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    domingo, 9 de enero de 2011

    ALBERT CAMUS (1913-1960)


    Cómo escapar al olvido

    Para los franceses no hay dudas, él es el escritor nacional más importante del siglo XX. Y ahora, mientras se recuerdan los cincuenta años de su muerte, Camus experimenta una suerte de revival en todos los terrenos: sus obras se reeditan, se publican nuevos ensayos sobre su figura (entre ellos el álbum “Albert Camus. Solidario y solitario”, recopilado por su hija Catherine) e incluso el presidente francés, Nicolas Sarkozy, propuso que sus restos sean trasladados al Panteón, donde descansan Victor Hugo, Emile Zola y André Malraux. Vida y obra de un escritor que supo estar siempre en el centro de los debates más candentes.

    Por Christian Riavale*

    Juntos. Con sus hijos Jean y Catherine, que acaba de recopilar un libro de ensayos sobre su padre.

    En plena época de su polémica con Jean-Paul Sartre y la divine gauche francesa, Catherine Camus encontró a su padre sentado en una hamaca, con gesto abatido, en el jardín de su casa de Lourmarin.
    —¿Estás triste, papá? –se inquietó la pequeña.
    —No, hijita. Estoy solo –le respondió.
    La soledad en los difíciles momentos de los combates políticos, éticos, morales y artísticos fue el sino que acompañó al escritor francés Albert Camus durante sus 46 años de vida. El 4 de enero de 1960, apenas 26 meses después de haber recibido el Premio Nobel de Literatura, la muerte –agazapada detrás de un plátano en la estrecha ruta N° 5– lo sorprendió en plena gloria, al sur de Fontainebleau: impulsado por los 335 caballos de fuerza de su motor, el poderoso Facel Vega deportivo que conducía Michel Gallimard se estrelló contra un árbol.
    Camus, que viajaba sin cinturón de seguridad, fue expulsado a través del parabrisas y murió en el acto. Michel Gallimard lo hizo en el hospital, después de una semana de agonía. Las dos ocupantes del asiento trasero, Janine y Anne –mujer e hija de Michel– sufrieron heridas sin gravedad.
    En el arrugado portafolio de cuero negro que siempre acompañaba a Camus, la policía encontró un billete de tren sin usar –para regresar a París– y el manuscrito de El primer hombre, dedicado a “quien nunca podrá leerlo” (su madre analfabeta). Al cumplirse medio siglo de ese absurdo accidente, Francia empieza –por fin– a reconocer la importancia que tuvo Camus como “intelectual comprometido”, una categoría en vías de extinción.
    La figura del intelectual comprometido, según el historiador Jean-Marie Goulemont, proviene de la intervención que tuvo Voltaire en 1762 para defender la causa del protestante Jean Calas. Injustamente acusado del asesinato de su hijo, fue ejecutado en la hoguera. Durante tres años, el filósofo multiplicó sus escritos, incluyendo su famoso libro El caso Calas, hasta obtener una revisión del proceso y la rehabilitación de Calas, en 1765: “Cuando predicamos la tolerancia […] servimos a la naturaleza y restablecemos a la humanidad en su derecho”, proclamó Voltaire en su alegato. Esa frase podría haber sido firmada por Camus, uno de los pocos intelectuales que jamás aceptó cerrar los ojos ni hacer concesiones frente a las injusticias y grandes tragedias que conmovieron al siglo XX.
    En el interior. En treinta años de vida intelectual, desde que denunció la explotación y la miseria de los campesinos de Cabilia, en su Argelia natal, Camus tuvo el raro privilegio de haber cristalizado tres formas simultáneas de creatividad: la ficción literaria a través de cuatro novelas y un volumen de cuentos, la dramaturgia –como autor de cuatro obras, adaptador y director teatral– y sobre todo la reflexión, desgranada a lo largo de quince ensayos. Aunque ciertos intelectuales arrogantes de la rive gauche persisten en definirlo como “filósofo para estudiantes secundarios”, en el extranjero Camus está considerado como “el escritor francés más importante del siglo XX”. Un profesor de La Sorbona hizo esa sorprendente comprobación durante un curso de literatura francesa en Harvard.
    A pesar de ser aún discutido, estigmatizado y desdeñado por la gauche caviar, Camus conserva intacta su popularidad en el público: en 1999, El extranjero ocupó el primer puesto de una selección realizada entre 6 mil lectores. Esa primera novela, publicada en 1942 y cuando tenía 29 años, es el libro de bolsillo más vendido en Francia con 6,7 millones de ejemplares –más que El principito–, seguido por La peste (4 millones) en tercera posición y un poco más lejos por La caída (1,7 millón). También es uno de los autores más estudiados por los alumnos de Literatura y de Ciencias Morales, el que más tesis universitarias suscita y el escritor francés del siglo XX más traducido en el mundo. Ahora, con motivo del cincuentenario de su muerte, se reeditaron sus obras y se publicaron más de veinte ensayos. El más interesante es, sin duda, el álbum Albert Camus. Solidario y solitario, recopilado por su hija Catherine.
    Después de medio siglo de ostracismo, se lo empieza a reconocer como uno de los mayores intelectuales franceses del siglo XX. La prueba fue la sorprendente propuesta del presidente francés, Nicolas Sarkozy, de trasladar sus restos al Panteón –donde están enterrados los padres espirituales de Francia– para que reposaran junto a Victor Hugo, Emile Zola y André Malraux. Pero ese proyecto quedó en suspenso porque su hermano gemelo, Jean, no quería que Sarkozy recuperara políticamente la imagen de Camus.
    En el exterior. Fuera de Francia, en todo caso, nunca perdió vigencia. En todo momento, pero siempre por una razón desdichada, Camus es un autor de referencia: Reflexiones sobre la pena capital, un texto austero escrito en 1957, acaba de ser reeditado en Ucrania en pleno debate sobre el restablecimiento de la pena de muerte. Su idea de “una tierra para dos pueblos”, enunciada a propósito de la guerra en Argelia, fue utilizada como base de reflexión en esas zonas de los Balcanes –como Bosnia, Kosovo o Montenegro– donde religiones y pueblos diferentes comparten la tierra desde hace siglos.
    En la época del imperio soviético, sus textos circulaban como samizdat en Polonia y Hungría. Durante años, el régimen checo lo consideró como el autor intelectual de la Primavera de Praga, en 1968. “No es la rebelión en sí misma, que es noble, sino lo que exige”, escribió en El hombre rebelde.
    Aunque conocían el catecismo antimarxista de Raymond Aron, los hombres sedientos de libertad detrás de la Cortina de Hierro preferían aferrarse a las reflexiones de Camus “porque era un hombre de origen humilde, que había conocido la miseria, actuado en la Resistencia, escrito sobre la violencia y el mal, y denunciado los horrores del fascismo y del comunismo. Esos intelectuales [de Europa del Este] eran rebeldes que tenían miedo de la revolución. La denuncia de la sacralización de la violencia revolucionaria y de la historia constituye, precisamente, el núcleo de la reflexión de Camus”, explica su mejor exégeta, el periodista Jean Daniel, fundador del semanario Le Nouvel Observateur.
    La legitimidad de Camus proviene de la certeza de sus posiciones políticas. En la época de los grandes debates de la Guerra Fría, un sarcasmo que utilizaban con frecuencia los existencialistas pretendía que era “preferible estar equivocado con Sartre que tener razón con Camus”. Años después la divine gauche reemplazó el nombre de Camus por Aron. Pero esa ironía permite percibir, a la luz de la historia, la verdadera dimensión intelectual que tuvo como pensador durante ese ciclón de intolerancia ideológica que sopló sobre la historia mundial a partir de los años 30: Camus fue un pensador infalible, que jamás trastabilló ante los grandes acontecimientos que reclamaron una definición.
    A diferencia de su rival, Jean-Paul Sartre –que se equivocaba y era implacable–, Camus se caracterizó por el humanismo de sus posiciones y la generosidad de sus actitudes, aun en momentos críticos. En un mundo absurdo, jamás permitió que la violencia pusiera en peligro la condición humana. Un jocoso episodio muestra hasta qué punto ponía en práctica esa teoría: una noche de fiesta en la casa del escritor Boris Vian recibió un puñetazo en un ojo cuando se interpuso para impedir que Arthur Koestler trompeara a Sartre. A la mañana siguiente, su hija descubrió con curiosidad el moretón y le preguntó: “¿Qué es eso que tenés en el ojo?”. Y él respondió: “Un ataque de literatura”.
    Grandes causas. El verdadero humanismo de Camus comienza a vislumbrarse en los editoriales de Combat, que escribió desde la clandestinidad durante la Segunda Guerra Mundial: implacable con la ideología del ocupante y sus ejecutores, estableció una clara diferencia entre los promotores de la guerra y el pueblo alemán, se opuso tenazmente a toda “depuración” indiscriminada. Su verdadera posición en esa época quedó cristalizada en la polémica con el escritor François Mauriac: “Sólo veo dos caminos de muerte para nuestro país: el del odio y el del perdón. Los dos me parecen igualmente desastrosos”.
    En esa época intervino –con extrema discreción, como siempre– para pedir la gracia de Lucien Rebatet, que durante toda la guerra hizo la apología de la ocupación nazi en el diario colaboracionista Je Suis Partout. Cuando Camus recibió el Nobel, Rebatet comentó: “Este premio, que por lo general recompensa a un septuagenario, no es prematuro. Desde hace tiempo [se advierte] en Camus una arterioesclerosis de su estilo”.
    Otro de los pronunciamientos cruciales de su vida fue su advertencia sobre el peligro que representaba la carrera nuclear. El 8 de agosto de 1945, dos días después de la explosión de la primera bomba en Hiroshima, el diario Le Monde desplegó en primera página un título que demostraba su incapacidad para aprehender la importancia del acontecimiento: “Una revolución científica. Los norteamericanos lanzan su primera bomba atómica sobre Japón”. Ese mismo día, en un editorial de Combat, Camus escribió un análisis que, 54 años después, conserva toda su actualidad: “La civilización mecánica acaba de alcanzar el punto más elevado de salvajismo […] Ante las perspectivas aterradoras que se le abren a la humanidad, comprendemos que la paz es el único combate que vale la pena librar”.
    La misma clarividencia mostró durante la rebelión de Berlín de 1953, que prefiguró la fragilidad de los sistemas comunistas instalados por Stalin en Europa del Este: “Con la sangre y el dolor de hoy se puede justificar la consideración de un futuro histórico. El sueño de ningún hombre, por humano que sea, no justifica la muerte de quien trabaja y de quien es pobre”. Dos años después fue incluso más duro al analizar la rebelión anticomunista de Poznan (Polonia) y la sublevación popular de Budapest: “Un mito se derrumba irresistiblemente ante nuestros ojos. Es triste tener razón de negarse a considerar los regímenes del Este como proletarios y revolucionarios”. “¿Prefieres al que quiere privarte de pan en nombre de la libertad o al que te arrebata la libertad para darte el pan?”, decía con frecuencia.
    Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura no sólo tuvo el coraje de decir que hubiera sido más justo concedérselo a André Malraux, sino que en su discurso del 10 de diciembre de 1957 anticipó proféticamente los cambios y los dramas que sobrevendrían al final del siglo XX: “Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe que no lo hará. Pero su tarea es más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la cual se mezclan revoluciones frustradas, técnicas descontroladas, dioses muertos e ideologías extenuadas (…) esta generación debió restaurar, únicamente a partir de sus negaciones, un poco de lo que hace la dignidad de vivir y de morir”.
    Su honestidad intelectual fue sometida a una prueba de fuego durante la Guerra de Argelia. Su gran novela El extranjero, publicada en 1942 (en la que un europeo asesina a un árabe de cinco disparos) será leída en plena Guerra de Argelia como una fábula de la colonización. Las 32 columnas que escribió en L’Express también muestran su desgarro entre su respeto por la causa anticolonial de la comunidad musulmana –pero sin llegar a justificar el terrorismo ni la violencia– y su pertenencia a la comunidad francesa, aunque jamás excusó la tortura ni las matanzas perpetradas por el ejército: “Esos hombres deben vivir juntos en esa encrucijada de rutas y razas, adonde la historia los condujo”.
    En momentos en que las bombas del FLN explotaban en Argel y los paracaidistas franceses torturaban sin piedad, Camus fue estigmatizado por ambos bandos cuando escribió: “Cualquiera sea la causa que uno defiende, siempre puede deshonrarla con la matanza ciega de una multitud inocente”.
    En medio de ese debate, a dos años de la independencia de Argelia, la muerte lo sorprendió en 1960 cuando era un “autor terminado” –según sus críticos– y apenas “una promesa”, según sus partidarios. Pero, sobre todo, era un hombre acorralado por sus enemigos, desgarrado intelectualmente y extenuado físicamente por una tuberculosis que no le daba tregua desde que tenía 18 años. En ese momento, todo parecía condenarlo al infierno del olvido. Sin embargo, medio siglo después de su desaparición la historia vino a su encuentro para darle razón. Ese mérito, que pocos hombres pueden invocar, no es insignificante.
    *Desde París.
    La gran disputa Sartre-Camus
    El comunismo y los crímenes del stalinismo, tema crucial que dominó todos los debates políticos e intelectuales durante le segunda mitad del siglo XX, fue el verdadero detonante de la famosa disputa entre Albert Camus y Jean-Paul Sartre. Pero la rivalidad entre los dos hombres también fue alimentada por otras razones, desde que se conocieron en 1943 en los ensayos de Las moscas.
    Sartre, educado en las mejores instituciones de la cultura francesa, no ocultaba su menosprecio por el modesto francés nacido en Argelia –hijo de una empleada doméstica analfabeta– que apenas había obtenido una licenciatura en Filosofía. Sin darse cuenta, Camus había infligido una profunda herida narcisista a Sartre al negarse a ser considerado como un filósofo existencialista.
    Boris Vian, Paul Nizan, Juliette Greco y otros amigos que frecuentaban el Café de Flore y Aux Deux Magots, las dos catedrales intelectuales de Saint-Germain-des-Prés, aseguraban que Sartre tenía celos del éxito de Camus con las mujeres: con un cigarrillo permanentemente colgado de los labios y el cuello de su impermeable levantado, tenía un asombroso parecido con Humphrey Bogart. Su conquista más célebre fue la actriz republicana María Casares, con quien mantuvo un romance de quince años. Pero nunca se separó de su esposa, Francine. Aunque su error, dicen sus historiadores, fue rehusar los avances de Simone de Beauvoir, que nunca le perdonó el desaire.
    La divergencia política comenzó a incubar con las discusiones sobre la naturaleza del régimen soviético. El propio Sartre llegó a decir en 1948 que “la política del comunismo stalinista es incompatible con el honesto ejercicio del oficio literario”. Pero rápidamente se arrepintió y emprendió un acercamiento con el Partido Comunista Francés (PCF). Otro episodio que atizó el fuego fue el inesperado ataque de Maurice Merleau-Ponty en Tiempos Modernos contra el libro El cero y el infinito, de Arthur Koestler, publicado casi una década antes. Esa ofensiva ofuscó a Camus, que durante una velada en la casa de Sartre estuvo a punto de agredir a puñetazos a Merleau-Ponty.
    La crisis terminó de estallar con la aparición de El hombre rebelde, en 1951, donde Camus acusaba a los comunistas de traicionar la legitimidad de la revolución al sostener un régimen dictatorial y policial. Invocando su amistad con Camus, Sartre evitó que Tiempos Modernos publicara un ataque contra el libro. Por fin, después de un largo silencio inexplicable para los lectores, el joven filósofo sartreano Francis Jeanson lanzó la primera ofensiva. Con la ferocidad de una fiera herida, Camus reaccionó con una carta dirigida “al Señor Director” –sin mencionar a Sartre– en la que proclamaba su “cansancio de recibir lecciones” por parte de “censores que sólo colocaron sus sillones en el sentido de la historia”. Sartre respondió con una frase lapidaria: “¿Por qué misterio es imposible discutir sus obras sin despojar a la humanidad de sus razones de vivir?”.
    A partir de ese momento, los dos hombres representaron durante casi diez años los dos polos de tensión a través de los cuales se articulaba el debate político de la Guerra Fría. En 1960, Sartre trató de reconciliarse post mórtem al escribir: “Camus jamás cesó de ser una de las fuerzas principales de nuestro campo cultural ni de representar, a su manera, la historia de Francia y de este siglo”.

    La resistencia de Camus persiste 50 años después

    Francia vive un aluvión de homenajes tras medio siglo de la muerte del pensador

    Francia vive un aluvión de homenajes tras medio siglo de la muerte del pensador

    ANDRÉS PÉREZ CORRESPONSAL 04/01/2010 Tuenti
    Albert Camus contempla un ensayo de su obra Calígula en 1945. - AFP

    Albert Camus contempla un ensayo de su obra Calígula en 1945. - AFP

     auténtica pirámide de libros recién publicados y una larga serie de emisiones especiales de las televisiones públicas francesas saludarán hoy el 50 aniversario de la muerte de Albert Camus, el escritor, filósofo y periodista que más agitó el pensamiento de este país en la segunda mitad del siglo XX.
    Camus dejó el recuerdo de un hombre extremadamente lúcido en los momentos más críticos de Francia, como la ocupación nazi y la guerra de Argelia. Y, a juzgar por lo ocurrido en las últimas semanas, sigue siendo una piedra en el zapato de todos aquéllos que intentan instrumentalizarlo. Las celebraciones que tendrán lugar a lo largo de enero llegan marcadas por la polémica desatada por Nicolas Sarkozy que recientemente quiso entronizar al escritor llevando su sepultura al Panteón de París.

    Ríos de tinta

    Entre los libros publicados para conmemorar al escritor, destacan Camus, el intocable, de Jean-Luc Moreau, una obra que se esfuerza por demostrar que el autor de El extranjero nunca fue el pensador consensual y sagrado que Sarkozy quisiera honorar. Al contrario: siempre estuvo en el centro de virulentos ataques entre otros, los de Sartre precisamente por su capacidad para poner el dedo en la llaga.
    Camus dejó el recuerdo de un hombre extremadamente lúcido
    Lo hizo, como resistente, durante la ocupación nazi, mientras Sartre seguía tomándose sus cafés en París sin mayores remilgos y con una muy tibia y breve participación en una red secreta para poder tener algún galón. Lo hizo también como amigo de los revolucionarios argelinos durante la crisis colonial francesa de finales de los cincuenta y principios de los sesenta.
    También merece atención el ensayo biográfico Albert Camus, solitario y solidario, escrito por su hija, Catherine Camus, Los últimos días de Albert Camus, de José Lenzini (sobre las jornadas que precedieron la muerte del autor a bordo de un coche con el que viajaba a París), y Camus, hijo de Argel, sobre su infancia de chaval pobre en su ciudad natal.

    Contra la instrumentalización

    El 19 de noviembre, Nicolas Sarkozy anunció su intención de llevar los restos mortales del escritor a la cripta del templo republicano del Panteón de París, donde reposan Voltaire, Rousseau y Emile Zola, y muchas otras personalidades de las letras, la libertad y el pensamiento franceses.
    "Mucha gente habla de Camus sin haberlo leído"
    La perspectiva de ver al presidente conservador escudándose en la figura del escritor que ayudó a la liberación de los argelinos y condenó en caliente las bombas de Hiroshima y Nagasaki, suscitó una salva de advertencias del mundo de las letras y la filosofía.
    El más tajante de los opositores fue el filósofo Michel Onfray, buen conocedor de la obra del genio. "Mucha gente habla de Camus sin haberlo leído", explicó. "Cuando Bush o Sarkozy lo citan, es fácil ver que obedecen a algún gabinete de comunicación, porque él era un libertario irrecuperable, que golpeaba tanto a la derecha como a la izquierda, y batallaba para buscar una justicia social concreta, no una idea abstracta". Poco después un hijo del escritor, Jean, manifestó su oposición frontal. Desde entonces, Sarkozy no ha vuelto sobre sus intenciones, aunque se ignora si sigue manteniendo su proyecto.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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