2 de enero de 1940

Mi querido Castor

Hoy, una cartita suya, del 29. ¡Oh, cuánto tiempo hace, pequeña mía!, nosotros, los soldados, estamos a 2. Pero da gusto el aire presumido que tiene usted sobre sus esquís. En suma, todos los años es igual, grandes progresos y una
buena diversión tras alguna plancha al comienzo. Me encanta oírla hablar de todas esas bajadas que conozco. Comprendo tan bien cuando me dice que con la nieve fresca son más fáciles y con el hielo tremendamente difíciles. Estoy todo el tiempo con usted. Apenas sí me puedo figurar que esta carta, la que le estoy escribiendo, la alcanzará en París. Piense que mañana recibiré todavía una —o dos, espero— de Megève, me suena raro. Usted está aún en Megève, y yo le escribo a París, donde usted no está, y a donde llegará sin embargo al mismo tiempo que esta carta. Y el 4 la encontrará usted en París y yo todavía estaré recibiendo cartas de Megève. Me recuerda —ribete siniestro aparte— aquella historia de mi tía Marie Hirsch cuando perdió a su hijo, alférez de navío, muerto en Shangai en un accidente; supo de su muerte por un telegrama y un mes después recibió una carta en que él le contaba lo feliz que era —debe haber muerto esa misma noche—. Siempre estoy temiendo que, mientras yo disfruto leyendo su carta, se haya roto usted sus pobres piernitas. Es un temor ligerísimo pero, en cambio, no se imagina lo placentero que resulta saberla tan intensamente feliz, hoy quedé deslumbrado. Respecto del permiso, habrá que tener paciencia, se ha distanciado un poquitín —no más allá del 20 de enero— como finalmente dijimos. Pero qué son veinte días. Lo importante es que antes de un mes estaré en París.
Tania me ha enviado 
El monje, del que se ha prendado, naturalmente: hay violación, satanismo y lúbricos monjes, y en segundo plano surrealismo, con la figura de Artaud que la fascina un poco desde que lo vio loco. Tania posee, al lado de una real fuerza de sensación, un curioso demonismo de pacotilla solamente aparente (¿por qué su atracción por la sangre si no soporta verla? ¿por qué las violaciones, si se desmayaría en cuanto un tipo le demostrara su deseo con alguna brutalidad?), y sin embargo profundo. No sé cómo decirlo. En cualquier caso, estuve hojeando El monje y me decepcionó un poco. Se nota la mano3 de Artaud pero ni con eso se salva. Y además los horrores me parecieron muy intelectuales, a la manera surrealista. Con todo, tendré que decirle que es espléndido. En cambio, El diablo enamorado que también me envió, pero sin cortarlo siquiera, es una auténtica joyita, lo leí esta tarde de un tirón. Este tipo narra que es una maravilla, tiene ya muchos recursos para el siglo XVIII y hay una criatura singular: una muchacha deliciosa llena de pudores y de encantos que es el Diablo, o sea, un horrendo monstruo con cabeza de camello. Y el héroe se acuesta estupendamente con la chica. Todo se prepara a fuerza de coqueterías, de lánguida modestia, la muchacha provoca al lector tanto como a Don Álvaro y, una vez que lo tiene en sus brazos, le dice con tierno gesto de pasión: «Soy el Diablo, Álvaro, soy el Diablo». Se lo enviaré pero antes tiene que leerlo Mistler.

Doy los últimos toques a la novela —el final— y estoy sintiéndome un poquitín hastiado. Es que me asalta otra vez el deseo de escribir teatro. Al final no sé lo que haré y es bastante gracioso, estoy de lo más excitado, he recobrado mi libertad. Cuando esté en París, cogeré todos los 
Paris-Soir de septiembre del 38 para documentarme.

Al margen de esto, calma chicha: desayuno en el Café de la Gare, donde Mistler se reúne ahora conmigo, lo cual me causa tan sólo un placer moderado, trabajo, sondeo, almuerzo en el Café de la Gare, donde Courcy se reúne conmigo para el café, lo cual me resulta francamente desagradable, vuelta al trabajo pero remoloneando, suena a final y a querencia. Después ayuné. Mistler vino un rato a que le diera una lista de libros (incluí Faulkner y Dos Passos). Me hallaba de excelente humor. Estoy solo con Keller porque Paul tiene un agujero en el pantalón y prefiere coserlo en su dormitorio a -5° y no delante de nosotros al calor, por pudor o más bien por una vergüenza muy rara (en suma inmerecida) de su cuerpo.

Amor mío, tendrá que enviarme dinero, estoy viviendo con 100 francos prestados. Mañana le envío libros (Kierkegaard y Shakespeare). Todos los demás (y hay bastantes) suman dos paquetes que Mistler ha preparado esmeradamente, que llevan la dirección de Bost y que mandaré en cuanto tenga dinero. Reserve los 1.500 francos para mi permiso y aparte un poco para su viajecito de febrero.

Cuánto la quiero, mi dulce pequeña, tengo muchas ganas de verla. Beso toda su querida carita.

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16 de enero de 1940

Mi querido Castor

Hoy le escribo más temprano porque no he tenido nada que hacer en todo el día (cielo cubierto, no hubo sondeos) y he podido trabajar bien. Primero edificando esta pequeña t
eoría de la Nada que seguramente ha de despertar su admiración porque 1.° suprime el recurso de Husserl a la ulê, 2.° explica la unicidad del mundo para la pluralidad de las conciencias, 3.° permite trascender de veras el realismo y el idealismo. Todo esto está muy bien, pero no se lo explico porque quisiera que asistiese usted a su nacimiento, tal como se fue dando en los cuadernos; se divertirá. Después, harto de correr en pos de un tema grandioso que se estaba haciendo de rogar, he vuelto modesta y juiciosamente a la novela. Quedaba por escribir un capítulo sobre Boris y lo he comenzado. En el fondo, ¿por qué no retomar y refundir ahora mi novela? Aún estoy de lo más caliente y no obstante lo suficientemente distanciado de los primeros capítulos como para reparar en sus defectos. Entonces le propongo lo siguiente: ¿qué le parece escribir a la dama para que envíe el manuscrito por correo certificado? (O tal vez alguien de La Pouèze viaje a París y pueda llevarlo, ocho días no son mucho.) Y entonces podría hacerlo mecanografiar, en 2 ejemplares, y yo me traeré uno al volver del permiso. O bien, si mecanografiarlo le parece muy caro, me traeré el manuscrito aquí: nuestra vida es tan sedentaria que no correría mayor peligro. ¿Qué opina de esto? Si está de acuerdo, escríbale a la dama cuando le apetezca. De lo contrario, presénteme sus objeciones. En una palabra, he escrito sobre Boris y está saliendo bien, creo que gustará. Y además he leído a Heidegger y comenzado Mientras agonizo. (Envíeme los libros, mi amor, los de Romains, Gilles y, si no está demasiado escasa de dinero, podría incluir una o dos sorpresitas de entre los títulos de la lista. Gracias amable pequeña por su ofrecimiento de vituallas. Justamente he recibido un paquete de mi buena madre y además, si las necesitara, aquí hay.) He recibido una carta suya: esperaba dos, pues ayer no me llegó nada. Era la del sábado.

Mi querida pequeña, entiendo muy bien que pueda sentirse de lo más seca sin dejar de ser feliz, y cómo ésta puede ser una manera de echarme de menos. Yo siento lo mismo. Finalmente nos hemos curtido, y están también todos esos pequeños fastidios (permisos suspendidos, etc.) a los que hay que oponer un rostro impasible, entonces uno se siente seco por dentro pero de una sequedad un tanto acongojada. También yo, amor mío, quisiera sentir mi cuello rodeado por sus bracitos y besarla y hablarle. Por fortuna están estas cartas, de lo contrario no tendría nadie a quien contarle lo que me interesa. Observe que digo esto con el mejor de los humores: tengo las cartas y tengo el cuaderno —y he olvidado un poco, por suerte para mí, lo que es tener cerca ya no digo a usted, sino a alguien que se interese por lo que uno piensa y siente y que pueda comprenderlo. Lo he olvidado igual que la existencia de las tortillas, y no tengo necesidad consciente de ello, me alegra escribir mis pequeñas ideas en el cuaderno y pienso que usted las leerá. Pero hay esto, la contrapartida es que estoy seco. No con usted, amor mío, entiéndame bien. Oh, no, recuerdo multitud de caritas que usted pone y me emociono. Sino ante cosas, gentes, paisajes y también ante lo que escribo; en otro tiempo, una especie de emoción se colaba un poco con la tinta por la pluma de mi estilográfica cuando escuchaba a Johnny Palmer en el Café des Trois Mousquetaires mientras escribía mi novela —y no puedo decir que ella me inspiraba directamente tal palabra o tal frase (aunque hasta sería posible) pero sí que me aportaba simpatía hacia mis personajes. Ahora, en cambio, todo es más conceptual. Veo lo que ellos tienen que pensar y hacer, pero con frialdad. Tengo curiosidad por saber (muy pronto me lo dirá) si la novela cambia con ello, si eso le quita una especie de densidad o no: es en cierto modo una experiencia crucial sobre el embuste que hay en los libros.

Con respecto a los judíos, verá usted, no me ha convencido. Usted escribe: en tal caso (si asumirse como judío consistiera en reclamar derechos para los judíos por ser judíos) asumirse como francés significaría hacerse chauvinista. Pues no. La expresión: derechos, que habré utilizado erróneamente y deprisa, la ha desorientado. El problema es el siguiente: el asumirse como judío, ¿es algo que apunte a la supresión ulterior de la raza y representación colectiva «judío»? (en este caso, la asunción se cumpliría teniendo en cuenta la historicidad inmediata del individuo, como por ejemplo asumirse burgués para suprimir a la clase burguesa, sabiendo perfectamente que, aun cuando uno ayude a suprimirla, lo hará como burgués y seguirá siendo un ex después de su supresión —sólo que luego no habrá más burgueses—) o bien cabe asimismo la posibilidad de que al asumirse como judío uno le reconozca al judaismo un valor cultural y humano, en cuyo caso el principio inspirador de la lucha contra el antisemitismo no sería el hecho de que el judío es un hombre, sino en rigor el de que es judío. Y, naturalmente, no debería uno detenerse en su judería. Pero toda asunción es superación hacia el hombre, se lo explicaré. No concluyo nada ni me corresponde concluir, pero las dos actitudes me parecen igualmente posibles.

Hasta pronto, dulce pequeña, mi pequeña querida. Aquí tiene una carta bien larga y ni siquiera le he contado mi vida. Pero es que no hay nada que decir. Usted vive por mí. Hasta mañana, mi pequeña flor, la aprieto muy fuerte entre mis brazos.

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Miércoles [finales de 1943]

Mi querido Castor

Son las tres y veinticinco, estoy en el Flore, escribo esmeradamente. ¿Así que es usted 
metteuse en ondes? ¿Qué es eso? Nadie ha podido explicármelo con exactitud. Hoy le hace usted puñetas a las ondas; se desliza en vertical, de arriba abajo. He pensado mucho en usted, en el viaje, en la llegada, me acuerdo de un montón de llegadas, por la mañana: una a Saint-Gervais. Sin embargo la envidio un poco. Lo principal es que se divierta.

El lunes encontré a una Tania siniestra, ignora por qué 
«c’est bien la pire peine, de ne savoir pourquoi, sans amour et sans haine, mon cœur a tant de peine»; lágrimas, quejidos, manos retorcidas, largos silencios, yo estaba furibundo. Al final, vino Zuorro unos cinco minutos trayendo un paquete de té. El té gustó, dio suficientes fuerzas como para conciliar el sueño. Ayer por la mañana trabajé y almorcé en casa de mis padres. Luego trabajé en el Flore de tres a cinco y media y después acompañé a Roy, que está loco de atar, a casa de Morgan. De ahí a casa de Tania quien, a los dos minutos de mi llegada, sollozaba y pataleaba en su cama gritando: «Telefonea al teatro que no iré». Ignoro el motivo de este aguacero, pero conozco su causa: había ingerido ocho sellos de ortedrina. Uno o dos alegran, con tres se pone uno soñador; con ocho, imagínese. Me negué a telefonear e hice un poco de ruido. Finalmente la acompañé, en el metro, donde gritaba y lloraba a chorros, como si sus ojos fuesen dos aortas seccionadas. Me hizo prometer que no reaparecería por la sala de la Cité «porque si te veo, grito, y me tiro del escenario». No le daba a ello demasiada importancia, fui a trabajar al Flore, bien, hasta las 9, pero a las 9, Vitsoris y una amiga vinieron a darme la lata. A las 9 y media estaba con Dullin, a quien encontré en su camerino de Júpiter, frío como lluvia de octubre, lacónico, quejándose de su soledad. Reí y parloteé como si no me diera cuenta de nada. Me marché en el momento en que empezaba a soltarse, prometiendo volver el martes próximo. Es que Nino Franck merodeaba por los bastidores preguntando por el camerino de Olga Dominique. Hablamos, está muy contento con ella, dice que lo de Typhus puede andar muy bien y que el viernes me hablará del asunto. La tendré al corriente. A las diez vi llegar a Tania, sonriente y alegre, había interpretado con alma el papel de la joven. La acompañé en el metro con una Zazoulich que lloraba a lágrima viva porque había actuado mal (decía) y en la sala estaba Cuny. Lo cual no impidió que Cuny fuera a su camerino a decirle que estaba planeando trabajar con ella (sólo que falta dinero). Me prestó una pipa de Bost porque la mía se me rompió, esa bonita que parecía un chupete. Me quedé cinco minutos con Tania, justo el tiempo de que sollozara un poco sobre su suerte. «¡Vivo con tanta comodidad, ji, ji! —lloriqueaba—. ¡Y tengo todo lo que quiero, ji, ji! ¡Y tengo dinero y voy a actuar! Será que va a pasarme algo horrible para que me sienta tan siniestra en estas condiciones.» Le pasé la mano por el cuello y me marché. Llego al Hôtel de la Louisiane y no está la llave. ¿Se la ha llevado usted? La puerta quedará abierta, mala suerte. Saludé a los chicos, y comí tres huevitos. Hice la carta a Bourla padre y dormí como un dios. Esta mañana, cuatro horas de liceo, después tres huevos y un paquete de tallarines. Hasta las tres menos veinte discutí con los chicos, La sangre de los demás no les gusta, a mi juicio de tontos que son. Pero son amables, todos los días encuentro mi cubierto puesto, una escudilla, un tazón, una cuchara y un cuchillo sobre el mantel atigrado, es conmovedor. Y aquí estoy. Trabajaré un poco hasta que llegue MerliPonte.

Hasta pronto, adorable pequeña. Escribiré el sábado. Baje, suba, sude a mares. La quiero con todas mis fuerzas y beso sus buenas mejillitas (seguro que a la vuelta estarán cobrizas, me crucé con gente toda bronceada que volvía de esquiar).
Saludos al Adoquín.

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Enero, 1946

Mi querido Castor

Cada vez sé menos a dónde escribirle. Me dice que no se marcha hasta fines de enero. ¿Pero se marcha? En Túnez hay montones de cartas para usted. Ésta se la envío a Francia. Pero hágase mandar las de Túnez. Había todo un diario de a bordo y cartas de aquí.

Sus cartas me han embelesado, qué feliz estoy de que se haya divertido en Megève. Sentí como usted, leyendo los artículos de Las Vergnas que me pasó un negro llamado Pélage, lo extraño y ridículo que era que toda esa gente siguiera ocupándose de nosotros cuando uno y otro estamos en otro mundo. Pienso, como usted, que hay que cambiar de vida. Sólo la existencia de mi madre y de Tania me impide partir con usted a trabajar en cualquier sitio seis meses del año. Pero entre eso y el Café de Flore cotidiano hay intermediarios. Aquí, la vida es apacible y sin historia. Me levanto a las 9 y, a pesar de mis esfuerzos, no consigo estar listo antes de las 11 (baño, afeitado, desayuno) acudo a algunas citas y almuerzo con Dolorès o con tipos que quieren verme. Después de almorzar paseo solo hasta las 6, por una N.Y. que ahora conozco tan bien como París; me encuentro con Dolorès aquí o allí y permanecemos junios en su casa o en un bar tranquilo hasta las 2 de la mañana. Bebo fuerte pero hasta el presente sin problemas EL viernes por la noche subo a su casa y allí me quedo sin salir, hasta el domingo a las 4 de la tarde (cuestión porteros). Me llama el prisionero. Pero este viernes nos vamos de week-end a casa de Jacqueline Breton (miércoles y jueves: Boston, viernes a lunes: J. Breton, en Connecticut). Y a partir del lunes tendré un semi-apartamento en la 79.a calle, le daré la dirección. Es un amigo de Dolorès que me lo cede por 15 dólares a la semana. La cuestión pasta va mal, tengo bastante para vivir pero no para las compras. Hoy mismo veré a una agente literaria para que me coloque unos artículos. Hacen mucho ruido a mi alrededor pero no me piden artículos pagos. Y tengo que llevar, por la parte baja, unos 700 dólares de cosas (y de todo lo que gano debo entregar el 25 % al Estado). Mis conferencias sólo me significan 50 dólares cada una, me toman todo el día, a veces la noche y el día siguiente.

De sucesos, nada. Salvo que Dolorès me quiere que da miedo. Aparte de eso es absolutamente encantadora y jamás reñimos. Pero el futuro de todo esto es muy oscuro. No sé cómo escribírselo sin ser grosero con ella (a causa de la frialdad de la cosa escrita) y sin embargo haciéndole sentir las cosas. Le hablaré de ello largo y tendido. (No tomo notas cotidianas porque no pasa nada.) Hasta la vista, querido amor mío, mi adorable Castor, hasta la vista. Me siento inmejorablemente bien con usted y la quiero mucho. Hasta la vista, pequeña, me alegrará mucho volver a verla.
Pienso regresar a principios de marzo (el 3 ó el 4) tomando un barco a finales de febrero (27-28).


Sartre llamaba a Simone "el Castor", debido a su intensa dedicación a las labores intelectuales:"usted trabaja tanto como un pequeño castor". Desde los inicios, Sartre y el Castor deciden basar su relación en la honestidad y la libertad. Cada uno poseía independencia económica, sentimental y sexual: no estuvieron casados, no vivieron juntos y no tuvieron hijos. Juntos recorrieron el mundo exponiendo sus ideas acerca del existencialismo, destacando siempre la importancia de asumir la propia libertad.






Esta carta se la escribió a Fidel para renunciar a su cargo dentro de la revolución. Extraída de la web Granma Internacional..



Fidel:

Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos. Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria.
Hoy todo tiene un tono menos dramático porque somos más maduros, pero el hecho se repite. Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la revolución cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo, que ya es mío.
Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos.
Haciendo un recuento de mi vida pasada creo haber trabajado con suficiente honradez y dedicación para consolidar el triunfo revolucionario.Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario. He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe. Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días, me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios. Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos.
Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor; aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos... y dejo un pueblo que me admitió como su hijo: eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.

Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento, será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo y que trataré de ser fiel hasta la últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena; me alegro que así sea. Que no pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse.
Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo pero siento que son innecesarias, las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas.

Hasta la victoria siempre. ¡Patria o Muerte!

Te abraza con todo fervor revolucionario

Che

16 de abril de 1963


Mis queridos sacerdotes y compañeros:

Mientras me hallo recluido aquí, en la cárcel de la ciudad de Birmingham, me llegó vuestra reciente declaración calificando mis actividades presentes de “poco hábiles e inoportunas”. Son pocas las veces en que me detengo contestar a las críticas formuladas contra mi trabajo e ideas. Si tratase de contestar a todas las críticas que pasan por mi mesa de trabajo, mis secretarios 
tendrían poco tiempo disponible para cualquier otra cosa en el curso del día, y a mí no me quedaría ni un instante para realizar una tarea constructiva. Pero, como creo que sois hombres de intenciones fundamentalmente buenas, y que vuestras críticas han sido formuladas sinceramente, quiero intentar responder a vuestra declaración con unas pocas palabras que espero sean pacientes y razonables. Creo que debo indicaros por qué estoy aquí, en Birmingham, puesto que parecéis influidos por la opinión que anatematiza a los “forasteros que se inmiscuyen en los asuntos ajenos”. Tengo el honor de ser presidente de la Southern Christian Leadership Conference, una organización que actúa en todos los estados del Sur, con su cuartel general en Atlanta (Georgia). Tenemos en todo el Sur unas 85 organizaciones afiliadas, y una de ellas es el Alabama Christian Movement for Human Rights. Compartimos a menudo nuestra dirección y nuestros recursos tanto educativos como financieros con nuestras filiales. Hace varios meses, la filial de aquí, de Birmingham, nos pidió que estuviésemos dispuestos a emprender un programa de acción directa no violenta si ello resultaba necesario. Consentimos enseguida y, cuando llegó la hora, cumplimos nuestra promesa. Por eso, yo, y conmigo varios de mis colaboradores de la dirección, estamos aquí, por habérsenos invitado a que viniésemos. Estoy aquí porque aquí tengo vínculos de organización.

Pero, lo que es más importante: estoy en Birmingham porque también está aquí la injusticia. Así como los profetas del siglo VIII antes de Cristo abandonaban sus pueblos y difundían su mensaje divino muy lejos de los límites de las ciudades originarias; así como el apóstol Pablo dejó su pueblo de Tarso y difundió el Evangelio de Cristo hasta los lugares más remotos del mundo grecorromano, así me veo yo también obligado a difundir el Evangelio de la Libertad allende los muros de mi ciudad de origen. Lo mismo que Pablo, tengo que responder sin dilación a la petición de ayuda de los macedonios. Y, lo que es más, soy consciente de la interrelación existente entre todas las comunidades y los estados. No puedo permanecer con los brazos cruzados en Atlanta sin sentirme afectado por lo que en Birmingham acontece. La injusticia, en cualquier parte que se cometa, constituye una amenaza para la justicia en todas partes. Nos encontramos cogidos dentro de las ineludibles redes de la reciprocidad, uncidos al mismo carro del destino. Cualquier cosa que afecte a uno de nosotros directamente, nos afecta a todos indirectamente. Nunca más podremos permitirnos el lujo de aferramos a la idea estrecha, provinciana de “agitador forastero”. Quienquiera que vive dentro de las fronteras de los Estados Unidos tiene derecho a que no se le vuelva a considerar nunca más forastero en el territorio de la nación.

Deploráis las manifestaciones que ahora tienen lugar en Birmingham. Pero vuestra declaración, siento decirlo, hace caso omiso de las condiciones que dieron lugar a estas manifestaciones. Estoy seguro de que ninguno de vosotros quiere limitarse a esa clase de análisis social superficial que no se ocupa más que de los efectos, sin detenerse a aprehender las causas subyacentes. Es una pena que las manifestaciones tengan lugar en Birmingham, pero es todavía más lamentable que la estructura del poder blanco de la ciudad no dejase a la comunidad negra otra salida que ésta. Toda campaña no violenta tiene cuatro fases básicas: primero la reunión de los datos necesarios para determinar si existen las injusticias; luego la negociación; después la autopurificación; y, por último, la acción directa. Hemos pasado en Birmingham por todas estas fases. No cabe discutir el hecho de que la injusticia racial embarga a esta comunidad. Birmingham es probablemente la ciudad más drásticamente segregada de toda Norteamérica. Su horrenda lista de violaciones es conocida de todos. Los negros han sufrido de modo flagrante un trato injusto por parte de los tribunales; ha habido más destrucciones de domicilios e iglesias negros a consecuencia de bombas y que han quedado sin resolver en Birmingham que en cualquier otra ciudad de la nación. Éstos son los hechos, duros, palmarios, determinantes de la situación. Con estas condiciones por base, los líderes negros trataron de negociar con los prohombres de la ciudad. Pero éstos se negaron una y otra vez a entablar negociaciones de buena fe.

Entonces, en septiembre último se presentó la oportunidad de hablar con los representantes de la comunidad económica de Birmingham. Durante las negociaciones, los comerciantes formularon ciertas promesas, entre ellas la de suprimir los humillantes símbolos raciales de los almacenes. Apoyándose en estas promesas, el reverendo Fred Shuttlesworth y los líderes del Alabama Christian Movement for Human Rights concedieron una tregua en todas las manifestaciones. Pasaron las semanas y los meses, y comprobamos que éramos víctimas de un perjurio. Unos cuantos emblemas, tras haber sido suprimidos por un tiempo, volvieron a surgir; el resto permanecieron donde estaban. Como en tantos otros casos, se habían defraudado nuestras esperanzas y se apoderó de nosotros la sensación de un profundo desaliento. No teníamos más salida que la de apercibirnos para la acción directa, en la que presentaríamos nuestros propios cuerpos como instrumentos de exposición de nuestro caso ante la conciencia de la comunidad local y nacional. A sabiendas de las dificultades existentes, decidimos emprender un proceso de autopurificación. Dimos comienzo a la creación de toda una serie de seminarios para aleccionar sobre la no violencia, y nos preguntamos reiteradas veces: ¿sabrás aceptar los golpes sin devolverlos? ¿Sabrás prevalecer en la prueba del encarcelamiento? Decidimos lanzar nuestro programa de acción directa en la temporada de Semana Santa, porque sabíamos que, excepto la Navidad, éste era el periodo principal de compras durante el año. Conscientes de que un programa enérgico de boicot económico sería la consecuencia de la acción directa, pensamos que éste sería el mejor momento para poner en marcha la presión que pensábamos ejercer sobre los comerciantes para provocar el cambio necesario.

Entonces caímos en la cuenta de que los comicios para la elección de alcalde en Birmingham estaban señalados para el mes de marzo, y decidimos rápidamente posponer la acción hasta el día siguiente al de las elecciones. Cuando descubrimos que el responsable del orden público, Eugene “Bull” Connor, había reunido votos bastantes para presentarse al desempate, nuevamente decidimos posponer la acción hasta el día siguiente al de los comicios finales para que no se utilizaran las manifestaciones con el fin de velar los problemas reales que se debatían. Como muchos otros, esperábamos asistir a la derrota del señor Connor, y para ello nos avinimos a retrasar una y otra vez la fecha de nuestra acción. Después de haber prestado nuestro auxilio a la comunidad en esta necesidad, creímos que ya no se podía demorar más nuestro programa de la acción directa. Preguntaréis: “¿Por qué acción directa?” “¿Por qué sit-ins, marchas y demás?” “¿Acaso no es el de la negociación el camino mejor?” Tenéis razón para abogar por la negociación. De hecho, esto es lo que realmente se propone la acción directa. La acción directa no violenta trata de crear una crisis tal, y de originar tal tensión, que una comunidad que se ha negado constantemente a negociar se ve obligada a hacer frente a este problema. Trata de dramatizar tanto la cuestión, que ya no puede ser desconocida bajo ningún concepto. Podrá parecer raro que yo cite la creación de un estado de tensión como parte del trabajo que incumbe al resistente no violento. Pero tengo que confesar que no me asusta la palabra “tensión”. No he dejado nunca de oponerme a la tensión violenta, pero existe una clase de tensión no violenta constructiva, necesaria para el crecimiento. Así como Sócrates creía que era necesario crear una tensión en la mente para que los individuos superasen su dependencia respecto de los mitos y de las semiverdades hasta ingresar en el recinto libre del análisis creador y de la evaluación objetiva, así también, hemos de comprender la necesidad de “tábanos” no violentos creadores de una tensión social que sirva de acicate para que los hombres superen las oscuras profundidades del prejuicio y del racismo, elevándose hasta las alturas mayestáticas de la comprensión y de la fraternidad.

La meta de nuestro programa de acción directa radica en crear una situación tan pletórica de crisis que desemboque inevitablemente en la salida negociadora. Me uno, pues, a ustedes en su apología de la negociación. Nuestro querido Sur ha permanecido demasiado tiempo encerrado en un trágico esfuerzo de vivir monologando en vez de dialogar. Uno de los puntos básicos de su declaración es que la acción que yo y mis colaboradores hemos emprendido en Birmingham es inoportuna. Han preguntado algunos: “¿Por qué no habéis dado a la nueva administración urbana tiempo para obrar?” La única contestación que se me ocurre para esta pregunta es que la nueva administración de Birmingham tiene que ser tan zarandeada como la anterior, si se quiere que obre. Estamos profundamente equivocados si creemos que la elección de Albert Boutwell para el cargo de alcalde convertirá los sueños en realidad en Birmingham. Pese a ser el señor Boutwell persona mucho más pacífica que el señor Connor, ambos son segregacionistas, empeñados en el mantenimiento del status quo. Espero que el señor Boutwell será lo bastante razonable como para percatarse de la insignificancia de una resistencia denodada a la integración. Pero no lo verá sin la presión de los partidarios incondicionales de los defensores de los derechos civiles. Amigos míos, tengo que decirles que no nos hemos apuntado ni un solo tanto en materia de derechos civiles sin una empecinada presión legal y no violenta. Desgraciadamente, es un hecho histórico incontrovertible que los grupos privilegiados prescinden muy rara vez espontáneamente de sus privilegios. Los individuos podrán ver la luz de la moral y abandonar voluntariamente una postura injusta; pero, como nos recordara Reinhold Niebuhr, los grupos tienden a comportarse más inmoralmente que los individuos.

Sabemos por una dolorosa experiencia que la libertad nunca la concede voluntariamente el opresor. Tiene que ser exigida por el oprimido. A decir verdad, todavía estoy por empezar una campaña de acción directa que sea “oportuna” ante los ojos de los que no han padecido considerablemente la enfermedad de la segregación. Hace años que estoy oyendo esa palabra “¡Espera!”. Suena en el oído de cada negro con penetrante familiaridad. Este “espera” ha significado casi siempre “nunca”. Tenemos que convenir con uno de nuestros juristas más eminentes en que “una justicia demorada durante demasiado tiempo equivale a una justicia denegada”. Hemos aguardado más de trescientos cuarenta años para usar nuestros derechos constitucionales y otorgados por Dios. Las naciones de Asia y de África se dirigen a velocidad supersónica a la conquista de su independencia política; pero nosotros estamos todavía arrastrándonos por un camino de herradura que nos llevará a la conquista de un tazón de café en el mostrador de los almacenes. Es posible que resulte fácil decir “espera” para quienes nunca sintieron en sus carnes los acerados dardos de la segregación. Pero cuando se ha visto cómo muchedumbres enfurecidas linchaban a su antojo a madres y padres, y ahogaban a hermanas y hermanos por puro capricho; cuando se ha visto cómo policías rebosantes de odio insultaban a los nuestros, cómo maltrataban e incluso mataban a nuestros hermanos y hermanas negros; cuando se ve a la gran mayoría de nuestros veinte millones de hermanos negros asfixiarse en la mazmorra sin aire de la pobreza, en medio de una sociedad opulenta; cuando, de pronto, se queda uno con la lengua torcida, cuando balbucea al tratar de explicar a su hija de seis años por qué no puede ir al parque público de atracciones recién anunciado en la televisión, y ver cómo se le saltan las lágrimas cuando se le dice que el “País de las Maravillas” está vedado a los niños de color, y cuando observa cómo los ominosos nubarrones de la inferioridad empiezan a enturbiar su pequeño cielo mental, y cómo empieza a deformar su personalidad dando cauce a un inconsciente resentimiento hacia los blancos; cuando se tiene que amañar una contestación para el hijo de cinco años que pregunta: “Papá ¿por qué tratan los blancos a la gente de color tan mal?”; cuando se sale a dar una vuelta por el campo en coche y se ve uno obligado a dormir noche tras noche en algún rincón incómodo del propio automóvil porque no están abiertas las puertas de ningún hotel para uno; cuando se le humilla a diario con los símbolos punzantes de “blanco” y “colored”; cuando el nombre de uno pasa a ser “negrazo” y el segundo nombre se torna “muchacho” (cualquiera que sea la edad que se tenga), volviéndose su apellido “John” en tanto que a su mujer y a su madre se les niega el trato de “señora”; cuando se viene estando hostigado de día y obsesionado por la noche por el hecho de ser un negro, viviendo en perpetua tensión sin saber nunca a qué atenerse, y rebosando temores internos y resentimientos exteriores; cuando se está luchando continuamente contra una sensación degeneradora de despersonalización, entonces, y sólo entonces se comprende por qué nos parece tan difícil aguardar. Llega un momento en que se colma la copa de la resignación. Espero, señores, que comprenderán nuestra legítima e ineludible impaciencia.

Expresan una profunda ansiedad en torno a nuestra decisión de quebrantar las leyes si es preciso. No cabe duda de que su preocupación es legítima. Como pedimos con tanta diligencia a nuestro pueblo que obedeciese a la decisión del Tribunal Supremo que declaraba ilegal la segregación en las escuelas oficiales, podrá parecer paradójico, de buenas a primeras, nuestra desobediencia consciente de las leyes. Podrán preguntar: “¿Cómo pueden ustedes defender la desobediencia de unas leyes y el acatamiento de otras?”. La contestación debe buscarse en el hecho de que existen dos clases de leyes: las leyes justas y las injustas. Yo sería el primero en defender la necesidad de obedecer los mandamientos justos. Se tiene una responsabilidad moral además de legal en lo que hace al acatamiento de las normas justas. Y, a la vez, se tiene la responsabilidad moral de desobedecer normas injustas. Estoy de acuerdo con San Agustín en que “una ley injusta no es tal ley”. Pero ¿cuál es la diferencia entre ambas clases de leyes? ¿Cómo se sabe si una ley es justa o no lo es? Una ley justa es un mandato formulado por el hombre que cuadra con la ley moral o la ley de Dios. Una ley injusta es una norma en conflicto con la ley moral. Para decirlo con palabras de Santo Tomás de Aquino: “Una ley injusta es una ley humana que no tiene su origen en la ley eterna y en el derecho natural. Toda norma que enaltece la personalidad humana es justa; toda norma que degrada la personalidad humana es injusta.” Todos los mandatos legales segregacionistas son injustos, porque la segregación deforma el alma y perjudica la personalidad; da al que segrega una falsa sensación de superioridad y al segregado una sensación de inferioridad asimismo falsa. La segregación, para valernos de la terminología del filósofo judío Martin Buber, sustituye la relación “yo-tú” por una relación “yo-ello”, y acaba relegando a las personas a la condición de cosas. Por eso, la segregación es, además de inadecuada política, económica y sociológicamente, moralmente equivocada y pecaminosa. Dijo Paul Tilich que “pecado es separación”. ¿Acaso no es la segregación una manifestación existencial de la trágica separación del hombre, su aislamiento horrible, su tremenda condición de pecador? Por eso precisamente puedo pedir a los hombres que cumplan la decisión de 1954 del Tribunal Supremo, por ser moralmente recta; y por eso puedo instarles a que desobedezcan las ordenanzas segregacionistas, por ser éstas moralmente equivocadas.

Consideremos un ejemplo más concreto de normas justas e injustas. Una ley injusta es una norma por la que un grupo numéricamente superior o más fuerte obliga a obedecer a una minoría pero sin que rija para él. Esto equivale a la legalización de la diferencia. Por el mismo procedimiento, resulta que una ley justa es una norma por la que una mayoría obliga a una minoría a obedecer a lo que ésta mande, quedando a la vez vinculada al texto normativo dicha mayoría. Esto equivale a la legalización de la semejanza. Permítaseme dar otra explicación. Una ley es injusta si es impuesta a una minoría que, al denegársele el derecho a votar, no participó en la elaboración ni en la aprobación de la ley. ¿Quién podrá decir que la legislación de Alabama de la que emanaron las leyes del estado sobre la segregación fue elegida democráticamente? Por todo Alabama se utilizan toda suerte de métodos sutiles encaminados a evitar que los negros pasen a figurar en los censos electorales; y condados hay en que, por más que los negros constituyan una mayoría de la población, no consta ni un solo negro en las listas. ¿Puede decirse que una ley promulgada en tales circunstancias está estructurada democráticamente? Algunas veces una ley es justa por su texto e injusta en su aplicación. Por ejemplo, se me arrestó por manifestarme sin permiso. Ahora bien; nada hay de malo en que exista una ordenanza que exige un permiso para manifestarse. Pero esta norma se vuelve injusta cuando es puesta al servicio de la segregación, denegando a los ciudadanos el derecho de reunión y protesta pacíficas concedido por la primera enmienda.

Espero que sabrán percatarse de la diferencia que trato de mostrarles. Bajo ningún concepto preconizo la desobediencia ni el desafío a la ley, como haría el segregacionista rabioso. Esto nos llevaría a la anarquía. El que quebranta una ley injusta tiene que hacerlo abiertamente, con amor y dispuesto a aceptar la consiguiente sanción. Opino que un individuo que quebranta una ley injusta para su conciencia, y que acepta de buen grado la pena de prisión con tal de despertar la conciencia de la injusticia en la comunidad que la padece, está de hecho manifestando el más eminente respeto por el derecho. Naturalmente, no hay ninguna novedad en esta clase de desobediencia civil. La encontramos, en una de sus manifestaciones sublimes, en la negativa de Shadrach, Meshach y Abednego a obedecer las órdenes de Nabucodonosor, en aras a la ley moral superior. La practicaron de modo soberbio los cristianos primitivos, que estaban dispuestos a enfrentarse con leones hambrientos, con el dolor insoportable de la tortura antes que someterse a ciertas leyes injustas del imperio romano. Hasta cierto punto, la libertad académica es actualmente una realidad porque Sócrates practicó la desobediencia civil. En nuestra nación, el Boston Tea Party fue un acto colectivo de desobediencia civil. No hemos de olvidar jamás que todo cuanto hicieron los húngaros que luchaban por la libertad se reputaba “ilegal” en Hungría. “Ilegal” era ayudar y consolar a un judío en la Alemania de Hitler. Aún así, estoy seguro de que, si hubiera vivido entonces en Alemania, hubiese ayudado y consolado a mis hermanos judíos. Si actualmente viviese en un país comunista donde han sido suprimidos ciertos principios inherentes a la fe cristiana, abogaría abiertamente por la desobediencia a las leyes antirreligiosas del país.

Tengo que confesarles honradamente dos cosas, hermanos míos cristianos y judíos; tengo que confesar, primero, que en los últimos años he quedado profundamente desencantado del blanco moderado. Casi he llegado a la triste conclusión de que la rueda de molino que lleva amarrada el negro y que traba su tránsito hacia la libertad, no proviene del miembro del Consejo de Ciudadanos Blancos, o del Ku-Klux-Klan, sino del blanco moderado que antepone el “orden” a la justicia; que prefiere una paz negativa que supone ausencia de tensión, a una paz positiva que entraña presencia de la justicia; quien dice continuamente: “Estoy de acuerdo con el objetivo que usted se propone, pero no puedo aprobar sus métodos de acción directa”; que cree muy paternalmente que puede fijar un plazo a la libertad del prójimo; quien vive de un concepto mítico del tiempo y aconseja al negro que aguarde a que llegue “un momento más oportuno”. La comprensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más desconcertante la aceptación tibia que el rechazo sin matices.

Esperé que el blanco moderado comprendería que la ley y el orden existen para la elaboración de la justicia, y que, cuando fracasan en este empeño, se convierten en unas trabas peligrosamente estructuradas que impiden el fluir del progreso social. Esperé que el blanco moderado comprendería que la actual tensión en el Sur es una fase necesaria para la transición desde una odiosa paz negativa en la que el negro aceptaba pasivamente su carga injusta, a una paz muy otra, real y positiva, en la que todos los hombres respetarán la dignidad y el valor de la personalidad humana. De hecho, los que seguíamos la senda de la acción directa no violenta no somos quienes creamos la tensión. Nos limitamos a traer a la superficie la tensión oculta que se hallaba en estado latente desde mucho antes. La sacamos a la luz, porque así se la puede ver y actuar en consecuencia. Lo mismo que un tumor que no se puede curar mientras siga oculto, y que debe abrirse en todo su horror a los remedios naturales del aire y de la luz, la injusticia tiene que exponerse, con toda la tensión que esta exposición crea, a la luz de la conciencia humana y al aire de la opinión nacional si es que existe el deseo de subsanarla.

Afirman ustedes en su declaración que nuestras acciones, aunque pacíficas, tienen que ser condenadas porque conducen a la violencia. ¿Pero es éste un aserto lógico? ¿No es ello lo mismo que condenar a un hombre víctima del hurto porque el hecho de haber poseído dinero determinó la pecaminosa acción de robarle? ¿Acaso no es como si se condenara a Sócrates porque su absoluta entrega a la verdad y sus investigaciones filosóficas causaron la actitud del populacho mal aconsejado que le condenó a beber la cicuta? ¿No les parece que esto equivale a condenar a Jesucristo porque su incomparable ciencia divina y su incesante acatamiento de la voluntad de Dios precipitó aquella pecaminosa crucifixión? Hay que reconocer que, como han venido afirmando una y otra vez los tribunales federales, no está bien pedir a un individuo que abandone sus esfuerzos por conquistar sus derechos constitucionales básicos sencillamente porque esta petición pueda determinar la violencia. La sociedad tiene que proteger al robado y castigar al ladrón. También esperé que el blanco moderado abandonaría ese mito acerca del momento oportuno para librar la batalla por la libertad. Acabo de recibir una carta de un hermano blanco de Texas. Escribe: Cualquier cosa que afecte a uno de nosotros directamente, nos afecta a todos indirectamente. Una ley injusta es una ley humana que no tiene su origen en la ley eterna y en el derecho natural. Toda norma que enaltece la personalidad humana es justa; toda norma que degrada la personalidad humana es injusta.Una ley es injusta si es impuesta a una minoría que, al denegársele el derecho a votar, no participó en la elaboración ni en la aprobación de la ley.

Todos los cristianos saben que, a la postre, el pueblo negro gozará de iguales derechos que los blancos; pero es posible que tengáis excesivas prisas religiosas. La cristiandad ha necesitado casi dos mil años para lograr lo que ahora tiene. Las enseñanzas de Cristo tardan en imponerse al mundo. Esta actitud procede de un trágico error en cuanto a lo que es el tiempo, de una noción curiosamente irracional a cuyo tenor hay, en el devenir del tiempo mismo, algo que inevitablemente cura todos los males. De hecho, el tiempo en sí es neutro; puede ser utilizado para la destrucción lo mismo que para construir. Se me ocurre cada vez más que los hombres de mala voluntad se han valido del tiempo con una eficacia muy superior a la demostrada al respecto por los hombres de buena voluntad. Tendremos que arrepentirnos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos. El progreso humano nunca discurre por la vía de lo inevitable. Es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a trabajar con Dios; y si suprimimos este esfuerzo denodado, el tiempo se convierte de por sí en aliado de las fuerzas del estancamiento social. Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es oportuno obrar rectamente. En este momento es hora de convertir en realidad palpable la promesa de democracia y de transformar nuestra indecisa elegía nacional en un salmo de hermandad creador. En este momento es hora de sacar nuestra política nacional de las arenas movedizas de la injusticia racial para plantarla sobre la firme roca de la dignidad humana.

Tildan ustedes nuestra actividad en Birmingham de extremada. Al principio quedé algo desconcertado por pensar que unos sacerdotes colegas míos pudiesen ver en mis esfuerzos no violentos la actuación de un extremista. Me puse a pensar acerca del hecho de que me encuentro situado en el centro de dos fuerzas opuestas de la comunidad negra. A un lado está la fuerza de la complacencia, compuesta, en parte, de negros que, tras largos años de opresión, han quedado tan faltos de todo sentido de la propia dignidad, tan despersonalizados, que se han adaptado a la segregación; y, en parte, de un puñado de negros de clase media que, debido a cierto grado de seguridad académica o económica, y porque, hasta cierto punto, sacan provecho de la segregación, se han desentendido de los problemas de las masas. La otra fuerza viene animada por el rencor y el odio, y se acerca peligrosamente a la defensa de la violencia. Trasunto suyo son los varios grupos nacionalistas negros que brotan por toda la nación, el más conocido y más numeroso de los cuales es el movimiento musulmán de Elijah Mohamed. Nutrido por la frustración del negro, hijo de la permanencia de la discriminación racial, este movimiento se compone de gentes que han perdido su fe en los Estados Unidos, que han repudiado definitivamente el cristianismo y que han llegado a la conclusión de que el blanco es un “demonio” incorregible. He tratado de mantenerme entre estas dos fuerzas, afirmando que no tenemos necesidad de imitar el inmovilismo de los complacientes ni el odio y la desesperación de los nacionalistas negros. Y es que ésta es la mejor forma de protesta amorosa y no violenta. Agradezco a Dios que haya hecho, por el conducto de la Iglesia negra, que la senda de la no violencia pasase a formar parte integrante de nuestro plan de lucha.

Si esta filosofía no hubiese surgido, estoy convencido de que actualmente muchas de las calles del Sur norteamericano estarían inundadas de sangre. Y estoy, además, convencido de que si nuestros hermanos blancos califican de “demagogos” y de “agitadores forasteros” a aquellos de entre nosotros que se valen de la acción directa no violenta, y si se niegan a apoyar nuestros esfuerzos no violentos, millones de negros, presa de la desesperación y de la frustración, buscarán refugio y albergue en las ideologías nacionalistas negras, lo cual, de acontecer, conduciría inevitablemente a una aterradora pesadilla racial. Los hombres oprimidos no pueden seguir estándolo de por vida. El anhelo de libertad acaba por manifestarse abiertamente, y esto es lo que ha ocurrido con el negro estadounidense. Hay algo dentro de él que le ha recordado que nacía con el derecho a la libertad; y algo, otra cosa fuera de él, le ha recordado que esta libertad podía ser conquistada. Consciente o inconscientemente, se ha dejado embargar por el Zeitgeist (2), y el negro norteamericano, unido a sus hermanos negros de África y a sus hermanos amarillos y cobrizos de Asia, América del Sur y el Caribe, marcha impregnado por un ansia que no puede esperar, hacia la Tierra prometida de la justicia racial. Si se reconoce esta necesidad vital que se ha apoderado de la comunidad negra, se tiene que comprender inmediatamente el porqué de las manifestaciones públicas actuales. El negro lleva dentro de sí muchos resentimientos concentrados y muchas frustraciones latentes, y tiene que liberarlos. Así que déjesele marchar; déjesele participar en procesiones pías en dirección al ayuntamiento; déjesele participar en los “viajes de la Libertad”, e inténtese comprender por qué siente la necesidad de hacerlo. Si sus emociones reprimidas no encuentran escape en actuaciones no violentas, buscarán una manifestación violenta. Con ello no formulo una amenaza; me limito a recordar enseñanzas de la historia. Por eso no he dicho a mi pueblo: “Abandonad vuestro descontento.” Antes bien, he tratado de decir que este descontento normal cuanto sano, puede encauzarse por la vía creadora de la acción directa no violenta. Y ahora, he aquí que se califica de extremista este punto de vista. Pero, a pesar de que me desconcertó inicialmente el sambenito de extremista, conforme seguía pensando acerca del asunto, fue entrándome cierta satisfacción por la etiqueta que se me colgaba. ¿Acaso no fue Jesús un extremista del amor?: “Amad a vuestros enemigos; perdonad a los que os vejan; haced el bien a los que os odian y rezad por los que abusan maliciosamente de vosotros y os persiguen.” Y Amós, un extremista de la justicia: “Dejad que la justicia discurra como el agua y que la equidad corra como un inagotable manantial.” Y Pablo, un extremista del Evangelio cristiano: “Llevo en mi cuerpo las señales de nuestro Señor Jesucristo.” Y Martín Lutero, un extremista: “A lo dicho me atengo; no puedo obrar de otra manera: que Dios venga en mi ayuda.” Y John Bunyan: “Permanecería en la cárcel hasta el final de mis días antes que asesinar mi conciencia.” Y Abraham Lincoln: “Esta nación no puede sobrevivir esclava a medias y libre a medias.” Y Thomas Jefferson: “Para nosotros hay verdades evidentes de suyo, y una de ellas es que todos los hombres fueron creados iguales […].” Así que el problema no estriba en saber si hemos de ser extremistas, sino en la clase de extremistas que seremos. ¿Llevaremos nuestro extremismo hacia el odio o hacia el amor? ¿Pondremos el extremismo al servicio de la conservación de la injusticia o de la difusión de la justicia? En la dramática escena del Gólgota fueron crucificados tres hombres. Nunca hemos de olvidar que los tres fueron crucificados por el mismo delito: el delito del extremismo. Dos de ellos eran extremistas de la inmoralidad, y por eso cayeron más bajo que el mundo que les rodeaba. El otro, Jesucristo, era un extremista del amor, de la verdad y de la bondad, y por eso se elevó por encima del mundo que le rodeaba. Bien podría ser que el Sur, la nación y el mundo necesiten muchísimo de extremistas creadores.

Esperé que el blanco moderado se percataría de esta necesidad. Quizás pequé de excesivo optimismo; quizás fueran excesivas mis esperanzas. Supongo que debía haberme dado cuenta de que pocos son los miembros de la raza opresora capaces de comprender la profundidad de los gemidos y la pasión de los deseos de la raza oprimida, y aún son menos los capaces de ver que la injusticia necesita ser extirpada mediante una acción poderosa, persistente y decidida. Estoy, sin embargo, agradecido a algunos de nuestros hermanos blancos del Sur por haber captado el sentido de esta revolución social y haberse puesto a su servicio. Todavía son demasiado pocos en cuanto al número, pero grande es su calidad. Algunos, como, por ejemplo, Ralph McGill, Lillian Smith, Harry Golden, James McBride Dabbs, Ann Braden y Sarah Patton Boyle, han escrito acerca de nuestra lucha con palabras elocuentes y proféticas. Otros han marchado con nosotros por las calles anónimas del Sur; se han consumido en cárceles sucias e infestadas de parásitos, sufriendo los insultos y los malos tratos de policías para quienes ellos eran “despreciables negrazófilos”. Frente a lo que solían hacer sus hermanos y hermanas moderados, ellos reconocieron la urgencia de actuar y sintieron la necesidad de poderosos antídotos “activos” para combatir la enfermedad segregacionista.

Déjenme apuntarles otra razón fundamental de mi desencanto. ¡Cuán grande ha sido éste en lo que hace a la Iglesia blanca y a sus ministros! Cierto es que existen algunas excepciones notables. No desconozco el hecho de que cada uno de ustedes ha adoptado algunas actitudes significativas acerca del particular. Le aplaudo a usted, reverendo Stallings, por su actitud cristiana el domingo pasado, al dar la bienvenida a los negros en el oficio dominical, aceptando el principio de la integración. Aplaudo a los líderes católicos de este estado por haber integrado hace ya varios años el Spring Hill College.

Pero, aparte de estas importantes excepciones, tengo que reiterar honradamente que la Iglesia me ha defraudado. No lo digo como lo diría uno de esos críticos negativos que siempre saben encontrar algo equivocado en la Iglesia. Lo digo en mi calidad de ministro del Evangelio, que ama a la Iglesia; en mi calidad de eclesiástico amamantado en su pecho; que se ha sostenido gracias a sus bendiciones espirituales y que seguirá siendo leal mientras le quede un hálito de vida. Cuando de pronto me vi lanzado al liderato de la protesta de los autobuses en Montgomery (Alabama), hace de esto unos años, pensé que gozaría del apoyo de la Iglesia blanca. Pensé que los ministros, sacerdotes y rabinos blancos del Sur se contarían entre nuestros más firmes aliados. Mas, he aquí que algunos de ellos han sido incluso enemigos, negándose a comprender el movimiento de la libertad y formándose una idea equivocada de sus líderes. En cuanto a los demás, han sido demasiados los que se han mostrado más precavidos que valientes y que han permanecido silenciosos detrás de la cloroformizante seguridad de las piadosas vidrieras. A pesar de ver quebrantados mis sueños, acudí a Birmingham con la esperanza puesta en que la dirección religiosa blanca de esta comunidad se percataría de la justicia de nuestra causa y haría, cumpliendo un profundo deber moral, de canal por el que podríamos encauzar nuestras justas quejas hacia las esferas del poder. Esperé que cada uno de ustedes comprendería. Y de nuevo vino el desencanto.

He oído a muchos dirigentes religiosos del Sur aconsejar a sus feligreses que acatasen una sentencia integracionista porque así lo quería la ley. Pero hubiese querido oír a los eclesiásticos blancos declarar: “Acatad este decreto porque la integración es moralmente justa y porque el negro es vuestro hermano.” En medio de las injusticias palmarias infligidas al negro, he visto a los ministros de la religión blancos permanecer al margen mientras formulaban frases piadosas que no hacían al caso y trivialidades mojigatas. En medio de la grandiosa contienda sostenida por librar a nuestra nación de la injusticia racial y económica, he oído a muchos ministros decir: “Son estos problemas sociales con los que el Evangelio no está realmente relacionado.” Y he observado cómo varias iglesias se consagran a una religión perteneciente desde todo punto de vista a un mundo distinto al nuestro; una religión que discrimina curiosamente, de modo antibíblico, entre el cuerpo y el alma, lo sagrado y lo laico. He viajado por todas partes en Alabama, Mississippi y todos los demás estados del Sur. En bochornosos días de verano y en diáfanas mañanas otoñales, me he quedado mirando las bellas iglesias del Sur con sus elevados campanarios apuntando al cielo. He visto las impresionantes siluetas de sus enormes instituciones dedicadas a la enseñanza confesional. Siempre acababa preguntándome: “¿Qué clase de personas viene aquí? ¿Quién es su Dios? ¿Dónde estaban sus voces cuando salieron de los labios del gobernador Barnett palabras de obstaculización y de anulación? ¿Dónde estaban cuando el gobernador Wallace tocó a rebato dando la señal para desencadenar el odio y la provocación? ¿Dónde estaban sus palabras de apoyo cuando hombres y mujeres negros, magullados y cansados, decidieron abandonar las oscuras mazmorras de la complacencia y pasar a las luminosas colinas de la protesta creadora?” Sí, sigo preguntándome todo esto. Profundamente desalentado, he llorado sobre la laxitud de la Iglesia. Pero sepan que mis lágrimas fueron lágrimas de amor. No cabe un profundo desaliento sino donde falta un amor profundo. Sí, amo a la Iglesia. ¿Cómo iba a no ser así? Me encuentro en la situación harto frecuente de ser hijo, nieto y bisnieto de predicadores. Sí, la Iglesia es para mí el cuerpo de Cristo. Mas, ¡ay!, cómo hemos envilecido y herido este cuerpo con la negligencia social y con el temor de convertirnos en posibles miembros disconformes.

Hubo una época en que la Iglesia fue muy poderosa: cuando los cristianos primitivos se regocijaban de que se les considerase dignos de sufrir por sus convicciones. En aquella época, la Iglesia no era mero termómetro que medía las ideas y los principios de la opinión pública. Era más bien, un termostato que transformaba las costumbres de la sociedad. Dondequiera que un cristiano penetrase en una ciudad, las personas que entonces detentan las riendas del poder, se perturbaban e inmediatamente trataban de procesar a los cristianos por ser “perturbadores de la paz” y “agitadores forasteros”. Pero los cristianos no cejaron en su empeño, convencidos de que eran “una colonia celestial”, destinados a obedecer a Dios antes que al hombre. Su número era limitado, pero grande su entrega. Estaban demasiado ebrios de Dios para sentirse “astronómicamente intimidados”. Con su esfuerzo y su ejemplo pusieron fin a prejuicios tan remotos como el abominable infanticidio y los funestos combates de gladiadores. En la actualidad todo ocurre de modo muy distinto. Y es que la Iglesia contemporánea es a menudo una voz débil y sin timbre, de sonido incierto. Es que a menudo es defensora a todo trance del status quo. En vez de sentirse perturbada por la presencia de la Iglesia, la estructura del poder de la comunidad se beneficia del espaldarazo tácito y aún, a veces, verbal, de la Iglesia a la situación imperante.

Pero el juicio de Dios rige para la Iglesia más que nunca. Si la iglesia de hoy no recobra el espíritu de sacrificio de la Iglesia primitiva, perderá su autenticidad, echará a perder la lealtad de millones de personas y acabará desacreditada como si se tratara de algún club social irrelevante, desprovisto de sentido para el siglo XX. Todos los días me encuentro con jóvenes cuyo desengaño por la actitud de la Iglesia se ha convertido en auténtico asco. Puede que también esta vez me haya pasado de optimista. ¿Acaso está la religión demasiado vinculada al status quo como para salvar a nuestra nación y al mundo? Es posible que tenga que polarizar mi fe en la Iglesia espiritual interior, en la Iglesia dentro de la Iglesia, como verdadera ekklesia y esperanza del orbe. Pero agradezco nuevamente a Dios que algunas almas nobles de las filas de la religión organizada hayan roto las cadenas paralizantes del conformismo y se hayan unido a nosotros en calidad de asociados activos en la lucha por la libertad. Abandonaron sus tranquilas congregaciones y marcharon con nosotros por las calles de Albany. Han descendido por las autopistas del Sur participando en unos “viajes de la Libertad”, por cierto sembrados de obstáculos. Sí, fueron a la cárcel con nosotros; algunos de ellos perdieron sus parroquias, quedaron sin el apoyo de sus obispos y de sus colegas eclesiásticos. Pero obraron creyendo que la razón derrotada puede más que la sinrazón triunfante. Su testimonio ha sido la sal espiritual que ha conservado el verdadero significado del Evangelio en estos tiempos de turbación. Han cavado un túnel de esperanza en la negra montaña del desconcierto.

Espero que la Iglesia en conjunto salga a la palestra en esta hora decisiva. Pero, aunque la Iglesia no acuda en ayuda de la justicia, no pierdo mis esperanzas acerca del futuro. No abrigo ningún temor acerca del resultado de nuestra lucha en Birmingham, aunque haya sido dada una interpretación equivocada de nuestros motivos. Alcanzaremos la meta de la libertad en Birmingham y en toda la nación, porque la meta de Norteamérica es libertad. Por más que se nos insulte y se haga burla de nosotros, nuestro destino va unido al de Estados Unidos. Antes de que los peregrinos arribasen a Plymouth, estábamos aquí. Antes de que la pluma de Jefferson escribiera las majestuosas palabras de la Declaración de Independencia en las páginas de la historia, estábamos aquí. Durante más de dos siglos, nuestros antecesores trabajaron en este país sin cobrar salario alguno; hicieron rey al algodón; edificaron las mansiones de sus amos mientras sufrían una injusticia flagrante y padecían una humillación abyecta y, sin embargo, gracias a una vitalidad sin límites, siguieron progresando y multiplicándose. Si las inenarrables crueldades de la esclavitud no pudieron detenernos, menos podrá hacerlo la oposición que tenemos ahora frente a nosotros. Conquistaremos nuestra libertad porque el sagrado legado de nuestra nación y la eterna voluntad de Dios están plenamente integrados en nuestras exigencias.

Antes de terminar, me siento obligado a citar otro punto de la declaración hecha por ustedes que me ha turbado profundamente. Aplaudieron ustedes con calor a la policía de Birmingham por mantener “el orden” y “prevenir la violencia”. Dudo que aplaudiesen tan fervorosamente a la fuerza policiaca de haber visto a sus perros hincar sus colmillos en negros inermes, no violentos. Dudo que aplaudiesen con tanto fervor a los policías de haber observado el horrible e inhumano trato que deparan a los negros aquí, en la cárcel de la ciudad; si les viesen empujar e insultar a las ancianas negras y a las muchachas negras; si les viesen abofetear y golpear a los viejos y a los muchachos negros; si observasen cómo —según hicieron en dos ocasiones— se negaban a darnos de comer porque queríamos cantar para bendecir la mesa juntos. No puedo unirme a ustedes en su alabanza a la policía de Birmingham. Es cierto que la policía ha demostrado cierta capacidad de disciplina en su trato a los manifestantes. En este sentido, se han comportado más bien de modo “no violento” en público. Pero, ¿por qué? Para preservar el perjudicial sistema de la segregación. Durante los últimos años he predicado sin cesar que la no violencia requiere que los medios de que nos valemos sean tan puros como las metas que nos proponemos alcanzar. He tratado de dejar claramente establecido que está mal valerse de medios inmorales para lograr fines morales. Pero ahora he de afirmar que tan mal está, y quizás aún sea peor, valerse de medios morales para la consecución de fines inmorales. Es posible que el señor Connor y sus policías se hayan mostrado más bien no violentos en público como hiciera el jefe de policía Pritchett en Albany (Georgia), pero han utilizado los medios morales que les brinda la no violencia para mantener la meta inmoral de la injusticia racial. Como dijera el gran escritor T. S. Eliot: “La última tentación es la mayor de las traiciones: obrar bien por malos motivos.”

Hubiese preferido que aplaudiesen a los negros que participaban en los sit-ins y en las manifestaciones de Birmingham, rindiendo así homenaje a su valor sublime, a su aceptación del martirio y su increíble disciplina ante tamaña provocación. Algún día reconocerá el Sur cuáles son sus verdaderos héroes. Se citarán a los James Meredith, con el noble sentido de la misión propia que les arma para enfrentarse a muchedumbres vociferantes y hostiles, y con esa oprimente sensación de soledad que caracteriza la vida del pionero. Se citarán las mujeres negras oprimidas, de edad provecta, desgastadas, simbolizadas por aquella anciana de setenta y dos años que en Montgomery (Alabama) se alzó, movida por su sentido de la dignidad, y decidió con los suyos no viajar más en autobuses segregados, y que respondió con espontánea profundidad a alguien que le preguntaba acerca de su cansancio: “Tengo los pies cansados, pero mi alma descansa.” Se hablará de los jóvenes alumnos de los institutos y de los estudiantes universitarios; de los jóvenes ministros del Evangelio y de toda una pléyade de sacerdotes mayores que ellos, que se sientan en las secciones alimenticias de los almacenes, valientemente y adhiriéndose a la no violencia, a la vez que dispuestos a ingresar en la cárcel porque así se lo pide su conciencia. Día llegara en que el Sur se entere de que, cuando aquellos hijos desheredados de Dios se sentaban en los snack-bar de las galerías, de hecho estaban defendiendo lo mejor del sueño norteamericano y los valores más sagrados de nuestro legado judeocristiano, reconduciendo así nuestra nación a los grandes pozos de la democracia, profundamente cavados por los padres de la nación norteamericana en su formulación de la Constitución y de la Declaración de la Independencia.

Nunca antes escribí una carta tan larga. Me temo que sea demasiado larga, teniendo en cuenta lo cargados que están sus horarios. Les aseguro que hubiese sido mucho más corta si la hubiese escrito detrás de un cómodo despacho, pero, ¿qué puede hacer uno cuando está solo en una estrecha celda de la prisión, como no sea escribir largas cartas, desentrañar profundos pensamientos y rezar interminables oraciones? Si hay en esta carta algo que exagera la verdad e indica una impaciencia poco razonable, les pido que me perdonen por ello. Si hay en ella algo que minimiza la verdad e indica que es tanta mi paciencia que me conformo con algo menor que la fraternidad, pido a Dios, bien sinceramente, que me perdone.

Espero que esta carta les halle firmes en su fe. Espero también que las circunstancias me permitirán no tardar mucho en reunirme con cada uno de ustedes no como integracionista ni como líder del movimiento de los derechos civiles, sino en calidad de eclesiástico y de hermano cristiano. Esperemos todos que los oscuros nubarrones del prejuicio racial se alejen pronto y que la densa niebla de la interpretación torcida se apartará de nuestras comunidades presas de miedo, y que algún día no lejano las refulgentes estrellas del amor y de la fraternidad iluminarán nuestra nación con toda su deslumbrante belleza.

Me despido de ustedes, quedando suyo en la causa de la paz y la fraternidad.


Martin Luther King



Martin Luther King, Jr (Atlanta, 1929 - Memphis, 1968) fue un pastor de la iglesia bautista que desarrolló una labor crucial en EEUU al frente del Movimiento por los derechos civiles para los afroamericanos y que, además, participó como activista en numerosas protestas contra la Guerra del Vietnam y la pobreza en general. Tuvo un enfrentamiento en Birmingham, donde su propósito era acabar con la explotación laboral de los negros, y le encarcelaron. Un grupo de sacerdotes escribió al periódico local afirmando que era un intruso que sólo creaba problemas. Decían que la batalla contra la segregación racial debía tener lugar en los tribunales y no en la calle. King reunió algunos trozos de papel que encontró: bolsas, márgenes de periódicos (porque no tenía derecho a escribir, no se lo permitían desde la cárcel) y escribió todo lo que pensaba. La carta es extensa, pero su valor es inestimable.

Carta extraída de la web de Víctor Maldonado. Derechos de autor ©2003 de PRIMEDIA Enthusiast Publications Inc.




26 Abril, 1954

Querida Bárbara

No me gusta estar aquí, no me gusta la gente. Me gusta mi hogar (NY), me gustas tú y quiero verte. ¿Siempre tengo que ser un miserable? Trato tan duramente a las personas que me rechazan. ¿Por qué? No quiero escribir esta carta. Sería mejor permanecer en silencio. ¡Wow! Estoy jodido.

Llegué aquí el jueves, fuí al desierto el sábado, y esta última semana a San Francisco. NO SÉ DONDE ESTOY. Alquilé un coche durante 2 semanas y me costó 138,00 dólares. ME QUIERO MORIR. (...)

Estoy jodido. No tengo moto, no tengo chica. CARIÑO (...) No he encontrado un lugar para vivir, sin embargo, sigo viviendo con mi padre. CARIÑO. Kazan me mandó aquí para que me bronceara, pero no he visto el sol todavía (...). Me veo como una ciruela pasa. No huyas de casa a una edad muy temprana, o estarás tomando vitaminas el resto de su vida. (...) Estaré pronto en casa. Escríbeme, por favor. La mayor parte del tiempo estoy triste. Terriblemente solo también. (...)

Te quiero.

James Dean


Mi dirección es (la de mi padre),
1667 So. Bundy Drive
LA 25, Calif.


El 8 de abril de 1954, James Dean (EEUU, 1931 – 1955) salió de Nueva York y se fue a Los Angeles para rodar la película "Al este del Edén". Este cambio de sitio le sentó mal, y escribió esta angustiosa carta a su novia Barbara Glenn. "Al este del Edén" se estrenó en marzo de 1955, seis meses antes de la muerte de Dean en un accidente de coche.

Fuente: Letters of Note (Carta original manuscrita)
Diciembre 21, 1970

Querido Sr. Presidente:

Primero me gustaría presentarme. Soy Elvis Presley, le admiro y le tengo gran respeto por su trabajo. Hablé con el vicepresidente Agnew en Palm Strings hace tres semanas, y le expresé mi preocupación por nuestro país. La cultura de la droga, los elementos hippies, la SDS, Panteras Negras, etc, no me consideran su enemigo, o un enemigo del establishment, como ellos lo llaman. Yo lo llamo América y me gusta.

Señor, puedo y quiero estar a su disposición para ayudar al país. No tengo ni preocupación ni motivos que no sean otros que ayudar al país. Por ello no quiero que me den ningún título o posición determinada. Podría y desearía ser más útil si fuera hecho un agente federal sin limitaciones, y ayudaría haciéndolo a mi manera a través de mi comunicación con personas de todas las edades. Antes que nada, soy un artista del entretenimiento, pero todo lo que necesito son las credenciales federales. Estoy en este plano con el senador George Murphy y hemos estado discutiendo los problemas a los que se enfrenta nuestro país.

Señor, me alojo en el Hotel Washington, habitaciones 505-506-507. Tengo a dos hombres que trabajan para mí llamados Jerry Schilling y Sonny West. Estoy registrado bajo el nombre de Jon Burrows. Estaré aquí tanto tiempo como sea necesario para obtener las credenciales de agente federal. He hecho un profundo estudio en abuso de drogas y en las técnicas comunistas de lavado de cerebro, y estoy justo en el medio de todo el asunto, donde puedo y quiero hacer lo mejor.

Estoy muy complacido de ayudar mientras esto se mantenga en secreto. Puede ordenar a su personal o a quien sea que me llame a cualquier hora hoy, esta noche, o mañana. Este año, he sido nominado como uno de los Diez Jóvenes Más Destacados de América. Eso será en enero 18 en mi ciudad natal de Memphis, Tennesee. Le estoy enviando una corta autobiografía mía para que pueda entender mejor esta aproximación. Me encantaría encontrarme con usted aunque sólo sea para saludarlo, si no está muy ocupado.

Respetuosamente

Elvis Presley

P.S.: Creo que usted, señor, fue también nominado como uno de los más Destacados Hombres de América. Tengo un regalo personal para usted, que me gustaría entregarle y que aceptase, o lo guardaré hasta que pueda recogerlo.

http://cartasfamosas.blogspot.com/search?updated-max=2010-08-24T11:56:00-07:00&max-results=7
COMUNICACIÓN, CULTURA Y SOCIEDAD
¿Podremos vivir juntos?
ALAIN TOURAINE
El presente fragmento pertenece al libro "Podremos vivir juntos", Alain Touraine
(FCE, Buenos Aires 1998)






Las informaciones, como los capitales y las mercancías, atraviesan las fronteras. Lo que estaba alejado se acerca y el pasado se convierte en presente. El desarrollo ya no es la serie de etapas a través de las cuales una sociedad sale del subdesarrollo, y la modernidad ya no sucede a la tradición; todo se mezcla; el espacio y el tiempo se comprimen. En vastos sectores del mundo se debilitan los controles sociales y culturales establecidos por los estados, las iglesias, las familias o las escuelas, y la frontera entre lo normal y lo patológico, lo permitido y lo prohibido, pierde su nitidez. ¿No vivimos en una sociedad mundializada, globalizada, que invade en todas partes la vida privada y pública de la mayor cantidad de personas? Por lo tanto, la pregunta planteada, "¿podremos vivir juntos"? , parece exigir en primer lugar una respuesta simple y formulada en presente: ya vivimos juntos. Miles de millones de individuos ven los mismos programas de televisión, toman las mismas bebidas, usan la misma ropa y hasta emplean, para comunicarse de un país a otro, el mismo idioma. Vemos cómo se forma una opinión pública mundial que debate en vastas asambleas internacionales, en Río o en Pekín, y que en todos los continentes se preocupa por el calentamiento del planeta, los efectos de las pruebas nucleares o la difusión del sida.
¿Basta con ello para decir que pertenecemos a la misma sociedad o la misma cultura? Ciertamente no. Lo característico de los elementos globalizados, ya se trate de bienes de consumo, medios de comunicación, tecnología o flujos financieros, es que están separados de una organización social particular. El significado de la globalización es que algunas tecnologías, algunos instrumentos, algunos mensajes, están presentes en todas partes, es decir, no están en ninguna, no se vinculan a ninguna sociedad ni a ninguna cultura en particular, como lo muestran las imágenes, siempre atractivas para el público, que yuxtaponen el surtidor de nafta y el camello, la Coca Cola y la aldea andina, el blue yean y el castillo principesco. Esta separación de las redes y las colectividades, esta indiferencia de los signos de la modernidad al lento trabajo de socialización que cumplen las familias y las escuelas, en una palabra, esta desocialización de la cultura de masas, hace que sólo vivamos juntos en la medida en que hacemos los mismos gestos y utilizamos los mismos objetos, pero sin ser capaces de comunicarnos entre nosotros más allá del intercambio de los signos de la modernidad. Nuestra cultura ya no gobierna nuestra organización social, la cual, a su vez, ya no gobierna la actividad técnica y económica. Cultura y economía, mundo instrumental y mundo simbólico, se separan.
En lugar de que nuestras pequeñas sociedades se fundan poco a poco en una vasta sociedad mundial, vemos deshacerse ante nuestros ojos los conjuntos a la vez políticos y territoriales, sociales y culturales, que llamábamos sociedades, civilizaciones o simplemente países. Vemos cómo se separan, por un lado, el universo objetivado de los signos de la globalización y, por el otro, conjuntos de valores, de expresiones culturales, de lugares de la memoria que ya no constituyen sociedades en la medida en que quedan privados de su actividad instrumental, en lo sucesivo globalizada, y que, por lo tanto, se cierran sobre sí mismos dando cada vez más prioridad a los valores sobre las técnicas, a las tradiciones sobre las innovaciones.
A fines del siglo pasado, en plena industrialización del mundo occidental, los sociólogos nos enseñaron que pasábamos de la comunidad, encerrada en su identidad global, a la sociedad, cuyas funciones se diferenciaban y racionalizaban. La evolución que hoy vivimos es casi la inversa. De las ruinas de las sociedades modernas y sus instituciones salen por un lado redes globales de producción, consumo y comunicación y, por el otro, crece un retorno a la comunidad. Habíamos sido testigos del ensanchamiento del espacio público y político; ¿no se desintegra ahora bajo los efectos opuestos de la tendencia a la privatización y el movimiento de globalización?
Es cierto que vivimos un poco juntos en todo el planeta, pero también lo es que en todas partes se fortalecen y multiplican los agrupamientos comunitarios, las asociaciones fundadas en una pertenencia común, las sectas, los cultos, los nacionalismos, y que las sociedades vuelven a convertirse en comunidades al reunir estrechamente en el mismo territorio sociedad, cultura y poder, bajo una autoridad religiosa, cultural, étnica o política a la que podría llamarse carismática porque no encuentra su legitimidad en la soberanía popular o la eficacia económica y ni siquiera en la conquista militar, sino en los dioses, los mitos o las tradiciones de una comunidad. Cuando estamos todos juntos, no tenemos casi nada en común, y cuando compartimos unas creencias y una historia rechazamos a quienes son diferentes de nosotros.
Sólo vivimos juntos al perder nuestra identidad; a la inversa, el retorno de las comunidades trae consigo el llamado a la homogeneidad, la pureza, la unidad, y la comunicación es reemplazada por la guerra entre quienes ofrecen sacrificios a dioses diferentes, apelan a tradiciones ajenas u oponen las unas a la otras, y a veces hasta se consideran biológicamente diferentes de los demás y superiores a ellos. La idea tan seductora del melting pot mundial que haría de nosotros los ciudadanos de un mundo unido no merece ni el entusiasmo ni los insultos que suscita con tanta frecuencia; está tan alejada de la realidad observable, aun en los Estados Unidos, que no es otra cosa que la ideología muelle de los empresarios de espectáculos mundiales.
Quienes hablan de imperialismo estadounidense u occidental en lugar de globalización cometen el mismo error que los moralistas optimistas, en la medida en que la sociedad estadounidense es una de las más disociadas que existen, entre redes globales y comunidades cerrada sobre sí mismas. Si bien muchas redes mundiales tienen su centro en Los Angeles, esta zona urbana no es ni una ciudad ni una sociedad sino un conjunto de guetos o comunidades ajenas las unas a las otras, atravesadas por autopistas. Aunque esto también se da en Nueva York, esta ciudad presenta todavía las formas de vida urbana que las civilizaciones pasadas legaron en todos los continentes, y en especial en Europa. Cromo el imaginario vehiculizado por las comunicaciones masivas es cada vez más de origen americano, una parte de nosotros se americaniza, como mañana podría japonizarse o pasado mañana brasileñizarse, y ello con tanta más facilidad porque esas imágenes no se transforman en modelos de conducta y en motivaciones: cuando más masivamente y sin relevos sociales se transmite un mensaje, menos modifica las conductas. Es inmensa la distancia entre los habitantes de los tugurios de Calcuta o de una aldea perdida del altiplano boliviano y las películas de Hollywood que ven. Lo que hay que percibir no es una mutación acelerada de las conductas sino la fragmentación creciente de la experiencia de individuos que pertenecen simultáneamente a varios continentes y varios siglos: el yo ha perdido su unidad, se ha vuelto múltiple.
¿Cómo podremos vivir juntos si nuestro mundo está dividido en al menos dos continentes cada vez más alejados entre sí, el de las comunidades que se defienden contra la penetración de los individuos, las ideas, las costumbres provenientes del exterior, y aquel cuya globalización tiene como contrapartida un débil influjo sobre las conductas personales y colectivas?
Algunos responderán que siempre fue así, que todas las sociedades conocieron una oposición entre la calle y la casa, como dicen los brasileños, entre la vida pública y la vida privada. La idea clásica de laicismo separaba y combinaba el espacio público que debía estar regido por la ley del padre y la razón, y el espacio privado en que podía mantenerse la autoridad de la madre, la tradición y las creencias. Pero esta complementariedad descansaba a la vez sobre la extensión limitada de la vida pública y el mantenimiento de géneros de vida locales, y sobre una jerarquización social que reservaba esa vida pública a las categorías superiores; una y otra desaparecieron. La cultura de masas penetra en el espacio privado, ocupa una gran parte de él y, como reacción, refuerza la voluntad política y social de defender una identidad cultural, lo que conduce a la recomunitarización. La desocialización de la cultura de masas nos sumerge en la globalización pero también nos impulsa a defender nuestra identidad apoyándonos sobre grupos primarios y reprivatizando una parte y a veces la totalidad de la vida pública, lo que nos hace participar a la vez en actividades completamente volcadas hacia el exterior e inscribir nuestra vida en una comunidad que nos impone sus mandamientos. Nuestros sabios equilibrios entre la ley y la costumbre, la razón y la creencia, se derrumban como los estados nacionales, por un lado invadidos por la cultura de masas y por el otro fragmentados por el retorno de las comunidades. Nosotros, que desde hace mucho estamos acostumbrados a vivir en sociedades diversificadas, tolerantes, en que la ley garantiza las libertades personales, nos sentimos más atraídos por la sociedad de masas que por las comunidades, siempre autoritarias. Pero el vigoroso retorno de éstas se observa también en nuestras sociedades, y lo que llamamos prudentemente minorías tiende a afirmar su identidad y a reducir sus relaciones con el resto de la sociedad.
Estamos atrapados en un dilema. O bien reconocemos una plena independencia a las minorías y las comunidades y nos contentamos con hacer respetar las reglas de juego, los procedimientos que aseguran la coexistencia pacífica de los intereses, las opiniones y las creencias, pero renunciamos entonces, al mismo tiempo, a la comunicación entre nosotros, puesto que ya no nos reconocemos nada en común salvo no prohibir la libertad de los otros y participar con ellos en actividades puramente instrumentales, o bien creemos que tenemos valores en común, más bien morales, como estiman los estadounidenses, más bien políticos, como estiman los franceses, y nos vemos llevados a rechazar a quienes no los comparten, sobre todo si les atribuimos un valor universal. O bien vivimos juntos sin comunicarnos de otra manera que impersonalmente, por señales técnicas, o bien sólo nos comunicamos dentro de comunidades que se cierran tanto más sobre sí mismas por sentirse amenazadas por una cultura de masas que les parece ajena. Esta contradicción es la misma que vivimos durante nuestra primera gran industrialización, a fines del siglo XIX y hasta la guerra de 1914. La dominación del capital financiero internacional y la colonización entrañó el ascenso de los nacionalismos comunitarios, a la vez en países industriales como Alemania, Japón o Francia, y en países dominados, cuyas revoluciones antiimperialistas a menudo habrían de conducir, en el transcurso del siglo XX, a comunitarismos totalitarios.
¿Estamos ya reviviendo la historia de esa ruptura de las sociedades nacionales en beneficio, por un lado, de los mercados internacionales y, por el otro, de los nacionalismos agresivos? Esta ruptura entre el mundo instrumental y el mundo simbólico, entre la técnica y los valores, atraviesa toda nuestra experiencia, de la vida individual a la situación mundial. Somos a la vez de aquí y de todas partes, es decir, de ninguna. Se debilitaron los vínculos que, a través de las instituciones, la lengua y la educación, la sociedad local o nacional establecía entre nuestra memoria y nuestra participación impersonal en la sociedad de producción, y nos quedamos con la gestión, sin mediaciones ni garantías, de dos órdenes separados de experiencia. Lo que hace pesar sobre cada uno de nosotros una dificultad creciente para definir nuestra personalidad que, en efecto, pierde irremediablemente toda unidad a medida que deja de ser un conjunto coherente de roles sociales. Con frecuencia, esa dificultad es tan grande que no la soportamos y procuramos escapar a un yo demasiado débil, demasiado desgarrado, mediante la huida, la autodestrucción o la diversión agotadora.
Lo que denominábamos política, la gestión de los asuntos de la ciudad o la nación, se desintegró de la misma manera que el yo individual. Gobernar un país consiste hoy, ante todo, en hacer que su organización económica y social sea compatible con las exigencias del sistema económico internacional, en tanto las normas sociales se debilitan y las instituciones se vuelven cada vez más modestas, lo que libera un espacio creciente para la vida privada y las organizaciones voluntarias. ¿Cómo podría hablarse aún de ciudadanía y de democracia representativa cuando los representantes electos miran hacia el mercado mundial y los electores hacia su vida privada? El espacio intermedio ya no está ocupado más que por llamamientos cada vez más conservadores a valores e instituciones que son desbordadas por nuestras prácticas.
Los medios ocupan un lugar creciente en nuestra vida, y entre ellos la televisión conquistó una posición central porque es la que pone más directamente en relación la vivencia más privada con la realidad más global, la emoción ante el sufrimiento o la alegría de un ser humano con las técnicas científicas o militares más avanzadas. Relación directa que elimina las mediaciones entre el individuo y la humanidad y, al descontextualizar los mensajes, corre el riesgo de participar activamente en el movimiento general de desocialización. La emoción que todos experimentamos ante las imágenes de la guerra, el deporte o la acción humanitaria no se transforma en motivaciones y tomas de posición. No somos espectadores mucho más comprometidos cuando miramos los dramas del mundo que cuando observamos la violencia en el cine o la televisión. Una parte de nosotros mismos se baña en la cultura mundial, mientras que otra, privada de un espacio público en el que se formen y apliquen las normas sociales, se encierra, ya sea en el hedonismo, ya en la búsqueda de pertenencias inmediatamente vividas. Vivimos juntos, pero a la vez fusionados y separados, como en la "muchedumbre solitaria" evocada por David Riesman, y cada vez menos capaces de comunicación. Ciudadanos del mundo sin responsabilidades, derechos o deberes por una parte y, por la otra, defensores de un espacio privado que invade un espacio público sumergido por las olas de la cultura mundial. Así se debilita la definición de los individuos y los grupos por sus relaciones sociales, que hasta ahora dibujaba el campo de la sociología, cuyo objeto era explicar las conductas mediante las relaciones sociales en las cuales estaban implicados los actores.
Aún ayer, para comprender una sociedad procurábamos definir sus relaciones sociales de producción, sus conflictos, sus métodos de negociación; hablábamos de dominación, de explotación, de reforma o de revolución. Hoy sólo hablamos de globalización o exclusión, de distancia social creciente o, al contrario, de concentración del capital o de la capacidad de difundir mensajes y formas de consumo. Habíamos adquirido la costumbre de situarnos unos con respecto a otros en escalas sociales, de calificación, de ingresos, de educación o de autoridad; hemos reemplazado esa visión vertical por una visión horizontal: estamos en el centro o en la periferia, adentro a afuera, en la luz o en la sombra. Localización que ya no recurre a unas relaciones sociales de conflicto, cooperación o compromiso y da una imagen astronómica de la vida social, como si cada individuo y cada grupo fueran una estrella o una galaxia definida por su posición en el universo.
La experiencia cotidiana de esta disociación creciente entre el mundo objetivado y el espacio de la subjetividad sugiere en primer lugar unas respuestas que hay que mencionar, aunque no aporten una contestación a las preguntas: ¿Cómo puedo comunicarme con otros y vivir con ellos? ¿Cómo podemos combinar nuestras diferencias con la unidad de una vida colectiva?
La primera respuesta, la más débil, es la ya mencionada: procura hacer revivir los modelos sociales pasados. Apela a la conciencia colectiva y la voluntad general, a la ciudadanía y la ley. ¿Pero cómo puede detener el doble movimiento de globalización y privatización que debilita las antiguas formas de vida social y política? Aunque los estadounidenses, como neotocquevillianos, hablen de valores morales, o los franceses, como neorrepublicanos, de ciudadanía, se trata más de rechazos que de afirmaciones y, por consiguiente, de ideologías que, creadas para acoger, conducen a excluir a quienes no las reivindican.
La segunda respuesta se opone a la primera. No sólo hay que aceptar esta ruptura que ustedes parecen deplorar, nos dice, sino acelerarla y vivirla como una liberación. Dejamos de ser definidos por nuestra situación social e histórica: tanto mejor; nuestra imaginación creadora ya no tendrá límites, podremos circular libremente por todos los continentes y todos los siglos; somos posmodernos. Como la disociación de la instrumentalidad y la identidad está en el corazón de nuestra experiencia personal y colectiva, de alguna manera, en efecto, todos somos posmodernos. En primer lugar, porque creemos cada vez menos en la vocación histórica de una clase o una nación, en la idea de progreso o en el fin de la historia, y porque nuestra reivindicación, como lo decía un ecologista en una de nuestras investigaciones, ya no es vivir mañana mejor que hoy, sino de otra manera. Sin embargo, la seducción de lo posmoderno no es grande salvo cuando se ejerce en dominios cercanos a la expresión cultural; se debilita cuando se aproxima a las realidades sociales, puesto que si la decadencia de lo político se acepta sin reservas, sólo el mercado regulará la vida colectiva. Si aceptamos la desaparición de los controles sociales de la economía, ¿cómo evitar que el fuerte aplaste al débil o que aumente la distancia entre el centro y la periferia, como podemos notarlo ante nuestros ojos en las sociedades más liberales? Atrayente cuando apela al debilitamiento de las normas y pertenencias, el elogio del vacío nos deja sin defensa frente a la violencia, la segregación, el racismo, y nos impide establecer comunicaciones con otros individuos y otras culturas.
Para superar la oposición insoportable entre quienes no quieren más que la unidad y quienes no buscan sino la diversidad, entre quienes sólo dicen "nosotros", con el riesgo de excluir a lo que se denomina las minorías, y quienes no dicen más que "yo" o "eso" y se prohiben toda intervención en la vida social, toda acción en nombre de la justicia y la equidad, se conformó una tercera respuesta, a la que podría llamarse inglesa, por corresponder tan bien a la tradición que desde hace mucho ilustra la política británica. Para vivir juntos y seguir siendo al mismo tiempo diferente, respetemos un código de buena conducta, las reglas del juego social. Esta democracia "procedimental" no se contenta con reglas formales; asegura el respeto de las libertades personales y colectivas, organiza la representación de los intereses, da forma al debate público, institucionaliza la tolerancia. Con esta concepción se asocia la idea, lanzada en Alemania por Jünger Habermas, de un patriotismo de la constitución. La conciencia de pertenecer a la sociedad alemana ya no debe ser la de formar parte de una comunidad de destino cultural e histórico, sino la de ser miembro de una sociedad política que respeta los principios de libertad, justicia y tolerancia proclamados y organizados por la constitución democrática.
Esta respuesta, como lo reconoció el mismo Habermas, tiene las ventajas y los inconvenientes de las soluciones minimalistas. Protege la coexistencia, no asegura la comunicación. Aun cuando va más allá de la mera tolerancia y reconoce positivamente en cada cultura un movimiento hacia lo universal, la creación y expresión de la significación universal de una experiencia particular, deja sin solución el problema de la comunicación. Nos coloca frente a los otros como frente a las vitrinas de un museo. Reconocemos la presencia de culturas diferentes de la nuestra, su capacidad de enunciar un discurso sobre el mundo, el ser humano y la vida, y la originalidad de esas creaciones culturales nos impone respeto y nos incita además a conocerlas; pero no nos permite comunicarnos con ellas, vale decir, vivir en la misma sociedad que ellas. Nos sitúa en caminos paralelos desde los que, en el mejor de los casos, sólo podemos saludarnos cordialmente; no facilita la interacción, del mismo modo que el hecho de saber que el chino es una lengua de cultura no nos ayuda a conversar con los chinos si no hemos aprendido el idioma.
Esta respuesta, por lo tanto, es poco eficaz contra los peligros que la amenazan, de la misma manera que la democracia política del siglo pasado se reveló poco eficaz para impedir la proletarización y la explotación de los trabajadores, la destrucción y la inferiorización de las culturas colonizadas. Quienes recurren a la primera de las respuestas evocadas aquí no se equivocan al recordar a esos liberales moderados y tolerantes la necesidad de valores e instituciones comunes cuando se trata de resistir a la barbarie, al totalitarismo, al racismo, a los efectos de una grave crisis económica.