martes, 5 de octubre de 2010

Inmigrante, indocumentado y sin seguro médico


Un doctor atiende a una mujer inmigrante en una clínica móvil (AP/Catholic Health Association)
Como en cualquier otro problema con dos argumentos opuestos, el coste que supone a Estados Unidos la cobertura médica de inmigrantes indocumentados es foco de miradas encontradas. Tan pronto como una publicación revela datos de listas de espera por la afluencia de personas sin seguro, las organizaciones pro-inmigrantes salen al paso con informes que demuestran lo contrario. El resultado, la confusión de profesionales y pacientes en un tema tan arriesgado como la sanidad.
Acceder a un seguro médico en Estados Unidos -a la espera de que se implanten en 2014 los cambios aprobados por la reforma- depende en primer lugar de que la persona tenga documentos para vivir o trabajar en el país. Después entran en juego los recursos económicos, si su puesto de trabajo le ofrece cobertura y, finalmente, el lugar de residencia. La legislación está atada a regulaciones estatales. Y el acceso a medicamentos tan sencillos como los relacionados con la diabetes se convierte en una lotería.
Para los que no tienen seguro el último recurso es siempre acudir a urgencias. Y el coste que supone la atención médica a inmigrantes indocumentados es uno de los argumentos de muchos estados contra la inmigración ilegal. “En urgencias no se pueden negar a atender a nadie porque existe una ley federal que lo exige”, explica Alicia Wilson, directora ejecutiva de La Clínica del Pueblo, en Washington, D.C. “Pero lo que vemos en la realidad es que se hace lo básico para salvar vidas y cuando se trata de acceder a un tratamiento concreto, lo que se hace es salir del paso”.
“Los médicos están obligados a tratar a cualquiera que entre en urgencias, pero no a preguntar por su estatus migratorio. Tampoco queremos hacerlo, estamos en contra de jugar cualquier papel en materia de inmigración”, declara David Austin, asesor legal de la Coalición de Condados Fronterizos con México. Ante la presión migratoria y su efecto en los hospitales locales -la coalición estimó en 200 millones de dólares la atención médica a indocumentados-, los 24 condados del sur del país unieron sus fuerzas en 2003. Lograron la aprobación de una ley que creaba un fondo económico que devolviera a los hospitales esos costes. El plazo de 5 años ha terminado, muchos estados agotaron los recursos y la renovación de la ley coincide ahora con el debate de la reforma migratoria.
El acceso de ciudadanos indocumentados a cuidados psiquiátricos en Florida también fue objeto de polémica por empujar a residentes locales a listas de espera. Más allá de las críticas por el impacto económico, hubo quien pidió una ley que obligara a los médicos a preguntar por el estatus migratorio del paciente y entregarlo a las autoridades de no tener permiso para estar en el país. Dos meses después, un informe mostraba que la asistencia de indocumentados a urgencias no ha hecho más que descender.
“Es una acusación muy común pero también una perspectiva muy simplista de este problema”, explica Wilson. Si tienes una familia con un indocumentado, otro con permiso de trabajo y una ciudadana estadounidense y sólo uno de ellos tiene seguro, al final estás exponiendo a todos al riesgo de enfermedades. Si no cubrimos a todos, el país será menos estable”.
El Center for American Progress argumentó durante la reforma sanitaria que resolver el problema de la inmigración ilegal no acabará con el de acceso sanitario. De los 43.6 millones de ciudadanos sin seguro, menos de 7 millones son indocumentados. El coste se debe por tanto, en su mayoría, a ciudadanos norteamericanos que no tienen seguro.
El gobierno ofrece programas para personas con pocos recurso o para mayores, como Medicare o Medicaid, pero los criterios son muy estrictos y cualquier indocumentado se queda fuera. El hueco lo llenan centros como La Clínica del Pueblo en los que no importa el estatus migratorio a la hora de ser atendido por un médico. “Las opciones para los inmigrantes indocumentados son todavía más limitadas, no hay ningún otro tipo de programa federal para ellos”, afirma Austin. La reforma del sistema sanitario tampoco introdujo ningún cambio. Desde el inicio del debate, Obama se opuso a ampliar la cobertura a los indocumentados.
La capital también cuenta con un programa que, según Wilson, debería haber servido como modelo de asistencia médica universal para la reforma, La Alianza de la Salud. Además de proporcionar tratamientos y medicinas a ciudadanos sin recursos, la Alianza se centra en la prevención, un aspecto que contribuye a reducir los costes médicos en todo el país. “Este sistema da cobertura a más personas, baja los costes de la atención médica porque los pacientes no llegan tan graves y se reduce el número de personas que acuden a las salas de urgencias”, explica Wilson. En Estados Unidos, la mayor parte de las visitas a urgencias se hacen debido a patologías prevenibles, como en el caso de la diabetes.
Muchos años antes de que el presidente Obama prometiera la reforma sanitaria en su campaña electoral, diversas organizaciones comunitarias ya celebraban ferias de salud en las que se ofrecen cuidados médicos y diagnósticos gratuitos a norteamericanos sin seguro. Esta semana el diario Washington Post retrataba la visita de más de 2.000 personas a una clínica dental en medio de la Cordillera de los Apalaches. La cadena pública PBS dedicaba el verano pasado atención especial a las ferias de Remote Area Medical, un proyecto que Stan Brock inició en países en vías de desarrollo y ha acabado trayendo a Estados Unidos.
“No prevenir forma parte de la condición humana. Pero en el caso de las personas que no pueden pagar esta atención médica, si los demás en una situación grave llegan medio muertos a urgencias, uno sin seguro llega tres cuartos muerto”, describe Wilson. El centro de salud que dirige pone tanto énfasis en el cuidado médico como en la prevención, educación nutricional, información sobre el VIH o la diabetes. “Hemos recibido a pacientes que nos sorprende verles caminando. A muchos les enviamos directamente a urgencias”.
Wilson lamenta que muchas de estas personas saben que tienen diabetes, por ejemplo, porque fueron diagnosticados en sus países de origen. Al llegar a Estados Unidos, no tienen forma de comprar los medicamentos. La única opción es entonces cambiar sus hábitos alimentarios y de ejercicio, eso sí, dentro de los recursos que tienen.
“Ser indocumentado es vivir en la sombra”, opina Wilson. “Tienen muy poca confianza en la gente de alrededor así que no piden apoyo para no verse expuestos”.

La industria farmacéutica hoy

Capítulo 1 de la serie Farmacéuticas: razones para el escepticismo

Cualquier producto que demuestre ser mejor que un placebo puede ser comercializado

La industria gasta el doble en promocionar los medicamentos que en su investigación y desarrollo

La industria farmacéutica, encargada de la producción y comercialización de medicamentos, es el tercer sector económico mundial después del comercio de armas y el narcotráfico, según Naciones Unidas [1]. La Fortune 500 list (la lista de las 500 mayores empresas del mundo) en 2002 indicaba que el volumen de beneficios de las 10 mayores farmacéuticas superaba con creces los beneficios acumulados de las otras 490 empresas de la lista.
En 2004, la tasa de ganancias de Pfizer, el gigante farmacéutico mundial, fue de 53 billones de dólares (un 22% del total de ventas) lo que equivale a más de un tercio de la recaudación por impuestos en España ese mismo año. Por otra parte, su presupuesto anual es superior al PIB de Suecia. Más recientemente, en el último cuatrimestre de 2009, Novartis, responsable entre otras de la producción de la vacuna contra la gripe A, ha generado unos beneficios quesuperan en un 54% los del mismo periodo del año anterior. Estos datos muestran a un sector económico estratégico, con un gran volumen de ganancias que le permiten gozar de extraordinarias cuotas de poder.

Un hombre coge una caja de medicamentos en una farmacia de Essen, Alemania (Martin Meissner / AP)
El desarrollo de un nuevo fármaco es un proceso largo y muy costoso, estimado en 300-600 millones de dólares [2]. De las moléculas investigadas, una ínfima proporción llegará al mercado. A partir del momento en que la patente sea aceptada la compañía contará con 20 años de exclusividad en los que intentará recuperar el dinero invertido. Aún así, amortizar el gasto de desarrollo y producción de un nuevo medicamento es una tarea complicada por la intensa competitividad del mercado. Esto explicaría los altos precios de venta. Sin embargo, las cifras presupuestarias de las empresas farmacéuticas sugieren algo distinto. Mientras que la investigación y el desarrollo de fármacos recibe alrededor de un 13% del presupuesto, la parcela dedicada a marketing se sitúa entre un 30 y un 35% del presupuesto anual[3]. Por tanto, se gasta más del doble en promocionar un medicamento que en su descubrimiento y desarrollo.

Sede la la farmacéutica Pfizer en Nueva York (Juan Luis Sánchez)
Los medicamentos nuevos pueden ser de dos tipos: las ‘nuevas entidades moleculares’ o los conocidos como ‘me too’ (yo también), que son aquellos que ya tienen en el mercado equivalentes químicamente casi idénticos. Estos últimos son los que más proliferan porque son los más rentables. Por un lado, el riesgo es menor porque ya se tiene la referencia del consumo de otros fármacos parecidos y se colonizan mercados previamente establecidos. Por otro, la normativa que regula los ensayos clínicos es lo suficientemente permisiva como para quecualquier producto que demuestre ser mejor que un placebo, pueda ser comercializado. La producción de estos medicamentos que no aportan nuevas funciones es la contribución más importante del sector farmacéutico: asciende a aproximadamente un 75% de los medicamentos aprobados anualmente[3].
El argumento fundamental que esgrime la industria con respecto a la producción de medicamentos ‘me too’ es la mejora de los tratamientos existentes. Sin embargo, hay datos que apuntan lo contrario. Desde 2000 hasta 2006, 441 fármacos ‘me too’ fueron aprobados para su comercialización pero tan sólo 44 (10%) significaron una mejora en el tratamiento [4]. Por tanto, el éxito de ventas de los nuevos productos depende enteramente de una intensa labor de promoción. Un ejemplo de lo anterior es la familia de las estatinas, empleadas para bajar los niveles de colesterol en sangre. La primera molécula fue lanzada al mercado en 1987 y desde entonces cinco versiones de la misma han sido comercializadas con precios cada vez más elevados pero sin evidente mejora. Conforme iban venciendo las patentes, las compañías han ido lanzando nuevas estatinas con ligeras modificaciones que, asociadas a grandes campañas de marketing, mantenían el alto nivel de beneficios. Como comenta Dr. Sharon Levine,  director ejecutivo de Kaiser Permanente Medical Group, “Si soy un productor y puedo cambiar una molécula para conseguir otros 20 años de patente, convencer a médicos para que la receten y a pacientes para que la demanden, (…) por qué voy a invertir mi dinero en proyectos mucho más inciertos con nuevas moléculas?”.

Eckehard Schulz / AP
Todavía en este punto se podría razonar que si ese 75% de fármacos redundantesproporciona los beneficios económicos suficientes para financiar los medicamentos realmente importantes, hasta cierto punto se justificaría todo lo anterior. Aunque parece que esto tampoco es cierto. Marcia Angell, profesora de Salud Pública de la Universidad de Harvard y editora durante 20 años de New England Journal of Medicine, la revista médica de mayor impacto junto a The Lancet, pone en duda el carácter innovador de la industria: “Por increíble que parezca, sólo unas pocas drogas importantes han aparecido en el mercado en los últimos años, y estas provenían en su mayoría de investigaciones realizadas en instituciones académicas, pequeñas compañías biotecnológicas, o de centros públicos de investigación como el NIH (National Institutes of Health) en Estados Unidos” [4]. Esto es así en la práctica totalidad de los medicamentos para enfermedades graves como cáncer o SIDA. En la misma línea argumental, J.Drews, ex investigadora de Hoffmann LaRoche, afirma: “La industria farmacéutica está sustituyendo su antigua organización investigadora por un montaje técnico (…) totalmente incapaz de desarrollar nuevas ideas o conceptos. Las divisiones de investigación de los grandes laboratorios han dejado de ser autónomas y ya no pueden autogestionarse. Están dirigidas por juristas, financieros, vendedores y gerentes comerciales incapaces de imaginar el futuro si no es como sucesión lineal de los desarrollos ya existentes (…) La industria farmacéutica ha creado unas condiciones que eliminan la originalidad, la creatividad y la libertad y favorecen el consenso, la imitación, la sumisión y el espíritu repetitivo”[5].
En próximos artículos revisaremos algunos de los paradigmas del mercado farmacéutico: la relación entre la industria y los profesionales de la salud, el fenómeno de la promoción de enfermedades y la posición de las agencias reguladoras en el control de los abusos de la industria.
A partir de la semana que viene en Farmecéuticas: razones para el escepticismo.
Referencias:
1. Laporte, R. 2005. Prólogo para el libro de Jorg Blech “Los inventores de enfermedades”.
http://www.osalde.org/drupal-5.1/files/boletines/opiniones/OPiniones_11-05.pdf
2. Martín Moreno, S. 2001. Ética de la prescripción. Conflictos del médico con el paciente, la entidad gestora y la industria farmacéutica. Medicina Clínica Vol.116 Núm. 8 
http://www.doyma.es/revistas/ctl_servlet?_f=7216&articuloid=15291
3. Angell, M. 2004. The truth about drug companies. New York Review of Books.  
http://www.nybooks.com/articles/archives/2004/jul/15/the-truth-about-the-drug-companies/
4. Angell, M. 2007. Health policy, pharmacy and pharmacology talks at Winsconsin School of Medicine and Public Health. http://videos.med.wisc.edu/videoInfo.php?videoid=940/
5. Drews, J. 2006. In quest of tomorrow´s medicines. Springer: New York. p221 (citado en Forcades i Villa, T. 2006. Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas. Cuadernos CiJ. 2006)
"Hiroshima y el arte del ultraje"
por Kenzaburo Oé.
 


Base aérea de Futenma en medio de la ciudad de Kinowan, en la prefectura japonesa de Okinawa (Kyodo via AP Images).



Publicado en THE NEW YORK TIMES y en CLARIN, agosto de 2010.Traducción de Cristina Sardoy
La Estación Aérea Futenma del Cuerpo de Marines en Okinawa, una de las bases militares más grandes de los Estados Unidos en Asia oriental, se encuentra en el centro de una populosa ciudad. Los gobiernos estadounidense y japonés admiten los peligros de esta situación y acordaron hace casi 15 años que la base debía trasladarse; sin embargo, hasta ahora no se hizo nada.
En 2009, un nuevo primer ministro, Yukio Hatoyama, tentó a los habitantes de Okinawa con la perspectiva de sacar la despreciada base de la isla, pero recientemente se vio obligado a renunciar, en parte, debido a su incapacidad de cumplir esa promesa. El sucesor de Hatoyama, Naoto Kan, ha dado a entender claramente que piensa respetar el acuerdo de seguridad Estados Unidos-Japón posición que, si bien no está directamente relacionada con el tema de reducir la presencia militar estadounidense en Japón, podría indicar que son ésos los vientos que soplan.
Hace poco, se informó que la comisión gubernamental está a punto de presentar un informe político al primer ministro Kan, donde se sugiere que, con respecto a los "tres principios no nucleares" de Japón que prohíben la producción, posesión e introducción de armas nucleares  no sería prudente "limitar la mano generosa de Estados Unidos" y se recomienda que permitamos el transporte de armas nucleares a través de nuestro territorio para mejorar el llamado paraguas nuclear.
Cuando leí esto en el diario hace pocos días, tuve una sensación de ultraje. Me sentí de la misma forma que cuando otra información ultrajante salió a la luz este año: el acuerdo secreto de hace décadas relacionado con Okinawa firmado por Estados Unidos y Japón en contravención del tercero de los tres principios no nucleares, que prohíbe introducir armas nucleares en Japón.
En la Ceremonia de Paz anual en Hiroshima del viernes 6 de agosto, que este año marcó el 65° aniversario del lanzamiento de la bomba atómica, representantes de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos planearon asistir por primera vez. Se trata de una manifestación pública en la que los líderes pronuncian discursos, pero también tiene un aspecto más profundo e íntimo, ya que los sobrevivientes de la bomba atómica ofrecen un consuelo ritual a los espíritus de sus familiares muertos. De las actividades oficiales que se han creado en los últimos 200 años de modernización, la ceremonia de la paz tiene el grado más alto de seriedad moral.
Uso la expresión "seriedad moral" deliberadamente, para retomar un pasaje del discurso del presidente Obama pronunciado en Praga en abril de 2009. "Siendo la única potencia nuclear que utilizó un arma atómica, los EE.UU. tienen la responsabilidad moral de actuar", dijo. La exhortación de Obama constituye un indicio más de que está germinando un sentimiento de crisis, alimentado por la conciencia creciente de que si no se toman medidas decisivas, la posesión de armas nucleares no se limitará a unos pocos países privilegiados.
En una reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas antes de ser depuesto, el primer ministro Hatoyama respondió al discurso de Obama en Praga señalando que también Japón tenía una "responsabilidad moral" por ser "la única víctima de bombardeos nucleares".
Pero, ¿qué clase de acción derivará de esta retórica antinuclear? Si el primer ministro Kan también se toma el tiempo de reflexionar sobre la frase de Obama, ¿cómo podría interpretarla? ¿Y qué pasaría con las víctimas de las bombas?¿No se sentirían indignados si les dijeran que es su responsabilidad moral, como ciudadanos del único país víctima de la bomba atómica, optar por vivir bajo la protección de un paraguas nuclear, y que querer descartar ese paraguas a favor de la libertad es, a la inversa, una abdicación de su responsabilidad? Yo también estoy preocupado ahora que las promesas optimistas de reubicación del ex primer ministro no se materializaron y el plan original de trasladar la base Futenma a un lugar en la costa cerca de la aldea de Henoko en Okinawa ha vuelto a cobrar vida  una muestra de cómo sería percibido semejante cambio de política lo dan los hombres y mujeres ancianos que organizaron una sentada que lleva más de 2.000 días en Henoko.
Hace sesenta años, habiéndose enterado de que una amiga que había sido dada por desaparecida luego del bombardeo de Hiroshima había aparecido allí en un hospital, mi madre armó un magro paquete de auxilio y partió desde nuestra casa en Shikoku para visitarla. A su regreso, nos contó la descripción que había hecho su amiga de esa mañana de agosto en 1945.
Momentos antes de que cayera la bomba, la amiga de mi madre había buscado refugio del sol brillante del verano a la sombra de una sólida pared de ladrillos y desde allí vio cómo dos niños que habían estado jugando al aire libre se evaporaron en un abrir y cerrar de ojos. "Me sentí ultrajada", le dijo a mi madre, llorando.
Si bien yo no capté totalmente su importancia en ese momento, siento que oír esa historia aterradora (junto con la palabra ultraje, caló muy hondo en mí, echando raíces en mi corazón) es lo que me impulsó a ser escritor. Pero me obsesiona la idea de que, en definitiva, nunca pude escribir una "gran novela" sobre las personas que vivieron los bombardeos y los siguientes más de 50 años de era nuclear que he vivido y pienso que ahora escribir esa novela es lo único que realmente quise hacer.
En el último libro de Edward W. Said Sobre el estilo tardío, él da muchos ejemplos de artistas (compositores, músicos, poetas, escritores) cuyas obras a medida que envejecían contenían una especie peculiar de tensión concentrada, al borde de la catástrofe y que, en sus últimos años, usaron esa tensión para expresar sus épocas, sus mundos, sus sociedades y a sí mismos.
Por mi parte, cuando me enteré del restablecimiento de la ideología del paraguas nuclear, me observé a mí mismo sentado solo en mi estudio en mitad de la noche... y lo que vi fue a un ser humano envejecido e impotente, inmóvil bajo el peso de su gran ultraje, sintiendo simplemente la tensión peculiarmente concentrada, como si hacerlo (no haciendo nada) fuera una forma de arte en sí.
Y para este japonés viejo, estar sentado solo allí en protesta silenciosa será quizá su "obra tardía".


EDAD Y SABIDURÍA

rostros.-33885.-por Marcel van Eeden.-2009.-Galerie Michael Zink.-artnet
“¿Se vuelve uno más sabio con la edad? ¿Y si la edad y una salud precaria no dan lugar a la serenidad de la madurez?”. Estas preguntas se las hace el gran crítico literario Edward W. Said, nacido en Jerusalén en 1935 y muerto hace seis años. En su obra póstuma “Sobre el estilo tardío” (Debate), Said alude a tres edades del artista: una primera edad, que es la de un proyecto de creación o de descubrimiento de un mundo nuevo; un segundo momento, que significa la continuidad en la obra; y un momento tercero, que es en el que Said se detiene más: el último periodo de la vida o decadencia del cuerpo:”el deterioro de la salud – dice - u otros factores que, incluso en el caso de una persona joven, dejan entrever la posibilidad de un final prematuro“. El gran ensayista palestino analiza de forma más detallada este momento ya que es el que más le afectaba personalmente, aquejado como estaba de una grave enfermedad que le llevó a su final. Es esa edad tercera en la  que Said ve luces y  sombras ante lo que se ha dado en llamar el ”estilo tardío“. Las últimas obras de Ibsen, por ejemplo, recuerda Said, no transmiten precisamente serenidad; dejan entrever la imagen de un artista furioso y trastornado, provocando más ansiedad, dejando al público más perplejo y descolocado de lo que estaba antes.
Giuseppe Verdi.-1.-wfc.no.-Generic Concerts
Sobre la enfermedad y el arte ya escribí en Mi Siglo:  Klee y Matisse, entre tantos otros. También sobre los cuadros últimos que muchas veces resumen una vida colmada. Pero aquí Edward Said evoca nombres variados: un “Edipo en Colono” de Sófocles, por ejemplo, en donde el retrato que se hace del héroe anciano es el de un hombre que ha conseguido una santidad extraordinaria; un “Otelo” o un “Falstaff” de Verdi, obras de sus últimos años, que no rezuman un espíritu de sabia resignación, sino ” una energía renovada y casi juvenil, una apoteosis de fuerza y creatividad artística”. Por su parte,Rembrandt, Bach, Wagner, coronan en sus obras tardías una vida entera de esfuerzo, y en cambio -comenta Said - en lo que se ha llamado “el tercer período de Beethoven (las cinco últimas sonatas para piano, la Novena Sinfonía, la “Missa solemnis“, los seis útimos cuartetos para cuerda, las diecisiete bagatelas para piano), se percibe el momento en que el artista, a pesar de ser dueño absoluto de su medio, abandona la comunicación con el orden social establecido y alcanza una relación contradictoria y alienada con él”.
Thomas Mann.-1.-libraries.uc.edu
“El arte de Beethoven, y de las templadas regiones de la tradición – se lee en el “Doktor Faustus” de Thomas Mann -se elevóante los ojos asustados de sus contemporáneos, a esferas que son del exclusivo dominio de la Personalidad, de un yo aislado dolorosamente, aislado incluso del mundo sensorial por la pérdida del oído, príncipe solitario de un reino espiritual, libre de extraños testigos, incluso los más benévolamente dispuestos, cuyos pavorosos mensajes sólo por excepción y en contados momentos eran comprendidos“.
Cuando se llega a esa edad tercera, que a veces coincide con la sabiduría primera, puede alcanzarse también lo que Said comentó de Brahms en otro libro suyo, “Elaboraciones musicales“: a esa edad – dijo – “siguen existiendo elplacer y la intimidad y puede lograrse, como consiguió Brahms, “la música de su música“, la música íntima que perdura cuando se han hecho todas las concesiones a la política y la economía de cualquier arte mundano“. 
Picasso.-2.-auorretrato 30-6-1972.-elcalamo.cvom
A esa edad igualmente el rostro del artista se atreve a acercarse ante el espejo y el espejo le transmite en pintura lo que él no quiere ver de su rostro. El 30 de junio de 1972 Picasso pintó lo que podría considerarse su último autorretrato. El célebre ojo de Picasso permanece aquí fijo, taladrando el fin de una vida. No es una creación casual, y así lo ha reconocido Valeriano Bozal en un extraordinario ensayo, “Picasso clásico. La pintura del viejo” (“El realismo“) (Fundación Mafre). Reonocemos la consistente bóveda craneana  de Picasso, sus ojos poderosos, su nariz, los labios y el mentón, y todo ello impresiona por su “deformidad”. “El tiempo, como decrepitud física, se impone aquí en todos los ámbitos que a él pretendían escapar – dice Bozal – y que durante tantos añosparecían haber escapado (…) Revela ahora lo que guardaba en su interior: pudo expulsarlo todo menos la temporalidad que en él anidaba“.
Sabiduría y edad. Seguramente lo más difícil sea ajustar en cada momento la sabiduría a la edad y ,sobre todo, aprender bien pronto en qué consiste la sabiduría.
(Imágenes:.-1.-Marcel van Eeden.-2009.-Galerie Michael Zink.-artnet/.-Giuseppe Verdi.- wfc.no.-/ 3.-Thomas Mann.-libraires. uc.edu/ Picasso.-autorretrato del 30-6-72.- Fuji Television Gallery.-Tokio)





"Del desierto y los oasis"
por Hannah Arendt.
    

Traducción: Juan A. Guerrero. Revista de Occidente
En 1955, Hannah Arendt dictó en la Universidad de Berkeley el curso "Historia de la teoría política". En estas páginas se reproduce la conclusión recientemente aparecida en español de aquellas clases. 
El crecimiento moderno de la amundanidad [imposibilidad de una comunión de los hombres con el cosmos y entre sí, N. de E.], el declive de todo entre humano [distancia que separa pero al mismo tiempo posibilita el encuentro, N. de E.], también se puede describir como la propagación del desierto. El primero que reconoció que vivimos y nos movemos en un mundo desértico fue Nietzsche y también fue él quien cometió el primer error decisivo diagnosticándolo. Como casi todos los que vinieron tras él, Nietzsche pensaba que el desierto está en nosotros. Así se revelaba a sí mismo no sólo como uno de los primeros habitantes conscientes del desierto, sino también y por lo mismo, como la víctima de su más terrible ilusión. La psicología moderna es psicología del desierto: cuando perdemos la facultad de juzgar, "de sufrir y de condenar", comenzamos a pensar que hay algo equivocado en nosotros si no podemos vivir bajo las condiciones del desierto. En la medida en que la psicología trata de "ayudarnos" nos ayuda a "ajustarnos" a aquellas condiciones y nos quita nuestra única esperanza; a saber: que nosotros, que no somos del desierto aunque vivamos en él, somos capaces de transformarlo en un mundo humano. La psicología pone todo del revés: precisamente porque sufrimos bajo las condiciones del desierto somos aún humanos y estamos aún intactos; el peligro consiste en que nos convirtamos en verdaderos habitantes del desierto y nos sintamos cómodos en él.
El mayor peligro en el desierto consiste en que hay tempestades de arena; en que el desierto no siempre es tranquilo como un cementerio. Allí donde, al fin y al cabo, todo sigue siendo posible, puede desencadenarse un movimiento autónomo. Esas tormentas de arena son los movimientos totalitarios, cuya característica principal reside en que se ajustan extraordinariamente bien a las condiciones del desierto. De hecho, no cuentan con nada más, y por ello parecen ser la forma política más adecuada a la vida del desierto. Ambos, la psicología -la disciplina de ajustar la vida humana al desierto- y los movimientos totalitarios -las tempestades de arena, en las cuales lo que es tranquilo como la muerte explota repentinamente en pseudoacción- plantean un peligro inminente a las dos facultades humanas que pacientemente nos capacitan para transformar el desierto en lugar de transformarnos a nosotros mismos: las facultades conjuntadas de acción y pasión. Es cierto que cuando somos alcanzados por los movimientos totalitarios o por los ajustes de la psicología moderna sufrimos menos; pero perdemos la facultad de sufrir y con ella la virtud de resistir. Y sólo de aquellos que consiguen resistir el padecimiento de vivir bajo las condiciones del desierto es de quienes podemos esperar que se armen del coraje necesario que se encuentra en la raíz de toda acción, del coraje que convierte a un hombre en un ser actuante.
Las tormentas de arena amenazan también esos oasis en el desierto sin los que ninguno de nosotros podría resistir allí, mientras que la psicología sólo intenta acostumbrarnos a la vida en el desierto de modo que ya no sintamos la necesidad de los oasis. Los oasis constituyen todos esos dominios de la vida que existen independientemente, o al menos en gran medida independientemente, de las circunstancias políticas. Lo que en ellos disuena es la política, es decir, nuestra experiencia plural, pero no lo que podemos hacer y crear en la medida en que existimos en singular: en el aislamiento del artista, en la soledad del filósofo, en la relación inherentemente amundana entre seres humanos tal como existe en el amor y a veces en la amistad "cuando un corazón se dirige directamente a otro, como en la amistad, o cuando el entre, el mundo, asciende en llamas como en el amor". Sin la intangibilidad de esos oasis no sabríamos cómo respirar. Y los especialistas en ciencia política deberían saber esto. Si aquellos que deben gastar sus vidas en el desierto, intentando hacer esto o aquello, preocupándose constantemente por sus condiciones, no saben cómo usar los oasis, se convertirán en habitantes del desierto, incluso sin ayuda de la psicología. En otras palabras, los oasis se secarán si no los mantenemos intactos, y ellos no son meros lugares de "relax" sino las fuentes dispensadoras de vida que nos permiten vivir en el desierto sin reconciliarnos con él.
El peligro opuesto es mucho más frecuente. Su nombre habitual es escapismo: huir del mundo del desierto, de la política, hacia lo que quiera que sea es una forma menos peligrosa y más refinada de aniquilar los oasis que las tormentas de arena, que amenazan su existencia, por así decirlo, desde fuera. Tratando de huir transportamos la arena del desierto a los oasis "como Kierkegaard, tratando de escapar de la duda, introdujo su duda en la religión cuando dio el salto a la fe". La falta de resistencia, el fracaso de reconocer y resistir la duda como una de las condiciones fundamentales de la vida moderna, introduce la duda en el único ámbito en que nunca debió entrar: el ámbito religioso; hablando estrictamente, el ámbito de la fe. Eso es sólo un ejemplo para que veamos lo que hacemos cuando intentamos huir del desierto. Porque aniquilamos los oasis dispensadores de vida cuando vamos a ellos con la intención de huir, parece a veces como si todo conspirase para generalizar las condiciones del desierto.
También esto es una ilusión. En último análisis, el mundo humano es siempre el producto del amor mundi del hombre, un artificio humano cuya inmortalidad potencial está siempre sujeta la mortalidad de aquellos que lo construyen y a la natalidad de aquellos que comienzan a vivir en él. Lo que Hamlet dijo es siempre verdad: "El tiempo está fuera de quicio. ¡Maldita suerte la mía, haber nacido para ponerlo en orden!". En este sentido, en la necesidad que tiene el mundo de los que comienzan para que pueda ser comenzado de nuevo, el mundo es siempre un desierto. Sin embargo, a partir de las condiciones de amundanidad que aparecieron por primera vez en la Edad Moderna -amundanidad que no debería ser confundida con la ultramundanidad cristiana- nació la cuestión de Leibniz, Schelling y Heidegger: ¿por qué hay algo en lugar de nada? Y a partir de las condiciones específicas de nuestro mundo contemporáneo que nos amenaza no sólo con que no-haya-nada, sino también con que no-haya-nadie, puede surgir la pregunta: ¿por qué hay alguien en lugar de nadie? Estas cuestiones pueden sonar nihilistas pero no lo son. Al contrario, son las cuestiones antinihilistas planteadas en una situación objetiva de nihilismo, donde el que no-haya-nada y el que no-haya-nadie amenazan con destruir el mundo.



El Hombre y la Ciudad"
por Manuel Sacristán Luzón.

(Una consideración del humanismo, para uso de urbanistas).
Conferencia abril de 1959. El Viejo Topo, julio-agosto de 2010. 
El 27 de agosto de 1985 fallecía, en Barcelona, a los sesenta años, Manuel Sacristán. La izquierda perdía así al filósofo político español probablemente más importante del pasado siglo. Editor, traductor, agitador cultural, activista, conferenciante ejemplar, su figura, en estos tiempos de renuncias y olvidos, cobra un relieve cada día mayor.
Presentación.
Veinticinco años después del fallecimiento de Manuel Sacristán Luzón (1925-1985), su pensamiento y sus muy diversas aportaciones siguen ayudando a avivar las llamas que él supo cuidar o iniciar. Cada vez es más evidente para muchos ciudadanos y ciudadanas la autenticidad y singularidad de sus prácticas políticas y el rigor, profundidad y novedad de las múltiples caras de su poliédrica obra. Crítico literario y teatral (Lecturas, 1985; “El pasillo”, 1954); filósofo de una pieza, se ha hablado (Jesús Mosterín) del mayor pensador español de la segunda mitad del siglo XX (Las ideas gnoseológicas de Heidegger, 1959; Papeles de filosofía, 1984; Lecturas de filosofía moderna y contemporánea, 2007, edición de Albert Domingo Curto, Sobre dialéctica, 2009); militante y dirigente comunista revolucionario (Intervenciones políticas, 1985; Escritos sindicales y de política educativa, 1997; papeles y materiales clandestinos encontrados por Miguel Manzanera y Giaime Pala); traductor infatigable (unas 30 mil páginas; Quine, Marx, Engels, Adorno, Lukács, Schumpeter, Platón, Gramsci, Labriola, Zeleny, Marcuse entre otros grandes autores); profesor de la Universidad de Barcelona expulsado durante más de una década por motivos políticos; maestro inolvidable e inolvidado de varias generaciones de ciudadanos no sólo universitarios; lógico y epistemólogo esencial en la consolidación de estas disciplinas en nuestro país (Introducción a la lógica y al análisis formal; Lógica elemental); el marxista más competente y agudo que probablemente ha dado nuestro país (Antología (de Gramsci), 1970; Sobre Marx y marxismo, 1983; El orden y el tiempo, 1998; Escritos sobre El Capital y textos afines, 2004); renovador de las finalidades y aristas procedimentales gastadas y erróneas de la tradición (Pacifismo, ecologismo y política alternativa, 1987, edición de Juan-Ramón Capella), Sacristán fue, además de todo ello, un luchador imprescindible (Brecht), un atento lector y divulgador, muy cercano a su piel, de combatientes arrojados a cunetas de la Historia (Gramsci, Gerónimo, Dubcek, Ulrike Meinhof) y un conferenciante inigualable (Seis conferencias, 2005) que cuidó con mimo y pasión la razón pública y los cimientos en los que ésta debía tomar pie.
El siguiente texto es prueba de esto último.
En abril de 1959, Sacristán impartió una conferencia titulada “El hombre y la ciudad (Una consideración del humanismo, para uso de urbanistas)”, dentro de un ciclo sobre sociología y urbanismo organizado por un grupo de arquitectos y técnicos barceloneses, los “Arquitectos del grupo R”. ‘R' era símbolo de renovación y también de recuperación de un legado histórico republicano en el que, sin duda, también Sacristán se reconocía. Su reconocimiento y admiración por un tío suyo republicano exiliado, hermano de su padre, se mantuvo a lo largo de los años. GATPAC, Grup d'Arquitectes i Tècnics Catalans per al Progrés de l'Arquitectura, se formó el 14 de abril de 1931, el mismo día en que se proclamó la II República española, la República de García Lorca,Hernández y Alberti, poetas sobre los que Sacristán también escribió.
De GATPAC formaron parte Sert, Subirana, Rodríguez Arias, Illescas, Churruca, Fàbregas y Torres Clavé, uno de los más comprometidos del grupo: murió a los 32 años mientras cavaba trincheras en la primera línea del frente del Ebro. El hermano del padre de este presentador moriría cerca suyo, a los 20 años. La guerra desperdigó el colectivo. Los arquitectos del Grupo R (Moragas, Coderch, Bohigas entre ellos), los organizadores del ciclo en el que intervino Sacristán, aspiraban a enlazar con esa tradición desactivada y parcialmente aniquilada.
En las crónicas de la época se señaló que la conferencia del doctor Sacristán “tuvo lugar ante numerosos oyentes en el auditorio del dispensario del P. N. A.” y que “el disertante fue muy felicitado y aplaudido por los numerosos asistentes que siguen periódicamente el cursillo”. La madre de Sacristán guardaba, orgullosa, estas informaciones periodísticas.
El texto, depositado en Reserva de la Biblioteca Central de la Universidad de Barcelona, no está firmado. Es la trascripción, revisada por el propio Sacristán, de su intervención oral.
La conferencia finalizaba con la afirmación: “Todo hombre que piensa sus cosas hasta el final filosofa”. El marco filosófico en el que Sacristán realizó su intervención es netamente consistente con sus conocidas concepciones sobre la filosofía y el filosofar, e, innecesario es señalarlo, una atenta e informada mirada marxista, que siempre instruye, acompaña y da sentido a su reflexión y argumentación críticas.
SALVADOR LÓPEZ ARNAL


El hombre y la ciudad
(Una consideración del humanismo, para uso de urbanistas)
Es probable que se pregunten ustedes por qué razón hay una sesión dedicada a la filosofía en el programa de sociología y urbanismo preparado por los arquitectos del grupo R. Yo también me lo he preguntado y se lo he preguntado a ellos, obteniendo contestaciones un tanto vagas que acaso puedan reducirse a dos motivos.
El primero es la necesidad en que suele encontrarse todo hombre cultivado de tomar conciencia de su propia actividad, de conseguir hacerse transparente su conducta, de descubrir en ella una coherencia racional justificadora. A esa necesidad es especialmente sensible el científico, y también el cultivador de lo que tradicionalmente se llamaba artes liberales, expresión a cuyo lado y casi sustituyéndola podríamos colocar hoy la de “técnicas científicas”. Un tal arte liberal es la arquitectura, y seguramente lo es también esa actividad de más difícil precisión que llamamos urbanismo. Se trata en uno y otro caso de actividades poiéticas, es decir, productoras, pero cuyo fundamento inmediato no es la espontaneidad biológica, sino el conocimiento científico.
Ahora bien: ocurre que el lugar clásico de la toma de conciencia, de la racionalización que hace coherente la práctica humana, es en nuestra cultura la filosofía. Así, pues, empezaría a aclararse el que unos arquitectos preocupados por temas de urbanismo decidieran incluir entre sus posibles inspiraciones a la filosofía. En esto coinciden nuestros arquitectos barceloneses, a poca distancia en el tiempo, con sus colegas alemanes, los cuales consiguieron colocar como tema de uno de los coloquios filosóficos de Darmstadt, el de 1951, un asunto que en muchos aspectos es propio de su arte: "El hombre y el espacio". En ese coloquio pronunció Heidegger su célebre conferencia “Construir, habitar, pensar".
Pero creo que la primera obligación de la filosofía en un asunto como éste es advertir que no se espere de ella lo que no puede dar. Forma única e indiferenciada de todo saber durante mucho tiempo, la filosofía se limitó a contemplar pasivamente el nacimiento de las ciencias positivas, desde la matemática y la medicina hasta las ciencias sociales, arbitrando expedientes de sistemática y de teoría de la ciencia más o menos convincentes para justificar su supervivencia al lado de las ciencias que se independizaban de ella.
En un momento dado, como es sabido, se consumó la plena toma de posesión de la realidad entera por las ciencias. De la necesidad de prescindir de una dedicación especial a una región cualquiera de la realidad hizo entonces la filosofía virtud, consiguiendo así su especificación más o menos precisa como actividad intelectual. Pero está claro que esa virtud no podrá ya nunca consistir en impartir enseñanza positiva alguna sobre la realidad. La filosofía, para usar una expresión tradicional bastante cómoda, carece de un específico objeto material. Su modo de eficacia no podrá ser el de facilitar teorías positivas sobre objeto real alguno.
Pero por otros varios caminos puede dar todavía la filosofía mucho a los especialistas. Algunos de esos caminos son transitados por ella acaso sólo provisionalmente en espera de que su recorrido se substantivice en ciencia, como ha ocurrido otras veces. Tal podría ser el caso de capítulos enteros de la metodología y de la teoría del conocimiento. Pero hay por lo menos una vía que no parece susceptible de especialización por la complejidad de su desarrollo: es el camino antes indicado por el que los hombres buscan la coherencia de su acción. Apenas el científico o el técnico emprende la tarea de tomar conciencia de su hacer, se ve lanzado a un horizonte que rebasa el alcance propio de su tarea especial, remitiéndole a los fundamentos y a los móviles de la misma. Ese horizonte es propiamente filosófico.
Y en él y sólo en él puede esperar cualquiera una aportación de la filosofía. La búsqueda de la coherencia de la práctica humana tiene como camino natural el de la crítica, puesto que, como se ha dicho, no puede recorrer el de la construcción positiva. Esa crítica lo es de las representaciones que acompañan a la acción en la realidad, y tiene por objeto el establecer si aquellas representaciones son coherentes con la realidad y con la práctica real.
Cuando la crítica filosófica descubre en las representaciones humanas una incoherencia con la realidad y con la práctica real y llega a hacer prender en los hombres la conciencia de esa discrepancia puede sin duda ejercer sobre la situación humana una acción tan eficaz como la de las ciencias. Puede en efecto convertirse en el instrumento por medio del cual la realidad derrumbe todo un mundo de ideas que se ha quedado atrasado y es ya incoherente con ella.
Pero para llegar a insertarse así en la práctica, la filosofía necesita tomar impulso de la misma realidad y más directamente de las actividades humanas que están en trato inmediato con ella, a saber, las ciencias y las técnicas, o trabajo en general. Dicho con otras palabras: la crítica filosófica no puede ejercerse en el vacío sino sólo sobre las representaciones científicas y vulgares de una época.
De aquí debe desprenderse para nuestros arquitectos y urbanistas una conciencia muy positiva del valor incluso epistemológico de su actividad: la crítica filosófica que pudiera interesarles más propiamente tendría que ejercerse sobre las representaciones que ellos o sus predecesores inmediatos han aceptado respecto de la realidad a que se refiere su hacer.
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El segundo motivo que puede haber movido a nuestros arquitectos a incluir en su programa un rato de filosofía nos dará ocasión para ejemplificar lo que queda dicho y para ponerlo un poco en práctica. Ese motivo podría describirse así: la arquitectura y la urbanística son artes liberales que tienen por objeto bastante inmediato el hombre mismo. Y la preocupación por el hombre en general, el humanismo, es desde antiguo reconocido como cosa de filósofos.
En la filosofía clásica se ha dado efectivamente un humanismo positivo, cuya presencia en la imaginación del hombre contemporáneo cuando usa esa palabra es sin duda más viva que la de otras acepciones más recientes de la misma. El humanismo clásico arraiga muy atrás en la historia de la cultura y de la filosofía europeas. Los historiadores de la filosofía suelen atribuir la invención técnica del término “humanismo” a un pedagogo alemán de finales del siglo XVIII y principios del XIX, pero ya, en Cicerón, por ejemplo, tienen esa palabra, y palabras emparentadas con ella, el sentido de aspiración al pleno desarrollo moral y cultural de las capacidades humanas.
El mismo motivo se manifiesta en la edad clásica del humanismo, el Renacimiento, unido esta vez íntimamente, con una política filosófica contra el trascendentalismo del pensamiento medieval: la aspiración al desarrollo pleno de las capacidades humanas es visto por los humanistas desde el Renacimiento como incompatible con cualquier concepción del hombre que lo someta a desvaríos y a leyes sobrehumanas.
Pero este aspecto polémico del humanismo clásico puede ser aquí pasado por alto por dos razones principales, una de las cuales (única que indicaremos y cuya consideración, por lo demás, basta) es su inesencialidad para nuestro tema: el horizonte de la urbanística no es, en efecto, filosófico general; su perspectiva coincide con la de la Ciudad humana y su mirada puede ser -y es de hecho- estrictamente inmanentista sin tener que justificarse por ello con una previa discusión al respecto. De aquí pues que basten unos fundamentos humanísticos incluso en un sentido reducido para, suministrar al arquitecto y al urbanista aquella transparencia racional que buscan en su acción.
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Posibilitar el pleno desarrollo de las capacidades del hombre...
Este clásico principio humanístico parece incluir tan naturalmente las metas de la arquitectura y del urbanismo que casi resulta disipada toda extrañeza ante el hecho de que los organizadores de este curso quisieran que en él se hablara de humanismo. La filosofía del humanismo clásico, en efecto, por boca de Cicerón y de Luis Vives, de Erasmo y de Lorenzo Valla, puede decir a arquitectos y urbanistas: "vuestra actividad no tiene sólo por objeto conseguir determinados efectos estéticos, sino ante todo promover el pleno desarrollo de las capacidades humanas".
La declaración es sin duda muy pertinente. Pero no menos vaga. Nuestras reflexiones iniciales sobre la falta de un objeto material específico de la filosofía podían por lo demás hacer prever la vaguedad de este humanismo de la filosofía clásica. ¿De dónde obtiene la filosofía clásica, de dónde obtiene el humanismo clásico su noticia del hombre? Probablemente no será injusto contestar que el humanismo clásico, dado el atrasado estadio de las ciencias humanas y sociales que le son coetáneas no tiene ninguna noticia seria y suficiente del hombre.
Por eso es el hombre del humanismo y de la filosofía clásica un hueco y vago concepto sin existencia real en parte alguna, un fantasma, una mala abstracción. Fantasmas y abstracciones suelen empero compensar muy hábilmente su deficiente entidad inspirando a los filósofos la idea de que escriban sus nombres con mayúscula y precedidos por el artículo determinado: el humanismo clásico, que desconoce a los hombres, rinde en cambio tributo al Hombre.
La circunstancia se repite bastante exactamente en el moderno personalismo, puesto al servicio de la Persona. Esa continuidad entre el humanismo clásico y el personalismo contemporáneo en este punto fundamental de la abstracción de sus concepciones no tiene por qué sorprender, dado que el humanismo clásico es una de las raíces ideológicas de la cultura en que todavía vivimos, destructor del trascendentalismo de la Edad Media igual que nuestra sociedad es el resultado de la destrucción de la sociedad medieval.
Frente a la sujeción de los hombres por un poder separado, el humanismo renacentista manifestó por vez primera la voluntad del Hombre de no aceptar más valores que los propios. En eso estamos desde entonces, o, por mejor decir, en eso está desde entonces el Hombre con mayúscula.
Esta abstracción sirvió sin duda -y sigue sirviendo hoy- para dignificar los postulados del humanismo clásico. Pero está claro que en la realidad algún hombre concreto tiene que encaramarse a la dignidad de la mayúscula. ¿Quién fue ese hombre en el humanismo clásico y a partir de él? La arquitectura del humanismo renacentista nos da unas primeras indicaciones sobre ese hombre, con los palacios de Pittis y Medicis, de Fúcares, reyes y purpurados. Como se ha dicho tantas veces, la arquitectura típica del humanismo es una arquitectura de palacios, no ya de castillos o catedrales.
El Hombre mayúsculo del humanismo clásico no es ya el guerrero ni el siervo de Dios, sino lisa y llanamente el rico, aunque por razón de la contigüidad histórica el rico coincida frecuentemente con el guerrero o ex-guerrero y con el siervo de Dios, especialmente en países como Italia, donde fue bastante habitual la conversión del aristócrata en comerciante o el ennoblecimiento de éste.
Sirva esa breve observación para hacer plausible -más no se puede en tan corto tiempo- la siguiente afirmación: el vicio capital del humanismo clásico es su uso abstracto de la palabra “hombre”. Como en la realidad no existe ese hombre único, sino millones de hombres concretos cuyas circunstancias vitales son sumamente diversas, el humanismo abstracto conduce siempre de hecho a revestir con su magnificante abstracción un tipo determinado de hombre concreto. Tal promoción de determinados individuos a la esencia "hombre" debe ser sumamente agradable para ellos; pero lo es sin duda muy escasamente para los que quedan convertidos de rechazo en hombres per accidens.
Guardarse de ese vicio de abstracción del humanismo clásico es seguramente importante para arquitectos y urbanistas de hoy, así como lo es para todos los cultivadores de la ciencia y de la práctica sociales. Pues la tendencia abstracta en el humanismo está completamente viva, por las razones que han quedado indicadas. Y ello no sólo en forma académica -como, por ejemplo, en el personalismo actual [1959]- sino también en la forma más difusa de lugar común de la mentalidad colectiva de los hombres concretos que tienen acceso a la cultura en nuestras sociedades. Así se manifestó por ejemplo en este mismo lugar hace pocos días, cuando al terminar el doctor Jiménez de Parga su conferencia se le preguntó si consideraba "justo" el sacrificio de "una generación mártir" en aras del progreso de una comunidad; el interpelante precisó su pregunta aludiendo al "caso de China”. Mientras no se precise qué clases de hombres vienen “sacrificados” en ese “caso de China”, no puede menos de verse que aquella pregunta procede de un humanismo abstracto al modo clásico.
La pregunta supone un Hombre con mayúscula -o, más precisamente, una generación no menos única y abstracta- que está viviendo tranquilamente hasta que en un momento dado alguien le impone un sacrificio. Pero en la realidad no hay tal generación unitaria toda ella anterior al sacrificio. En la realidad existe, en cada generación y en toda la historia documentalmente conocida, un grupo de mártires y un grupo de no-mártires, y el sacrificio del que habla aquella pregunta sólo es nuevo para estos últimos, mientras probablemente es para los primeros más alivio que otra cosa, incluso en el terreno estrictamente material.
De fundamentos o presupuestos análogos a los de esa pregunta es el frecuente giro hipostatizador con el que los historiadores suelen hablar de "el Hombre egipcio" o “el Hombre griego", con mayúsculas étnicamente limitadas; ese giro encarna la misma ambigüedad de la abstracción humanística clásica. No ha habido un "Hombre egipcio" que era enterrado en mastabas o pirámides, sino sólo hombres egipcios que eran enterrados en mastabas o pirámides y hombres egipcios cuyos cadáveres se pudrían en las canteras del Alto Nilo. Y lo mismo ocurre con todas esas abstracciones típicas.
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La sentencia inaugural de las ciencias sociales, aquella expresión griega según la cual el hombre es un animal social, lleva ya prácticamente en germen todo lo que acaba de decirse. Por ser esencialmente social, lleva en su ser el hombre concreto que ha existido hasta ahora, como elemento ineliminable de su concreción, de su realidad, el lugar que ocupa en la diferenciación interna de las sociedades. Los filósofos han dicho que nadie es uno sino en cuanto hay otros. La unicidad real, la real individualidad y personalidad, son cristalizaciones en el seno de un tejido de relaciones de índole, naturalmente, muy varia.
Algunas de esas relaciones que integran la base de la individualidad real pueden ser de ámbito muy reducido como las relaciones de parentesco, por ejemplo. Pero por debajo de todas esas relaciones está las que dimanan de la diferenciación básica en el seno de las sociedades hasta ahora existentes en nuestro mundo. Esa diferenciación radical en grupos sociales muestra su carácter fundamentante cuando se compara, por ejemplo, individuos de países diversos y pertenecientes a clases análogas: un bracero o nubense tiene concretamente mucho más en común con un bracero del Algarbe portugués que con un comerciante de Huelva.
Todas estas reflexiones conducen a una conclusión bastante destructora para las abstractas formulaciones del humanismo tradicional o del personalismo contemporáneo: en rigor, la humanidad es hoy todavía una unidad sólo desde el punto de vista zoológico. Desde el punto de vista de las ciencias sociales y de las actividades relacionadas con ellas, como es la urbanística, no hay tal humanidad, sino propiamente humanidades. Hay sin duda unas cuantas creaciones culturales muy directamente relacionadas con sus fundamentos biológicos bajo las cuales puede todavía adivinarse un sujeto humano colectivo y sin embargo unitario esencialmente: tal por ejemplo el núcleo fundamental de los lenguajes, con su esqueleto íntimo, lo lógico-formal. Pero apenas un hecho de cultura alcanza mayor complejidad, su sujeto se dibuja ya como especificado por la diferenciación social esencial a todas las sociedades sidas.
Todavía desde otro punto de vista impide la naturaleza social de los hombres hablar simplemente en ciencias sociales de un Hombre o de una humanidad única. Por su socialidad son en efecto históricas las humanidades. Los individuos mueren en las sociedades, pero no muere con ellos el acervo material y cultural que han acumulado. Esa acumulación de cosas, instituciones, modificaciones en las instituciones, de saberes y usos, alcanza un día u otro un último dintel estructural, traspasado el cual una sociedad amanece con una estructura propiamente nueva. Y puesto que la inserción del individuo en la articulación de la estructura social es la base real de su concreción, el hombre posterior al cambio de estructura social es realmente distinto de su antepasado. Diferenciación pues en el "espacio" y en el tiempo sociales son esenciales al hombre real, al animal social de los filósofos griegos.
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Esos filósofos disponían por cierto de una misma palabra para nombrar la agrupación política de los hombres y la agrupación material de sus viviendas. Este uso por el cual "polis" significa, como es sabido, a la vez "ciudad" y “comunidad política'' tiene seguramente causas muy poco especulativas como la configuración geográfica de la península helénica y la presencia de grandes imperios en el Asia interior en el momento de la colonización griega. Pero puede sugerir además la siguiente consideración: aunque la comunidad política se llame “estado” y la "ciudad" sea sólo la reunión de las casas, poca duda puede caber de que en nuestras sociedades diferenciadas del modo antes aludido la ciudad misma refleja esa diferenciación: es pues ciudad en los dos sentidos. A todas y cada una de nuestras ciudades pertenecen los barrios residenciales, por ejemplo, y los servicios de transportes cuya óptima y deseada rentabilidad exige cubrir veinte plazas de viajeros de pié por cada viajero sentado. Evidentemente, esas dos creaciones urbanísticas no están hechas para el mismo hombre, y hasta podría decirse que pertenecen a dos ciudades distintas si no fuera que existen tantos lazos entre ellas que la existencia y la peculiaridad de cada una están condicionadas por las de la otra.
El arquitecto y el urbanista deben tener conciencia de ello. En los últimos decenios arquitectos de primera fila que han tenido y tienen también una influencia considerable en las ideas urbanísticas han propugnado repetidamente una ''Arquitectura para el hombre" y una "ciudad para el hombre". El primer fruto que la crítica filosófica debe proporcionar a nuestros arquitectos y urbanistas es sin duda modesto, pero sólido: consiste en incitarles a no dejarse arrastrar por el hermoso sonido de esas expresiones humanistas, en hacerles ver la necesidad de preguntar hoy y en nuestra sociedad: una arquitectura, ¿para qué hombre? Una ciudad, ¿para qué hombre? La falta de una conciencia adecuada de sus concepciones abstractas explica el hecho de que en el urbanismo humanista contemporáneo aparezcan tendencias claramente reaccionarias en arquitectura: el olvidar que el hombre para el que se trata de edificar la ciudad futura es el hombre de nuestra civilización y del futuro desarrollo de ella es la causa de que muchas veces se tome por humanismo en urbanística inoperantes nostalgias semicampesinas o semifeudales cuya realización significaría probablemente la renuncia a elementos importantes del progreso moderno.
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Algo es ya liberarse de un equívoco, y la crítica del humanismo clásico puede ser útil a arquitectos y urbanistas para liberarse de la equívoca abstracción de programas como el de la "arquitectura para el Hombre" y la "ciudad para el Hombre". Algo es, pero no mucho. Es, sobre todo, menos de lo que resultaría alcanzable si los discursos sobre el Hombre y sobre su Ciudad dejaran de ser equívocos sin tener que renunciar a su ambición de universalidad. Ahora bien: ¿puede un hombre de espíritu científico pensar que haya alguna posibilidad de conseguir ese claro, unívoco sentido para el ideal humanista absoluto o clásico? Una cosa, en todo caso, tiene que estar clara a este respecto: esa posibilidad, si existe, no se ha concretado nunca en ninguna de las instancias sociales realizadas en la historia que conocemos documentalmente. Pero ¿quiere esto decir que la posibilidad en cuestión no exista en absoluto? Para probar lo contrario no bastaría naturalmente con construir una posibilidad pura -es decir, no concretamente sociológica-: desde Platón hasta Savonarola los espíritus más o menos generosos que se han entusiasmado con la posibilidad puramente formal de una comunidad humana tan plena, tan verdadera comunidad que permitiera hablar concretamente de una humanidad, han sucumbido siempre en el fracaso y alguna que otra vez en la hoguera. De esas experiencias suele tomarse pretexto para negar la posibilidad de que expresiones humanistas absolutas, como “arquitectura para el Hombre” o “ciudad para el Hombre" lleguen a tener alguna vez un sentido real, concreto.
Esta no es naturalmente ocasión para discutir con detalle un tema que rebasa desmesuradamente el marco de nuestra conversación. Bastan empero pocas palabras para destruir por lo menos la argumentación basada en aquel pretexto: la inexistencia hasta ahora de una sociedad en cuyo seno la diferenciación humana, fundamental, no sea estrictamente económico-social no es en absoluto una base sólida para negar su posibilidad real. Considerando el asunto como cuestión metódica, aquel que no acepte la instancia experimental como única instancia resolutoria de la duda no tiene siquiera derecho a tomar parte en la discusión.
Pero está claro que experimentos e intentos de ese tipo, de cuyo éxito dependería el que pudiera hablarse con sentido pleno de una "arquitectura para el Hombre" y de "ciudades para el Hombre", no están en la mano de arquitectos ni de urbanistas a pesar de lo fundamentales que serían para aclarar la naturaleza de su trabajo y su concepción del mismo. Con esto llegamos por un camino nuevo a uno de nuestros puntos de partida: nadie que quiera verse transparente en su conducta, nadie que aspire a la coherencia racional de su hacer, puede prescindir de reflexionar sobre los últimos condicionamientos y fundamentos del mismo. Todo hombre que piensa sus cosas hasta el final filosofa.


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