Recuerdos de James Joyce

Por Rubén Loza Aguerrebere

He dado fin a un libro realmente seductor: “Mi hermano James Joyce”. Es una biografía del célebre autor de “Retrato del artista adolescente” escrita por Stanislaus Joyce, su hermano. Había nacido el 17 de diciembre de 1894 y falleció, en Trieste, el 16 de junio de 1955. Precisamente un día 16 de junio se inicia, como recordarán los lectores, la más célebre novela de Joyce, “Ulises”.
Richard Ellmann, autor de una espléndida biografía de James Joyce, sostiene que, además de ser uno de los primeros en reconocer el genio de James, Stanislaus Joyce “sobrellevó su singular carga con nobleza y disconfornidad”. Y en el breve prólogo que para la primera edición escribiera T.S. Eliot (que ésta mantiene), el poeta comenta que uno de los aspectos más interesantes del libro de Stanislaus Joyce, es el de la vida del autor. En efecto, su personalidad llega a interesarnos tanto como la de James, acaso porque “son muy parecidos y sin embargo muy diferentes”.

La obra sobre un hombre público “es útil cuando se trata de un hombre de letras, y arroja luz sobre sus obras”, observa Eliot. Tal, el caso de este libro. Cuanto más conozcamos al hombre, mejor conoceremos aquello que escribió.

Por cierto, esta biografía habría sido casi imposible de escribir sin el auxilio del Diario que llevó Stanislaus, desde los días juveniles hasta su último suspiro, y al que su hermano mayor, el biografiado, sin que Stanislaus lo supiera, leyó. En esas páginas es donde vemos a Stanislaus deslumbrado por el enorme talento de su hermano al que define como un genio.

James Joyce, como muchos otros escritores (Hemingway, Malraux), vivió mirando de reojo a los biógrafos. James Joyce era un hombre alto, delgado, un tanto desaliñado; su hermano, en cambio, era un hombre de estatura mediana, vigoroso, grueso. James era brillante e imprevisible; Stanislaus, “tan sencillo como un personaje de Ben Johnson”.

A partir de los primeros recuerdos, Stanislaus aparece ya marcado por el deslumbramiento: su hermano está allá, ubicado en un lugar destacado, desde el día en que se realizó una representación infantil, que hacía las delicias de la familia, y donde James encarnaba al diablo y Stanislaus era el poseso. Luego, por un período de diez años, Stanislaus se convirtió prácticamente en el guardián de su hermano mayor. En este sentido, corresponde señalar que el título en inglés del libro es, justamente, “El Guardián de mi hermano”.

El retrato de Stanislaus abarca a James hasta los veintidós años. Ofrece una pintura refinada del contexto familiar y de qué manera éste gravitó en la obra literaria de su célebre hermano. Habla de los tiempos de Dublín, de los amigos de la infancia, de la topografía de la ciudad. Mientras James hacía su brillante carrera en el mundo de las letras, Stanislaus prosiguió su trabajo de profesor. Como éste era un surtidor de ideas, de muchas de ellas fue apropiándose el hermano mayor y las utilizó para elaborar espléndidos momentos literarios, como en el caso de “Los muertos”. Richard Ellman sostiene, por otra parte, que James Joyce tomó numerosas anotaciones del diario de su hermano para realizar el célebre monólogo de Molly Bloom, en“Ulises”, y que prefirió atribuir el descubrimiento de esa técnica a Edourd Dujardin, el autor de “Les lauriers sont copués”, antes que a Stanislaus. Otro dato: originalmente había pensando en utilizar a su hermano menor como modelo para la novela “Retrato de un artista adolescente”.

Stanislaus Joyce estudió admirativamente a su hermano, e incluso le puso el nombre de James a su único hijo. Sí, es una lástima que no haya podido terminar el libro sobre él, porque la muerte lo alcanzó antes de llegar a la palabra fin, aunque tal cual está, “Mi hermano James Joyce” es un libro asombroso y seductor. Tanto, que posiblemente es uno de los más bellos del género. Merece ocupar un lugar en el mismo estante donde están las obras de su famoso hermano mayor.

Stanislaus JoyceMi hermano James Joyce, Adriana Hidalgo Editores, Buenos Aires, 2001.
http://revista.libertaddigital.com/recuerdos-de-james-joyce-1137.html


“Este libro único merece ocupar un lugar permanente al lado de las obras de James Joyce”
T. S. Elliot
“Lo que da a estas páginas una fuerza especial es esa compleja mezcla de frustración, afecto resentimiento y dolor que Stanislaus experimentó en los años en que más cerca estuvo de su hermano.”
Richard Ellmann

“Mi hermano James Joyce no sólo tiene una estructura narrativa autónoma, sino que respeta con un criterio bastante ortodoxo una de las conquistas más firmes y necesarias de la novela moderna: el punto de vista coherente. (...) El resultado es un libro singular y asombroso, que pueden leer no solamente los lectores devotos de Joyce, sino todo tipo de lector, incluso los que no conocen a Joyce o no gustan de sus obras.”
Juan José Saer

Stanislaus Joyce 
Stanislaus Joyce (1884-1955) casi tres años menor que su hermano, siguió el mandato intelectual de James en muchos aspectos, al punto que James cierta vez le sugirió que moderara un tanto su rebeldía contra la iglesia, en interés de la armonía familiar.
Mi hermano James Joyce se basa en los minuciosos recuerdos de Stanislaus, apoyados en un diario que llevó fielmente durante toda su vida y donde anotaba las conversaciones entre ambos, las agudas observaciones de James y acontecimientos de la trágica vida familiar.
Stanislaus mantuvo el humor y las finanzas de su hermano y le daba ánimo cuando los editores rechazaban sus originales. Su exilio de Irlanda fue mucho mas severo que el de su hermano. Durante cuarenta y nueve años no volvió a entrar en un país de habla inglesa.
Al comienzo en Trieste, la Universidad lo ignoró, pero después de un tiempo se convirtió en un profesor conocido y popular. Su oposición al régimen de Mussolini le valió la destitución y la expulsión, en 1936. Tiempo después, gracias a la intervención de un amigo, en Roma, recuperó su posición en Trieste.
Los hermanos se encontraron solamente tres veces después de 1920. Estos últimos encuentros fueron dolorosos para el autor de este libro. Sin embargo continuaron escribiéndose y es comprensible que las últimas palabras que James escribió, cinco días antes de su muerte, acaecida en Zurich en 1941, hayan sido para Stanislaus. La noticia de la muerte de James lo afectó físicamente y su salud comenzó a deteriorarse hasta que murió en Trieste, a los sesenta años dejando este libro inconcluso.
Hay algo de la casi monumental integridad de Catón en la vida de Stanislaus Joyce. Incapaz de aceptar sino lo honesto, se oponía tanto a las autoridades imperiales como a los fascistas. En su oposición liberal y anticlerical era un demócrata de la escuela de 1848. Luchó también por una mayor libertad individual, intentando tener una personalidad distinta de la de su hermano.




Kapuscinski: ¿literatura o periodismo?
    AMELIA CASTILLA * 
    Kapuscinski non fiction se ha convertido en un best seller en Polonia (120.00 ejemplares vendidos). Mientras sus compatriotas contemplan con asombro el pasado comunista y la colaboración con el espionaje polaco del autor deÉbano,  fuera de su país la atención se centra en debatir por dónde pasa la línea que separa la ficción de la realidad
Meses después de su publicación, la biografía de Ryszard Kapuscinski (Pinsk, 1932-Varsovia, 2007) todavía se exhibe en los escaparates de las librerías de Varsovia. El libro se ha convertido en un récord y no solo de ventas. Es difícil dar con gente en la capital polaca que no sepa quién fue Kapuscinski. Muchos no ven con buenos ojos su activa militancia en la Polonia Popular dejando de lado si nos contó toda la verdad en sus libros y reportajes. El tercer punto de discordia lo ha puesto Alicja, pediatra y viuda del periodista, que no parece nada contenta con que se haya aireado el pasado mujeriego de su esposo. De hecho ya prepara una tercera demanda —perdió las dos anteriores— contra Artur Domoslawski, autor del libro, que ha debutado con esta biografía en el género y se confiesa harto: “Una y no más”.
Desde luego supo crear su propia leyenda. Monaguillo antes de la entrada de los rusos, miembro activo de las juventudes comunistas después, poeta…, Kapuscinski solía implicarse en todo lo que le rodeaba. No era un tipo pasivo. “Jamás de los jamases se debe abandonar una pasión”, decía el creador del reportaje literario polaco. Libros como El emperador o El Sha eran y siguen siendo magníficos, pero ahora sabemos que “coloreaba” sus reportajes y que utilizaba licencias poéticas desde que empezó a redactar reportajes para completar algunos textos. Todo eso se desprende de la lectura de las más de seiscientas páginas de Kapuscinski non fiction,  un trabajoexhaustivo de tres años, elaborado sin ánimo inquisitivo, desde el cariño y el respeto, a base de entrevistas y testimonios de más de un centenar de personajes. El reportero de Gazeta Wyborcza añade que “desde el principio quiso ser un gran escritor y experimentó con las formas hasta acabar por cruzar la frontera que separa el periodismo de la ficción, aunque poseía el talento de capturar el espíritu del lugar”. Kapuscinski no pasaba lo que los americanos denominan el fact chucking. Expertos en Etiopía le reprochan algunas de sus afirmaciones sobre Haile Selassie -parece que el perrito del emperador no se orinaba en los zapatos de los cortesanos- y la editora norteamericana no sacó realmente nada en claro cuando trató de chequear para su publicación en Estados Unidos si algunos de los testigos tenían nombre y apellido, pero el libro no ha perdido su valor. El problema es dónde colocar a Kapuscinski en las estanterías: ¿literatura o periodismo?
Al margen de los datos puramente biográficos, Kapuscinski non fictiondesvela cómo se vivía en su país en los años de la Polonia Popular donde todo pertenecía al Estado y cómo un grupo de sindicalistas, apoyados por el papa Juan Pablo II, fueron capaces de tumbar al régimen. Para explicar lo ocurrido en esos años los polacos suelen contar en tono irónico que dentro del campo de concentración que fue el comunismo, ellos ocupaban el barracón más divertido porque dentro de su país existía cierta libertad de expresión cultural. Sin ella no hubieran sido posibles personajes como Szymborska, Wajda, Kieslowski y el propio Kapuscinski.
Educado en la cultura bolchevique, Kapuscinski no estaba acostumbrado a la crítica: “¡Pero qué desgraciado! ¿Cómo se puede escribir eso?”, argumentaba ante las acusaciones, aunque jamás contestó a ninguna opinión contraria a su trabajo. Claro que en Polonia casi todos le adoraban y solo al final de su vida surgieron las primeras voces discordantes. En el ambiente político de revanchismo que se vivió en la década de los noventa, donde cualquier cargo público era investigado para descubrir su pasado comunista por el recién creado Instituto de Memoria Nacional donde se guardaban los documentos de la policía secreta, Kapuscinski vivió con verdadero enojo que se revisara su pasado. “¿Qué tipo de verdad es esa?”, protesta su biógrafo. “Polonia era una dictadura y la mayor parte de la gente participaba en el sistema, pero él nunca ocultó sus ideas ni cuando estaba a favor ni cuando se puso en contra”. Sobre su colaboración con el espionaje de su país, Kapuscinski en ocasiones pasaba, por el mismo procedimiento por el que enviaba las crónicas, informes sobre países como Kenia, Chile, Etiopía o Angola que leían un círculo limitado y la cúpula del partido. Al pasarlos, simplemente advertía de que no eran para publicarse y, al menos un par de veces, esos textos se publicaron por error ocasionándole no pocos problemas.
Biógrafo y autor se conocieron en la redacción deGazeta Wyborcza, donde trabajaban ambos. Un artículo sobre Colombia llamó la atención del maestro y pidió conocerle. Aquella conversación se alargó nueve años durante los que se hicieron inseparables. “Compartíamos una manera de ver las cosas, nunca pensé mientras vivía que acabaría escribiendo sobre su vida”.| * Babelia
LETRAS LIBRES /  (De click para agrandar)
MARZO DE 2000

BIOGRAFÍAS: JAMES JOYCE

POR JUAN  GARCÍA  PONCE


En esta tercera entrega sobre las biografías de los autores que más admira como lector, el autor de La noche se acerca a la vida del dublinense que reinventó la gramática inglesa al tiempo que narraba la epopeya doméstica de un patético héroe a la altura de nuestros tiempos: Leopold Bloom.

James Joyce dijo en alguna ocasión —yo no soy tan preciso como Richard Ellmann—: "He llenado mi obra de tantos secretos que van a necesitarse dos o tres generaciones de investigadores para agotarla." Nosotros agregamos que nada puede agotar esta obra hasta el punto que el último de sus libros, Finnegans Wake, escrito durante cerca de 17 años, tiene un lenguaje tan particular, armado con base en referencias privadas, tan plagado de una importancia del sonido sobre el significado, que siendo absolutamente musical es también incomprensible.
Puede emocionarnos, pero la verdad es que no podemos entenderlo; opinión compartida por algún crítico, cuyo nombre no recuerdo, pero cito usando un recurso del que se sirven con tanta frecuencia los biógrafos de William Faulkner o Truman Capote, quienes sólo dicen "un crítico" o un "investigador opina": "pobre James Joyce perdiendo la vista en su empeño por escribir una obra ilegible." Richard Ellmann ni siquiera se ocupa de esta opinión. Para él todo está perfectamente claro. Tal vez, tal vez. Los ineptos debemos ser tantos lectores fracasados; pero hasta Harriet Shaw Weaver, protectora de Joyce desde los tiempos de Ulises, le confiesa a él no entender su nuevo libro. En seguida le pide disculpas. Nosotros también lo hacemos. James Joyce es James Joyce. Tenía derecho hasta a escribir una obra incomprensible para algunos ignaros. Uno de ellos adelanta la opinión de que esto se debe a que cuando escribe Finnegans Wake le interesaba más el sonido de las palabras que el hecho de que pudieran ser interpretadas de acuerdo con un código común. Después de todo el tema de Finnegans Wake es muy preciso hasta para los lectores que confiesan no entender su escritura: iba a describir un antiguo mito de la ciudad de Dublín como representación del país mismo. Pero esta obra ocupa los años finales de Joyce. Después de ella ya sólo le queda abandonar París en muy precaria situación, huyendo de los nazis, y morir en Zurich de una úlcera perforada. No nos adelantemos tanto entonces. Volvamos atrás, al principio del principio. Joyce, de acuerdo con Richard Ellmann y con cualquiera, nace el 2 de febrero de 1882 en Dublín, por supuesto. En 1903 muere su madre y Joyce tiene un abierto gesto de rebeldía negándose a actuar como católico en esas dramáticas circunstancias. En 1904 conoce a la que sería su compañera durante toda su vida y madre de sus dos hijos, la empleada en un hotel, Nora Barnacle. Los dos abandonan Dublín ese mismo año, van primero a Zurich, luego a Pola y se establecen en Trieste. Ahí Joyce da clases de inglés en la Berlitz School y a alumnos particulares. Tiene muchos amigos. Es irlandés y por tanto bebe abundantemente. La bebida elegida para toda la vida por él es el vino blanco. Dicen las malas lenguas que algunas veces se quedó tirado en la calle. Malas lenguas o no, estamos tratando de ser buenos biógrafos tal como Richard Ellmann, aunque debemos admitir no ser capaces de precisar cada detalle de su vida a pesar de haber leído meticulosamente todos sus libros. Ni modo, no somos biógrafos profesionales. El caso es que, en tanto, escribe continuamente, como lo hará siempre, y tiene las dificultades usuales para publicar, unidas a sus particulares indecisiones. A pesar de ellas, Chamber Music aparece en 1907 y en 1914 Dubliners. Richard Ellmann, tan preciso en detalles banales con los cuales cumple su deber como buen biógrafo, muestra al comentar el último cuento de este libro, "Los muertos", sus excepcionales dotes de crítico. La manera como se nos comunica el significado de la conversación entre Gabriel Conroy y su mujer Gretta, después de que han asistido a una animada fiesta en la casa de unas tías de él donde Gabriel ha hecho un gran discurso sobre Irlanda y ya están a solas en su cuarto viendo nevar —lo que hace que Gretta recuerde la muerte de un antiguo novio provocada por la tuberculosis después de que él le llevó una serenata, despierta los celos y la compasión de Gabriel y los hace meditar acerca de la nieve que cae sobre los vivos y los muertos—, es magistral porque Richard Ellmann consigue revelarnos el valor del cuento como una suerte de síntesis de los personajes principales de Joyce y por tanto de la humanidad entera. En Trieste escribe también A Portrait of the Artist as a Young Man y la que ahora sabemos que es la primera versión de la misma obra de Stephen Hero, y que Joyce intentó destruir, salvándola del fuego la heroica intervención de su hermano Stanislaus, quien ya vivía también en Trieste. Asimismo ahí nacen sus dos hijos, a los que les pone nombres en italiano, Giorgio y Lucia. De ahí la familia se traslada a Zurich, donde Joyce empieza a escribir Ulises. Durante ese viaje Joyce comete su única infidelidad a Nora. Primero ve por la ventana a una veci- na, averigua su nombre: Marthe Fleischmann, y a partir de que ella le escribe mantienen una correspondencia culminando en una cita en la que Joyce, le cuenta a un amigo, explora las partes más frías y más calientes de su cuerpo. Marthe Fleischmann después tiene los nervios definitivamente afectados por su audacia. Joyce regresa a Nora, a sus hijos, al vino blanco y a Ulises. No resisto la tentación de hacer dos comentarios anticipados sobre esta obra. Las tentaciones están hechas para caer en ellas. Mucho, mucho después, cuando Joyce ya está escribiendo Finnegans Wake, en alguna ocasión le comenta a Beckett si no exageró en Ulises las similitudes paródicas de cada episodio en relación con la Odisea; y todavía mucho, mucho después, cuando Joyce ya estaba muerto, Cesare Pavese comenta que no se trata de partir de la Odiseasino de llegar a ella. Quizá esto no tiene importancia, pero aparte del gusto de mencionarlo, sí señala dos posibles maneras de concebir la literatura. Ante la potencia de la obra y su significado para la literatura posterior a ella, ya sea siendo verdad la aprensión momentánea de Joyce o el comentario cáustico de Pavese, tan preocupado por la posibilidad de encontrar mitos en la vida contemporánea, ambos comentarios no hacen más que mostrar la amplitud de la literatura. Para nuestro intento lo importante es que Joyce prosigue con la redacción de Ulises en París. Ahí empieza a ser protegido económicamente por Harriet Shaw Weaver, quien durante mucho tiempo sólo conoce a Joyce por carta y en varias cartas se muestra muy preocupada por el hecho de las dos botellas de vino blanco consumidas por el escritor cada noche en distintos restaurantes de moda y le pide que al menos sea una sola. Por supuesto, Joyce no le hace ningún caso y en cambio le manda progresivamente los capítulos de Ulises ante la admiración de ella: Joyce ya cuenta con la amistad, siempre protectora también, de Ezra Pound. Terminada la ardua tarea de escribir Ulises, donde se cuenta un solo día en la ciudad de Dublín, el viaje, el 16 de junio de 1904, de este moderno Odiseo que se llama Leopold Bloom y cuyo hijo simbólico es Stephen Dedalus, el protagonista de A Portrait of the Artist as a Young Man, hasta llegar a la paródica Itaca, casa de Bloom, donde éste siente y vence la tentación de hacer entrar a su hijo simbólico y donde el libro termina con el famoso monólogo interior sin puntuación de Molly Bloom con su afirmación final: "sí", resta ahora la no menos ardua tarea de publicarlo. Nadie quiere hacerlo en Inglaterra, donde con toda seguridad el libro sería prohibido por inmoral. Ulises será publicado en París por Sylvia Beach, dueña de la famosa librería Shakespeare and Co. Lo demás es historia. La celebridad de Joyce es cada vez mayor. No vamos a mencionar todos los homenajes, pero el nombre de Valery Larbaud y los de Eug`ene Jolas y su mujer Maria Jolas deben ser recordados hasta en esta humilde crónica.
     Pasemos a otros aspectos de la vida de James Joyce, el lado familiar. Fiel a su concepción anticatólica del mundo, sólo se casó legalmente con Nora Barnacle muy cerca de su muerte y por motivos testamentarios. Fiel a su concepción del mundo, Nora nunca le pidió que lo hiciera. Tampoco se molestó en leer las obras de Joyce. Él tenía una voz de tenor admirable y ella pensaba que en vez de perder el tiempo con la literatura, Joyce debería haber sido cantante de ópera. Y en efecto, a los dos les gustaba mucho la ópera, además de que bajo los efectos del vino blanco Joyce siempre terminaba cantando. Por otra parte, la vida de sus dos hijos puede considerarse desastrosa. Giorgio de adulto se cambió el nombre por George. Intentó ser cantante de ópera sin lograrlo nunca. Se casó con una americana muy rica llamada (una coincidencia más en el mundo) Helen Fleischmann. Su matrimonio disgustó a Joyce, a Nora y a Lucia porque Helen era diez años mayor que George y para colmo durante un tiempo se lo llevó a vivir a Estados Unidos. Luego Lucia. Parece que era una niña muy bella y una adolescente igual. Estudiaba danza y participó en un concurso en París con un traje diseñado por ella misma. Contra la opinión de la mayoría del público, no ganó el premio aunque al conocer la decisión del jurado el público gritaba "¡Queremos a la irlandesa!" Joyce estaba sumamente complacido. Pero de ahí en adelante la historia de Lucia no es muy positiva. Tiene muchos novios, aunque Richard Ellmann guarda un discreto silencio sobre esto. ¡Él tan minucioso! Beckett hace su aparición en el hogar de los Joyce fascinado por el padre; pero Lucia lo espera, buscando verlo a solas. Beckett no está interesado en la hija sino en el padre y así se lo hace saber. Ni Lucia ni Nora están de acuerdo con ese interés tan puramente literario. Nora considera a su hija defraudada y engañada. Se queja firmemente con Joyce. Éste tiene que cumplir su deber como pater familias y le hace saber a Beckett que en la casa de los Joyce él es persona non grata. ¡Qué dolor, qué pena para Beckett! Tiene que renunciar a la amistad con Joyce. No obstante, Lucia hace cada vez más evidente su desarreglo mental. Finalmente será internada en un sanatorio y al cabo de un tiempo Joyce se reconcilia con Beckett. Ya está inmerso en la redacción de Finnegans Wake y su vista está cada vez más deteriorada. A pesar de ello se niega hasta a escribir a máquina. La enorme cultura y admiración de Beckett le son muy útiles. El eterno retorno tiene un papel muy importante en la novela. Juntos Joyce y Beckett leen libros que aquél considera indispensables. Entre ellos es decisivo Vico. La difícil escritura de Finnegans Wake continúa. Joyce tiene tiempo de terminarla como ya sabemos. La última palabra de la novela tiene que ser citada en inglés: the. De hecho podemos decir que no termina en nada. The puede ser en español el, la, los, las. El español es más preciso pero se presta mucho menos a lospum a los que tan adicto era Joyce. El final de la biografía, ya lo sabemos, es triste. Lucia internada en diferentes sanatorios, George, Nora y Joyce teniendo que abandonar París en precarias condiciones y encontrando finalmente refugio en Zurich, sólo para que Joyce muera muy poco después, en 1941. Richard Ellmann dice que tenía 58 años; siendo tan meticulosos y precisos como él hay que señalar que Joyce iba a cumplir 59 años veinte días después. Citemos a Richard Ellmann en su descripción del final de Joyce:
Frau Giedion-Welcker pidió, con el consentimiento de Nora, que el escultor Paul Speck hiciera una mascarilla mortuoria. Un sacerdote católico habló con Nora y George para ofrecerse a hacer un servicio religioso, pero Nora dijo: "No podría hacerle esto a él." [...] Cuando el féretro de madera era colocado en la tumba, Nora extendió su brazo, en parte como despedida, en parte como si tratara de impedirlo. Hasta ahí la vida mortal de Joyce. Comienza su otra vida en las páginas de sus libros. -

http://www.letraslibres.com/index.php?art=6240

Indice Ulises de Joyce 


Joan Baez; Crosby, Stills, Nash y Young; The Who; Janis Joplin; Jimi Hendrix; Sly and the Family Stone; Jefferson Airplane y Santana, son solo algunos de los músicos que actuaron en el festival que había sido anunciado como “tres días de paz y amor”.
Estudiantes, fumadores de marihuana, residentes en comunas, profesores y hippies, en general, acudieron a la cita que fue catalogada como “una reunión de todas las tribus”, creando una de las leyendas que quedaría viva por siempre en la cultura musical y roquera.
Ocurrieron tres muertes en el festival de Woodstock: una debida a una sobredosis de heroina, otra tras una ruptura de apéndice y una última por un accidente con un tractor. También ocurrieron dos nacimientos no confirmados en el festival.

Joan Baez

Joan_Baez_Bob_Dylan.
soy leyenda
Jimi Hendrix
Jimi Hendrix


El público de Woodstock en 1969.
El público de Woodstock en 1969.
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El mito del Festival de Woodstock, programa de radio en el que se rememora el evento con el periodista musical Chema Rey (10/09/09). una tertulia interesante para saber un poco más de este famoso festival de música