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    sábado, 19 de marzo de 2011

    Francisco Machuca La edad de las ilusiones (un recuerdo)

    "No, no es posible recoger todos los escombros. Hay demasiados. Y así quedan entre el horror de la luz y una vida cotidiana."
    Jorge Guillén
    Como metáfora de la vida, la búsqueda de una vida significativa, el recurso del viaje, es el más sencillo que existe. Nuestra vida es un viaje y siempre me había sentido atraído por las historias sobre viajes en las que las cosas evolucionan alrededor de los protagonistas. Es la eterna, la vieja ley de los caminos: las misteriosas y nunca escritas ordenanzas que orientan la brújula loca y espantada que anida en el corazón de los errabundos. El protagonista y el espacio se identifican, se caracterizan mútuamente. El espacio nos ayuda a mostrar lo que ese personaje siente. La pasión de la exaltación de la individualidad. Atrapar la esencia fugitiva de las cosas, las personas y los paisajes. Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el ser humano sabe para siempre quién es. ¿En dónde sinó, está el espacio de libertad donde poder decir lo que nos dé la gana? ¿Donde respirar sin cortapisas? Vivimos en un mundo de normas invisibles. Casi cien leguas se pierde cada día en el mundo. Las cosas te definen y te asfixian. La historia de los caminos que nunca tomamos es la más difícil de imaginar.
    Recuerdo que cuando cayó en mis manos En el camino, de Jack Kerouac, era ya demasiado tarde. Yo tenía 15 años. Corría los ochenta y España vivía la euforia de un esplendor económico que no tardaría en caer por su propio peso. La expansión económica era una carnaza para el proletariado que confundió la sociedad del bienestar con la acumulación de horas extras, segundas residencias y unas deudas que nunca acabarían de pagar. Los jóvenes se volvieron conservadores. El proceso económico no hace a la gente progresista, sino conservadora. Las universidades se abarrotaron de estudiantes de cuyas carreras escogidas se orientaban a las necesidades de la producción. Las necesidades de subsistir por un sueldo los había obligado a interesarse en el juego sutil, complejo e infinitamente fatigoso de los ascensos.
    Como decía, leí En el camino en un momento crucial de mi vida. Trabajaba sólo por dinero debido a la moral de mis padres. Tenía que trabajar mucho y ahorrar para prevenir el futuro. Sí, yo venía de una de esas familias abyectas y rapaces. Un padre dilapidador e irresponsable que me marcó prematuramente, con devastadores sufrimientos y reveses morales. Me sometía forzosamente a una vida, que por otro lado, nunca le funcionó a él. Con mis padres todo quedaba aplazado respecto a lo que era para mí valioso y delicado. Lo primordial para ellos era tener una existencia recoleta y un mundo en el cual todo debía estar organizado. No recuerdo quién dijo que quien desde un principio obedece, ya no puede dejar de obedecer. He despreciado a esa gente que se creen grandes porque trabajan sin descanso, pero esos trabajos eran una prueba de sus debilidades. Estaban condenados a aprender todas esas cosas inútiles al precio de sus sudores: eran esclavos antes de nacer y desgraciados antes de vivir.
    Tras finalizar la lectura de la novela de Kerouac, en sólo un día, como un zarpazo brutal, la vida me echó encima todo el peso de una realidad que durante años me habían escamoteado mis padres. Tuve conciencia por primera vez de la eterna traición entre generaciones, el choque de valores entre padres e hijos, porque ven el mundo inevitablemente de otra manera, concepto que hoy ha perdido el verdadero sentido. "Los seres humanos no deben sucederse unos a otros." Goethe. No tenía una idea clara de lo que tenía que hacer en la vida y, sobre todo, de lo que me convenía, pero supe que el colmo de la miseria era la repetición, es decir, hacer siempre las mismas cosas sin esperanza de cambiarlas o de que nos cambien. La indolencia y la apatía. No podía vivir sin una libertad espontánea de movimiento. Intuí que toda negación significaba una búsqueda. Pero como acabo de decir, los tiempos no daban para mucho. Mitifiqué un país (Estados Unidos) como se mitifica todo lo que consideramos inalcanzable.

    En la novela corrían los años cincuenta cuando un grupo de artistas rechazaban las convenciones de su tiempo. Situación en la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, el relato de Sal Paradise de sus viajes a través de Estados Unidos se convirtió en emblemático de la lucha por retener la libertad del Sueño Americano en un momento histórico más sobrio. El rechazo a la conformidad doméstica y económica en favor de la búsqueda de comunidades libres y abiertas y de experiencias individuales intensificadas fueron constituyentes claves de la emergente cultura beatnik. Luego supe que Kerouac murió de una forma ambigua impropia de él, irónica. Habría sido mucho mejor que hubiera terminado como James Dean o como su amigo Neal Cassaday, que había muerto de frío en una vía de tren. Kerouac murió prácticamente en la casa de su madre. Estaba viendo la televisión. Se levantó del sofá para ir a la cocina en busca de una cerveza. De repente vomitó sangre, y, aquí se acaba la historia. Comprendí que somos unos pobres diablos uncidos de por vida a un destino mediocre. No ignoro lo que significa que el entorno se convierta en extraño y deje de gustarnos, quiero decir que hemos envejecido de golpe, sin apenas percibirlo y entonces nos sumergimos en la melancolía. Jack tenía 47 años cuando murió.

    Con el tiempo dejó de interesarme el movimiento de los sesenta, tras la generación beatnik de los cincuenta. Lo consideraba fuegos de artificio, decepcionante, como si un desenlace prometedor hubiera quedado truncado. Los Beatles, por ejemplo, no fueron unos héroes de la contracultura, sino capitalistas que explotaron a los jóvenes con fines comerciales. Hicieron tanto por representar los intereses de los jóvenes de la nación como las Spice Girls de los años noventa. Mayo de 68 empezaron una revolución y acabaron metiéndose en publicidad. Mayo de 68, que debía haber alumbrado una nueva civilización y que no supo, en cambio fue el final de la edad de las ilusiones. Creo que no hubiera sido mi fiesta. Sobraba agresividad y exhibicionismo. Aquello no fue un movimiento de clase social, sino algo más simbólico y plural, En fin, uno es poco adicto a los ideales colectivos. El futuro es solamente un inmenso vacío, la de que el futuro no es más que el tiempo de que el eterno presente se alimenta. El presente intenta dominar un futuro que ya no puede ser vivido. El mañana a expensas del hoy, el hoy que nunca llega a tiempo, que pierde siempre sus apuestas. Hemos aprendido, o no, que en realidad, pocas cosas condicionan más nuestra libertad en el futuro que el uso que hayamos hecho de esa misma libertad en el pasado. Sueños enconados y aviesos. Horrible sueño, desencadenados pensamientos en la vigilia. Llegamos muy cansados y heridos a los lugares más comunes. Se nos rebela lo cercano creyéndolo de siempre lejano. Ese oscuro camino que separa el deseo de la realidad; o mejor, la irreversible pérdida de indentidad del hombre contemporáneo, anclado en un mundo que ni controla ni entiende, en el que las voces y los ecos se confunden en medio de una niebla miserable e inquietante. Un mundo peligroso porque está sin control, porque el orden es un nuevo apunte terminológico y porque se ha arruinado la espontaneidad de los individuos. A veces parece que haces cosas en la vida que no van a ninguna parte, pero todo suma. Hemos perdido el norte. Nos sentimos desorientados. Nos engañamos y no somos capaces de encajar nuestros problemas. Cada cual pierde lo que busca, pero además se pierde en lo que busca, un destino común. Llevamos la tristeza en los ojos, espejo del mundo.


    Hoy pienso que cada uno opta por las opciones que la vida te permite escoger. Ya no estamos enojados con nuestros padres sino con nosotros mismos. La vida está hecha, desde muchos años atrás, de malentendidos. El tiempo se detiene cuando vemos claramente que toda acción es inútil o dañosa. Nada es de ningún sitio concreto y que el estado más lúcido del ser humano es no tener nada y sentirse extranjero siempre. No hay destino que no supere el desprecio. Frente a la mirada transfiguradora existe la mirada claudicante. El desánimo, la tristeza, el aburrimiento, la desesperanza, sólo permite ver un paisaje desolado e intransitable. La moral, la historia y la experiencia de cada día nos enseña que para alcanzar el equilibrio no hay una infinidad de secretos, no hay más que uno: someterse. Significa, pues, el paisaje de cada uno la esfera, de sus capacidades, todo lo que puede aspirar a ser y, al propio tiempo, el coto cerrado del cual no puede salir jamás. El paisaje es nuestra limitación, nuestro destino.
    Ya no estoy en condiciones de rehacer mi vida sino para terminar mis días en condiciones aceptables, y eso ya encierra una gran proeza.
     Ya no van quedando opciones en el mundo. A mí ahora el afecto me ancla ya la memoria.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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