Si

Si bien fueron muchas y diversas las grandes revueltas políticas registradas en 1968, todas ellas comparten algunos rasgos: el rechazo a la guerra de Vietnam y al imperialismo de EEUU; la exigencia del desarme nuclear; la defensa de la autodeterminación y la democracia; y el apoyo a los movimientos anticoloniales y antiimperialistas en el Tercer Mundo.
En la Alemania Federal (RFA), el movimiento del ‘68 luchaba además contra la sombra del fascismo, en forma de continuidad de antiguos funcionarios nazis en las instituciones alemanas y el clima anticomunista y represivo del gobierno Adenauer. La universidad reproducía el mismo esquema de jerarquías autoritarias imperante en la sociedad alemana, provocando un fuerte descontento en un sector importante de los estudiantes. Éstos denunciaban además el sometimiento de la institución universitaria a las crecientes exigencias productivas del capitalismo de postguerra, que promovían su funcionalización e ideologización. Fue así como las universidades se convirtieron en el centro del movimiento del ‘68 en la RFA. Aquí pudo ejercer el SDS (Asociación Estudiantil Socialista Alemana, en sus siglas en alemán), con Rudi Dutschke como cabeza más visible, un papel de motor y portavoz del movimiento.
Las luchas de los estudiantes tenían como objetivo una transformación radical de la universidad y de la sociedad. En febrero de 1968 tuvo lugar el congreso internacional contra la guerra de Vietnam, al que asistieron varios miles de personas de Berlín Occidental. Con el atentado contra Dutschke dos meses más tarde y los posteriores disturbios, los acontecimientos se precipitaron en la RFA. La alianza contra el proyecto de ley de Estado de excepción –que era visto como un intento de reintroducir el fascismo por la puerta de atrás– organizó el 11 de mayo de 1968 una marcha con una decena de miles de participantes en Bonn. Éste fue el clímax del movimiento, que supuso al mismo tiempo un punto de inflexión. A pesar de todo, no se logró evitar la aprobación de la ley de excepción, mientras que en Francia había fracasado la oportunidad de un cambio de poder, y el gaullismo volvía con fuerza.
En el mismo 1968, se produjo un desmoronamiento del movimiento extraparlamentario alemán, y el SDS entró en una crisis que desembocaría en su desintegración en 1970. Muchos de los antiguos activistas del SDS buscaron nuevas fórmulas organizativas: desde asociaciones de barrio y culturales (guarderías, comunas, etc.) hasta pequeños grupúsculos maoístas. Nuevos movimientos emergieron o fueron revitalizados (pacifismo, feminismo, ecologismo) y unos pocos cayeron en el fatal camino del terrorismo (RAF).



Fortalezas
Al contrario de lo que puede parecer, la historia del SDS no es una historia de fracaso, sino más bien lo contrario. Uno de sus méritos fue la construcción de una izquierda radical más allá de la socialdemocracia y del estalinismo. El SDS se distanció claramente del anticomunismo de la era Adenauer, mientras que en su seno había fuertes disputas sobre su relación con el ‘socialismo’ de la URSS.
El estilo político que el SDS fue adoptando con la entrada de Subversive Aktion (el grupo de Dutschke) en 1964, con sus acciones confrontativas, contribuyó al éxito de la organización en las revueltas por venir. La provocación servía para alcanzar objetivos políticos; conforme se agudizaban las luchas, la crítica no podía ser ignorada por la administración universitaria, el Estado y los medios. Toda persona estaba obligada a posicionarse respecto a las acciones del SDS y sus simpatizantes, así como respecto a sus contenidos.
Así, el SDS atrajo a muchos estudiantes a sus filas y creció exponencialmente entre 1964 y 1968. Contribuyó decisivamente a impulsar la dinámica de un movimiento estudiantil de masas y marcó su orientación política. Tras el asesinato del estudiante Benno Ohnesorg el 2 de junio de 1967 se desencadenó una ola de manifestaciones, en cuyo centro se encontraba el SDS, articulando y organizando las protestas. Pero la función del SDS no se limitaba a convocar protestas, sino que le dio al movimiento del 68 un perfil anticapitalista, más allá de una simple revuelta contra el establishment o una renovación cultural. Los argumentos anticapitalistas podían explicar por qué las universidades se adaptaban cada vez más a las exigencias de la racionalidad capitalista (exmatriculaciones forzosas), por qué los EEUU llevaban a cabo una guerra en Vietnam y por qué y cómo estos fenónemos estaban relacionados entre sí. Por medio de una combinación de activismo político y un riguroso trabajo teórico (los miembros del SDS hacían círculos de lectura sobre las obras tempranas de Marx, así como sobre los textos de Georg Lúcaks, Antonio Gramsci, la Escuela de Frankfurt, etc.), el SDS logró conquistar la hegemonía ideológica del movimiento, otorgando a éste claridad, profundidad y persistencia.

Debilidades
Pero, como dijo el historiador británico Eric Hobsbawm, “los estudiantes por sí solos no pueden hacer la revolución, por muy numerosos y móviles que éstos sean”. El nuevo estilo con el que los activistas de Subversive Aktion impregnaron al SDS permitió a la organización ejercer un rol de liderazgo en el movimiento estudiantil, pero a su vez le hizo alejarse del movimiento obrero. Hasta mediados de los años 60, el SDS había logrado ejercer una función de visagra entre los estudiantes y el ala izquierda del movimiento obrero, gracias a su política de alianzas con algunos sindicatos en diferentes campañas contra la energía atómica, contra la ley de excepción, contra la guerra en Vietnam, etc.
La estrategia política de Dutschke y los suyos consistía en una adaptación directa de los procesos revolucionarios del Tercer Mundo a la RFA, con la intención de crear unidades de guerrilla urbana que impulsaran la revolución en las metrópolis. El problema es que la solidaridad con esos movimientos de liberación nacional estaba ligada en demasiadas ocasiones a una posición acrítica frente a los líderes de esos movimientos, que en la mayoría de las veces perseguían objetivos de desarrollo meramente nacionalistas y no socialistas. Además, la sobreestimación de esas luchas permitió al SDS hacer la vista gorda frente a las posteriores deformaciones autoritarias de regímenes como los de China o Cambodja.
Esta estrategia estaba influida por las ideas del intelectual alemán Herbert Marcuse, que propugnaba una revuelta de los marginalizados en los países industrializados, pero sobre todo en las antiguas colonias. Esto equivalía a identificar como nuevo sujeto revolucionario a los estudiantes, grupos marginales y los pueblos oprimidos del Tercer Mundo. Haciendo propio este análisis, el SDS resolvía la desorientación estratégica que le acompañaba desde su expulsión del SPD en 1961, otorgando a los estudiantes un papel protagonista en las luchas y considerándolos un sujeto revolucionario per se.
Otra debilidad del SDS era una insuficiente trato específico de la desigualdad entre géneros. En el seno del SDS se reproducían las mismas jerarquías entre hombre y mujer que en el resto de la sociedad. Esto llevó a una ‘rebelión dentro de la rebelión’, que tuvo su mayor expresión poco tiempo antes de la disolución del SDS, en una conferencia de delegados en septiembre de 1968. Hans-Jürgen Krahl, miembro de la dirección del SDS, fue objeto de arrojamiento de tomates al ignorar las reivindicaciones de sus compañeras. Esta acción representó la expresión de un emergente movimiento feminista moderno, el mismo que hizo popular la frase de lo “privado es político”.

Devenir de las protestas
La explosión de las protestas de masas tras el asesinato de Benno Ohnesorg mostraba ya en sus orígenes las limitaciones de un movimiento exclusivamente estudiantil. En una situación de confrontación en la que una transformación radical del orden social se presentaba como la única opción posible, la base social del movimiento seguía siendo demasiado débil. “Lo que aquí es necesario es tarea de algo que podríamos llamar ‘partido’, sin tener que ser necesariamente un partido”, dijo un miembro del SDS en febrero de 1968.
Este dilema se acentuó con el desarrollo de las protestas. La espontaneidad y el romper las normas se demostraron insuficientes para construir una resistencia masiva más allá de las universidades. El salto de las protestas al resto de la sociedad, y en concreto a los centros de trabajo, se había convertido para entonces en un imperativo. El movimiento requería la construcción de un contrapoder, y ahí el SDS se vio simplemente sobreexigido.
La chispa del mayo 68 francés puso aún más en evidencia que la clase trabajadora no podía ser ignorada. También en Alemania explotó en septiembre de 1969 una ola de huelgas salvajes que fortalecieron la impresión de que la revolución era inminente. Pero, para entonces, el movimiento estudiantil en Alemania estaba ya de reflujo.

Lecciones para hoy
Las condiciones actuales son en todos los sentidos diferentes respecto al capitalismo de postguerra en Alemania, con unas altas tasas de crecimiento económico, un fuerte Estado del Bienestar y la experiencia política e ideológica de la confrontación entre bloques. Aún así, podemos extraer lecciones de la experiencia del SDS para nuestras luchas de hoy.
En la actualidad, en el Estado español nos encontramos ante unas necesidades similares -salvando las distancias- a las del histórico SDS. Las protestas estudiantiles del 2001 contra la LOU o las del curso pasado contra Bolonia se han caracterizado básicamente por su espontaneidad y explosividad, con un importante componente antineoliberal. Pero también de corta vida, a juzgar por la desmobilización actual, tras la última gran ola de protestas. Está claro que las luchas discontinuas contra los efectos de la reestructuración neoliberal de la educación no son suficientes. También hoy, el movimiento estudiantil requiere organización y orientación. Sólo así es posible lograr lo que le faltó al SDS: una perspectiva política real y una base social sólida.

El Mayo alemán del 68


Escrito por Redacción Iberarte   
Mayo del 68 en Berlín'Foco del 68' recoge material fotográfico y sonoro de los enfrentamientos entre la policía y los estudiantes alemanes hace 40 años atrás
BERLIN-Cuarenta años después del movimiento estudiantil contestatario de "Mayo del 68", que revolucionó la sociedad europea del siglo XX, una exposición en Berlín vuelve la vista atrás para repasar aquellos convulsos meses de enfrentamientos contra el orden establecido.Aunque el "mayo francés" ha pasado a la Historia como el símbolo de esa revolución estudiantil y obrera, en otros muchos países como Alemania miles de jóvenes salieron a las calles para reivindicar una mayor libertad y más derechos individuales

Con la ayuda de un extenso material gráfico y sonoro, la exposición "Berlín: Foco del 68" rememora los acontecimientos acaecidos en la capital alemana, escenario de violentos enfrentamientos entre los estudiantes y la policía, que lograron encender la llama de la revolución por todo el país.
La exhibición, que tiene lugar en la Casa Americana de Berlín, presenta una colección de objetos protagonistas de aquellos meses: desde cuartillas reivindicativas a algunas pancartas con las proclamas que gritaban los jóvenes manifestantes hasta barricadas.Junto a la puerta del edificio, un tanque de las fuerzas de seguridad emite por su megáfono una grabación con las órdenes de la policía, que retrotrae al visitante al Berlín de aquellos meses.

Revuelta Mayo del 68 en Alemania
Una fotografía expuesta en la muestra sobre el Mayo del 68 en Berlín.(EFE)
Grandes carteles del Ché Gevara y Ho Chi Min añaden un toque de color a las fotografías y proyecciones en blanco y negro que documentan las concentraciones masivas, algunas de las cuales acabaron tiñiéndose de rojo.La muerte el 2 de junio de 1967 del estudiante Benno Ohnesorg por disparos de la policía durante una protesta contra la visita del Sha de Persia al país, condujo a la radicalización del movimiento estudiantil y al nacimiento de grupos terroristas como la RAF (Fracción del Ejército Rojo), que siguió activa durante la década de los noventa.
La violencia es sin duda uno de los puntos negros que se asocian con el movimiento del 68 y el debate sobre sus logros y sus influjos negativos sigue vivo.Por ello, la intención de los organizadores en este aniversario era crear un espacio para la reflexión en un lugar -la Casa Americana- cargado de significado, ya que era allí donde se concentraban los manifestantes para protestar contra la guerra.
Esa generación, que se revolvió contra el exceso de autoritarismo del Estado, creció con la obra de autores como Kant y Hegel, bebió de la literatura marxista-leninista, y tuvo como su principal ideólogo a Herbert Marcuse, profesor por aquel entonces en EEUU.Los estudiantes no sólo exigían reformas en la educación y su formación, sino que sus reivindicaciones alcanzaban todas las esferas sociales, como la libertad sexual o la emancipación de la mujer.

En Alemania, un icono de esta generación fue Rudy Dutschke, cabeza del movimiento contra la guerra y defensor de la emancipación femenina, que pasaría a formar parte del Partido de Los Verdes en los años noventa, al igual que Joschka Fischer, quien llegaría a ser ministro de Exteriores en el Gobierno de Gerhard Schroeder.
La exposición abre también un hueco a otros acontecimientos de esa década convulsa, en la que esa generación de jóvenes asistió a grandes acontecimientos históricos como la Guerra de Vietnam, la Primavera de Praga o la muerte de Martin Luther King y de Kennedy.En la intención de los organizadores también está el contribuir a que los jóvenes de ahora conozcan aquella etapa decisiva en la Historia reciente, algo que -aseguran- están consiguiendo, dada la elevada demanda por parte de los colegios en Alemania de asistir a esta exhibición.

"Aquel mayo que no sólo fue francés sino también alemán, checoeslovaco, europeo, latinoamericano, universal. En esos últimos años de la década de los sesenta nos topamos con un mundo convulsionado por un movimiento de defensa de los derechos civiles y de impuslores de contracultura hippie en San Francisco, Nueva York y Londres. Las calles de París fueron tomadas por estudiantes y obreros. La plaza de Tlatelolco, en Ciudad de México, cobró relieve como escenario de un crimen brutal.  El bloque comunista vivió la traumática primavera del 68 en una Praga que reclamaba un socialismo con rostro humano y que fue aplastada por los tanques soviéticos. Años convulsos, sin duda.

Venezuela no escapó a esa revuelta y la Renovación Universitaria se desarrolló en la Universidad Central de Venezuela y, al cabo de los años, asistió el nacimiento del Movimiento al Socialismo (MAS), como división de los comunistas venezolanos, y del anarquista Poder Joven, de muy corta vida. Ahora tenemos la Venezuela actual: un país que vive un particular momento cargado del accionar sociopolítico, mucha participación ciudadana y un movimiento estudiantil que se roba el protagonismo social. Así muchos de los graffitis que cubrieron las paredes en el año 68 recuperan vigencia."(Alfonso Molina)



Bienvenida, finalmente, una película que parte de los postulados políticos de Ernesto Guevara. El film Che, un hombre nuevo, estrenado en los cines de Buenos Aires esta semana, tiene la virtud de plantear un relato contundente sobre las posiciones del Che. Internacionalismo proletario, lucha armada como único camino y crítica hacia la política soviética de “coexistencia pacífica” con el denominado imperialismo se destacan de forma explícita como los motivos organizadores de la propia vida de Guevara.

Esta virtud, es decir, poner delante de manera clara e inmediata los fundamentos políticos del Che, presenta el límite de quedarse en simples afirmaciones. La película enfrenta, tal vez de manera desmesurada, aspectos íntimos de su vida con pinceladas de su historia política. Los documentos originales de Ernesto Guevara que la película da conocer por primera vez apuntalan la idea de un Hombre Nuevo. Hay que reconocer que, sobre la base de estos nuevos documentos, la película logra un clima emotivo destacable. Quizás el caso más logrado es el de la lectura de Los Heraldos Negros, de César Vallejo, con la propia voz del Che en off, quien lee a su mujer como despedida antes del viaje a comandar la guerrilla en Bolivia. El film pone de fondo a esta lectura, tensa y triste, una serie de bombarderos e imágenes de guerra —muchas de Vietnam— que muestran la contradicción entre lo personal, intimo y profundo, y lo que sería el motivo político último de lucha de Guevara. Así, se termina presentando una rara mezcla de intimismo y de afirmaciones políticas abstractas.
Sin embargo, esta contradicción entre lo íntimo y lo personal, y el relato histórico de sus posiciones políticas, no solo está no resuelto, sino que la base de este planteo es apuntalar el carácter romántico de Ernesto Guevara, mitificando, en vez de aportar una nueva mirada a su compresión. Veamos el planteo más en detalle.

La cinta se sigue con pasión cuando se adentra en los diarios, las cartas y las filmaciones inéditas del Che. Bauer consigue emocionar con las reflexiones de un revolucionario que, aunque mito, también era una persona con sus miedos, inseguridades y deseos. Sin embargo, el ánimo didáctico de Bauer, quizá deseoso de difundir las hazañas de su biografiado, consigue que en algunos momentos la película recuerde a algunos aburridísimos productos televisivos de divulgación. No obstante, Che, un hombre nuevo resulta un documento imprescindible para acercarse a la figura de Ernesto Guevara, aunque se eche de menos alguna crítica al revolucionario  y un mayor vigor a la hora de abordar la historia de un hombre fundamental en la Historia del pasado siglo XX.

La promoción de la película resalta esta documentación inédita[1]encontrada por su director Tristán Bauer. Es interesante que dicha información no sea expuesta —aunque sea de manera sintética— respecto de las posiciones políticas que ayuden a explicar el porqué del desenlace que tuvo este proyecto político encarnado por Guevara. Parecería que una nueva película del Che, que se promociona aportando nuevos datos, revelaría algo novedoso; pero no. Los documentos a los que se accedió en Bolivia —desconocidos hasta ahora—, junto con las cartas y documentos personales que el Instituto Che Guevara de Cuba puso a disposición del director, refuerzan su firme voluntad y su capacidad de trabajo incansable, así como acentúan sus atributos personales que harían de él este nuevo hombre. Sin embargo, ninguno de esos documentos aporta información que ayude a desarrollar los argumentos políticos del Che.

La película, por ejemplo, destaca las capacidades de sus realizadores al acceder a los documentos vigilados por el Ejército de Bolivia, cuyos controles habían logrado sortear. Estos nuevos registros son de inmensa relevancia, ya que son reseñas de Guevara sobre libros polémicos, tales como comentarios sobre escritos de Lukács, Trotsky, Lenin y de Fidel. Pero estas reseñas, seguramente de profunda discusión política, solo se mencionan como ejemplo de su capacidad de trabajo. Ni una mención de cuál es su contenido. Dicha capacidad estaría mostrada en que mientras comandaba la guerrilla en plena selva del sudeste boliviano, el Che escribía reseñas de libros. Este mismo argumento está en contradicción con otro presentado en el film. Se hace énfasis en la capacidad de lectura de Ernesto Guevara desde muy corta edad. Sin embargo, resaltar la fuerza individual para hacer semejante tarea desdibuja la importancia política de este esfuerzo. Guevara, convencido de encarnar una potencia histórica de cambio revolucionario, hacía de su voluntad algo forjado a fuego mediante su capacidad de trabajo. No solo leía El Capital, de Karl Marx, para “justificar sus ideas” o para culturizarse, como la película parecería decir. Lo hacía porque sabía que sus propias ideas debían ser sustentadas en el conocimiento interno de las cosas que hicieran más fuerte su accionar político. La película plantearía esta división entre las ideas y la acción que el Che conocía perfectamente y que combatía. Pongamos un ejemplo de esto. Se muestra en el film que el Che tomó apuntes de La Revolución Permanente, de Trotsky [2]. Este era, en esos momentos, un libro prohibido en Cuba por el conflicto que el sector trotskista, seguidor del dirigente argentino J. Posadas, había entablado con las nuevas autoridades cubanas cada vez más cercanas a las posiciones soviéticas encarnadas en el Partido Socialista Popular cubano (PSP). No es menor este dato. El Che leía, mientras dirigía la lucha armada en Bolivia, un Trotsky perseguido por la Unión Soviética. Además, los principales partidos políticos con verdadera representación en los mineros de Bolivia (principal sector obrero del país) se decían seguidores de esta línea política, y —repitamos— este libro había sido “prohibido” en Cuba. La película pasa por alto este dato que pone de relieve el contenido político de sus lecturas. Leía aquello que le ayudaba a pensar cómo mejor desarrollar su idea de la revolución. La película, frente a semejante evidencia, solo parece decir que sus lecturas eran por simple curiosidad intelectual, separando sus propias necesidades de la necesidad política última, que era su motivo impulsor.

En Che, un hombre nuevo, Bauer intenta acercarse al perfil más humano del guerrillero, conociendo su intimidad, sus estudios y su mirada sobre la realidad. Los escritos del combatiente muestran que en el espíritu del Che también había lugar para la poesía y la literatura.

Pero, por sobre todo, lo más polémico de la película es lo poco que se dice sobre cómo los lineamientos políticos del Che, ya señalados, contrastaban con los intereses soviéticos y, fundamentalmente, cómo esos mismos intereses se reflejaban en el interior de la estructura política cubana repercutiendo en el futuro del proyecto político del Che. Bauer destaca que los primeros años de la revolución son “años para estudiar y debatir”, parece advertir que se va a afirmar algo polémico. Esto no significa que no se mencione dicha tensión. Todo lo contrario. Se destaca en el film el lugar y conflicto con la Unión Soviética, producto de la negociación de los misiles nucleares instalados en Cuba en 1962. Asimismo, se exhibe el discurso de Argel del Che del 25 de febrero de 1965 con una crítica furibunda a los países socialistas como “cómplices de la explotación imperial”. En la actualidad, la crítica a los soviéticos parece una visión totalmente destacable, produce una afinidad inmediata del público en general, conociéndose hoy los crímenes cometidos y su política de muralla del cambio revolucionario más que impulsor. Pero lo significativo no es lo que afirma el film, sino lo que su afirmación calla. Cuba estaba económicamente muy relacionada con la URSS, por ello, ¿cómo se podía llevar una política en América Latina contraria a los intereses soviéticos de una coexistencia pacífica con los Estados Unidos bajo esas condiciones? Hoy no hay análisis responsable que pueda obviar esta determinación esencial en el resultado del proyecto político de Ernesto Guevara puesto en práctica en Bolivia[3]. No dar cuenta de él no solo evade dar una explicación, sino que ayuda a la mitificación del personaje frente a su altura política incuestionable.

El siguiente ejemplo ilustra este rápido afirmar de lo político bañado por el color intenso de los aspectos íntimos de Guevara. La guerrilla de Ñancahuazú del Che ocupa un lugar relativo bien menor en el film. Es verdad que la película dura dos horas y que quizás la edición y el tiempo seguramente hayan sido tiranos para su director, debido a la dificultad de relatar la vida de un personaje tan intenso en tan poco tiempo. Sin embargo, se repite allí un argumento que, a la luz del propio desarrollo de la película, es por cierto contradictorio. Se afirma que Mario Monje, en ese entonces secretario general del Partido Comunista de Bolivia (PCB), “responde directamente a Moscú”. Pero, seguido a eso, se establece que había asumido compromisos con el proyecto guerrillero que no cumpliría, asestando de esta forma “un duro golpe a la planificación”. ¿El Che desconocía que respondía directamente a Moscú y que eso podría ser contrario a la guerrilla o hubo una evaluación errada por parte de Guevara del apoyo real del PCB? Ninguna de estas preguntas tiene un mínimo signo de verosimilitud. El mismo Che en su diario se encarga de responder este punto: “Como lo esperaba, la actitud de Monje fue evasiva en el primer momento y traidora después. Ya el partido está haciendo armas contra nosotros y no sé dónde llegará, pero eso no nos frenará y, quizás, a la larga, sea beneficioso (casi estoy seguro de ello). La gente más honesta y combativa estará con nosotros, aunque pasen por crisis de conciencia más o menos graves”[4]. El Che esperaba el no cumplimiento del compromiso, asumiendo que la traición era altamente probable. La pregunta que queda flotando es por qué intentó avanzar en ese acuerdo si suponía ese resultado. Esta película no solo no se pregunta nada cercano, sino que plantea un problema equivocado entre una aparente traición del PCB y su grado determinante en el resultado de la guerrilla en Bolivia.

Finalmente, es innegable que la personalidad de Ernesto Guevara lo convirtió en un hombre con los atributos para ser puesto en este lugar de esfuerzo inalcanzable, de valores y de voluntad a toda prueba. La fortaleza de esta película es, de hecho, subrayar las formas de las relaciones personales, de su actitud frente a los desafíos que se le presentaban, de su voluntad de “fierro”. Sin embargo, esta revalorización de sus atributos personales, de la cosa individual a toda prueba, encierra un concepto de lo humano por fuera de su condición, como si encarnara algo ajeno a su propia individualidad. Esta fuerza social que en él se hacía carne es la potencia de la revolución social, del superar esta forma de organización de la vida humana. Este concepto individualista, de la voluntad a pesar de las propias condiciones, es algo que el mismo Che denostaría. La propia acción —obviamente teórico-práctica— de Guevara deja poco espacio para una voluntad por fuera de lo que expresa. Él mismo insistía en la escasa importancia del lugar individual frente al movimiento colectivo. Esta idea, que la película muestra de lo “humano” como una cosa abstracta, en vez de humanizar, mitifica. Esta forma de hombre nuevo separa de manera tajante los conflictos y las necesidades políticas que lo impulsaban interiormente a hacer lo que hacía. Aunque parece unir lo personal y lo político, solo lo separa aún más. Al defender con este concepto de lo humano la figura del Che, se lo aparta de lo que era el eje de su acción, de su política.

El film de Tristán Bauer no tiene más que concluir afirmando el carácter romántico del personaje bajo la cita de una carta del propio Ernesto Guevara. Romantizar, embellecer a un personaje de tal envergadura que de por sí reúne ese carácter, solo encubre la discusión política de su contenido real. La película termina no siendo fiel a la misma actitud del Che, que ellos destacan, de cuestionar todo, de ir a fondo criticando hasta los postulados del mismísimo Lenin (según algunos de los documentos inéditos citados). La principal crítica que se le puede hacer a la película de Bauer es que al romantizar de tal modo al Che Guevara, al mitificarlo, se está yendo en contra del pensar propio, de la capacidad humana de pensamiento crítico, que el Che intentó desarrollar.

Lo que sí demuestra esta película es que, a cuarenta y tres años de su asesinato, la política de Ernesto Guevara tiene todavía mucho para decirnos. El mejor homenaje sería desarrollar un debate siguiendo los términos que él planteaba: una discusión profunda de su política y de su acción concreta, sin mitificarlo.

Notas

[1] El caso de la documentación en poder del Ejército de Bolivia es conocido. Esperemos que esta película sirva de presión internacional para que se dé a conocimiento público tan valiosa información. Respecto de la documentación en poder del Instituto Che Guevara, cabría preguntarse cuántos otros datos todavía no se han dado a conocer y cuál es el motivo de este retraso. Una figura pública como la de Ernesto Guevara, de tanta trascendencia, que como bien señala Bauer, “ha marcado la humanidad, y sobre todo a América Latina”, merece una actitud responsable de obligación pública de difundir todos sus escritos.
[2] Ver la lista de libros en Tomo 2 de Carlos Soria Galvarro en http://www.chebolivia.org/. El Che perdió este libro en una mochila en medio de los combates y, por eso, anota en su diario el 31 de Julio: “Se pierden 11 mochilas con medicamentos, prismáticos y algunos útiles conflictivos, como la grabadora en que se copian los mensajes de Manila, el libro de Debray anotado por mí y un libro de Trotsky, sin contar el caudal político que significa para el gobierno esa captura y la confianza que le da a los soldados”.
[3] Lamentablemente, muy pocos trabajos de investigación han abordado de manera profunda esta problemática. Destaco el trabajo de Humberto Vázquez Viaña que aborda en detalle la relación del Partido Comunista boliviano con la URSS y Cuba en torno a la guerrilla del Che en Bolivia. En Vázquez Viaña, Humberto, Una guerrilla para el Che, Historia de la guerrilla del Che en Bolivia, antecedentes, Ed. R. B., Santa Cruz de la Sierra, 2000. Hay nueva edición de Ed. El País, Santa Cruz de la Sierra, 2008.
[4] Corresponde a parte del resumen de enero de 1967 en el diario del Che en Bolivia.

Fuente: http://guerrilleroshabanosymojitos.blogspot.com/2010/11/el-che-de-bauer.html


Eric Hobsbawm, el gran historiador británico, es, quizás, uno de los pocos profesionales que podía enfrentarse al estudio de unaépoca histórica de la que todavía, autor y lectores, formamos parte. Lo ha hecho con un gran conocimiento de la bibliografía, especializada y no especializada, y con sus propias experiencias y observaciones, que ha sabido entrelazar hábilmente en una síntesis magistral en la que se avanza con creciente expectación. Su obra abunda en análisis incisivos, basados en sólidos argumentos y desprovistos de la inhibición ante hechos que tradicionalmente se han considerado como demasiado cercanos para opinar sobre ellos. Hobsbawm opina y juzga y lo hace, como quiere Vilar, sólo después de haber comprendido. Desde aquellos diez días que conmovieron al mundo hasta el umbral mismo del tercer milenio, el profesor Hobsbawm recorre todo lo que él llama «el siglo XX corto» en una obra que, aún antes de aparecer en inglés, ya había merecido los elogios más entusiastas de la crítica, y cuya edición española se publicó en el 50 aniversario del fin de la segunda guerra mundial. 


Eric Hobsbawm :

“Historia del siglo XX” 

Será difícil encontrar una mejor visión global del siglo pasado en un solo volumen. 


Eric Hobsbawm es un historiador inglés de origen alemán, nacido a principios de siglo, por lo que fue testigo de buena parte de los acontecimientos que describe. Según sus propias palabras, está especializado en el siglo XIX; ha escrito una trilogía sobre ese siglo, compuesta de: “La Era de la Revolución”, “La Era del Capital” y “La Era del Imperio”. El libro que nos ocupa, titulado en inglés “La Era de los Extremos”, sería una continuación de los tres anteriores. 

Hobsbawm es partidario de no ceñirse demasiado a fechas tan arbitrarias como el principio o fin de un siglo para definir las épocas históricas. Para él, al igual que el S. XIX es un siglo 'largo', pues comienza en 1789 y no termina hasta 1914, el S. XX es un siglo corto, de 1914 hasta 1991. Lo divide también en tres períodos: la era de las catástrofes (1914-1945), la edad de oro(1945-1973) y el derrumbamiento (1973-1991). Más que en guerras o acontecimientos aislados, el autor se detiene a analizar los procesos que caracterizan a cada periodo, y cómo se enlazan con los de épocas anteriores y posteriores. 

Los constructores 

Detalle de 'Los constructores', por Ferdinand Léger, 1950. 

Eric Hobsbawn ha estado siempre catalogado como historiador de izquierdas, y hace 30 o 40 años probablemente lo estaba como “abiertamente marxista”. Basta con leer sus ensayos sobre movimientos revolucionarios. Sin embargo, es capaz de mantener una distancia crítica suficiente para analizar los hechos sin demasiadas ideas preconcebidas. Para el autor, mientras que el siglo XIX, pese a todos sus defectos, fue un periodo de progreso, el XX supuso, desde sus comienzos, el truncamiento de una etapa de avances en la humanidad iniciada como mínimo en el siglo XVIII; pues el progreso no puede limitarse tan sólo a lo científico y técnico, sino que debe corresponderse con mejoras éticas y sociales. El siglo que descubrió los totalitarismos, la guerra total, genocidios y bombas atómicas, entre otras cosas, deja mucho que desear. Hobsbawm lo ilustra continuamente con ejemplos: basta con comparar las reacciones que suscitaba en la prensa occidental una matanza de 10 personas en la Rusia de los zares con lo que vemos a diario en Palestina, para concluir que, en cuanto a los valores fundamentales, hemos empeorado gravemente. 

Por supuesto, un libro de 600 páginas no se puede limitar a desarrollar esta tesis, sino que hace un recorrido bastante completo sobre los movimientos políticos, culturales, económicos y científicos fundamentales del siglo, de los cuales quizá el más importante haya sido la enorme transformación provocada por el desarrollo económico de los años 50 y 60: por primera vez desde el Neolítico, la mayor parte de la población mundial vive en ciudades y de actividades que poco tienen que ver con la agricultura y la ganadería. 


La 
‘Historia del siglo XX’ 
de Eric Hobsbawm 
Marcelo Novello 

Eric Hobsbawm, el reconocido historiador británico, tiene ciertamente buena prensa. 

Respetado por los círculos académicos en cualquier latitud, goza incluso de la simpatía de numerosos políticos ‘progresistas’. En 1995 se publicó su monumental obra ‘Historia del siglo XX ’, de más de 600 páginas, y en la cual Hobsbawm analiza los hechos producidos en un "siglo corto", cuya duración coincide grosso modo con la existencia del Estado surgido de la revolución bolchevique. 

Lejos de escribir en la prosa remanida de la Academia, Hobsbawm ha querido darle a su libro no sólo aires de obra de divulgación (abarcando la política, la economía, las ciencias y la cultura) sino hasta de una especie de autobiografía (1). 

Cualquier recensión sobre esta obra impondría, entonces, abarcar ambos aspectos. 

Nace una estrella (tras los tanques en Budapest) 

La intelectualidad ‘progre’ europea celebró su obra en la que historiza el ‘siglo corto’ como "la más abarcadora y la mejor escrita" (2). La intelligentsia local también tuvo la oportunidad de tributarle los más desmedidos elogios. 

¿Quién es Eric Hobsbawm? La biografía política-intelectual es conocida: miembro vitalicio del luego auto-disuelto PC británico, al cual ingresó porque "como judíos no podíamos, por definición, dar nuestro apoyo a los partidos basados en la confesionalidad o en un nacionalismo que excluyera a los judíos. Nos volvimos comunistas. No tomábamos partido contra la sociedad burguesa y el capitalismo, puesto que parecían estar con toda evidencia en los estertores de su muerte"(3). Tras la invasión soviética que aplastara la revolución política en Hungría en el ‘56, Hobsbawm será testigo de cómo se hacía trizas el Grupo de Historiadores del cual formaba parte junto a intelectuales de promisorio futuro (Christopher Hill, E.P. Thompson, etc.). 

En medio de un clima de renuncias, expulsiones y procesos propios de la Inquisición, Hobsbawm llega a un acuerdo tácito con el Partido Comunista de Gran Bretaña (PCGB): total libertad para la historiografía de los siglos XVIII y XIX, pero una prohibición absoluta para publicar investigaciones sobre el presente siglo. La confianza que el PCGB deposite en Hobsbawm será tanta que para explicar los "sucesos de Hungría" le confiará la tarea de bajar línea a través de una serie de artículos publicados en el Daily Worker. Allí escribirá que "todo socialista debe entender que Hungría podría haberse convertido en la base para la contrarrevolución. Mientras apoyamos firmemente lo ocurrido en Hungría, debemos también decir que la URSS debe retirar sus tropas del país tan rápido como sea posible"(4). 

En los años ‘70, Hobsbawm se convertirá en el intelectual del ‘movimiento comunista’ en crisis, alineándose firme detrás de la variante ‘eurocomunista’. 

Comentando las andanzas de su ahora ‘protegido’ Pinochet, dirá que "Allende fracasó no simplemente porque su Unidad Popular fue técnicamente incapaz de derrotar a los militares sino porque alienó a numerosos sectores de la población, a los cuales debió haber arrastrado tras de sí" (5) . No se trataba, está claro, de una crítica marxista al frentepopulismo chileno sino que Hobsbawm se sumaba entusiasta al ‘compromiso histórico’ del PCI de Enrico Berlinguer, que significaba "bajar el ritmo delcambio social a niveles aceptables para los aliados potenciales entre los sectores medios (sic)"(6). 

El ‘eurocomunismo’ será sinónimo de apoyo a la Comunidad Económica Europea; el ‘abandono’ de la dictadura del proletariado y la permanencia en la OTAN. 

En el ‘79 Hobsbawm dirige la revista ‘teórica’ del PC británico, Marxism Today, que cobija a una caterva de intelectuales anti-marxistas y posmodernos (Ernesto Laclau, entre otros), y que se destacará por analizar al thatcherismo en términos de "semi-fascismo" (qué mejor que el cuco fascista para resucitar al frentepopulismo …). 

Hobsbawm también actúa en el Labour Party inglés, donde en los años ‘80 apaña a la dirección partidaria en su "caza de brujas" contra la corriente Militant, que practicaba el entrismo desde tiempos inmemoriales (más de 20 años). Para Hobsbawm, la "democracia" era un ‘valor universal’ excepto cuando existía una fuerte tendencia trotskista al interior del Labour Party. El entonces líder laborista Neil Kinnock le agradecerá enormemente los servicios prestados, elogiándolo como "el más sagaz de los marxistas vivientes" (7). 

Siglo XX: cambalache 

Según Hobsbawm el ‘siglo corto’ podría dividirse en tres grandes etapas: 

• Una Era de Catástrofe, desde 1914 hasta fines de la Segunda Guerra Mundial: donde el quiebre del mundo decimonónico produjo dos guerras mundiales, la caída de los imperios coloniales, una crisis económica de profundidad sin precedentes que castigó hasta a la economía más dinámica de la época (Estados Unidos), el refugio de numerosos países en la autarquía económica y la caída de las instituciones de la democracia liberal a manos del fascismo y los regímenes autoritarios. 

• Una Era Dorada (1947-1973): época de extraordinario crecimiento económico y grandes transformaciones sociales, que probablemente haya cambiado más profundamente la civilización humana que cualquier otro período de duración similar. Sobre la cuestión de por qué o cómo pudo el capitalismo resurgir con inusitada vitalidad, Hobsbawm nos dice que "no existe aún acuerdo (entre los historiadores), ni puedo decir que yo provea una respuesta persuasiva"(8). 

- Un Derrumbamiento (1973-1991): "una era de descomposición, incerteza y crisis" (9), signada por la ‘desaparición’ de la URSS y la destrucción del sistema que había estabilizado ("coexistencia pacífica"  las relaciones internacionales por más de 40 años, sembrando la creencia del triunfo del ‘neo-liberalismo’. 

Conjuntamente, tres tristes tópicos distinguirían, según Hobsbawm, al siglo XX: 

a) la desaparición del mundo eurocéntrico, puesto que "las grandes potencias de 1914, todas europeas, han desaparecido, como la URSS, heredera de la Rusia zarista, o fueron reducidas a un status regional... El mismo esfuerzo por crear una Comunidad Europea supranacional y por inventar un sentimiento de identidad europeísta que le correspondiese, reemplazando las viejas lealtades hacia las naciones y estados tradicionales, demuestran la profundidad de este declive"(10). 

b) Un mundo globalizado donde las economías nacionales, definidas por las políticas de los Estados, se verían reducidas a obstáculos para las actividades transnacionales. ‘Globalización’ en la cual "curiosamente el comportamiento privado humano ha tenido menos problemas en ajustarse al mundo de la televisión satelital, el E-mail y las vacaciones en las islas Seychelles" que las instituciones estatales (11). 

c) La desintegración de los viejos modelos de relaciones interpersonales, para Hobsbawm un proceso preocupante, que se evidenciaría en el acérrimo individualismo dominante, y que se vería acentuado luego de la destrucción de las sociedades del ‘socialismo real’. 

Hobsbawm plantea también que "una de las ironías de este extraño siglo es el hecho de que el resultado más duradero de la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era el derrocamiento global del capitalismo, fue el de salvar a su antagonista, tanto en la guerra como en la paz" (12). Esta verdadera ‘Astucia de la Razón’ hegeliana se habría materializado de dos maneras: imponiéndole al capitalismo un incentivo para reformarse después de la Segunda Guerra Mundial ("reforma o revolución"; y mostrándole el ejemplo concreto de la economía planificada (utilizada luego por la "macroeconomía keynesiana" 

Las lecciones de Octubre 

Eric Hobsbawm tiene la característica de ‘variar’ periódicamente sus apreciaciones respecto de la primera revolución socialista de la historia... En 1990, por ejemplo, la había calificado como el "resultado loco" de una Era de Catástrofe, un evidente ‘error’ que se podría haber evitado si las advertencias mencheviques hubieran sido escuchadas (13). 

En su reciente visita a Bs. As., Hobsbawm sostuvo que "tal vez hubiera sido mejor no hacer la revolución de Octubre"(14). 

En este libro, Hobsbawm la reivindica parcialmente (es decir, la condena de manera vergonzante). Hobsbawm comienza señalando con exactitud el giro de 180º que significó el regreso de Lenin del exilio, cuando sacó a los bolcheviques del fango del "apoyo crítico" al kerenskismo. Incluso se mantiene fiel a la verdad cuando sostiene que la perspectiva de Octubre era laextensión de la revolución a toda Europa, teniendo como eje a Alemania. Pero será aquí donde el menchevismo innato de Hobsbawm lo lleva a una apreciación de los hechos que es, por lo menos, caprichosa. Así la derrotada revolución alemana no habría sido más que "una ilusión", debido a "la total, pero temporaria, parálisis del viejo ejército, del viejo estado y estructuras de poder, bajo el doble impacto de la total derrota bélica y la revolución en ascenso"(15). Ninguna indicación nos da Hobsbawm acerca de cuánto tiempo debe durar una situación revolucionaria para no pecar de ‘temporaria’, ni tampoco analiza el papeljugado por la socialdemocracia. Esta llamativa abstención política e histórica respecto del rol desempeñado por Ebert, Noske & Cía. es sintomática, porque para Hobsbawm la creación de la Comintern significó "un error grave, la división permanente del movimiento obrero internacional" (16). 

El argumento de Hobsbawm es que, puesto que el objetivo de la IIIª Internacional era el de propagar universalmente el "partido leninista de vanguardia", tal perspectiva era únicamente justificable en condiciones de inminencia revolucionaria, situación que durante el período 1918/20 no era cierto, ni en Occidente ni en Oriente. Como puede apreciarse de un solo plumazo, Hobsbawm resucita a la IIª Internacional, desvirtúa el enorme significado histórico de la IC y distorsiona las condiciones de la lucha de clases de la primera posguerra. Además, sostiene Hobsbawm, el ‘error’ bolchevique no habría de ser enmendado ni siquiera con la táctica del Frente Unico, intransigentemente defendida por Lenin y Trotsky durante el III Congreso de la IC. Habría que esperar hasta 1935, con el Frente Popular, para volver a lograr la "unidad del movimiento obrero" (con la ‘yapa’ de la burguesía liberal). 

"Cuando se hizo claro que la Rusia soviética iba a ser, por un tiempo que seguramente no iba a ser corto, el único país donde triunfara la revolución, la única política realista para los bolcheviques era transformar (a Rusia) de una economía atrasada, a una economía desarrollada, tan rápido como fuera posible"(17). 

El aislamiento de la revolución socialista lleva a Hobsbawm a la aceptación ‘realista’ de la política de "socialismo en un solo país". Curiosamente, señala incluso que "no hay ninguna razón teórica por la cual la economía soviética, tal como surgiera de la revolución y la guerra civil, no hubiera podido evolucionar en una relación más estrecha con el resto de la economía mundial"(18). Para alguien que reniega del control obrero de la producción, y proclama el fracaso del ‘estatalismo planificado’, no suena precisamente como un llamado bujariniano al "socialismo a paso de tortuga" sino la restauración lisa y llana. 

En medio de la Gran Depresión de los años ‘30, los innegables logros de la economía planificada habrían entusiasmado, según Hobsbawm, a amplias capas de la burguesía de los países ‘atrasados’, para los cuales "la receta soviética para el desarrollo económico parecía diseñada para ellos" (19). Esto se parece demasiado a las posiciones del posadismo, para quien una burguesía convencida de que no podría realizar su propia revolución democrática, terminaría por realizar el socialismo... 

Finalmente, digamos que en algún rinconcito del libro, Hobsbawm se anima a confesar que, bajo Stalin, la revolución mundial pertenecía ya a la retórica del pasado y, aun más, cualquier revolución sería tolerable sólo si no se contraponía a los interesesdel Estado soviético (de la burocracia, en realidad), y podía ser llevada al control directo del aparato. Pero en otros párrafos, Hobsbawm sostendrá posiciones diametralmente opuestas... 

Fascismo y Frente Popular 

Un ganadero llevaba a sus bueyes al matadero. Llega el matarife con su cuchillo. 

—¡Cerremos las filas y, con nuestros cuernos, traspasemos a este verdugo!, propuso uno de los bueyes. 

—¿Pero en qué es peor el matarife que el ganadero que nos trae aquí a garrotazos?,replicaron los bueyes educados políticamente por el pensionado Manuilski. 

—¡Pero es que luego podremos ajustar cuentas con el ganadero! 

—¡No! - respondieron los bueyes con principios —. Tú cubres a los enemigos por la izquierda; ¡tú, tú mismo eres un social-matarife! 

Y se negaron a cerrar filas...(20) 

Cuando Trotsky defendía la táctica del frente único ante el fascismo y empleaba todos los recursos literarios para refutar a los funcionarios stalinistas como Manuilski, fijaba en realidad una perspectiva política revolucionaria para el movimiento obrero, con el fin de combatir la táctica suicida de la Comintern (la llamada teoría del "socialfascismo"

El stalinismo sostenía que el fascismo y la socialdemocracia eran ‘gemelos’, y aún más, el KPD —el PC alemán— llegaría a aliarse con los nazis para "deshacerse" del SPD— la socialdemocracia— (el denominado "plebiscito rojo" de Prusia en 1931). El nazismo se proponía aplastar implacablemente a todas las organizaciones tradicionales del movimiento obrero, comunistas o socialdemócratas, por lo que se necesitaba una política de frente único, de unidad de acción, de armamento del proletariado. Hitler llegará al poder ante la pasividad cobarde de las direcciones del movimiento obrero. 

Hobsbawm también tendrá duros conceptos para con la táctica del "Tercer Período", pero reivindica al VIIº Congreso de la IC (julio-agosto de 1935), es decir al Frente Popular, que nace en Francia, cuando en su afán por ganarse a las clases medias para la ‘alianza antifascista’, el PCF y el PS se alían al partido Radical, es decir, al partido de la mismísima burguesía imperialista. En Moscú, se buscaba ahora una alianza militar y política con Francia y el Frente Popular actuaría como un recursode la burguesía contra la revolución proletaria. 

Pero para Hobsbawm "el Frente Popular fue mucho más que una táctica defensiva o, aun más, una estrategia para pasar de un repliegue a una nueva ofensiva. Fue también una estrategia cuidadosamente planeada para avanzar hacia el socialismo" (21). 

Ahora bien, Hobsbawm habitualmente tiene el vicio de ‘gambetear’ cualquier tipo de crítica por izquierda del stalinismo, sosteniendo que "historia es lo que ha sucedido, no aquello que hubiera podido suceder", aunque si bien "a veces podemosespecular, con algún grado de realismo, generalmente acerca de aquello que no podría haber sucedido, pero no sobre lo que sí podría haber acontecido" (22). Si midiéramos a Hobsbawm con su misma vara... ¿podría decirse entonces que su juicio sobre el Frente Popular es ‘histórico’, cuando está claro que el resultado concreto de esta política no fue "avanzar hacia el socialismo" sino ‘avanzar’ hacia Franco, Pétain-Hitler, De Gaulle, cuatro décadas de gobiernos DC-Vaticano, etcétera? 

Hobsbawm finge sorprenderse al constatar que el Frente Popular finalmente no consiguió aumentar el campo del ‘anti-fascismo’, y que en términos electorales sólo se percibía el pasaje masivo de obreros socialdemócratas al campo del ‘comunismo’. El stalinismo se encargará de frustrar este viraje político de las masas, tanto en España como en Francia, mediante su alianza con la burguesía (o con su sombra...). 

¿Mortal Kombat? 

Como no podía ser de otra forma, el entusiasta apoyo a la política del Frente Popular lo conducirá al más banal de los macaneos cuando se dedique a analizar la Segunda Guerra Mundial... 

Para Hobsbawm, la década del ‘30 y la Segunda Guerra Mundial podrían ser entendidas "no a través de la competencia entre Estados, sino como una guerra ideológica internacional" (23). Una guerra abierta "no entre el capitalismo y el comunismo sino entre lo que el siglo XIX hubiera denominado ‘progreso’ y ‘reacción’ " (24). 

Entregándose al idealismo más febril, sostiene que "el pensamiento racionalista y humanista compartido por el capitalismo liberal y el comunismo hizo posible su breve pero decisiva alianza contra el fascismo" (25). Alianza que Hobsbawm reivindica porque logró, ni más ni menos, salvar la "democracia". 

En principio, si la lucha ‘a muerte’ contra el nazi-fascismo había creado, digamos, un frente único tan fuerte que hasta hundía sus raíces en el Iluminismo, entonces francamente no se entiende cómo Hobsbawm sostiene que "la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obtenida, y sólo podía haberse ganado, gracias al Ejército Rojo"(26). ¿Quiere decir esto que al menos uno de los abanderados del ‘progreso’ (concretamente, el imperialismo ‘democrático’) escatimaba su esfuerzo, y eventualmente buscaba o toleraría un acuerdo con la mismísima ‘reacción’? Siempre se hace difícil explicar la historia real con macanas... 

Lo cierto es que como Hobsbawm capitula ante el nacionalismo (imperialista) británico, exigirá la más estricta ‘unidad nacional’ contra el nazismo: "el Labour Party podría ser criticado, no por la falta de firmeza hacia el agresor fascista sino por rehusarse a apoyar las medidas militares necesarias para hacer esa resistencia efectiva, como por ejemplo el rearme y la conscripción obligatoria. También, y por las mismas razones, podrían (ser criticados) los comunistas" (27). Al negar que la única barrera contra el fascismo es el socialismo, Hobsbawm actúa igual que la socialdemocracia en 1914. 

Una nueva guerra se perfilaba desde comienzos de los ‘30, y su carácter era claro: una guerra interimperialista para redefinir las esferas de ‘influencia’. Para el obrero la lucha contra el imperialismo y su guerra significaba que "el enemigo principal está en tu propio país" o "la derrota de tu propio gobierno (imperialista) es el mal menor". 

A quienes, invocando la amenaza del fascismo, rechazaban el derrotismo, Trotsky les contestaba: "¿Podría el proletariado de Checoslovaquia haber luchado contra su gobierno y su política capituladora mediante slogans de paz y derrotismo? Una cuestión muy concreta está planteada así de una manera abstracta. No había lugar para ‘derrotismo’ porque no había ninguna guerra... En esas críticas 24 horas de confusión e indignación generalizadas, el proletariado checoslovaco tuvo la enorme posibilidad de hacer caer al gobierno capitulador y tomar el poder. Para esto se necesitaba sólo un partido revolucionario. Naturalmente, después de tomar el poder, el proletariado checo hubiera ofrecido una tenaz resistencia a Hitler, e indudablemente hubiera despertado una poderosa reacción de las masas trabajadoras en Francia y demás países... La clase obrera checa no tenía el menor derecho de confiar el liderazgo de una guerra contra el fascismo a los señores capitalistas, que en un par de días, tan tranquilamente, se pasaron de bando convirtiéndose a sí mismos en fascistas y cuasifascistas. En tiempos de guerra, mutaciones de este tipo por parte de la clase dominante estarán a la orden del día en todas las ‘democracias’. Esta es la razón por la cual el proletariado se autodestruirá si basara su línea política general en las etiquetas formales e inestables de ‘pro-fascismo’ y ‘anti-fascismo’ "(28). 

En conclusión, Hobsbawm nos ha contado una bella fábula acerca de buenos y malos, que aunque bien podría hacernos conciliar el sueño, tiene el inconveniente de ser históricamente falsa y políticamente contrarrevolucionaria. No es casualidad que hoy día Hobsbawm niegue legitimidad al pedido de extradición de Pinochet, so pretexto de ‘salvar la democracia’ chilena. 

El ‘historiador’ pretenderá hallar en el pasado la justificación de tamaña capitulación. Sostiene Hobsbawm que "después de la última guerra, en casi todos los países surgió la necesidad de la convivencia entre quienes habían luchado en la resistencia y los colaboracionistas fascistas. A veces se hace necesario trazar una raya. No me parece realista una punición general" (29). En realidad, nunca existió ninguna ‘necesidad’ de impunidad. Más aún, hagamos de cuenta que le concedemos al ‘historiador’ el argumento acerca de la imposibilidad de una ‘punición general’... Hobsbawm no se negaría entonces, por ejemplo, a expropiar a los Thyssen, Krupp & Cía. (sostuvieron a Hitler); o a expropiar a los Agnelli & Cia. (impulsaron a Mussolini); o a expropiar a la burguesía francesa (la misma que proclamaba "mejor Hitler que Blum" . Pero no, ni siquiera esto... 

Hobsbawm no quiere ni ‘punición general’, ni castigar a los peces gordos. Queda en claro, entonces, que lo que sí existe es ‘necesidad’ por parte de Hobsbawm de encubrir a Togliatti (PCI) y Thorez (PCF) que desarmaron, literalmente, a los trabajadores; de encubrir a Stalin (chauvinismo antialemán; división reaccionaria del proletariado). 

Curiosamente, en el cuento de hadas de Hobsbawm los buenos no quieren castigar a los malos... ¿No los convertirá esto en simples cómplices? 

Dios salve a la Reina... 

En el capítulo "El fin de los Imperios", Hobsbawm aborda el proceso de descolonización. Tras darnos un panorama global, el autor trata la caída del Raj británico en la India. Primero señala la deliberada y sistemática política de explotar la rivalidad hindú-musulmana ("divide y reinarás" aplicada por el Imperio ante la creciente presión del nacionalismo hindú. Pero luego Hobsbawm retrocede y nos dice que los cientos de miles de muertos causados por la partición India/Pakistán "no formaba parte de ningún plan del gobierno imperial" (30). 

Lástima para los colonialistas que Hobsbawm naciera tan tarde, porque el ‘historiador’ les proporciona un nuevo argumento a favor: el Raj británico "en su desesperado intento por ganar la guerra (Segunda Guerra Mundial, N. del A.) destruyó su legitimidad moral: haber logrado una Indostán única, en la cual sus múltiples comunidades podían coexistir en relativa calma, bajo una única e imparcial administración y legalidad" (31). 

Hobsbawm debería primero demostrar que la ‘relativa calma’ era fruto de la política del gobierno colonial; cosa que no podría hacer jamás (32). Luego, no se entiende cómo si se trataba de un gobierno colonial, puede calificarlo de "imparcial" siendo obvio que velaba (y cómo...) por los intereses imperiales, oprimiendo a las masas nativas. Finalmente, Marx por ejemplo hablaba del doble carácter que tenía la dominación británica en la India al destruir el despotismo oriental y sentar las bases de la sociedad occidental; pero jamás habló de "legitimidad moral" o cosa semejante... Más aún, afirmaba que "todo cuanto se vea obligada a hacer en la India la burguesía inglesa no emancipará a las masas populares ni mejorará substancialmente su condición social". Marx señalaba que la dominación colonial británica sentaba las premisas materiales para el desarrollo de las fuerzas productivas y, a la vez, para su apropiación por el pueblo. De ese papel que jugaba la burguesía Marx terminaba preguntándose "¿cuando ha realizado algún progreso sin arrastrar a pueblos enteros por la sangre y el lodo, la miseria y la degradación?". 

Un tema puntual para cualquier historiador británico es Irlanda, pero Hobsbawm no le dispensa más que dos comentarios a la pasada en 600 páginas. Ni siquiera menciona el levantamiento de Pascuas de 1916, ni el Domingo Sangriento de Derry en 1972... 

Hobsbawm, que gusta proclamar su deuda con el marxismo, respecto al colonialismo ha abrevado indudablemente en otras fuentes... 

Mao-stalinismo en el ‘Tercer Mundo’ 

A principios de los ‘60, Hobsbawm, al igual que el PCGB, se alineará con Khruschev en la disputa con Pekin. La inflamada retórica maoísta no encajaba ni con el reformismo de la ‘vía británica al socialismo’ ni menos aún con el estilo flemático de Hobsbawm. Evidentemente el ‘fuego’ de aquella disputa atizó la escritura de algunos pasajes de este libro, en el que Hobsbawm justifica retrospectivamente la línea "soviética", en el sentido de que para "los partidos alineados con Moscú el capitalismo no era el enemigo, sino el pre-capitalismo y los intereses locales y el imperialismo (yanqui) que lo apoyaban" (33). 

El frente político con la burguesía nacional es el programa que se desprende de semejante caracterización. El maoísmo compartía esta caracterización, cosa que Hobsbawm increíblemente niega. La prueba histórica más dolorosa es, sin lugar a dudas, lo ocurrido en Indonesia en 1965 (34). El PC indonesio, siguiendo los dictados de Pekín, consideraba al Estado post-colonial como "semi-burgués y semi-proletario", y se alineará totalmente detrás del nacionalismo burgués de Sukarno, a quien incluyó en sus estatutos partidarios como fuente de enseñanzas, a la par con el ‘marxismo-leninismo’ (o lo que Mao entendía por tal). La ‘enseñanza’ de la política de colaboración de clases, de acuerdo con la cual se debía "supeditar los intereses de clase a los intereses nacionales" implicaba para el PKI distraer con "campañas contra los roedores" al campesinado que se levantaba contra los terratenientes; implicaba llamar a "elevar la eficiencia y la productividad" de los mismos obreros que ocupaban las empresas nacionalizadas. 

El ala derecha del gobernante Partido Nacional veía con pavor el crecimiento de la influencia comunista y, consecuentemente, impondrá a Sukarno la suspensión de las elecciones que debían celebrarse en la isla de Java. Sukarno llamará "democracia guiada" a su régimen político (proscripción de facto del PCI). En el cuadro de agudización de la lucha de clases y atemorizados por la conspiración derechista, allegados al presidente Sukarno y el PKI intentarán, manteniendo desmovilizadas a las masas, un cuartelazo ‘progresista’ contra el Ejército y el ala derecha del Partido Nacional (Suharto). 

Lógicamente, las fuerzas armadas burguesas mantendrán su unidad y una feroz oleada anti-comunista azotará Indonesia, calculándose en 500.000 la cantidad de indefensos militantes comunistas asesinados por la contrarrevolución. Aplastado el movimiento obrero y popular, un año después será Suharto (quien gobernó Indonesia hasta la revolución de hace unos meses...) quien desplace sin necesidad de violencia alguna a Sukarno. 

Tenemos, por un lado, que Hobsbawm aprueba la política del mao-stalinismo de disolución en el nacionalismo burgués (Nasser, Mossadegh, etc.). Pero por otro lado, constata, desmoralizado, que tanto el ‘socialismo’ (stalinismo, en el lenguaje corriente) como el ‘nacionalismo’ fracasaron miserablemente en sus intentos por dar "soluciones duraderas a los problemas de un mundo en crisis" (35). 

¿Cómo se dice "restauración" en ruso? 

Apenas comenzado el libro, Hobsbawm nos adelanta una conclusión lúgubre: "el mundo que se hiciera añicos a finales de los ’80 era el mundo modelado por el impacto de la Revolución Rusa"(36). 

Durante años, Hobsbawm desechó como mero ‘juego de palabras’ cualquier intento de analizar la naturaleza de los Estados donde se había expropiado al capital. En este libro, sostiene que ya en los años ’70 había sobradas pruebas de que el ‘campo socialista’ se integraba aceleradamente a la economía mundial. "En retrospectiva podemos ver que esto fue el comienzo del fin para el ‘socialismo real’ "(37). Para Hobsbawm, "es una ironía de la historia que las economías del ‘socialismo real’ se convirtieran en las verdaderas víctimas de la crisis mundial de la economía capitalista" (38). En realidad, las leyes de la economía mundial valen para todos sus componentes, por más que esto contradiga a los defensores del "socialismo en un solo país". 

Para el marxismo quedó en claro hace tiempo que "o bien la burocracia, convirtiéndose cada vez más en el órgano de la burguesía mundial en el Estado Obrero, derrocará las nuevas formas de propiedad y volverá a hundir el país en el capitalismo; o bien la clase obrera aplastará a la burocracia y abrirá el camino al socialismo" (39). 

Para Hobsbawm, "hasta el final, la Rusia soviética permaneció, aún a los ojos de muchos egoístas y corruptos miembros de su ‘nomenklatura’, como algo más que una superpotencia. La emancipación universal, la construcción de una alternativa superior a la sociedad capitalista fue, después de todo, su razón de existencia". El ‘historiador’ se propone demostrar esto preguntándole al lector: "¿De otra manera, por qué un burócrata caradura en Moscú hubiera continuado financiando y armando a las guerrillas del Congreso Nacional Africano, cuyas chances de derrocar el apartheid en Sudáfrica parecían y fueron mínimas durante décadas?" (40). 

¿Cómo explicar el desenfrenado pasaje de la burocracia, de ‘abanderada’ del socialismo a ‘abanderada’ del anti-comunismo? Para Hobsbawm, se trata del fracaso de la economía estatal planificada, por eso elogia a los ‘reformadores’ soviéticos que en los años ‘50 y ‘60 se manifestaban por la introducción conjunta de precios de mercado y cálculo de beneficios (y pérdidas...) en las empresas... El "estancamiento" bajo Brezhnev habría despertado de la hibernación a los Gorbachov ("apasionado y sincero comunista reformador" , y algunos de ellos, en su intento por ‘mejorar’ las cosas, se habrían convencido que el ‘sistema’ no se podía cambiar desde dentro... En medio de la perestroika, la inoportuna puja entre ‘reformadores’ y ‘conservadores’ produjo que mientras se desmontaba el viejo ‘sistema’, no se terminaba de reemplazarlo concretamente con nada... y bueno, a ríorevuelto ganancia de los Yeltsin... 

Como puede apreciarse, una mistificación tras otra. Con la total consolidación de su poder, la burocracia se movilizó a preparar las condiciones para restaurar el capitalismo y transformarse en clase social. Hobsbawm cree ver una serie de errores de aplicación en el fracaso del ‘socialismo de mercado’ en la ex-URSS, y por eso aprecia los ‘logros’ de China. La diferencia entre un resultado y otro se debe, no a la ‘idiosincrasia oriental’, como parece tentado Hobsbawm a sostener, sino a la resistencia del proletariado, mayor en la URSS (huelgas mineras del ‘89-‘90), pero aplastada en la Plaza Tienanmen. 

El muro de… los lamentos 

A fines de los ‘70 Hobsbawm adelanta las tesis acerca de la "desaparición del proletariado", luego propagadas por el intelectual francés André Gorz. Hobsbawm aludía no sólo a un cambio de ‘patrón productivo’ del capitalismo a nivel mundial (‘postfordismo’) sino también a un profundo descenso en la conciencia de clase de los trabajadores. Sostenía que "la clase obrera manual, la base social de los tradicionales partidos obreros socialistas, hoy está contrayéndose y no expandiéndose. Ha sido transformada y hasta, en algún sentido, dividida por las décadas durante las cuales su nivel de vida alcanzara niveles jamás soñados… Ya no puede asumirse que los trabajadores estén en camino de reconocer que su situación de clase les impone alinearse detrás de un partido socialista, aunque haya todavía muchos millones que crean en esto" (41). 

Hoy en día Hobsbawm confunde a la enorme masa de desocupados generada por el capitalismo en crisis, con una nueva clase, los ‘excluídos’. En cuanto al proletariado, seguiría reduciéndose: "en países como Inglaterra hay más gente trabajando en lasagencias de publicidad que en todo el gremio de mineros" (42). Comentario más que desafortunado, porque la dirección del Labour Party, que Hobsbawm apoyó, boicoteó las combativas huelgas mineras del ‘84-‘85, y también las últimas del ‘92. El "thatcherismo salvaje" cerró las minas con la ayuda de los amiguitos de Hobsbawm… 

Con la ‘muerte’ del comunismo y el auge del ‘neo-liberalismo’, Hobsbawm siente que "aquellos que vivimos los años de la Gran Depresión aún encontramos casi imposible de entender cómo la ortodoxia del libre mercado, en aquel entonces tan claramente desacreditada, una vez más volvió a dominar a lo largo de un período de depresión global a fines de los ‘80 y principios de los ‘90... este extraño fenómeno debiera recordarnos una de las características más sobresalientes de la Historia: la increíble falta de memoria, tanto de los teóricos de la economía, como de aquellos que la llevan a la práctica" (43). El ‘progre’ pide tantas veces que tengamos ‘memoria’… ¡que acaba reclamándola a los ministros de la burguesía! 

Sin embargo, no todas son malas noticias... "El debate que confrontaba al capitalismo y al socialismo como mutuamente excluyentes, como polos opuestos, será visto por las generaciones futuras como una reliquia de la Guerra Fría ideológica del siglo XX" (44). 

El dominio social de la burguesía y el dominio social del proletariado no son mutuamente excluyentes... Pero lo que sí hace girar al mundo es "la querella entre keynesianos y neo-liberales (que) no era ni una mera disputa técnica entre economistas profesionales, ni una búsqueda por encontrar formas de resolver nuevos y apremiantes problemas económicos… Era una guerra entre ideologías incompatibles" (45). 

Hobsbawm dice que el historiador no puede más que señalar como una contradicción el hecho de que "los regímenes más comprometidos con la economía del laissez-faire (Reagan y Thatcher, N. del A.) fueron al mismo tiempo profunda y visceralmente proteccionistas y desconfiados del mercado mundial" (46). El lector, en cambio, no puede menos que señalar que el ‘historiador’, al ver cómo su castillo de arena se derrumba, sigue macaneando. 

En estos tristes tiempos condenemos los ‘excesos’ del capitalismo y proclamemos la lucha (bah, la ‘búsqueda’) por una sociedad ‘solidaria’: "el gobierno de la señora Thatcher en Gran Bretaña era rechazado por la izquierda, aún durante sus años de éxito económico, porque estaba basado en un egoísmo antisocial" (47). Egoísmo, sí bueno… pero ¿quién no tiene defectos? Dice Hobsbawm que "aún la izquierda británica admitiría eventualmente que algunos de los austeros shocks impuestos a la economía británica por la señora Thatcher eran probablemente necesarios"(48). Sepa el lector que, por ‘izquierda’ británica, Hobsbawm se refiere al Labour Party y al PC, y que obviamente los shocks no castigaban a la ‘economía británica’ (en este contexto, la peor de las abstracciones) sino a la clase obrera. 

Ante la enorme crisis mundial, Hobsbawm apoya al primer ministro francés Jospin en su ‘cruzada’ por "una tercera vía que medie entre el estatalismo planificado y el libre comercio". Para quienes puedan pensar que se trata otra vez del mismo viejoplato recalentado, Hobsbawm los llama a la esperanza: "la idea de un estado que vela por la economía no es novedosa. Lo nuevo es la necesidad de un control internacional global. Pero todavía no hay mucha experiencia en la materia" (49). Es bueno saber que, al margen de la LCR y LO, cada día hay más adherentes al ‘impuesto Tobin’, ¿no?... 

Hobsbawm se ha hundido en el desconsuelo y ya no se atreve a hacer pronósticos llamando a las cosas por su nombre... "Si la humanidad habrá de tener un futuro, no podrá obtenerlo simplemente prolongando el pasado o el presente... la alternativa a una sociedad distinta es la oscuridad" (50). En realidad, la apuesta sigue siendo la misma: socialismo o barbarie. Lo demás, es verso. 

El sociólogo Michael Mann saludó efusivamente el libro, diciendo que "Hobsbawm escribe como un desilusionado historiador marxista" (51). Pero la verdad es que Hobsbawm escribe como un stalinista en descomposición. Nada menos, nada más. 

Humille, Profe, humille… 

En su libro, Hobsbawm se dedica repetidas veces a ‘revisar’ al marxismo: a veces enmendándole la plana al mismo Marx; a veces negando una continuidad generacional y frecuentemente transformando al marxismo en una "bolsa de gatos"… 

Desilusionado por la ‘muerte del comunismo’, se queja de que "la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, según Marx, podía tener un único resultado" (52). En el mismo tomo dirá que "el marxismo ofrecía la esperanza de una profecía, la garantía de la ciencia e inexorabilidad histórica" (53). Como todo esto no tiene mayor sustento, simplemente dejemos constancia de la ‘desilusión’ de Hobsbawm. 

Con respecto a la ‘advertencia’ de Marx (de te fabula narratur) en el prólogo a El Capital, acerca de la tendencia a la expansión del capital, el historiador dice que "cuando consideramos cuán lógica parecía la predicción de Marx acerca de la propagación de la revolución industrial al resto del mundo, es sorprendente la poca cantidad de industria que abandonara el mundo del capitalismo desarrollado antes de los ‘70" (54). 

Si bien Stalin como individuo es ferozmente denostado, para Hobsbawm no existe ruptura entre el leninismo y el stalinismo; por eso sigue hablando de ‘bolcheviques’ como si el partido no hubiese sufrido una profunda e irreversible degeneración. Verdaderamente, cualquier semejanza entre el partido de Lenin y el de Stalin es, como dicen las películas, pura coincidencia. 

De igual manera nos enteramos de que la política de la Oposición de Izquierda respecto de la NEP y a la industrialización fue finalmente llevada adelante por Stalin (55), que la IVª Internacional tenía como objetivo ‘competir’ con la IIIª (como si se tratara de un torneo de tenis), y que al momento de su asesinato la trascendencia política de Trotsky era casi nula (56). 

Siendo que Hobsbawm no considera a la democracia como la dictadura de la burguesía, parece lógico que ridiculice la crítica al "cretinismo parlamentario" y condene al bolchevismo por cortar los vínculos anteriores entre "socialismo" y "democracia" (57). 

El propósito de Hobsbawm al mezclar a Lenin, Plejanov, Trotsky, Stalin, Mao, etc., todos en un mismo paquete, está destinado a echar un manto de duda sobre la continuidad y vigencia del marxismo. "Si Marx aún permaneciera como un gran pensador... ninguna de las versiones de marxismo formuladas desde 1890 como doctrinas de acción política y aspiraciones del movimiento obrero, se hubieran desarrollado en sus formas originales" (58). 

La ‘barbarie’ a la cual reiteradas veces se refiere el historiador es, qué duda cabe, hija legítima del mercado y la democracia (capitalista) que Hobsbawm ahora celebra fervorosamente y que desearía ver establecidos en todo el mundo… 

Lágrimas de cocodrilo, entonces. Pero el triste final de Hobsbawm no es original ni muchísimo menos, porque "una vez echado el stalinismo por la borda, las gentes de esta clase —y son numerosos— no pueden abstenerse de buscar en los argumentos de la moral abstracta una compensación a la decepción y al envilecimiento ideológico por el que han pasado. Preguntádles por qué han pasado de la Comintern... al campo de la burguesía. Su respuesta está pronta: "el trotskismo no vale más que el stalinismo" (59). 

Notas 

1. Eric Hobsbawm, Age of Extremes - The short Twentieth Century 1914-1991, Londres. Todas las citas serán tomadas y traducidas por el autor, de la edición inglesa. Hay traducción al castellano, titulada Historia del Siglo XX, por Editorial Crítica, Madrid. 

2. Göran Therborn, "The Autobiography of the Twentieth Century", en New Left Review, Nº 214, 1995. 

3. Citado por Horacio Tarcus, en Clarín, 22/11/98. 

4. Citado por N. Carlin & I. Birchall, en "Kinnock’s favourite Marxist", revista International Socialism, verano de 1983, pág. 93. 

5. Citado por Ian Birchall, op. cit., pág. 136. 

6. Idem, pág. 88. 

7. Citado por Ian Birchall, en Bailing out the system, pág. 98, Londres. 

8. Hobsbawm, op. cit., pág. 8. 

9. Idem , pág. 6. 

10. Idem, pág. 14. 

11. Idem, pág. 15. 

12. Idem, pág. 7. 

13. John Rees, "The light and the dark", revista International Socialism, primavera de 1995. 

14. Clarín, 22/11/98 

15. Hobsbawm, op. cit., pág. 68. 

16. Idem, pág. 69. 

17. Idem, pág. 376. 

18. Idem, pág. 375. 

19. Idem, pág. 376. 

20. León Trotsky, Alemania, la revolución y el fascismo, pág. 163, Juan Pablos EditorMéxico

21. Hobsbawm en Marxism Today , julio 1976, citado por N. Carlin & I. Birchall, pág. 99. 

22. Idem, pág. 104. 

23. Hobsbawm, op. cit., pág. 144. 

24. La definición de Hobsbawm, no tan sorpresivamente, incluirá dentro del concepto de "progreso" no sólo a la burocracia contrarrevolucionaria al mando del Estado Obrero degenerado sino también al imperialismo liberal. Qué tan progresivo era el imperialismo "liberal" se verá rápidamente en los años siguientes en GreciaCoreaArgelia, Vietnam, Guatemala, etcétera. 

25. Hobsbawm, op. cit., pág. 144. 

26. Hobsbawm, op. cit., pág. 7. 

27. Idem, pág. 152. 

28. Writngs of Leon Trotsky 1938-39, pág. 211-212, Pathfinder Press. 

29. Clarín, 22/11/98, Suplemento Zona, pág. 6. 

30. Hobsbawm, op. cit., pág. 219. 

31. Idem., pág. 220. 

32. La verdad histórica es exactamente al revés: tras el motín de los soldados nativos y las revueltas campesinas de 1857, la política británica fue la de inventar ‘diferencias’ entre los distintos pueblos. Véase la contribución de Suke Wolton, en Marxism, mysticism and modern theory, pág. 61-84, Londres. 

33. Hobsbawm, op. cit., pág. 436. 

34. El maoísmo siguió con detenimiento la conducta del PKI (PC de Indonesia), y por ello D.N. Aidit (su máximo dirigente) se entrevistó varias veces con Mao. El PKI, con sus 3 millones de miembros y su enorme influencia entre obreros y campesinos, era presentado por la burocracia china como un ‘ejemplo’ a seguir, en contraposición a los PC dirigidos por "renegados revisionistas khruschovistas". 

35. Hobsbawm, op. cit., pág. 563. 

36. Idem, pág. 4. 

37. Idem, pág. 375. 

38. Hobsbawm, op. cit., pág. 473. 

39. Leon Trotsky, El Programa de Transición, pág. 70, Ediciones Crux. 

40. Hobsbawm, op. cit., pág. 72. 

41. The state of the Left in Western Europe, citado por I. Birchall, op. cit., pág. 250. 

42. Clarín, 22/11/98, Suplemento Zona, pág. 5. 

43. Hobsbawm, op. cit., pág. 103. 

44. Hobsbawm, op. cit., pág. 564. 

45. Idem, pág. 409. 

46. Idem, pág. 412. 

47. Hobsbawm, op. cit., pág. 410. 

48. Idem, pág. 412. 

49. Clarín, 22/11/98, Suplemento Zona, pág. 5. 

50. Idem, pág. 585. 

51. "As the Twentieth Century Ages", en New Left Review, November/December 1995. 

52. Hobsbawm, op. cit., pág. 57. 

53. Idem, pág. 72. 

54. Idem, pág. 205. 

55. Idem, pág. 378. 

56. Idem, pág. 74. 

57. Idem, pág. 386. 

58. Idem, pág. 563. 

59. León Trotsky, en Su moral y la nuestra, pág. 38, Ediciones El Yunque, Bs. As.. 

Fuente: http://www.po.org.ar/edm/edm23/la2.htm 

Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2007/06/09/u-00711.htm 


DESCARGAR LIBRO