle la factura de cobro a cada generación literaria aparecida en este país durante un siglo. Decidió controvertir todo lo que ha sido dicho de bueno sobre la efímera historia de nuestra tradición poética. Y como la tradición de la sociedad del mutuo elogio en que terminó convertida la institución poética colombiana, ya a comienzos del siglo XXI, anquilosó todo sentido crítico y convirtió el arte en gestión y concentró los haberes públicos en pocas manos y bolsillos, a H.A.T. lo odiarían hasta la muerte sus amigos, los profesores, los gestores, los ex presidentes de bancos y repúblicas, los editores de revistas y de libros y todos aquellos que habían contribuido y puesto su grano de arena para esta gran obra de falsificación literaria.
    Nota. Hablo en pretérito, porque el poeta ya está con un pie en la tumba y éste, un día, será su obituario.
    Nota a los reproches que la nota anterior puede levantar. Es la primera vez en la historia de la literatura que el futuro muerto sabrá lo que dirán de él los periódicos (en este caso los blogs) cuando se muera.

    III. LA TRINCHERA
    Miguel Ángel Osorio Benítez
    Considerado por los liberales colombianos uno de sus grandes poetas, quizás porque su vida y su obra celebraron todo lo que ellos habrían querido ser: nómadas, embusteros, bribones, sofistas, drogadictos, transexuales, etc., Miguel Ángel Osorio Benítez, (Santa Rosa de Osos, 1883-1942) o Porfirio Barba Jacob, o Marín Jiménez, o Juan Sin Miedo, o Ricardo Arenales, o Juan Sin Tierra, o Juan Azteca, o Junius Cálifax, o Almafuerte, o El Corresponsal Viajero, etc., es hoy un escritor inclasificable e incoherente, así mucha de la crítica de estos últimos años del siglo pasado siga insistiendo en su importancia como poeta.
    (Porfirio Barba Jacob por H.A.T.)

    Muchos de los damnificados por los enconos del poeta fueron amigos en otros momentos menos benévolos de la vida (cuando sólo buscaban los burdeles y la melancolía, Borges Dixi). Con los años, esos viejos amigos, que ahora buscaban una posteridad a prueba de enmiendas (y una pensión de seis ceros), convertidos en repentinos funcionarios de alto vuelo, se situaron en las cúspides de los bancos y ministerios y de las instituciones que impartían lo que debía ser o dejar de ser el arte y la poesía en Colombia. A quienes peor les fue, tuvieron que situarse y conformarse y defender su posición en tribunas de periódico, en una cátedra, o en un lugar influyente del parco mundo editorial. Una vez instalados, se dedicaron a pontificar en favor de los poemas del jefe de turno. La desatención a las críticas severas de H.A.T. que los salpicaba y controvertía en todo lo que parecían dictaminar sin que otra voz objetara ni les enmendara la plana, alude al grado de monopolización que alcanzaron los medios de difusión en el país, y sobre todo a la escases de lectores críticos. En contravención, y gracias al advenimiento de Internet, a comienzos del año 2000 de nuestra era, el monopolio de Gutenberg empezó a socavarse, y por fortuna H.A.T. fue de aquellos pre-mediáticos que se convirtieron en aficionados al mundo virtual y a las facilidades de difusión que los blog y los alojamientos on line ofrecían. Decidido a demostrar con creces lo que a su modo de ver era el panteón de imposturas de la poesía colombiana, el poeta abrió un modesto portal en la web, con poco diseño, pero excelente contenido, le puso Arquitrave en honor a Gil de Biedma, y desde allí empezó a difundir su crítica incendiaria y la obra de poetas casi secretos de todas las nacionalidades para cuestionar por contraste a un país fosilizado por el mutuo elogio y el ensimismamiento. La versión en papel de la revista, 300 ejemplares cada mes, se convirtieron al mismo tiempo en una perla bibliográfica en el fondo de un mar de basura. La versión digital de la revista era renovable y ahí se concentraba la trinchera desde la cual H.A.T. encontró lugar para convertirse en esa suerte de francotirador solitario que combatió contra el cohecho poético y otros crímenes literarios imprescriptibles.
    En un hipervínculo de la revista virtual, llamado La poesía en Colombia ha dejado de existir, aparecieron mes a mes, durante dos lustros, artículos y cápsulas que pasaban furiosa revista a la plana mayor de los poetas que había tenido Colombia en un siglo. De la lista de clásicos sólo saldrían bien librados Flórez, Silva, Valencia, de Alas, de Greiff, Tejada, Zalamea, Arturo y Delmar. No era mucho, pero era la refundación del canon. Para quienes conocían las posturas desmesuradas y ociosas del crítico iracundo de los años 80s, era otro de sus menosprecios.  En consecuencia, todos voltearon la cara, y optaron por el silencio, que es la forma más refinada de la censura.
     – Stanislaus Bhör* realizó esta reseña especial de La poesía ha dejado de existir: Ajuste de cuentas, una antología crítica de la poesía colombiana, de Harold Alvarado Tenorio, para El Magazín, blog cultural del diario colombiano El Espectador. Bhör es además autor del blog Una hoguera para que arda Goya.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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