Por Juan Carlos Hidalgo

Cortesía del Cato InstituteJuan Carlos Hidalgo es colaborador del Proyecto sobre la Libertad Económica Global del Cato Institute.

La prohibición de las drogas ha tenido consecuencias desastrosas muy similares a la que sufrió el alcohol en los años veinte en Estados Unidos. Sin embargo, en vez de reconocer el fracaso de dicha política, la mayoría de los gobiernos alrededor del mundo se han empeñado en gastar más recursos y atentar más contra las libertades de sus ciudadanos en un esfuerzo inútil por detener el comercio ilegal de narcóticos. Legalizar las drogas eliminaría o mitigaría significativamente las terribles consecuencias que enfrentamos bajo el actual enfoque prohibicionista:
  1. La legalización pondría fin a la parte exageradamente lucrativa del negocio del narcotráfico, al traer a la superficie el mercado negro existente. Y con la desaparición de la clandestinidad del narcotráfico disminuye dramáticamente la problemática social ligada a dicha actividad. La actual prohibición de las drogas no detiene al mercado, simplemente lo ha sumergido bajo el manto de la ilegalidad, y cuando un negocio es un crimen, los criminales tomarán parte de éste. Según las Naciones Unidas, el tráfico de drogas genera $400.000 millones anuales, lo cual representa un 8% del comercio mundial, comparable con la industria de textiles. Dicho botín representa una tentación irresistible para los criminales del mundo.
  2. La legalización reduciría dramáticamente el precio de las drogas, al acabar con los altísimos costos de producción e intermediación que implica la prohibición. Esto significa que mucha gente que posee adicción a estas sustancias no tendrá que robar o prostituirse con el fin de costear el actual precio inflado de dichas substancias.
  3. Legalizar las drogas haría que la fabricación de dichas sustancias se encuentre dentro del alcance de las regulaciones propias de un mercado legal. Bajo la prohibición, no existen controles de calidad ni venta de dosis estandarizadas. Esto ha conducido a niveles de mortalidad altos a causa de sobredosis o envenenamiento por el consumo de drogas. De hecho, según un estudio del Cato Institute realizado por James Ostrowski, el 80% de las muertes relacionadas con drogas se deben a la falta de acceso a dosis estandarizadas.
  4. El narcotráfico ha extendido sus tentáculos en la vida política de los países. Importantes figuras políticas a lo largo de Latinoamérica han sido ligadas con personalidades y dineros relacionados con el tráfico de drogas. Tal vez aquí yace la razón por la cual la guerra contra las drogas se intensifica año con año. Los grandes narcotraficantes son los que más se benefician con la actual prohibición, y los operativos anti-drogas que se practican en Latinoamérica sirven para eliminarles la competencia que enfrentan por parte de los pequeños y medianos distribuidores. La legalización acabaría con esta nefasta alianza del narcotráfico y el poder político.
  5. Legalizar las drogas acabaría con un foco importante de corrupción, la cual aumenta en todos los niveles del gobierno debido a que una substancial cantidad de policías, oficiales de aduana, jueces y toda clase de autoridades han sido comprados, sobornados o extorsionados por narcotraficantes, creando un gran ambiente de desconfianza por parte de la población hacia el sector público en general.
  6. Los gobiernos dejarían de malgastar miles de millones de dólares en el combate de las drogas, recursos que serían destinados a combatir a los verdaderos criminales: los que le violan los derechos a los demás (asesinos, estafadores, violadores, ladrones, grupos terroristas). Además, con la legalización se descongestionaría las cárceles, las cuales hoy en día se ven inundadas por gente cuyo único crimen fue el consumo de substancias que están prohibidas por la ley. Todos estos esfuerzos por combatir el tráfico de drogas han sido inútiles. Por ejemplo, las mismas autoridades reconocen que a pesar de todo el dinero gastado, los esfuerzos actuales solo interceptan el 13% de los embarques de heroína y un máximo del 28% de los de cocaína. De acuerdo con las Naciones Unidas, las ganancias de las drogas ilegales están tan infladas que tres cuartos de todos los embarques deberían ser interceptados con el fin de reducir de manera significativa lo lucrativo del negocio.
  7. Con la legalización se acaba el pretexto del Estado de socavar nuestras libertades con el fin de llevar a cabo esta guerra contra las drogas. Intervenciones telefónicas, allanamientos, registro de expedientes, censura y control de armas son actos que atentan contra nuestra libertad y autonomía como individuos. Si hoy en día las drogas son accesibles incluso en las áreas de máxima seguridad de las prisiones, ni siquiera convirtiendo a nuestros países en cárceles vamos a lograr mantener a las drogas fuera del alcance de aquellos que quieran consumirlas. Legalizando estas substancias evitaremos que los gobiernos conviertan a nuestros países en prisiones de facto.
  8. Legalizar las drogas desactivará la bomba de tiempo en la que se ha convertido Latinoamérica, especialmente países como Ecuador, Bolivia y Colombia. En este último, las guerrillas financiadas por el narcotráfico manejan miles de millones de dólares en equipos militares de primera línea, y amenazan con extender su lucha a países como Panamá, Brasil y Venezuela. Hace un par de años se descubrió la fabricación de un submarino en Colombia para el transporte de armamentos y drogas, lo que demuestra el poderío de estos grupos guerrilleros. Todo esto ha llevado a una intervención creciente por parte de Estados Unidos, quienes desde hace un par de años han venido fortaleciendo su presencia militar en la región de una manera nunca vista desde el fin de la Guerra Fría.
  9. En una sociedad en donde las drogas son legales, el número de víctimas inocentes producto del consumo y la venta de estupefacientes se vería reducido substancialmente. La actual política afecta directamente tanto a los consumidores de narcóticos como a terceros. Es así como gran cantidad de personas que nunca han consumido estas sustancias o que no están relacionadas con la actividad se ven perjudicadas o incluso pierden la vida debido a las "externalidades" de la guerra contra las drogas: violencia urbana, abusos policiales, confiscación de propiedades, allanamientos equivocados, entre muchos otros.
  10. La legalización conducirá a que la sociedad aprenda a convivir con las drogas, tal y como lo ha hecho con otras sustancias como el alcohol y el tabaco. El proceso de aprendizaje social es sumamente valioso para poder disminuir e internalizar los efectos negativos que se derivan del consumo y abuso de ciertas sustancias. Sin embargo, políticas como las de la prohibición, al convertir a los consumidores en criminales, desincentivan la aparición de comportamientos y actitudes sociales necesarios para poder lidiar con los problemas de la adicción y el consumo tempranero de dichas sustancias.
Luego de muchos años de malas experiencias con la política actual, y tras un análisis detallado de las consecuencias no deseadas de prohibir el consumo y la venta de substancias que la gente quiere, es necesario que lleguemos a la conclusión de que las drogas deben ser legalizadas si no queremos seguir el camino autodestructivo al que nos está conduciendo la prohibición moderna.


http://www.liberalismo.org/articulo/131/53/diez/razones/legalizar/drogas/
MANIFIESTO A FAVOR DE LA LEGALIZACIÓN DE LAS DROGAS
    La prohibición ha hecho más atractivo y fructífero el negocio de la droga, y fomenta la criminalidad y la corrupción a todos los niveles.
   
 Sin embargo, los Estados Unidos se comportan como si no lo supieran. Colombia, con sus escasos recursos y sus millares de muertos, ha exterminado numerosas bandas y sus cárceles están repletas de delincuentes de la droga. Por lo menos cuatro capos de los más grandes están presos y el más grande de todos se encuentra acorralado.
   
 En Estados Unidos, en cambio, se abastecen a diario y sin problemas 20 millones de adictos, lo cual sólo es posible con redes de comercialización y distribución internas muchísimo más grandes y eficientes.
   
 Puestas así las cosas, la polémica sobre la droga no debería seguir atascada entre la guerra y la libertad, sino agarrar de una vez al toro por los cuernos y centrarse en los diversos modos posibles de administrar la legalización. Es decir, poner término a la guerra interesada, perniciosa e inútil que nos han impuesto los países consumidores y afrontar el problema de la droga en el mundo como un asunto primordial de naturaleza ética y de carácter político, que sólo puede definirse por un acuerdo universal con los Estados Unidos en primera línea. Y, por supuesto, con compromisos serios de los países consumidores para con los países productores.
   
 Pues no sería justo, aunque sí muy probable, que quienes sufrimos las consecuencias terribles de la guerra nos quedemos después sin los beneficios de la paz. Es decir: que nos suceda lo que a Nicaragua, que en la guerra era la primera prioridad mundial y en la paz ha pasado a ser la última.
    Asumido por el semanario Cambio16 y suscrito por Carlos Fuentes, Fernando Savater, Antonio Escohotado, Manuel Vázquez Montalbán, Fernando Sánchez Dragó, Joan Manuel Serrat, Terenci Moix, Luis Bofill Leví,, Xavier Rubert de Ventós, Rosa Montero, Jesús Ferrero, Miguel Ríos, El Gran Wyoming, Raimón, Josep Mª Flotats, Guillermina Mota, Luis Antonio de Villena, Lourdes Ortiz, Mario Onaindía, Ana Miranda, Àngel Colom, y Javier Bosch, entre otras muchas personas
    Gabriel García Márquez, en Cambio16, 29 de noviembre de 1993, pág. 69.
EGabriel García Márquez en Colombia en 1999 - APL

El escritor colombiano y premio Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez, propuso legalizar las drogas ilícitas como un camino para acabar con la violencia que azota al país andino.
19/may/2003.- Así lo expresó el autor de "Cien años de soledad" en un documento titulado "La patria amada aunque distante" enviado desde México a la Universidad de Antioquia de Colombia, que cumple 200 años de su fundación.

"No es posible imaginar el fin de la violencia en Colombia sin la eliminación del narcotráfico, y no es imaginable el fin del narcotráfico sin la legalización de la droga, más próspera cada instante cuanto más prohibida", remarca "Gabo"."(...)



Nota de TORTUGA INTERNACIONAL: después de publicar Drogas: cuando el uso de la droga se convierte en consumo y el tiempo de ocio en mercancía, aportamos otra visión del mundo de los psicoactivos, sacado de la web de Antonio Escohotado
En sentido literal, etimológico, las toxicomanías son conductas relacionadas con ciertos tóxicos, cuyos efectos euforizantes tientan poderosamente a algunas personas. La palabra manía es en griego clásico un término sumamente ambiguo, que significa unas veces "extravío", otras veces "inspiración", y otras "entusiasmo". Pero el uso actual del término no tiene connotación positiva, y el Diccionario editado por nuestra Academia de la Lengua ofrece tres acepciones básicas: "1.Especie de locura, caracterizada por delirio general, agitación y tendencia al furor. 2.Extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada. 3.Afecto o deseo desordenado." Tóxico, del latín toxicum, es una palabra no ambigua, que significa “veneno”.
Evolución histórica.
En sentido jurídico, y en el habla común, la toxicomanía se liga a las drogas ilícitas llamadas estupefacientes (narcotics). Dicho criterio informa el derecho internacional desde el Convenio de Ginebra de 1931, que por primera vez atribuye a los Estados, y a la Liga de Naciones, "luchar contra la adicción". Este Convenio incluía inicialmente tres drogas (derivados del cáñamo, derivados del opio y derivados del arbusto del coca), a las que luego se incorporarían muchas más, tanto naturales como sintéticas y semi-sintéticas. Todas ellas son, por imperativo legal, estupefacientes "toxicomanígenos" o generadores de adicción.
Es interesante constatar que lo evidente hoy -para el legislador y para buena parte de la población- no lo fuese en ningún momento histórico previo, aunque el cáñamo, el opio y la coca hayan sido plantas conocidas y empleadas inmemorialmente. La civilización sumeria, la egipcia y la grecorromana usaron con gran generosidad el opio -hoy considerado droga adictiva por excelencia-, sin dejar testimonio escrito sobre ningún opiómano. El dato es tanto más notable cuanto que esta droga se usaba muchas veces a diario -en las famosas triacas o antídotos-, sencillamente como tónico preventivo de diversas dolencias. Lo mismo puede decirse de las culturas asiáticas a propósito del cáñamo, y de las americanas a propósito de la coca.
Los antiguos tomaban o no esas sustancias, en mayor o menor cantidad, pero la costumbre de consumir una droga -por razones recreativas, religiosas o terapéuticas- no se distinguía de cualquier otra costumbre, no suscitaba inquietud social y no interesaba lo más mínimo al derecho ni a la moralidad establecida. La única excepción a esta regla son -en Eurasia- las bebidas alcohólicas, que sí generaron discusiones teóricas, reproches éticos e incluso persecución. Para algunas religiones (como la brahmánica, la budista y la islámica), alcohol es sinónimo de oscuridad y mentira, y la regla mahometana decreta apaleamiento para quien sea hallado borracho. 
La filosofía griega discutió abundantemente en torno al vino, “don de Dioniso”, argumentando algunos que era básicamente una maldición, y otros -presididos por Platón- que otorgaba entusiasmo sagrado. A diferencia de los pueblos germánicos, que toleraban la embriaguez de mujeres y hombres jóvenes, la cultura grecorromana prohibía severamente su uso en tales casos; en tiempos de Tarquino el Grande, por ejemplo, una dama fue condenada a morir de hambre tras descubrirse que tenía las llaves de una bodega. Severísima fue la represión del culto báquico en la Roma republicana -entre el 186 y el 180 a.C.-, que supuso exterminar a unas diez mil personas, si bien el trasfondo del caso sugiere que además del escándalo producido por ritos orgiásticos había razones de conveniencia política, que poco después desembocarían en las primeras guerras civiles. 
Por lo que respecta a las otras drogas, el criterio de la antigüedad grecorromana y asiática lo describe ejemplarmente laLex Cornelia de sicariis et veneficiis (“ley Cornelia sobre homicidas y envenenadores”), que estuvo vigente desde tiempos republicanos hasta el fin del Imperio: “Droga es una palabra indiferente, donde cabe tanto lo que sirve para matar como lo que sirve para curar, y los filtros de amor, pero esta ley sólo reprueba lo usado para matar a alguien sin su consentimiento”.
Ulteriores informaciones sobre uso de sustancias psicoactivas desaparecen casi por completo hasta el siglo XIII. Es entonces cuando se han difundido los primeros aguardientes (generando grave inquietud tanto en Europa como en China), cuando comienza la cruzada contra las brujas (a quienes se acusa de “tratos con hierbas y pócimas diabólicas”), y cuando se opera un giro hacia el fundamentalismo farmacológico en el mundo islámico (que busca prohibir café, opio y haschisch). Tras el descubrimiento de América -un continente sin tradición monoteísta, con culturas hechas a una rica variedad de drogas en contextos tanto religiosos como terapéuticos y recreativos-, la alarma ante este tipo de productos crece hasta finales del siglo XVII. En este momento empieza a cundir -gracias a humanistas, médicos y boticarios- un criterio laico, y el arsenal de sustancias conocidas pasa a considerarse materia médica, libre de estigma teológico y poder sobrenatural. Desde entonces, y hasta la segunda mitad del siglo XIX, seguimos sin hallar testimonios de toxicomanía o adicción, salvo casos de alcohólicos, tabacómanos y cafetómanos, que -por cierto- suelen recibir castigos crueles; Francisco I de Francia decreta pérdida de las orejas y destierro para los primeros, en Rusia los bebedores de café se exponen a perder la nariz si son descubiertos, y en Irán -como también en algunos puntos del norte de Europa- el tabaquismo se paga unas veces con tormentos y otras con pena capital. 
La situación cambia después de modo notable, debido en parte a progresos de la química, y en parte a las repercusiones que tiene en Occidente el conflicto anglochino conocido como guerras del opio. En efecto, laboriosos trabajos de análisis y síntesis irán descubriendo los principios activos de las plantas, que ofrecen sustancias mucho más activas, cómodas de almacenar y fáciles de dosificar, en una secuencia que empieza con morfina y codeína (dos de los alcaloides del opio) y sigue con una larga lista (cafeina, teina, escopolamina, atropina, cocaina, mescalina, heroína, etc.). Cada vez más consolidada socialmente, la corporación terapéutica -formada por médicos, farmacéuticos y laboratorios- prefiere los principios activos a las formas vegetales, dentro de su batalla por lograr el monopolio en la producción y distribución de drogas, frente a los tradicionales herboristas, curanderos, cosmetólogos y drogueros, que andando el tiempo se presentarán como “matasanos”. 
Por su parte, las guerras del opio son un fenómeno complejo, que no se explica pensando en una China donde el opio fuese desconocido, y movida a importarlo por las potencias occidentales. Los chinos conocían las triacas grecorromanas desde el siglo X por lo menos, y usaban cocimientos de adormidera y opio propiamente dicho desde tiempo inmemorial Pero los emperadores manchúes -que acababan de imponerse mediante invasión, ocasionando las guerras civiles más sangrientas de la historia universal- decidieron prohibir el pago de transacciones comerciales con opio (al comienzo mediterráneo -mucho más rico en morfina-, y luego producido por los ingleses en grandes plantaciones situadas al sur de la India) para preservar el superávit de su balanza de pagos, exigiendo siempre metales preciosos a cambio. De ahí que empezaran prohibiendo la importación, y sólo bastante más tarde el cultivo en China, cuando la persecución de usuarios había producido ya un enorme mercado negro, y una generalizada corrupción.
Es interesante subrayar el divergente resultado que suscita un régimen de prohibición si se compara con el de indiferencia legislativa. Los usuarios chinos cotidianos de opio (unos tres millones, aproximadamente el 0,5% de la población) eran en una alta proporción personas desnutridas y laboralmente nulas. Durante el mismo periodo, en cambio, los usuarios indios cotidianos de opio (otros tantos, pero un porcentaje mucho más elevado de la población) no presentaban síntomas de degeneración física ni incapacidad laboral, hasta el extremo de que el ingente informe conocido como Royal Commission on Opium (1884-1896) concluye diciendo: “El opio en la India se parece más a los licores occidentales que a una sustancia aborrecible”. 
Suele olvidarse, al hablar de las guerras del opio, que su consumo occidental era por entonces no ya superior sino muy superior al del lejano Oriente, pues -si bien empezaba a verse relegado por el uso de morfina y codeina- seguía siendo el tercer artículo más vendido por las farmacias. Con todo, en Europa y América sigue sin haber “opiómanos”, y en sus célebres Confesiones (1822-1845) Thomas De Quincey niega una y otra vez que esta droga cree “hábito imperioso”. Los primeros casos de adicción a drogas distintas del alcohol, el café o el tabaco aparecen a propósito de la morfina, utilizada masivamente en la guerra civil americana y la francoprusiana, bautizándose allí como “mal militar” y “dependencia artificial”. La monografía médica pionera sobre este fenómeno, obra de Louis Lewin (que entonces firmaba como Louis Lewinstein), se publica en 1879 -cuando la morfina lleva más de medio siglo vendiéndose libremente-, y es llamativo comprobar que la revista donde aparece -el Journal der Allgemeine Medizin- publicará poco después un comentario de otro médico, que pone en duda el carácter científico de la expresión “morfinismo” pues “expresa una debilidad del carácter, y no algo causado por una sustancia química”. 
Entre 1880 y 1920, cuando comenzarán las restricciones a su disponibilidad, el espectro sociológico del usuario regular de morfina indica que apenas interesa a sectores económicamente desfavorecidos. Aproximadamente un 50% son médicos o esposas de médicos y boticarios; el resto incluye personas acomodadas con “problemas de los nervios” o entregadas a la moda (el estilo “decadente” hacía furor), gente del teatro y la noche, damas de vida alegre, algunos clérigos y personal sanitario auxiliar. Sólo un 14% había decidido consumir esta droga por iniciativa propia, sin mediar el consejo de algún terapeuta o amigo, y más de un 80% sobrellevó dos, tres y hasta cuatro décadas de hábito sin hacerse notar por descuido doméstico o incapacidad laboral.
A finales de siglo llega a las farmacias el envase doble de una nueva y pequeña compañía farmacéutica, la Bayer, que ofrece al público dos sustancias analgésicas: ácido acetilsalicílico (Aspirina) y diacetilmorfina (Heroína). Poco después, en 1900, el Boston Medical and Surgical Journal declara que la heroína “posee muchas ventajas sobre la morfina [...] No es hipnótica, no hay peligro de contraer hábito”. La llamada píldora antiopio, que unos años más tarde exportan los laboratorios europeos y norteamericanos a China como tratamiento de sus adictos, contiene básicamente heroína también. 
Esta política de sustitución (morfina por opio, heroína por morfina) seguirá funcionando desde entonces sin pausa (heroína por dextromoramida, dextromoramida por metadona, metadona por buprenorfina, etc.), aunque -a efectos del toxicómano- lo decisivo sean las condiciones de acceso a sus drogas. Ante el clamor prohibicionista, que desembocará en la Ley Volstead (también llamada Seca, por referirse a bebidas alcohólicas) y la Ley Harrison (equivalente suyo para opio, morfina y cocaína, más adelante heroina), en 1905 un comité especial del Congreso norteamericano calcula que en el país hay entre doscientas y trescientas mil personas con “hábito” de opiáceos y cocaína (aproximadamente un 0,5% de la población), dato “estremecedor” a juicio de los senadores. Con todo, estas drogas no sólo eran de venta libre (incluso podían adquirirse por correo, del mayorista), sino intensamente promocionadas mediante periódicos, revistas y publicidad mural, y había al menos cien bebidas bien cargadas de cocaina (entre ellas la Coca-Cola, y el no menos célebre entonces Vino Mariani). Lógicamente, no se conocían intoxicaciones involuntarias o accidentales -al tratarse de productos puros y bien dosificados-, ni delincuencia alguna vinculada a su obtención. 
La etapa siguiente, donde todavía nos encontramos, irá surgiendo al ritmo en que Estados Unidos vaya consolidando su posición de superpotencia mundial, y exportando una cruzada contra las drogas. En vez de “hábito” habrá “adicción”, y en vez de “amateurs” -como decía el Comité antes citado- habrá “toxicómanos” (addicts). Un proceso con etapas precisas -que la sociología contemporánea describe como profecía autocumplida (Merton) y etiquetamiento (Becker)- transforma al usuario tradicional de euforizantes en una amalgama de delincuente y enfermo, movido a ello por los precios y la adulteración del mercado negro, por el contacto con círculos criminales y por la irresponsabilidad tanto social como personal que confiere el estatuto del adicto. Ocho décadas después de haber puesto en vigor leyes prohibicionistas, hay en Estados Unidos una proporción muy superior de personas con hábito de opiáceos y cocaina, en su mayoría laboralmente nulas, a quienes se atribuyen dos terceras partes de los delitos contra la propiedad y las personas.
La toxicomanía en sí.
Es habitual vincular vincular el hábito de drogas al acostumbramiento, que insensibiliza progresivamente al usuario, y explica por qué va consumiendo cada vez mayor cantidad del producto para obtener análogo efecto. Se habla así de un “factor de tolerancia” característico de cada droga, que puede ser más o menos alto. La cocaina, por ejemplo, tiene un factor relativamente bajo (los usuarios regulares podrían conseguir una estimulación parecida sin aumentar mucho su ingesta cotidiana), mientras la anfetamina tiene un factor relativamente alto (y sus usuarios regulares deben ir multiplicando las dosis a intervalos bastante más breves para mantener su nivel de estimulación). Otras drogas, del tipo LSD, exhiben algo definible como tolerancia máxima o instantánea, y si el usuario trata de usarlas sin pausa sencillamente dejan de hacer efecto en absoluto, aún consumiendo dosis enormes.
Con todo, la idea de que las drogas se consumen abusivamente en función de su factor de tolerancia no puede aceptarse sin serias reservas. Aunque el factor de tolerancia en la cocaina sea relativamente bajo -si se compara con otros estimulantes-, ciertas personalidades abusarán de ella como si lo tuviera, y aunque el factor de tolerancia en los sedantes sea igual o superior al de la cocaína ciertos sujetos se mantendrán durante años y hasta décadas en el mismo (y prudente) nivel de dosis, mientras otros sujetos las incrementarán hasta exponerse a una lamentable depauperación psicosomática , y a duros síndromes abstinenciales. No sin fundamento, los farmacólogos griegos y romanos llamaban “familiaridad” al fenómeno de la tolerancia, considerando que “quita su aguijón al tóxico” (Teofrasto).
Para evaluar hasta qué punto una droga será usada o abusada convendrá atender al papel que desempeña en cada personalidad, lo cual sugiere una clasificación funcional. El primer grupo, que llamaremos drogas de paz, comprende compuestos de muy variada naturaleza química, con un no menos variable margen de seguridad (esto es, proporción entre dosis activa mínima y dosis mortal media), pero capaces de suprimir o amortiguar estados de dolor, temor o desasosiego. El tipo de paz que proporciona la borrachera alcohólica (o la de éter, cloroformo o barbitúricos) es una mezcla de desinhibición exterior y reafirmación interna, en cuya virtud el borracho se libera a la vez de autodesprecio y de apocamiento en relación con los otros. El tipo de paz que proporcionan analgésicos como la heroína o el opio no borra el sentido crítico, aunque anestesia en mayor o menor medida frente a dolores localizados (algias), y a la más inconcreta depresión. El tipo de paz que proporciona un hipnótico es el propio sueño, y el de un sedante una amortiguación general de la vida psíquica, cuya intensidad se experimenta en otro caso como excesiva. Por consiguiente, toda droga de paz contiene un elemento analgésico o anti-dolor, aunque cada una afecta a una modalidad distinta del desagrado. 
La segunda clase de drogas comprende sustancias capaces de ofrecer brío o estimulación en abstracto, que potencian la vigilia, aumentan la resistencia ante el cansancio, reducen el apetito y combaten aquello que el proceso depresivo tiene de simple postración. Sus bases químicas son muy variadas, como sucede con las drogas de paz, y entre ellos están cafeina, cocaina, crack, efedrina, catina, anfetamina, Prozac y otros imaos (inhibidores de la monoaminoxidasa). El brío o estimulación que ofrecen puede durar desde media hora -caso del café o la coca- hasta diez o más horas -caso de la anfetamina-, e incluso varios días, pero en dosis medias y altas tiene siempre un rasgo de rigidez o envaramiento corporal, propenso a la taquicardia y la sequedad de boca, que explica su combinación con alcohol, opiáceos y tranquilizantes; de ahí el “carajillo”, combinación de café muy concentrado y coñac, hijo de la tradicional “agua heroica” (café con opio), o el speed-ball contemporáneo (cocaína con heroína). 
La tercera clase de drogas incluye sustancias capaces de provocar una excursión anímica consciente, que potencia la percepción y la introspección al mismo tiempo. Apoyadas sobre bases químicas diversas también -alcaloides bencénicos e indólicos, ciertos aceites esenciales- los compuestos de esta familia incluyen diversos tipos de setas, cactos y otras plantas, así como substancias sintéticas (TMA, STP) y semisintéticas (LSD). Cuando el viaje es profundo, tiende a producir una experiencia que también se conoce como “pequeña muerte”, donde la persona recorre dimensiones de gran extrañeza, teme perder el juicio, se ve enfrentada a su finitud y suele resurgir fortalecida de todo ello. Eso explica que tales drogas se hayan usado tradicionalmente en contextos religiosos paganos, dentro de ceremonias de adivinación, reafirmación tribal y ritos de pasaje (a la madurez o a ciertos oficios, como el de chamán y guerrero), y que en su empleo moderno se vinculen a movimientos éticos y políticos, como la “contestación” de los años sesenta y setenta. La sustancia de este tipo más consumida hoy es el cáñamo -en forma de marihuana y haschisch-, que constituye un vehículo visionario de potencia leve o media (dependiendo de su calidad), si bien induce en algunas circunstancias una excursión psíquica considerable.
A diferencia de las drogas de paz y las de pura energía, las de viaje pueden funcionar como afrodisiacos, ya que potencian el contacto sexual en cualquiera de sus fases, aunque bien cabe que su usuario no se sienta en absoluto inclinado a la concupiscencia, sobre todo si pertenece al género masculino. Aquello que las distingue más radicalmente de los otros dos grupos es su baja toxicidad; ninguna persona ha muerto -que se sepa probadamente- por sobredosis de hongos psilocibios, LSD, mescalina o marihuana. En realidad, su peligro no es que alguna víscera falle, sino que se extravíen los ánimos, induciendo trances de delirio persecutorio o disociación. Otra singularidad de las drogas visionarias es carecer de síndrome abstinencial, ya que la suspensión de su empleo no provoca ningún cuadro clínico objetivable, ni sensaciones subjetivas de malestar.
En tiempos recientes se ha querido explicar la toxicomanía como algo derivado de que alguien haya consumido una droga, en vez de ligarla a ciertos temperamentos (que se conducirán “adictivamente” con muy variadas cosas, como el ludópata, el cleptómano, el bulímico o el comprador compulsivo). Estos individuos exhiben unos trastornos de conducta que antiguamente se consideraban vicios, y hoy se catalogan como enfermedades. Sin embargo, hasta qué punto esa perspectiva es poco imparcial -y coherente- lo sugiere cualquier tratado de toxicología que se enseñe hoy en facultades de medicina o farmacia, pues allí el consumo irracional de alcohol no se deriva de la naturaleza de esta droga sino de personalidades determinadas, mientras el consumo irracional de heroína o crack parece derivarse de la heroína o el crack mismo. Pasa así por objetividad científica que las personas llegan a depender vitalmente de una droga sin quererlo o casi sin quererlo -alguien les ofreció cierta vez una dosis, quedando “enganchadas” desde entonces-, y que su hábito no viene tanto de requerir paz o energía en medida comparativamente descomunal, sino de lo insufrible que resulta atravesar el síndrome de abstinencia. 
A pesar de que estos tópicos prosperen -y sean consoladores para padres y madres de toxicómanos-, ciertos hechos parecen desmentirlos. A juzgar por la proporción de recaídas, la droga más adictiva descubierta es el tabaco. A juzgar por la gravedad del síndrome abstinencial, las más adictivas son el alcohol y ciertos somníferos (especialmente los barbitúricos), pues la brusca suspensión de su empleo induce delirios pavorosos y muy prolongados, seguidos por un considerable porcentaje de muertes. En realidad, qué tóxico sea objeto de “manía” deriva ante todo de qué vida esté llevando cierto sujeto, y qué psicoactividad busca (por carácter y por influencia de su medio). El adicto clásico de heroína, colgado de una aguja, escenifica cierto “algebra de la necesidad”(Burroughs) que llena un desasosegado vacío anímico previo, tal como el adicto habitual de crack es un joven negro norteamericano en paro, incapaz de asumir los desgarramientos de su condición. 
A pesar de que hoy se ensayan tratamientos aversivos (administrando un compuesto que convierte en no-eufórico el efecto del euforizante), quienes investigan sus resultados a medio y largo plazo coinciden en que superar el ansia de una droga es esencialmente asunto de voluntad, y que si falta un sincero y firme deseo en ese sentido nada ni nadie podrá suplantarlo. A su vez, la voluntad de abandonar una toxicomanía depende de variables tanto fijas como móviles (nivel de ingresos, edad, medio social, temperamento). En términos generales, sólo una pequeña minoría entre quienes usan analgésicos o estimulantes (lícitos o ilícitos) llega a abusar de tales drogas, y persiste duraderamente en semejante actitud. Sin embargo, esa minoría suele mantenerse fiel al abuso, de las mismas drogas o de otras que cumplan análogas funciones. 
No disponemos de baremos seguros para cuantificar semejantes porcentajes, pues las estadísticas distan de ser fiables. Los encuestados muestran una -comprensible- falta de franqueza al contestar preguntas sobre este tema, y las encuestas rara vez resultan ecuánimes. A dichos inconvenientes se añaden las incertidumbres del mercado negro, que no sólo impiden calcular el volumen de los suministros, sino su respectiva composición. Lo único seguro es que en el mundo actual muy pocas personas omiten tomar regular u ocasionalmente alguna droga psicoactiva, adquirida por canales lícitos o ilícitos.
Química y conducta
Aunque sabemos todavía poco sobre la generación y transmisión de impulsos nerviosos, sí ha podido establecerse que el organismo humano sintetiza espontáneamente un buen número de drogas psicoactivas. Las más citadas son endorfinas o morfinas internas, que se liberan en situaciones de traumatismo y estrés, explicando por qué no duelen apenas los golpes y disgustos “en caliente”. A diferencia de los opiáceos exógenos (y concretamente de los opiáceos naturales o derivados del opio), que tardan algo más en actuar y mantienen su acción durante horas, los opiáceos endógenos operan de modo muy rápido y pierden eficacia en diez o veinte minutos. Pero el organismo sintetiza también diazepam (tranquilizante vendido bajo muchos nombres, entre otros Valium), que con sus inmediatos parientes químicos -las demás benzodiacepinas- representa la principal alternativa lícita en materia de sustancias relajantes, sedantes e hipnóticas. Lo mismo sucede con la dimetiltriptamina (DMT), una droga visionaria de gran potencia y efecto muy breve -base de la ayahuasca amazónica-, cuya liberación explicaría la emergencia de sueños mientras dormimos. En realidad, bien podría suceder que ninguna droga fuese psicoactiva sin un paralelo o correlato interior, espontáneamente producido, que funda la resonancia. 
La química contemporánea sugiere, por ejemplo, que anfetamina y cocaína no son neurotransmisores o compuestos adaptados a llenar oquedades específicas de las neuronas -como sucede con la morfina, el THC (principio activo del cáñamo) o la adrenalina-, sino sustancias que bloquean al llamado “transportador” de dopamina, impidiendo que las neuronas queden libres para nuevas transmisiones. Algo parecido ocurre a propósito de cafeína, teína y teobromina (principio activo del chocolate), que bloquean la adenosina, un neurotransmisor implicado en desactivar excitación. Así mirados, los estimulantes más comunes serían tóxicos o venenosos en proporción al bloqueo que ejerzan sobre las zonas de sinapsis o transmisión, prolongando un estado de on cuando el organismo tiende a un estado de off. Más directa, la toxicidad de sustancias como el alcohol viene de deteriorar las membranas neuronales. 
Una cuestión debatida es si las drogas de energía producen reacciones de abstinencia parecidas -mejores o peores- a las que produce una abstinencia de drogas analgésicas o de paz. En efecto, las drogas de paz tienen en común inducir síndromes carenciales de distinta gravedad (desde el delirium tremens de alcohol o barbitúricos al llamado mono de opiáceos o de benzodiacepinas), siempre que su usuario las haya tomado en dosis suficientes, durante periodos de tiempo lo bastante largos. Por ejemplo, aunque haya amplias diferencias entre individuos, se considera que bastan entre dos y tres semanas de tomar diariamente 25 miligramos de heroína (un cuarto de gramo del producto habitual en el mercado negro) para que la retirada induzca en un neófito síntomas parecidos a los de una gripe sin fiebre durante dos o tres días, mientras en el caso de las benzodiacepinas ese resultado se puede conseguir -en un plazo doble- con dosis bastante menores. El alcoholismo exige periodos mucho más prolongados -al parecer, no menos de medio año-, pero su síndrome abstinencial es considerablemente más grave. Por supuesto, el síndrome será siempre proporcionado al nivel de dosis, y quien lleve años consumiendo grandes cantidades de heroína o Valium padecerá una reacción mucho más larga y penosa. 
En el caso de las drogas que ofrecen energía cabría pensar que no hay tanto un síndrome de abstinencia como un estado de puro agotamiento psicofísico, pues los estimulantes no tienen receptores o “cerraduras” orgánicas que puedan saturarse con “llaves” como los opiáceos o las benzodiacepinas, y operan prolongando artificiosamente la presencia de algún neurotransmisor. Sin embargo, ninguna droga produce síntomas de retirada tan deprisa como el café (bastan seis días de tomar al día cinco “exprés” para que la interrupción induzca neuralgia, confusión, incapacidad para concentrarse, insomnio e incluso temblores), y quienes abusan de estimulantes más activos atraviesan reacciones abstinenciales espectaculares, presididas por un caos emocional e intelectual que puede prolongarse durante semanas y meses, e incluso desembocar en una demencia crónica.
Bibliografía
L.S.Goodman y A.Gilman: The Pharmacological Basis of Therapeutics: A Textbook of Pharmacology, Toxicology and Therapeutics for Physicians and Medical Students, Macmillan, Nueva York, 1982.
J.Cooper y otros, 
The Biochemical Basis of Neuropharmacology, Oxford University Press, Nueva York, 1991.
J. Ott: 
Pharmacophilia, or the Natural Paradises, Natural Products, Washington, 1997.
J.C.Usó: 
Drogas y cultura de masas, Taurus, Madrid. 1996.
E. Ocaña, 
El Dioniso moderno y la farmacia utópica, Anagrama, Barcelona, 1994.
A.Escohotado, 
Historia general de las drogas, Alianza, Madrid, 1998 (3 vols.).
A. Escohotado, 
Aprendiendo de las drogas, Anagrama, Barcelona, 1998.
C.A.B. (club de amigos de la benzoilmetilecgonina) - Lunes.22 de agosto de 2005 - 


Antonio Escohotado, autor de Historia General de las Drogas y uno de los hombres que más ha estudiado el tema de su ilegalidad, habla con LOFT sobre todo lo que está mal con el sistema, predice el futuro de las drogas y comparte sus aventuras en el mundo de la inspiración narcótica. 

Antonio Escotado es un profesor de filosofía y metodología de las ciencias sociales en la Universidad Nacional de Educación a Distancia en Madrid que escribió tres tomos sobre la historia general de las drogas. Este año acaban de compilar sus tres obras en un solo tomo de 1542 páginas. Su trabajo se ha convertido en uno de los recursos de información más usados por los interesados en la temática de las drogas. Escotado es el “abuelo psicodélico” de España, el que más sabe del tema, el que probó todo y conservó la cordura para contarnos. Un sabio para muchos, un charlatán para otros. Hasta de “peligroso” ha sido catalogado. Y si lo es, es porque sus ideas son convincentes y porque van en contra de muchas de las posturas de los policymakers de los últimos tiempos en cuanto a la regulación de las drogas. A sus 62 años, Escotado sigue usando la heroína para inspirarse y el tabaco para vivir. En vez de palabras etéreas y argumentos descabellados (como podría esperarse de un veterano heroinómano) Escotado utiliza una dicción sofisticada y un razonamiento contundente para expresar su crítica a la forma en que es percibido actualmente el problema de las drogas. Su mente es audaz, perspicaz y, sobre todo, prolífica. Ha escrito varios ensayos con matices antropológicos y filosóficos. Entre ellos Realidad y Sustancia, De physis a polis, Majestades, crímenes y víctimas, El espíritu de la comedia –que fue galardonada con el Premio Anagrama de Ensayo–, Rameras y esposas y La cuestión del cáñamo. Con LOFT compartió su fresca manera de ver el mundo. 


¿Existe hoy algún problema con las drogas que no haya tenido antes la humanidad? 

Quizás el de la sobreabundancia, porque por cada sustancia psicoactiva antigua hoy puede haber un millar. Esto crea, desde un punto de vista positivo, muchos más medios para controlar y dirigir tus sentimientos y tus percepciones, y por otro lado, mucha más alarma social. Es como el miedo que podía generar la aparición del libre pensamiento en el siglo XVII. 

¿Por qué se da esa sobreabundancia? 

Por los pacientes trabajos de síntesis química que se hicieron paralelamente a la cruzada contra las drogas. las brujas, los brujos y los hechiceros poseían los depósitos del saber ecológico antiguo, y aunque fueron aplastados por la erupción del monoteísmo con vocación universal –el brahmanismo, el cristianismo y luego el islam– su saber acumulado nunca fue destruido. Permaneció en bibliotecas y colecciones privadas. Cuando la cruzada contra los brujos empezó a ceder, a finales del siglo XVII, prácticamente todos los recursos que tenían los hechiceros herboristas pasaron a ser medicinas honorables. Las farmacias y lo que ahora conocemos como boticas, se desarrollaron enormemente a mediados del siglo XVII. Desde entonces el arsenal farmacológico de la humanidad empezó un sostenido crecimiento, que desemboca en descubrimientos como el del MDMA o éxtasis, por Alexander Shulgin, a quien conozco mucho. Shulgin es un genio al igual que su padre. Saben lo que nadie sabe de los químicos. Ellos se juntan y salen con un polvito que te lo tomas y la vida te cambia. ¡Eso es magia… Potagia! 

Su libro recalca lo importante que es para la diseminación de las drogas, la relación entre religión, magia y medicina. Y cómo en las culturas chamánicas es en donde primero se empieza a distribuir la droga. Pero esa distribución se hacía con una técnica y buscando un fin, el extasías espiritual más o menos… 

Sí, y con unos marcos rituales muy, muy cerrados. Incluso las personas juran no decir qué fue lo que finalmente les dieron, cómo se los dieron y qué sintieron. Ésa es la famosa reserva mística. Es evidente que ese sentido místico se ha perdido en la cultura de las drogas. Las drogas prohibidas se usan hoy con fines lúdicos. 

¿Es eso parte del problema? 

No. El que las drogas se tomen por razones lúdicas, recreativas o de conocimiento, digamos de introspección, es un correlato. Lo que pasa en el terreno de las drogas es algo más básico aun, que es la secularización. Lo que está en crisis es el dogmatismo y la religión ligera. Antes lo que había eran colecciones de súbditos, y las drogas se tomaban en función a sus metas. Pero ya no queremos el “más allá”, ya no queremos el cielo. Estamos conformes con esta vida. No estamos diciendo, como Santa Teresa, “tan alta vida espero que muero porque no muero”, Como queremos esta vida, tomamos drogas para poder controlarnos mejor, para ser capaces de trabajar mejor, para ser capaces de entendernos y entender a los demás, para disfrutar. Todo esto es nuevo, porque ya no hay el contexto mítico ritual que obligaba a las reservas místicas. En un mundo secularizado no esperamos tanto. 

¿Cree que las drogas ilegales, tal como se usan en Occidente, cumplen una función cultural significativa? 

Para la juventud son el auténtico rito de pasaje, la ceremonia de maduración, social e individual. Para la gente de 40, 50, 60 años –muchos de ellos prisioneros de los psicodélicos años 60– son una reiteración de costumbres. Pero para los jóvenes son una manera de ponerse a prueba social e individualmente. Y eso ocurre en todo el planeta. En Tailandia y en Vietnam hay fiestas rave con una periodicidad comparable a las de Londres o Montreal. Y en las capitales del Amazonas también hay raves, con DJ’s, con pastillas y con turistas de los cuatro rincones del mundo. 

¿Eso le da algo de valor a la cultura o es simple decadencia? 

Decadencia hay en el despotismo y el dogmatismo, porque reducen la realidad, porque nos dan un mundo abreviado como si fuese un mundo real. En el mundo de las drogas no hay decadencia. Lo que pasa es que entre los usuarios de drogas, como entre los usuarios de coches, o de juegos de azar, hay un sector que es adictivo por naturaleza. La técnica es neutra. Todo lo que el ingenio humano ha descubierto es neutro en sí mismo. Somos nosotros los que, dependiendo de la persona y la ocasión, sacamos a las cosas de su neutralidad y las hacemos buenas o malas. 

¿Qué de bueno tiene el consumo de drogas no prescritas por parte de los jóvenes? 

Profundizar en la regla del conocerte a ti mismo, que sigue el principio socrático, el principio de la ética. Es el rito de maduración de las sociedades occidentales avanzadas a principios del siglo XXI. En la práctica se ve si el ser tiene buen o mal gusto, si se controla o no se controla; si debajo de su aparente educación esconde un monstruo autoritario, rencoroso o deprimido, o si por el contrario, tiene –como diría Freud– un “ello” (es decir, un inconsciente) sano y capaz de disfrutar. Las drogas brindan a la condición humana más control, más capacidad de enfrentarse a los desafíos de la vida. Cuando llega la prohibición, también llega la coartada victimista que permite a las personas decir esa gran falsedad: “Ay, yo no quería pero sin darme cuenta me hice esclavo y ahora soy una pobre piltrafa humana. Me permito robar a mis conciudadanos y no cumplir mi palabra”. 

¿Cree que todas las drogas deberían ser legales? 

¡Hombre, claro! Es que eso es de cajón. Hay que drogar la prohibición. Legalizar las drogas me suena tan disparatado como legalizar el gusto por la pintura, el pasear o el leer. No se puede legalizar una actividad humana que es un derecho civil inmemorial. A mi juicio se ha hecho una ley para ciertas metas, igual que se hizo la ley seca en Estados Unidos. Al cabo de un tiempo, fue más contraproducente que producente. 

Digamos que hemos hecho un experimento con la prohibición, y el experimento falló. 

En Europa, la guerra de las drogas terminó hace por lo menos diez años. Cualquiera, prácticamente, sin ningún riesgo, siempre y cuando sea para su propio uso, puede conseguir toda la droga que le dé la gana y nunca va a tocar una comisaría ni un cuartelillo de la policía. Y hay muchos más puntos de venta de drogas ilegales que si se vendiesen, como antes, en las farmacias y en la herboristerías. En los tiempos de la Roma imperial había 900 tiendas que vendían opio, además de otras sustancias. 

Pero ahora en Madrid o en Nueva York hay de 45,000 a 80,000. 

¿Si de todas maneras la gente las puede conseguir, qué de negativo tiene la prohibición? 

No tiene tanto de negativo. Lo que hace es crear un fenómeno mundial de desobediencia civil y por tanto de recuperación de las esencias ciudadanas. La gente se ha dado cuenta de que las leyes no están para protegernos de nosotros mismos, sino para protegernos de los demás. Por lo tanto una ley como la prohibición de las drogas, que pretende defendernos de nosotros mismos, es una usurpación y un dislate, pura corrupción del derecho. Digamos que la prohibición ha tenido el efecto positivo de generar desobediencia civil, que sirve para darnos la sensación y la certeza de que no somos súbditos, de que somos ciudadanos. 

¿Y qué del argumento según el cual la droga nos hace irresponsables y peligrosos para los demás ciudadanos?
 

Es una profecía auto-cumplida del inquisidor farmacológico. Hasta la prohibición, que empieza en Estados Unidos a principios del siglo XX, no existía prácticamente el concepto de víctima involuntaria de las drogas. A partir de la prohibición en la que metieron a miles de médicos y farmacéuticas a la cárcel por que no querían plegarse a las órdenes del Ejecutivo, se crean unas personas que viven de esa coartada. Ahora las drogas te dan coartada para no hacer nada en lo absoluto, para ser una mierda con tu familia, con tus amigos y con los demás. Eres un farsante, eres un iluso, pero quien te ha dado los argumentos y las bases para comportarte así ha sido el que ha prohibido las drogas y les puso la consigna de engendros demoníacos. 

Hay sustancias como la heroína que una vez uno las toma está dispuesto a hacer cosas que sin ellas no haría por la mera necesidad de conseguirlas... 

Eso no es cierto. La heroína es mucho menos adictiva que el tabaco o que el café. 100 o 200 veces menos adictiva. Yo, por ejemplo, tomo heroína desde hace 35 años, pero así, on and off, como dicen los americanos. Nunca tomo por más de un par de días seguidos, porque me da resaca, claro. Y con el paso del tiempo la he ido bajando. La heroína es una sustancia de un efecto sutil que no se nota mucho, hay que tener muy agudizados los sentidos para darte cuenta en qué te influye. En las primeras horas sientes mucha energía, como si fuese una especia de anfetamina, pero suave, sedosa. Es un alivio para las personas coléricas o irascibles. El método de la inyección, que es el que le ha dado su mala fama, ya es arcáico. Ahora se toma a través de cashing the dragon. Se fuma en un papel plata o se aspira. El draculiano sujeto, ese yanki que se inyectaba, era en realidad un discípulo directo del inquisidor farmacológico, y como ya el inquisidor farmacológico va teniendo menos sentido, pues tampoco tienen sentido esas prácticas de pincharse las venas y transmitirse horribles enfermedades. 

¿Cree que estén a punto de caerse las barreras y de que haya libertad total con respecto a estas sustancias? 

Lo que pasa es que este tipo de cruzada nuca se resuelve con un decreto que diga: “señores, nos equivocamos, había derecho a pensar libremente, o había derecho de practicar magia”. El Vaticano y las iglesias reformadas protestantes todavía no han dicho “hemos matado 300,000 personas en la hoguera por practicar la magia”, pero ya todo el mundo sabe que la magia es un derecho civil que lo tiene cualquiera. La prohibición sigue un tema de derecho y en algunos países connota altísimos riesgos, hasata el de la pena de muerte. Hay 33 países con penas de muerte. Pero en el mundo civilizado, sobre todo en Europa, la prohibición de hecho no existe. Pero claro, los principales traficantes de drogas en el mundo son personas ligadas a la policía y a los gobiernos. 

¿Alguna vez ha tenido problemas de adicción o dependencia? 

Soy adicto al tabaco. Lo que pasa es que lo soy porque quiero, porque no me parece que la vida valga la pena sin mis cigarros. Sigo creyendo que es un absurdo hablar de una libertad separada de responsabilidad. Las libertades que tomamos son responsabilidades que asumimos. Es posible que por fumar abrevie mi vida o me genere un futuro muy malo. Pero no siento adicción a ninguna otra droga. Por ejemplo, la heroína me encanta, aunque comprendo que es más difícil tomarla con mesura y con sensatez por todo el imaginario social que la rodea. Como se supone que la droga es adictiva por excelencia, las personas entran en ese cause muchas veces porque les conviene, porque tienen problemas emocionales, sociales, profesionales o psicológicos, y se refugian ahí como una excusa muy buena para escenificar su necesidad de ayuda y de dependencia. 

Parece bastante irónico que sea la menos emocionante la única que le haya causado adicción. 

Cuando estás falto de energía pegas muchas haladas y muy fuertes, e inmediatamente suben tu tono energético. Cuando necesitas tranquilidad, das haladas espaciadas y no profundas y te tranquilizan. Es la única droga que tiene doble efecto y además estimula la inteligencia. El tabaco es la única droga sagrada desde Alaska hasta la Patagonia. 

¿Cree que el tabaco está perdiendo la pelea? 

No la perderá nunca. Es demasiado potente, es demasiado gratificante para el usuario. Podrá incluso haber una gran rebelión si se insiste en perseguirlo. Que se pongan de acuerdo mediante medios modernos como el Iternet los usuarios y empiecen a fulminar las compañías aéreas por orden: “Somos 200 millones de usuarios de tabaco. Lufthansa, si no cambia usted en un mes su política contra los fumadores, nadie viaja; American Airlines, si no cambia usted en dos meses, nadie viaja. Dándoles ultimátums. Las compañías aéreas hacen economías a escala, de repente se quedan sin 10 millones de clientes en un mes y ¡pun!, “bancarrota”. Aparte de otras medidas más sencillas como por ejemplo en Estados Unidos, donde hay reglas tan severas, que aterrizan un avión si alguien prende un pitillo y demás...se podría lograr que de repente a las cinco menos diez, 100 millones de americanos encienden su pitillo en los aviones. Cada vez que los seres humanos se han puesto de acuerdo han logrado cosas asombrosas. Le han cortado la cabeza a Luis XVI. 

¿Una droga tan masivamente utilizada como la marihuana, ha afectado negativamente la cultura? 

Es curioso, porque ahora se han descubierto sus numerosas utilidades médicas y terapéuticas de la marihuana. Tiene, incluso, todo tipo de principios nutritivos. Y es extraordinaria incluso para contener la erosión. Con ella se puede fabricar papel mejor que el que tenemos. 

¿Y qué tiene de malo? 

Yo creo que cierto tipo de personalidad, la que se teme a sí misma, la persona que lleva puesta una máscara, que se impone un papel, no debería tomar marihuana y sufrir sus efectos porque lo desnudaría, rompería su caparazón de rutinas. El cáñamo tiene el poder de revelar esta diferencia radical entre el aspecto y la interioridad de las personas, así que todas las personas que vivan disfraz no deberían tomarla. 

¿Qué opina del crack? 

Yo he tomado crack y lo encuentro más euforizante, más gratificante para el usuario que la cocaína. Va dirigido a un público con un poder adquisitivo no muy alto, porque todavía le falta refinar. Es mucho más barato, sólo es pasta base. No hay que tener un respeto por el conocimiento científico. Por ejemplo, el crack no es más tóxico que la cocaína. Lo que pasa es que ¿quién toma crack? Los negros más jorobados de Estados Unidos. Lo toman los adolescentes con menos perspectivas profesionales. Las drogas más peligrosas del mundo, las que pueden volverte realmente loco, son vendidas en las farmacias y son los neurolépticos. 

¿Qué clase de drogas que estén por venir le emocionan? 

La 2CB o afro onexus. Otro producto de la gran mente de Shulgin. No tiene mucho poder visionario, pero tiene una capacidad introspectiva y afrodisíaca que a mi juicio es el principal aspirante a los favores del siglo XXI. Yo espero que cada vez se vayan haciendo drogas más activas. Es decir, que con menos cantidad tenga más efecto. Y también drogas que tengan un efecto muy intenso pero breve. La vida moderna no te permite ponerte a viajar como con mezcalina, unas 20 horas. Ahora nos interesan fármacos que nos permitan en una o dos horas resolver el nudo psicológico y espiritual antes vinculado a drogas como la mezcalina. Creo que en lo que están tanto la industria química legal como la ilegal es en una búsqueda frenética de principios cada vez más puros, más potentes y al mismo tiempo de acción más breve, que con menos impregnación de nuestros tejidos orgánicos tengan los mismos efectos. Por ejemplo, todos los que amamos el tabaco, lo que realmente amamos es la nicotina. ¿Por qué producir la gran liberación de nicotina buscada con la ayuda de una brasa, si podemos meterlo rápidamente en un aparatito que lo vaporice y que sin necesidad de producir alquitranes, sin necesidad de combustión, libere nicotina de manera que nosotros podamos absorber un poco. 

¿Qué droga que no haya probado le gustaría probar?
 

Ninguna, todas las que me han llamado la atención las he probado. 

¿Ha sentido que las drogas alteren la química del cuerpo, y que esa alteración sea negativa? 

No. si te metes a una orden religiosa y haces voto de pobreza, obediencia y castidad tienes una alteración química mucho más potente que tomándote una mezcla de heroína y cocaína. Y si te mortificas y practicas el ayuno creas en tu cuerpo un efecto muy parecido al de tales o cuales drogas. Nosotros somos una bolsa química. Lo que pasa es que hay un éxtasis digamos digno –el que consigues con los votos de pobreza, castidad, obediencia y mortificación– y un éxtasis indigno, que consigues tomando RC25 o morfina. Son cosas que dicen los ignorantes, los fanáticos, los dogmáticos. 

Cuando uno se fija en el movimiento chamánico... 

Los chamanes son los médicos y directores espirituales de las sociedades simples. En sociedades complejas, como las que tenemos ahora, las soluciones chamánicas no parecen de aplicación. He conocido chamanes pero no me parecen personas más atendibles que cualquier otra, tampoco menos. 

¿Cree que todos deberíamos tener libre acceso a todo? 

A la larga sí. Lo que se pasa es que cada droga debería tener su sitio de venta. A mi modo de ver, se van a vender en puntos diferentes: 

La de paz y energía –heroína y cocaína- y las hiper peligrosas –Belladona, Datura- en la farmacia. 

Las de viaje, que las tengan en los departamentos de antropología, ciencias y artes de la universidades porque ayudan a la capacidad creativa. 

Las básicas, o sea las de más uso, como la marihuana, pertenece a supermercados. 

En cuanto a educación, ¿qué cree que es lo necesario para nuestros hijos? 

Amor propio y sentido de la estética. Darse cuenta que están haciendo una empresa científica al tomar drogas. Que se están metiendo en un terreno del cual van a salir datos. Que las drogas les ayudan a conocer mejor lo que es la condición humana intelectual y emocionante. 

¿Cuál será la clave en el momento en que se libere todo, cuando ya no haya prohibición?
 

Quererse a sí mismo. La razón para tomar drogas es para conocerte a ti mismo. Hay que tomarlas queriéndose a sí mismo, respetándose y, por su puesto, respetando a los demás. Es que sólo respeta a los demás quien se respeta a sí mismo. La vida tiene unos sinsabores evidentes, aparte de tener que ir envejeciendo y sufrir enfermedades. Muchas veces nos faltan horizontes, otras veces nos aquejan dolores, otras veces nos aqueja una falta de energía, una apatía que nos hace indolentes y nos hace perder oportunidades de promocionarnos, de tener una vida mejor. Las drogas están ahí como donadoras genéricas de paz, de energía y de exclusión. Que las usemos así o no, va a depender de cada individuo. También los coces están para desplazarnos de un lado a otro y hay insensatos que van y matan a cinco y luego se matan ellos... 


http://www.vivecondrogas.com/textos/escohotadomay03.htm