El 4 de enero de 1960, hace medio siglo, Albert Camus, de 47 años, murió al estrellarse en su auto a las afueras de París. Tanto El extranjero como su “poema filosófico en prosa” El mito de Sísifo fueron publicados en 1942. Estas y otras otras subsecuentes, además del activismo político y su apariencia estilo Humphrey Bogart, elevaron a Camus a un estatus de culto en los siguientes años. Dicho culto, sin embargo, lo hacía sentir, como alguna vez lo dijo, como “el centro de una luz evidente”, por lo que en su discurso de aceptación del Premio Nobel en 1957 pidió que se le viera sólo como “un hombre casi joven, rico sólo en sus dudas y con una obra siempre en progreso”. Camus mantuvo una sólida creencia en sus principios de “soledad y solidaridad”, y siempre transitó por la izquierda ideológica, “a pesar de mí y a pesar de ello”, aunque por su poca disposición a utilizar su fama para causas políticas –específicamente, la idea de la independencia de Argelia a cualquier precio— Jean-Paul Sartre y otros de sus viejos amigos comenzaron a vilipendiarlo. El manuscrito incompleto de El primer hombre, la novela autobiográfica que Camus trabajaba al momento de su muerte, fue encontrado en el barro del lugar donde el escritor se accidentó, y fue publicado por su hija en 1995. Camus deseaba que esa pieza fuera su obra maestra, y así ha sido considerada por los críticos, pese a que Camus no tuvo tiempo de revisarla, por la puntuación y por su ostensible sentido de urgencia.
Ahora anochece. Me dice que toda mi vida recordaré esa tarde, incluso cuando haya olvidado su rostro, su nombre…” (El Amante)
Dos veces considerada para el Premio Goncourt, máximo galardón literario en Francia, nominada en alguna ocasión para el Nobel de la literatura, Marguerite Duras produjo más de 60 obras en todos los géneros, nada mal para una mujer que caminaba y sufría y amaba como el más común de los seres humanos

A punto de concluir la primera década del siglo, comenzaremos a contar los grandes momentos del veinte. Con la segunda década, vendrán memorias menos dignas que otras.  Tiempo será, entonces, de retomar la selección de los nombres estelares. No siempre se hace justicia a los más grandes. En cambio, las políticas, las guerras, las controversias asumen el papel de distinguir, de honrar, de recordar. ¡Si el panteón de los héroes pudiera provenir del arte y la literatura!
Aquejada de un cáncer de garganta, Marguerite Duras dejó esta vida en París, a la edad de 81. Algunas de sus compañías eternas en el cementerio de Montparnasse son dignas de evocar: Baudelaire y De Beauvoir; Beckett y Brancusi; Cioran y Cortázar; Ionesco, Man Ray, Sartre, Tzara y Vallejo. Marguerite Duras murió el 3 de marzo de 1996 en su residencia de St Germain des Prés. Tras de ella quedó la estela de una obra abundante y exitosa. Aunque atípica de la corriente a la que se le atribuyó su obra narrativa, el Nouveau Roman, Duras destacó en ésa y otras formas de expresión como una mujer del siglo que incluyó, para ella, dos guerras, el cine, el Mékong, el amor, el alcohol y el reconocimiento (salvo el Nobel).
Leer un libro es como sumergirse en el mundo de otro, de otros. En este caso, Marguerite Duras nos invita a pasar a sus mundos imaginarios. Dos veces considerada para el Premio Goncourt, máximo galardón literario en Francia (aunque una de esas veces le fuese negado por cuestiones políticas); nominada en alguna ocasión para el Nobel de la literatura, murió en 1996, después de producir más de 60 obras en todos los géneros. Y nada de más ordinario que su biografía. Una mujer que caminaba y sufría y amaba como el más común de los seres humanos.
Para Duras escribir fue pasión y motivación de vida. Todo lo hizo a través de un símbolo representativo de su razón de ser: la escritura, la página. De ella dijo el académico Bertrand Poirot, al día siguiente de su muerte. “Lo mismo se involucraba con la Resistencia durante la ocupación alemana, la política, el comunismo, un bistec con papas, la vida diaria. Su pasión era una auténtica amenaza al viento.”
A Duras, penas
Marguerite Duras fue el pseudónimo que usó Marguerite Donnadieu, nacida en Gia Dingh, suburbio del norte de Saigón, el 4 de abril de 1914. Su infancia se vio marcada por la muerte de su padre, a partir de la cual su vida en Vietnam dejó de ser lo que era. Su madre, viuda con dos hijos, padeció junto con ellos las carencias derivadas de la dificultad de criarlos. Así y todo, su familiaridad con el Mékong la llevó a resistirse a volver a Francia, su país de origen. Duras adolescente lo haría, para estudiar leyes. De vuelta en el país de sus padres, en los tiempos de la ocupación alemana, se ligó a dos hombres que marcaron su vida política, Robert Antelme y Dionys Mascólo. Con ellos entró a La Resistencia y al Partido Comunista Francés.
De su infancia en Vietnam le vino la inspiración de la mayor parte de sus novelas. Un mundo distante y distinto al de la metrópolis francesa. Duras plasmó en la literatura el sentimiento y el horror de las colonias. La línea argumental recurrente de su obra es la de una viuda dominante con tres hijos, pequeña funcionaría francesa en Indochina, luchando contra el infortunio de una concesión agraria prometedora, pero cuyos malos meses convierten la vida en una derrota esperada.
Sus primeras novelas, en particular Un dique contra el Pacífico, abren el camino de una intensa carrera literaria. Hacia 1957 comienza su trabajo en teatro con Gérard Jarlot, con quien colabora en guiones para teatro y cine. Por esos años muere su madre. En 1958 publica Moderato Cantabile y lleva a la pantalla la adaptación de Un dique contra el Pacífico, por René Clément, e Hiroshima mi amor, de Alain Resnais.
El teatro se instala en su proceso creativo. La amante inglesa es llevada a la escena por Claude Régy en 1968. El Vicecónsul y Le Ravissement de Lol V. Stein marcan su obra durante los años sesenta.
Víctima del alcoholismo
En Marguerite Duras hay temas grandiosos por su tratamiento original. La madre autoritaria pero siempre amada, el hijo compañero, el amante elusivo pero eficaz, a veces amoroso, la doble personalidad de ella, que es la protagonista y su doble, la protagonista y su extra, dueña de su leyenda.
Pero además del comunismo, la resistencia, el cine, el nouveau roman, Duras hará historia como mujer y como víctima del alcoholismo. Del relato conmovedor de este episodio salió el libro MD, publicado en 1982 por Yann Andréa Steiner, recuento de su vida con Marguerite Duras.
La apasionan el cine y la escritura. Duras produce mucho y lo hace no solo con éxito sino también reconocimiento. Por eso el dato más conmovedor, el más explosivo, el más insólito de su vida es el que la lleva en 1984 a escribir su máximo trabajo literario, L'Amant.
Resulta increíble pensar que esta autora escribió su más exitoso libro El amante a los 70 años, cuando acababa de pasar por la dura prueba de una cura antialcohólica que casi la llevó a la muerte. El amante se editó y reeditó, rebasando hoy los tres millones de ejemplares. No sé si sea el libro más leído de la historia reciente, sé, sí, que es uno de los que más y más a menudo recuerdo. De Marguerite Duras, su gran amigo, amante y compañero, Yann Andréa, escribió: “Contemplo ese milagro, tú...”; y ella escribiría de él: “Es el único hombre que soporta que yo escriba...”
El amante, probablemente la más majestuosa de sus obras, repetirá esa narrativa, refinando en un insólitobestseller no solamente su línea autobiográfica, sino también la voz de una escritora cuya propuesta aporta, indudablemente, la visión del otro.
El amante es una novela autobiográfica en la que retoma un episodio de su infancia. Si el éxito de un escritor se mide en libros vendidos El amante se lo da con creces. El trasfondo de la novela la redime. Es su vida, es Vietnam, es la soledad y el sentimiento que aquejan a una adolescente y es también la esencia de su valor anticolonialista. La percepción de Duras nos llega a todos, así sea la colonia América, Asia o algún punto interior, imaginario en donde la mujer existe a través de esas múltiples tramas que la redimen y la desmitifican.
Han transcurrido 28 años de ese encuentro y 26 desde que apareciera esa obra estelar.
“Aún puedo volver a ver el rostro, y recuerdo el nombre.” (El Amante)
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Por Umberto Eco



El siguiente texto, en su extensión completa, fue escrito por Umberto Eco a propósito de la llegada del nuevo milenio. Pese a que han transcurrido diez años, la reflexión en torno a los cambios en las ideas y la tecnología en la Edad Media aún son dignas de tomarse en cuenta

Hace mil años estábamos justamente en la Edad Media. Por supuesto, “Edad Media” es un convencionalismo académico. Por ejemplo, en ciertos países —incluyendo Italia— el término “Edad Media” es empleado incluso cuando el escritor se refiere a los tiempos de Dante y Petrarca; en otros países, los escolares sitúan en aquellos años el Renacimiento. Para aclarar un poco más las cosas, déjenos decirle que hay por lo menos dos “Edad Media”: una que va desde la caída del Imperio Romano (siglo V, a.C.) hasta el año 999, y la otra, que inicia en año 1000 y continúa por lo menos hasta el siglo XV.
Ahora la Edad Media antes del año 1000 puede merecidamente ser llamada el Oscurantismo, un término cuidadosamente utilizado para todos los siglos entre el V y el XIV. Digo “merecidamente” no porque aquella época estuviera llena de ejecuciones en la hoguera, pues hubo flamas y piras también en los altamente civiles siglos XVII y XVIII, o porque las supersticiones se hayan extendido, pues en lo que se refiere a supersticiones —aunque por diferentes razones— nuestro New Age no se queda a la zaga.
No, aquel periodo puede ser llamado merecidamente Oscurantismo debido a las invasiones bárbaras que tuvieron lugar y que sitiaron a Europa por centurias y que destruyeron gradualmente la civilización romana. Las ciudades fueron devastadas, quedando en ruinas; los grandes caminos, al no ser transitados, desaparecieron bajo los arbustos enmarañados; y las técnicas fundamentales fueron olvidadas, incluyendo los procesos de minería y construcción. La tierra no fue más cultivada y, por lo menos hasta la reforma feudal de Carlomagno, áreas enteras destinadas a la agricultura volvieron a su naturaleza de bosques.
En este sentido, la Edad Media antes del año 1000 a.C. fue un periodo de indigencia, hambre e inseguridad. En su espléndida obra La civilization de l'Occident mediaevale, rica en observaciones de la vida cotidiana en la Edad Media, Jacques Le Goff ilustró cómo la pauperización de esa época fue registrada en cuentos populares. En una de las historias, un santo aparece mágicamente para reparar una hoz que un campesino había estropeado accidentalmente. En un tiempo en el que el hierro se había vuelto raro, la pérdida de una hoz era un suceso terrible, haciendo imposible para el campesino continuar cosechando.
                                                                                                      
Transformación radical


Cuando la población se redujo y se hizo menos fuerte físicamente fue presa de enfermedades endémicas (tuberculosis, lepra, úlceras, tumores) y de pavorosas epidemias como la peste. Siempre es riesgoso aventurar cálculos demográficos para el milenio antepasado, pero de acuerdo con algunos estudiosos, Europa en el siglo VII redujo severamente su población a 14 millones de habitantes; otros fijan 17 millones para el siglo VIII. La baja población combinada con la tierra poco cultivada causó en casi todos desnutrición.
Conforme el segundo milenio se aproximaba, las estadísticas cambiaron: la población creció. Algunos expertos calculan un total de 22 millones de europeos en 950; otros hablan de 42 millones en el 1000. En el siglo XIV, la población de Europa oscilaba ente 60 millones y 70 millones. Aunque las estadísticas difieran, hay un punto de acuerdo: en los cinco siglos posteriores al año 1000, la población de Europa se duplicó e incluso triplicó.
Las razones del auge europeo son difíciles de determinar; entre los siglos XI y XIII ocurrieron transformaciones radicales en la vida política, en el arte, en la economía y, como veremos, en la tecnología. Este resurgimiento de la energía física y de las ideas fue evidente para quienes vivieron en ese tiempo. El monje Radulphus Glaber, nacido en los últimos años del primer milenio, comenzó a escribir su famoso Historiarum aproximadamente 30 años después. El monje no tenía exactamente un punto de vista feliz de la vida y habla de una hambruna en 1033, describiendo instancias atroces de canibalismo entre los campesinos más pobres. Pero de alguna manera sentía que, con el año 1000, un espíritu nuevo estaba presente en el mundo, y que las cosas —que hasta entonces habían ido mal— estaban tomando un rumbo positivo.
Así lo enfatiza en un pasaje casi lírico, que podría estar fuera de los anales de la Edad Media. En él dice cómo, en el fin de milenio, la tierra súbitamente retoñó como un vergel en primavera: “Fue casi en el tercer año después del 1000, cuando, en todo el mundo, pero especialmente en Italia y en la regiones de Gaul, hubo un renacimiento de las basílicas... cada nación cristiana se dispuso a adquirir la máxima belleza. Parecía que toda la Tierra, sacudiéndose de la era vieja, se renovaba con un manto de iglesias”.

Resurgimiento económico


En realidad, el florecimiento del arte romanesco al que Radulphus se refería no tuvo lugar repentinamente en el año1003; Radulphus estaba escribiendo más como poeta que como historiador. Pero habla de una rivalidad de poder y de prestigio entre varias ciudades-Estados; estaba hablando acerca de nuevas técnicas arquitectónicas y de un resurgimiento económico, ya que no puedes construir dichas iglesias sin una riqueza atrás; estaba hablando de iglesias concebidas en dimensiones más grandes que sus predecesoras, es decir, iglesias capaces de albergar una población creciente.
Naturalmente se puede decir que con las reformas de Carlomagno, con la construcción del imperio germano, con el rejuvenecimiento de las ciudades y el nacimiento de las comunas, la situación económica también mejoró. Aunque no sería posible afirmar por qué, a saber por la situación política prevaleciente, las ciudades florecieron, ¿fue debido a que las condiciones laborales y de la vida diaria fueron mejoradas por algo? En los siglos anteriores al 1000, un nuevo sistema trianual de rotación de granos fue adoptado lentamente, permitiendo que la tierra fuera más fértil.
Pero el cultivo requiere herramientas y fuerza animal, y en este frente también había habido pérdidas. Poco antes del año 1000 a los caballos se les empezó a proteger con herraduras de acero y con estribos. Estos últimos, por supuesto, beneficiaron más a los caballeros que a los campesinos. Para éstos, la invención de un nuevo tipo de collar para los caballos, bueyes y otras bestias de carga fue el que probó ser revolucionario. Los viejos collares presionaban los músculos del cuello de los animales, dificultando su rendimiento.
El nuevo collar involucraba los músculos del pecho, incrementando la eficiencia de los animales hasta en dos tercios, y permitiendo para ciertas tareas que los caballos sustituyeran a los bueyes (los bueyes estaban mejor adaptados a los viejos collares, pero trabajaban más lentamente que los caballos). Además, en el pasado los caballos debían ser colocados en una línea horizontal y ahora podían ser colocados en una sola línea, incrementando significativamente su capacidad de tracción.
Alrededor de esa época, los métodos de arado cambiaron. Ahora el arado tenía dos ruedas y dos cuchillas, una para cortar la tierra y la otra para removerla. No obstante que esta “máquina” ya era conocida por los pueblos nórdicos desde principios del siglo II a.C., no fue sino hasta el siglo XII que se extendió por toda Europa.

El milagro de las legumbres


Aunque de lo que en realidad quiero hablarles es de los frijoles, y no sólo de los frijoles sino también de los guisantes y de las lentejas. Estos frutos de la tierra son ricos en proteínas vegetales, como cualquiera que ha llevado una dieta baja en carnes lo sabe. Ahora, los pobres, en aquella remota Edad Media, no comían carne, a menos que criaran algunas gallinas o practicaran la cacería (los bosques eran propiedad de los señores). Y, como lo mencioné al principio, esta dieta pobre alimentaba a una población mal nutrida, delgada, enfermiza, baja en estatura e incapaz de sembrar los campos.
Así, cuando, en el siglo X, el cultivo de legumbres empezó a extenderse, tuvo un profundo efecto en Europa. Los trabajadores pudieron comer más proteínas; en consecuencia se fortalecieron, aumentaron su promedio de vida, procrearon más hijos y repoblaron un continente. Creemos que las invenciones y los descubrimientos que han cambiado nuestras vidas dependen de máquinas complejas. El hecho es que si seguimos aquí –quiero decir, los europeos, pero también aquellos descendientes de los Padres Peregrinos y de los conquistadores españoles— es por los frijoles. Sin ellos, la población europea no se hubiera duplicado en unos cuantos siglos y hoy no nos contaríamos en cientos de millones y muchos de nosotros, incluyendo a los lectores de este artículo, no existiríamos. Algunos filósofos dicen que lo anterior sería mejor, pero no creo estar de acuerdo.
¿Y qué con los no europeos? No estoy familiarizado con la historia de los frijoles en otros continentes, pero seguramente incluso sin los frijoles europeos la historia de aquellos continentes habría sido diferente, al igual que la historia comercial de Europa habría sido diferente sin la seda china y las especies italianas.
Por arriba de todo me parece que la historia de los frijoles tiene algún significado para nosotros actualmente. En primer lugar nos aconseja que los problemas ecológicos se deben tomar seriamente. En segundo lugar sabemos desde hace mucho tiempo que si occidente comiera arroz café, maíz, cereal (todos ellos deliciosos, a propósito), consumiríamos menos pero mejor comida. ¿Pero quién piensa en esas cosas? Todos dirán que la invención más relevante del milenio es la televisión o el microchip. Pero sería grandioso si también aprendiéramos a conocer algo de las épocas oscuras.


Tomado de: The New York TimesAbril 18, 1999.
Traducción y edición: José Luis Durán King.