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    miércoles, 2 de febrero de 2011

    Una casa a orillas del Sena

    No he pasado una mala noche, excepto cuando algunas ráfagas de viento se colaban por debajo de los cobertores. El frío del invierno es suficiente para despertarse de un salto, a no ser que uno haya estado tomando licor, caso en el cual puede morir de hipotermia. Estiro los brazos y toco el techo, que es el Pont de Sully, uno de los 37 que unen las dos mitades que, a lado y lado del río, forman París. Un apartamento de 30 metros cuadrados en el barrio cuesta 800.000 euros (unos 1.800 millones de pesos). Si es sólo alquilado, 1.700 por mes. Un almuerzo en cualquiera de los restaurantes del sector, 25 euros, postre incluido. Amanecer frente al Sena todos los días, no tiene precio.

    Entre el río y la base del puente hay un Audi y un Mercedes, las dos marcas favoritas en el sector de la isla Saint-Louis, que, junto a la isla la Cité, forman el centro del centro de París. Notre Dame, el ayuntamiento y el Louvre están a un par de calles, y en el sector los precios del mercado inmobiliario han subido tanto que los parisinos se quejan de haber sido “desplazados” por jóvenes empresarios norteamericanos, ejecutivos japoneses y miembros de familias reales de estados petroleros. Una situación que, con sus variaciones, se repite a lo largo de toda la ribera del río a su paso por la ciudad.

    Aunque no pertenece a los mismos dueños de los carros, luego del garaje comienza la casa: una mesa con una olla quemada encima y una cuchara de plástico, dos sillas que no hacen juego, un par de armarios vacíos y un fogón todavía encendido. Las habitaciones son colchonetas rodeadas de retazos de carpas que cuelgan de las vigas. El Sena es silencioso, y al ruido de los carros que cruzan el puente uno se acostumbra.

    Se escucha la fiesta. Grupos de jóvenes cantan con botellas en la mano, algún oficinista deambula luego de salir a tomar aire en una de las barcazas ancladas de manera permanente en la orilla, que con el tiempo se han convertidos en bares, y decenas de turistas japoneses fotografían los puentes desde los barcos mosca, mientras una grabación narra el recorrido: “A su derecha pueden observar algunos palacetes”.

    “Es cool vivir bajo los puentes”

    –¿Qué día es? –pregunta uno de los jóvenes polacos que viven bajo el Pont des Arts, cuya parte superior es el sitio de sentarse a tomar.

    –Domingo –digo.

    Uno de sus compañeros traduce:

    –Niedziela.

    –Entonces puedo dormir un poco más –dice antes de regresar a su carpa. Hace tres meses vive con tres compañeros en la base del puente. Sólo uno de ellos habla francés en forma fluida.

    –Es cool vivir bajo un puente de París –dice.

    Es el mismo afortunado que convenció a su novia de venir con él. Ella tiene los ojos verdes y gigantes y, como los otros, su vocabulario se limita a un par de frases básicas en francés, suficientes para trabajar de vez en cuando.

    –Uno puede ganar cincuenta euros al día trabajando en pintura o albañilería –cuenta.

    La dieta es rica en harinas, que son baratas, pero pobre en carne. Hoy preparan arroz con fríjoles. Sabe bien. De vez en cuando el viento tumba los anuncios de galerías Lafayette que sirven como pared, pero por prueba y error los han ido haciendo más resistentes.
    Marc frente al fuego
    Antes de regresar para pasar mi segunda noche bajo el Pont de Sully, compro salchichas con fríjol blanco, verduras y albóndigas, todo en lata, listo para cocinar y comer. Un hombre con un pastor alemán está sentado frente al fuego, de espaldas al río. Le ofrezco los enlatados.

    –¿Para qué trajiste esto? –pregunta–. Ya tenemos comida.

    Se llama Marc. Llegó a Francia hace treinta años. Aunque es croata se define como yugoslavo, y no le gusta que se hable de la “antigua Yugoslavia”.

    –Cuando salí, dije que nunca iba a regresar –lo que ha resultado cierto.

    Su perra se llama Tina. Marc la reprende en francés cuando se me acerca. Me reconoce.

    Los cobertores no olían a nada cuando me acosté, pero a la mañana siguiente tenía ya en mi chaqueta el olor clochard, un término que podría traducirse como “mendigo”; pero no todos los SDF (sin domicilo fijo, que es el término políticamente correcto) piden dinero, pues muchos tienen trabajos ocasionales. Por eso, según quien lo diga, en París puede haber entre dos mil y diez mil SDF. Como los túneles ferroviarios y las bodegas abandonadas, los puentes son abrigos naturales y ninguno de ellos se ha salvado de estar ocupado, al menos temporalmente, durante los últimos dos años.  

    Marc también tiene ese olor y no deja de mirar la fogata.

    –¿Es peligroso vivir en la calle?

    –No. ¿Por qué habría de ser peligroso?

    –No sé… Ideas que uno tiene. ¿La policía no los molesta?

    –No. ¿Por qué habría de molestarnos?

    Sus respuestas-pregunta no tienen el tono de quién no comprende la pregunta sino de quien la entiende y la encuentra estúpida. Uno de sus compañeros regresa y nos saluda levantando la mano. Son las tres de la tarde. Lo vemos subir a su cuarto.

    –¿Él va a salir más tarde a comer?

    –Ya se acostó. ¿Para qué va a salir?

    Si le contara a Marc que los polacos del Pont des Arts dicen que es cool vivir bajo un puente de París, me habría respondido:

    –¿Y por qué va a ser cool?

    Una fiesta junto al río

    A cincuenta metros del Pont des Arts, hay una casa que puede considerarse la obra cumbre de la arquitectura clochard parisina. Está construida con plásticos azules, madera de todo tipo y lo que parece ser un tapete imitación piel de cebra. Junto a la casa hay tres sillas alrededor de un árbol de Navidad sobredecorado. El inventario de los demás objetos que rodean la casa sería eterno, pero es precisamente esa mezcla de colores la que llama la atención de los turistas, lo que no deja de ser un gran mérito considerando que desde el mismo punto pueden verse el Louvre, la isla de la Cité y la escena de la que Zola escribió: “No existe bosque venerable, ni ningún camino de montaña, pradera o llanura, donde el sol se ponga tan triunfalmente como tras la cúpula del Instituto de Francia”.

    Sentado en un sillón con una revista de historia en las manos, Jalil, el dueño de casa, contempla esa puesta de sol. Lleva sombrero,  chaleco y gafas oscuras. Uno lo tomaría por un bluesman sino fuera por sus manos curtidas. Hace cuatro meses se instaló junto al río y dedica sus días a “leer, escuchar música y meditar”. Mientras prepara té en un fogón de campamento, Jalil me habla, con direcciones exactas, de los escritores que vivieron en la ciudad: Sartre, Miller, Asturias. No conoce a Cortázar, pero ha leído a Borges. El suelo de su casa es de cobijas y cojines, las paredes están cubiertas de bolsas de dormir. Hay bombillos fundidos, pequeños autos de juguete, pedazos de aparatos de radio y el calendario Da Vinci de la Taschen.


    –¿Te gusta Da Vinci?

    –¿A quién no le gusta Da Vinci? –dice, terminando la frase con un suspiro. 

    La edición del calendario es del año, por lo que es poco probable que alguien la haya botado a la basura. Le pregunto cómo la consiguió.

    –Cada cosa que hay en esta casa tiene su historia.

    –¿Y cuál es la historia del calendario?

    –No sé. No sé las historias de todas las cosas.

    - ¿Lo compraste?

    –No –dice enfático–. Yo vivo fuera del sistema y no tengo dinero. No compro cosas.

    –Y para comer…

    –Si como está bien; si no, también. Algunas personas me traen comida, otras me dicen que pase por su casa. Hay una dama parisina que me recibe varias veces por semana.

    El té está listo. Jalil saca una grabadora de pilas y pone un compacto de música marroquí; cuando comienza a sonar, aplaude siguiendo el ritmo. “Es la música de mis ancestros”, explica. De vez en cuando intercala una frase en español con acento y palabras de la calle. Como todo aventurero francés, Jalil dice que conoció Perú y Bolivia. No sólo eso, está al día en actualidad latinoamericana.

    –¿Qué piensas de Álvaro Uribe? –me pregunta en español.

    Le digo lo que pienso. Él está de acuerdo. Entre los dos hacemos fuego en una caneca metálica. Jalil enciende un cigarrillo y arroja la cajetilla vacía a un bote de basura.

    –No se puede ensuciar la ciudad –dice–. Soy un nómada y tomo las cosas buenas de la vida.

    –¿Tienes una mujer?

    –No –responde–. Yo no tengo mujer, tengo mujeres.

    Luego aparece una moto. Son dos chicas de unos veinte años que llegan sonriendo hasta la casa y nos saludan en español. Me pregunta si las conozco. “Nunca las había visto”, le contesto. Resultan ser una israelí recién llegada de Costa Rica y una parisina que acaba de llegar de Caracas, lleva una Constitución Bolivariana de bolsillo y cada cierto tiempo grita “¡Viva Chávez!” o “¡Viva la revolución!”. Están ahí para conocer a Jalil y le ponen como nombre Johnny Depp.

    –¿Quién es Johnny Depp? –pregunta.

    –Un actor –dice Alina, la israelí–. Un actor norteamericano.

    –¿Y es guapo?

    –Mucho .

    –De acuerdo, pueden llamarme Johnny.

    Al rato llega un francés que vive en Woodstock, NY, se acerca para tomar fotos y reparte cigarrillos a todo el mundo. Luego aparecen un negro que habla poco, una brasileña que está encantada con el look de Jalil y un francés con un twelve pack de cerveza Kronenbourg. Las dos chicas de la moto se sientan en las piernas de Jalil para las fotos.

    –Quiero que también salga mi hijo –dice y me invita a entrar en el encuadre. Luego de las fotos, cambia la música marroquí por salsa y la francesa empieza a bailar.

    –¡Viva Chávez! –grita ella una vez más.

    –¡Vivan las mujeres! –grita Jalil.

    Comenzando la primavera, el río habrá subido de nivel y no habrá rastros de la casa de Jalil. Ese “No hay rastros” es optimista, Jalil debió tener tiempo de desarmarla y llevarse sus cosas a otra parte. Eso será en un par de semanas, cuando comience a hacer calor y los periódicos dejen de dedicar pequeños titulares a los SDF que han muerto de frío mientras buscaban protegerse en un bosque o en un carro abandonado. 

    http://cartelurbano.com/node/2326

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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