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    viernes, 25 de febrero de 2011

    Desafíos a las religiones en un mundo pluralista y desigual

     
    Frei Betto •  Brasil
    Una de las características de la modernidad es el pluralismo religioso. Exige, de parte de todos nosotros, creyentes y no creyentes, la virtud de la tolerancia. Dios no tiene religión. La religión es expresión espiritual, cultural, litúrgica, de una comunidad en su relación con lo trascendente. Con el fin del período medieval se clausuró también la posibilidad de que una determinada creencia religiosa se imponga sobre las demás a través del poder político o militar.

    Aún así, perduran en casi todas las religiones grupos fundamentalistas que alimentan prejuicios y discriminaciones en razón de las diferencias teológicas, litúrgicas o históricas. Niegan el carácter laico del Estado y de los partidos políticos, y confunden evangelización con imposición, blandiendo más el anatema que el amor.

    Jesús fue el maestro de la tolerancia religiosa. Nunca condicionó una curación o un milagro a la adhesión previa a su fe. Se engaña quien piensa que, en el tiempo de Jesús, había una única religión de un Dios único. Igual que hoy, predominaba el más ecléctico sincretismo. Antíoco Epifanes había introducido, en el 167 a.C., la imagen de Dionisio en el templo de Jerusalén (2 Macabeos 6,7). Estaban vivas las religiones cananeas, asiáticas y grecorromanas, que contaban incluso con adeptos hebreos. El emperador romano era divinizado; su culto público había  sido reglamentado por Augusto.

    Según el evangelio de Juan (4,46-54), Jesús se encontraba en Caná, Galilea, cuando fue abordado por “un funcionario real, cuyo hijo se encontraba enfermo en Cafarnaún”. Y, al contrario del centurión, que no se consideró digno de recibir al Maestro en casa, en Caná el enfermo fue curado sin que Jesús fuera a verlo. “Vete, tu hijo vive”.

    El centurión no quiso que Jesús fuese a su casa porque sabía bien que los judíos tenían prohibido entrar en la casa de los paganos. Y Jesús elogió la fe de aquel pagano, hasta el punto de exclamar: “No he hallado en Israel a nadie que tenga tanta fe”. Del mismo modo, curó a la mujer cananea (Mateo 15,21-28) y volvió a colocar en su lugar la oreja de Malco, siervo del Sumo Sacerdote (Juan 18,10). Hizo el gesto amoroso sin pedirle al centurión, ni a la mujer cananea ni a Malco que abandonaran sus convicciones religiosas.

    Tolerancia es la capacidad de aceptar lo diferente. No confundir con lo divergente. Intolerancia es no soportar la pluralidad de opiniones y posiciones, ideas y creencias, como si la verdad hubiese hecho su morada en mí y todos debieran buscar la luz bajo mi alero.

    Cuenta una parábola que un predicador reunió a miles de chinos para predicarles la verdad. Al final del sermón, en vez de aplausos hubo un gran silencio. Hasta que se levantó una voz desde el fondo diciendo: “Lo que usted dice no es la verdad”. El predicador se indignó: “¿Cómo que no es verdad? ¡Yo anuncié lo que fue revelado por los cielos!” El objetante replicó: “Existen tres verdades: la suya, la mía y la verdad verdadera. Nosotros dos, juntos, debemos buscar la verdad verdadera”.

    Solo los intolerantes se creen dueños de la verdad. Todo intolerante es un inseguro. Por eso se aferra a sus caprichos como un náufrago a la tabla que lo mantiene a flote. No es capaz de ver al otro como otro. Ante sus ojos el otro es un rival, un enemigo. O un potencial discípulo que debe acatar dócilmente sus opiniones.

    El tolerante evita colonizar la conciencia ajena. Admite que, de la verdad, él solo capta algunos fragmentos, y que solo puede ser alcanzada mediante un esfuerzo comunitario. Reconoce en el otro la alteridad radical, singular, que nunca debe ser negada.

    El perfil del tolerante viene descrito por Pablo en su Himno al amor de la primera carta a los corintios (13,4-7): “Es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante. No actúa con bajeza ni busca su propio interés. No se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

    Tolerancia no es sinónimo de necedad. El tolerante no desata una tempestad en un vaso de agua, y nunca cede cuando se trata de defender la justicia, la dignidad y la honra, así como el derecho de cada uno a tener sus principios y a actuar conforme a su conciencia, siempre que ello no resulte en opresión o exclusión, humillación o muerte.

    La más repugnante de las intolerancias es la religiosa, pues divide lo que Dios unió, causa riñas y guerras, esparce odio en vez de amor. Solo el amor forja un corazón verdaderamente tolerante. Porque quien ama no contabiliza las acciones y reacciones del ser amado y hace de su vida un gesto de donación.

    La vida, don mayor de Dios

    Vivimos en un mundo desigual, marcado por guerras y sufrimientos. Según la ONU, de los 6 mil 300 millones de habitantes, 4 mil viven por debajo de la línea de pobreza. Y hay más de 800 millones de personas sobreviviendo en la inseguridad alimentaria, que provoca 24 mil muertes al día.

    De los 30 países ricos miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), por cada US$ 1 destinado a la cooperación internacional, ellos desembolsan US$ 10 para actividades militares. En el 2000 se gastaron en armamentos   US$ 524 mil millones; en el 2003, tras el 11 de septiembre, US$ 642 mil millones. Un aumento del 25 %. Y a la cooperación con las naciones más pobres apenas se destinaron US$ 69 mil millones; o sea, el 10 % de lo gastado en armas.

    La vida es el don mayor de Dios. Según el Evangelio, a Jesús le hicieron dos preguntas. La primera, que nunca aparece en boca de un pobre, es: “Señor, ¿qué debo hacer para ganar la vida eterna?” Es lo que le interesa al doctor de la Ley en la parábola del buen samaritano (Lucas 10,25-27) y al joven rico (Marcos 10,17-22). Ambos ya tenían asegurada la vida terrena.

    La segunda pregunta siempre aparece en boca de los pobres: “Señor, ¿qué debo hacer para tener vida en esta vida? Mi mano está seca y quiero trabajar; mi ojo está ciego y quiero mirar; mi hijo está enfermo y lo quiero sano; mi hermano está muerto y te ruego que lo devuelvas a la vida”. A quien pide vida en la otra vida, Jesús le responde con ironía y desafío; a los que fueron injustamente privados de condiciones de vida en esta vida, él les responde con misericordia y bendiciones.

    Hoy la muerte ronda por el mundo. Además del terrorismo y de las guerras, del hambre y de las epidemias, de la violencia y las catástrofes naturales, todavía no somos capaces de ver en el rostro de cada árabe, de cada judío, de cada africano o asiático, de cada niño de la calle de América Latina, de cada indígena o cada negro, la imagen y semejanza de Dios.


    Jesús vino a nosotros para que “todos tengan vida y vida abundante” (Juan 10,10). Esa es la misión que nos desafía en este mundo plural y desigual: cultivar la tolerancia y el diálogo interreligioso; no hacer de la diferencia divergencia; amar como Jesús amó, sin pedir certificado de convicción religiosa; erradicar las causas del hambre y la pobreza; hacer que el pan sea verdaderamente nuestro, y no solo mío o suyo, para que el Padre  pueda ser sinceramente proclamado Padre Nuestro; y luchar por la paz, que jamás nos vendrá como resultado de la imposición de las armas, sino como lo señaló, hace 2,800 años, el profeta Isaías: solo habrá paz como fruto de la justicia (32,17).

    Traducción de J.L.Burguet

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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