LAICISMO: CINCO TESIS

Fernando Savater
URL: 
http://www.elpais.es
Fuente: Movimiento MASA Perú

Artículo publicado en "El País", 3.4.4

El debate sobre la relación entre el laicismo y la sociedad democrática actual (en España y en Europa) viene ya siendo vivo en los últimos tiempos y probablemente cobrará nuevo vigor en los que se avecinan: dentro de nuestro país, por las decisiones políticas en varios campos de litigio que previsiblemente adoptará el próximo Gobierno; y en toda Europa, a causa de los acuerdos que exige la futura Constitución europea y por la amenaza de un terrorismo vinculado ideológicamente a determinada confesión religiosa. En cuestiones como ésta, en que la ceguera pasional lleva a muchos a tomar por enemistad diabólica con Dios el veto a ciertos sacristanes y demasiados inquisidores, conviene intentar clarificar los argumentos para dar precisión a lo que se plantea. A ello y nada más quisieran contribuir las cinco tesis siguientes, que no pretenden inaugurar mediterráneos, sino sólo ayudar a no meternos en los peores charcos.

1) Durante siglos, ha sido la tradición religiosa -institucionalizada en la iglesia oficial- la encargada de vertebrar moralmente las sociedades. Pero las democracias modernas basan sus acuerdos axiológicos en leyes y discursos legitimadores no directamente confesionales, es decir, discutibles y revocables, de aceptación en último caso voluntaria y humanamente acordada. Este marco institucional secular no excluye ni mucho menos persigue las creencias religiosas: al contrario, las protege a las unas frente a las otras. Porque la mayoría de las persecuciones religiosas han sucedido históricamente a causa de la enemistad intolerante de unas religiones contra las demás o contra los herejes. En la sociedad laica, cada iglesia debe tratar a las demás como ella misma quiere ser tratada... y no como piensa que las otras se merecen. Convertidos los dogmas en creencias particulares de los ciudadanos, pierden su obligatoriedad general pero ganan en cambio las garantías protectoras que brinda la Constitución democrática, igual para todos.

2) En la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos. Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas, tal como dice Tzvetan Todorov: "Pertenecer a una comunidad es, ciertamente, un derecho del individuo pero en modo alguno un deber; las comunidades son bienvenidas en el seno de la democracia, pero sólo a condición de que no engendren desigualdades e intolerancia" (Memoria del mal).

3) Las religiones pueden decretar para orientar a sus creyentes qué conductas son pecado, pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado legalmente delito. Y a la inversa: una conducta tipificada como delito por las leyes vigentes en la sociedad laica no puede ser justificada, ensalzada o promovida por argumentos religiosos de ningún tipo ni en atenuante para el delincuente la fe (buena o mala) que declara. De modo que si alguien apalea a su mujer para que le obedezca o apedrea al sodomita (lo mismo que si recomienda públicamente hacer tales cosas), da igual que los textos sagrados que invoca a fin de legitimar su conducta sean auténticos o apócrifos, estén bien o mal interpretados, etcétera...: en cualquier caso debe ser penalmente castigado. La legalidad establecida en la sociedad laica marca los límites socialmente aceptables dentro de los que debemos movernos todos los ciudadanos, sean cuales fueren nuestras creencias o nuestras incredulidades. Son las religiones quienes tienen que acomodarse a las leyes, nunca al revés.

4) En la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo verificable (es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad científicamente contrastada en el momento actual) y lo civilmente establecido como válido para todos (los derechos fundamentales de la persona constitucionalmente protegidos), no lo inverificable que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas o las obligaciones morales fundadas en algún credo particular. La formación catequística de los ciudadanos no tiene por qué ser obligación de ningún Estado laico, aunque naturalmente debe respetarse el derecho de cada confesión a predicar y enseñar su doctrina a quienes lo deseen. Eso sí, fuera del horario escolar. De lo contrario, debería atenderse también la petición que hace unos meses formularon medio en broma medio en serio un grupo de agnósticos: a saber, que en cada misa dominical se reservasen diez minutos para que un científico explicara a los fieles la teoría de la evolución, el Big Bang o la historia de la Inquisición, por poner algunos ejemplos.

5) Se ha discutido mucho la oportunidad de incluir alguna mención en el preámbulo de la venidera Constitución de Europa a las raíces cristianas de nuestra cultura. Dejando de lado la evidente cuestión de que ello podría entonces implicar la inclusión explícita de otras muchas raíces e influencias más o menos determinantes, dicha referencia plantearía interesantes paradojas. Porque la originalidad del cristianismo ha sido precisamente dar paso al vaciamiento secular de lo sagrado (el cristianismo como la religión para salir de las religiones, según ha explicado Marcel Gauchet), separando a Dios del César y a la fe de la legitimación estatal, es decir, ofreciendo cauce precisamente a la sociedad laica en la que hoy podemos ya vivir. De modo que si han de celebrarse las raíces cristianas de la Europa actual, deberíamos rendir homenaje a los antiguos cristianos que repudiaron los ídolos del Imperio y también a los agnósticos e incrédulos posteriores que combatieron al cristianismo convertido en nueva idolatría estatal. Quizá el asunto sea demasiado complicado para un simple preámbulo constitucional...

Coda y final: el combate por la sociedad laica no pretende sólo erradicar los pujos teocráticos de algunas confesiones religiosas, sino también los sectarismos identitarios de etnicismos, nacionalismos y cualquier otro que pretenda someter los derechos de la ciudadanía abstracta e igualitaria a un determinismo segregacionista. No es casualidad que en nuestras sociedades europeas deficientemente laicas (donde hay países que exigen determinada fe religiosa a sus reyes o privilegian los derechos de una iglesia frente a las demás) tenga Francia el Estado más consecuentemente laico y también el más unitario, tanto en su concepción de los servicios públicos como en la administración territorial. Por lo demás, la mejor conclusión teológica o ateológica que puede orientarnos sobre estos temas se la debo a Gonzalo Suárez: "Dios no existe, pero nos sueña. El Diablo tampoco existe, pero lo soñamos nosotros" (Acción-Ficción).

APOLOGÍA DE LA INCREDULIDAD

TEMA DE TAPA: FERNANDO SAVATER

Fuente:
www.clarin.com/suplementos/cultura/2007/04/14/u-00611.htm
Difundido por AAV de Cyberateos




El filósofo Fernando Savater dedica su último libro, "La vida eterna", a la crítica de las creencias religiosas desde un punto de vista político y antropológico. Contra la fe dogmática propone una "incredulidad ilustrada", capaz, sin embargo, de aproximarse a lo sagrado (pero "un sagrado material, no sobrenatural, no divino"). Antes de llegar a la Argentina —la Feria del Libro porteña lo tendrá como protagonista— dialogó con Ñ sobre la fe, la razón y el incierto refugio del arte.


IVANA COSTA . 
icosta@clarin.com

El problema no es tan simple. No es sólo cómo nos deshacemos de las religiones, de sus dogmas y prohibiciones, de sus deberes imposibles, del fanatismo de algunos clérigos y de muchos fieles. El problema es, más bien, qué ocurriría si no hubiera una fe como la fe religiosa, ni un sentimiento de gratitud —por la vida, por quienes amamos— o de recogimiento personal, que permitiera dar sentido y gravedad a nuestra existencia. Que nos haga responsables por ella, por el modo en que elegimos vivir. (Porque si no hay nada ni nadie a quien rendirle cuentas ¿por qué debería haber responsabilidad?) A la vez, si no queremos someter nuestra inteligencia al dictamen de lo irracional ni dejar abandonada nuestra vocación de trascendencia, ¿dónde hallaremos refugio? ¿En qué imaginaria República? ¿En la naturaleza? ¿En el arte?

Fernando Savater se ha puesto sobre los hombros esta tremenda cuestión (que —por otra parte— está de última moda). Y en su último libro, La vida eterna, procura abarcar todos sus aspectos desde el punto de vista de un laico, demócrata, librepensador de la Unión Europea, que admite también, sin embargo, que "somos criaturas metafísicas".

Su ensayo parte de una aspiración más o menos modesta: acallar a "esos embaucadores" que con mayor o menor pedagogía y con una firmeza avasallante pretenden explicar el curso del universo entero por medio de insólitos recursos a lo sobrenatural. Luego se interna en el origen de las creencias; allí, dice, hay siempre una flaqueza, un deseo —de inmortalidad, de perpetuarse, de ser reconocido por alguien, más allá— que debe ser conjurado. Hacia el final parece desandar el tramo inicial para recorrer nuevamente el camino de piedra hacia lo sagrado.

Las páginas de La vida eterna —escritas para ser comprendidas ampliamente— van del rechazo de las creencias más triviales hasta el análisis del vínculo entre Dios y la filosofía, entre religiosidad y humanidad. De la crítica a los usos políticos de la religión y la protesta contra el Papa, a la evocación de poetas y pensadores que, en tiempos inquisidores, pagaron con su vida el atrevimiento de la duda o dieron testimonio de su incredulidad sin jactancia. Con ellos se encontrará el lector al comienzo y al final del ensayo.

—En el origen de la fe, dice, hay siempre un deseo. Propone entonces, en vez de "tener la pretensión de comprender la realidad a partir de lo que deseamos, intentar comprender precisamente los mecanismos reales de nuestro furor deseante". ¿Eso nos haría desear menos? —No, claro, no se trata de erradicar el deseo que tenemos más o menos oculto, que no nos confesamos del todo a nosotros mismos. Pero al ponerlo en claro contribuimos a racionalizarlo y a quitarle sus aspectos excesivos.

—El deseo religioso ¿debería tratarse terapéuticamente, como quienes proponen descubrir los mecanismos del deseo homosexual para "curarlo"?

—Los deseos están ahí, digamos, y uno no puede desear o no desear a voluntad. Lo que pasa es que al menos se debe comprender hasta qué punto ciertas creencias, ciertas ideologías, no son puras descripciones de lo real sino más bien proyecciones de nuestro deseo.

—Su planteo se dirige no tanto a la fe sino a la new age.

—Eso es probablemente porque las grandes creencias contienen otros elementos socializadores. Aparte de responder a un mecanismo de deseo, una fe puede ser un elemento socializador, unificador del conjunto de la comunidad; mientras que esos discursos más sectarios, más caprichosos están más directamente relacionados con nuestro deseo singular. Por eso distinguí en el libro entre fe y credulidad.
—Su libro comienza con una crítica de las creencias más vulgares y avanza hacia una visión cada vez más fina de lo sagrado No hay un rechazo de la fe.

—He intentado ir desde los aspectos más teóricos, abstractos y, en fin, quizás de las capas más pro fundas de la creencia religiosa hasta sus repercusiones más sociales, políticas e históricas, relacionadas con los acontecimientos que hoy padecemos. Por un lado, me parece importante intentar profundizar, no simplemente descartar la religión como un puro fenómeno sin importancia, sino tomarlo como algo muy enraizado en nuestra propia construcción simbólica: Nuestra vida no es sólo experiencia biológica sino también, sobre todo, aventura simbólica. Lo que pasa es que además de las religiones están las iglesias, los clérigos, los dogmas, las significaciones de enfrentamiento político y social, las inquisiciones... Eso no es simplemente religión pero sí una derivación de la religión.
—Desde ese nivel político señala que "se ha de respetar a los creyentes sean quienes sean mientras se sometan y no violen las leyes del país". Pero esa afirmación no agota el análisis filosófico del hecho religioso.

—Crea uno lo que crea, lo importante es separar entre ese derecho del creyente a creer en sus creencias religiosas y el resto de la sociedad. Una cosa es que las creencias religiosas sean un derecho y otra, que se conviertan en un deber para todos. Lo malo del fanático es que constantemente está intentando convertir la religión que tiene derecho a tener en un deber para los demás: Eso puede llevar a situaciones de enfrentamiento violento: en una misma sociedad puede haber religiones diferentes, pero si cada una pretende convertirse en un deber para todos es inevitable el choque y la transgresión de leyes que se deben dictar de acuerdo con principios racionales, empíricos, y no de acuerdo con revelaciones religiosas que no están sujetas a control por parte de nadie.

—La "incredulidad realmente ilustrada", que usted rescata como una forma válida de creencia, ¿no está naturalmente orientada a ejercer la crítica de cualquier sometimiento o de algunas "leyes vigentes"? Aun las de la democracia europea, que en su libro aparece como paradigma de convivencia racional.

—Bueno es que —¡hombre!— esa experiencia es la profundización en nuestra convicción simbólica. Se trata de la búsqueda de la dimensión sagrada, inmanejable, no meramente utilitaria, no meramente biológica, del ser humano. Se intenta profundizar en nuestra condición simbólica, en la "libertad" de los condicionantes biológicos. Esa capacidad simbólica es también capacidad crítica de leyes e instituciones: es una lucha contra la fatalidad. El concepto de lo natural está ligado a la idea de fatalidad y de leyes necesarias; en cambio la dimensión simbólica, sagrada, está ligada más bien a lo posible, a la búsqueda de la revocación de lo que parece fatal en pos de otras fórmulas más abiertas, más libres.
—El judaísmo o el cristianismo primitivo fueron también modos de oponerse a una vida institucionalizada —la esclavitud en Egipto, el imperio romano—, a un status quo con "leyes vigentes" que se deseaba revertir. Si identificamos la religión sólo con el fanatismo y no con modos de luchar contra poderes opresivos le quitamos un aspecto históricamente importante.

—Claro. Esa es la complejidad del fenómeno religioso: en él hay aspectos emancipatorios y otros dogmáticos, esclavizantes, y a veces es muy difícil discernir unos de otros. Evidentemente, hay una lucha emancipatoria; de hecho, teóricos de la utopía marxista como Ernest Bloch insistieron mucho en esa dimensión liberadora utopista que se encuentra en muchas religiones. Pero esas mismas religiones caen con facilidad en dogmas, inquisiciones e imposiciones. La historia del cristianismo lo muestra muy bien.

—En su análisis de lo sagrado analiza el fracaso del arte para brindar el amparo que antaño daban los mitos: "la masificación de las artes, su pérdida de aura reverencial —dice— compromete esta eficacia mítica" pues el arte va "más al entretenimiento que al discernimiento". Pero el problema de lo sagrado ¿es con el entretenimiento o con el discernimiento? ¿Es posible conciliar lo sagrado y la racionalidad?

—Yo creo que sí es posible, dentro de un límite. La racionalidad llega hasta un límite más allá del cual hay todavía una prolongación del simbolismo en forma de anhelos, mitos: lo que llamamos sagrado. Si somos capaces de establecer los límites con cierta precisión y no transgredirlos, si no intentemos convertir en racional lo que no puede serlo (porque se refiere más bien a la imaginación y a la fantasía) y, por otra parte, si no dejamos de intentar sustituir la razón por imaginaciones o dogmas caprichosos, ambas pueden convivir. La razón es importante para el ser humano pero también lo son otros estímulos: impulsos simbólicos que no son meramente racionales. En tiempos de esteticismo, algunos pensaron que el arte iba a poder dar esa prolongación simbólica a la vida humana. Hoy eso es muy difícil: el arte es más ornamental, quizás lúdico, pero no tiene esa profundidad que el simbolismo puede alcanzar, de modo que no puede sustituir la experiencia de enfrentamiento con la muerte que lo sagrado desarrolla.

—La racionalidad no admite un criterio por fuera de la "manipulación" de sus propios "discernimientos". Y los especialistas en discernir sobre el arte tampoco llegan a constituirse en un grupo de pertenencia espiritual.

—Si lo que se busca es un movimiento que abarque a una comunidad, a un grupo amplio de personas, esa búsqueda no estará en el planteamiento estético del arte moderno, que exige un comentario crítico para poder ser disfrutado como arte. El problema del arte moderno es que sólo sabemos que es arte después de haber leído comentarios que nos lo revelan como tal. No podemos disfrutarlo directamente. Los destinatarios de una catedral gótica vivían ese espacio a la vez como una experiencia religiosa, mística, artística sin necesidad de que alguien se las explicara.
—No precisaban el suplemento o la revista especializada.

— No necesitaban leer a ningún Cicerone que se los explicara. En cambio hoy nosotros sabemos que para disfrutar de Joseph Wilson, o esos artistas tan modernos, necesitamos que un experto nos venga a decir que realmente eso que estamos viendo es arte y no simplemente una broma.
—Por otra parte estamos buscando siempre el último hito, el gesto vanguardista más radical.

—Más que una revelación de fondo de nuestro destino como seres humanos, creo que tiene una dimensión de juego, de experimento más bien liviano. Hoy es difícil que alguien realmente crea que una obra de arte está revelando un destino; revela más bien una forma de expresión, un carácter del artista, nada más.

— Su ensayo también termina recurriendo al arte: un poema de William Butler Yeats, "La muerte", y otro de Tadeusz Rózewicz, "Miedo".

—Son unos poemas muy bonitos sobre miedos muy profundos, muy arraigados. El miedo no es algo malo a erradicar sino, en muchas ocasiones, un principio de cordura. Pero que se lo considere el punto de partida adecuado para la reflexión, eso ya es otra cosa.


16/04/2007
Julio 4th, 2007
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“El crédulo está dispuesto siempre a tragarse lo inverosímil, lo raro, lo chocante… o lo que le resulta más conveniente para halagar su vanidad o conservar sus privilegios. Los crédulos prefieren en todo caso aceptar lo maravilloso o lo truculento a lo que exige un esfuerzo de comprobación y confirma aspectos poco vistosos de la realidad”.
 
Esta es una de las múltiples citas que se pueden encontrar en esta buena obra de Fernando Savater, en un libro que con una dosis de claridad analiza la creencia en la inmortalidad. Base de toda religión. He aprovechado un momento de descanso en mis viajes para añadir este comentario así como mi recomendación a la lectura de esta obra. Compañera de viajes y que en este último he finiquitado, hay otra cita que resalto y que Savater escribe de Borges:
 
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“Del otro lado de la puerta un hombre
deja caer su corrupción. En vano
elevará esta noche una plegaria
a su curioso dios, que es tres, dos, uno,
y se dirá que es inmortal. Ahora
oye la profecía de su muerte
y sabe que es un animal sentado.
Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos
los vermes y el olvido”.
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Sobre la vida, el nacimiento y la finitud humana, Savater comenta en este libro, “nacemos por azar pero seguimos vivos de chiripa y siempre con notable despliegue de esfuerzo por nuestra parte”. Ante la realidad de nuestro ser, “lo que el niño sabe conscientemente y el adulto inconscientemente es que no somos nada sino cuerpo”, cita que toma de Norman O. Brown.
Una obra altamente recomendable que me ha dado momentos de meditación, desconexión con el trabajo diario, el estrés y un frescor sin igual. Se deja leer bien, lenguaje claro, buenas citas y abundantes. Un tema “vital” para el sel humano; la finitud ¿vida tras la vida?, inmortalidad y religión. Termino mi comentario con otra cita de William Butler Yeats, sacada de este buen libro:
 
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“Ni temor ni esperanza dan auxilio
al animal que muere;
un hombre aguarda su final
con temor y esperanza;
muchas veces murió,
muchas resucitó.
Un hombre en su esplendor,
al dar con asesinos
se toma con desdén
el cambio de aliento.
Sabe de muerte hasta los huesos,
el hombre creó la muerte”.
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Resumiendo con esta última cita de Savater, “el hombre no cree en la inmortalidad porque cree en Dios, sino que cree en Dios porque cree en la inmortalidad”. (La vida eterna, pag. 69)
 
Jean Pierre Dubarri (4-7-2007)
Dear Bertrand Russell
por Fernando Savater (tomado de su libro “Apología del sofista”, Ed. Taurus, 1973)

 
Bertrand Russell


Este es un libro insólito como la figura en torno a la que se centra y quizá irrepetible tras la reciente desaparición de ésta. Es una obra de ingenio espontáneo y natural, de un espíritu envidiablemente vivo, de una cortesía sin afectación, nunca desmentida por la nota irónica. Pero es también la aventura de personas de todos los países, edades y condiciones, intentando establecer una relación con la cultura, representada por una de sus figuras más vivas, que no se hallase mediatizada por los célebres “mass media”. Este libro es, juntamente, una biografía sin maquillaje y la recensión de una batalla por la autonomía intelectual.

Entre las grandes figuras intelectuales de este siglo, hay algunas que han visto popularizado su entorno, como el Sartre flanqueado por jerseys cuellialtos negros en el “Café de Flore”, con el fondo musical de Juliette Greco, o Marcuse, poco más que un nombre sobre el rebelde “campus” llameante de Berkeley o Berlín. Para otros, en cambio, el olvido: asombró no fingidamente a muchos saber que Heidegger aún vivía y celebraba su ochenta cumpleaños. Bertrand Russell, por el contrario, era más popular que sus demostraciones públicas. Nadie podía imaginarse las sentadas pacifistas bajo la columna Nelson o las concentraciones de Hyde Park privadas de la figura central del anciano alto y afilado, de melena blanca y nariz rapaz. Era un filósofo con rostro, entre tantos profesores de cara redonda y gafas burocráticas; había conseguido modelarse una cabeza que expresara tanto como diez libros, lo que según Nietzsche es la primera obligación del pensador.

Russell no se borró nunca detrás de su obra, y de él puede decirse, mejor que de Wilde, que puso su talento en su obra pero todo su genio en su vida. Su activa longevidad le fue convirtiendo, poco a poco, en el abuelo progresista del mundo, tras haber sido el ideal padre rebelde de dos generaciones anglosajonas. Las cartas que se le escribían, más de cien diarias, son cartas familiares y, como tales, más emotivas que intelectuales; gente que necesita su apoyo o que le anima a seguir con su labor, jovencitas que le ofrecen su amor y lectores fervientes que desean saber si un ateo puede celebrar la Navidad. Algunos sólo quieren saber que sigue bien y en guardia, como aquel japonés cuya carta sólo preguntaba “How are you, lord Russell?” y al que el filósofo responde un “I am fine” que equivale al “alerta está” de los centinelas nocturnos.

Ninguna carta queda sin respuesta adecuada y la mayoría de ellas guarda alguna sorpresa a su destinatario. En muy pocas líneas, con idéntica claridad, Russell expone su punto de vista religioso o político, revela que su canción favorita es “Sweet Molly Malone” o contesta a la invitación al té de un niño de seis años. Hable de lo que hable, su personalidad es innegable, una mezcla de racionalismo a ultranza (“No me gustó el misticismo de R. Tagore, no se podía razonar con él”), de positivismo, de estoicismo kantiano y de humor. Es cierto que, a veces, su sentido común está un poco trasnochado, pero siempre lo utiliza a favor de la vida, de la libertad, de lo menos pasado de moda porque nunca alcanzó vigencia. Lo que en otros sería lugar común asciende en él a convicción revolucionaria o, al menos, a fermento crítico de indudable interés. Si sus convicciones socializantes no siempre nos convencen, lo indudable es que previó los peligros del leninismo desde muy pronto y con acuidad; aunque su solución pacifista se queda en la superficie tan sólo del problema, su actividad en la organización de manifestaciones antibelicistas y en comités de desobediencia civil han abierto útiles caminos tácticos a la luego llamada “oposición extraparlamentaria”. Como todos los pensadores críticos, Russell es mucho más interesante y valioso cuando niega que cuando afirma. Sobre todo, su individualismo valeroso, su heroísmo irónico, su rebelión antijerárquica, su defensa de la vida y de la plena expansión sexual, su postulación de una educación creadora y no represiva, su exigencia de una organización política basada en la federación de pequeños comités populares, opuesta a los nacionalismos opresores, todas sus posturas más personales le convierten en el más válido precursor de la liberación preconizada por la “new left” de Europa y América. Sus derrotas nos enseñan tanto como sus parciales triunfos

La correspondencia reunida en este bello volumen demuestra que muchos miles de personas en el mundo se sentían más acompañadas sabiendo que el viejo liberal montaba su guardia insobornable en su refugio de Gales, símbolo postrero y quizá ilusorio de unos valores ideales que ya nadie, salvo él, sabe defender con acento sincero. Era un lujo moral para este mundo nuestro, que cada vez se puede permitir menos; de aquí nuestra melancolía al cerrar este libro y decir definitivo adiós a nuestro querido Bertrand Russell... 

REPORTAJE: PSICOLOGÍA

Cómo librarse de las etiquetas

FERRAN RAMON-CORTÉS 13/06/2010

Incluso sin saberlo, todos llevamos colgada una. Es muy fácil que nos la pongan, y muy difícil quitársela de encima. ¿Podemos cambiar la percepción que tiene la gente de nosotros?


En la universidad sacaba muy buenas notas.
Fui durante un tiempo “el cerebrín”. Durante los primeros años de mi carrera profesional trabajaba sin límite de horas. Dejaba la piel en el trabajo, y lo hacía como si me fuese la vida. Me gané la etiqueta de “el estresado”. Cuando accedí al comité de dirección, alguien cayó en la cuenta de que el director general era mi hermano. Fui durante años “el hermanísimo”. Decidí dedicarme a la formación, y me formé en programación neuro-lingüística, Gestalt, y otras disciplinas del comportamiento humano. Pasé a ser “el iluminado”…
Estas son algunas de las etiquetas que recuerdo cuando repaso mi vida. Sin duda hay muchas más. Y sin duda no soy el único que las ha tenido y las tiene. Todos tenemos nuestras etiquetas. Algunas son justas; otras, tremendamente injustas. Unas nos las hemos ganado, y otras nos las han colgado sin que pudiéramos evitarlo. Pero en cualquier caso ahí están. Nos acompañan en cada periodo de nuestras vidas y condicionan la percepción que tienen los demás de nosotros. Porque constituyen –en muchos casos, y muy a nuestro pesar– nuestra tarjeta de presentación.
Las merecidas y las inmerecidas. Las etiquetas son una forma fácil (aunque tremendamente superficial y a menudo poco objetiva) de clasificarnos. Cuando preguntamos sobre alguien, lo primero que recibiremos como respuesta será su etiqueta, especialmente si quien habla de ese alguien lo conoce poco. Nos guiamos por ellas y juzgamos según ellas. En un mundo veloz y superficial, lo que conocemos de los demás a menudo se limita a sus etiquetas.
Las etiquetas no tienen por qué ser reflejo de una pauta de comportamiento habitual, ni de nuestra forma de ser o nuestro carácter. A menudo nos las cuelgan por episodios anecdóticos (un día pierdo los papeles en público y paso a ser el histérico) o por comportamientos intrascendentes que por algún motivo generan curiosidad (es el maniático que siempre encuentra las faltas de ortografía en las presentaciones).
Pero también nos las podemos ganar por comportamientos habituales de los que no somos muy conscientes (soy un obsesivo del orden porque no puedo salir sin poner todos los papeles en su sitio).
Lo que es cierto es que, sea cual sea el motivo por el que nos la han colgado, casi siempre somos los últimos en enterarnos de que llevamos una etiqueta. Y que en muchos casos un solo acto desafortunado es el responsable de que nos la hayan colgado. Se cumple en este sentido el refrán que reza: “Por un perro que maté, mataperros me llamaron”.
Etiquetas instantáneas. Las etiquetas son mucho más fruto de las primeras impresiones que del conocimiento real de una persona. A menudo, solo con un primer contacto visual, y antes de que digamos nada, ya nos han colgado una etiqueta.
Es importante constatar que en estos casos la apariencia física, nuestra expresión y en general el lenguaje no verbal van a tener un papel determinante en la configuración de nuestra etiqueta. Podemos ser un pedante insoportable un encanto de persona solo por la manera en que nos vean aparecer. Y como las etiquetas ejercen un gran papel en la configuración de la opinión que los que no nos conozcan tendrán de nosotros, vale la pena cuidar –o como mínimo ser conscientes– de esta primera impresión.
¿Qué hay detrás de las etiquetas? Las etiquetas no siempre son ingenuas o bien intencionadas. No son solo fruto de la percepción espontánea de nuestro interlocutor en un momento dado. Muchas veces reflejan los miedos de aquellos que nos las cuelgan (eres mi nuevo jefe, no te conozco, pero tengo miedo y de entrada te cuelgo la etiqueta de que eres un ogro) o esconden estrategias de destrucción cuando nos perciben como un potencial enemigo (eres nuevo en mi departamento, amenazas mi posición y de entrada te cuelgo la etiqueta de trepa).
Lo que es seguro es que las etiquetas son socialmente muy golosas. En todos los grupos hay el que cuelga las etiquetas a todos, en un proceso creativo que lo hace especialmente popular entre los demás. Es un juego que divierte y cohesiona al grupo, pero que tiene nefastas consecuencias para algunos.
En cualquier caso, las etiquetas que tengamos no nos deberían pasar inadvertidas, porque muchas veces nos advierten de comportamientos que sin que seamos conscientes están proyectando una determinada imagen de nosotros a la gente.
Generalmente nos cuelgan las etiquetas sin que lo advirtamos, pero también podemos ser proactivos e ir a buscarla: podemos tener determinados comportamientos para “ganarnos una etiqueta” y vivir de las rentas el resto de nuestros días (puedo dedicarme a llegar el primero al trabajo durante una semana, ganarme la etiqueta del que abre la oficina cada día… y vivir de ella el resto del año).
¿Cómo quitárselas de encima? Es muy difícil quitarse de encima una etiqueta, porque cada gesto que la reafirme será especialmente visible, mientras que los gestos que la contradigan pasarán a menudo inadvertidos. La gente de nuestro alrededor está condicionada a percibir lo que diga la etiqueta.
Si queremos deshacernos de una etiqueta, el primer paso será necesariamente cambiar nosotros de comportamiento. No podemos esperar que los demás cambien su percepción si no cambiamos nosotros primero nuestro comportamiento. Para quitarnos de encima una etiqueta falsa necesitaremos tiempo y paciencia.
Tiempo, para que los hechos pongan las cosas en su lugar, y paciencia, para aguantar todos los comentarios que conlleva la etiqueta que ya tenemos asignada. Lo único que podemos hacer al respecto es hacer especialmente visibles todos aquellos comportamientos que desmienten la etiqueta. Y ayudarnos de nuestra gente de confianza para que influyan en la percepción de la gente.
Si la etiqueta es cierta y no nos gusta, no podemos hacer otra cosa que asumirla con deportividad. Actuar reactivamente o coléricamente perpetuará la leyenda.
Cuando nosotros las ‘colgamos’. Leí hace muy poco una frase que decía: “Si tú me conociste ayer, haz el favor de no pensar que hoy estás tratando con la misma persona. Acércate a mí con cierto sentido de curiosidad”.
Colgar etiquetas a los demás es renunciar a nuestra capacidad de percepción. A base de etiquetas perpetuamos una impresión estática de los otros que no nos permite ver su evolución o su crecimiento.
Colgar etiquetas nos dará a la larga una falsa y superficial percepción de los demás. Al mismo tiempo, juzgar a los demás por la etiqueta que llevan nos conduce a renunciar a conocerlos de verdad. En este sentido, cuando entramos en contacto con grupos nuevos, hemos de evitar dejarnos guiar por lo que nos digan de la gente. Por las etiquetas que ya lleven. Hagamos el esfuerzo de descubrirlos uno por uno desde nuestra capacidad de percepción, limpia de prejuicios.
Y con la gente que conocemos bien deberíamos hacer el esfuerzo de mirarlos con ojos nuevos cada día. Al fin y al cabo, cuando salimos de casa cada mañana, nunca volvemos siendo la misma persona: las vivencias que hemos tenido durante el día nos han cambiado.
No renunciemos nunca a nuestra capacidad de percepción. No dejemos nunca de pensar que todos somos seres en constante cambio y crecimiento. Y que nuestra maravillosa complejidad es imposible de plasmar en una etiqueta.


I

Las etiquetas en nuestra sociedad

Funcionamos a nivel social a base de etiquetas. Es el atajo que utilizamos para clasificar y encasillar a la gente. Así, por ejemplo:

– El juez Garzón es un “juez estrella”, por sus intervenciones judiciales y mediáticas.
– El juez del ‘caso Millet’ ha sido etiquetado como “el caracol”, por la presunta lentitud con que avanza el caso.
– Al golfista Sergio García lo etiquetaron como “el niño”, probablemente por su aspecto, como también es “el niño” Fernando Torres, jugador de fútbol.
– A la modelo australiana Elle McPherson la etiquetaron como “el cuerpo”, y a Naomi Campbell, como “la pantera negra”.
– Mario Conde fue el “yuppy” por excelencia.
– Xavi Hernández, jugador del FC Barcelona, es “el profesor”.
– Diana Spencer fue “La princesa del pueblo”.
– Elvis Presley fue “el rey”, y Bruce Springsteen, “el jefe” (the boss).
Cómo librarse de las etiquetas
Ferran Ramon -Cortes 13/06/2010

May 25, 2010