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    martes, 7 de junio de 2011

    Fallece a los 87 años el escritor y político Jorge Semprún

    Figura esencial para comprender el siglo XXI, su vida estuvo marcada por su deportación al campo de concentración de Buschenwald.
    GUILLERMO RODRÍGUEZ Madrid 07/06/2011 
    El escritor Jorge Semprún.-
    El escritor, intelectual, luchador antifranquista en la clandestinidad y exministro de Cultura Jorge Semprún ha fallecido hoy a los 87 años en su domicilio de París rodeado de sus familiares, según ha confirmado el Ministerio de Cultura a Público.
    Intelectual y, sobre todo, superviviente del campo de concentración de Buchenwald —una agonía desesperante y desesperada que se prolongó durante 15 meses y que evocó en varias de sus obras, como El largo viaje o La escritura y la vida—, Semprún será también recordado por su otro nombre, Federico Sánchez, aquel que se vio obligado a utilizar ensu lucha contra el franquismo desde la clandestinidad como dirigente del PCE. En 1964 fue expulsado del partido por discrepar con la línea oficial, que marcaba Santiago Carrillo.
    Precisamente Federico Sánchez protagonizó dos de sus obras más reconocidas:Autobiografía de Federico Sánchez, con la que ganó el premio Planeta en 1977, y Federico Sánchez se despide de ustedes, en la que narraba su paso por el Ministerio de Cultura del Gobierno de Felipe González entre 1988 y 1991.
    Jorge Semprúm, muy enfermo en los últimos meses, nació en 1923 en una familia de clase alta. No en vano fue nieto del político conservador Antonio Maura, presidente del Gobierno durante el reinado de Alfonso XIII en cinco ocasiones. Aparte de las memorias, el ensayo o la novela, cultivó los guiones de cine para directores como Alain Resnais (La guerra ha terminado) o Costa Gavras (Z, La confesión).
    Sus libros, sus recuerdos, sus palabras, siempre fueron el remedio más eficaz contra la amnesia
    Su dilatada trayectoria le hizo merecedor de los premios Formentor (1964), Planeta (1977), Fémina (1969 y 1994), el Premio de la Paz de los libreros alemanes (1994), el Jerusalén (1997), el Premio Nonino (1999), la medalla Goethe (2003), el Fundación Lara (2003), el Annetje Fels-Kupferschmidt (2006) y el Terenci Moix (2010).
     La muerte, la vida 
    En un artículo publicado el año pasada en el diario francés Le Monde y titulado Mi último viaje a Buchenwald, Semprúm dejó escrito: "Ni resignado a morir ni angustiado por la muerte, sino irritado, extraordinariamente incómodo ante la idea de que pronto ya no estaré…".
    En una de sus últimas entrevistas, concedida al diario Público con motivo de la publicación de la biografía que recorre su intensa vida en Lealtad y traición, publicada por Tusquets, el intelectual español que vivió en París hacía balance de su vida: "Para mí, la vida ha sido muy fácil. Si comparo mi salida con la de Fernando Claudín, es jauja. Él lo perdió todo, se quedó en la calle con mujer y dos hijas. Sin nada. Me considero un hombre con muchísima suerte. Yo lo que mejor he hecho en la vida ha sido el trabajo de clandestinidad: nadie ha sido detenido por mi culpa o por haber organizado mal un trabajo en diez años".
    Hombre cultísimo, su muerte es la de la memoria del siglo XX. Porque Semprún lo vivió todo: la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial, el franquismo, la Transición y la etapa plenamente democrática. Nunca desde un lugar en la sombra; jamás escondido. Fue una figura esencial para comprender el siglo pasado, ese que Semprún contempló siempre con sus ojos vidriosos y un espíritu crítico, nunca displicente. Sus libros, sus recuerdos, sus palabras, siempre fueron el remedio más eficaz contra la amnesia.


    Jorge Semprún: "La amnesia de la transición no puede ser eterna"
    Del campo de Buchenwald al desencanto del PCE, el escritor e intelectual repasa los hechos claves de su vida recogidos en el libro ‘Lealtad y traición'
    PEIO H. RIAÑO PARÍS 23/11/2010 08:40 
    En el infierno también hay bibliotecas. Jorge Semprún leyó ¡Absalón, Absalón! en el campo de concentración de Buchenwald. Faulkner se le agarró a la piel, "cada línea era un triunfo". Los libros los sacaba en préstamo de la biblioteca de prisioneros, que tenía cerca de 14.000 ejemplares en 1945, aportados por los prisioneros y sus familiares. Había cinco docenas de Mein Kampf, pero nadie los leía. En la primera página de cada libro aparecía el sello "K. L. Buchenwald", seguido de las normas y una advertencia que devolvía aquel paraíso a las cavernas del horror: "¡Si pierdes un libro, estás obligado a reponerlo! ¡Si no obedeces la orden, serás castigado!".
    Jorge Semprún (Madrid, 1923) recuerda a Franziska Augstein, autora de la biografía que recorre su intensa vida en Lealtad y traición, publicada por Tusquets, que leía en el turno de noche de la Estadística Laboral del campo. A esas horas no había trabajo. El resto del día, la tarea del joven veinteañero Semprún consistía en borrar los nombres de los asesinados en las fichas para que los números de los prisioneros pudiesen ser asignados a nuevos nombres. Jorge había evitado trabajar al aire libre gracias a sus contactos en el PCE.
    Como repetirá varias veces a lo largo de esta entrevista en su apartamento parisino: "Soy un hombre con suerte". Cualquiera podría pensar lo contrario, pero se agarra a hechos para verle la cara buena a su vivencia: al llegar a Buchenwald el 29 de enero de 1944 fue inscrito como "estucador", no como "estudiante". Una palabra que le salvó la vida, una palabra que le convirtió en miembro útil para la comunidad del campo.
    "Cada año me llega una traducción al alemán de la misma edición de ¡Absalón, Absalón! que yo leí en aquel campo, que era de reeducación, no de exterminio. Buchenwald fue construido para presos políticos, no había cámaras de gas. Eran los propios presos los que organizaban la vida del campo. Los libros enviados por las familias debían ser en alemán, era la única restricción. Ahora bien, esa biblioteca estaba reservada a unos pocos privilegiados. La mayoría de las personas del campo no sabía ni quiera que allí, entre el barracón cinco y el secretariado, había una biblioteca. Y si alguien lo sabía, debía tener tiempo para leer. En ese sentido, mi trabajo era privilegiado, porque por las noches podía leer", cuenta.
    Pero usted nunca leyó el Mein Kampf' allí.
    Nadie leía el Mein Kampf. Pero era el mejor lugar para esconder las cosas. Hasta el punto de que el gran dibujante italoesloveno Zoran Music, en el campo de Dachau, escondía detrás de esos ejemplares sus dibujos, retratos de la muerte, testimonios fotográficos. Yo leía, y ¡Absalón, Absalón! me impactó muchísimo. Por haberla leído allí y porque es una novela grandísima.
    ¿Eran esas lecturas un medio de supervivencia?
    No digo que sin lecturas no habría sobrevivido, pero desde luego ayudaron a sobrevivir.
    Otra terapia que usted ha recomendado para gestionar la memoria y los recuerdos es la amnesia, ¿cómo debe hacerlo España con la Guerra Civil?
    Siempre he dicho que una dosis de amnesia deliberada era necesaria durante la Transición, pero también he pensado que eso tiene un precio. Por eso la amnesia no puede ser eterna. En 1973 hice un documental, Las dos memorias, una encuesta sobre las memorias republicana y franquista. La desmemoria era una medida urgente pero provisional.
    ¿A qué debemos estar dispuestos para poder recuperar la memoria de la Guerra?
    Es que España es un país muy extraño: el régimen de monarquía parlamentaria está construido sobre los valores que defendió la Segunda República, y la memoria está construida en torno a los valores de los vencedores. Debemos aspirar a un reequilibrio. Y está claro que el argumento de la derecha para no hacerlo es revivir las heridas del pasado y tal y cual... Pero hoy la democracia está lo suficientemente consolidada como para permitirse el lujo de tener las dos memorias. No es fácil. Recuerdo que a Hemingway le enfurecía que llamáramos a la Guerra Civil "nuestra guerra". Él, que hablaba un perfecto castellano con un acento muy americano, decía que lo único que unía a los españoles era "nuestra guerra".
    ¿Hemos esperado demasiado a recuperarla, cuando apenas quedan testigos?
    Creo que la recuperación empezó con las grandes novelas, que son la de Hemingway y la de Malraux. La esperanza, de Malraux, es muy discutible literariamente, porque es muy deslavazada y antigua, pero como testigo es apasionante porque tiene la osadía intelectual de respetar la disciplina comunista y la obediencia comunista. Malraux tuvo que vérselas con la lucha real, no sólo con la ideológica. Además, es el autor de uno de los mejores ensayos sobre Goya, y sobre elSaturno devorando a su hijo: acaba diciendo que con las pinturas negras empieza la pintura moderna.
    La autora del libro menciona que le dolió más la expulsión del PCE que la estancia en el campo de concentración. ¿Se considera una persona marcada por la política, señalado y retirado por sus ideas?
    Lo mantengo, pero me gustaría matizarlo un poco. El campo es hambre, agotamiento y frío, muchísimo frío. Eligieron con un sadismo propio del nazismo una ladera este para levantar Buchenwald, donde paraba el viento de Siberia. Físicamente el dolor del campo era infinitamente superior. De hecho, todavía arrastro la manía de evitar el frío de los pies y la humedad. Pero moralmente sabíamos por qué estábamos allí: éramos rebeldes, éramos enemigos y merecíamos estar allí. Lo que no es lógico es que te expulsen de un partido que has ayudado a construir porque tengas ideas distintas; una expulsión sin debate, como si fueras agente de la CIA.
    Usted se ha movido de un lado a otro, de la literatura a la realidad.
    El paso de un lado a otro me ha ayudado mucho. Dejar que la política me absorbiera fue la mejor terapia. Pero cuando ese proyecto político dejó de ser válido, rompo porque creo que no conseguiremos nunca una victoria real en la que participe el pueblo. Durante años he tenido sueños, que en realidad eran como pesadillas, en los que conseguía la mayoría necesaria para transformar la política del PCE, que años más tarde se utilizó con el nombre de Eurocomunismo. Podría haberse hecho antes, pero antes habría sido una política inventada por Claudín y apoyada por Sánchez y no la política de Carrillo. En la última entrevista que tuve con Carrillo, ya fuera de partido, le dije eso: un día te encontrarás con que esas ideas que ahora criticas las defenderás y estarás solo. Y él contestó con mucha razón, pero con mucha arrogancia, porque es un hombre muy seguro de sí mismo y engreído: "Sí, pero serán mis ideas".
    ¿Cuál es el lugar para un no comunista como usted, dónde se queda?
    El lugar hay que inventárselo cada día. Hay que partir del hecho de que el fracaso de la revolución comunista no significa que la sociedad actual sea una sociedad justa. Significa que por esos métodos no podremos y que hay que inventar otros. La economía de mercado provoca cada día injusticias y focos de desigualdad. El hecho del fracaso ideológico y moral del leninismo no te autoriza a cualquier cosa. Hay que reconocer que el mercado es fuerte, pero no se puede capitular ante la realidad capitalista. Lo importante es reconocer que existe y elaborar una estrategia que no tiene nada que ver con el leninismo. Tengo como definición de la dialéctica una frase mejor que la de Mao. Es de ScottFitzgerald: "Deberíamos saber que las cosas que no tienen remedio deberíamos estar decididos a cambiarlas". Una frase justa, pero imposible de utilizar como eslogan. Es perfecta como moral. Al final de una de mis películas, el protagonista decía: "He perdido mis certidumbres, he conservado mis ilusiones". Sólo con ilusiones no movilizas a nadie, debes apuntar cuáles son los objetivos de la lucha, pero la ilusión de que se puede conseguir mayor igualdad en este mundo no podemos perderla.
    ¿El capitalismo se ha quedado con todo, basta con la ilusión o la moral?
    No se puede moralizar el capitalismo. El capitalismo no se ha inventado para eso. Se puede regular, limitar. Pero no se puede moralizar: el beneficio máximo, por definición, es inmoral y no puede ser otra cosa. Los partidos dicen que las cosas no se pueden cambiar, pero que hay que luchar por ello... Pues llámenme cuando tengan alguna propuesta más concreta.
    ¿Es la poesía el lenguaje de la ilusión?
    Podría ser, pero volvemos a lo mismo: con poesía no se desencadena un movimiento social. El papel de la poesía a lo largo de mi vida es fundamental porque está presente desde la infancia. Estaba acostumbrado a oír recitar en mi casa a Lorca después de una cena. Y a Alberti. Además, mi carrera política se debe en parte a la poesía, porque conocí a Carrillo cuando en 1952 me piden que me ocupe de un poeta español que prepara en Francia un libro explosivo de ruptura con el régimen: Blas de Otero. Blas de Otero me llevó a tratarme con intimidad con Carrillo.
    ¿Se considera un hombre afortunado?
    Para mí, la vida ha sido muy fácil. Si comparo mi salida con la de Fernando Claudín, es jauja. Él lo perdió todo, se quedó en la calle con mujer y dos hijas. Sin nada. Me considero un hombre con muchísima suerte. Yo lo que mejor he hecho en la vida ha sido el trabajo de clandestinidad: nadie ha sido detenido por mi culpa o por haber organizado mal un trabajo en diez años. Del partido, yo le puedo contar a Carrillo lo que quiera.
    Hay un apartado que no se trata en el libro: ¿Cómo recuerda su paso por el Ministerio de Cultura?
    Fue un momento muy interesante, porque tuve que encargarme de toda la descentralización heredada del franquismo hasta grados inconcebibles. Cuando llegué al ministerio, el Museo del Prado no podía comprar una goma y un lapicero sin permiso del ministerio. Hacerlo un ente autónomo lo conseguí yo. En ese sentido, recuerdo la última provocación de Dalí. Cuando murió, dejó toda su obra que no estaba en museos ni vendida al Estado español. Dalí fue el único español que públicamente felicitó a Franco por las últimas ejecuciones del 75. Yo entonces tenía una buena relación con Pujol, porque era un hombre de derechas antifranquista. Había una manera de entendimiento con él. Al salir de la iglesia, el día de su funeral, le dije: "President, no voy a cumplir con el testamento de Dalí". Y el me miró con aquel aire de campesino suspicaz. "Nombraremos un comité de expertos que dictaminará qué obras de Dalí se quedan en Catalunya y cuáles van al Reina Sofía, que no hay ni uno allí". Y así se hizo: se repartió. Había un cuadro que quería quedarme para el Reina Sofía, El gran masturbador, pero él no sabía de qué le hablaba. La cosa se hizo bien, y al día siguiente, sonó el teléfono temprano en el ministerio. La secretaria, alertada, me dijo: ¡El vicepresidente al habla! Cogí el aparato, y me dijo: "Así que nos bajamos los pantalones ante los catalanes". Descentralizar la burocracia española fue complicadísimo. El Ministerio de Cultura lo inventó la democracia imitando a Francia, pero allí era importante y tenía presupuesto, en España no. Y cuidado, que he obtenido cosas que no estaban previstas de Felipe y Solchaga. Pero era un ministerio de segunda mano y de tercer orden.

    La luz se apaga en la buhardilla. La fría tarde le ha privado de "la luz de los pintores", como dice Jorge Semprún. En la despedida, recuerda que oyó decir a Picasso que quería que el Guernicaestuviera en El Prado. Y él remata que justo después de las pinturas negras de Goya.
    La ficha
    Nacido en Madrid el año del golpe de Estado de Primo de Rivera, la vida y la obra de Jorge Semprún han estado marcadas desde entonces por la experiencia del totalitarismo. Pasó la guerra civil en Bruselas, donde su padre era embajador, pero al llegar al París de la posguerra (española) y la ocupación (nazi), se enroló en la resistencia. Detenido, acabó internado en un campo de concentración nazi, Buchenwald, y sobrevivió. Durante los años cincuenta y principios de los sesenta fue, sobre todo, Federico Sánchez, su nombre en la clandestinidad de dirigente del PCE. Entre 1988 y 1991, fue ministro de Cultura del PSOE. 
    La vida de los recuerdos
    El autor de ‘El largo viaje' tardó casi 20 años en excavar en sus recuerdos. España lleva más de 30 sin hacerlo en los suyos
    23/11/2010 06:38 
     El autor de ‘El largo viaje' tardó casi 20 años en excavar en sus recuerdos. España lleva más de 30 sin hacerlo en los suyos.
    Serenar la memoria
    Al poco de ser liberado del campo de concentración nazi de Buchenwald trató de escribir sus vivencias y entendió que eso podría ser contraproducente para su salud mental. Necesitaba poder contar la memoria sin angustias. La segunda parte de la terapia de Jorge Semprún arrancó con la redacción de ‘El largo viaje', casi 20 años después de ser liberado del campo. Cuando empezó ‘El largo viaje' todavía era miembro del buró político del Partido Comunista Español y clandestino en Madrid, así que no pensó publicarlo nunca. Era una nueva forma de liberación. Del olvido a la memoria.
    Libertad en el infierno
    Semprún mantiene que el deportado político sabía por qué era deportado. Para el escritor, el deportado político elige ser deportado, porque podría haberse quedado en casa sin plantear resistencia alguna al régimen nazi y "esperar a que pasara la tormenta". Explica que la persecución era contra los resistentes, que él estuvo allí libremente. Ahí la paradoja: "Estoy preso porque soy libre".
    Político a la fuerza
    No poder narrar la experiencia de su deportación le cortaba la posibilidad de ser escritor, porque no podía escribir de otra cosa y prefería no hacerlo por salud. Así que encontró en la política la causa del porvenir. "En política todo está en el mañana, aunque indefinido", dice. Fue su motor vital hasta que, decepcionado, la abandona. En ese momento, regresa a la carne literaria. 
    Salir de la desmemoria
    Para Semprún hay casos en los que el silencio también es positivo, señalando su propia experiencia. "Primero, apaciguar la memoria para cerrar una reconciliación nacional", cuenta. Y confirma el espíritu de la Transición española que él mismo protagonizó. "En España hubo un proceso de transición basado en la amnistía y la amnesia y fue positivo", explica. Sin embargo, el autor insiste desde hace tiempo en que ya es hora de salir de la desmemoria en España.  
    AUTOBIOGRAFIA DE FEDERICO SANCHEZ. JORGE SEMPRÚN.PREMIO PLANETA 1977. (Libros de Lance (posteriores a 1936) - Literatura - Otros)
    AUTOBIOGRAFIA DE FEDERICO SANCHEZ. JORGE SEMPRÚN.PREMIO PLANETA 1977.
    Un militante del Partido Comunista de España, al que se conoce por el nombre de guerra de "Federico Sánchez", evoca sus experiencias en el período de inspiración estalinista y sus actividades clandestinas en España, hasta su expulsión del Partido en los años sesenta por discrepancia de criterio con sus dirigentes. La narración no sigue ningún orden cronológico y sus diversos episodios sirven continuamente de trampolín para rememorar recuerdos personales, citar textos y discutir actitudes y opiniones políticas, debate que conduce a un implacable proceso de toda la evolución del comunismo desde la muerte de Lennin hasta hoy. La obra se presenta como un "intento de reflexión autobiográfica", pero el libro puede considerarse como una modalidad sui géneris de narración novelesca por el elaborado tratamiento de su contenido, que está muy lejos de ser una simple exposición directa de unos hechos autobiográficos. Estos materiales se ordenan y se componen en busca de efectos y contrastes con la misma técnica con que se procedería en el caso de estructurar una ficción pura, y es, pues, la consecuencia literaria obtenida lo que cuenta desde el punto de vista novelesco. Relato singular y apasionante por las cuestiones que se discuten, la segura eficacia de su prosa y la fuerte personalidad de un gran escritor, esta Autobiografía de Federico Sánchez, ganadora del Premio Planeta 1977, no sólo tiene un valor único como opinión y testimonio, sino que además devuelve a la literatura española una de las figuras de mayor relieve de la narrativa europea actual.



    Un gran hombre en el tumulto


    MARIO VARGAS LLOSA 08/06/2011

    Yo creo que Jorge Semprún vivió no como testigo sino como protagonista los grandes tumultos históricos del siglo XX... Acometió la lucha contra el fascismo, fue un militante de la Resistencia y vivió la experiencia atroz de los campos de concentración de los que salvó de milagro. Luego vivió la ilusión comunista y las grandes facturas del comunismo cuando se rebelaron los campos de concentración, el GULAG... Participó después del intento de la experiencia eurocomunista y fue purgado por el comunismo estalinista. Pero no se desilusionó. Siguió siendo un militante luchando por una democracia de izquierdas con la que se comprometió. Fue también un gran escritor comprometido cuyos libros son un testimonio vivo con el que ingresó en las polémicas contemporáneas. Como Albert Camus, la suya fue una literatura llena de una gran preocupación moral. Fue un magnifico escritor, gran ensayista, muy amigo de sus amigos, un hombre servicial y sin fronteras, un europeo con una visión transnacional y generosa. La muerte de Semprún es una perdida que vamos a sentir mucho todos, los españoles, los franceses, la Europa en la que creyó; era una rareza, su ejemplo y su obra van a quedar. Éramos muy buenos amigos. Todos los que lo conocimos sentimos un gran vacío con esta muerte.

    El hombre que no conoció el rencor

    EDUARDO ARROYO 07/06/2011

    Se terminó. Acaba de morir el hombre que no conoció el rencor. Acaba de morir en París, en su casa de la rue de l'Université. Deseaba volver a España y ya preparaba ese viaje imposible pero antes quería que sus amigos de aquí, los de siempre, fueran a verle para que le hablaran en castellano.
    Le visité dos veces en su habitación 224 del hospital Georges Pompidou, el 9 y el 10 de mayo pasados, y mientras le hablaba él me miraba fijo, interrogativo y perplejo. En medio de miradas y silencios me dirigió unas cuantas preguntas: "¿Cómo está Isabel?", "¿te has caído de la cama?"; no resistí la tentación de responderle: "Ave María Purísima" y él me contestó agitando la mano izquierda como un abanico: "¿Sin pecado concebida?" Larga pausa. "Quiero ir a Madrid". Un Madrid donde nació y donde fue perseguido con saña en los tiempos de su responsabilidad como máximo dirigente de la acción clandestina del Partido Comunista de España. Cómo no recordar su expulsión y la de Fernando Claudín de la dirección del PCE en 1964, acompañada del posterior linchamiento propinado por sus valerosos militantes. Quisiera recordar también aquí aquella divertida conversación telefónica en París durante la cual expresé mi deseo de entrar en el Partido porque estaba convencido de que ya estaba maduro para esa adhesión y además quería que me apadrinase. Me comentó que lo veía difícil porque acababan de echarle, a lo que respondí inmediatamente que el tema ya no me interesaba lo más mínimo. Desde luego, este asunto se volvió un tema recurrente y jocoso en nuestras conversaciones ulteriores.
    Preferiría no recordar que, más tarde cuando era ministro de Cultura, no había día en que los periódicos de fuego amigo no lo trataran de franchute, gabacho y afrancesado. Y cambiando de tercio, vista la situación que se nos avecina y ante la avalancha que se anuncia, espero que los consulados franceses en nuestro país tengan que hacer horas extraordinarias para repartir pasaportes, no de nacionalidad francesa sino de nacionalidad afrancesada. Sí, era afrancesado también cuando era de los pocos (quizás el único) que practicaba un silencio espeso sobre lo tratado en el Consejo de Ministros. Fue también el único que defendió a rajatabla y con valentía la posición de su Gobierno, mientras muchos de sus compañeros se escapaban, miraban para otro lado e impertérritos oían frases como la de "boquitas manchadas de sangre" que salían a borbotones entre los labios de aquellos que no dimitían a pesar de haber sido nombrados a dedo por el Gobierno que tanto vilipendiaban. En aquellos interminables Consejos de Ministros el vicepresidente enfrascado en la lectura de la vida de Lou Andreas Salomé (y en la presencia de su amigo de siempre -también ministro- que al cerciorarse de la actitud de la eminencia gris del Gobierno tomó la decisión de no hablarle más) no dirigía la palabra al que no conoce el rencor.
    Y prosigamos hasta el cese de este hombre sin rencor. "¿Es que no comprendes los equilibrios necesarios, compañero?" ¿Para qué seguir? Pero sigamos. Al día siguiente de su defenestración le quitaron el coche oficial. Sí, al día siguiente, y vino a hospedarse en mi casa, sin rencor. Colette, su mujer, él y yo tuvimos que atravesar el Paseo del Prado andando y cargados de bolsas, las últimas bolsas, porque las calles estaban cortadas por la maratón que se celebraba en Madrid e impedía que los taxis cruzaran de una parte a otra. En una de las bolsas abiertas que yo llevaba se adivinaba una toalla que envolvía un trozo de jabón. Emblema inequívoco de una salida sin rencor.
    Y no es que los franceses lo trataran mejor. Eso sí, sin rencor pero con firmeza. Jean D'Ormesson y Hélène Carrère d'Encausse le insistieron para que postulase a un sillón a la Academia francesa de la lengua. Lo hizo y se equivocó -como si no los conociera. El caso es que bastantes académicos impidieron su ingreso porque fue comunista y porque era español. El que escribía en un francés rico y preciso bellas páginas conmovedoras. Sin rencor. No obstante aquel episodio me lleva a evocar su elección como miembro de la Academia Goncourt, una institución que sólo requiere que el integrante sea autor... de lengua francesa.
    Lo acompañé a Buchenwald en su segundo o tercer viaje desde que fue liberado en 1945. Recuerdo tanto el frío intenso como al joven conservador del museo del campo de exterminio que después de darnos la bienvenida nos espetó con ironía que lo de la bienvenida era un modo de decir. Jorge se abrazó a él y mirándome me dijo algo así como que los alemanes eran increíbles. Ni un asomo de rencor ante mis frecuentes protestas. Alguien dirá mejor que yo lo que Jorge Semprún ha representado en la Historia del siglo que terminó y en una parte del que acaba de empezar. Yo retengo como una obsesión su mirada mientras su mano reposaba en la mía. ¿Warum? ¿Por qué? El nunca conoció el rencor. Yo sí... pero a pesar de su desaparición me quedan sus ojos y su mirada. Ni rencor por la muerte, ni rencor por la vida.
    Eduardo Arroyo es artista
    http://www.elpais.com/articulo/cultura/hombre/conocio/rencor/elpepucul/20110607elpepucul_8/Tes



     Jorge Semprún
    El último encuentro
    JUAN CRUZ 07/06/2011
    Durante semanas he llevado conmigo una libretita en la que apunté todas las preguntas que debía hacerle a Jorge Semprún en la última entrevista que tuvimos, el 16 de noviembre de 2010 en su casa de París. Un objeto que llevaba como un conjuro, su vida contada por él y contada por otros, todo en la cuadrícula de un cuaderno para detener el tiempo ahí, para tener siempre esa mirada de Semprún descrita en el bloc. Un ejercicio imprescindible para enfrentarse a un entrevistado de esa altura. Con él no valían las conversaciones banales, Semprún siempre extraía de la vida hasta el último detalle, y ese detalle se quedaba en su mirada como una piedra. Ahí estaba, mirando, mirando siempre, escrutando él mismo este cuadernito que ahora relata aquel encuentro en pretérito perfecto. En aquel encuentro, Jorge de vez en cuando lanzaba una carcajada. Era otro Semprún, pero el del dolor hasta en los sueños era ese día el Semprún que tenía delante. Estaba a punto de ser operado, o eso creía él, y se preparaba para su cumpleaños con una profunda melancolía. El dolor no le dejaba festejar nada. Y ya lo tenía en los ojos, acaso como el miedo a la tortura en la bañera de Buchenwald.
    Semprún era siempre una mirada exigente, sobre el amigo y sobre el periodista; cuando reía te daban ganas de abrazarlo, como si hubieras superado la barrera de sus ojos, como si hubieras sido aceptado en el círculo riguroso de sus exámenes. Ante él no podías acudir sin haberte aprendido algunas lecciones de su vida, y ahí estaban esas expresiones que lo marcan: la intimidad, la memoria, el dolor, la maldad en el siglo XX que él sufrió en carne propia, los malentendidos, los arrepentimientos, la tortura que sufrió, las delaciones, el miedo a la muerte, la nieve en Buchenwald, los recuerdos de las delaciones, la mezquindad de Carrillo, la ingenuidad de Líster, el día que Felipe le dijo que se hiciera ministro español...
    Era extremadamente preciso, respondía con la sagacidad de un historiador y con la profundidad de un filósofo; siempre era un narrador, y a veces era el poeta que narró, ante sus viejos camaradas de Buchenwald, el día glorioso y dramático en que al fin vieron revolotear algunos pájaros sobre el campo de concentración, en abril de 1945, cuando acabó la guerra... En persona, este hombre que nos acaba de dejar era la quintaesencia de un europeo, muchos pasaportes, muchas patrias, un solo objetivo: contribuir a dejar un legado europeo, a no pasar en vano por este continente herido por tanta guerra, un territorio con el que se comprometió hasta el dolor. En Buchenwald, en abril de 2010, meses antes de este último encuentro, Semprún dijo que aquel horno terrible incendió el espíritu europeo que debía pervivir. Sobre las cenizas, una Europa nueva, y ahí estaban los testigos del pasado y muchos jóvenes que lloraban o gritaban con él el viva Europa que vino a ser aquel discurso, las últimas palabras ya de Semprún en Buchenwald... De eso íbamos a hablar, de él, de Europa, de su legado.
    Estábamos junto a la cocina de su casa, en el tercer piso de un apartamento silencioso y lleno de recuerdos, de dos pisos. Nosotros estábamos arriba, en una mesa redonda desde la que escuchábamos los ruidos de los cacharros en los que se preparaba un guiso. Semprún estaba ahí a la vez sereno y rabioso, repasaba su historia y la de sus amigos, algunos de los que cuales fueron luego adversarios o enemigos. Recuerdo el furor que descargó contra Carrillo, por ejemplo, a quien le reprochaba el silencio que guardó sobre un decenio terrible, a partir de 1943, cuando el líder comunista mandaba sobre los comunistas del exilio. Sereno y rabioso al mismo tiempo, pero siempre lúcido. La memoria de Semprún era como la electricidad de sus ojos: minuciosa, insobornable. Por un dato podía cruzar una ciudad o el mundo. Entonces me pidió libros que acaban de publicarse en España, para nutrir su memoria, para alimentar libros que estaba pensando escribir, para seguir alerta con respecto a un país que es también, con el dolor que aturde su espina dorsal, el suyo, estuviera donde estuviera.
    Juan Millás, el fotógrafo de EL PAÍS Semanal, merodeaba por la casa, haciendo su trabajo en silencio, y Jorge de vez en cuando reparaba en esa presencia. Qué estará haciendo, qué retratos de su intimidad estaría tomando el joven fotógrafo. Acababa de salir la biografía más larga y más completa sobre su vida y sobre su obra, y él estaba asustado hasta cierto punto, pues algunas cosas no le gustaron y, además, temía que ese disparadero biográfico lo pusiera en las manos del cotilleo. Ya él había escrito sus memorias, casi todas, pero aún le quedaban algunos trozos de vida que no le habían salido de su manera de contar. Un tiempo después vino a Madrid, y bajo el sol engañoso de febrero hizo algunas gestiones en la calle, vestido como solía, como un caballero moderno que escogiera sus camisas para empañar el tiempo que le había caído encima.
    Antes de aquel último encuentro en París fui a verle con Daniel Mordzinski, ahí íbamos a hablar de Europa. Y esa vez el fotógrafo le pidió que posara en su cama, acaso la foto del dolor. Cuando acabamos la entrevista él quiso llevarnos a su restaurante favorito ("Ahí va ahora Obama, ¡pero yo lo vi antes, ja ja ja!"), y fue a prepararse para salir a la calle. Su suéter oscuro de cuello de cisne, su chaqueta de pata de gallo... Cuando subió los escalones que separaban su cuarto de este comedor donde meses más tarde estaríamos Millás y yo, en los ojos de Semprún estaba la crónica más precisa del dolor que le martirizó hasta la memoria. "No puedo, no puedo".
    En enero de este año le fui a ver, porque sí. Me recibió por la tarde; la casa ya estaba en penumbra y él seguía recibiendo encargos, invitaciones; su rostro era el del Semprún atormentado por el dolor que ha convivido con él hasta que ya no pudo más. Le llamó, mientras estuve allí, Basilio Baltasar, que le invitaba a un encuentro en Formentor. Sí, le apetecía mucho. Repartir memoria, recibirla. Castellet, tantos amigos, qué recuerdos de Formentor, Jaime Salinas, Barral, sí, iré. Con la mente y con las palabras estaba siendo el Semprún que reía ante la perspectiva de seguir viviendo, pero su rostro, el aire que se le había posado en los ojos, era el de una despedida ante la que se comportó con serenidad y con rabia, jamás con olvido. Un gran tipo cuya mirada no morirá jamás para aquellos que lo miraron de frente. Ahora miro la libretita en la que anoté mis preguntas y veo en torno a aquella mesa redonda a Semprún estrujándose la frente, el pelo blanco, buscando entre sus recuerdos el edificio personal que fue su vida. Mirando.
    Bibliografía

    §  1963.- El largo viaje (escrito en francés, Le grand voyage).
    §  1967.- El desvanecimiento (escrito en francés, L'évanouissement).
    §  1969.- La segunda muerte de Ramón Mercader (escrito en francés, La deuxième mort de Ramón Mercader).
    §  1977.- Autobiografía de Federico Sánchez (escrito en castellano).
    §  1980.- Aquel domingo (escrito en francés, Quel beau dimache!; traducción literal: ¡Qué bello domingo!).
    §  1981.- La algarabía (escrito en francés, L'algarabie; esta palabra no existe en francés).
    §  1983.- Biografía de Yves Montand (escrito en francés, Montand la vie continue)
    §  1986.- La montaña blanca (escrito en francés, La montagne blanche).
    §  1987.- Netchaiev ha vuelto (escrito en francés, Netchaïev est de retour).
    §  1993.- Federico Sánchez se despide de ustedes (escrito en francés, Federico Sánchez vous salue bien).
    §  1994.- La escritura o la vida (escrito en francés, L'écriture ou la vie).
    §  1998.- Adiós, luz de veranos (escrito en francés, Adieu, vive clarté...; traducción literal: Adiós, viva claridad...).
    §  2001.- Viviré con su nombre, morirá con el mío (escrito en francés, Le mort qu'il faut; traducción literal: El muerto que hace falta).
    §  2003.- Blick auf Deutschland.
    §  2003.- Veinte años y un día (escrito en castellano).
    §  2005.- El hombre europeo, junto a Dominique de Villepin (escrito en francés, L'Homme européen).
    §  2006.- Pensar en Europa (recopilación de artículos, conferencias y discursos).
    Filmografía
    Ha participado como guionista (salvo que se indique lo contrario) en los siguientes largometrajes:
    §  1966.- Objectif 500 millions de Pierre Schoendoerffer.
    §  1966.- La guerra ha terminado de Alain Resnais.
    §  1969.- Z de Costa-Gavras.
    §  1970.- La confesión de Costa-Gavras.
    §  1972.- El atentado de Yves Boisset.
    §  1974.- Las dos memorias, guion y dirección.
    §  1974.- Stavisky de Alain Resnais.
    §  1975.- Section spéciale de Costa-Gavras.
    §  1976.- Une femme à sa fenêtre de Pierre Granier-Deferre.
    §  1978.- Las rutas del sur de Joseph Losey.
    §  1983.- Los desastres de la guerra de Mario Camus. (Serie de Tv)
    §  1986.- Les Trottoirs de Saturne de Hugo Santiago.
    §  1991.- Netchaiev ha vuelto de Jacques Deray.- adaptación de su novela realizada por Dan Franck y Jacques Deray.
    §  1995.- El caso Dreyfus de Yves Boisset (Serie de TV).
    §  1997.- K de Alexandre Arcady.
    Premios
    §  1964.- Premio Formentor por El largo viaje.
    §  1969.- Premio Fémina (Francia) por La segunda muerte de Ramón Mercader.
    §  1977.- Premio Planeta por Autobiografía de Federico Sánchez.
    §  1994.- Premio Fémina Vacaresco por La escritura o la vida.
    §  1997.- Premio libertad (Feria del libro de Jerusalén).
    §  1999.- Premio Nonino.
    §  2003.- X Premio Blanquerna (Generalitat de Catalunya).
    §  2003.- Medalla Goethe (Instituto Goethe de Weimar).
    §  2004.- Premio José Manuel Lara por Veinte años y un día.
    §  2006.- Premio Annetje Fels-Kupferschmidt
    http://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_Sempr%C3%BAn 


    Jorge Semprún 
    El largo viaje (fragmento)

    " 
    Este hacinamiento de cuerpos en el vagón, este punzante dolor en la rodilla derecha. Días, noches. Hago un esfuerzo e intento contar los días, contar las noches. Tal vez esto me ayude a ver claro. Cuatro días, cinco noches. Pero habré contado mal, o es que hay días que se han convertido en noches. Me sobran noches; noches de saldo. Una mañana, claro está, fue una mañana cuando comenzó este viaje. Aquel día entero. Después, una noche. Levanto el dedo pulgar en la penumbra del vagón. Mi pulgar por aquella noche. Otra jornada después. Aún seguíamos en Francia y el tren apenas se movió. En ocasiones, oíamos las voces de los ferroviarios, por encima del ruido de botas de los centinelas. Olvídate de aquel día, fue una desesperación. Otra noche. Yergo en la penumbra un segundo dedo. Tercer día. Otra noche. Tres dedos de mi mano izquierda. Y el día en que estamos. Cuatro días, pues, y tres noches. Avanzamos hacia la cuarta noche, el quinto día. Hacia la quinta noche, el sexto día. Pero ¿avanzamos nosotros? Estamos inmóviles, hacinados unos encima de otros, la noche es quien avanza, la cuarta noche, hacia nuestros inmóviles cadáveres futuros. Me asalta una risotada: va a ser la Noche de los Búlgaros, de verdad. 
    –No te canses –dice el chico.
    En el torbellino de la subida, en Compiègne, bajo los golpes y los gritos, cayó a mi lado. Parece no haber hecho otra cosa en su vida, viajar con otros ciento diecinueve tipos en un vagón de mercancías cerrado con candados. «La ventana», dijo brevemente. En tres zancadas y otros tantos codazos, nos abrió paso hasta una de las aberturas, atrancada con alambre de púas. «Respirar es lo más importante, entiendes, poder respirar». 
    (...)
    Pero he aquí el valle del Mosela. Cierro los ojos y saboreo esta oscuridad que me invade, esta certeza del valle del Mosela, fuera, bajo la nieve. Esta certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal. Procuro mantener los ojos cerrados, el mayor tiempo posible. El tren rueda despacio, con un monótono ruido de ejes. Silba, de repente. Ha debido desgarrar el paisaje de invierno, como ha desgarrado mi corazón. Deprisa, abro los ojos, para sorprender el paisaje, para cogerlo desprevenido. Ahí está. Está, simplemente, no tiene otra cosa que hacer. Podría morirme ahora, de pie en el vagón atiborrado de futuros cadáveres, él seguiría ahí. El valle del Mosela estaría ahí, ante mi mirada muerta, suntuosamente hermoso como un Breughel de invierno. Podríamos morir todos, yo mismo y este chico de Semur-en-Auxois, y el viejo que aullaba hace un rato sin parar, sus vecinos han debido derribarle, ya no se le oye, él seguiría ahí, ante nuestras miradas muertas. Cierro los ojos, los abro. Mi vida no es más que este parpadeo que me descubre el valle del Mosela. Mi vida se me ha escapado, se cierne sobre este valle de invierno, es este valle dulce y tibio en el frío del invierno. 
    "


    PUBLICO.ES/EFE Madrid/París 12/06/201



    Jorge Semprún recibe el último adiós 
    envuelto en la bandera republicana
    El escritor y ex ministro de cultura ha sido enterrado 
    según sus deseos en la localidad francesa de Garentreville


    El ataúd de Jorge Semprún cubierto por una bandera republicana, Garentreville, Francia.
    El escritor y exministro españolJorge Semprún, fallecido el pasado martes en París a los 87 años, ha sido enterrado en la localidad de Garentreville, a una cincuentena de kilómetros de París, envuelto en la bandera republicana, como era su deseo.
    Al entierro asistieron, entre otros,Felipe González, presidente del Gobierno en el que Semprún fue ministro de Cultura, la actual titular de ese departamento, Ángeles González-Sinde o Carmen Claudín, hija del exdirigente del Partido Comunista de España (PCE).
    Igualmente acudieron dos exministros que coincidieron con él en el Ejecutivo: el que estuviera al cargo de la cartera de Economía, Carlos Solchaga, y el que se ocupó de Industria, Claudio Aranzadi; y los embajadores españoles en Francia, Carlos Bastarreche y ante la UNESCO, Ion de la Riva.
    Amigos, personalidades políticas y del mundo de la cultura se han reunido para despedir a Semprún
    También estuvieron presentes para dar el último adiós a Semprún el director general del Libro, Rogelio Blanco y el director del Instituto Cervantes de París, Enrique Camacho, quien anunció que va a organizar un homenaje en la capital francesa.
    Por su parte, Javier Pradera, amigo del difunto con el que había participado en la acción clandestina comunista contra el franquismo, recordó la figura poliédrica de Semprún.
    El mundo de la cultura francesa también estuvo representado en el entierro con, entre otros, el actor Michel Piccoli, la hija del fallecido escritor André Malraux, Florence, la presidenta de la Academia Goncourt (a la que pertenecía Semprún), Edmonde Charles-Roux, el escritor y consejero presidencial Alain Minc o el empresario y periodista Pierre Lescure.
    En la localidad de Garentreville, Semprún tenía una casa y allí había sido enterrada su segunda mujer, Colette.
    Semprún fue homenajeado en el liceo Henri IV de París donde estudió entre 1938 y 1941, acto en el que se recordó la biografía del fallecido, con su paso por el campo de concentración de Buchenwald, tras ser detenido por los nazis en la resistencia francesa contra la ocupación.
    http://www.publico.es/culturas/381529/jorge-semprun-recibe-el-ultimo-adios-envuelto-en-la-bandera-republicana

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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