sábado, 11 de diciembre de 2010

EL PIANISTA (The Pianist)




EL PIANISTA
(The Pianist)
Gran Bretaña-Francia, 2002


Dirigida por Roman Polanski, con Adrien Brody, Emilia Fox, Michal Zebrowski, Ed Stoppard, Maureen Lipman, Frank Finlay, Jessica Meyer.



Varsovia, 1939. Las primeras bombas nazis estallan sobre la ciudad. Todos entran en pánico... menos uno: Wladyslaw Szpilman, joven y eximio pianista judío que está ofreciendo un concierto en vivo por Radio Varsovia. Wladek, que así lo llaman, no se mosquea por las bombas y, a decir verdad, ninguna otra cosa que su devoción visceral por la música parece inquietarlo. Será por eso que poco después, cuando los nazis ocupan Polonia y empiezan a apretar las clavijas sobre los judíos, Wladek pronuncia una frase tan serena como insólita: "Yo no me voy a ninguna parte". Nosotros sabemos que esa expresión, en boca de un judío de Varsovia en 1939, equivale a una condena a muerte. ¿Se acuerdan del personaje de Harvey Keitel en Un maldito polícía? Decía: "Creo en Dios, soy policía. Nada malo me puede suceder." Pues algo parecido siente nuestro protagonista; como si la música fuese un ángel guardían que lo torna invulnerable.Apoyado en la historia real de Szpilman y en la autobiografía escrita que la compila, el film de Roman Polanski se ocupa de dos cuestiones: el calvario personal del pianista y el Holocausto polaco. Szpilman pasó varios años con toda su familia en el Gueto de Varsovia: unas pocas manzanas edificadas en las que los nazis hacinaron a medio millón de judíos, una antesala de la muerte en la que las vejaciones y los fusilamientos improvisados eran moneda corriente. Cuando llegó la hora de partir en uno de esos trenes con destino a las cámaras de gas, un antiguo amigo, miembro de la policía judía del gueto, le permitió permanecer allí, entre los "privilegiados" miembros de una fuerza de trabajo esclavo. Sus padres y hermanos abordaron ese tren. Más tarde consiguió escapar del gueto para ocultarse en diversos lugares de la capital polaca, todos ellos muy riesgosos, en este caso con la ayuda de ciertos miembros de la Resistencia.
Lo original, en términos de producción, es que Polanski vuelve a poner sobre el tapete al Holocausto sin salir de una ciudad, sin recurrir a una sola imagen de los campos de concentración. En términos temáticos, lo original es que la supervivencia de Wladek en el infierno nazi está asociada a su condición de músico, o en otras palabras: a la idea de que un raro azar, en ciertos casos, puede salvar la vida de un artista. Este es el puente entre Szpilman y Polanski. Roman también es judío polaco, estuvo en Varsovia en el ’39 (tenía 6 años), y tal vez presienta que, más que las familias adoptivas que lo escondieron en su seno, lo que le permitió esquivar una muerte segura tiene que ver con su condición de artista en ciernes. O si se quiere, con su misión artística. Pero hay quizás otro paralelo, más sutil que el anterior: él también "se salvó" de otros modos, y en más de una ocasión, por ser artista. La Palma de Oro en Cannes, la gloria, las pequeñas masas de fortuna arrimadas por algunos films...
Más allá de esta impronta, El pianista no termina de ser una de esas obras personales –siempre esperadas– del director de RepulsiónEl inquilino y El bebé de Rosemary. Antes bien, es una "rara avis" dentro de su filmografía, ya que tampoco engrosa la lista de películas por encargo de producción fastuosa, pero irreversiblemente huecas, como Búsqueda frenética o La última puerta.
No es que a Polanski no se lo vea en El pianista. El es responsable de esas puestas en escena que ocuparán un lugar entre las formidables reconstrucciones cinematográficas del Gueto de Varsovia. Apuntalado por un gran despliegue de producción, el film recrea con vigor el crescendo del Holocausto: primero fue la prohibición de ingresar en ciertos bares, atesorar más de 3000 zlotys y sentarse en bancos de las plazas públicas; después vino la obligación de portar el brazalete con la estrella de David (que tenía que tener determinadas dimensiones en centímetros); finalmente, la orden de abandonarlo todo para trasladarse al gueto, adonde familias enteras se apretujaban en habitaciones minúsculas. Esta evolución es por un lado trágica pero, al mismo tiempo, saludablemente balanceada por la actitud serena, algo abstraída de Wladek (Adrien Brody, muy ajustado), que permite que el espectador se tome las cosas un poquito más a la ligera. Por lo demás, con tantos recursos de producción (y cinco países atrás), uno no puede dejar de lamentar que las concesiones al mercado yanqui hayan determinado que los judíos polacos de El pianista no hablen en idish y en polaco sino en inglés, menoscabando una reconstrucción tan minuciosa.
Es dable suponer que la mayor parte de los espectadores adultos ya se habían topado con el Holocausto en otros films. El que se aproxima más a éste, y habilita por lo tanto una digresión, es La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993). El "holocausto fílmico" de Spielberg no extrae su potencia de la mostración del horror como del ángulo de la mirada: es la intimidad de August Schindler, el personaje y sus circunstancias, lo que imprime fuerza a la propuesta. Aquí también hay un personaje-testigo que opera como una ventana al escenario trágico: Szpilman. Pero su actitud pasiva, o antiheroica, conspira contra la tensión del relato. Mientras que Schindler era el arquitecto de un deliberado sistema para salvar vidas judías, Wladek es un judío que corre por su vida propia (más tarde se convertirá en un "primitivo" a la caza de comida y agua), sin planes, improvisando cada paso. Todo esto no excluye la tensión, pero había que buscarla por otro lado: la soledad de un artista en fuga, solitario, esencialmente ajeno a la política (y más aun a la guerra), sufriendo hambre, sed y la más desgarradora de las incertidumbres. En ese terreno Polanski se mueve como ninguno, más aun si se trata de secuencias ambientadas en espacios reducidos, y por eso la penúltima escala de la fuga de Szpilman ofrece lo mejor del film. Transcurre en un pequeño departamento de un barrio aparentemente seguro, frente a un hospital alemán... y con vista al gueto.
El inconmesurable genio del cineasta para dar cuenta de "estados paranoicos" se libera claramente allí, cuando Wladek palpita las alternativas de la rebelión del gueto (aunque la producción la minimiza un poco), las entradas y salidas del hospital y, muy especialmente, las conversaciones, los ruidos y la música que provienen de una habitación vecina.
Hay otros destellos polanskianos por aquí y allá. Algunos dan cuenta de otra habilidad genial, la de moldear visualmente lo siniestro: centenares de judíos polacos esperando indicaciones de los nazis en un claro del gueto, bajo un sol abrasador. Es la antesala de la muerte (sólo saldrán de allí para abordar el tren), pero la escena fue escrita y montada cual si se tratase de una terminal en hora pico de cualquier metrópolis contemporánea.
Polanski, el gran Polanski, surge a pleno en estos tramos. En casi todos los demás, yo lo extrañé.

Guillermo Ravaschino    
http://www.cineismo.com/criticas/pianista-el.htm

PARIS, JE T'AIME



PARIS, JE T'AIME
Francia-Liechtenstein-Suiza, 2006


Largometraje en episodios dirigidos por 
Olivier Assayas, Frederic Auburtin, Emmanuel Benbihy, Gurinder Chadha, Sylvain Chomet, Ethan Coen, Joel Coen, Isabel Coixet, Wes Craven, Alfonso Cuarón, Gérard Depardieu, Christopher Doyle, Richard LaGravenese, Vincenzo Natali, Alexander Payne, Bruno Podalydes, Walter Salles, Oliver Schmitz, Nobuhiro Suwa, Daniela Thomas, Tom Tykwer, Gus Van Sant.



A partir de una idea de Tristan Carné, se convocó a una veintena de prestigiosos realizadores con la siguiente consigna: realizar un cortometraje de entre 5 y 7 minutos ambientado en algún barrio famoso de París. Acaso por las historias de amor con las que tan a menudo se identifica a dicha urbe, aunque no hubo otras pautas todos privilegiaron argumentos de ese tono, y al cabo de cuatro años salió del horno Paris Je T'Aime. Un largometraje de dos horas, muy desparejo como casi todos los de factura colectiva, compuesto por 18 cortos autónomos interpretados por un numeroso, rutilante, multinacional elenco.

Casi nadie –entre los críticos de todo el mundo– rescató al primero de esos cortos, que fue escrito, dirigido y protagonizado por Bruno Podalydes. Montmartre, que así se llama (todos llevan el nombre del barrio en que se filmaron), presenta a un hombre de mediana edad que, dentro de su auto, se interroga por su soledad. Cuando a un par de metros cae desmayada una mujer que venía caminando, y él se dispone a ayudarla, nosotros ya nos preguntamos si ella será la respuesta al interrogante del principio. La solidez de la ocurrencia, el clasicismo de la puesta de cámara y la sutileza de la empatía que intercambian los personajes hacen de Monmartre un corto bien francés en el mejor de los sentidos (que debe ser aquel que rememora al cine de la Nouvelle Vague). Por eso, aunque no sólo por eso, se convirtió en mi favorito.
Rescato otros dos: Quais De Seine, de Gurinder Chadha, sobre el imprevisto, afectivo –y por añadidura cultural– encuentro de un par de adolescentes (un francesito de lo más occidental y una chica musulmana), narrado con ternura y al compás de la frescura que derraman sus ignotos intérpretes, y Loin Du 16ème, de Walter Salles, que hace foco sobre la tensión –y paradoja– de una madre, inmigrante latina ella, que debe dejar a su propia beba en la guardería para ganarse la vida cuidando a los niños de los ricos.
También rescato la fascinante sensualidad (más que intacta, aumentada) de la veterana Fanny Ardant en Pigalle, de Richard LaGravenese; la emoción de ver a Gena Rowlands junto a Ben Gazzara por primera vez (a casi 40 años de las películas que protagonizaron por separado para John Cassavetes)... y comprobar que siguen gozando de excelente salud actoral (en Quartier Latin, curiosamente dirigido por Gérard Depardieu). Hablando de curiosidades, recuerdo otras: la audacia del canadiense Vincenzo Natali, que entregó un corto de vampiros protagonizado por Elijah Wood, y la contención de Wes Craven, quien por primera vez en muchos años esquivó la sangre para contar el cuento de un matrimonio de turistas británicos en conflicto (ambientado en un cementerio, eso sí).
Guillermo Ravaschino      
http://www.cineismo.com/criticas/paris-je-taime.htm

PANDILLAS DE NUEVA YORK (Gangs Of New York)



PANDILLAS DE NUEVA YORK
(Gangs Of New York)
Estados Unidos, 2002




Dirigida por Martin Scorsese, con Leonardo Di Caprio, Daniel Day-Lewis, Cameron Diaz, Jim Broadbent, John Reilly, Henry Thomas, Liam Neeson.



Decir que Martin Scorsese es uno de los pocos grandes directores en actividad no es novedoso, pero tal vez necesario para eliquibrar la balanza frente a quienes piensan que desde que colaboró con Armani ha dejado de ser el de antes. Si bien es cierto que ya han pasado diez años desde su última obra maestra (Buenos muchachos), hay que remarcar que la carrera de Martin no registra un solo bodrio. Todas sus películas son, al menos, interesantes. Es que estamos ante un director que controla la cámara a su antojo y nos pasea –generalmente al galope– por un mundo único con tantas influencias clásicas como marcas de estilo propias. Que este rico universo sea conocido por aquel a quien le corra cinefilia (¿cinefilina?) por las venas no significa que Scorsese se repita hasta el hartazgo, ni mucho menos. Prueba de ello es Pandillas de Nueva York, un blockbusterhollywoodense en el que nos lleva por rumbos nuevos, aunque con el mismo automóvil. Allí están la sangre, la violencia, la traición, la mafia, la religión y las calles, filmadas a lienzo completo y con mano frenética.En la New York ardiente de 1860, Amsterdam (Leonardo Di Caprio) se enrola en la pandilla de los Nativos que lidera Bill El Carnicero (Daniel Day-Lewis, un "De Niro" magistral), asesino de su padre y del que llega a convertirse en "mano derecha", con secretas intenciones de venganza. En el camino conoce a Jenny (Cameron Diaz), carterista profesional y protegida de su nuevo jefe, de la que se enamora.
Scorsese enlaza dos historias: la de los protagonistas y la de Nueva York. La ciudad, como el país, vive en estado de ebullición. La guerra civil acumula muertes por segundo y refuerza el racismo de la población. Millones de inmigrantes desembarcan en el puerto. Una gran cantidad es reenviada al mar con destino al campo de batalla. Y el resto se divide en cientos de pandillas, representantes de la multiplicidad de minorías que conviven (y combaten) en la ciudad.
El ojo scorsesiano se cierra alrededor de Cinco Esquinas, un sector de Brooklyn al que va a parar el protagonista junto a tantos recién llegados. Vale la pena aclararlo, porque muchos han caido en el error de cuestionar la película por la ausencia de fábricas y obreros, como si el director postulase que la ciudad fue fundada sólo por pandillas salvajes y políticos traicioneros en busca de votos. Como siempre, a Scorsese le interesan los descarriados, los marginados, los fuera de la ley. Por eso ubica su cámara en ese micromundo de pobreza y delincuencia a punto de estallar. Lo que vemos es el universo de los protagonistas, un lugar aislado y ciego a los tiempos que se vienen. Y a esta lograda estrategia se debe ese final sorprendente, sobrecogedor. La sorpresa se produce mediante el escamoteo de todo lo que escapa a la inmediatez de los protagonistas, es decir, la Historia: compartimos el desconcierto y la desesperación de los personajes por haber sido llevados a acompañarlos durante todo el film.
El gran homenaje de Pandillas... a Un tiro en la noche (John Ford, ....) llega distorsionado. Su mirada no es tan abarcativa como la de aquella obra maestra; no hay abogados, doctores, ni maestros entre los pandilleros, así como no aparece sociedad que no fuere la de las pandillas. Este es un mundo callejero. Y ya que estamos, no habría que dejar de mencionar el guiño de Scorsese a Eisenstein cuando la turba invade la mansión y la cámara nos pasea delante de la estatua del león rugiente. Signos (ni más ni menos) del lugar desde el que Martin nos hace vivir su película.
Políticamente, el film es muy audaz y –pese a las diez nominaciones– no del todo oscarizable. No sólo por mostrar el lado oscuro de Nueva York, de la Guerra Civil, de los políticos y de los Estados Unidos de aquella época, sino por su visión del presente (no vi una maniobra publicitaria en el plano final de las Twin Towers). Al hacer correr el tiempo hasta nuestro siglo, la película cobra actualidad. Y el mónologo de El Carnicero envuelto en la bandera yanqui, diciéndole a Amsterdam y al espectador que "el miedo es lo que mantiene el orden de las cosas", junto a las fastuosas imágenes de la masa racista enardecida y el posterior auto-ataque americano, dejan una mirada profundamente crítica.
El formato de entretenimiento titánico de Pandillas de Nueva York no le impidió a Scorsese lograr lo que sus admirados directores de los años ’50: que el subtexto sea más importante que la trama principal. Aprovechando todos los elementos narrativos, las posibilidades escenográficas y los efectos visuales más deslumbrantes, pero sin resignar su estilo y enfoques, Scorsese ha realizado una muy buena película. Despareja, tal vez, pero llena de ideas y secuencias monumentales. No debería menospreciársela.

Ramiro Villani

Alain Berliner MI VIDA EN ROSA (Ma Vie En Rose)


MI VIDA EN ROSA
(Ma Vie En Rose)
Francia-Bélgica-Gran Bretaña, 1997

Dirigida por Alain Berliner, con Michèle Laroque, Jean-Philippe Ecoffey, Georges Du Fresne.
La realidad y el sueño, las sensaciones íntimas frente a los mandatos socio-culturales, la capacidad de adaptación ante las más descabelladas circunstancias que pueden presentarse en el seno de una familia tipo. Esa es la materia prima de Mi vida en rosa, el formidable debut del belga Alain Berliner, que combina los ingredientes de la comedia, el drama y la tragedia en un plato suculento, complejo y original. Un chico de siete años es el centro de la historia, que también puede considerarse como un sobrio ensayo sobre las fantasías infantiles, en esa precisa etapa de la niñez en que empieza a dibujarse la identidad sexual. Y, en menor medida, como una inquietante, ambigua puesta en escena de esa concepción según la cual, para ciertas almas, existe la posibilidad de sentir un sexo que no es el propio. De preferirlo instintivamente, sin más ni más. Porque Ludovic sería una niña como cualquiera... sino fuera porque nació varón. Vive en un barrio residencial, de clase media, junto a sus padres y tres hermanitos con los que configura la más "normal" de las familias. Pero no hay caso: Ludovic viste, juega, sueña, vive como una mujercita. Y con toda lógica, no puede entender que los otros no acepten su condición.


En realidad, al principio nadie se toma del todo en serio sus vivencias. A lo sumo, las ven como esas travesuras que se curan con la edad. Su madre, Hanna, asegura que "hasta los siete años es normal, lo leí en Marie Claire", sedada por un artículo de la famosa revista "femenina". Para Ludovic lo único que debería sanar el tiempo es su masculinidad. Tonto no es: cuando en la escuela le explican la biología del sexo, acepta que evidentemente hay un error... cometido por los cromosomas. Entretanto, acaricia inocentes planes maritales con su vecinito Jérome, que es el hijo del jefe de su padre. La etapa cómica de Mi vida en rosa llega a su pico durante un asado servido por los padres de Ludovic: allí están el jefe, los amigos, los vecinos. Entre modestas galas hace su entrada triunfal el niño –¡pintarrajeado, en vestido rosa!– para el espanto de los presentes. Esos mismos que, poco antes, habían desparramado sonrisas ante una niña vestida de varoncito. El tono cambia a partir de aquí. La hipocresía laboral, escolar, y vecinal descargará su furia, marginando progresivamente a la familia del fenómeno. En este punto la película exprime el jugo de las rutinas de la comedia de situaciones: gente que se encuentra sobre las veredas y jardines para intercambiar chismes, convirtiendo al asunto de familia en la comidilla regional. Mi vida en rosa se apoya en ellas como para tomar envión. Acto seguido ingresará de lleno en su veta trágica.


La puesta en pantalla del universo interior de Ludovic constituye la más estupenda "puesta en época" en mucho tiempo. No evoca imágenes reales, cosa que han hecho miles de películas, sino las que la mente infantil fabrica cuando deja volar su vertiente más ligera, profundamente naïf y, en tal sentido, rosa. Ese mundo personal, colorido, presidido por la bella Pam –especie de hada madrina de las teleseries infantiles– resuelve con sobriedad uno de los más añejos desafíos del relato fílmico: traducir las procesiones interiores en imágenes precisas, que reconstruyan ese imaginario frente al espectador. En este caso, unas visiones de tonos saturados y objetos psicodélicos, como de otro tiempo, que tienen un pie en la iconografía sesentista.


Georges Du Fresne encarna fantásticamente a Ludovic. Vale decir, actúa (cosa poco frecuente en un chico de su edad) coherentemente a un personaje que está más allá del realismo. Pero la aparente falta de motivos de su femineidad no sólo esquiva los moldes naturalistas: también se mantiene a rajatablas de punta a punta del relato. Por eso es la gran palanca para el contraste con los que lo rodean. Estos no escapan del todo a la estereotipia (jefe machista y bruto, padres prejuiciosos) y la inconmovible certeza de Ludovic, su alegría de mujercita, su plenitud sin sombras están llamadas a sacudirlos. Algunos se quedarán donde están, otros serán hondamente conmovidos: se moverán hacia otro lugar. El lastre de los prejuicios, para entonces, no hará otra cosa que ensanchar la valentía de los que se adaptaron a Ludovic, aceptándolo. Ese coraje también pertenece a Mi vida en rosa, una de las más nobles, lúcidas y consecuentes excursiones por el territorio de las diferencias.


Guillermo Ravaschino
http://www.cineismo.com/criticas/mi%20vida%20en%20rosa.htm

MILLION DOLLAR BABY

MILLION DOLLAR BABY
Estados Unidos, 2004




Dirigida y protagonizada por Clint Eastwood, con Hilary Swank, Morgan Freeman, Jay Baruchel, Mike Colter, Lucia Rijker, Brian F. O'Byrne.



No suelo recomendar películas de Clint Eastwood, ni producciones de las más grandes compañías de Hollywood. Sin embargo, la multipremiada y multinominada Million Dollar Baby tiene todos los méritos. Si bien mantengo las reservas y diferencias ideológicas frente a todo el cine de Eastwood, en esta ocasión narra una historia que conmueve profundamente, incluso a sus detractores de siempre, en la que considero su mejor película.

Su cine –eminentemente masculino– vuelve a abordar la problemática del varón: una vez más en el centro de la pantalla, el director encarna a Frankie Dunn, de origen irlandés, dueño de un decaído gimnasio de entrenamiento para boxeo, y entre golpe y golpe lee los poemas de William Yeats y estudia la lengua celta gaélica. Frankie no ha logrado conservar una familia: acude a misa todas las mañanas desde hace 23 años, tratando de obtener un perdón (por culpas desconocidas) que ni él ni su hija pueden otorgar. Ese pasado culposo –y su lema de cabecera: "siempre debes protegerte"– lo han alejado de toda relación humana, excepto la larga amistad que sostiene con Scrap, ex boxeador, su empleado multifuncional y alter ego (un impecable Morgan Freeman, quien también había acompañado a Eastwood en Los imperdonables) con quien comparte soledad y sinsabores de la edad, formando ambos la clásica pareja de amigos de humores complementarios. Ese mundo exclusivamente masculino es penetrado por Maggie Fitzgerald (Hilary Swank), una chica que sueña con un futuro de boxeadora profesional, y que pacientemente va quebrando las resistencias de Frankie. Al tiempo que se constituye en una figura tutelar, éste encuentra la oportunidad de reparar una paternidad fracasada, y ella ve en él el sustituto de un padre idealizado. Pero si en algún momento creemos que Eastwood nos pone frente al tópico del sueño americano triunfalista, a la superación de los obstáculos y el logro final mediante el esfuerzo y la voluntad, pronto nos desengañaremos, porque el film cambia el rumbo y da una vuelta de tuerca a la historia, mutando un clásico film de boxeo en oscuro melodrama.
Eastwood ha dado forma a una historia negra, de muy pocos protagonistas, que tiene lugar en ambientes sórdidos, como el barrio degradado de trailers donde habita la familia de Maggie, su propio inhóspito departamento o el oscuro gimnasio de Frankie; subrayada por una iluminación y fotografía elocuentes. Un film clásico que no teme transitar los tópicos, narrado desde la voice over de Scrap, quien parece entender los sentimientos y motivaciones de su patrón como si fueran propios.
Eastwood, quien suele involucrarse personalmente en sus películas, parece haber encontrado su justo lugar en la pantalla. Lejos de las bravatas ridículas de Jinetes del espacio, de los alardes de viejo seductor de Deuda de sangre y del prescindible protagonismo de Piano Blues, su actuación resulta asombrosamente conmovedora. Por fin parece aceptar su edad –con el apoyo de su contemporáneo Freeman– y medita sobre la cercanía de la muerte en un golpe maestro. Si el film tiene algunos puntos de contacto con la recientemente estrenada Mar adentro, con la que también comparte nominaciones, su discurso es mucho más sutil, nunca declamatorio como en la película de Amenábar, íntimamente trágico y de honda intensidad. Conocemos su talento narrativo y su buen ojo para la cámara, y aquí vuelve a exhibirlos en el uso del ritmo, la inclusión del humor y el manejo de la progresión dramática. Las escenas de combates en el ring constituyen una lección de cine: las luces, las cámaras y la tensión se apoderan del espectador más reacio a contemplar ese deporte. Y su manejo de lo público y lo privado, su pasaje de la violencia a la ternura es una joya en su filmografía. Es por otra parte conocido el amor de Eastwood por el jazz, y esta película incluye partituras suyas.
Hilary Swank, quien ya obtuviera un Oscar por su trabajo en Los chicos no lloran como otra joven que desarrolla actitudes poco frecuentes en una mujer, transmite todo su entusiasmo cada vez que está en pantalla. Ella resulta una rara heroína en el universo de Eastwood, quien conserva sin embargo su misoginia, fruto sin duda de algún trauma no resuelto aún. Al final, los lunares ideológicos: pocas madres terribles pueden ser tan estereotipadas y caricaturescas como la de Maggie, proveniente de una clase social que Eastwood desprecia desde su sitial olímpico, y pocos rivales habrá sobre el ring tan sucios e infames como la ex prostituta a la que enfrenta Maggie, negra por añadidura.
Josefina Sartora 

KANDAHAR Irán, 2001




KANDAHAR
Irán, 2001


Dirigida por Mohsen Makhmalbaf, con Nilovfar Pazira, Hassan Tantaï, Sadou Teymouri.



Hoy la realidad de Afganistán es bien conocida en Occidente a causa de la guerra que está librándose en su territorio, pero cuando Mohsen Makhmalbaf decidió filmar Kandahar, hace dos años, su propósito fue denunciar una situación social entonces casi ignorada. El prestigioso realizador iraní presentó su film en el último Festival de Cannes del pasado mes de mayo causando un fuerte impacto, por su testimonio sobre la desesperante condición de mujeres y hombres que viven en un país desolado, acosado por la enfermedad, el hambre, la postergación de la mujer y las secuelas de su guerra con la Unión Soviética. Después de los hechos del 11 de septiembre, esa situación pasó al dominio de la opinión pública.Kandahar cuenta una historia real y pequeña, a través de la cual muestra el territorio y la gente sobre la que hoy los Estados Unidos descargan todo su poder bélico. Nafas, una periodista que hace 10 años emigró a Canadá, decide volver a su patria en busca de su hermana menor, que ha permanecido en la ciudad de Kandahar, lugar sagrado talibán. Desesperada por la condición dramática de la mujer –que en cada momento es identificada como una cárcel– la muchachita le ha anunciado su suicidio. Nafas entra a Afganistán desde Irán, pero el viaje en rescate de su hermana no será fácil. Ante la imposibilidad para una mujer de viajar sola por los caminos, y casi sin medios de transporte, deberá afrontar una y otra dificultad, supeditada a la voluntad y ayuda de los hombres, adultos y niños: deberá sobrellevar el desierto, los asaltos, la enfermedad, las patrullas de inspección y el hambre bajo la burka que la cubre completamente.
Como es habitual en el cine iraní, como sucede en Gabbeh, el cine de Makhmalbaf se mueve entre la ficción y el documental: la historia tiene un origen real, la actriz que interpreta a Nafas revive su propio pasado, pues ella se había acercado al director con su drama pidiéndole ayuda para llegar a Kandahar a salvar a una amiga desesperada. Ningún actor es profesional, y no actúan muy bien. Sin embargo, la improvisación y la espontaneidad agregan una dosis extra de realidad y dramatismo.
Quienes hayan sido impactados por la condición de la mujer que denunciaba El círculo, de Jafar Panahi, quedarán sobrepasados por lo que vemos en Kandahar, aunque cinematográficamente este film no tiene los valores de aquél. Hoy sabemos que la mujer afgana no puede mostrar su cuerpo ni su rostro en público, para salvaguardar su honor, y tampoco puede ir a la escuela. Pero no deja de asombrarnos la consulta al médico, quien ante una enfermedad no puede ver –mucho menos tocar- a la paciente, sino tan sólo preguntar los síntomas a un niño, que oficia de intérprete, para elaborar un diagnóstico. Nunca hasta ahora el cine había mostrado esos bultos informes en los que se ha convertido la mujer afgana cubierta por su burka, negras las viudas, multicolores las demás, como si en el color se depositara la coquetería, como si el color pudiera paliar el ocultamiento. Resulta difícil a la mentalidad occidental aceptar que esas son pautas culturales válidas para todo un grupo étnico, pero Kandaharelige no profundizar en este sentido.
Makhmalbaf filma magistralmente esos inmensos espacios de la nada, y el movimiento de las masas que irrumpen en el vacío, en una película atemporal. Y también echa una mirada esteticista sobre lo que más lastima. Es particularmente patética –e impúdica- la escena en un campamento de la Cruz Roja, donde un enorme grupo de campesinos espera sobre sus muletas las piernas artificiales que reemplazarán las que han perdido al pisar alguna de los millones de minas que siembran todo el territorio, y exhiben sus mutilaciones. Y esa escena se complementa con la imagen surrealista de las piernas de plástico que, arrojadas desde un helicóptero, caen en paracaídas sobre la arena.
La música oriental, melancólica y sugerente, acentúa la desolación de cada evento, la traslación de esos multicolores grupos de mujeres anónimas por el desierto. Hoy la CNN anuncia que la realidad afgana mejorará después de la guerra: no es éste el mensaje de la película, que no alienta esperanzas para esas mujeres, presas en la cárcel de sus burkas.

Josefina Sartora 
http://www.cineismo.com/criticas/kandahar.htm

ELEFANTE (Elephant) Estados Unidos, 2003

ELEFANTE(Elephant)
Estados Unidos, 2003




Dirigida por Gus Van Sant, con 
Alex Frost, Eric Deulen, John Robinson, Elias McConnell, Jordan Taylor, Carrie Finklea, Brittany Mountain.



Un cielo impecable que poco a poco se tiñe de negro, un vaticinio de tormenta. Un día otoñal en algún lugar de Norteamérica, quizá Portland. Un colegio secundario sin particularidades, un lugar donde el microcosmos adolescente adquiere forma y dimensión. Jóvenes en constante movimiento –nada permanece quieto–, charlas, fotos, encuentros, la cotidianidad manifiesta. Pero como toda normalidad, ésta también es vulnerable, susceptible. De esta materia se nutren las tragedias y todo esto se fusiona en Elephant, última obra de Gus Van Sant.

Este nuevo proyecto del director de Todo por un sueño sienta sus bases en la masacre de Columbine (donde dos estudiantes asesinaron a trece compañeros), un hecho que conmocionó a Estados Unidos y al que Michael Moore dedicó su documental Bowling For Columbine. Pero allí donde este último buscaba causas y soluciones mediante comparaciones y cierto revisionismo histórico, Van Sant opta por la interrogación. Como un Bergman sin el componente trascendental, mucho más terrenal y periodístico, el film plantea preguntas que no pretende dilucidar ni responder certeramente. Aquí el peligro no remite a relaciones causa-efecto, ni se reparten culpas a discreción. La violencia responde a una dialéctica más compleja: al deseo de destrucción, a la apatía y al odio como gélida arma asesina.
No es la primera vez que este cineasta arma un proyecto en torno de la juventud. Desde sus inicios, Van Sant se transformó en una de las voces más destacadas del cine independiente estadounidense, siempre al borde de la experimentación. Luego del éxito de su inhallable opera prima Mala noche vinieron sus dos obras más logradas:Drugstore Cowboy (en nuestro país editada en video con el desatinado título de Los marginados 2, tras un film de Coppola de 1983, The Outsiders, que aquí vino a llamarse Los marginados) y una particular transposición de Shakespeare: Mi mundo privado.
Después de varios años que incluyeron películas fallidas y coqueteos con el cine oficial, llegó Gerry, que ofició de bisagra dentro de su filmografía y en la cual combinó minimalismo, una puesta ascética y el uso sistemático de travellings. Conceptos que ayudaron a la idea de este film, aunque con otra intención.
Elephant es un film de itinerarios, de largos pasillos recurrentes por donde transita un puñado de personas. A partir de cada una de ellas se adoptan los puntos de vista. Mediante el uso del steadicam se produce el seguimiento de los alumnos en largos planos que unen espacios (interiores-exteriores) y en los que cada cual va delineándose.
Lejos de los estereotipos, sin sensacionalismo y con mucho de improvisación, la mirada documentalizantedeambula y saca a la luz las relaciones y los conflictos que definen a los personajes. El acierto reside en no utilizar dichos conflictos como justificación del desastre. Esto implica apartarse de (pre)juicios que hubieran afectado el sentido que persigue el film y promovido soluciones facilistas e inexactas. El efecto de normalidad se despliega a partir de la puesta en escena y de la elección de auténticos estudiantes secundarios que, además, utilizan sus verdaderos nombres. Incluso en el último tramo de la película, cuando la masacre toma forma, el distanciamiento no pone en juego su carácter. Pleno de crudeza y frialdad, el epílogo propone presenciar cada momento, pero alterna el punto de vista de ambos asesinos, Eric y Alex, con el de otros protagonistas. Y así habilita una mirada doble, desde los verdugos y las víctimas, sobre la tragedia y sus efectos.
A primera vista Elephant se evidencia como un ejercicio de estilo, pero también es un film realizado desde la preocupación. La preocupación de la incertidumbre, de la futilidad de toda causa y de saber que la demencia remite a la casualidad y al malentendido, cuando no al triste hábito de vivir en sociedad.
Bruno Gargiulo    

LA CHICA DEL PUENTE (La Fille Sur Le Pont)



LA CHICA DEL PUENTE(La Fille Sur Le Pont)
Francia, 1999





Dirigida por Patrice Leconte, con Vanessa Paradis, Daniel Auteuil, Claude Aufaure, Farouk Bermouga, Bertie Cortez, Nicola Donato.




Si era necesario reafirmar el alcance de la auténtica mirada romántica de un autor como Patrice Leconte (La noche es mi enemigaEl marido de la peluqueraLa maté porque era míaEl perfume de IvonneJuegos peligrosos), esta película es la prueba que faltaba. Y no necesariamente porque sea su obra maestra, que, de hecho, no lo es (hasta ahora, esa distinción va para El marido de la peluquera), sino porque La chica del puentemuestra la versatilidad de un director que puede mantenerse fiel al corazón de su obra mientras se permite introducir significativos cambios formales.Como punto de partida, Leconte toma el "encuentro casual" –una marca registrada presente en toda su obra– entre Adele (Vanessa Paradis), una chica muy hermosa pero sin mucha suerte, hastiada de varias desilusiones amorosas, y Gabor (Daniel Auteuil), un melancólico lanzador de cuchillos de 55 años en búsqueda de una partenaire. Adele está a punto de sumergirse en las aguas del Sena, pero Gabor la convence de que se permita una nueva oportunidad, convirtiéndose así en su asistente y, a la vez, en el blanco humano de su acto circense. Si bien inicialmente la relación que los une aparenta ser meramente profesional, sin ningún tipo de dependencia carnal o sentimental, gradualmente, sin prisa ni pausa, los deseos más ocultos y las "coincidencias" van a ir dejando sus marcas en esta pareja de excéntricos nómades.
Trabajando sobre territorio ya conocido, aquel del amour fou, pero dándole una vuelta de tuerca al adoptar la estructura de un cuento de hadas moderno, Leconte conduce una nueva y astuta exploración de la impredecible y elusiva naturaleza del deseo, atravesada por los conflictivos y riesgosos caminos en los que los amantes se encuentran y se pierden en su búsqueda frenética por establecer relaciones duraderas. La vuelta de tuerca no solo está presente en el formato de cuentos de hadas moderno, sino también en cambios formales puntuales. La chica del puente es la primera película de Leconte filmada en un luminoso blanco y negro de tersa textura. Y no es una elección gratuita ni preciosista. Sólo las luces y las sombras podían dar cuenta de las vidas de estos personajes que se embarcan en un viaje desde la negrura hacia la luz; que mantienen sus anhelos en la más profunda oscuridad.
Contrastando con sus películas anteriores, aquí el montaje inquieto y ágil funciona expresivamente representando la pasión reprimida de la pareja que hace tantos esfuerzos para mantenerse a distancia como para acercarse, del mismo modo que las magistrales escenas de los lanzamientos de cuchillo son efectivas metáforas de la invisible tensión inmersa en el más puro romanticismo.
Se sabe que todas las historias ya fueron contadas y, probablemente, más aun las historias de amor. El desafío está en encontrar un modo de la narración que las convierta en "nuevas historias". Ese es otro mérito de La chica del puente.
Pablo Suárez    
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CASABLANCA

CASABLANCA
Estados Unidos, 1942






Dirigida por Michael Curtiz, con Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Rains, Paul Henreid.





Es probable que la Warner, a comienzos de los ’40, no sospechara siquiera que esta película, lejos de ser una más de la producción serial, se convertiría en una de las más hermosas, recordadas y valoradas de la historia.
Todos saben algo de Casablanca, la hayan visto o no. ¿Quién no conoce su final subversivo, opuesto a lo que mandan las convenciones de las películas de amor? ¿Alguien ignora la melodía de El tiempo pasará, entonada por Sam a pedido de Ilse (Ingrid Bergman) –que, dicho sea de paso, nunca dice "Tócala de nuevo" –? ¿Existe una persona que no sepa que durante el rodaje no se conocía el final de la historia porque el guión se hacía sobre la marcha, democráticamente, con todos los escritores de la Warner aportando sus propios diálogos?
Casablanca es una de esas películas que uno puede ver dos, tres, cinco o diez veces, y aún sigue asombrando. Michael Curtiz era un genio que podía compartir el trono que sus compatriotas (Ford, Hawks, Capra) supieron conseguir. Su puesta en escena es sutil, inteligente y precisa. ¿Cómo no sentir un inmenso placer cuando el avión que parte hacia la libertad sobrevuela el café de Rick, en los primeros minutos de la película? Curtiz nos está diciendo todo. Rick (Humphrey Bogart) es la libertad. La de todos menos la suya propia, porque como le dice su adversario en el amor de Ilse, Víctor Laszlo, "cada uno debe aceptar su destino, sea bueno o malo".
Por donde se la mire, Casablanca es admirable. El cooperativo guión, la iluminación, el montaje, la música y hasta el vestuario están puestos (por azar o intencionadamente) a disposición de esta historia de amor, honor y lealtad. A Curtiz le alcanza con la cámara para decirnos casi todo sobre Rick. Registra su poder en esa mano que firma autorizaciones antes de mostrarnos la cara del héroe. Nos enfrenta a su soledad: el cigarrillo, ese partido de ajedrez sin contrincante, su vaso de bebida. Y luego, levanta la cámara y Rick, ese maravilloso Humphrey Bogart, aparece ante nosotros para convertirse, a la par de Curtiz, en Casablanca. Bogart demuestra con gestos inolvidables, miradas expresivas y esa entonación tan particular por qué aún hoy es Humphrey Bogart, el único, el más varonil, el mejor.
A pesar de que la historia es conocida, vale la pena revivir ese reencuentro en Casablanca. Una ciudad (del Africa) donde los refugiados europeos de la Segunda Guerra que huyen de los alemanes necesitan llegar para conseguir una visa que los lleve a Lisboa y de allí al soñado paraíso de la libertad: Estados Unidos. Allí reside Rick. Un norteamericano cínico, solitario, duro, que en el fondo, como le dice el prefecto Louis, "es un sentimental". Rick tiene un pasado dudoso y ha decidido terminar sus días en Casablanca, en su bar (Rick’s) y junto a Sam, su amigo pianista negro. Ya no espera nada.
Pero una noche dos hechos cambiarán su vida: Ugarte, un hombre que vende permisos para salir de Casablanca, le pide que custodie los que robó a unos correos alemanes, a los que también asesinó. Esos papeles son el pasaporte abierto para cualquier persona del mundo. Y cuestan millones. Ugarte es detenido en el propio bar de Rick por la policía que busca esos permisos robados. Ugarte pide ayuda a Rick: "No arriesgo mi cuello por nadie", le responde. Y Ugarte muere mientras intenta huir. Minutos después de este hecho, Rick se sorprenderá nuevamente. Ella está en una mesa, al lado del piano de Sam, disfrutando en silencio de aquella canción que fue testigo del amor de ambos: "As Time Goes By".
El momento en que Ilse y Rick se reencuentran es uno de los momentos más conmovedores del cine. Los ojos llenos de lágrimas de la bellísima Ingrid Bergman miran con tristeza y dolor a los de Bogart, incrédulos, alegres, resentidos. Quizá no era necesario ese flashback posterior donde conocemos el comienzo de esta historia de amor, en la París que acababa de ser tomada por los alemanes. Las miradas y las pocas líneas de diálogo de este presente en Casablanca resultan más que suficientes.
"De todos los cafés que hay en el mundo, ella tuvo que venir al mío", dice borracho Rick, cuando sólo él y Sam permanecen en el bar cerrado, a oscuras, esa misma noche del reencuentro.
Todo sucede en un par de días. Ilse no está sola en la ciudad. Acompaña a su marido checo, un importante líder de la Resistencia llamado Víctor Laszlo (Paul Henreid), quien necesita salir de Casablanca y llegar a Estados Unidos. De su partida dependen la vida y la libertad de miles de personas. Pero Laszlo está acorralado y Rick es el único que tiene los permisos que pueden salvarlo. Lo que le impide ser generoso es que está enamorado de la mujer de Laszlo.
En esta lucha por la libertad y el amor, Ilse le pedirá a Rick, a quien aún ama apasionadamente, que decida por todos. Y Rick lo hace en ese gesto magnánime y heroico que se resume en sus palabras: "No soy muy noble, pero veo que nuestro problema es muy pequeño en este mundo". Ella lo comprende y parte con su marido. Rick arriesgó su cuello por la mujer que ama y por el hombre que admira, a los que ve partir en ese avión rumbo a Lisboa. El, como apresado en su triste destino, se queda en Casablanca. Y se va caminando con Louis, el prefecto de policía, quien le aconseja que huya por un tiempo. Rick cometió varios "delitos" para que Ilse y Laszlo escaparan de Casablanca (amenazó a Louis con una pistola para hacerlo cómplice de la partida, asesinó a un mayor alemán en el aeropuerto, se convirtió en compañero de ruta de Laszlo al contribuir a su lucha). Louis, ese militar corrupto, decide proteger a Rick, quien le dice finalmente la frase más amorosa de toda la película, mientras atraviesan la niebla de Casablanca: "este es el comienzo de una gran amistad".
Obviamente, Casablanca también es una película política. El contexto de la Segunda Guerra y el hecho de que la vereda de enfrente haya estado ocupada por los nazis (y no sólo en la pantalla, sino en la vida real) salva el esquema político que plantea Curtiz. Los alemanes eran los enemigos. Los italianos, chupamedias de los nazis. Los franceses, mayormente confiables. Los americanos, héroes. Estas ideas pueden verse en cada personaje en particular. En la forma en que cada uno es presentado, por lo poco o mucho que dicen y claro, por lo que hacen. Y esa cita a La gran ilusión es una proclama política tan emotiva como la del film citado (Jean Renoir, 1937): entonar la Marsellesa con orgullo para protestar por la soberbia nazi. En el '37, Renoir y Jean Gabin la habían esgrimido contra los germanos de la Primera Guerra. En 1942, Curtiz y Paul Henreid recuerdan ese momento mágico del cine. Y lo hacen de nuevo. Porque los años habían pasado, pero los enemigos no habían aprendido la lección.

Eugenia Guevara     
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CAPOTE




CAPOTE
Estados Unidos-Canadá, 2005



Dirigida por Bennett Miller, con Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Clifton Collins Jr., Chris Cooper, Bruce Greenwood, Bob Balaban, Amy Ryan.




El nombre de Truman Capote estuvo siempre relacionado con el cine, y de diversas maneras: como escritor de guiones originales, elaboró para Vittorio De Sica el de Stazione Termini (o Indiscreción de una esposa) y para John Huston el de El golpe del diablo, y adaptó la novela Una vuelta de tuerca, de Henry James, que Jack Clayton filmó con el título de Los inocentes. Ya en el pico de la fama, adaptó sus propias obras: Desayuno en Tiffany’s y A sangre fría, y casi al final de su vida apareció en escena en Crimen por asesinato, componiendo una parodia de sí mismo. Podríamos decir que su persona estaba aguardando el presente film, que desde el título y en cada una de sus escenas lo tiene como protagonista.
Las efemérides pueden traer consecuencias interesantes, y cuando en 2004 se cumplieron los 80 años del nacimiento y 20 de la muerte de Truman, proliferaron reediciones de sus libros, ensayos sobre su vida y obra, y este film gestado por dos cineastas poco conocidos: el publicista Bennett Miller y el guionista Dan Futterman, cuya idea más genial fue convocar a un amigo de juventud, Philip Seymour Hoffman, y a Catherine Keener para consumar este proyecto, lo cual significó reunir a dos de los mejores actores actuales de los Estados Unidos.
Al final del film se presentan varios intertítulos, todos discutibles. Uno de ellos dice que Capote fue el escritor más famoso de Norteamérica, aseveración a la cual podría oponerse una lista de escritores tanto o más merecedores de tal epíteto.
Truman Streckfus Persons era originario del Sur profundo, y cambió su apellido cuando fue adoptado por su padrastro, de origen cubano. Desde los 21 años publicó cuentos y novelas que lo hicieron precozmente famoso, niño mimado de los círculos intelectuales y de la alta sociedad neoyorquina y amigo de personajes célebres, como Elizabeth Taylor y Marilyn Monroe, y hasta de Jacqueline Kennedy cuando ella vivía en la Casa Blanca. También se había ganado el odio de otros como Marlon Brando, por los mordaces comentarios que le eran característicos. Reconocido homosexual antes del coming out de la comunidad gay, su pareja durante muchos años fue el escritor Jack Dunphy. El film se basa en la elogiosa biografía que escribió Gerald Clarke, libro obligado para quien desee conocer detalles de la vida y milagros de Truman. Sin embargo, el film no resulta un biopic clásico, sino que se circunscribe a la gestación y elaboración de su libro más célebre, “A sangre fría”, con el cual Capote manifestó haber creado la novela de no ficción, o “nuevo periodismo”, mezcla de literatura, reportaje e investigación. En ella vuelve sobre temas que ya había abordado en obras anteriores: la soledad, el peligro, la muerte de la inocencia.
En 1959, un sensible e inteligente Truman Capote lee en el diario la noticia que obsesionaría su vida durante seis años: el asesinato de toda una familia de ricos granjeros en las llanuras de Kansas (en una época en que la figura del asesino serial no era común). Truman decide hacer con eso un reportaje, y hacia allá se dirige con su amiga, la escritora Nelle Harper Lee, cuya novela Matar un ruiseñor habría de ganar un premio Pulitzer y sería llevada al cine por Robert Mulligan en 1963. El reportaje se transforma en una investigación que el film sigue paso a paso: Truman urde estrategias para ganarse la confianza de los investigadores y más tarde la de los asesinos, con uno de los cuales siente una poderosa identificación: ambos son personas sensibles y marginales y han sido niños abandonados, cuyas madres se suicidaron. Esta proyección lleva a Truman a colaborar con ellos, consiguiéndoles mejores abogados que logran prolongar el proceso, mientras él puede así entrevistarlos y reconstruir el crimen.
Probablemente Hoffman gane un merecido Oscar por su impresionante y antológica caracterización de Truman Capote. Su gestualidad amanerada, su imitación de una voz siempre infantil y sus mínimas expresiones faciales, que denotan esa mezcla de soberbia y vulnerabilidad que eran propias del escritor, conforman una performance que no se queda en lo externo, sino que consigue transmitir también una emocionalidad conflictuada.
El film muestra en qué medida Truman dedicó todos sus esfuerzos a esa obra, y en su última parte exhibe las consecuencias que el largo proceso judicial ejerció sobre él. Su conducta fue ambigua, dado que no podía dar por terminada su novela antes de que culminara la historia con la ejecución de los acusados. La tensión y ansiedad por la demora en terminar la que él consideraba su obra maestra le produjo fuertes contradicciones morales, además de desgaste físico. El film sugiere que fue entonces cuando comenzó el declinar de la estrella de Truman, y uno de esos carteles finales atribuye su muerte a su adicción al alcohol, detalle exacerbado en la última parte del film. Este aspecto es discutible. La publicación de “A sangre fría” en varias entregas en la revista The New Yorker y después en un libro le reportó varios millones de dólares y además acrecentó su popularidad. Si bien este proceso de escritura pudo culminar en una crisis depresiva y le produce un quiebre, una fisura, su declive sería paulatino en los años posteriores, en un proceso de autodestrucción que lo llevó a depender cada vez más de los psicofármacos que, combinados con el alcohol, deterioraron su salud y sus relaciones con todos sus amigos, además de Jack Dunphy y Harper Lee, hasta morir por sobredosis en 1984. Otro de los intertítulos finales dice que después de “A sangre fría” no terminó ningún otro libro. Sin embargo, publicó varios relatos breves, partes de un proyecto mayor llamado “Plegarias atendidas”, que constituyen en sí mismos obras acabadas, y en 1980 publicó un último libro de cuentos, “Música para camaleones”.
El desarrollo del film es muy contenido, y elude la tentación de caer en los excesos de la personalidad de Capote. Filmado con cámara fija, establece un juego de contrastes entre la América pueblerina de Kansas y la glamorosa de Nueva York, con una cuidada recreación de época y un uso del color y de la música que acentúan su carácter melancólico. Para la versión cinematográfica de “A sangre fría”, en 1967 Truman había elegido a Richard Brooks, quien realizó un film noir denso, oscuro y violento como los mismos asesinatos. Capote en cambio no pone el foco en las muertes –aunque unos flashbacks evocan aquel film– sino en la progresión de la carrera y el carácter de Truman. Como su propio libro, ésta es una película de no ficción.
Truman desplegó en esta experiencia su costado más oscuro. El lo sabía cuando decía “Soy un alcohólico. Un drogadicto. Un homosexual. Soy un genio... Pero no soy un santo.”

Josefina Sartora   
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APOCALYPSE NOW

APOCALYPSE NOW
(REDUX)
Estados Unidos, 1979/2001






Dirigida por Francis Ford Coppola, con Marlon Brando, Robert Duvall, Martin Sheen, Frederic Forrest, Sam Bottoms, Harrison Ford, Dennis Hooper.



En el marco de la guerra de Vietnam la inteligencia norteamericana encomienda al capitán Willard (Martin Sheen)una misión: buscar y asesinar al coronel Kurtz (Marlon Brando), brillante oficial yanquí que se apartó de las fuerzas y se convirtió en líder de la tribu Montagnard de Camboya, dominado por la demencia y usando métodos considerados brutales.Willard había matado varias veces, pero nunca a un connacional. Este hecho lo lleva a olvidarse por un momento de en qué bando está, comienza a pensar en las raíces mismas de la guerra y terminará replanteándose temas como la lucha entre el Bien y el Mal. Primer dato que nos delinea la ética de la guerra de la que habla la película.
A medida que Willard y los tripulantes del barco patrulla que lo escoltan se alejan río arriba, van perdiendo las nociones de realidad y de verdad, y aquella supuesta demencia de Kurtz se apodera de cada uno a su modo. Como espectadores nos van invadiendo las sensaciones de lo que era Vietnam. En las palabras del propio director, Francis Ford Coppola: "la urgencia, la demencia, el regocijo, el horror, la sensualidad y el dilema moral de la guerra más surrealista y catastrófica de América".
Apocalipse Now Redux es, al igual que la versión original, el manifiesto de una ética de la guerra. Esta ética consiste para Coppola en desmantelar las mentiras que perpetúan la guerra justificando cualquier barbaridad. No lo fue en su momento, y menos aun debe ser una película fácil de digerir por el stablishment estadounidense. Lejos de mostrar al "héroe americano" expone el derrumbamiento de este ideal: sus flancos débiles, sus pobrezas, sus hipocresías, sus miserias.
Esta ética de guerra se nos irá revelando a través del emblemático personaje de Kurtz, quien llama la atención sobre el hecho de que su accionar no es peor que el del Ejército norteamericano. Es únicamente más "primitivo", si se quiere. Su mundo –llevado a su máxima expresión en un final sumamente dionisíaco– sólo pone al rojo vivo la esencia de lo que lleva a estas guerras, y por eso mismo se muestra a los ojos de Willard, si no más justo, al menos merecedor de mayor respeto.
Kurtz critica como una gran mentira la inmoralidad escondida en el americano medio: "enseñan a los chicos a disparar a la gente, pero no les dejan escribir la palabra fuck en sus aviones". A su vez, mata sin apelar a las justificaciones típicas de los militares y gobernantes de su país (el ser nacional, el american way of life, la seguridad global, etc), porque las considera falsas. Aniquila simplemente para mantener su poder, y de esta forma poder seguir expresando su denuncia.
Cerca del final podemos ver una escena esclarecedora sobre el punto de la mentira. Se trata de un fragmento de las conversaciones de Kurtz y Willard que no estaba en la versión original, y que muestra meridianamente lo que Kurtz-Coppola piensa acerca de cómo se miente sobre lo que está sucediendo en la guerra, del verdadero horror que se oculta.
Apocalipse Now Redux mantiene la esencia de la primer versión y la profundiza. Presiones sobre todo económicas habían llevado a Coppola y su equipo a reducir una versión original de 4 horas a la mitad, quitando todo lo que sobraba en lo que debía ser lo más parecido posible a una película del género "guerra". De esta forma se garantizaban un cierto éxito... en el que ni siquiera ellos confiaban demasiado.
Sin embargo, la primera versión, ya muy audaz y personal, lejos estaba de responder única y exclusivamente a los cánones de este género. El aporte de las nuevas escenas que no pudimos ver 22 años antes solamente enriquece una película que parecía insuperable, aproximándola aun más a lo que fue la idea original del director.
Una de las nuevas secuencias más significativas es la segunda aparición de las conejitas de Playboy. Para los soldados es una especie de oasis, un sueño en medio de tanta desolación. Pero se trata de un erotismo difícil de consumar entre la sangre, donde hasta los fluidos de la pasión se confunden con los de la muerte. Esos cuerpos desnudos que muestran fragilidad, la inocencia, o al menos la inocencia perdida, se encuentran con estos jóvenes cegados y ensordecidos por la guerra, por el horror. Ellas también están mutiladas, carentes de identidad o de sentido. Esta escena resume la soledad de estos jóvenes, hombres y mujeres-instrumentos, payasos de un circo en el que ni siquiera se reconocen.
Tras la niebla, como en un sueño, surge otra escena, la de la plantación francesa. Tan cerca del encuentro con Kurtz, del caos, de la muerte, Willard encuentra calma y sensualidad junto a una viuda francesa. Como si fuera un remanso necesario para poder enfrentarse a lo que le espera más allá, demasiado pronto. Ella le recuerda que tiene dos partes, una que odia y otra que ama. Quizá sea la parte que ama la que le impide quedarse con el imperio creado por Kurtz en ese desenlace tan onírico como escalofriante.
En el encuentro con el Coronel Kilgore, se agrega un episodio muy gracioso con la tabla de surf. Este pasaje, la segunda aparición de las conejitas Playboy y otras pequeñas situaciones dentro del barco de la Marina le dan otra dimensión a la relación que se va creando entre Willard y los tripulantes, por consiguiente más estrecha en esta segunda versión, y esto hace que cuando suceden los hechos de la última hora de film, afecten de otra manera al espectador.
"Nunca debes abandonar el bote", dice Willard en los comienzos de la película. Esta idea de abandonar el bote sin duda tiene que ver con abandonar lo propio, y dentro de lo propio la cultura: ideas, prejuicios… Obliga a observar las cosas desde otro punto de vista. Kurtz abandonó el bote y se transformó. Más tarde también lo hará Willard. "Sólo debes abandonarlo si estás dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias." Abandonar el bote es lo que le permitió a Kurtz mirar de enfrente a ese "circo de payasos" y así decidirse a crear su propio orden.
Apocalipse Now Redux invita a salir del bote. Y todo acompañado por la intrigante mirada de Willard, que funciona como espectador y observador de lo que pasa, sobre todo en la primera mitad de la película. Casi no habla, pero podemos acercarnos a lo que piensa y a las transformaciones que ejerce sobre él lo que ve, a través de una extraordinaria voz en off (redactada por John Milius). En la segunda mitad, pasará a la acción.
Las actuaciones son todas excelentes y no han perdido vigencia. Menos aun el tema: la guerra; el poder y la mentira que esta pone en juego, deberían ser tema de constante reflexión en los tiempos que corren. Esto, junto a llllla impactante fotografía de Vittorio Storaro –sin la casi obligatoria presencia de efectos especiales de las películas de guerra actuales– conforman una película de visión imprescindible, nuevamente o por primera vez.

Cecilia Pérez Casco 

ROMAN POLANSKI

ROMAN POLANSKI


Raimund Polanski, nació el 18 de agosto de 1933 en París, año que Hitler subía al poder. Vivió una infancia muy sufrida en Polonia, donde se transladaron sus padres. Con 6 años debió abandonar su hogar en Cracovia para refugiarse en una zona donde residían judíos, pese a que sólo su madre era parcialmente practicante. Ella sería deportada, Roman ya no volvería a verla.
Siendo adolescente comenzó a introducirse en el mundo de los medios del espectáculo. Trabajó en programas radiales, en obras teatrales y en algunas películas. La más importante fue "Pokolenie"(1954) de Andrzej Wajda. Mas tarde, ingresaría a la escuela de cine de Lodz, donde realizaría los primeros trabajos en cortometrajes como "Dos hombres y un armario"(1958) una sátira surrealista.
En 1962 realiza su primer film, "Con el cuchillo en el agua", por el que lo nominaron a un Oscar. En 1964, filma "Repulsión" de temática psicologica al igual que "Callejón sin salida"(1966). Su siguiente película sería una burla al cine de terror, "El baile de los vampiros"(1967). Con todo el prestigio ganado en estas películas, obtuvo el crédito para ingresar en Hollywood, donde realizó "La semilla del diablo"(1968).
Pero a pesar del éxito que lo acompañaba, tanto como director y actor, en 1969 su esposa, la actriz Sharon Tate, embarazada de 8 meses fue víctima de asesinato del clan Manson. Tras el suceso de una de sus grandes obras "Chinatown"(1973), estaría nuevamente envuelto en problemas debido a una acusación de violación por una adolescente y puesto en prisión.
Con "Chinatown" Roman Polanski confirmaría sus virtudes de gran director. Luego de "El inquilino"(1976) y "Tess"(1979), vendría una época de trancisión en sus realizaciones, para luego retomar, ya en Europa, con "Frenético"(1988), film de suspenso a lo Hitchcock, y "Lunas de hiel"(1992) que abordaba las relaciones de pareja. Continuaría su obra con "La muerte y la doncella"(1994), "La novena puerta"(1999) y la recientemente galardonada en Cannes, "El pianista".
En sus obras fundamentalmente se destacan, pese a su variedad temática, una calidad pareja, de un hombre con estilo propio. El espectador en su cine, se sumerge en los personajes. Sin lugar a dudas, hoy Roman Polanski es uno de los máximos exponentes del mejor cine.


FILMOGRAFIA
1955 - Rower (cortometraje)
1957 - Usmiech zebiezny (cortometraje)
1957 - Rozbijemy zabawe (cortometraje)
1958 - Dwaj ludzie z szafa - "Dos hombres y un armario" (cortometraje)
1959 - Lampa (cortometraje)
1959 - Gdy spadaja anioly..(cortometraje)
1961 - Gruby i chudy / Le gros et la maigre (cortometraje)
1962 - Ssaki (cortometraje)

1962 - "El cuchillo en el agua"
1965 - "Las más famosas estafas del mundo: El hombre que vendió la torre Eiffel"
1965 - "Repulsión"
1966 - "Callejón sin salida"
1967 - "El baile de los vampiros"
1968 - "El bebé de Rosemary" (La semilla del diablo)
1971 - "Macbeth"
1973 - "Que?"
1974 - "Barrio Chino"
1976 - "El Inquilino"
1979 - "Tess"
1986 - "Piratas"
1988 - "Frenético"
1992 - "Lunas de hiel"
1994 - "La muerte y la doncella"
1999 - "La novena puerta"
2002 - "El pianista"


John Cassavetes

John Cassavetes


Nació en 1929 en Nueva York. Vivió su infancia en Grecia, al volver a los 13 años no hablaba inglés. Unos años mas tarde pasó por escuelas de arte y colegios militares, que como diría él eran la misma cosa. Trabajando como actor conocería a sus amigos Peter Falk, Seymour Cassel y la que sería su esposa, Gena Rowlands. Papeles de delincuentes y psicóticos eran los que normalmente interpretaba, pero en condiciones pobres y un presupuesto escaso sería lo necesario para abordar su propio film. John elegía trabajar con su gente cercana, amigos generalmente formaban parte de su producción. Los que participaban en su grupo de trabajo deberían revelar la intimidad de su ser. Sus filmes comprenden rupturas, miedos, confusiones y equivocaciones contados con su mirada íntima. La parte que él mas amaba era la del rodaje, en ese momento plasmaba las cosas importantes que veía y lo exploraba a fondo. Le importaba mucho la persona y sobre todo el tema del amor. Generalmente rodaba en las calles, improvisando a veces las conversaciones. No le llevaba mucho tiempo escribir un guion, normalmente 3 semanas, él lo tenía en la mente, sus historias eran fruto de charlas con gente, sus filmes son como parte de la vida. Le gustaba los lugares diminutos (un placard, un baño) para emotivos diálogos. Uno de los elementos importantes en sus películas era la música, el jazz, blues y la música negra en general le otorgaron intimidad y espíritu intelectual a las escenas. Fue el cineasta independiente por excelencia, lucho contra el "stablishment" hollywoodense. Cassavetes prescindió de recursos, en varias ocasiones realizó rodajes en su casa donde los actores leían el guión sin actuar, proponiendo ellos mismos cambios en los diálogos, logrando así que los personajes fueran los actores mismos naturalmente. Lograba una autenticidad muy fuerte. Su mujer, Gena Rowlands trabajó mucho con John pero en los films la relacion era de director con actriz, eran los dos muy independientes y profesionales. Una de sus cualidades era la de terminar todos sus proyectos a cualquier costo, no le molestaban las críticas que con varios filmes no lo trataron bien. Murió en 1989, pero su espíritu libre y su legado personal e indeleble continúa vigente e incluso es tomado por nuevos cineastas.



FILMOGRAFIA
1959 · Shadows ·
Film de formato experimental y bajo presupuesto. Llena de historias de frustraciones, desamores y prejuicios raciales. Artística pura.
1962 · Too late blues ·
Un trabajo al que le falta su personal estructura.
1963 · A child is waiting ·
Fue contratado como director, no escribió el guion. Sufre su choque con el sistema de Hollywood.
1968 · Faces ·
Marca su gran retorno. Se filmó practicamente en su casa, escenas improvisadas, intensa e inigualable.
1970 · Husbands ·
Reflexiona sobre la muerte, tres tipos explorando su parte interior mas profunda
1971 · Minnie and Moskowitz ·
1974 · A woman under the influence ·
Su éxito comercial, un film mas accesible. Una mujer en conflictos por su desmedido amor.
1976 · The killing of a chinese bookie ·
1978 · Opening Night ·
1980 · Gloria ·
Una mujer, Gena Rowlands, se ve forzada a cuidar a un niño que buscan los gangsters.
1984 ·Love Streams ·
Cassavetes encarnando a un escritor que pierde la capacidad de amar.
1985 · Big trouble ·
Peter Falk, un agente de seguros metido en un fraude. Humor negro en una comedia social.
http://www.maestrosdelcine.galeon.com/biocassavetes.html



WOODY ALLEN

WOODY ALLEN


Allen Stewart Konigsberg nació en el Brooklyn, New York, el 1 de diciembre de 1935. De padres judios (padre taxista y madre contable) le matriculan en el City College de Nueva York y posteriormente en la Universidad de la misma ciudad.
En 1943 nació Letty, su hermanita y más ferviente admiradora. Pronto pasa a formar parte del programa de televisión Your Show of Show donde Woody escribe gags que serán interpretados por personajes de la talla de Sid Caesar, Imogene Coca, Carl Reiner y Howard Morris.
En 1961 hace sus primeras apariciones personales en público contando sus propios chistes en algún night club como The blue Angel y The duplex y en televisión.
En 1965 aparece por primera vez en el cine, haciendo un corto papel en What´s New, Pussycat? (¿Qué tal, Pussycat?), luego en Casino Royale y su primer papel como protagonista en Take the Money and Run que le valió el reconocimiento como cómico para intelectuales. En 1972 forma pareja con Diane Keaton en Sueños de seductor, colaboración que luego se prolongará a lo largo de toda su carrera.
En 1976 realiza una película denuncia sobre la caza de brujas norteamericana titulada The Front, que le supone un revés en cierto sector de Norteamérica. No obstante, realiza en 1977 Annie Hall con Diane Keaton, que supone un éxito en todo el mundo y la Academia le premia con un Oscar al mejor director y al mejor guión. El desplante de Woody no asistiendo a la entrega del premio y prefiriendo su sesión de jazz de todos los lunes, le supuso aún más popularidad. Algunas de sus películas no lograron el aplauso del público, al dejar de lado su papel como cómico y dedicarse a grandes críticas sociales.
Más adelante, será más popular por sus desavenencias amorosas con Mia Farrow que por sus películas, aunque Allen prefiere llevar sus asuntos personales al margen de su trabajo, Farrow airea toda su relación sentimental y llega incluso a publicar un libro donde detalla su opinión sobre su vida con Allen.
En sus últimas películas Misterioso asesinato en Manhattan, Balas sobre Broadway o Poderosa Afrodita, retoma el estilo que le hizo popular y logra de nuevo el aplauso del público. Tiene dos exesposas; Garlene Rosen (marzo de 1956-1965) y Louise Lasser (2 de febrero de 1966-1969) y casado el 22 de diciembre de 1997 con Soon-Yi Pervin, hija adoptada de Mia Farrow.



FILMOGRAFIA
1966 - What´s up, Tiger Lily? (El número uno) de Woody Allen y Henry G. Saperstein.
1969 - Take the money and run (Toma el dinero y corre)
1969 - The Woody Allen Special -Documental para televisión-
1970 - Hot Dog -Serie de televisión-
1971 - Bananas 
1971 - Men of Crisis: The Harvey Wallinger Story
1972 - Everything You Always Wanted to Know About Sex (Todo lo que quiso saber sobre el sexo)
1973 - Sleeper (El Dormilón)
1975 - Love and Death (La Última Noche de Boris Grushenko)
1976 - The Front (La Tapadera) de Martin Ritt.
1977 - Annie Hall
1978 - Interiors (Interiores)
1979 - Manhattan 
1980 - Stardust Memories (Recuerdos)
1982 - A Midsummer Night´s Sex Comedy (La comedia sexual de una noche de verano)
1983 - Zelig
1984 - Broadway Danny Rose
1985 - The Purple Rose of Cairo (La rosa púrpura de El Cairo)
1986 - Hannah and Her Sisters (Hannah y sus hermanas)
1986 - Meeting Woody Allen -corto de Jean-Luc Godard-
1987 - Radio Days (Días de Radio)
1987 - September (Septiembre)
1988 - Another Woman (Otra mujer)
1989 - New York Stories (Historias de Nueva York)
1989 - Crimes and Misdemeanors (Delitos y Faltas)
1990 - Alice
1991 - Scenes From a Moll (Escenas de una galería) de Paul Mazursky.
1992 - Shadows and Fog (Sombras y niebla)
1992 - Husbands and Wives (Maridos y mujeres)
1993 - Manhattan Murder Mystery (Misterioso asesinato en Manhattan)
1994 - Don´t Drink the Water (No te Bebas el Agua)
1994 - Bullets over Broadway (Balas sobre Broadway)
1995 - Mighty Aphrodite (Poderosa Afrodita)
1995 - The Sunshine Boys (La Pareja Chiflada) de John Erman.
1996 - Everyone Says I Love You (Todos Dicen I Love You)
1997 - Wild Man Blues (Blues del Hombre Salvaje) de Barbara Kopple.
1997 - Desconstructing Harry (Desmontando a Harry)
1998 - Celebrity
1999 - Sweet and Lowdown (Dulce y Melancólico)
2000 - Small Time Crooks (Ladrones de Medio Pelo)
2001 - The Curse of the Jade Scorpion (La Maldición del Escorpión de Jade)
2002 - Hollywood Ending
2003 - Anything Else
2004 - Melinda and Melinda
2005 - Match Point

François Truffaut

François Truffaut


Nacido en París el 6 de febrero de 1932, François Truffaut fue el fruto de una relación ilegítima entre Janine de Monferrand y Roland Truffaut, pareja que acabaría regularizando su situación cierto tiempo después del alumbramiento. La peculiar circunstancia de su nacimiento será otra de las muchas obsesiones que marquen la trayectoria del joven François, que terminará viviendo en casa de sus abuelos maternos, Jean y Geneviève de Monferrand. Tal vez por esta razón, o por las numerosas inspiraciones literarias y cinematográficas que enriquecieron su formación, el realizador de Las dos inglesas y el amor ha dejado tras sí un legado de perfume novelesco que lo une directamente con el estilo de los grandes autores franceses del siglo XIX. De hecho, esa especie de 'marca de destino' se revela cuando Truffaut declara públicamente su admiración incondicional por Balzac. Balzac, la novela decimonónica y los directores estadounidenses del Hollywood clásico, con decantada devoción por aquellos encasillados en la llamada y minusvalorada Serie B, serán sus principales fuentes de inspiración de juventud. Refugiado en la lectura y en las salas de cine de su barrio parisino, todos son la respuesta a su imperiosa necesidad de evasión. Pronto se identificará con los personajes de los libros y de las películas y amará a las actrices, hasta el punto de proponerse conocerlas, filmarlas... (son famosas sus relaciones sentimentales con actrices junto a las que trabajó, en especial con Fanny Ardant, su última musa y compañera, protagonista de La mujer de al lado y Vivamente el domingo). Convertirse en cineasta significaba para Truffaut no traicionar su infancia. Es más, le daba la oportunidad de recomponerla, no sólo en las películas alrededor de Antoine Doinel, sino también en el thriller Disparad al pianista, donde el protagonista descubre que su mujer se entregó a los brazos de un empresario para impulsar su carrera artística, o en el triángulo amoroso descrito en Jules et Jim. Armado de una pasión irrefrenable, la obsesión de Truffaut era seducir y conquistar desde dentro y fuera de la pantalla, razón que explica su total entrega al mundo del cine, no sólo como director, sino como protagonista de películas como El pequeño salvaje, particular homenaje a Rousseau, y La noche americana, por la que recibió el Oscar® a la Mejor película extranjera. En este juego de seducción permanente están implicados sus grandes maestros, los intelectuales a los que adoraba, como Bazin -su mentor en Cahieurs du Cinéma-, Cocteau, Rossellini, Renoir, Roché, Ophuls, Sartre, y, por supuesto, Hitchcock, al que consagró un libro y al que reivindicó como autor de cine, lejos del encasillamiento comercial al que Hollywood le había encadenado. Todos ellos han sido su referencia, al igual que Balzac, Proust, James, Irish, Queneau, Miller, Lubitsch o Chaplin, nombres vinculados al arte, a la literatura o al teatro, un género tan idolatrado por el cineasta como para dedicarle una película: El último metro. De entre tanta fuente de inspiración, real o no, viva o muerta, sólo un lugar quedó siempre vacío en su mente, en su vida, el del único hombre al que Truffaut no tuvo el coraje de conocer: Roland, su propio padre. Meses antes de su muerte, estando ya muy enfermo, Truffaut quiso plasmar todos sus recuerdos en una biografía que uniera inspiraciones y obras realizadas. Más allá de otras cuestiones, su propósito escondía un regreso a la infancia por última vez, a los acontecimientos que decidieron su destino. Pensaba titularla Le scénario d´une vie, pero no pudo ser. François Truffaut murió prematuramente en octubre de 1984 en Neuilly-sur-Seine, víctima de un tumor cerebral. Su desaparición causó una grana conmoción en Francia y en el cine internacional. Con él se fueron un montón de posibles historias que nunca serán contadas y la figura de un cineasta excepcional, bandera de una generación que cambió para siempre la manera de ver y de entender el séptimo arte.


FILMOGRAFIA
1954 - "Une visite"
1957 - "Les mistons"
1958 - "Histoire d'eau"
1959 - "Les 400 coups"
1960 - "Tirez sur le pianiste"
1962 - "Jules et Jim"
1962 - "Antoine et Colette"
1964 - "La peau douce"
1966 - "Farenheit 451"
1967 - "La mariée était en noir"
1968 - "Baisers volés"
1968 - "La sirène du Mississipi"
1969 - "L'enfant sauvage"
1970 - "Domicile conjugal"
1971 - "Les deux anglaises et le continent"
1972 - "Une belle fille comme moi"
1973 - "La nuit américaine"
1975 - "L'histoire d'Adèle H"
1976 - "L'argent de poche"

1977 - "L'homme qui aimait les femmes"
1978 - "La chambre verte"
1979 - "L'amour en fuite"
1980 - "Le dernier métro"
1981 - "La femme d'à coté"
1983 - "Vivement Dimanche !"

http://www.maestrosdelcine.galeon.com/biotruffaut.html