El término «música clásica» aparece por vez primera en el diccionario Oxford English Dictionary en 1836 y señala las composiciones europeas más destacadas del siglo anterior. Con el tiempo significa lo opuesto a la música popular en el lenguaje corriente. Es el nombre habitual de la música culta, académica, docta y otros. La música clásica, en la historia de la música y la musicología, es la música del clasicismo o período clásico (1750-1800). Pero por su sentido popular y de gran aceptación en medio escrito es aquella tradición culta creada en Europa, entre los años 1450 y 1950 aproximadamente. Existe una expresión que abarca casi todos los períodos para definir su época de mayor esplendor período de la práctica común.
FUENTE : WIKIPEDIA .


Sin música la vida sería un error.
Fiedrich Nietzsche
Filósofo


Por la música, las pasiones gozan de ellas mismas.
Nietzsche
Filósofo


La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía
Beethoven
   Compositor




El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos.
Oscar Wilde


Aprender música leyendo teoría musical es como hacer el amor por correo.
L.Pavarotti
Tenor


El arte de dirigir consiste en saber cuando hay que abandonar la batuta para no molestar a la orquesta
Hebert Von Karajan
Director


En verdad, si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco
Piotr Ilich
Tchaikovski
Compositor


La música compone los ánimos descompuestos, y alivia los trabajos que nacen del espíritu.
Miguel de Cervantes
Escritor Español


La música sería el lenguaje de la filosofía si pudiera pensar con sonidos en vez de pensar con palabras.
Hegel
Filósofo
La música puede definirse como la ciencia de los amores entre la armonía y el ritmo.
Platón
Filósofo Griego


El hombre que no tiene música en sí y a quien no conmueve el acorde de los sonidos armoniosos, es capaz de toda clase de traiciones, de estratagemas y depravaciones.
Arthur Schopenhauer
Filósofo Alemán


En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad.
Arthur Schopenhauer
Filósofo Alemán


La música es una metafísica que se hace sensible.
Arthur Schopenhauer
Filósofo Alemán


La música debe escucharse a media luz, a fin de que la atmósfera musical no se vea alterada por las sensaciones visuales.
Stendhal
Novelista y ensayista francés


a música lo eterno y lo ideal. No se refiere a la pasión, al amor o a la desesperación de tal o cual individuo, sino a la pasión, al amor y a la desesperación en sí.
Richard Wagner
Compositor


La música es el verdadero lenguaje universal.
K.J. Weber 
Compositor


En música, los silencios son tan importantes como las notas tocadas. Crean la melodía. Sin ellos, nada existiría. Sin el silencio, no existiría la música
Ana Alcolea
Escritora


La música empieza donde se acaba el lenguaje
Ernest Theodor Amadeus Hoffmann 
Escritor


La música es la voluptuosidad de la imaginación
Eugene Delacroix 
Pintor romántico


El jarrón da forma al vacío y la música al silencio
Georges Braque
Pintor





El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla



Robert Browning 
Dramaturgo






 
 "Error funesto es decir que hay que comprender la música para gozar de ella. La música no se hace, ni debe jamás hacerse para que se comprenda, sino para que se sienta ".

MANUEL DE FALLA 





BIOGRAFIA DE CHARLES CHAPLIN
Pantalla Completa

La banalidad del mal
Juan Nuño



La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos
,
Caracas: 
Monte Ávila, 1990,
p. 43-46.
El precedente del Holocausto, genocidio del pueblo judío europeo en la primera mitad del sigloXX, no es ni la Inquisición ni los pogroms ni aquella matanza de armenios. El precedente más directo, si hay que buscar alguno, se llamaMurder, Inc. y forma parte de la civilización ítalo-norteamericana: el crimen organizado. A menor escala, pero responde al mismo plan: cómo matar (en un caso, selectivamente; en el otro, masivamente) en forma objetiva, impersonal y sistemática.
Es posible que la única ventaja que tenga en este caso el paso del tiempo sea la de permitir un grado de reflexión más avanzado, con la consiguiente reducción de los componentes emotivos que, sobre todo al principio, dominaron en todos los intentos de comprensión del fenómeno del Holocausto. Sólo a fines de ordenación de las ideas, puede intentarse un sencillo esquema que distinguiría tres niveles de captación del fenómeno: (1) nivel superficial, que arroja un primer intento de comprensión meramente descriptiva de lo sucedido: qué fue lo que pasó; (2) nivel medio, que avanza hacia el conocimiento detallado del Holocausto: cómo sucedió; y (3) nivel profundo, que se interesa por la estructura subsistente en dicho fenómeno: por qué fue posible que sucediera lo que sucedió.
Los primeros documentos gráficos y testimoniales, así como algunos films ya clásicos (Resnais, Rossif, Wajda), ejemplifican el primer nivel: corresponde al momento de máxima emoción mundial por el descubrimiento del horror, pero se queda detenido en los sentimientos que fácilmente suscita una tragedia de tales proporciones.
Obras como las de Hilberg, Reitlinger y Poliakov, entre muchas, alcanzan el nivel medio, en el que habiéndose reducido el tono emocional, se comienza a ganar un conocimiento detallado del fenómeno.
Fue Hannah Arendt quien abrió la puerta que da acceso al tercer y más profundo nivel, con su debatida obra, Eichmann en Jerusalén: Informe sobre la trivialidad del mal, 1963. Pero no ha sido la única. Bien es verdad que son más abundantes las obras simplemente descriptivas o históricas en comparación con las interpretativas y analíticas. Es posible que ello se deba a que las primeras se limitan a trabajar en el nivel emotivo del hecho, mientras que las interpretativas tocan puntos controversiales, como quedó puesto de manifiesto con la resonancia que en su día tuviera la citada obra de Arendt. Las diversas comunidades judías siguen detenidas en la visión apocalíptica del suceso y parecen evitar adentrarse en las motivaciones reales del mismo; a ello se agrega el interés geopolítico de los sionistas, que alimenta la visión persecutoria entre la diáspora como expediente inmigratorio.

Foto de archivo de los supervivientes del campo de concentración 
de Auschwitz tras la llegada liberadora de los soldados soviéticos, 
el 27 de enero de 1945.

Después de la obra de Arendt, las más osadas en el camino de la interpretación en profundidad son las del rabino norteamericano Richard L. Rubenstein: After Auschwitz (1974) y The Cunning of History (1978).
En resumen: quien sólo quiera saber lo que pasó (suponiendo que a estas alturas alguien aún lo ignore), debería concentrarse en el largo film (nueve horas y media) de Claude Lanzmann, Shoah (1985), o leer el Auschwitz de Poliakov (1964) o el Treblinka de Jean-Francois Steiner (1966); quien desee avanzar para enterarse de cómo pasó, no puede prescindir de la obra de Hilberg, The destruction of the European Jews (1961), pero aquel que busque meterse en honduras de por qué pasó semejante catástrofe, deberá acudir a Arendt y a Rubenstein, en las obras ya citadas.
La tesis de la trivialidad del mal, impuesta por Arendt, ha sido deformada y mal entendida: el mal no es banal porque sus ejecutantes lo fueran; no se trata de fijarse en los rostros de Eichmann o de Barbie y llegar a la nada difícil conclusión de que eran hombres tan insignificantes como todos y de que, por consiguiente, el mal que cometieron fue banal sólo porque ellos lo eran. Los grandes asesinos no llevan una marca en la cara a menos que se crea la leyenda de Barba Azul. La trivialidad a que hace referencia Hannah Arendt es la de la burocracia: en este siglo y sólo en este siglo, ha sido posible institucionalizar administrativamente el mal porque existen sociedades altamente burocratizadas, en las cuales los ciudadanos adquieren mentalidad de funcionarios dóciles y obedientes que un día llevan a cabo una tarea y al día siguiente otra, que bien puede ser la contraria, con tal que tales tareas formen parte de actividades previamente ordenadas. Tan banal como fabricar Leicas, distribuir cartas en el correo, clasificar los comprobantes del impuesto o atender el movimiento de trenes en una estación fue para los burócratas alemanes realizar el conjunto de actos que llevaron a la muerte a millones de personas. Desde las iglesias que extendían los certificados de pureza racial hasta los encargados de arrojar el Zyklon-B por las trampillas de las cámaras de gas. La trivialidad no está en las gentes, sino en el sistema y en el tipo de vida que el sistema desarrolla y en el tipo de actividad que realizan los hombres en semejante sistema. Arendt comprueba que nuestra sociedad, como ya diagnosticara Max Weber, es una sociedad burocratizada; dentro de la cual puede ejecutarse cualquier acción con tal de organizarla debidamente a través de los canales administrativos rutinarios. Rubenstein da un paso más allá: semejante banalidad del mal, producto de sociedades altamente burocratizadas y organizadas, es una consecuencia de las tendencias desarrolladas por la civilización occidental; no es ninguna casualidad, no es algo que ha podido dejar de pasar; no es una trivialidad banal, sino que es el lógico resultado de una forma especial de civilización. Por algo sostiene Rubenstein que «quienes vivimos en la postguerra, hemos visto el surgimiento de un universo moral absolutamente diferente», indicando con ello que el proceso de banalidad prosigue su marcha. Una vez que en una sociedad se ha implantado lo que con justeza podría denominarse la dominación de los burócratas, pueden indiferentemente fabricarse automóviles, televisores u hornos crematorios en los que matar masivamente a seres humanos. La misma empresa que produce fertilizantes es la que produce defoliantes que matan toda forma de vida vegetal en el territorio enemigo. Y ha sido posible llegar a semejante tipo de sociedad por la combinación de dos factores: la preponderancia del Estado, que sólo puede subsistir alimentándose de funcionarios, y la secularización de la conciencia religiosa, propia de las religiones judeo-cristianas; en ellas, lo que cuenta es la aplicación mundanal de los elegidos (o en tanto colectividad o en tanto individuos: caso de la vía protestante de la gracia) y sus logros materiales. Aquel protestantismo, causa orgullosa del capitalismo, lo es también de los métodos burocráticos, sin los cuales no hay posibilidad de desarrollo capitalista sostenido. En el fondo oscuro de esta civilización antinatural, antipagana, palpita lo que Rubenstein no vacila en llamar la «enfermedad judeo-cristiana». Se ha sustituido las religiones naturales con la burocrática y abstracta y ahora es el Estado el dios al que reverenciar o cuando menos obedecer.
Sólo que semejante explicación básica podría aceptarse en tanto condición necesaria pero no suficiente: es menester que haya burócratas para implementar «soluciones finales» con la meticulosidad alemana, pero esos mismos burócratas podían haberse dedicado a promover kindergarten para los niños judíos o a estudiar la relación entre el aumento de los lepidópteros en el verano a la puesta del sol. ¿Por qué el exterminio? Hace falta complementar aquella explicación con la condición suficiente, la cual tiene que ver con la evolución histórica occidental en sus relaciones con el mundo judío. Es cierto que la muerte masiva no le ha estado reservada en este siglo a los judíos, pues desde las masacres stalinistas hasta el genocidio camboyano el abanico tiende a abrirse. Siempre quedará por explicar el caso particular de los judíos, víctimas favoritas de una civilización crecientemente represiva. El exterminio judío del siglo XX queda explicado parcialmente en la secuencia histórica que presenta Hilberg en su ya citado libro: primero decidió la sociedad cristiana recién constituida que los judíos no podían vivir entre los cristianos si seguían siendo judíos, y la implementación de semejante política dio lugar a las conversiones como forma primaria de represión; después, se avanzó otra vuelta de tuerca: se dijo que los judíos no podían vivir entre los cristianos de ninguna manera, convertidos o no, y sobrevino la fase de las expulsiones, que presenta las formas directas, brutales (edicto de 1492 de los Reyes Católicos), hasta las indirectas, pero no menos brutales, de los ghettos; por último, se ha dado el paso definitivo y sin adjetivos ni consideraciones circunstanciales que ha consistido en decir que los judíos no podían vivir. Sin más. Lo que significó muerte colectiva.
Es la anterior una buena explicación esquemática que deja fuera ciertas consideraciones y suscita algunas dudas. Por ejemplo, sería un error creer que en la primera fase represiva (conversión) no se mataba judíos. O que la política de asimilación (Revolución Francesa y Napoleón) no era otra manera de «matarlos», convirtiéndolos en citoyens y negándoles especificidad judía. Y por último, esa secuencia tripartita de Hilberg tampoco explica el Holocausto: explica el principio por el que se van a regir los antisemitas del siglo XX, pero no desciende a explicar la forma característica de represión nazi. Hay que tener en cuenta que lo que diferencia a los nazis de las anteriores formas de represión es muy poco: tan sólo la sistematicidad. No la cantidad, que ésa se encuentra en función de la demografía del momento y de la naturaleza de la represión, sino la sistematicidad con que los nazis procedieron. En lo demás, fueron prácticamente iguales a todos los otros movimientos represivos antijudíos; en lo que se diferencian es en ese detalle: los nazis fueron sistemáticos en su concepción de la represión. No fue una represión momentánea ni localizada ni específica ni ocasional ni con excepciones. Fue una represión total y sistemática, como corresponde a una sociedad totalitaria y perfectamente organizada según el modelo burocrático.
Tampoco las explicaciones demasiado globales de Rubenstein o del mismo Hilberg penetran en el caso particular de la represión nazi. Porque no toda sociedad burocratizada lleva a cabo genocidios, y aun suponiendo que se esquive la dificultad con el argumento de que, dadas las condiciones, todas lo harían, aún faltaría por explicar por qué lo hizo precisamente la sociedad alemana y por qué con los judíos. Responder que lo hizo porque el antisemitismo es eterno sigue dejando el problema abierto con un juego de palabras que nada explica. Si el antisemitismo es general y antiguo, puede de nuevo preguntarse por qué unos persiguen y otros no. O por qué unos lo hacen con más frecuencia o más saña que otros. En cualquier caso, el problema sigue en pie, no respondido, y marca los contornos de la especificidad del caso alemán.
Es un hecho histórico que el Holocausto ha sido obra alemana. Es posible que, como sostiene Rubenstein, la condición de sociedad fuertemente burocratizada haya sido determinante en el tipo de genocidio llevado a cabo. Es evidente que en esta ocasión la persecución antijudía ha asumido la forma de genocidio absoluto, según la tesis de intensidad creciente que mantiene Hilberg. Pero de todos modos siempre quedará en la sombra de la más indescifrable irracionalidad por qué en Alemania. Decir que hubo persecución a los judíos también en otros países (Polonia, Hungría, Francia) es enmarañar innecesariamente el problema. Porque el hecho es que sólo en Alemania y sólo a cargo de alemanes y sólo siguiendo directrices alemanas se llevó a cabo el Holocausto en tanto empresa de extirpación total y sistemática.
La mayoría de la gente, por no decir toda, se horroriza ante los resultados. Fue la reacción dominante al final de la guerra cuando los diversos medios de comunicación dieron a conocer profusamente la realidad de los campos de exterminio: dos clases de cadáveres, los apilados en montones, listos para ser incinerados, y los aún vivientes, espectrales, a un paso de morir definitivamente.
Sería de un optimismo impropio asegurar que era la primera vez que el ser humano mataba tan brutal y masivamente a sus semejantes, pero en cambio era la primera vez que el mundo se enteraba de manera tan gráfica y directa, ya que en esa ocasión se dispuso de recursos informativos no menos masivos que los crímenes cometidos. El mundo se horrorizó porque por vez primera vela de lo que era capaz la vesania humana. Sólo que quedarse detenidos en el horror de las imágenes es una forma cómoda de no asustarse demasiado: aún es peor lo que esas imágenes significan. Aquellos dos ejemplares de cadáveres agotan las promesas del universo nazi: por un lado, la disponibilidad absoluta del ser humano; por otro, la aparición de una nueva especie. Fueron posibles las montañas de cadáveres a partir de la noción de disponibilidad: los humanos son como cualquier material modificable, del que se termina por desechar una parte residual. Como si se tratara de aves sacrificadas, reses de matadero o, simplemente, despojos, piltrafas, bagazo inservible. En cuanto a los muertos vivientes que, a la hora siempre tardía de la liberación, se arrastraban entre la geometría elemental de los campos, anuncian los moradores de la ciudad del futuro: Mil novecientos ochenta y cuatro nació de los campos de concentración y exterminio. La disposición de la sociedad será decididamente vertical: arriba, la clase superior, la nomenklatura, las SS, el innerparty o como quiera llamarse a la minoría dominante; abajo, al ilimitado servicio de aquéllos, la masa informe y utilizable de los underdogs,los infrahombres, los proles: buenos para trabajar un tiempo y morir rápido. Por doquier, esas dos ideas: la disponibilidad y maleabilidad. Los nazis pusieron la primera piedra de un edificio que no ha dejado de levantarse: el de la ingeniería social, para tratar al hombre como mero ladrillo, a partir del cual intentar cualquier proyecto, por monstruoso que suene.
El proyecto particular de los nazis afectaba directa, aunque no exclusivamente, a los judíos. Era un proyecto bien simple: limpieza del espacio habitable por los dueños de la casa. Todo lo que fuera considerado nocivo, dañino o simplemente impropio de aquel espacio, debía ser eliminado. Los nazis sólo hicieron lo que se conoce como «poner en orden la casa propia». Para ello, partieron de una clasificación elemental: quiénes tienen derecho a vivir en ella y quiénes no. A estos últimos debe hacérselos desaparecer. Más que una ideología racista, la de los nazis era una ideología profiláctica, higiénica, desinfectante: de un lado, lo limpio, lo puro, lo impoluto; del otro, la suciedad, las impurezas, la basura. De modo tal que las teorías racistas estaban subordinadas a la gran teoría profiláctica, complementándola. Porque hacía mucho que los alemanes ( y los ingleses y los franceses) habían elaborado complicadas teorías racistas, pero lo que hicieron los nazis fue poner esas teorías racistas al servicio de una teoría más potente, de naturaleza clínica: como medida de profilaxis, en un espacio bien ordenado, los puros no deben mezclarse con los impuros.
Eso explica las diversas fases de la represión antijudía de los nazis: comenzaron por aislar a los judíos, como quien localiza el germen a eliminar; siguieron con su expulsión y extrañamiento, a modo de aislamiento; para terminar con la medida más radical de todas, la solución final o de exterminio definitivo y total del agente contaminante.
Quien desee extraer consideraciones filosófico-morales de semejante experiencia puede fijarse en lo que sucede cuando la idea se impone a la práctica. La mente nazi fue perfectamente lógica, si por lógica se entiende aquella mente que no se desvía ni un milímetro de la ejecución del plan previamente trazado. Por psicopatología, es sabido que la logicidad exagerada es propia de los paranoicos. Pero seria demasiado fácil volver a la excusa de que estaban locos al hacer lo que hicieron; quizá algunos de ellos, quizá al principio, quizá en la elaboración de su doctrina, pero sin la mansa, fiel e indefectible colaboración del pueblo alemán, que, por muy burócrata que fuera, no estaba loco, habría sido imposible la realización de tan inmenso proyecto. Es algo muy dicho, pero no estaría de más repetirlo: los nazis no mataron judíos por el placer de matar ni porque los odiaran ni porque quisieran apoderarse de sus bienes ni sólo porque fueran una raza inferior: también los franceses, en tanto celtas, y los italianos, en tanto latinos, eran para ellos, los arios, razas inferiores, y no tuvieron necesidad de exterminarlos en el tiempo en que pudieron hacerlo. A los judíos los hacen desaparecer simplemente porque contaminaban el espacio ario, el cual debía de ser limpiado de impurezas. De modo que más que sangrientos asesinos, que se recrean sádicamente con el sufrimiento de sus víctimas, hay que verlos como eficaces desratizadores que llevan a cabo una desagradable pero necesaria e impostergable tarea. Tenían un trabajo que hacer y lo hicieron hasta el límite de sus fuerzas y posibilidades, que fueron muchas.
Al conocer en detalle la empresa profiláctica del nazismo con los judíos, hay un aspecto que no sólo llama la atención, sino que crea cierto malestar intelectual. Desde el primer momento, en todo instante, los nazis se dedicaron a borrar concienzudamente las huellas de lo que estaban haciendo. Jamás emplearon expresiones directas como «matar», «liquidar» y similares, sino que comenzaron por hablar de «solución final» y siguieron empleando circunlocuciones tales como «reacomodo», «instalación», «disposición» y otras no menos eufemísticas y neutras. Precisamente por eso, por esconder su gigantesca obra de limpieza, se vieron enfrentados a unos tremendos problemas de logística administrativa de los campos. Para hacer desaparecer totalmente los cuerpos, inventaron los hornos crematorios, pues no se conformaron con enterrar a sus víctimas, sino que necesitaban incinerarlos para que, en parte, se fueran en humo, y en parte, en cenizas, que tenían buen cuidado de esparcir luego en los ríos para que desaparecieran por completo. Lo mismo hicieron los soviéticos con sus víctimas: Slansky y sus compañeros, juzgados sumariamente en Praga a principio de los años cincuenta, fueron ahorcados, quemados y luego esparcidas sus cenizas en algún río.
Pero en el caso de los nazis, los problemas fueron descomunales, ya que no es lo mismo hacer desaparecer por ese procedimiento trece cuerpos que aplicárselo a millones y millones. Les costó mucho dinero y esfuerzos y perdieron en ello mucho tiempo. Todo para no dejar ni rastro de lo que hacían con los judíos.
A primera vista, parece un contrasentido o, cuando menos, una anomalía, algo inexplicable según la propia mentalidad nazi. Si tan seguros estaban de su doctrina y de dominar el mundo con un Reich milenario, ¿por qué tomarse el trabajo de hacer desaparecer hasta el último átomo de los judíos asesinados? Eso de ocultar el cadáver y hacerlo desaparecer por completo es preocupación habitual en cualquier asesino, desde los gangsters del Norte (Chicago, Nueva York) hasta los del Sur (militares de guerras «sucias»). Pero el criminal común y corriente obra así como medida de protección: para no ser inculpado, por aquel viejo principio según el cual no hay delito sin prueba. Ahí es cuando surge el desconcierto al considerar el caso de los eficientes nazis: no es posible que desde el primer momento en que se dedicaron a eliminar judíos estuvieran preocupados por culpabilidad alguna y las posibles consecuencias en el caso de ser descubiertos. Pero si ellos habían sido los primeros en proclamar a los cuatro vientos lo que iban a hacer y por qué. Además, cada vez que tuvieron que tomar terribles y salvajes represalias, desde Lídice hasta Oradour o las Fosas Ardeatinas, lo hicieron abiertamente, a pleno cielo, y asumiendo la plena responsabilidad de sus actos, ya que obraban así precisamente para aterrorizar al mundo. ¿Por qué, en el caso de los judíos, esa extraña obsesión por esconder la más mínima traza de su eliminación masiva?
Llegaron hasta la perfección semántica de prohibir usar el término «cadáver»; en su lugar, quienes operaban con los cuerpos deberían decir «figuras» o «andrajos», pero nunca «muerto» ni similar, so pena de ser duramente castigados.
Lo que más molesta es pensar que obraron así por mala conciencia y como arrepentidos de lo que estaban haciendo: les daba vergüenza ser unos vulgares criminales y se engañaban a sí mismos y pretendían engañar al mundo fingiendo que no hablan hecho nada malo, para lo cual escondían y hacían desaparecer los residuos de sus travesuras. Ni hablaban de lo que hacían ni dejaban rastro alguno, en un afán por hacer olvidar sus crímenes. De tal modo que eran unos asesinos masivos, implacables, organizados, todo lo que se quiera decir, pero al final resultaban ser vergonzantes. Huían de su crimen hasta en el lenguaje administrativo con que inevitablemente necesitaban referirse a él. ¿De verdad cabe pensar la posibilidad de que sintieran vergüenza y un escondido arrepentimiento? Resultaría una nota demasiado humana como para creer que semejante debilidad pudiera aquejar a los nazis; de haber sido así, habría una grieta en el edificio, una falla en su visión del mundo y una esperanza en su monstruosa conducta.
La sola explicación posible es la más sencilla y sobre todo la más coherente con el propio pensamiento nazi. Tiene además la ventaja de que también es válida para los crímenes soviéticos similares. Como en tantas otras ocasiones, la clave está en Orwell: es aquello de declarar a los enemigos del Estado «nopersonas» al momento de hacerlos desaparecer. Así desaparecen definitivamente. no sólo dejan de molestar, es decir, de existir, en el presente, sino que también desaparecen del pasado, no han existido jamás, son borrados para siempre del libro de la historia, de la memoria de los hombres.
Para los nazis, los judíos eran no-personas de entrada: no eran propiamente humanos, sino una raza inferior, subhumana, de modo tal que, al hacerlos desaparecer, además de hacer un favor a los pueblos superiores, propiamente humanos, limpiándolos de semejante plaga, no estaban eliminando en realidad seres humanos, sino una especie de insectos, de cosas, de desechos, de figuras, de andrajos. ¿De qué manera guarda el hombre memoria de sí mismo, desde tiempos inmemoriales? Mediante el culto a los muertos, que comienza con el enterramiento y la marca del lugar dónde sepulta a sus semejantes. A sus semejantes, pero justamente los nazis no estaban matando semejantes, luego no merecían ni siquiera ser enterrados. De haberlos enterrado, habrían corrido el peligro de que alguien de las futuras generaciones sacara sus restos y los confundiera con los de los hombres propiamente tales. Los judíos debían desaparecer de la faz de la tierra, no sólo físicamente, sino hasta su memoria, sus nombres, su historia, su más sutil vestigio. Como si nunca hubieran existido. En el Reich milenario, que los nazis comenzaban a levantar, no habrían existido jamás, y semejante tarea ingente era la que las venideras generaciones de alemanes deberían, sin siquiera saberlo, a los sacrificados hombres de Himmler. Tal fue el mensaje de la conferencia de Wansee a los fieles SS. Esa es la razón de una saña, que no fue tal, sino sistematicidad de una idea: el mundo pertenece a unos, pero no a otros. Aquel proclamadoLebensraum exigía un complementario espacio de muerte para quienes no tenían derecho al vital. Los campos de exterminio marcan así el Todesraumde la cultura nazi.
A la aplicación de esas ideas, a su puesta en marcha, se ha convenido en calificarlo de «mal». No puede haber mal más vulgarmente administrativo ni, al mismo tiempo, más propiamente humano. Antes del mal nazi se registraba el habitual, nacido de reacciones instintivas, hipotalámicas; el mal nazi, el Holocausto, es consecuencia directa del cerebro más evolucionado del hombre, el más perfeccionado: nace de la racionalidad de una idea y se materializa con la racionalidad de un plan. Quien vaya a deducir de ahí que el hombre es más peligroso cuanto más racional y avanzado, no andará muy errado.
Cuenta Jorge Semprún en Le grand voyage su propia experiencia como prisionero que fue en Buchenwald, en tanto español y comunista. Tuvo la suerte de sobrevivir y, tan pronto fueron liberados los pocos afortunados que escaparon al infierno, el protagonista de la novela hace al fin lo que desde el encierro del campo siempre habla deseado hacer: se dirige a una hermosa casa de campo alemana, situada sobre una espléndida colina, justo enfrente del campo de concentración, casa a la que no había dejado de ver todos los días desde su encierro. Una vez fuera, quiere invertir la posición: ver desde la casa el campo.
En la casa hay una respetable señora mayor, de cabellos grises, que, aunque, un poco asustada al principio, accede höfflich a enseñarle el interior de su acogedora mansión. Lo que busca el recién liberado está en el primer piso: el magnífico balcón que posee la gemütliche Wohnstube en donde se reúne aquella apacible familia. Una impresionante vista sobre el campo, incluida la chimenea gigantesca del crematorio: como quien dice entrada de palco para el espectáculo cotidiano. Al preguntar el prisionero a la amable dama qué pensaban cuando en la noche, todas las noches, veían elevarse hasta el cielo las llamas incesantes, ésta sólo acierta a decirle que también perdió sus dos hijos en la guerra. Es la medida alemana del valor de las vidas: dos contra millones. De resto, todo había transcurrido tranquila y ordenadamente en aquella agradable casa que todos los días disfrutó de contemplar la atareada actividad de un campo de muerte.
La banalidad del mal no sólo cubre a los funcionarios: todos lo aceptaron de la manera más natural. Esa es justamente su trivialidad. Siempre queda el raro consuelo de que la próxima vez será aun más banal.
De un nazismo al otro



La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos
,
Caracas: 
Monte Ávila, 1990,
p. 43-46.
Lo de menos es la anécdota: hace más de cincuenta años, Hitler toma el poder en Alemania. Ni cómo lo toma: golpe, semi-golpe, elecciones, coaliciones, artimañas, incendio del Reichstag, amenazas. Ni por qué lo toma: crisis económica, revanchismo bélico militarismo prusiano, cobardía de las democracias, recurso frente al bolchevismo. Lo que cuenta es lo que el nazismo significa. No lo que significó hace cincuenta años: lo que sigue significando, su innegable peso en este siglo, el siglo de las ideologías totalitarias en marcha, ensayadas y más que probadas: triunfantes.
Sólo que gracias a los historiadores, a Hollywood, a los politólogos y al sadismo pornográfico, la imagen de un nazi es una mezcla de monstruo vestido de negro chorreando baba mientras tortura a una víctima semidesnuda y triturada, todo ello bajo la cruz gamada. El coco de la época: bueno para asustar niños democráticos.
Con el nazismo hay que comenzar por negar. No fue un fenómeno aislado, excepcional, extraordinario que un mal día irrumpió en la culta, industriosa, avanzada y democrática nación alemana. Al contrario: sale del más oscuro y auténtico modo de ser alemán; nutrido en el viejo irracionalismo romántico, a lo Wagner, a lo Nietzsche; formado en las ideas totalitarias de la gran filosofía alemana, a lo Hegel, a lo Fichte, con la prédica ciega de la adoración hacia el todopoderoso Estado; aderezado con la salsa bien germana del antisemitismo más cerril, aquel que se basa en el rechazo a todo lo que no sea eigentlich bei uns. El nazismo pertenece a Alemania tanto como Sigfrido, el Walhalla y Lutero. O tan poco como Goethe, Beethoven y Durero. El nazismo no fue un suceso patológico, la acción violenta e incontrolable de unos cuantos locos desatados que, mediante la técnica del Putsch y el ejercicio del terror, se imponen a todo un pueblo pacífico y amenazan al mundo. Ojalá hubiera sido así. Los nazis eran seres perfectamente normales, sanos, equilibrados, padres de familia, trabajadores, sobre todo, trabajadores y organizados. Verdaderos modelos de burguesía burocrática, tranquila y disciplinada. Eso sí: con una ideología en qué creer y un programa que cumplir. Una anécdota poco conocida revela su seriedad. El 9 de noviembre de 1938 caía abatido en París Ernst von Rath, consejero de la Embajada alemana, asesinado por el judío polaco Grynzpan, desesperado por la deportación a que se vio sometida su familia. Aquel homicidio fue la chispa que desencadenó la famosaKristalinacht del 10 de noviembre en toda Alemania: quema de sinagogas, ataques a negocios judíos y violencia física contra las personas. Esa orden aislada había partido de Goebbels a las SA, la secciones de asalto de los primeros tiempos del partido nazi. La orden creó un profundo malestar en el partido. Goering, Himmler y el propio Hitler criticaron internamente los hechos y condenaron los excesos. Pues los nazis no propugnaban ninguna violencia vulgar y callejera contra los judíos. Eran gente seria. La espinosa Judenfragedebía resolverse científicamente, no a empellones, latas de gasolina y cristales rotos. Y en efecto: trataron de resolverla definitivamente: Endlösunges decir, seis científicos millones. Para una primera prueba, no está mal.
Sobre todo, el nazismo no quedó limitado a un país y a una época. Basta ya del recuento de los hechos y de las interpretaciones histórico-económicas. Frente al libro clásico de Shirer (The Rise and Fall of the Third Reich), el poco transitado de Arendt (The Origins of Totalitarianism). El nazismo no sólo fue algo del pasado alemán. Forma parte de nosotros y de este siglo. Está ahí, aquí, en todas partes. El nazismo en tanto expresión histórica, es decir, Hitler y el movimiento nazi, fue tan sólo un primer ejercicio de dominación total. Pero no ha sido el único: fue el primero y fracasó. Mas el ser humano es tesonero y cree en el progreso. Ahí está el Gulag, del que podrán decirse muchas cosas, pero no que es un fracaso. La dominación ideológica total ha prendido en el cuerpo social. La civilización puede sentirse orgullosa. A partir de Occidente, pero ahora sin limites mundiales, esta civilización, a fuerza de abstracciones, ha creado la obra maestra: la ideología totalitaria.
Se comenzó con la abstracción de un dios, en vez de muchos; se siguió con la abstracción de la naturaleza y se llegó a la despersonalización de las fuerzas y poderes que explican acciones y procesos. Por eso, tras la ideología nazi, hay que buscar la noción biológica de supervivencia del más fuerte y superior. Ello explica que los ejecutantes nazis pudieran ser a la vez implacables y tranquilos, malvados y banales: estaban aplicando una ley biológica, la que exige primar al superior sobre el inferior. Eso fue todo. Detrás de la ideología comunista, la noción histórica de la supervivencia de grupos: la lucha de clases lo explica todo y todo lo justifica. Oponerse a la Judenreinnigunga la limpieza de sangre mediante la eliminación de judíos, era tan insensato como oponerse a la curación del cáncer. Disentir de las purgas de Stalin o de los hospitales psiquiátricos de Breznev o de la KGB de Andropov es tan absurdo como no estar de acuerdo con la liberación de los esclavos. Aquello fue una necesidad biológica; esto equivale a una obligación histórica. Ambas ideologías pretenden ser científicas, se resguardan en leyes y aspiran a servir a toda la humanidad. Para siempre, para todos los hombres, sin apelación, pues son La verdad y La solución. En eso estamos. Y al que no le guste, ya sabe qué elegir: el holocausto termonuclear, la otra cara de la moneda. La cara tecnológica de una moneda científica que alimenta las grandes ideologías totalitarias del siglo.
Pese a todo, hay que reconocer que el nazismo tiene algo de anecdótico, de historia tenebrosa, un poco démodé. Comparado con lo que vino después, Hitler era un pobre tipo, apenas un aficionado de provincias. Recuerda mucho al Jack the Ripper de aquella ingeniosa película de Nicholas Meyer Time after Time («Escape al futuro»), en su didáctico enfrentamiento con el candoroso Wells juvenil, creyente en la utopía y en el socialismo. En aquella habitación de hotel californiano, Jack el Destripador enseña al victoriano Wells, recién llegado de 1893 en su máquina del tiempo, otra máquina, la televisión, plagada de guerras, crímenes, violencias, genocidios, muerte por doquier, y entonces es cuando suelta la gran frase, la que ahora podría decir con toda propiedad Adolf Hitler de estar vivo: «En mi época, yo era un monstruo y ahora me siento un simple amateur».
No importa que no maten a Klaus Barbie, alias Klaus Altnann. Con él, por ahora el último de los nazis, montarán otra vez el gran espectáculo encantorio. La buena conciencia de la humanidad se sentirá aliviada una vez más al abrazar como verdades sus propias creencias. De nuevo se demostrará que los nazis fueron unos monstruos, horrendos mutantes indignos de la especie humana, dedicados al estupro, al genocidio y al sadismo; se releerán historias de la casa de los mil horrores, en las que la maldad quedará localizada y concentrada, expuesta ante los atónitos ojos de los inocentes y de los infelices fascinados por la destructora vorágine. Como invasores de un planeta tenebroso y lejano un mal día llegaron para hacer sufrir y exterminar a medio mundo. Fue un monstruoso accidente, una ráfaga de locura divina, la negra noche en que las potencias demoníacas se enseñorearan de la tierra embutidas en sus relucientes uniformes negros tocados de la plateada calavera. Los ángeles terribles. La espada vengadora. El castigo de Dios por los pecados de los hombres. La amarga hora de la expiación.
Se cierran los ojos y se olvida; o se abren a rachas para recordar confusa la pesadilla mientras mecánicamente se reza que no vuelva a suceder. Marcado del infamante signo de la cruz gamada, yérguese el Mal ante los hombres, separado y cercano, distante y próximo, decididamente lo Otro, la Negación, el Enemigo. Cuando juzguen a Barbie se evocarán sus sevicias y los campos de exterminio, Drancy y Auschwitz, los vagones de ganado humano, las cámaras de gas y la «solución final». En la sombra, muy atrás, agazapados, en el oscuro rincón de la memoria, sin jamás mencionarlos, quedarán lospogroms, las inquisitoriales piras, los primeros campos de concentración sudafricanos inventados por los ingleses, las múltiples noches de San Bartolomé, el millón largo de armenios masacrados, el tráfico de esclavos, las brujas calcinadas, los niños de Guernica, los indios exterminados, los mencheviques exterminados, los protestantes exterminados, los católicos exterminados, las purgas de Stalin, el ejército de niños en la santa cruzada, otros nazis, los mismos nazis, la bestia demasiado humana. Klaus Barbie hoy, Adolf Eichmann ayer pueden llenar su pecho de civilizado orgullo: representan a cabalidad toda una forma de ser y de vivir, una tradición histórica secular. Que ciertamente, ni lo quiera Dios, no termina con ellos. Hacia adelante surgen otros hitos no menos gloriosos: My Lai, los boat peoplelos Rosenberg electrocutados, Sabra, Chatila y Tal-al-Zahar, el «septiembre negro», el inmenso Gulag, los desaparecidos, las madres de Mayo, el éxodo de Mariel, el apartheidCamboya, Indonesia, Etas y otras Iras, brigadas rojas, negras, de todos los colores, Vietnam y las bombas de fragmentación y el napalm y los defóliantes, Idi Amin, Pol Pot, Bokassa. Donde elegir mientras lleguen los legítimos e inevitables sucesores.
Barbie era un infeliz, un funcionario más, apenas un modesto burócrata, incipiente aprendiz de brujo, un ínfimo tornillo escondido en la selva boliviana. Van a hacerle de pronto el inmenso honor de ponerle bajo los focos, de concentrar en él toda la luz, de convertirlo en símbolo del Mal. Una vez más, objetivo cumplido: al fondo, en las resplandecientes tinieblas que nadie quiere ver, la gran máquina de esta civilización sin la cual ni Barbie ni Hitler ni Stalin niPinochet ni Castro ni Franco ni iglesias ni partidos únicos ni dogmas ni ideologías ni líneas doctrinarias funcionan y se comprenden. Mejor, no se intenta comprender y se les deja sólo funcionar, hormigas incansables de una civilización de persecución, intolerancia y muerte, humanísima. Cristianísima. Judeocristianísima. Mahometanísima. Monoteísta y excluyente. Por algo el hombre cayó del Paraíso al abyecto estado del pecado en el que nace y vive, y Dios, todo magnanimidad, desde lo alto, cuida de redimirlo, una y otra vez, por el fuego, el sufrimiento y la muerte.
Cuando Simon de Montfort, una luminosa mañana del verano de 1209, duque de Montfort, pero en realidad funcionario de la represión de entonces y de siempre, un Klaus Barbie de la época, dio a sus tropas la fría orden de entrar a sangre y fuego en la ciudad de Béziers y pasar a cuchillo a todos sus siete mil moradores, hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos, sin exclusión, todos ellos cátaros, albigenses, herejes, enemigos, alguien, un alma cándida, que nunca faltan, le hizo observar que con tan drástica medida se exponía a llevarse por delante a más de un inocente. La tranquilizadora respuesta de Amairie, obispo catalán, retrata a todos los Barbies, a todos los humildes burócratas del mal, a todos los dulces creyentes en cualquier verdad, revelada o dialéctica: «El Señor, allá arriba, en su infinita sabiduría, sabrá separar inocentes de culpables». Amén.



EL NAZISMO

IDEOLOGÍAS DEL SIGLO XX: EL NAZISMO DE ADOLF HITLER

El Nazismo:
El nacionalsocialismo (o nazismo) tenía muchos puntos en común con el fascismo. No obstante, sus raíces eran típicamente alemanas: el autoritarismo y la expansión militar propios de la herencia prusiana; la tradición romántica alemana que se oponía al racionalismo, el liberalismo y la democracia; diversas doctrinas racistas según las cuales los pueblos nórdicos —los llamados arios puros— no sólo eran físicamente superiores a otras razas, sino que también lo eran su cultura y moral; así como determinadas doctrinas filosóficas, especialmente las de Friedrich Nietzsche, que idealizaban al Estado o exaltaban el culto a los individuos superiores, a los que se eximía de acatar las limitaciones convencionales. (Ver Protocolos de Sion)

Entre los teóricos y planificadores del nacionalsocialismo se encontraba el general Karl Ernst Haushofer, que ejerció una gran influencia en la política exterior de Alemania. Alfred Rosenberg, editor y líder del partido nazi, formuló las teorías raciales basándose en la obra del escritor angloalemán Houston Stewart Chamberlain. El financiero Hjalmar Schacht se encargó de elaborar y poner en práctica gran parte de la política económica y bancaria, y Albert Speer, arquitecto y uno de los principales dirigentes del partido, desempeñó una labor fundamental supervisando la situación económica en el periodo inmediatamente anterior a la II Guerra Mundial. 
Las repercusiones de la I Guerra Mundial
El origen inmediato del nacionalsocialismo debe buscarse en las consecuencias de la derrota alemana en la I Guerra Mundial (1914-1918). De acuerdo con los términos del Tratado de Versalles (foto-1919), Alemania era la única responsable del conflicto, por lo que fue despojada de su imperio colonial y de importantes territorios en el continente, como Alsacia y Lorena, y obligada a pagar onerosas reparaciones de guerra. La vida política y económica alemana se vio gravemente afectada a causa de las condiciones de este acuerdo. La elevada inflación, que alcanzó un punto crítico en 1923, casi terminó con la clase media alemana, y muchos de sus miembros, empobrecidos y sin esperanzas, se comenzaron a sentir atraídos por los grupos políticos radicales que surgieron en la posguerra. Pocos años después de que se hubiera alcanzado un cierto grado de progreso y estabilidad económica, la crisis económica mundial que comenzó en 1929 sumió a Alemania en una depresión que parecía irremediable. La República de Weimar, régimen instaurado en Alemania tras la disolución del II Reich (II Imperio Alemán) al finalizar la guerra, se vio sometida a crecientes ataques tanto de la derecha como de la izquierda durante estos años y no fue capaz de solucionar eficazmente la desesperada situación del país. Hacia 1933, la mayoría de los votantes alemanes apoyaron a alguno de los dos principales partidos totalitarios, el Partido Comunista Alemán (KPD) y el NSDAP. 
El Partido Nacionalsocialista
El NSDAP tuvo su origen en el Partido Obrero Alemán, fundado en Munich en 1919. Cuando Adolf Hitler se unió a él en ese mismo año, la agrupación contaba con unos 25 militantes, de los cuales sólo seis participaban en debates y conferencias. Hitler se convirtió en el líder de la formación poco después de afiliarse a ella.
Durante el primer mitin del Partido Obrero Alemán, celebrado en Munich el 24 de febrero de 1920, Hitler leyó el programa del partido, elaborado en parte por él; constaba de 25 puntos en los que se combinaban desmesuradas demandas nacionalistas y doctrinas racistas y antisemitas; en el punto vigésimo quinto se establecía lo siguiente como condición indispensable para el cumplimiento de los objetivos previstos: “Frente a la sociedad moderna, un coloso con pies de barro, estableceremos un sistema centralizado sin precedentes, en el que todos los poderes quedarán en manos del Estado. Redactaremos una constitución jerárquica, que regirá de forma mecánica todos los movimientos de los individuos”. 
 Hitler, el líder supremo
Poco después del mitin de febrero de 1920, el Partido Obrero Alemán pasó a denominarse Partido Nacionalsocialista Alemán del Trabajo. Esta nueva organización se fue desarrollando poco a poco, especialmente en Baviera. Sus miembros estaban convencidos del valor de la violencia como medio para alcanzar sus fines, por lo que no tardaron en crear las Sturm Abteilung (‘sección de asalto’) o SA, una fuerza que se encargó de proteger las reuniones del partido, provocar disturbios en los mítines de los demócratas liberales, socialistas, comunistas y sindicalistas, y perseguir a los judíos, sobre todo a los comerciantes. Estas actividades fueron realizadas con la colaboración de algunos de los oficiales del Ejército, particularmente Ernst Röhm.  
Hitler fue elegido presidente con poderes ilimitados del partido en 1921. Ese mismo año, el movimiento adoptó como emblema una bandera con fondo rojo en cuyo centro había un círculo blanco con una cruz esvástica negra. En diciembre de 1920, Hitler había fundado el periódico Völkischer Beobachter, que pasó a ser el diario oficial de la organización. A medida que fue aumentando la influencia del KPD, fundado en 1919, el objetivo principal de la propaganda nacionalsocialista fue la denuncia del bolchevismo, al que consideraban una conspiración internacional de financieros judíos. Asimismo, proclamaron su desprecio por la democracia e hicieron campaña en favor de un régimen dictatorial.
 El putsch de Munich
El 8 de noviembre de 1923, Hitler, con 600 soldados de asalto, se dirigió a una cervecería de Munich en la que Gustav von Kahr, gobernador de Baviera que en octubre se había proclamado comisario general con poderes dictatoriales, estaba pronunciando un discurso. Apresó a Von Kahr y sus colaboradores y, alentado por el general Erich Ludendorff, declaró la formación de un nuevo gobierno nacional en nombre de Von Kahr. Éste, tras simular aceptar el cargo de regente de Baviera que Hitler le otorgó, fue liberado poco después y tomó medidas contra Hitler y Ludendorff.
El líder nazi y sus compañeros consiguieron huir el 9 de noviembre después de un pequeño altercado con la policía de Munich, de manera que el llamado putsch de Munich (o de la cervecería) fracasó. Hitler y Ludendorff fueron arrestados posteriormente. Este último fue absuelto, pero Hitler resultó condenado a cinco años de prisión y el partido fue ilegalizado. Durante su encarcelamiento, Hitler dictó Mein Kampf (Mi lucha) a Rudolf Hess. Esta obra, que más tarde desarrollaría su autor, era una declaración de la doctrina nacionalsocialista, que contenía además técnicas de propaganda y planes para la conquista de Alemania y, más tarde, de Europa. Mein Kampf se convirtió en el fundamento ideológico del nacionalsocialismo algunos años después.
 Hitler fue puesto en libertad antes de un año. El partido nazi se hallaba prácticamente disuelto, debido en gran medida a que la mejora de las condiciones políticas del país había generado una atmósfera más propicia para las organizaciones políticas moderadas.
Durante los años siguientes, Hitler consiguió reorganizar el partido con la ayuda de un reducido número de colaboradores leales. Se autoproclamó Führer (‘jefe’) del partido en 1926 y organizó un cuerpo armado de unidades defensivas, las Schutz-Staffel o SS, para vigilar y controlar al partido y a su rama paramilitar, las SA. Cuando comenzó la crisis económica mundial de 1929, Alemania dejó de recibir el flujo de capital extranjero, disminuyó el volumen del comercio exterior del país, el ritmo de crecimiento de la industria alemana se ralentizó, aumentó enormemente el desempleo y bajaron los precios de los productos agrícolas.
A medida que se agravaba la depresión, la situación se mostraba cada vez más propicia para una rebelión. Fritz Thyssen, presidente de un grupo empresarial del sector del acero, y otros capitalistas entregaron grandes cantidades de dinero al NSDAP. No obstante, numerosos empresarios alemanes manifestaron su firme rechazo a este movimiento. 
 El Partido Nacionalsocialista en el Reichstag
El NSDAP ganó apoyo rápidamente y reclutó en sus filas a miles de funcionarios públicos despedidos, comerciantes y pequeños empresarios arruinados, agricultores empobrecidos, trabajadores decepcionados con los partidos de izquierdas y a multitud de jóvenes frustrados y resentidos que habían crecido en los años de la posguerra y no tenían ninguna esperanza de llegar a alcanzar cierta estabilidad económica.
En las elecciones al Reichstag (Parlamento alemán) de 1930 los nazis obtuvieron casi 6,5 millones de votos (más del 18% de los votos totales emitidos), lo que suponía un gran ascenso en comparación con los 800.000 votos (aproximadamente un 2,5%) obtenidos en 1928. Los 107 escaños alcanzados en estas elecciones les convirtieron en el segundo partido del Reichstag, después del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que ganó 143 escaños. El KPD, con 4,6 millones de votos, también logró un considerable avance con la obtención de 77 escaños.
 El partido nazi rentabilizó al máximo el agravamiento de la depresión económica (conocida internacionalmente como la Gran Depresión) entre 1929 y 1932. Los esfuerzos desesperados del canciller Heinrich Brüning por salvar la república democrática mediante decretos de emergencia no consiguieron frenar el creciente desempleo. Por el contrario, la ineficacia de su administración socavó la escasa fe de la población alemana en la democracia parlamentaria. Así pues, Hitler obtuvo un elevado número de votos en las elecciones presidenciales de 1932, aunque la victoria final fue para Paul von Hindenburg.
 En las elecciones al Reichstag celebradas en julio de 1932, el NSDAP recibió 13,7 millones de votos y consiguió 230 escaños de un total de 670. Se había convertido en el partido más fuerte, aunque no contaban aún con mayoría, y el presidente Hindenburg ofreció a los nacionalsocialistas ingresar en un gobierno de coalición. Hitler rechazó esta propuesta y reclamó gobernar en solitario. Se disolvió el Reichstag y el NSDAP obtuvo únicamente 11,7 millones de votos (196 escaños) en las elecciones que se convocaron en noviembre para elegir una nueva asamblea.
El SPD y el KPD obtuvieron en total más de 13 millones de votos, lo que les reportó 221 escaños; sin embargo, puesto que estos grupos eran rivales, los nazis, a pesar de su retroceso electoral, continuaron siendo la fuerza mayoritaria en el Reichstag. Hitler volvió a negarse a participar en un gobierno de coalición y la asamblea legislativa alemana se disolvió por segunda vez. Hindenburg finalmente nombró a Hitler canciller el 30 de enero de 1933, aconsejado por Franz von Papen. A partir de este momento se inició la creación del Estado nacionalsocialista. 
A finales de febrero, cuando estaba a punto de concluir la campaña de las nuevas elecciones al Reichstag, el edificio que albergaba al parlamento fue destruido por un incendio y se sospechó que este acto había sido provocado. Los nazis culparon a los comunistas y utilizaron este incidente como un pretexto para reprimir a los miembros del KPD con una brutal violencia; la misma suerte corrió posteriormente el SPD. Ningún partido ofreció una resistencia organizada. Finalmente, todas las demás agrupaciones políticas fueron ilegalizadas, se consideró un delito la formación de nuevos partidos, y los nacionalsocialistas pasaron a ser la única organización política legal.
Por la Ley de Poderes Especiales del 23 de marzo de 1933, todas las facultades legislativas del Reichstag fueron transferidas al gabinete. Este decreto otorgó a Hitler poderes dictatoriales por un periodo de cuatro años y representó el final de la República de Weimar. El 1 diciembre de 1933 se aprobó una ley por la cual el partido nazi quedaba indisolublemente ligado al Estado.
La organización del partido a partir de 1933
Desde ese momento, el partido se convirtió en el principal instrumento del control totalitario del Estado y de la sociedad alemana. Los nazis leales no tardaron en ocupar la mayoría de los altos cargos del gobierno a escala nacional, regional y local. Los miembros del partido de sangre alemana pura, mayores de dieciocho años, juraron lealtad al Führer y, de acuerdo con la legislación del recién instituido III Reich, sólo debían responder de sus acciones ante tribunales especiales del partido.
En principio, la pertenencia a esta agrupación era voluntaria; millones de ciudadanos deseaban afiliarse, pero muchos otros fueron obligados a ingresar en ella contra su voluntad. Era preciso ser miembro del partido para ocupar un puesto en la administración pública. Se estima que el número de afiliados llegó a alcanzar los 7 millones en el momento de mayor auge.
La principal organización auxiliar del partido nazi eran las SA, designadas oficialmente como garantes de la revolución nacionalsocialista y vanguardia del nacionalsocialismo. Obtuvieron por la fuerza grandes cantidades de dinero de los trabajadores y campesinos alemanes a través de sus recaudaciones anuales de las contribuciones de invierno para los pobres; se encargaron de la formación de los miembros del partido menores de diecisiete años; organizaron un pogromo contra los judíos en 1938; adoctrinaron a los oficiales asignados a las fuerzas terrestres del Ejército alemán y dirigieron a las fuerzas de defensa nacional del Reich durante la II Guerra Mundial.
Otra importante formación del partido eran las SS, que organizaron divisiones especiales de combate para apoyar al Ejército regular en los momentos críticos de la contienda. Este cuerpo, junto con el Sicherheitsdienst (Servicio de Seguridad o SD), la oficina de espionaje del partido y del Reich, controló el partido nazi durante los últimos años de la guerra. El SD se encargó del funcionamiento de los campos de concentración, creados para retener a las víctimas del terrorismo nazi, y desempeñó un importante papel durante la etapa del conflicto bélico al permitir a Hitler controlar a las Fuerzas Armadas desde el Estado Mayor. Otra sección importante del partido eran las Hitler Jugend (Juventudes Hitlerianas), que formaban a jóvenes entre los 14 y los 17 años de edad para convertirlos en miembros de las SA, las SS o del partido. La Auslandorganisation (Organización para Asuntos Exteriores) se ocupaba de la propaganda nazi y creó, financió y dirigió las agrupaciones nacionalsocialistas de Alemania y de la población alemana residente en el extranjero.
 La reorganización de la sociedad alemana
Hitler comenzó a crear un Estado nacionalsocialista eliminando la oposición de las clases trabajadoras y de todos los demócratas. El juicio del incendio del Reichstag sirvió como pretexto no sólo para suprimir al KPD y al SPD, sino para abrogar todos los derechos constitucionales y civiles y crear campos de concentración para confinar a las víctimas del terror nacionalsocialista. 
La Gestapo
La Geheime Staatspolizei (Policía Secreta del Estado), conocida como Gestapo, fue fundada en 1933 para reprimir la oposición al régimen de Hitler. Cuando se incorporó al aparato del Estado en 1936, se la declaró exenta de someterse a las restricciones que imponía la ley, y sólo debía responder de sus actos ante su jefe, Heinrich Himmler, y ante el propio Hitler. 
Centralización y coordinación
Desde 1933 hasta 1935, la estructura democrática de Alemania fue sustituida por la de un Estado completamente centralizado. La autonomía de la que anteriormente habían disfrutado las autoridades provinciales quedó abolida; estos gobiernos regionales quedaron transformados en instrumentos de la administración central y fueron estrictamente controlados. El Reichstag desempeñaba un papel meramente formal, una vez desposeído de su carácter legislativo.
A través de un proceso de coordinación (Gleichschaltung), todas las organizaciones empresariales, sindicales y agrícolas, así como la educación y la cultura, quedaron supeditadas a la dirección del partido. Las doctrinas nacionalsocialistas se infiltraron incluso en la Iglesia protestante. Se promulgó una legislación especial por la cual quedaron excluidos los judíos de la protección de la ley.
 La economía y la purga de 1934
El desempleo fue el problema más transcendente al que tuvo que hacer frente Hitler al asumir el poder. La industria alemana producía en esos momentos aproximadamente a un 58% de su capacidad. Se estima que el número de desempleados de Alemania oscilaba entre los 6 y los 7 millones. Miles de ellos eran miembros del partido que esperaban que Hitler aplicara las promesas anticapitalistas expuestas en la propaganda nazi, acabara con los monopolios y asociaciones de industriales y reactivara la industria mediante la creación de un gran número de pequeñas empresas. Los miembros del partido reclamaban una segunda revolución. Las SA, dirigidas por Ernst Röhm, asumieron el control del Reichswehr (Fuerzas Armadas alemanas) como parte del nuevo programa. Hitler tuvo que elegir entre un régimen nacionalsocialista sustentado por las masas o una alianza con los industriales del país y el Estado Mayor del Reichswehr, y eligió esta última opción.
El 30 de junio de 1934, en la posteriormente denominada Noche de los cuchillos largos, el Führer ordenó a las SS eliminar a diversos miembros de las SA, un grupo que podía instigar una rebelión en el Ejército, en opinión de Hitler. Fueron asesinados varios líderes de las SA y del partido, entre ellos Röhm y más de 500 de sus seguidores, muchos de los cuales no eran contrarios a la política de Hitler. También se incluyó en la purga a otros enemigos del régimen, como el general Kurt von Schleicher, y a algunos monárquicos que defendían la restauración de la dinastía Hohenzollern.
 El nuevo orden
La supresión de los partidos de la oposición y las cruentas depuraciones de los contrarios al nuevo régimen no consiguieron resolver el problema del desempleo. Para ello era necesario que Hitler reactivara la economía alemana. Su solución fue crear un nuevo orden, cuyas premisas principales eran las siguientes: el aprovechamiento pleno y rentable de la industria alemana sólo podría alcanzarse restableciendo la posición preeminente del país en la economía, industria y finanzas mundiales; era preciso recuperar el acceso a las materias primas de las que Alemania había sido privada tras la I Guerra Mundial y controlar otros recursos necesarios; debía construirse una flota mercante adecuada y modernos sistemas de transporte ferroviario, aéreo y motorizado; así mismo había que reestructurar el sector industrial para obtener la mayor productividad y rentabilidad posible. 
Todo ello requería la supresión de las restricciones económicas y políticas impuestas por el Tratado de Versalles, lo que provocaría una guerra. Por tanto, era preciso reorganizar la economía a partir del modelo de una economía de guerra. Alemania debía alcanzar una completa autosuficiencia en lo referente a las materias primas estratégicas, creando sustitutos sintéticos de aquellos materiales de los que carecía y que no podrían adquirirse en el extranjero. El suministro de alimentos quedaba asegurado a través del desarrollo controlado de la agricultura. En segundo lugar, había que eliminar los obstáculos que impidieran la ejecución de este plan, esto es, imposibilitar la lucha de los trabajadores para mejorar sus condiciones anulando la acción de los sindicatos y sus organizaciones filiales.
 Los sindicatos
El nuevo orden supuso la ilegalización de los sindicatos y las cooperativas y la confiscación de sus posesiones y recursos financieros, la supresión de las negociaciones colectivas entre trabajadores y empresarios, la prohibición de las huelgas y los cierres patronales, y la exigencia a los trabajadores alemanes de pertenecer de forma obligatoria al Deutsche Arbeitsfront (Frente Alemán del Trabajo o DAF), una organización sindical nacionalsocialista controlada por el Estado. Los salarios fueron fijados por el Ministerio de Economía Nacional.
Los funcionarios del gobierno, denominados síndicos laborales, designados por el Ministerio de Economía Nacional, se encargaron de todos los asuntos relativos a los salarios, la jornada y las condiciones laborales. 
Las asociaciones comerciales de empresarios e industriales de la República de Weimar fueron transformadas en organismos controlados por el Estado, a los que los patrones debían estar afiliados obligatoriamente. La supervisión de estos organismos quedó bajo la jurisdicción del Ministerio de Economía Nacional, al que se le habían conferido poderes para reconocer a las organizaciones comerciales como las únicas representantes de los respectivos sectores de la industria, crear nuevas asociaciones, disolver o fusionar las existentes y designar y convocar a los líderes de estas entidades.
El Ministerio de Economía Nacional favoreció la expansión de las asociaciones de fabricantes e integró en cárteles a industrias enteras gracias a sus nuevas atribuciones y al margen de acción que permitía la legislación. Asimismo, se coordinó la actividad de los bancos, se respetó el derecho a la propiedad privada y se reprivatizaron empresas que habían sido nacionalizadas anteriormente. El régimen de Hitler consiguió eliminar la competencia por medio de estas medidas.
Por último, el nuevo orden implantó el dominio económico de cuatro bancos y un número relativamente reducido de grandes grupos de empresas, entre los que se encontraba el gran imperio de fábricas de armamento y de acero de la familia Krupp y la I. G. Farben, que producía colorantes, caucho sintético y petróleo, y controlaba a casi 400 empresas. Algunas de estas fábricas empleaban como mano de obra forzosa a miles de prisioneros de guerra y a ciudadanos de los países que iban siendo conquistados. Los cárteles también suministraron materiales para el exterminio sistemático y científico realizado por el régimen nacionalsocialista de millones de judíos, polacos, rusos y otros pueblos o grupos. Véase Genocidio; Holocausto.
Las trágicas repercusiones del nazismo
La creación del nuevo orden permitió a los nacionalsocialistas resolver el desempleo, proporcionar un nivel de vida aceptable a los trabajadores y campesinos alemanes, enriquecer al grupo de la elite del Estado, la industria y las finanzas y crear una espectacular maquinaria de guerra.
A medida que se erigía el nuevo orden en Alemania, los nazis avanzaban política y diplomáticamente en la creación de la Gran Alemania. La política exterior de Hitler representó un oscuro capítulo de la historia cuyos acontecimientos más relevantes fueron la remilitarización de Renania (1936); la formación del Eje Roma-Berlín (1936), la intervención en la Guerra Civil española (1936-1939) en apoyo de las tropas de Francisco Franco; la Anschluss (‘unión’) de Austria (1938); la desintegración del Estado checoslovaco, tras ocupar los Sudetes, región con numerosa población alemana (1939); la negociación de un pacto de no agresión con la Unión Soviética (el denominado Pacto Germano-soviético) que contenía un acuerdo secreto para el reparto de Polonia y, como consecuencia de esta cláusula, la invasión del territorio polaco el 1 de septiembre de 1939, acción que dio inicio a la II Guerra Mundial.
 Hitler se jactaba de que el nacionalsocialismo había resuelto los problemas de la sociedad alemana y perduraría durante miles de años. El nacionalsocialismo solucionó algunos conflictos ante los que la República de Weimar se mostró impotente y transformó a la débil república en un Estado industrial y políticamente poderoso. Pero esta reconstrucción condujo a la II Guerra Mundial, el enfrentamiento bélico más cruento y destructivo de la historia de la humanidad, del que Alemania salió derrotada, dividida y empobrecida. También hay que añadir al precio de esta empresa el sufrimiento del pueblo alemán durante el gobierno de Hitler y después de su muerte. El aspecto más trágico del nacionalsocialismo fue el asesinato sistemático de 6 millones de judíos europeos. 
Después de la II Guerra Mundial, siguió existiendo un pequeño movimiento neonazi en la República Federal Alemana, que adquirió cierta popularidad tras la unificación de Alemania en 1990, formado por jóvenes descontentos que han elegido como blanco de sus actos violentos a ciudadanos judíos, negros, homosexuales y de otros grupos. También han surgido organizaciones neonazis en distintos países europeos y americanos.
http://www.portalplanetasedna.com.ar/nazismo.htm


EL TRIUNFO DE LA VOLUNTAD

Fragmento de la película propagandística EL TRIUNFO DE LA VOLUNTAD.



El triunfo de la voluntad (en alemán, Triumph des Willens) es una película propagandísticaa nazi dirigida por Leni Riefenstahl. Muestra el desarrollo del congreso del Partido Nazi en 1934 en Núremberg. La película incluye imágenes de miembros uniformados del partido desfilando (aunque aparecen relativamente pocos soldados alemanes) al son de conocidas marchas, además de partes de discursos de varios líderes nazis en el Congreso como el propio Adolf Hitler. Fue Hitler quien encargó el filme y su nombre figura en los créditos iniciales. El tema principal de El triunfo de la voluntad es el regreso de Alemania a la categoría de potencia mundial, con Hitler como una especie de mesías (salvador) que devolverá la gloria a la nación alemana.
http://historiacontemporanea-tomperez.blogspot.com/search/label/EL%20NAZISMO%20ALEM%C3%81N