sábado, 29 de mayo de 2010

HÉROES DE LITERATURA BARATA


heroes de literatura barata

 15may10
por diegogue

uno


Solomon Kane, llevado al cine no es tan espantoso como pudiera pensarse, hay un atisbo de respeto por el tono del texto original, y una ambientación excelente (la película es filmada en la república checa), lamentablemente su director no supo ver la riqueza simbólica implícita en la historia del héroe puritano, y sucumbió a la trampa fácil de unos demonios de videojuego hechos en 3D (horrible 3D) y a resolver la historia, si no del modo cursi que suele usar Hollywood, sí de una manera predecible. Eso sí, para lo que se hace hoy en día en el llamado cine comercial, la película pudo ser peor, mucho peor.

dos


Skulls in the stars, adaptado por el genial Ralph Reese para el número 1 de Monster Unleashed (1973) es en cambio, un cómic maravilloso, dibujos excelentes y una adaptación bastante coherentes con uno de los mejores relatos de Robert E Howard, en el que el desfacedor de entuertos se enfrentaba a un fantasma en lo alto de una colina, que le hacía ver a Kane que a veces los vivos eran más peligrosos que los  muertos, pero es que de hecho, los cómics de Solomon Kane publicados en diversas revistas de Marvel Comics en los 70, eran casi todos  bastante buenos

tres


Porque Robert E Howard, quien llevó una vida más bien miserable y triste, opuesta en extremo a lo que fueron sus héroes de pulp fiction, sin ver jamás un centavo en royalties luego de haber creado a un personaje tan exitoso como Conan el Barbaro, terminaría sus días de la peor manera, suicidándose al día siguiente de ver a su madre morir por una enfermedad cuyo tratamiento él no pudo costear (eran los años de la depresión americana), dejaría para la posteridad al Cimerio Conan, y a otros personajes en los que el autor se plagiaba a sí mismo, como el también guerrero Kull, o la hermosa Red Sonja. Pero sería en Solomon Kane donde Howard crearía su obra más original, ya no se trataba de guerreros antiguos en civilizaciones bárbaras y eclécticas, si no de un puritano del siglo XVI, mucho más cercano a nuestros tiempos, y a la América protestante en la que Howard se crió. Solomon Kane es quizás la obra maestra de este autor de literatura barata, que junto a su amigo H. P. Lovecraft construyó una buena parte de los mitos modernos y, al igual que el genio de Providence, sólo obtendría la gloria después de muerto.
descargar el Solomon Kane de Howard

UNA (MALA) EDUCACIÓN SENTIMENTAL


por diegogue

Todavía recuerdo cuándo Almódóvar no recibió el Oscar a mejor película extranjera por “Mujeres al borde de un ataque de nervios” , que no sólo era mejor, sino infinitamente más divertida que la ganadora de ese año, “Pelle el conquistador”, del tedioso Bill August.
No obstante, las siguientes películas del director manchego, cada vez más exitosas y comerciales, lo llevaron finalmente a obtener la preciada, y cursi, estatuilla dorada con “Todo sobre mi madre“, excelente film sin duda, que exudaba una madurez que hacía falta en esas divertidas “Qué hecho yo para merecer esto?” o “La ley del deseo“, pero que adolescía de la falta de fuerza, y de frescura, de esas primeras películas, que con escaso presupuesto y rodadas cuando el “destape español” aun estaba vigente le dieron un lugar en la historia del cine a Almódovar, en la época en que la Academia de Hollywood aun no lo respetaba como ahora. Luego este realizador arremetería con “Hable con ella“, una película perfecta, conmovedora y original (más que “Todo sobre mi madre“), pero entre ambas uno lograba sentir que el director se había vuelto demasiado serio, demasiado adulto. En “La mala educación“, Almódovar retoma sus viejas obsesiones, el amor apasionado e irracional, el cine visto dentro del cine, la falsa autobiografía, y la seducción animal, pero con la madurez y la precisión de un maestro absoluto y genial. Imperfecta, ambiciosa y desaforada, La mala educación es, sin duda, su mayor obra hasta la fecha, y todo nos haria suponer que va a seguir produciendo más y más películas del mismo calibre, hechas con la misma pasión que uno de sus protagonistas, el también cineasta Enrique Godet, pone en sus producciones.
Luego de muchos años, Ignacio reaparece en la vida de Enrique, pero Ignacio no es el mismo, Enrique lo presiente. El uno fue el primer amor del otro, en el colegio de curas donde ambos estudiaron, el padre Manolo, un cura pedófilo se interpuso entre ambos y truncó la historia. Ahora Enrique es un director de cine, Ignacio es un actor en busca de trabajo que ha escrito un relato, “La visita”, que retoma aquel primer amor del colegio y tergiversa los destinos de sus protagonistas. Enrique, encantado con el relato, decide llevarlo al cine, con Ignacio como actor, pero al ponerse en escena la película, y reaparecer el ahora ex cura tales, Enrique descubrirá que la realidad puede ser más compleja y torcida que todas las ficciones.
Las obsesiones de Almodovar son tan fuertes que se las arregla para seguir trabajando los mismos personajes con diferentes actores, Gael García es hoy lo que Antonio Banderas fue hace 10 años en “Átame“, Fele Martínez (el de “Tesis”) logra parecerse físicamente incluso al Eusebio Poncela de “La ley del deseo“. Pero esta película es más ambiciosa que aquellas, porque es que en la Mala educación conviven varias historias, algunas dentro de otras, y otras deformaciones de las primeras, falsos flashbacks en los que el director además cambia el formato de la película, logrando la película dentro de la película que hacía Lynch en Mullholand Drive; la representación de un moderno Proteoque hacía Will Smith en “Seis grados de separación” (el único personaje memorable del príncipe del rap); la tragedia infantil de “Au revoir les enfants“, o la sordidez del director de cine de “God and Mosters“, en una misma trama que tiene simultáneamente elementos de thriller, historia de amor desesperada y elegante metáfora de la creación artística.
Una vez más, Almódovar logra no sólo superarse a sí mismo, sino también llegar más lejos que un gran puñado de sus colegas.
La mala educación
Dirección: Pedro Almódovar
España 2003
Imagen real 122 minutos

Generation Kill.


los dias del armagedon

 28feb10
por diegogue

Se ha hablado, quizás demasiado, y quizás demasiado bien, de la más reciente película de Kathryn Bigelow, The Hurt Locker. Cierto es que no es un mal film, sobre todo porque Bigelow no es ninguna mala directora, pero adolece de un defecto común a casi toda la obra de esta cineasta, un final nefasto. Bigelow terminaba un macabro relato de vampiroswhite trash como si fuera un cuento de hadas (Near Dark), una nihilista visión de futuro como una comedia romántica (Strange Days) y finalmente, la que se supone es la gran película de la guerra de Irak, con un estrepitosamente cursi y absurdo alegato en pro del valor de los soldados americanos en Irak, casi un, muy efectivo, comercial de reclutamiento. Se ha hablado de Hurt Locker como una película emocionante, que destila adrenalina en todo su metraje y que está muy bien filmada, se ha dicho además que Bigelow es una directora especialmente viril, o en todo caso, muy capaz de contar un cuento de hombres, pero eso nos obliga a pensar en otra chica ruda que dirigió otro audiovisual sobre la guerra de Irak que es más profunda, más responsable con el tema, más emocionante y hasta mejor filmada que Hurt Locker, nos referimos a Susana White, dirigiendo la miniserie de HBO de 7 episodios, Generation Kill.

Basada en el libro del mismo nombre del periodista Evan Wright, originalmente publicado por entregas en la revista Rolling Stone, Generation Kill, libro y serie, pretenden ser una visión objetiva, casi justa, de los sucesos de la ocupación de Bagdad en 2003, contados con distancia por el reportero que acompañó a un destacamento de los marines durante dos meses, en el libro, Wright se explaya un poco más con sus propias opiniones, y analiza el extraño fenómeno de un grupo de jóvenes que parten hacia el otro lado del mundo sin tener muy claro el porqué de su misión, y según palabras del propio Wright, sin una conciencia completa de lo que implican los muertos que van dejando a su paso. Generation Kill es un libro periodístico ameno y especialmente bien escrito -como el Gomorra de Roberto Saviano-, el reto de su adaptación quedó a cargo de David Simons y Ed Burns, quiénes ya habían logrado en la serie The Wire un muy complejo retrato del submundo de Baltimore y de la lucha entre la policía y el crimen organizado. The Wire no solo es una de las mejores series policiales de todos los tiempos (acaso es, definitivamente, la mejor), si no que es una serie que supo mostrar a un policía casi heroico, extremadamente hábil y con una ética a toda prueba, el teniente MacNulty, sin desconocer que los jefes de éste, los políticos y acaso el alcalde mismo, no son mejores que los capos de la mafia. El reto en Generation Kill era lograr una historia emocionante, y asimismo no ser irresponsables con un tema tan controversial, nada menos que la guerra más impopular en la que se han visto envueltos los EEUU en los últimos 50 años.

Lo interesante del asunto, amén de la impecable dirección, es que Generation Kill rompe toda clase de esquemas, evidentemente denuncia los excesos y el absurdo de la ocupación norteamericana en Irak, pero lo hace de un modo completamente sutil, totalmente opuesto al Redacted de Brian De Palma, o a la Batalla de Haditta, de Nick Broomfield, tan sutil que ni los mismos militares pueden sentirse ofendidos por lo que se muestra. Asimismo Generation Kill es absolutamente emocionante, no obstante, sus protagonistas nunca enfrentan un peligro real, y ninguno de ellos muere a lo largo de los siete capítulos (hay uno que se lesiona un pie), en cambio, mientras dura el recorrido por carretera desde la frontera hasta Bagdad, constantemente van quedando a lo largo del camino cadáveres de civiles, mujeres y niños, asesinados por balas perdidas de los marines (que a veces se disparan entre ellos mismos, además), y a veces asesinados friamente por francotiradores que son aplaudidos por sus compañeros. La mayoría del tiempo, somos testigos del viaje de estos soldados, conocemos qué piensan, que sienten y que creen los jóvenes que se alistaron para ir a Irak (nunca supimos que pensaban los héroes de Hurt Locker, esto es, entendiendo que pensaran algo).Generation Kill cuenta  además con un soundtrack excelente, con canciones que estaban de moda en 2003, pero con un valor agregado, son cantadas a capella por los soldados en medio de su viaje, como si se tratara de un paseo escolar, solo al final,  al llegar a la destruida Bagdad, uno de ellos mostrará la edición final del video que ha ido armando a lo largo del viaje, y sonará una de las últimas canciones que dejara grabadas en vida Johnny cash, The Man Comes Around, un tema plagado de referencias apocalípticas que va coincidiendo con imágenes de cadáveres, explosiones y muerte, los soldados al comienzo ríen, luego van alejándose uno a uno de la pantalla, un poco como negando lo que han hecho, que es lo que cuenta Wright en su libro.
Tanto leyendo el libro, como viendo la serie, nos encontramos con uno de los mejores relatos sobre una de las peores situaciones contemporáneas.


    

Los ambiguos objetos del deseo


Los ambiguos objetos del deseo

Robert Mapplethorpe fue el fotógrafo arquetípico de una época provocativa y compleja. Comenzó por el lado de la plástica, pero al poco tiempo retrataba a la elite artística neoyorquina y su entorno aristocrático. Víctima del VIH, en sus últimos años buscó en la escultura griega el éxtasis del cuerpo perfecto.

Por: Pablo Schanton
(Ñ Revista de Cultura Sábado 29 Mayo 2010)
LISA-LYON, 1982

S/he, El/la. En su libro Ba bel (1978), la poeta eléctrica Patti Smith decide que la tercera persona incluya los dos géneros. En la fotografía que la hizo famosa, la tapa de su álbum debut Horses (1975), ella es "el/la", si nos llevamos por la cami­sa, los tiradores y ese blazer que deja colgar de su hombro. Como Dylan diez años antes y nuestro Spinetta casi cinco, El/la quería ser la Rimbaud de la era del ro ck (que se acercaba a su capítulo punk). Y en esa foto, estuvo bien cerca de su ideal: el/la outsider de los "sentidos desarreglados". "Todos mis ' role models ' –fueran los discípulos, Juan el Bautista o Rimbaud– eran pobres y dormían bajo las estrellas", cuenta en su flamante autobiografía, Just Kids ( Eramos unos niños , Lumen), donde recuerda su convivencia, siempre al borde del hambre y de la calle, con el fotógrafo de Hor ses , Robert Mapplethorpe.

Allá por el verano del amor del 67 se toparon en Brooklyn. Am bos eran estudiantes de arte con formación católica, que pasaron de room-mates a amantes (hasta que él se definió como gay, claro). La de ellos es la historia de dos jóvenes de barrios laterales que cumplen los ritos de iniciación con el fin de convertirse en artis tas centrales en la Nueva York de los 70. Sabían que la arrogancia romántica aprendida del rock no bastaba: sólo sumando "contac tos" se harían un lugar. Cuando se publicó la foto de Horses , Ma pplethorpe ya gozaba de los bene ficios del mecenazgo: primero, en 1971, el curador del Metropolitan Museum of Art, John McKendry, le regaló una cámara Polaroid; después, en 1973, el coleccionista Sam Wagstaff le compró un loft y lo transformó en su amante. Ma pplethorpe era un experto en rela ciones públicas, y pronto retrataría a la elite artística neoyorkina y su entorno aristocrático.

Alquimista, Mapplethorpe ele vó la polaroid más allá de la ins tantánea. Nada de espontaneidad, de captura de un momento casual. Como el teórico Arthur Danto lo subraya, siempre consideraría su enemigo estético a Garry Wi nogrand, el de las fotos-piropos, donde vemos chicas que pasan por la calle como relámpagos eró­ticos. En Mapplethorpe, la puesta controla la contingencia, y no hay calle, sino exceso de estudio. Las suyas son "escenas que parecen destiladas de vida real", al decir de la curadora Janet Kardon.

En otra foto de Patti, ya de 1976, la rockera se ovilla, toda desnuda, aferrándose, simiesca, a un caño de radiador en escorzo (una continuidad entre las barras del calefactor y sus costillas). Jo nathan Jones en The Guardian la describe: "Ella está tan viva como la superficie de mármol de un Miguel Angel". A Mapplethorpe le gustaba verse como un escul tor renacentista fuera de época. La parábola de esta anacronía se resolverá recién cuando esté más cerca de la muerte, allá por 1988, cuando en "Ermes" o "Apollo", directamente registre close ups de esculturas, como de paso por el museo del Vaticano. Esas imáge nes de perfección grecorromana coincidían con la degradación de su propio cuerpo, víctima del VIH. Como en la última escena de la Muerte en Venecia cinematográ fica, el Apollo, de tan iluminado, va tornando espejismo un ideal de belleza, mientras avanza la agonía en el espectador extasiado.

"Cuando Robert sacaba fotos, era como si él fuera el dueño del asunto. Lo dominaba todo. No te veía como una persona, sino como un objeto de arte", se que jó uno de sus modelos. Es que en Mapplethorpe, el sujeto a ser fotografiado debe convertirse en escultura, en un estatuista. El ojo en la cámara juega a la mancha congelada con su modelo, hasta conseguir el punto de fotogenia necesario. Como escribió Susan Sontag (y luego Barthes lo com probaría al morir su madre),todas las fotografías son memento mori (...)Porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan el paso despiadado del tiempo". Los últimos autorretratos de un Mapplethorpe ya enfermo parecen puestas en práctica de es ta hipótesis. Dramatizan el hecho de saber que pronto iba a morir y recurría a calaveras para acentuar la escena. Si sus últimas fotos se dedican a esculturas y calaveras, en realidad, no hacen más que llegar al hueso de una obra que, cautelosamente, nunca festejó una vitalidad que el memento mori implícito en toda fotografía rectificaría. Su género siempre fue la naturaleza muerta. Incluso, cuando, juvenil y fresco, ofrecía su brazo extendido en el autorretrato de 1975: lo dejaba ahí, como una cosa a ser revisada, un ejemplo para lección de anatomía. Lo mis mo, la frutal genitalia de "Mark Stevens" (1976) que, proviniendo de un cuerpo acéfalo, remite a la cosificación de aquel brazo.

Abstracciones 
Una foto de Robert Mapplethorpe no es un Mapplethorpe. Dos, sí. En marzo del 79, un aviso publi cado en la revista Artforum sitúa una fotografía suya junto a otra. A la izquierda, la de un practicante de sadomasoquismo de espalda; a la derecha, la de unas flores vistas de arriba. Cada una representa un portfolio suyo distinto, uno bauti zado X y otro, Y. Sin dudas, en la combinación de esa X y esa Y se cifraría el ADN de su obra.

¿Hasta dónde se puede forzar un cuerpo embutido en cuero negro de viso acharolado y desde dónde podrían enfocarse unas flo res blancas con textura de espuma, para que ambas imágenes logren convivir tocando el máximo de abs­tracción? La tentación académica es interpretar esta analogía entre imágenes remitiéndola a "lo eróti co-velado" de la belleza convulsiva y compulsiva que obsesionaba a los surrealistas. No en vano, Anne Tucker, la curadora de la muestra que veremos en Malba, usa como acápite para su ensayo curatorial un textual del fotógrafo: "Busco la perfección de la forma. Lo hago con los retratos. Lo hago con las pijas. Lo hago con las flores."

Pero no hizo falta que llegara Mapplethorpe para que aprendié ramos a ver que un bálano penea no hace juego con una corola de tulipán. Recordemos la obsesión surrealista con las fotos botánicas del alemán Karl Blossfeldt (1865-1932). Gracias a ellas, Walter Benjamin inventa una categoría esencial, la del "inconsciente óp tico", ése que fue revelado por la técnica fotográfica (así se puede descubrir un básculo episcopal en la rama joven de un helecho). Bajo la inspiración de Blossfeldt, George Bataille escribe un ensayo sobre "el lenguaje de las flores", donde recuerda que el Marqués de Sade pedía las más bellas rosas para deshojarlas sobre un pozo con mierda. A este gesto, Bataille lo califica de "desconcertante", de un "efecto abrumador".

Ese desconcierto es propio de la yuxtaposición de algo cultural mente "bello" con algo abyecto: el sadomasoquista y unas flores. Jean Genet y Derek Jarman pudie­ron jugar con las categorías histó ricas de belleza en contraposición a las prácticas perversas, en tanto duplas como Gilbert & George o Pierre et Gilles elevaron el ho­moerotismo a niveles angélicos, a fuerza de ironía camp y/o de decó. En cambio, Mapplethorpe fuerza la perversión hasta que suene a "perfección", sublimando toda sordidez. Funda una "perversión apolínea" desde la fotografía. Pre cisamente, Eros and Order fue lla mada la muestra de Malba.

"Mi acercamiento para fotogra fiar una flor no es muy distinto al que uso para una pija. Básicamen te, es la misma cosa: una cuestión de iluminación y composición", aseguraba. Su formalismo es ex tremo en cada etapa y cada ingre­diente: pose, toma, luz, encuadre, composición. Tan extremo como la geometría incuestionable de una cruz, que fotografía, epifáni co, en 1984. "Pienso que lo que me provocó ser católico está mani festado en cierta simetría y cierto acercamiento. Me gusta la forma de una cruz. Me gustan las pro porciones de una cruz. Arreglo las cosas de una forma católica", ex plicaba en 1987. Por otra parte, su insistencia en el blanco y negro es una forma de exagerar las limita ciones sensoriales de la fotografía. Siempre hay algo de meta-fotográ fico. En esa perfección artificiosa, la turgencia de una teta puede ser análoga a la de una berenjena; un cristiano pan, a un sorete. Y una espalda leather , a un ramo de flo res blancas. X e Y.

Cuerpos sobre cuerpos 
El sadomasoquismo es una disci plina que, de "sexo libre y espontá neo", no tiene nada: es puro pacto y dramaturgia de cuerpos. De un ramo de flores cortadas calzado en un florero de colección, nadie podría decir que sea "natural". Esta conexión entre el s/m y el ikebana podría resultar más sutil, pero no deja ser mapplethorpia na: ambos suponen una mise en scène . En este sentido, el japonés Nobuyoshi Araki, con sus chicas bondage y sus flores, exacerba lo iniciado por Mapplethorpe, pero desde una posición heterosexista. Y acaso llegue más a fondo, como Courbet y Duchamp, cuando nos enfrente al misterio de la castra ción femenina, en lugar de recu rrir al fetichismo gay.

El de Mapplethorpe es un cor pus sobre cuerpos que se relacio nan entre sí. Es un montaje de cuerpos, sí, pero en 2D, en blanco y negro. Se trata de fotos que nun ca dejan de mostrarse como tales. Montaje: a fines de los 60, cuando el joven Robert todavía cursaba la carrera de Bellas Artes en el Pratt Institute de Brooklyn, armaba collages usando unas veces imá genes religosas y pornográficas re­cortadas de revistas, y otras, fotos antiguas que compraba en mer cados de pulgas. Es decir: en el principio, está el collage. Incluso, llegó a la fotografía para obtener imágenes propias como material para sus cut and pastes . Por eso, su obra debería verse como un gran collage, donde cada pieza fotográ fica depende de otra, evidente o sutilmente, de cerca o de lejos.

Cinco años después de Hor ses , Mapplethorpe publicaría un libro de retratos, Certain People , en cuya cubierta se mostraría a sí mismo como un recio motoque ro, al estilo de Brando en Salvaje (1953). En la contratapa, al con tario, lo vemos maquillado hasta enmascararse de femeneidad. "S/he", "El/la": ahora le tocó a él encarnar la reversibilidad genéri ca. La serie 1980-1982 dedicada a la fisicoculturista Lisa Lyon mar ca el colmo de esta inversión de roles. Es que el ideal de la fotoge nia mapplethorpiana es un "bo dybuilder", es decir, alguien que se auto-esculpió. ¿O no vieron el Schwarzenegger en plan Charles Atlas, que Robert congeló, con suficiente sarcasmo, junto a unos femeninos pliegues de telón que lo igualan en protagonismo?

Mapplethorpe lleva la reversibi lidad de los opuestos hasta el mo mento límite de los roles sexuales, cuando algo de uno debería entrar en algo de otro. Dos fotos de 1978: "Lou, NYC" y un autorretrato. En la primera, un dedo meñique se mete en el orificio del pene. El penetrador es penetrado. En la se gunda, el mismo fotógrafo apunta la cámara a su ano, de donde sale un látigo como cola de ratón. Aho ra, al agujero-receptáculo le toca vengarse. ¿Así que "pasivo"?

Mapplethorpe se involucró con las prácticas sadomasoquistas y la subcultura "leather" a fines de los 70 –digamos, entre el motín jus ticiero de "Stonewall" y la retrac ción higienista que impuso el sida en la era Reagan–, justo cuando parecía que la homosexualidad podía convertirse en un catálogo de placeres desconocidos, cuando una minoría sexual podía "crear relaciones hasta ahora impensa das" para la rutina de la mayoría. Esa creatividad del hedonismo fue teorizada y alentada por el último Foucault (cuya hagiografía se lee en el San Foucault de David Hal­perin, y su refutación, en el Ho mos de Leo Bersani). Entonces, la subcultura gay de la música disco contaba con un disc jockey como Larry Levan, capaz de manipular la ecualización, el aire acondicio nado y los perfumes en la discote ca, reprogramando el "mapa eró tico" de los cuerpos al bailar. Eran tiempos de euforia en los que Village People tomaba el pop por asalto abusando de prototipos gay, mientras el director de El exorcis ta , William Friedkin, se atrevía a descender al submundo leather de Nueva York con Cruising (1980), y, gracias a Querelle (1982), Fass binder lograba filtrar su estilizado homoerotismo en Hollywood.

Tal era el clima en que se pro dujo la mayor parte de la obra de Mapplethorpe, con menos gestos de militancia que estrategias de shock. Sin embargo, fueron su re­gistro teatral del submundo s/m, su fetichismo del cuerpo negro y la foto de una niña que deja ver su vagina, todo lo que multipli có críticas por racista y censuras por exhibición de pornografía en EE.UU., al tiempo que sus fotos empezaban a cotizarse en el mercado del arte. Su muestra póstuma "The Perfect Moment" fue dos veces clausurada, entre otras razones, porque había sido financiada con fondos públicos. Lo cual desató a nivel nacional una controversia que parecía su­perada, sintetizada por la revista Newsweek del 2/7/90 así: "¿Es es to arte u obscenidad?". La obra de Mapplethorpe tuvo el privilegio de poner en crisis la definción de arte de su época, y después, en forma de "guerras culturales" que here daría un Andrés Serrano.

La famosa foto "Man in Po lyester Suit" (1980), donde un pene irrumpe desde la bragueta abierta de un negro trajeado, le hizo recordar a Roland Barthes su definición del lugar más eró tico del cuerpo: "es ahí donde la vestimenta se abre", esa "intermi tencia", "la piel que centellea entre dos piezas". Ese latente erotismo, dialéctico, redime la imagen de la mera pornografía, siempre focal. Tanto, que Barthes podía intere sarse por la textura del pantalón, más allá del protagonismo fálico. Quizá no sea en los temas elegi dos, sino en la mismísima per fección formal, donde aún nos espere la perversión más sutil y desconcertante de Mapplethorpe.


Mapplethorpe Básico
Nueva York, 1946 – Boston, 1989

Una máquina Polaroid y mucho trabajo de estudio y de montaje edificaron el estilo de Mapple thorpe. Empezó su carrera como cineasta, pero al poco tiempo la foto y el collage fotográfico deci dieron su destino. Convertido en un artista vanguardista muy soli citado, sus motivos iban desde arreglos florales y retratos a imá genes de homoerotismo y sado masoquismo. En los años 80, se deslumbró por la belleza apolínea de la escultura clásica. 



Eros y orden
Anne Tucker .Curadora.
Robert Mapplethorpe no empe zó con la fotografía hasta 1970 cuando un amiga en el Hotel Chelsea le prestó su cámara Polaroid, iniciando un período de seis años en el que produjo más de 1.500 fotos en su ma yoría en blanco y negro. En los años Polaroid, Mapplethorpe experimentó con los ángulos de cámara, la profundidad de campo y el encuadre. También empezó a fotografiar sujetos que abarcarían la mayor parte de sus posteriores series: auto rretratos, retratos, desnudos e imágenes con temática sexual. Eros and Orderparte de los trabajos realizados después de 1975, cuando Mapplethorpe adquirió una cámara Hassel blad. De ahí en adelante, sus impresiones fotográficas fueron ampliaciones. Más importante aún, Mapplethorpe se alejó del estilo "foto instantánea" de la Polaroid pasando a las imáge nes controladas. Trabajaba en su estudio o en entornos en los que podía tener el control de la situación hasta el más mínimo detalle. Esta muestra presenta obras de todas sus series más importantes. Casi todas las fo tos de temática sexual fueron realizadas antes de 1980, y la mayoría de las fotos de flores fueron realizadas después de 1982. Su serie sobre la físi coculturista Lisa Lyon fue un proyecto discreto que duró entre 1980 y 1982 (salvo el cortometraje que hicieron en 1984). Los retratos constitu yen una parte importante de su producción, especialmente en los últimos años de carrera. Y, en forma acumulativa, sus re tratos son un recurso cultural valioso porque describen con elocuencia a la elite intelectual, artística y de la moda neoyor quina en las décadas de 1970 y 1980. Pero la influencia per durable de Mapplethorpe se funda en la amplitud y la di versidad de los temas en los que se inspiró para construir diferentes series de fotogra fías; su postura a contrapelo de la tendencia contemporá nea a hacer objetos bellos, sobre todo cuando imprimió criterios de belleza a sujetos que muchos no aceptan co mo bellos; y su insistencia en que cada uno de sus sujetos es tan válido para el arte como cualquier otro. Por eso se negó a marginar sus fotografías de hombres homosexuales o de la vida homo-erótica, sobre todo las relacionadas con la subcul tura sadomasoquista.

Traducción: Cristina Sardoy 
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