domingo, 30 de mayo de 2010

Sonata de Otoño, Ingmar Bergman - Preludio 2 Chopin - Español




SONATA DE OTOÑO: LOS BERGMAN SE ENCUENTRAN PARA HACER UNA PELICULA

Todo el mundo quería ver trabajando juntos a los dos Bergman más conocidos de Suecia. Desde hacía diez años a los dos les rondaba la idea de hacerlo. En 1977 el director Roberto Rosellini muere después de una larga agonía. Ella, Ingrid Bergman, lo había dejado todo por él. Todo significaba un esposo, una hija, y su gloria en Hollywood. Rosellini no aceptaba que trabajase con otro director, sin embargo ella ya estaba enferma y él -un poco para que se olvidase de la enfermedad- le dijo: “Me encantaría que trabajaras con él, es el único que podría sacar lo mejor de ti”.

Ingmar Bergman fue al aeropuerto de Estocolmo a recogerla. En el camino ella le contó lo feliz que se sentía su esposo Roberto de que ella trabajara con Bergman. Éste detiene súbitamente el carro y se larga a llorar. Rosellini fue, para una generación de cineastas, Dios. En La linterna mágica dice que fue el mejor halago que le hicieron jamás.

Filmaron en Noruega renunciando a filmar en su entrañable e inexpugnable reducto de Faro. Se sintió a gusto en los primitivos estudios de las afueras de Oslo eso lo convenció de salir de su territorio, Bergman él que ya tenía un aura que le permitía hacer lo que quisiera. Ingrid también y ese fue el problema. Si bien había trabajado con Renoir y Rosellini, ella definitivamente estaba habituada a la forma de trabajar de los grandes estudios donde las películas las hacían las estrellas. Ingmar tenía un grupo establecido, una familia compuesta de rituales. Al final de cada rodaje se acostumbraba a tomar una copa y a ver una película escogida por el propio Bergman y la veían en la sala de cine que había acondicionado en su casa, cuenta Liv Ullman que a todos les sorprendió que a los cinco minutos Ingrid se levantara y murmurara: “No puedo perder el tiempo viendo esta porquería” se levantó y se fue. Por supuesto esto no le granjeó el cariño de Ingmar.

Y sin embargo admiraba la valentía que tuvo de ir hasta allá a pesar de su terrible enfermedad. Ingrid, como Juana de Arco (su gran ídolo y a quien interpretara en una célebre obra de teatro en los cincuenta), se crecía ante el dolor y la adversidad. Los elementos que tiene su personaje Charlotte, una afamada pianista, fueron añadidos por la propia Ingrid, sacados de su propia vida, como el dolor constante de espalda, la pérdida del compañero de toda la vida. El dolor del cáncer y de perder a Roberto. La película se sostiene a partir del monólogo de la Bergman. Es ella la que nos cuenta su vida, sus dudas, la mala conciencia de haber abandonado a su familia, todo por ser fiel a su demonio.

Sin duda que el director sueco sabía que Ingrid estaba dando lo mejor de sí y cuando ella lo hacía sólo podía competirle Sarah Bernhardt que hacía décadas estaba durmiendo el sueño eterno. Sin embargo era inevitable el conflicto y no era un problema de falta de colaboración, de desgano era un problema de lenguaje: “Ya el primer día cuando leímos juntos el guión en el estudio de ensayos, descubrí que había preparado todo su papel delante del espejo con acento y gestos. Era evidente que su visión de la profesión no coincidía con la que teníamos nosotros”. Ingmar por primera vez deja sola a Liv Ullman, no la apoya, y toda su fuerza se va en contener ese río desbordado, esa fuerza de la naturaleza que era Ingrid Bergman. La Ullman se puede defender sola y está magnífica en los monólogos donde la hija le reprocha a la madre la indiferencia en que la ha mantenido a través de sus años de éxito. Bergman filma esos dos rostros que son como dos paisajes. En esos dos rostros el alma humana contenida.
Sonata de Otoño fue tomada con indiferencia por parte de la crítica. Lo acusaron de estar copiándose. Bergman estuvo de acuerdo con esto: “Amo y admiro a Tarkovsky, me parece que es uno de los mas grandes. Mi admiración por Fellini es ilimitada. Pero me parece que Tarkovsky empezó a hacer películas de Tarkovsky y que Fellini últimamente ha empezado a hacer algunas películas de Fellini. Kurosawa nunca ha hecho una película de Kurosawa. Ha llegado por tanto el momento de mirarse al espejo y preguntar: ¿Qué es lo que pasa en realidad, Bergman ha empezado a hacer películas de Bergman? A mi me parece que Sonata de otoño es un triste ejemplo de eso”.

Anoche volví a ver la película y el tiempo ha contradecido al propio Bergman. Sonata de otoño tiene un ritmo e intensidad que la convierten en una hija de nuestra época. Ingrid sí lo intuyó, por eso a pesar de que estaba exhausta, de que el cáncer no le daba tregua, de su incesante disputa con Ingmar, ella estaba feliz y segura de que esta película consolidaría aún más su lugar entre las grandes actrices del siglo XX. Esta fue su última película.

El septimo sello mejor escena




Det Sjunde inseglet
(El Séptimo Sello-1957)


El miedo nos hace buscar una imagen salvadora y esa imagen es Dios.
El universo cinematográfico de Bergman es uno de los más complicados. Sus películas son ejercicios de pura introspección, en los que el director sueco plantea cuestiones y reflexiones que no sólo le afectan a él como ser humano sino que son temas universales que todas las personas nos hemos planteado en algún momento de nuestra vida. Desde muy temprano fue conocido en Europa como un "autor complicado, atormentado y oscuro". Su cine -salvo contadas excepciones- se preocupa por tratar problemas humanos como la soledad, la incomprensión de la pareja, el final de la vida (el hombre ante la muerte), la existencia de Dios…

Beng Ekerot (la Parca) y Max Von Sydow (el Caballero Cruzado): El Séptimo Sello
Como no podía ser menos, la muerte y todos los interrogantes que lleva consigo es la gran pregunta que religiosos y ateos pretenden responder. ¿A dónde vamos cuando morimos? ¿Qué hay más allá de la muerte? Estas preguntas torturan la mente del caballero Antonius Block (Max Von Sydow), quien a la vuelta de las cruzadas se encuentra con una Suecia asolada por la peste, y La Muerte que lo espera… Con la intención de alargar el tiempo de vida y encontrar un sentido a lo que ha sido su existencia, el joven caballero reta a La Muerte a jugar una partida de ajedrez: si gana, ésta lo dejará irse; pero si pierde, lo llevará consigo.
Beng Ekerot y Max Von SydowEl título de esta obra moral de Ingmar Bergman -extraído de su propia obra teatral Pintura en madera- fue tomado del libro delApocalipsis de San Juan. "Pintura en madera" fue una obra dramática que escribió para trabajar con sus alumnos de interpretación. Bergman -que en esta obra aludió a las pinturas medievales que trataban la danza de la muerte y los días del Apocalipsis- recuerda que escucha de fondo, para inspirarse, Carmina Burana de Carl Orff. De su faceta como director teatral surgió, por tanto, esta película.
En palabras del propio director, esta película surgió «contemplando los motivos de pinturas medievales: los juglares, la peste, los flagelantes, la muerte que juega al ajedrez, las hogueras para quemar a las brujas y las Cruzadas. Esta película no pretende ser una imagen realista de Suecia en la Edad Media. Es un intento de poesía moderna, que traduce las experiencias vitales de un hombre moderno en una forma que trata muy libremente los hechos medievales. En el Medioevo los hombres vivían en el temor de la peste. Hoy viven en el temor de la bomba atómica. El séptimo sello es una alegoría con un tema muy sencillo: el hombre, su eterna búsqueda de Dios y la muerte como única certidumbre».
Es cierto, esta película está en plena vigencia: los protagonistas son unos cruzados que vuelven de la guerra a un mundo atacado por el terror, la peste, la angustia permanente de la muerte…Hoy, en pleno siglo XXI, la gente sigue sintiendo terror a las guerras, al exilio, al dolor, y también hay soldados que vuelven de las guerras, que se confunden en el anonimato –si pueden- o se quedan trastornados para siempre.
Aunque Sonrisas de una noche de verano (Sommarnattens Leende, 1955) le hizo internacionalmente conocido, no es sino a partir de El séptimo sello, cuando el nombre de Ingmar Bergman aparece en todos los países como el de un autor de peso. Esta película se revelaba como uno de los títulos míticos de la década, ratificando a su autor como uno de los más originales del panorama mundial.
Una partida de ajedrez mortalSi bien El séptimo sello triunfó por la originalidad de su argumento, era, en realidad, la muestra de madurez de un estilo edificado a lo largo de once años. En los dieciséis films anteriores, Bergman tuvo la ocasión de ensayar sus obsesiones, planteando respuestas estéticas adecuadas.
El film de 1957 es en blanco y negro, lo que hace mucho más interesante el juego simbólico de todos los elementos que componen esta magistral obra. El negro (la muerte) contrasta con el blanco que caracteriza a los elementos más puros y nobles: los caballeros (negro), los juglares, el niño pequeño y el joven matrimonio (blanco). También el tablero de ajedrez y con sus fichas blancas y negras intensifican la relación entre el blanco y negro, la vida y la muerte.
Bibi Andersson y Nils PoppeAsimismo, La Muerte -que es un hombre- se nos presenta como algo terrenal, que afecta al cuerpo, pero no al alma… El cuerpo es el que muere, se deshace poco a poco hasta convertirse en polvo; pero ¿y el alma? ¿Qué sucede con esa energía?
Dios aparece enunciado y puesto a prueba en esta película y en Fresas salvajes(Smultronstället, 1957). La relación entre ambas películas es profunda pues en ambas un hombre se descubre a sí mismo, así como el sentido o el absurdo de la vida.
Hemos dicho que este film está cargado de símbolos y alegorías; analicémoslos. El caballero y su escudero, son dos personajes antagónicos. Diremos que se contraponen y se complementan. El caballero está preocupado por encontrar a Dios, por saber qué hay detrás de la muerte, quiere estar preparado para ese momento; por el contrario, su escudero es más terrenal, quiere vivir la vida y disfrutar.
Algo que no deja indiferente al espectador y que le hace pensar son los nombres del matrimonio de juglares: simbólicos son Jöf (José), Mia (María) y Mikael (Miguel).
La capacidad para dotar de volumen a los ambientes es, en Bergman, muestra de su capacidad para dar respuesta física al mundo de los sentimientos: islas desnudas, espacios erosionados, playas amplias, son espacios habituales del Bergman más intimista.
Otros símbolos dignos de mencionar serían las fresas. Recordemos que Mia le ofrece al caballero que se quede a comer algo; ella le ofrece lo poco que tiene: fresas y leche. Las fresas, elemento recurrente en el universo bergmaniano, significan juventud y erotismo, y contrastan con el peso de la muerte que se cierne sobre todos ellos. Pero las fresas en cada film significan una cosa distinta. Por ejemplo, las fresas que se encuentra el doctor Borg en Fresas salvajes indican que la vida se ha terminado.
Una curiosidad: en el cuenco de leche del que todos beben, no hay leche: hay un fondo de color blanco para dar luminosidad cuando se lo acercan para beber.
Si hay que destacar algo del film es la reflexión que nos muestra al final: sólo la muerte es certera en la vida y ella es la única que nos hace iguales. Ricos-pobres, nobles-plebeyos, todos vais a morir y ante ella no existe distinción.
Esta danza fue filmada una vez que todos los actores se hubieron retirado, con técnicos y algunos turistasA raíz de esta película, críticos y aficionados comenzaron a especular con al idea de un Bergman como director de cine religioso. Sin embargo, y a pesar de que la preocupación por la idea de la muerte ocupa una extensa parte de su filmografía, lo que caracteriza al sueco es por tratar la actitud del hombre ante una muerte inevitable que condiciona toda la vida.
Y resulta curioso y paradójico que Bergman, que adquirió una cultura nórdica y por lo tanto, de apariencia laica se sienta obsesionado por cuestiones puramente religiosas como la existencia de Dios o a dónde va el alma cuando morimos. La influencia que ejerció su padre (un pastor luterano) se deja sentir en sus primeras obras de teatro, donde el joven expone sus atormentados conflictos místicos y existencialistas. Y para alimentar esa disputa entre lo racional y lo espiritual, Bergman no hizo otra cosa mejor que empaparse de la obra de filósofos comoHeideggerKierkegaardSastre y Camus, cuyas obras -existencialista, amargas y caóticas- fueron la fuente de la que bebió.
El cine de Bergman es imposible de entender si no se conoce su vida, su infancia y la relación de amor-odio que mantuvo con sus padres, quienes les inculcaron una educación basada en conceptos como el pecado, la confesión, el castigo, el perdón… Y aunque recuerda que fue educado de manera rígida, pero no desprovista de cariño: «Había una carencia de diálogo, y como consecuencia yo vivía en un mundo privado, hecho de sueños».
Ya lo hemos dicho es difícil comprender la obra de Bergman. Además de conocer el ambiente en el que fue criado, se hace necesario contar previamente con una cultura cinematográfica amplia (tanto visual como teórica) para adentrarse en el mundo Bergmaniano. De toda su producción cinematográfica El séptimo sello es la más simbólica porque está llena de alegorías y metáforas que hay que ir desgranado poco a poco.
Sin duda, ésta es una película aconsejable de ver, para los tiempos que corren, en los que los visionarios y fanáticos vuelven a la carga con el Apocalipsis.
Svensk Filmindustri
presenta
"El Séptimo Sello"
Antonius Block, un guerrero reposa en la playa a su regreso de una Guerra Santa.
Se le presenta un ser oscuro que dice ser la Muerte.
El caballero le ofrece una partida de ajedrez, con la que demora su propia muerte.
Es la época de la peste bubónica y caballero y escudero buscan posada.
No lejos de ahí, Joseph, un cómico ambulante se levanta temprano y tiene una visión: la Virgen y el Niño.
Corre y despierta a su mujer, María con la noticia.
A pesar de los rumores de peste, la familia de cómicos se dispone a actuar.
El caballero llega a una iglesia donde se topa nuevamente con la Muerte, ante quien se confiesa, confundiéndola con un cura.
En tanto Jöns, su escudero, comparte un trago con el pintor de un mural, con quien bromea sobre la cruda realidad.
Un seminarista roba a una muerta y trata de aprovecharse de una joven. El escudero lo impide y da una lección al ladrón.
En el pueblo se lleva a cabo la alegre representación.
Pero es interrumpida por una procesión de pueblerinos atemorizados por la peste.

El Séptimo Sello




El séptimo sello (en sueco, "Det sjunde inseglet") es una película del director sueco Ingmar Bergmandel año 1957.

Argumento 

Antonius Block, un caballero cruzado, regresa con su escudero a su tierra natal de Suecia después de 10 años de ausencia en las Cruzadas. Se encuentra con una comarca diezmada por la peste. La figura de la Muerte aparece para reclamar a los habitantes de su pueblo y éste decide retar a la Muerte a un juego de ajedrez y con ello ganar tiempo para así encontrar un acto cuya ejecución le dé sentido a su vida antes de morir. (Esta escena está inspirada en un mural del pintor medieval de iglesias Albertus Pictor ("Albert Målare"), quien también aparece como personaje en la película.)
En el final de la Edad Media o Baja Edad Media. Vemos al hombre que pierde la fe. A otro que no cree (nacimiento del hombre burgués) y el concepto iconografico que se queda grabado en el hombre contemporáneo de la "Danza Macabra".

SÉPTIMO SELLO




Det Sjunde inseglet
(El Séptimo Sello-1957)


Pero es interrumpida por una procesión de pueblerinos atemorizados por la peste.
Un sacerdote increpa a la multitud, para que se arrepientan antes de morir víctimas de la peste.
Plog, el herrero busca a su esposa (quien está con el jefe de la troupe).
En la taberna, los parroquianos comentan las tétricas novedades y creen que el Juicio Final se avecina.
El herrero pregunta el paradero de su esposa al pobre Joseph y el seminarista ladrón acusa de que la mujer huyó con su amigo.
Acusado, es humillado por la multitud ...
... hasta que la llegada de Jöns pone en su lugar al seminarista ladrón.
Block visita el carromato de los comediantes. Más tarde llega Jöns y la chica que salvó del ladrón.
Block dice que guardará esa amable hora, con fresas salvajes y buena compañía como si fuera el tazón de leche que le han convidado.
Pero la Muerte no le da respiro, y aparece para continuar la partida.
La Muerte cae en una celada, y Block, sonriente, da jaque.
Por la noche Jöns conversa con el inconformable herrero cuya esposa ha huído.
Unidos a la caravana de Block, el herrero se topa con su esposa, de la mano del actor prófugo.
Para salvarse, el actor finge su muerte, y es la auténtica Muerte quien ciega su existencia.
Por la noche, la caravana observa el paso de una carreta escoltada por soldados que transporta una joven que va a ser quemada por bruja.
Poco después la carreta llega al lugar indicado. Block pregunta a la joven acerca del Diablo.
Cerca de la pira, Block trata de encontrar respuestas ante la cercanía de la muerte de la joven bruja.
Al amanecer el grupo acampa en un claro. Oyen unos gritos. Es el seminarista ladrón, que dice estar apestado y luego muere.
Llega la hora de Block, quien pierde su dama frente a la Muerte.
Joseph se despierta y nota que Block juega al ajedrez y no está solo, detalle que solo es percibido por él.
Block pierde la partida mientras observa como la familia de cómicos huye en su carromato.
Al llegar a su castillo, Block y su grupo se encuentran con una mujer...
... (su esposa) quien le informa que todos se marcharon por miedo a la peste.
Preparan una mesa con unos mendrugos y en un momento tocan a la puerta. Jöns va a ver quien es, pero dice no ver a nadie.
Sin embargo, era alguien. La Muerte.
Lejos de ahí, el carromato de Joseph está libre de peligro. Recortados en el horizonte, el cómico ve unas figuras.
Son los muertos que danzan de la mano, guiados por la Muerte.

Cabiria hipnotizada



LAS NOCHES DE CABIRIA

Le Notti di Cabiria
Director: Federico Fellini.
Guión: Federico Fellini, Ennio Flaiano, Tullio Pinelli y Pier Paolo Pasolini, basado en la novela de Maria Molinari.
   Intérpretes: Giulietta Masina, François Périer, Franca Marzi, Aldo Silviani, Amedeo Nazzari.
Música: Nino Rota.
Fotografía: Aldo Tonti y Otello Martelli.
Montaje: Leo Catozzo
Italia. 1957. 116 minutos.

Federico y Giulietta
Al igual que sucedía con Julieta de los espíritus, lo primero que se conviene al referirnos a Le notti di Cabiria tiene que ver con la magistral interpretación de Giulietta Masina, la esposa del realizador, una interpretación que parece abrazar todos los espectros (avanza con una facilidad pasmosa en el alambre entre lo cómico y lo melodramático), y que logra emocionarnos merced de su buen hacer actoral pero también (no me atrevo a decir sobretodo) a lo vehicular que a esa interpretación tiene el argumento del filme, y al mimo con el que Fellini la captura en cada plano.
 
Del neorrealismo a la autoría
Realizada en 1957, y por tanto una de las primeras obras de su autor, Le notti di Cabiria aún se mueve en los terrenos del neorrealismo, si bien –como sucedió con todos los grandes cineastas italianos de aquel periodo, y en particular como ya sucediera desde la primera obra de Fellini, I vitelloni- está pasada por el tamiz de una visión muy personal, y tan poderosa como la ilimitada capacidad del director para la sugestión del espectador mediante elaborados planos ora descriptivos ora de una lírica inmarchitable.
 
Parias sociales
Le notti di Cabiria empieza con una secuencia en la que Cabiria es asaltada por su protector (un tal Jorge, al que sólo veremos robarle el bolso a Cabiria y tirarla al río) y es rescatada del agua y de la muerte, con cierta demora, por diversos aldeanos de la condición más humilde, que viven pr la rivera. En esa presentación parece concitarse la tragedia con una inopinada descripción achispada, casi cómica, de los marginados que salvan a Cabiria y a los que ella rehuye. A pesar de su oficio, Cabiria participa de una fuerte moralidad, de una integridad que no proviene de su inteligencia sino de la nobleza de su alma, y que, tras su apariencia de chica jovial y pizpireta, esconde la crasa vulnerabilidad frente a los tiempos y circunstancias que le toca vivir. En ese sentido, hay constante el metraje un especial hincapié en la reivindicación de los parias sociales, que Cabiria encabeza pero que se secunda con una retahíla de personajes de exposición gráfica (Vanda y las demás prostitutas, los aldeanos marginales que aparecen al principio del filme o que habitan en el arrabal, la aglomeración de gentes sencillas que acude al  templo a la celebración religiosa, en especial aquel abuelo aquejado de una cojera al que sus sobrinos le arrebatan las muletas en la creencia de que la obra inmediata del Espíritu Santo le permitirá caminar…), y que se contraponen con la carga textual y visual explosiva referida a los refinatti, los acaudalados señores de la Via Venetto, a uno de cuyos más superlativos exponentes, el actor neurótico y desencantado, Cabiria conocerá por casualidad en uno de los pasajes del filme, con quien acudirá a una sala de fiestas (lleno de bellezas tan imposibles como soberbias, que suponen un llamativo ensayode la visión propuesta al respecto en la posterior La Dolce Vita), hasta terminar frustrándose su encuentro, improbablemente amoroso, cuando la novia despechada del actor regrese y obligue al mismo a confinar a Cabiria en el lavabo, donde tendrá que pasar la noche en compañía de un perrito (dando así lugar a un punzante símil que equipara a Cabiria con esa mascota de usar y tirar). En otro pasaje de la película, el ya citado de la celebración religiosa, Fellini no elude una gráfica representación de los perniciosos hábitos folclóricos de una sociedad miserable, el agobiante mercadeo en el que se convierte la celebración, la ridícula aglomeración en el interior de la iglesia, la no menos patética evocación doliente que efectúan los peregrinos (en otra secuencia del filme, complementaria a ésta, Cabiria visita a un fraile franciscano, al que solicita que le confiese porque cree que, al casarse e iniciar una nueva vida, finalmente podrá “vivir en gracia de Dios”: con apenas algunos primeros planos de una Cabiria desolada en aquella celebración o en el momento de conocer al fraile, cuando alcanzamos esta secuencia entendemos el dolor que habita en el alma de Cabiria por contravenir, con su oficio y vida de necesidad, los postulados católicos: Fellini está efectuando una dramática, decisiva diatriba sobre la presión castrante de aquella institución sobre el lumpen). La diferencia entre la mirada desacomplejada de Fellini y otras miradas al lumpen –v.gr. la amabilidad capriana-, reside en que el realizador de Amarcord no rehuye lo inevitable y trágico: la traición a la que unos miembros de ese lumpen someten a otros en aras del vil metal; en Fellini no hay complicidad ni esa fuerza grupal que, por ejemplo, ayudaba a George Bailey a sortear la ruina y la cárcel. En las imágenes fellinianas no se trata sólo de que el rico sea el avaro y el enemigo común, sino que el compañerismo entre iguales se pone en entredicho, y el retrato de la miseria es, por tanto, más horrible. O lo que es lo mismo, más realista.
 
El Arte como fuga
Fellini es uno de los mayores visionarios de la historia del cine, y en las estampas vivas de esta película hay un sinfín de detalles escénicos que, más allá del hálito descriptivo o radiográfico que impregna las imágenes, trascienden hacia las temáticas que obsesionaron a la inteligencia y sublime desmesura de su creador, la importancia de las máscaras y los espejos, la ilusión y el sueño, la efímera trascendencia… Sobre el particular, me quedo con la antológica secuencia del espectáculo del mago hipnotizador, cuando Cabiria se queda a solas, porque la cámara ya no muestra al público, y la voz del mago está en off, reproduciendo una aspiración del mayor voltaje romántico, que se va impresionando en el rostro de Giulietta Masina mientras la cámara juega a un delicado contraste de luces y sombras para alcanzar un auténtico remanso de belleza e intimidad. Cuando el mago chasquea los dedos, es la realidad la que abofetea a Cabiria, al igual que los espectadores que se ríen (incluso uno de ellos grita: “esto es una engañifa”), la que la hunde en la desolación, igual que Jorge al principio del filme y Oscar al final. Esa circularidad argumental, ese principio y final que dejan a Cabiria en la estacada, en la ruina material y emocional, es la triste coda de la que habla Fellini. La única posibilidad de redención para un paria se halla en la evocación, en el sueño, en la huida de la realidad, que se logra mediante el arte, mediante las luces mágicas del cinematógrafo y los sonidos mágicos de la música (la de Nino Rota es esplendorosa), como los acordeones y guitarras de aquellos sonrientes miembros de la farándula que, inopinadamente, logran sortear la lágrima llena de rimel que dominaba el rostro de Cabiria para iluminar, en plena penumbra, una sonrisa.

Final de Las noches de Cabiria



LAS NOCHES DE CABIRIA

Le Notti di Cabiria
Director: Federico Fellini.
Guión: Federico Fellini, Ennio Flaiano, Tullio Pinelli y Pier Paolo Pasolini, basado en la novela de Maria Molinari.
   Intérpretes: Giulietta Masina, François Périer, Franca Marzi, Aldo Silviani, Amedeo Nazzari.
Música: Nino Rota.
Fotografía: Aldo Tonti y Otello Martelli.
Montaje: Leo Catozzo
Italia. 1957. 116 minutos.

Federico y Giulietta
Al igual que sucedía con Julieta de los espíritus, lo primero que se conviene al referirnos a Le notti di Cabiria tiene que ver con la magistral interpretación de Giulietta Masina, la esposa del realizador, una interpretación que parece abrazar todos los espectros (avanza con una facilidad pasmosa en el alambre entre lo cómico y lo melodramático), y que logra emocionarnos merced de su buen hacer actoral pero también (no me atrevo a decir sobretodo) a lo vehicular que a esa interpretación tiene el argumento del filme, y al mimo con el que Fellini la captura en cada plano.
 
Del neorrealismo a la autoría
Realizada en 1957, y por tanto una de las primeras obras de su autor, Le notti di Cabiria aún se mueve en los terrenos del neorrealismo, si bien –como sucedió con todos los grandes cineastas italianos de aquel periodo, y en particular como ya sucediera desde la primera obra de Fellini, I vitelloni- está pasada por el tamiz de una visión muy personal, y tan poderosa como la ilimitada capacidad del director para la sugestión del espectador mediante elaborados planos ora descriptivos ora de una lírica inmarchitable.
 
Parias sociales
Le notti di Cabiria empieza con una secuencia en la que Cabiria es asaltada por su protector (un tal Jorge, al que sólo veremos robarle el bolso a Cabiria y tirarla al río) y es rescatada del agua y de la muerte, con cierta demora, por diversos aldeanos de la condición más humilde, que viven pr la rivera. En esa presentación parece concitarse la tragedia con una inopinada descripción achispada, casi cómica, de los marginados que salvan a Cabiria y a los que ella rehuye. A pesar de su oficio, Cabiria participa de una fuerte moralidad, de una integridad que no proviene de su inteligencia sino de la nobleza de su alma, y que, tras su apariencia de chica jovial y pizpireta, esconde la crasa vulnerabilidad frente a los tiempos y circunstancias que le toca vivir. En ese sentido, hay constante el metraje un especial hincapié en la reivindicación de los parias sociales, que Cabiria encabeza pero que se secunda con una retahíla de personajes de exposición gráfica (Vanda y las demás prostitutas, los aldeanos marginales que aparecen al principio del filme o que habitan en el arrabal, la aglomeración de gentes sencillas que acude al  templo a la celebración religiosa, en especial aquel abuelo aquejado de una cojera al que sus sobrinos le arrebatan las muletas en la creencia de que la obra inmediata del Espíritu Santo le permitirá caminar…), y que se contraponen con la carga textual y visual explosiva referida a los refinatti, los acaudalados señores de la Via Venetto, a uno de cuyos más superlativos exponentes, el actor neurótico y desencantado, Cabiria conocerá por casualidad en uno de los pasajes del filme, con quien acudirá a una sala de fiestas (lleno de bellezas tan imposibles como soberbias, que suponen un llamativo ensayode la visión propuesta al respecto en la posterior La Dolce Vita), hasta terminar frustrándose su encuentro, improbablemente amoroso, cuando la novia despechada del actor regrese y obligue al mismo a confinar a Cabiria en el lavabo, donde tendrá que pasar la noche en compañía de un perrito (dando así lugar a un punzante símil que equipara a Cabiria con esa mascota de usar y tirar). En otro pasaje de la película, el ya citado de la celebración religiosa, Fellini no elude una gráfica representación de los perniciosos hábitos folclóricos de una sociedad miserable, el agobiante mercadeo en el que se convierte la celebración, la ridícula aglomeración en el interior de la iglesia, la no menos patética evocación doliente que efectúan los peregrinos (en otra secuencia del filme, complementaria a ésta, Cabiria visita a un fraile franciscano, al que solicita que le confiese porque cree que, al casarse e iniciar una nueva vida, finalmente podrá “vivir en gracia de Dios”: con apenas algunos primeros planos de una Cabiria desolada en aquella celebración o en el momento de conocer al fraile, cuando alcanzamos esta secuencia entendemos el dolor que habita en el alma de Cabiria por contravenir, con su oficio y vida de necesidad, los postulados católicos: Fellini está efectuando una dramática, decisiva diatriba sobre la presión castrante de aquella institución sobre el lumpen). La diferencia entre la mirada desacomplejada de Fellini y otras miradas al lumpen –v.gr. la amabilidad capriana-, reside en que el realizador de Amarcord no rehuye lo inevitable y trágico: la traición a la que unos miembros de ese lumpen someten a otros en aras del vil metal; en Fellini no hay complicidad ni esa fuerza grupal que, por ejemplo, ayudaba a George Bailey a sortear la ruina y la cárcel. En las imágenes fellinianas no se trata sólo de que el rico sea el avaro y el enemigo común, sino que el compañerismo entre iguales se pone en entredicho, y el retrato de la miseria es, por tanto, más horrible. O lo que es lo mismo, más realista.
 
El Arte como fuga
Fellini es uno de los mayores visionarios de la historia del cine, y en las estampas vivas de esta película hay un sinfín de detalles escénicos que, más allá del hálito descriptivo o radiográfico que impregna las imágenes, trascienden hacia las temáticas que obsesionaron a la inteligencia y sublime desmesura de su creador, la importancia de las máscaras y los espejos, la ilusión y el sueño, la efímera trascendencia… Sobre el particular, me quedo con la antológica secuencia del espectáculo del mago hipnotizador, cuando Cabiria se queda a solas, porque la cámara ya no muestra al público, y la voz del mago está en off, reproduciendo una aspiración del mayor voltaje romántico, que se va impresionando en el rostro de Giulietta Masina mientras la cámara juega a un delicado contraste de luces y sombras para alcanzar un auténtico remanso de belleza e intimidad. Cuando el mago chasquea los dedos, es la realidad la que abofetea a Cabiria, al igual que los espectadores que se ríen (incluso uno de ellos grita: “esto es una engañifa”), la que la hunde en la desolación, igual que Jorge al principio del filme y Oscar al final. Esa circularidad argumental, ese principio y final que dejan a Cabiria en la estacada, en la ruina material y emocional, es la triste coda de la que habla Fellini. La única posibilidad de redención para un paria se halla en la evocación, en el sueño, en la huida de la realidad, que se logra mediante el arte, mediante las luces mágicas del cinematógrafo y los sonidos mágicos de la música (la de Nino Rota es esplendorosa), como los acordeones y guitarras de aquellos sonrientes miembros de la farándula que, inopinadamente, logran sortear la lágrima llena de rimel que dominaba el rostro de Cabiria para iluminar, en plena penumbra, una sonrisa.

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Luces de la ciudad (Charlie Chaplin, 1931)

tiempos modernos

Fanny and Alexander



Título original
Fanny & Alexander
SUECIA - 1982 - 188 min.
VO, VE - .
Calificación: 13
Drama
Director: Ingmar Bergman
Intérpretes: Pernilla AllwinBertil Guve,Jarl Kulle

Sinopsis

Ingmar Bergman nunca lo ha tenido fácil entre nosotros. Los espectadores de casi todo el mundo hemos crecido alimentándonos del lenguaje del cine americano, de los mensajes frenéticos, de ritmos trepidantes, de lo inmediato que desde hace decenios nos cuenta y nos muestra la televisión.
La irrupción de otras narrativas, de otras miradas, provoca el desconcierto, crea receptores desubicados que se cuestionan aquello que reciben, Al sueco Ingmar Bergman, desde sus primeros trabajos, se le cuelga ese sambenito: el de ser un director opaco, con una obra llena de simbolismos de difícil acceso, impenetrables, inaccesibles.
Y es en ese contexto, después de haber firmado títulos supuestamente espesos como “El séptimo sello” y “Fresas salvajes”, cuando el cine internacional recibe la nueva visita del maestro sueco, esta vez empeñado en contarnos su punto de vista sobre lo suyo, lo que tiene más cerca, sobre su país y sus obsesiones.
Con “Fanny y Alexander” nos llegó la respuesta, un fresco testimonio de la sociedad sueca de principios del siglo XX, de tiempos de cambio y turbulencias que el maestro refleja con trazo fino, sin prisas y con minuciosidad, deteniéndose en el detalle formal y moral.
Fanny y Alexander” es la historia del avatar de una saga familiar, de todas las familias, interrumpido por la Muerte. Es algo que permite a Bergman involucrarse en la resolución de problemas y conflictos morales, de intervenir la realidad desde su mirada, un punto de vista pulcro y a veces ingenuo que persigue la emoción ydescarta el efectismo.
En “Fanny y Alexander” Bergman abandona las grandes verdades y mira hacia lo cotidiano, rebusca en sus demonios y teje historias de todos los días sin saber que cautiva a quienes lo despreciaron por lo denso de su discurso, lo tenso de sus planteamientos y lo fronterizo de sus propuestas: en un polo está el cine de consumo de todos los días y en otro las películas de consumo nada compulsivo. El reto de Ingmar Bergman es el de resolver la contradicción entre la poesía y la prosa.
Bergman, que fue poesía, busca su sitio en la prosa. Y también en ella se revela como maestro.