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Con algunas actrices ocurre que son suplantadas para siempre en la memoria por uno de los personajes a los que interpretaron. Para mí, Audrey Hepburn siempre será  la Ariane del film de Billy Wilder; Joan Fontaine -cómo no-, la Lisa de ese monumento al cine que es Carta de una desconocida; Anna Karina, la prostituta Nana de Vivir su vida; Julie Christie -faltaría más-, la inolvidable Lara de Doctor Zhivago…Y Claudia Cardinale, la inocente y seductora Aida de La chica con la maleta (La ragazza con la valiglia).
        Esta no demasiado conocida película del aún menos popular directolocandinar italiano Valerio Zurlini es la historia de una cantante de orquesta que es engañada por un tipo que le promete dinero y fama para luego dejarla tirada con su maleta. Siguiéndole la pista, conocerá a Lorenzo (Jacques Perrin), el hermano menor, que se enamora de ella e intenta ayudarla. Pero las circunstancias y las diferencias de edad y de clase social terminarán separándoles.
        Pocas veces una actriz y su personaje se han adueñado, como en esta película, de todos y cada uno de los planos: la escena en que Aida va bajando lentamente la escalera de la casa de Lorenzo mientras éste la observa; la pequeña fiesta en el hotel, en la que Aida se deja seducir por otro mientras Lorenzo se emborracha; la larga escena de la playa y la posterior despedida; y el momento final, con Aida ya completamente sola, sin saber qué va a ser de ella, caminando en la noche hasta salir del plano.
        Sin las estridencias propias de buena parte del cine romántico italiano, con una preciosa fotografía en blanco y negro y las notas del aria Celeste Aida de Verdi, Zurlini consiguió una triste y maravillosa película habitada por un personaje inolvidable, una obra maestra del cine italiano que merece ser revalorizada.


La chica con la maleta 


Considerada por el propio Fellini como la película que salvó su carrera de cineasta, tras los fracasos de Luces de variedades (Luci di varietà, 1950) y El jeque blanco (Lo sceiro bianco, 1951), Los inútiles (I vitelloni), con guión del propio Fellini y de Ennio Flaiano, describe la tranquila vida de una pequeña ciudad -la Rimini natal de Fellini- donde un grupo de jóvenes ve pasar los días sin mayor aspiración que ir medrando entre romances, fiestas y bromas. Sólo Moraldo, el personaje que actúa como observador y trasunto del cineasta, decide despertar y largarse a buscar otro futuro en la capital.
http://cosasquehemosvisto.wordpress.com/2009/11/



















"Ambientada en Rimini, ciudad natal del director, “Los Inútiles” se centra en las historias 
y aventuras de un pequeño grupo de amigos del género “buenos para nada” que habitan 
en un pueblo italiano y que se dedican a hacer lo menos posible a pesar de ya rondar los
 30 años de edad. Mientras algunos anhelan escapar de esa vida para buscar una mejor 
oportunidad en alguna otra ciudad, otros intentan sobrevivir a pesar de sus errores y
 compromisos adquiridos inintencionadamente, todos sumergidos en una mediocridad 
que se solapan los unos a los otros."
http://365diasdecine.com/2010/06/14/92-los-inutiles/





Calle Mayor 




        En Calle Mayor, basada en la obra de Carlos Arniches La señorita de Trevélez (1916), el entonces prestigioso director Juan Antonio Bardem cuenta la triste historia de Isabel (impresionante Betsy Blair), una solterona de 35 años sin apenas vida social en una pequeña ciudad de provincias, que es víctima de una trágica broma por parte de Juan, quien, convencido por sus amigos (unos tipos sin aspiraciones, que pasan el tiempo de café en café y matan su aburrimiento gastando bromas pesadas, y que bien podría ser los inútiles del film de Fellini al cabo de unos años), le hace creer que está enamorado y quiere casarse con ella. Federico, el escritor amigo de Juan que viene de Madrid para ayudarle a salir del problema -y que, como Moraldo en Los inútiles, es el personaje que elige otra vida-, acaba confesándole el engaño a Isabel, ya definitivamente rota y sin esperanzas en su regreso a casa, bajo la lluvia y las miradas, por la Calle Mayor. 

        Con una mirada más amable y nostálgica en el caso de Fellini, y mucho más dramática y crítica en el de Bardem, ambos cineastas muestran la adormecida vida en dos grises ciudades de la Italia y la España de la época, a través de unos personajes cuyas ilusiones, si alguna vez las tuvieron, se han quedado en el camino. Vistas hoy, Los inútiles me parece una de las mejores películas de su autor, por encima de otras con mayor prestigio, y Calle Mayor es, además del mejor film de un cineasta que no llegó tan lejos como apuntaba, una de las cimas del cine español
Publicado noviembre 20, 2009
http://cosasquehemosvisto.wordpress.com/2009/11/











Isabel y su madre a misa










"La "crítica realista" de Bardem y su análisis del comportamiento de las personas, y la sociedad en general, en extremos odiosos y crueles, nos recuerda que la crueldad no conoce límites. Nos recuerda que las personas somos un claro reflejo de nuestro entorno con sus más y sus menos, y que somos la primera amenaza para los que nos rodean llegados a un caso extremo.

La película ganó el Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Venecia de 1956 y a punto estuvo de lograr el León de Oro en la categoría principal, aunque finalmente quedó desierta. También elegida por la Academia Española de Cine para representar a España en los Oscars, aunque finalmente no fue seleccionada. Aquel año ganó el Oscar en esa categoría La strada de Fellini"

http://cineastasextraordinarios.blogspot.com/2010/04/peliculas-calle-mayor.html


El suplemento cultural (adncultura) del rotativo argentino La Nación ha ofrecido a sus lectores una entrevista con este pensador francés:















Por Luisa Corradini
Corresponsal en Francia – París, 2008
En 1818, la teoría de un extravagante pedagogo francés provocó una revolución en el rígido universo de la educación europea: “Quien enseña sin emancipar embrutece”, predicaba Joseph Jacotot. Todo hombre, todo niño, postulaba, tiene la capacidad de instruirse solo, sin maestro. El papel del docente debe limitarse a dirigir o mantener la atención del alumno. Jacotot proscribía a los maestros “explicadores” y proclamaba como base de su doctrina ciertas máximas paradójicas con las que se ganó virulentas críticas: todas las inteligencias son iguales. Quien quiere puede. Es posible enseñar lo que se ignora. Todo existe en todo.
Un siglo y medio después, el filósofo marxista Jacques Rancière consagró un libro, El maestro ignorante (Libros del Zorzal), a ese personaje singular, alternativamente revolucionario, capitán de artillería, profesor de química, latinista y fundador de un corpus teórico bautizado “la educación universal”.
El tema no podía ser más apropiado para Rancière que, a partir de la experiencia de Jacotot, analiza los principios de su teoría y los compara con el sistema educativo y social moderno, basado en la admisión de la desigualdad entre saber e inteligencia.
Alumno de Louis Althusser, Rancière participó en la redacción de Para leer El Capital (1965), antes de alejarse y cuestionar la doctrina de su maestro en La lección de Althusser (1974). A partir de 1970, se lanzó de lleno en lo que sería desde entonces su línea de investigación: los lazos entre política y estética.
En más de treinta libros, ese hombre discreto y tímido de 68 años, apasionado cinéfilo, dueño de una inmensa cultura y de una temible complejidad intelectual, analizó las representaciones tradicionales de lo social y los procesos de emancipación de la clase obrera.
Ante la aparición en la Argentina de El maestro ignorante , Jacques Rancière recibió a adn CULTURA en París [recordemos que hay versión castellana de 2003 en Laertes; lo contrario que con Los nombres de la historia, publicado en Nueva Visión allá por el 1992, en Argentina, y vertido entre nosotros al catalán en 2005 por la Universitat de València-PUV]
-Para el neófito, la única forma posible de enseñar es explicando. ¿Cómo hacer para que, sin explicaciones, un niño, o un adulto entiendan lo que no conocen?
-Joseph Jacotot consiguió demostrar que el método de la explicación constituye el principio mismo del sometimiento, por no decir del embrutecimiento.
-¿Podemos recordar el comienzo de esa aventura singular?
-La historia comenzó cuando Jacotot, un apreciado filósofo y pedagogo en Francia, se instaló en Bélgica por razones políticas durante la Restauración (1814-1830). Allí fue contratado por la Universidad de Lovaina para enseñar francés. Jacotot, que no sabía una palabra de holandés, distribuyó a sus alumnos una versión bilingüe del Telémaco de Fénelon y los dejó solos con el texto y con su voluntad de aprender. Sorprendentemente, pocos meses después todos eran capaces de hablar y de escribir en francés sin que el maestro les hubiese transmitido absolutamente nada de su propio saber. Jacotot dedujo entonces que sus alumnos habían utilizado la misma inteligencia que usa un niño para aprender a hablar. ¿Qué hace un niño pequeño? Escucha y retiene, imita y repite, se corrige, tiene éxito gracias al azar y recomienza gracias al método. Todo sin ningún maestro.
-Y así nació la teoría de la “educación universal” o “método Jacotot”. En el nivel empírico, ¿podríamos decir que el maestro ignorante es aquel que enseña lo que él mismo ignora?
-Así es. Según Jacotot, es posible enseñar lo que uno ignora si uno es capaz de impulsar al alumno a utilizar su propia inteligencia.
-Esa osadía hizo temblar a toda la Europa intelectual, desde Bruselas hasta San Petersburgo.
-Porque la osadía de Jacotot consistió en oponer la “razón de los iguales” a la “sociedad del menosprecio”. En realidad, el objetivo de ese apasionado igualitarista era la emancipación. Jacotot pretendía que todo hombre de pueblo fuese capaz de concebir su dignidad humana, medir su propia capacidad intelectual y decidir cómo utilizarla. En otras palabras, se convenció de que el acto del maestro que obliga a otra inteligencia a funcionar es independiente de la posesión del saber. Que era posible que un ignorante permitiera a otro ignorante saber lo que él mismo no sabía; es posible, por ejemplo, que un hombre de pueblo analfabeto le enseñe a otro analfabeto a leer. Y aquí llegamos al segundo sentido de la expresión “maestro ignorante”.
-¿Cuál es?
-Un maestro ignorante no es un ignorante que decide hacerse el maestro. Es un maestro que enseña sin transmitir ningún conocimiento. Es un docente capaz de disociar su propio conocimiento y el ejercicio de la docencia. Es un maestro que demuestra que aquello que llamamos “transmisión del saber” comprende, en realidad, dos relaciones intrincadas que conviene disociar: una relación de voluntad a voluntad y una relación de inteligencia a inteligencia.
-Pero usted dice que no hay que equivocarse sobre el sentido que tiene esa disociación.
-Hay una forma habitual de interpretarla: como una disociación que intenta destituir la relación de autoridad magistral para remplazarla solo por la fuerza de una inteligencia que ilumina otra inteligencia. Ese es el principio de innumerables pedagogías antiautoritarias.
-¿Como la mayéutica socrática, en la que el maestro finge la ignorancia para provocar el saber?
-Así es. Pero en la teoría de Jacotot, el maestro ignorante opera la disociación de una forma totalmente diferente. En realidad, haciendo creer que su objetivo es suscitar una capacidad, la mayéutica busca demostrar una incapacidad. Sócrates no solo demuestra la incapacidad de los falsos sabios, sino también la incapacidad de todo aquel que no es llevado por el maestro por la buena senda, sometido a la buena relación entre inteligencia e inteligencia. El “liberalismo” mayéutico no es más que la variante sofisticada de la práctica pedagógica ordinaria, que confía a la inteligencia del maestro el trabajo de llenar la distancia que separa al ignorante del saber.
- ¿Y Jacotot invierte el sentido de la disociación?
-Sí. Para él, el maestro ignorante no establece ninguna relación de inteligencia a inteligencia. El maestro es solo una autoridad, una voluntad que ordena al ignorante que haga su camino. Es decir, echa a andar las capacidades que el alumno ya posee, la capacidad que todo hombre demostró logrando sin maestro el más difícil de los aprendizajes: aprender a hablar.
-Pero volvamos a los defectos del método explicativo. ¿Por qué la explicación es “el principio mismo del sometimiento”?
-El problema reside en la lógica misma de la razón pedagógica, en sus fines y sus medios. El fin normal de la razón pedagógica es el de enseñar al ignorante aquello que no sabe, suprimir la distancia entre el ignorante y el saber. Su instrumento es la explicación. Explicar es disponer de elementos del saber que debe ser transmitido en conformidad con las capacidades supuestamente limitadas de los seres que deben ser instruidos. Pero muy pronto esta idea simple se revela enviciada: la explicación se acompaña generalmente de la explicación de la explicación. Hay que recurrir a los libros para explicar a los ignorantes lo que deben aprender. Pero esa explicación es insuficiente: hacen falta maestros para explicar a los ignorantes los libros que les explicarán el conocimiento.
-Un proceso que podría volverse infinito
- si la autoridad del maestro no pusiera un punto final, transformándose en el único capaz de decidir dónde las explicaciones ya no necesitan seguir siendo explicadas. Jacotot creyó poder resumir la lógica de esta aparente paradoja: si la explicación puede llegar a ser infinita es porque su función esencial es la de volver infinita la distancia misma que ella está destinada a reducir.
-¿Se podría decir entonces que la utilización de la explicación es mucho más que un medio práctico al servicio de un fin?
-Es un fin en sí misma. Es la verificación de un axioma primario: el axioma de la desigualdad. Explicar algo a un ignorante es, ante todo, explicarle que no comprendería si no se le explicara. Es demostrarle su incapacidad. La explicación se presenta como el medio para reducir la situación de desigualdad en la que se hallan los que ignoran en relación a los que saben. Explicar es suponer que hay, en el tema que se enseña, una opacidad específica que resiste a los modos de interpretación y de imitación mediante los cuales el niño aprendió a traducir los signos que recibe del mundo y de los seres hablantes que lo rodean. Esa es la desigualdad específica que la razón pedagógica ordinaria pone en escena.
-Usted va más lejos en su libro y afirma que esa desigualdad específica, ese axioma “desigualitario” es el modelo con el que funciona el sistema social. En consecuencia, la oposición filosófica se transforma también en oposición política.
-Exactamente. Esa oposición no es política porque denuncia un saber ejercido desde arriba en beneficio de una inteligencia de abajo. Lo es en un nivel mucho más radical porque atañe a la concepción misma de la relación entre igualdad y desigualdad. Jacotot demuestra que la lógica explicativa es una lógica social, una forma en la cual el orden “desigualitario” se representa y se reproduce.
-Los años en que se produjo la polémica en torno al método de Jacotot corresponden, en efecto, al momento en que se instaló en Europa un proyecto de orden social nuevo, basado en la demolición de la Revolución francesa.
-Es el momento preciso en que se quería terminar con la revolución. En que se pretendía pasar de la edad “crítica” de la deconstrucción de las trascendencias monárquicas y divinas a la edad “orgánica” de una sociedad que reposara en su propia razón inmanente. Es decir, una sociedad que armonizara sus fuerzas productivas, sus instituciones y sus creencias, y que las hiciera funcionar según un único régimen de racionalidad. Y ese paso de la edad crítica y revolucionaria a una edad orgánica exigía, ante todo, resolver la relación entre igualdad y desigualdad.
-Ese proyecto no tiene, según usted, muchas diferencias con nuestras sociedades orgánicas actuales.
-El proyecto de sociedad orgánica moderna es un proyecto de mediaciones que establecen dos elementos esenciales entre lo de arriba y lo de abajo: un tejido mínimo de creencias comunes y posibilidades limitadas de desplazamiento entre los distintos niveles de riqueza y de poder.
-Y el maestro ignorante es aquel que se sustrae a ese juego.
-Sí, en el acto de oponer la emancipación intelectual a la mecánica de la sociedad y de la institucionalización progresivas. Oponer la emancipación intelectual a la institucionalización de la instrucción del pueblo es afirmar que no hay etapas en la igualdad. Que esta es una, entera, o no es nada.


El maestro ignorante
Jacques Ranciere

En el año 1818, Joseph Jacotot, lector de literatura francesa en la Universidad de Lovaina, tuvo una aventura intelectual. Una carrera larga y accidentada le tendría que haber puesto, a pesar de todo, lejos de las sorpresas: celebró sus diecinueve años en 1789. Por entonces, enseñaba retórica en Dijon y se preparaba para el oficio de abogado. En 1792 sirvió como artillero en el ejército de la República. Después, la Convención lo nombró sucesivamente instructor militar en la Oficina de las Pólvoras, secretario del ministro de la Guerra y sustituto del director de la Escuela Politécnica. De regreso a Dijon, enseñó análisis, ideología y lenguas antiguas, matemáticas puras y transcendentes y derecho. En marzo de 1815, el aprecio de sus compatriotas lo convirtió, a su pesar, en diputado. El regreso de los Borbones le obligó al exilio y así obtuvo, de la generosidad del rey de los Países Bajos, ese puesto de profesor a medio sueldo. Joseph Jacotot conocía las leyes de la hospitalidad y esperaba pasar días tranquilos en Lovaina.