Panfleto contra la estupidez contemporánea

- Gabriel Sala

Este “Panfleto contra la estupidez contemporánea”, que Gabriel Sala ha pergeñado con veracidad y vehemencia, debería ser lectura obligada para todos los que vivimos en la actualidad en esas democracias occidentales de las que tan orgullosos nos sentimos y que deseamos imponer como modelo al resto del planeta.

Este libro pretende ser una invitación a reflexionar sobre una realidad sombría que el autor presenta de manera descarnada ante nuestros ojos.

De manera somera, sin detenerse demasiado en las causas, aunque apuntándolas brevemente, Gabriel Sala dibuja ante nuestros ojos un panorama que todos conocemos ya sobradamente: la pobreza, que condena al hambre, a una vida sin esperanza y a la muerte a miles de personas; frente a una riqueza que cada vez se concentra en menos manos y más sucias, obtenida de forma espuria precisamente gracias a la explotación de los mismos a los que se condena a la miseria. Y como colofón, la pérdida paulatina pero incesante de las libertades y del estado de bienestar que una vez existieron en las sociedades democráticas.

Planteada esta realidad, que no por conocida deja de ser francamente espeluznante, lo que el autor del panfleto se pregunta es, precisamente, cómo esas situaciones han devenido cotidianas sin que los individuos que integran dichas sociedades se escandalicen, pidan explicaciones a quienes tiene autoridad para enmendarlas o tan siquiera se planteen de qué son resultado.

Y aquí es donde entre en juego la idea de entetanimiento, un concepto que Gabriel Sala traduce del inglés tittytaiment y que fue usado por primera vez por Zbigniew Brzezinski (un antiguo asesor del presidente Carter), que buscaba cómo definir el sistema por el cual el 80% de la población mundial desposeída no se rebelaría ante los dictados del 20% de población restante que, poseyendo el dinero y el poder sobre el mercado, se dedican a expoliarlos.El entetanimiento alude a la idea de vivir de la leche que mana de los pechos de otros. Esa sustancia nutricia proporcionada por terceras personas es la imagen perfecta para definir el sistema que ha logrado sedar las conciencias de miles de personas, enseñándoles que lo que ocurre, o bien es correcto, o bien es inevitable, y que por tanto no deben preocuparse de nada, excepto de consumir y trabajar duramente por perpetuar el sistema.

Gabriel Sala realiza un repaso en su “Panfleto contra la estupidez contemporánea” de los principales valedores del entetanimiento, demostrando la manera en que difunden un régimen que les recompensa.Comienza el autor su enumeración por las empresas, verdaderas artífices del entetanimiento como sistema ideal para distraer la atención de los ciudadanos, además de método perfecto para decirles cómo deben vivir: consumiendo, dedicando una atención digna de mejor causa a las apariencias y sin cuestionarse nunca lo que otros dan por bueno en su lugar. Sigue con los políticos, todos corruptos en cuanto abdican del que debería ser su papel, la defensa de los intereses del ciudadano, para entregarse con denuedo a la defensa de los intereses del capital.

Y no olvida a los intelectuales y a los medios de comunicación, a los que considera los fabricantes de las coartadas que el entetanimiento proporciona a los ciudadanos, para que juzguen que las cosas están bien como están y no se planteen posibles acciones para cambiarlas.


Pero lo que Gabriel Sala pretende con su panfleto es precisamente que nos atrevamos a pensar por nosotros mismos, que luchemos por desintoxicarnos de las mentiras de un sistema que ya hace tiempo ha demostrado que no nos beneficia, que es injusto y perverso, que juzguemos sin los filtros que se nos proporcionan; y, sobre todo, que nos decidamos a pedir responsabilidades a quienes las tienen y no toleremos que la indignidad cuente con nuestro apoyo.
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EL VIAJE DEL ELEFANTE, José Saramago

EL VIAJE DEL ELEFANTE, José Saramago«A Pilar, que no dejó que yo muriera». «Siempre acabamos llegando a donde nos esperan», Libro de los itinerarios. Así encabeza José Saramago su última novela, El viaje del elefante. Al decir última, puede que nos estemos refiriendo a la última en el orden de su obra, pero también, probablemente, él mismo lo ha afirmado, al último de los libros que escribe. Tras escapar de la dama de la guadaña por los pelos, el portugués ha presentido cercanísimo su propio final. Él, que tanta literatura ha dedicado a la muerte, ahora la incorpora a su vida. «La muerte final no es más que la suma de las pequeñas muertes cotidianas que sumamos todos los días». Cierto, don José, pero esa muerte última, la definitiva, la incontestable, tiene algo de traca final valenciana, de estrépito de telón de fondo cayendo de golpe, dando fin a la función.
Le ha dado tiempo a escribir, si no su mejor libro, casi. Año 1551, don Juan Tercero, rey de Portugal y de los Algarbes, decide junto a su esposa doña Catalina, tener un buen detalle con el archiduque Maximiliano de Austria, pariente de Carlos I de España, aprovechando que el noble se encuentra en Valladolid. Y deciden entregarle a Salomón, un elefante que anda por la corte lisboeta y que a él le trajeron de la India.
Arranca así la peregrinación de un elefante por tierras portuguesas y castellanas, al mando de una orgullosa soldadesca portuguesa; la acompaña Subhro, el cornaca o cuidador de Salomón. Cornaca es una palabra poderosa, que Saramago deja caer como curiosidad pero que enseguida toma cuerpo y adquiere categoría casi de nombre propio. Cornaca, dos ces, dos oclusivas que conforman un bocadillo crujiente con una nasal en medio, una nasal tierna como el membrillo. Cornaca, a las diez páginas, ¿quién no querría ser uno, a lomos del elefante, susurrando intimidades al paquidermo, en comunión perfecta con un animal casi mitológico que hace temblar la tierra con sus pisadas regias? El marfil de los colmillos se eleva al cielo como una firma poderosa que acaba hacia arriba, mostrando el mentón. La trompa, pese a su ridículo nombre, es un brazo poderoso como el que el Quijote creía tener.
Y en estas fechas, mediado el siglo XVI, justo cuando calculamos que Alonso Quijano acaba de nacer o es un infante aún, Salomón se encamina firme hacia Valladolid ante el asombro de las gentes del tiempo, que salen a ver al elefante como si el apocalipsis de san Juan pasara por delante de sus aldeas.JOSÉ SARAMAGO
No se ha perdido nada de la lucidez de Saramago, sus diálogos entre personajes suspicaces siguen desnudando lo que se oculta siempre en las trampas del lenguaje y de las ideas. Claridad, claridad, como un foco que extirpara las sombras del folio. Un folio escrito que se vuelve más luminoso aún que cuando permanecía blanco, sin palabras. Eso es lo que hace Saramago con la prosa. Y, en esta ocasión, aún escribo con la lectura caliente, es decir, sin la prudente perspectiva del tiempo, me temo que más fluido que nunca. ¿Acaso no se ha querido detener demasiado, tras su paso por el hospital, acaso ha buscado, no la prisa, pero sí cierta velocidad, una marcha más? Es posible, sí. En todo caso, las casi trescientás páginas, van de corrido, como si el portugués las hubiese cubierto al paso sostenido pero inexorable del elefante. ¿Y humor? Claro, aparecen curas, milagrería y superstición, con la reforma luterana de fondo, cómo no iba a haber humor.
El viaje se prolongará desde Valladolid hasta Viena, en una marcha que atraviesa el norte de Italia y los Alpes, emulando a Aníbal. Desde Lisboa hasta Viena, como si Saramago hiciese el paso de la Eurocopa de Portugal, que su país perdió, hasta la Eurocopa de 2008, que el nuestro ganó. La caravana pasa por Innsbruck y por Amstetten, y entra triunfal en las calles vienesas, donde Salomón, el elefante protagonista de esta historia, obrará maravillas. El animal no dice nada en todo el relato, y si sabemos de sus humores y sus preferencias es a través del cornaca —cornaca, qué palabra, qué oficio, qué destino feliz—.
Hacia el final del relato, a Saramago le da por teorizar brevemente sobre la propia escritura:
«No es posible describir un paisaje con palabras. O mejor, posible sí que es, pero no merece la pena. Me pregunto si merece la pena escribir la palabra montaña cuando no sabemos qué nombre se da la montaña a sí misma. Ya con la pintura es otra cosa, es muy capaz de crear sobre la paleta veintisiete tonos de verde que escaparon de la naturaleza, y algunos más que no lo parecen, y a eso, como compete, le llamamos arte. De los árboles pintados no caen hojas.»
En los libros, la muerte tampoco se llama muerte. Salomón, el cornaca, el archiduque, don Juan Tercero, todos pueden morir, cada uno de manera más o menos digna, o no. Pero basta con retomar la primera página para que recobren la vida apagada, la vela entera. ¿El último libro de Saramago? Quizá de los mejores, colofón impreso en oro. ¿Cuál será el último libro que leamos nosotros, el que no podamos acabar, el que dejemos a medias, en nuestra propia traca final y definitiva?
No todos los años deberían otorgar el premio Nobel, al menos en literatura. Sólo habría que nombrar un Nóbel cuando lo hubiese. O entregar dos de una vez, si el caso lo requiriese. ABaroja no se lo dieron, por ejemplo, para estupor de Ernest Hemingway, que al recibir el suyo preguntó incrédulo: Ah, ¿pero no se lo han dado a Baroja? En El viaje del elefante, te das cuenta de que estamos ante otra cosa distinta, ante otra dimensión, un ser de otro mundo, como dijo en su día Butragueño de Florentino Pérez. Ahora que vuelve Florentino y al Buitre se le erizan sus plumas de emoción como a una gallinilla de corral, nosotros nos quedamos con Saramago, verdadero galáctico, acaso el único vivo, narrador imposible de imitar. Y acaba su obra con el elefante barritando, que suena como las trompetas que derribaron los muros de Jericó, Eridú, la más antigua ciudad.

EL ELEGIDO, de Thomas Mann.

Todas las campanas están sonando en Roma, todas sin excepción; retumban con alegría desde San Pedro o Letrán hasta San Pablo Extramuros, desde las más pequeñas capillas hasta las basílicas más grandiosas. Todas. Todos los romanos están en las calles, todos sin excepción; desde el espigado monaguillo al orondo sacerdote, desde el más insignificante acólito hasta el prelado más importante. Cabe, pues, hacerse aquella pregunta: ¿por quién doblan las campanas? Y si no se adelantara el autor, tras aquélla surgiría otra: si todos, todos sin excepción, están en las calles en ceremoniosa algarabía, ¿quién dobla las campanas?
El “Espíritu de la Narración”. Es Él quien insufla fuerzas, quien tañe las campanas, quien hace resonar los campanarios. Con esto Thomas Mann, aparte de hacer de la propia narración un acto poético de primer orden, nos prepara el ánimo y nos advierte: aquí mando yo, parece decirnos. Este acto de fe deja abierta la puerta a torrentes de poesía, a paradigmas de comportamiento, a actos insólitos…, sin que la trama pierda ningún interés ni credibilidad. Pero este acto de confianza extrema, como se comprobará en el texto, es además una hipérbole que favorece todo el barroquismo que uno se encuentra cuando afronte la maravillosa lectura de este libro.
Y resulta ser exagerado ese credo porque los casi milagrosos actos que leeremos pueden ser explicados o comprendidos sin mucho esfuerzo, pese a lo increíble de alguno de ellos. Y cuando resultan del todo inconcebibles, se achacan al “Espíritu de la Narración”, a su poesía barroca suavizada por el estilo perfecto de Thomas Mann.
En efecto, es tal la maestría del “Espíritu” con la que va cerrando incertidumbres, dudas y acciones, que los acontecimientos se suceden como las Parcas tejen nuestros hilos: a su antojo pero con un objetivo claro y marcado, sin margen de error; ¡cómo adelanta sucesos!, cómo nos lleva, cómo nos prepara…
Ya vimos la manera con la que Umberto Eco en “El nombre de la rosa” se escudaba en el narrador, en un testigo de los hechos que contaba un episodio de su juventud siendo ya viejo, lo que le daba al escritor cierta libertad. En “El elegido” el narrador es un monje que conoce a casi todos los personajes pero que sabe de los sucesos lo que le han contado terceros. Otra posibilidad, pues, de comprender lo inverosímil gracias al ideario del religioso: él no hace Historia, sino que da fe mítica.
El juego moral resulta muy poco convencional, lleno de ironía, pues los actos amorales se adueñan de los sentimientos del propio narrador, resultando ser una aguda y divertida lucha entre lo común y aceptado y los desbordantes sentimientos primarios.
Y dejo a un lado estas cosas porque, aun estando presente el “Espíritu de la Narración” en todo momento, todavía no he referido nada acerca de la trama del libro. Y tiene su aquel:
La novela, ambientada en la cortés Europa del siglo X, expone la historia del Papa Gregorio V, o, con mayor propiedad, la vida de Gregorius y su incestuoso origen. Incesto que, por diversos avatares, él repetirá. Thomas Mann se basa en una epopeya medieval de un poeta alemán, la cual fue recogida por otro autor anónimo francés que compuso la “Vie de Saint-Grégoìre”, allá por el año 1190, para crear una figura gigantesca, la del protagonista, al que le rodearán aventuras y acontecimientos que se hacen imprescindibles de leer.
¿Quién toca las campanas? No son los campaneros. Han corrido a la calle como todo el mundo al oír el sonido atronador. Convenceos: los campanarios están vacíos. Flojas cuelgan las cuerdas y sin embargo las campanas vibran, los badajos golpean. ¿Habrá que decir que nadie las toca? No, sólo una cabeza agramatical, sin lógica, sería capaz de afirmarlo. “Tocan las campanas”, es decir, alguien las toca, por vacíos que estén los campanarios. ¿Quién toca pues las campanas de Roma? El espíritu de la narración.

LOS CANTOS DE MALDOROR. Isidore Ducasse, conde de Lautréamont.

Dicen que los poetas no son coetáneos de su generación natural, sino de los que vinieron antes ?sus lecturas? y de los que vienen después ?sus lectores?. Esto queda especialmente patente en Isidore Ducasse, que se hizo llamar Conde de Lautréamont, uruguayo de París y asombroso cronista de los más oscuros rincones de lo humano.
Es poco lo que sabemos de su vida, y mucho lo que los estudiosos han elucubrado sobre ella, sobre todo intentando levantar, cual arqueólogos, una biografía a partir de los vestigios como ruinas que él fue dejando en sus escritos. Nacido en Montevideo el 4 de abril de 1846 y muerto en París el 24 de noviembre de 1870. Lo que pasó entre esas dos fechas se puede resumir en dos títulos: Los Cantos de Maldoror y Poesías.
Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont. El sobrenombre lo obtiene de una novela de Eugène Sue, solo que sustituye Latréaumont por Lautréamont. Y decíamos antes que los colegas de los poetas son sus lecturas. En este caso, el mismo Ducasse revela sus fuentes literarias: Homero, Dante, Milton, Byron, Goethe, Shakespeare, Victor Hugo, Lamartine, Sade. Poco más es cierto, rotundamente cierto, en la vida de este autor. Como tengo la intención declarada de citar la edición de Pre-Textos de Los Cantos de Maldoror, con prólogo y traducción de Ángel Pariente, aprovecho ya para decir a quien desee saber más sobre la nebulosa que es la vida de Ducasse que, en la misma editorial, puede consultar el retrato que ahí ofrece el mismo Ángel Pariente. Porque aquí nos vamos a centrar en el texto, a mancharnos con la prosa de Lautréamont.
Los Cantos de Maldoror consta de seis partes, de seis cantos. Y algo sorprende inmediatamente, además del contenido de la prosa, de la absoluta falta de pudor del escritor y de lo escabroso de la temática. Me refiero a la consciencia de Lautréamont de que el lector tendrá que ir acostumbrándose poco a poco a su estilo. Él es consciente de que la primera sensación va a ser de rechazo. “Ateo, blasfemo, ¿cómo te atreves a hablar así sobre la inocencia de un niño, cómo osas referirte de ese modo al Creador, cómo tienes arrestos de escribir tales frases en contra de la humanidad?”, parece escuchar Lautréamont al principio de su relato, cuando aún los folios están en blanco ante sus pequeñas manos de escritor grande. Pero él sigue, con la fe en sí mismo de un delantero transalpino, con la confianza del que conoce perfectamente el incierto sendero. Los pocos bienes que tenía los invirtió en sufragar los gastos de edición de Los Cantos de Maldoror, pero sólo cincuenta años después la alucinada generación de Aragon, Breton y Dalí sabría apreciar la valía de la prosa de Ducasse. ¿Os parece mucho un período de cincuenta años? Hay hipotecas más longevas, de modo que no nos escandalizamos y, sencillamente, concluyamos que los poetas llegan antes que los banqueros.
Tened en cuenta que Lautréamont llega a París en otoño de 1967, cuando la ya de por sí arácnida ciudad tendía fuertes los hilos de su tela cultural: Baudelaire, Flaubert, Victor Hugo, Zola, Verlaine… y Rimbaud y Mallarmé a punto de eclosionar. Imaginad: el Sena hiviendo de provocación, fermentando la poesía de la que se nutrirían generaciones de lectores, e Isidore Ducasse asomado a uno de los puentes del río. Y, como apuntábamos, perfectamente consciente no sólo de su prosa sino del proceso de lectura de la misma. El principio de los cantos quinto y sexto es demoledor: Ducasse se muestra más convencido que nunca de que el que lee ha llegado a superar las barreras iniciales, y admite, en una declaración sorprendente, con una consciencia de sí mismo digna de Borges:
Canto Quinto: “Que el lector no se enfade conmigo si mi prosa no tiene la suerte de agradarle. Aseguras que mis ideas son al menos singulares. Eso que dices, hombre respetable, es la verdad, pero una verdad parcial. Ahora bien, ¡qué fuente abundante de errores y de equívocos es una verdad parcial!”.
Canto Sexto: “Vosotros, cuya envidiable calma no puede hacer más que embellecer vuestro aspecto, no creáis que se trata una vez más de lanzar en estrofas de catorce o quince líneas, como haría un alumno de cuarto curso, exclamaciones que parecerán inoportunas y sonoros cloqueos de gallina cochinchina, tan grotescos como sea posible imaginar, por poco que uno haga, aunque es preferible probar con hechos las propuestas que adelanto. ¿Pretendéis, pues, que por haber insultado, como en un juego, al hombre, al Creador y a mí mismo, en mis explicables hipérboles, mi misión habría terminado? No: la parte más importante de mi trabajo continúa siendo una tarea pendiente”.
Que le den un Nobel póstumo (sentando precedente inesperado), que le den un Oscar o una Copa de Europa.
Aunque Malraux y Camus no fueron de la cuerda de Ducasse, el primero despreciaba su “surrealismo infantil” y el segundo le achacaba conducir a la “inacción intelectual”, no podemos dejar de unirnos a la exclamación del sexto canto, sobre todo cuando recordamos los textos con los que pretendieron educarnos o echamos un ojo a la prensa, por no seguir.
Contra el hombre, contra el Creador y contra sí mismo, sostiene. Pero vayamos, vayamos con algunas de sus líneas, después de estos deliciosos entrantes. Y no olvidéis el almaxpara el alma (lectora).
“Enterrador, es hermoso contemplar las ruinas de las ciudades, pero ¡es más hermoso contemplar las ruinas de los humanos!”. Lautréamont, sobre los puentes del Sena, no hará ningún juicio de valor respecto a la podredumbre humana, sino que la diseccionará, con escalpelo frío, y se la comerá con la complacencia con la que los gordos apuran un entrecot de buey. ¿Remordimientos, culpas? Siguiente pregunta. “¿De dónde puede venir esta repugnancia profunda de todo lo que se refiere al hombre?”, llega a escribir. Cómo buscar la culpa en alguien que habla de la siguiente manera de esa figura a la que algunas generaciones han dado en llamar “el Creador”:
“Divisé un trono formado de excrementos humanos y de oro sobre el que fanfarroneaba, con orgullo idiota, el cuerpo cubierto con un sudario hecho de sábanas sucias de hospital ¡el que se llama a sí mismo el Creador! Sostenía en su mano el tronco podrido de un hombre muerto, llevándolo alternativamente de los ojos a la nariz y de la nariz a la boca; se adivina lo que hacía cuando estaba en la boca. Sumergía sus pies en una gran charca de sangre en ebullición en cuya superficie emergían bruscamente, como tenias a través del contenido de un orinal, dos o tres cabezas prudentes que se bajaban enseguida, con la rapidez de una flecha: una patada bien dirigida al hueso de la nariz, era la recompensa conocida por transgredir el reglamento, trasgresión debida a la necesidad de respirar en otro ambiente, pues, en fin, esos hombres no eran peces”.
Continúa glorificando a los piojos, y acto seguido se ocupa de las matemáticas, para él la antítesis de lo humano, la pureza. Como decían los griegos, matemáticas, lo que es cierto: “¡Oh, matemáticas…! […] Existía algo vago en mi espíritu, un no sé qué espeso como el humo, pero supe franquear religiosamente los peldaños que conducen a vuestro altar y habéis ahuyentado el velo oscuro igual que el viento ahuyenta al pretel. Pusisteis en su lugar una frialdad excesiva, una prudencia consumada y una lógica implacable. Con la ayuda de vuestra leche vigorizante mi inteligencia se ha desarrollado con rapidez, adquiriendo proporciones inmensas en medio de esa claridad arrebatadora que otorgáis, pródigamente, a quienes os aman con sincero amor. ¡Aritmética! ¡Álgebra! ¡Geometría! ¡Trinidad grandiosa, triángulo luminoso! ¡El que no os ha conocido es un insensato! Merecería probar los mayores suplicios, pues hay un ciego desprecio en su descuido ignorante. En cambio, el que os conoce y os estima no ambiciona otros bienes de la tierra; le bastan vuestros goces mágicos y, transportado por vuestras alas sombrías, desea elevarse con un ligero vuelo que trace una espiral ascendente hacia la bóveda esférica de los cielos”.
No es de extrañar que los surrealistas cayeran en trance cuando conocieron a Ducasse. Louis Aragon afirmó que “si Lautréamont continúa siendo moderno es por lo irreductible, por lo ofensivo de sus declaraciones, que estallan en medio de las más bellas imágenes que existen”.
Siempre lo hemos defendido: la literatura es reflejo de lo humano, y eso puede consistir en sonetos a la amistad o en octosílabos de amantes, pero también caben en los versos el odio, la insidiosa taberna, el lado oscuro, los días aciagos: “Deberíamos asombrarnos si los hombres fuesen felices en esta tierra”, sentenció Isidore Ducasse, conde de Lautréamont.
La 2revelacion.com

Pulp: la última novela de Bukowski, por Charles Bukowski.

Al detective Nick Belane se le acumulará el trabajo en esta novela: escritores que deberían estar muertos desde hace décadas, señoras extraterrestres con cuerpos esculturales que vienen a dominar el planeta, maridos con la mosca detrás de la oreja, cobradores de apuestas… Pero nada es demasiado para este “alter ego” de Charles Bukowski, el viejo indecente, que en su última novela disparató, se reinventó a sí mismo y se rió de la muerte.
De entre de la variada y extensa obra de Charles Bukowski hemos querido ocuparnos dePulp, su última novela, escrita en 1993, un año antes de morir. ¿La razón? Quizá la agilidad y contundencia que la prosa del autor exhibe en este texto, como en pocos.
La historia semeja un cómic hecho narrativa, con un detective hundido, Nick Belane (intuimos en él a un Bukowski cincuentón), al que se le van presentando los más insólitos casos. A saber:
– La Señora Muerte le encarga encontrar al escritor francés Louis Ferdinand Celine, muerto en 1961. Según la pálida dama, éste no llegó a morir, sino que se le escapó de algún modo y por ahí anda, por Los Ángeles, con casi cien años de vida pero en plenitud física, entrando en librerías y hojeando las novedades editoriales. “Quiero conseguir al mejor escritor de Francia. He esperado mucho tiempo”, sentencia la Señora.
–El empleado de una funeraria contrata a Belane para que se deshaga de una tal Jeannie Nitro, espectacular mujer que, a la postre, resulta ser una especie de serpiente con un ojo, miembro de una raza de extraterrestres que se ha propuesto conquistar la Tierra. Belane sudará lo suyo para meter en cintura la Nitro que, en su forma humana, está muy lejos de provocar la repulsión que puede transmitir un untuoso reptil.
–Un señor quiere que Nick le ofrezca pruebas convincentes de que su mujer le está siendo infiel cuando él se marcha a trabajar. En breve descubrimos una relación entre la díscola esposa ¡y Celine! Las cosas se complican en el despacho del detective.
– Un misterioso personaje le encarga que encuentre al Gorrión Rojo. ¿Qué es el Gorrión Rojo? No lo desvelaremos, porque entonces os estaríamos robando gran parte de la emoción del texto. Pero sí os diremos que, cuando Belane encuentre al Gorrión, se llevará la mayor sorpresa de su vida, sin ningún género de dudas.
Los casos se entremezclan, se confunden. El método de Belane es tan poco ortodoxo como los que emplean sus enemigos: mención especial merece el capítulo en el que dos matones, Dante y Fante, vienen a cobrarle a Nick una deuda de juego. Los diálogos, de manual, tan ágiles e inteligentes son.        
Se escucha ya a la muerte, que llama a un septuagenario Bukowski, entre capítulo y capítulo; él lo sabía, pero no dejó que la edad lo tumbara y tuvo el descaro final, ya lo hemos dicho, de convertir a la dama de la guadaña en un personaje más de Pulp, con quien se codeó, a quien metió mano. Como muestra, un botón: en cierto momento de la novela, Belane acude a la funeraria del cliente que se quiere deshacer de la Nitro, abre una caja e, ¿imagináis quién está dentro? El propio Bukowski se describe a sí mismo: “Era un tipo mayor, de pelo blanco, de unos 70 u 80 años. Tenía bastante buen aspecto. Le habían coloreado las mejillas y le habían dado un toque con lápiz de labios. La piel le brillaba como si le hubieran dado cera”.
Por su interés narrativo, por lo vertiginoso de la prosa, incluimos los dos primeros capítulos de la novela y aquél en el que le encargan el caso de Jeanni Nitro. El resto es así: no hay descanso para el lector. Los diálogos cabalgan de párrafo a párrafo, sí, como palabras que fluyeran. Porque Bukowski estuvo toda su vida haciendo que las malditas palabras se movieran, bailaran, apostando en cada golpe que daba al teclado de la Underwood, interpretando, sí, como él afirmara, la música de los siglos.
Dedicado a la mala escritura
1
Yo estaba sentado en mi oficina, mi contrato de alquiler había vencido y McKelvey estaba empezando los trámites para desahuciarme. Aquel día hacía un calor del demonio y el aire acondicionado se había roto. Una mosca se paseaba lentamente por encima de mi escritorio. Extendí el brazo con la palma de la mano abierta y la puse fuera de juego. Me estaba frotando la mano con la pernera derecha del pantalón cuando sonó el teléfono. Lo cogí.
–¿Sí? –dije.
–¿Ha leído usted a Céline? –preguntó una voz femenina. La voz era bastante sexy y yo llevaba mucho tiempo solo. Décadas.
–¿Céline? –dije–. Ummm…
–Quiero a Céline –dijo ella–. Tengo que conseguirlo. Aquella voz tan sexy me estaba poniendo realmente cachondo.
–¿Céline? –dije–. Déme alguna información. Hábleme, señora, siga hablando…
–Súbase la cremallera –me contestó.
Miré hacia abajo.
–¿Cómo lo sabe? –le pregunté.
–Da igual. Lo que quiero es a Céline.
–Céline está muerto.
–No lo está. Quiero que le encuentre. Quiero tenerlo.
–Puedo encontrar sus huesos.
–No, estúpido, ¡está vivo!
–¿Dónde?
–En Hollywood. He oído que se ha pasado varias veces por la librería de Red Koldowsky.
–Entonces, ¿por qué no va a buscarle usted?
–Porque antes quiero saber si es el auténtico Céline. Tengo que estar segura, absolutamente segura.
–Pero ¿por qué ha recurrido a mí? Hay cientos de detectives en esta ciudad.
–John Barton le ha recomendado a usted.
–Ah, Barton, sí. Bueno, escuche, tendrá que darme algún adelanto y tendré que verla a usted en persona.
–Estaré ahí dentro de unos minutos –dijo. Ella colgó, yo me subí la cremallera. Y esperé.
2
Ella entró en mi oficina.
Bueno, o sea, aquello no era justo. El vestido le estaba tan apretado que casi le estallaban las costuras. Demasiados batidos de chocolate. Llevaba unos tacones tan altos que parecían zancos. Caminaba como un borracho contoneándose por la habitación. Un glorioso vértigo de carne.
–Siéntese, señora –le dije.
Se dejó caer y cruzó las piernas muy arriba, tan condenadamente cerca que se me salían los ojos de las órbitas.
–Encantado de verla, señora –le dije.
–Deje de hacerse el bobo, por favor. No tengo nada que no haya visto usted nunca.
–En eso se equivoca, señora. ¿Podría darme usted su nombre?
–Señora Muerte.
–¿Señora Muerte? ¿Es usted del circo? ¿Del cine?
–No.
–¿Lugar de nacimiento?
–Da lo mismo.
–¿Año de nacimiento?
–No se haga el gracioso.
–Sólo intentaba tener algunos antecedentes. De alguna manera se me fue el santo al cielo.
Empecé a mirarle fijamente las piernas. Siempre he sido un hombre de piernas. Fue lo primero que vi al nacer. Después intenté salir. Desde entonces he intentado la dirección contraria pero con bastante poco éxito.
Ella chasqueó los dedos:
–Eh, déjelo ya.
–¿Ehhh? –dije levantando la mirada.
–El asunto Céline. ¿Se acuerda?
–Sí, claro.
Desdoblé un clip y apunté hacia ella con el extremo.
–Necesitaré un cheque por servicios prestados.
–Por supuesto –dijo sonriendo–. ¿Cuál es su tarifa?
–6 dólares la hora.
Sacó su talonario de cheques, garabateó algo, arrancó el cheque del talonario y me lo lanzó. Aterrizó en mi escritorio. Lo cogí. 240 dólares. No había visto tanto dinero desde que acerté un pleno en Hollywood Park en 1988.
–Gracias, señora…
–…Muerte –dijo ella.
–Sí, sí –dije–. Ahora déme algunos detalles sobre ese tal Céline. ¿Dijo usted algo de una librería?
–Bueno, se ha pasado varias veces por la librería de Red, ha estado hojeando libros, preguntando sobre Faulkner, Carson McCullers, Charles Manson…
–Así que se pasa por la librería, ¿eh? Hmmm….
–Sí –contestó–. Ya conoce usted a Red. Le gusta echar a la gente de su librería. Te puedes gastar mil dólares, pero te quedas uno o dos minutos más y entonces Red te dice: –¿Por qué no te largas de una puñetera vez?Ÿ Red es un buen tipo, sólo que está un poco chiflado. Bueno, pues echa una y otra vez a Céline, y Céline cruza a Musso’s y se queda dando vueltas por el bar con aire triste. Vuelve al día siguiente o al otro y vuelve a suceder lo mismo.
–Céline está muerto. Céline y Hemingway murieron con un día de diferencia. Hace 32 años.
–Lo de Hemingway lo sé. Conseguí a Hemingway.
–¿Seguro que era Hemingway?
–Oh, sí.
–Entonces, ¿cómo es que no está segura de que este Céline es el auténtico Céline?
–No lo sé. Tengo una especie de bloqueo en este asunto. No me había ocurrido nunca hasta ahora. Puede que lleve demasiado tiempo en este rollo. Así que por eso he venido. Barton dice que usted es bueno.
–¿Y usted piensa que el auténtico Céline está vivo y quiere conseguirlo?
–No sabe cuánto, jefe.
–Belane. Nick Belane.
–Muy bien, Belane. Quiero estar segura. Tiene que ser el auténtico Céline, no cualquier tonto del culo que se crea que lo es. Ésos abundan.
–Como si no lo supiera.
–Bueno, empiece con ello. Quiero conseguir al escritor más grande de Francia. He esperado mucho tiempo.
Después se levantó y salió. Nunca en mi vida había visto un culo como aquél. Más allá del concepto. Más allá de cualquier cosa. Ahora no me molestéis. Quiero pensar en aquel culo.
……………….……………….……………….……………….……………….……………….…………
Cogí el teléfono. –Agencia de Detectives Belane… –Me llamo Grovers, Hal Grovers. Necesito que me ayude. La policía se ríe de mí.
–¿De qué se trata, señor Grovers? –Un ser extraterrestre me persigue. –Ja, ja, ja. –Venga, señor Grovers! –¿Ve? Todo el mundo se ríe de mí. –Perdone, Grovers. Pero antes de que siga hablando tengo que decirle cuál es mi tarifa.
–¿Cuál es? –6 dólares la hora. –No creo que eso sea un problema. –Nada de cheques sin fondos o acabará llevando los güitos en una bolsita, ¿me ha entendido?
–El dinero no es el problema –me dijo–, es esa mujer. –¿Qué mujer, Grovers? –Coño, la mujer de la que estamos hablando, la extraterrestre. –¿El extraterrestre es una mujer?
–Sí, sí…
–¿Y cómo lo sabe?
–Ella me lo ha dicho.
–¿Y la cree?
–Claro. La he visto hacer algunas cosas.
–¿Cómo qué? –Atravesar el techo volando y cosas así… –¿Bebe usted, Grovers?
–Claro. ¿Y usted? –No podría aguantar si no lo hiciera… Escuche, Grovers, antes de que sigamos, tiene que pasarse por aquí en persona. Es la 3.À planta del Edificio Ajax. Llame antes de entrar.
–¿Alguna forma de llamar especial? –Sí, u-na-co-pi-ta-deo-jén. Así sabré que es usted. –Muy bien, señor Belane.
Maté cuatro moscas mientras esperaba. Maldita sea, la muerte está en todas partes. Ni hombres, ni pájaros, ni fieras, ni reptiles, ni roedores, ni insectos, ni peces, ninguno tenía una oportunidad. El final estaba fijado. No sabía qué hacer. Me empecé a deprimir. Ya saben, veo al dependiente del supermercado metiendo en la bolsa lo que he comprado y a continuación le veo metiéndose en su propia tumba junto con el papel higiénico, la cerveza y las pechugas de pollo.
Luego oí la llamada convenida en la puerta y dije: –Pase, por favor, señor Grovers. Entró. No era gran cosa. Un metro y medio, 59 kilos, 38 años de edad, ojos verdes grisáceos con un tic en el izquierdo, uní espantoso bigotito rubio del mismo color que el pelo que le clareaba en la parte superior de la cabeza, demasiado redonda. Entró caminando con las puntas de los pies hacia afuera y se sentó.
Nos miramos el uno al otro. Eso fue lo único que hicimos. Pasaron cinco minutos. Me empecé a cabrear.
–¿Por qué no dice usted nada, Grovers? –Estaba esperando a que hablara usted primero. –¿Por qué?
–No lo sé.
Me recosté en mi sillón, encendí un puro, puse los pies encima de la mesa, di una calada y eché el humo haciendo un anillo perfecto.
–Grovers, esa mujer, esa… extraterrestre… hábleme un poco de ella. –Dice que se llama Jeannie Nitro. –Cuénteme algo más, señor Grovers.
–¿No se reirá usted de mí como la policía? –Nadie se ríe como la policía, señor Grovers. –Bueno… ‘es un pez gordo del espacio. –¿Y por qué quiere usted librarse de un pez gordo? –Le tengo miedo, me controla la mente.
–¿Cómo?
–Como que tengo que hacer todo lo que dice. –Suponga que le dijera que se comiera usted su propia caca, ¿lo haría? –Creo que sí.
–Grovers, a usted lo que le pasa es que le va la cosa masoca. A muchos hombres les gustan esas cosas.
–No, son sus trucos, dan miedo. –Grovers, he visto todo tipo de trucos y algunos… –Usted no la ha visto surgir de la nada, usted no la ha visto desvanecerse por el techo.
–Me está usted aburriendo, Grovers, todo esto es un rollo. –Pos no, señor Belane. –¿ÿPos noŸ? Pero ¿de dónde coño sale usted? Habla como un hombre de las cavernas.
–Y usted no parece un detective, señor Belane. –¿Ah, no? Entonces, ¿qué parezco? –Bueno, veamos, déjeme pensar… –No lo piense mucho. Esto le está costando 6 dólares la hora. –Bueno, parece usted… un fontanero. –¿Un fontanero? De acuerdo, un fontanero. ¿Y qué haría usted sin fontaneros? ¿Puede imaginarse a alguien más importante que un fontanero?
–El presidente. –¿El presidente? En eso se equivoca. Se equivoca otra vez. –Cada vez que abre la boca, dice usted algo equivocado.
–No estoy equivocado. –¿Lo ve? –Otra vez!
Me saqué el puro de la boca y encendí un cigarrillo. Aquel tipo era una mierda pinchada en un palo. Pero era un cliente. Le miré durante un buen rato. Era un trabajo duro mirarle un buen rato. Dejé de mirarle. Miré por encima de su oreja izquierda.
–De acuerdo. ¿Y qué quiere que haga con esa extraterrestre, esa Jeannie Nitro?
–Librarme de ella. –No soy un matón, Grovers. –Simplemente, sáquela de mi vida como sea. –¿Ha tenido ya relaciones sexuales? –¿Se refiere usted a hoy? –Me refiero a si las ha tenido con ella. –No. –¿Tiene usted la dirección de ese bombón? ¿Su número de teléfono? ¿Su profesión? ¿Algún tatuaje? ¿Algún hobby? ¿Hábitos peculiares?
–Sólo eso último… –¿Como cuáles? –Como eso de atravesar el techo volando y todo eso. –Está usted loco, Grovers. No me necesita a mí, necesita a un loquero. –Ya he ido a los loqueros.
–¿Y qué le han dicho?
–Nada. Sólo que cobran más de 6 dólares la hora. –Eso prueba que está usted loco.
–¿Por qué? –Cualquiera que pague eso tiene que estar loco. Luego nos quedamos allí simplemente mirándonos. Era todo bastante estúpido. Yo intentaba pensar. Me dolían las sienes
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LORCA: Una luna robadora de niños.

Hace un tiempo me detuve en el calor de Lorca. Pues bien, ese mismo bochorno que se desprende de la escritura del poeta granadino vuelve a aparecer en el romance que hoy nos ocupa, el Romance de la Luna, del Romancero Gitano. Pero si bien la fragua emana el calor lorquiano que se adjudica a lo mitológicamente gitano, la luna que viene por el cielo, esa luna robadora de niños, es fría: de una frialdad asesina y prehistórica. Y del contraste entre estas dos temperaturas opuestas sube un vapor que, quizá, es el polisón de nardos de la luna, luna, luna.
Yo nunca he sabido qué es un polisón de nardos. No lo sé hoy y no lo sabía una mañana de abril en que la profesora de literatura nos sacó a un césped a darnos clase griega sobre Lorca. Los chicos adquirían positivos indicando aliteraciones: de la “L”, de la “M”, de la “N”. A mí aquello me parecía definitivamente estúpido, no me hacía yo a Lorca “aliterando”, sino más bien sudando mientras escribía sobre torsos desnudos. Pero, ¿qué es un polisón de nardos? Y se hizo el silencio, se detuvo el “botellón de aliteraciones”. Nadie supo decírmelo. Sigo igual a día de hoy. Y aún así, ahí está escrito:
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Menuda luna, una diosa pagana, prehistórica, como una Venus en piedra bajo la que los druidas se congregasen para bailar ebrios de sustancias. Es una luna, luna, que surca los cielos nocturnos como un gánster del cine negro. Y encima viene, impúdica, a mostrarnos sus fríos senos, en plan Mata-Hari celestial. No es la luna de Bécquer, aquella que se dejaba caer por las Leyendas haciendo que sus rayos engañaran al poeta, que se iba en pos de una mujer que, en realidad, no era más que el brillo lunar. No es la luna griega, no es ningún carro olímpico. No viene a alumbrar a los amantes; viene a matar. Y no teme nada.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
No sabemos por qué viene a por el niño, como nada sabemos del porqué de la soledad del niño. ¿Por qué lo dejaron los gitanos solo, en la fragua? ¿Cómo es que no intuían la existencia de esta luna terrible, si tan ancestral se nos presenta? ¿Dónde estaban mientras, en qué jaleos y parrandas? No nos aclara Lorca las razones de este venir a por un infante. Los alumnos de aquel abril mío siguen buscando aliteraciones, pero la luna no busca, la luna encuentra, encuentra, y secuestra, toma y mata al niño, cuyo aliento se lleva en brazos por los aires, dejando a cambio un cuerpo como un pelele sobre el yunque de los gitanos, con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Los ojillos ahora son ojos. ¿Por qué? Porque están cerrados, o lo que es lo mismo: están abiertos a la muerte, de par en par, están muertos. La muerte no acepta diminutivos, y la vida de este poema, su crecimiento interno, se nos desvela en ese cambio de los “ojillos” a los “ojos” más que en cualquier accidental aliteración que al poeta le haya podido surgir por azar. Pero dejad que los estudiantes de abril sigan buscando. Van a encontrar tan poco como los gitanos que vienen al galope, ellos sabrán de dónde.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
El mundo es un escenario teatral en blanco y negro, porque éste es un poema sin color y con mucho frío donde las lunas caminan tétricas saltando de nube en nube con niños muertos de la mano. Esto es teatro puro, un manual de escenografía. Y cada vez que lo leo me encuentro sentado solo en el teatro, frente a la función de la muerte, rodeado de sillas vacías, de sillas muertas. Fuera, suenan los vagos ecos de los antiguos compañeros: “aliteración de la L…”, como si a ellos también se los hubiese llevado la luna, luna.
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FOUCAULT, más allá de Kant.

Como Sartre o Voltaire, Paul-Michel Foucault es un pensador que se rebela contra todo lo conocido pero que proviene de un entorno familiar que muchos convendríamos en definir como normal, tranquilo, agradable. Su pensamiento, en cambio, resulta trasgresor, vivificante, rabioso.
¿Contra qué se rebela Foucault? Nacido en 1926 y criado en la plácida ciudad de Poitiers, cuatrocientos kilómetros al sur de París, marcó época, rebelándose, sí, contra lo aprendido, contra las normas del colegio, contra la intelectualidad francesa, contra los cánones sexuales y contra sus maestros. Donde otros habrían llevado una apacible vida de provincianos satisfechos, Foucault dice que no y se larga a París, llevando en su maleta, no la gallina de Paco Martínez Soria, sino su homosexualidad y un concepto de la Historia que aún no se ha llevado a sus últimas consecuencias.
Suspendía los exámenes. Los aprobaba en el segundo intento. Sistemáticamente. Eso nos lo hace parecer un tipo simpático, que pareciera esforzarse por obligación, cuando en la primera vuelta la fecha del examen lo sorprendió haciendo algo más importante que memorizar el texto de turno. Hasta en la Escuela Normal Superior de París destacó por la profusión de sus lecturas. Durkheim, Kant, Nietszche, Marx. Eso le bastó para erigirse como “el siguiente”. La prensa de la época lo comparó con Kant, y lo hizo tantas veces que él se cansó del estereotipo. Rapado, ojeroso y con traje: no olvidemos que Kant era un maltrecho obsesionado con la culpa y la puntualidad, y seguramente la comparación con el alemán agotó estéticamente a un Foucault que optaba por vestirse de cuero y practicar el sadomasoquismo. “No es tan sencillo eso de disfrutar. Espero morir de una sobredosis de placer de cualquier clase”, declaró en una entrevista. Murió de sida, en 1984, pero atrás dejó un rosario de noches salvajes e, insistimos, una visión de la Historia personalísima, nueva.
En primer lugar, se ocupó de la locura, quizá porque dudó de su propia razón, y pronto descubrió que la locura como concepto aislado del ámbito racional nace en el Renacimiento, cuando la sociedad se adueña del cuerpo como concepto y comienza a dogmatizar acerca de él, a moralizar. Los locos, esos que antes se consideraba en contacto con los dioses, son recluidos en los manicomios. Pero Foucault, en ese estudio sobre la locura, percibe que las épocas, con todo lo que conllevan, determinan fortísimamente el pensamiento, y entonces comienza a hablar de “episteme”, que es la estructura de pensamiento propia de cada época. Como si en cada tiempo se necesitara un tipo de pensar distinto, los condicionantes científicos, filosóficos y culturales de cada época moldean la estructura del pensamiento. La importancia del autor como tipo individual, e incluso como genio, desaparecen: somos fruto de nuestra época, y poco más.
Foucault se convierte entonces en arqueólogo, pero no son vasijas ni restos de murallas lo que él busca, sino las normas del pensamiento que pusieron el límite a los conceptos de cada época en particular. Foucault se transforma en “arqueólogo de ideas”. Si Nietszche habló de “Genealogía” para referirse a la moral, Foucault empleará el término para aludir al análisis histórico que hace de cada época, englobando en él la moral, sí, pero también la literatura, las leyes, la ciencia… la verdad de cada tiempo. La verdad cambia con los tiempos. La verdad es funcional. Lo que sirve en cada época.
Él mismo se aplicó su cuento. Sabía que, en otro tiempo, quizá no se habría quitado el “Paul” que le recordaba a su padre. Quizá no habría sido homosexual compulsivo. Quizá no habría alumbrado la “arqueología de las ideas” sino, quién sabe, el Mundo de las Ideas… Cabe preguntarse, pues: ¿en qué época nos encontramos? ¿Por qué pensamos lo que pensamos? ¿Podemos pensar de otro modo al que lo hacemos? ¿Hasta qué punto nuestro pensamiento, es más, el pensamiento que conocemos y aceptamos, es una simple moda, reduciendo los conceptos?
“Pienso que el tipo de placer que yo consideraría El Placer Real sería tan profundo, tan intenso, tan abrumador que no sobreviviría. Me moriría”. En efecto, ya murió, intuimos que embriagado de placeres y de días. De noches e historias. De Historia. Foucault es muy fino cuando se pone serio y muy divertido cuando habla de sexo. Ya no quedan filósofos-pop.
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