viernes, 28 de mayo de 2010

El amor a la ciudad de La Habana


El amor a la ciudad de La Habana
Permalink por Saravia @ 23:37:08 en 100 ciudadesUrbanismo con nombres -> Bitácora: Plaza

De cómo la ciudad se dibuja en los textos de Alejo Carpentier
Paseando por el malecón. La Habana, 2005 (Foto de Michaval publicada en pbase.com/michaval/cubanos)
El título del libro habla por sí solo: El amor a la ciudad (Madrid, Alfaguara, 1996). En realidad es el título de un artículo que publicó Carpentier en el periódico habanero Tiempo el 10 de diciembre de 1940, y que se recoge íntegro en el libro que comentamos. Porque se trata de una compilación de artículos, conferencias, pequeños ensayos y crónicas que fue escribiendo nuestro autor entre 1925 (con 21 años, cuando estudiaba arquitectura en La Habana, o acababa de dejarlo por el periodismo) y 1973 (con 69 años, ocupando un cargo diplomático en la embajada de Cuba en París). Pero no sólo el título es atractivo y valioso. En sus páginas van apareciendo, entre muchas más cosas, algunas imágenes de ese "amor de mis amores" habanero, profundamente vívidas y expresivas. Porque La Habana es la ciudad andada y desandada intermitentemente a lo largo de toda una vida, que la literatura colorista de Carpentier nos entrega afectuosamente en este libro.
Se dice que el estilo de Carpentier es sofisticado, refinado, sutil, y cargado de multitud de alusiones culturales. Y aunque en estos escritos el autor no deja de ser Carpentier, tanto por su origen (en su mayor parte periodístico) como por su objeto (su ciudad “amarilla”), todo se atenúa y se acerca. Nos dibuja una ciudad viva, fresca y abierta.
La viveza
Por todas partes insiste en la enorme animación de sus calles. Una alegría que considera prácticamente un patrimonio. “No conozco calle más viviente –en el exacto sentido de la palabra- que la calle habanera”. Y no se trata, advierte, de confundir lo vivo con lo pintoresco (y eso que aquí sólo tenemos “pintoresquismo de buena ley”). En la calle habanera “se crea una vida nueva cada día”. Y se explaya en comentar las gentes y los encuentros que se dan diariamente en esos afortunados espacios. “La Habana tiene un privilegio que sólo conocen las grandes capitales del mundo. Y es que el aburrimiento no vive en sus calles. La calle habanera es un espectáculo perenne (...). Hay en ella materia viva, humanidad, contrastes, que pueden hacer las delicias de cualquier observador”.
Y ahí aparece otra constante de este puñado de escritos que compone el libro: la visión del observador, del espectador. O mejor: la de uno mismo, haciéndose de nuevo espectador. La ciudad se toma desde dentro, pero vista con ojos nuevos, extrañados, foráneos. Lo dice Fabio Murrieta en la presentación del libro: “Es, entonces, cuando descubrir lo vital que circula entre las rocas y muros se convierte en necesidad del espíritu. Y de tanto buscarlo se logra aislar, definir, y, finalmente, amar”. Carpentier también se lo decía a sí mismo: “Comprende entonces que el hábito, la costumbre, la obligada convivencia con hombres y piedras, son terribles neutralizadores de emociones”.
Es realmente sorprendente el escaso (prácticamente nulo) instrumental del urbanismo no ya para conseguir, sino siquiera para promover esa viveza de las calles, luego tan celebrada. “En todos los tiempos fue la calle cubana bulliciosa y parlera”, pero no será por el acierto de los planificadores que la crearon o recrearon. Pues en éste, como en casi todos (no en todos) los aspectos esenciales de la ciudad, somos inútiles los urbanistas. Por supuesto, si estas calles son alegres “en todos los tiempos”, Carpentier no se recata de expresar la especial alegría que las recorría en los meses posteriores a la revolución castrista, que apoyó expresamente: “Como entrañable conocedor de La Habana que soy, puedo afirmar que nunca he visto reinar en ella la alegría, la alegría multitudinaria, el júbilo colectivo, que hoy la animan”, escribía en junio de 1959.
El frescor
También está el libro lleno de alusiones al frescor, la sombra, las penumbras, lo húmedo, la brisa. Alguna vez habla de los árboles (y del ancestral, también allí, odio al árbol); y del valor del campo como contraste y complemento de la ciudad (reprocha el dicho que oía reiteradamente en su niñez de que el campo “era para los pájaros”). Pero sobre todo le gusta transmitir la idea de frescura que se consigue en las calles habaneras, en los patios y en las casas. Por supuesto (y esta acotación la hacemos nosotros, que él nada dice), un frescor relativo, dentro de lo posible. Pondremos una larga cita: “Humboldt se quejaba, en su tiempo, del mal trazado de las calles habaneras. Pero llega uno a preguntarse, hoy, si no se ocultaba una gran sabiduría en ese mal trazado que aún parece dictado por la necesidad primordial –tropical- de jugar al escondite con el sol, burlándole superficies, arrancándole sombras, huyendo de sus tórridos anuncios de crepúsculos, con una ingeniosa multiplicación de aquellas esquinas de fraile que tanto se siguen cotizando”.
“(...) Mal trazadas estarían, acaso, las calles de La Habana visitadas por Humboldt. Pero las que nos quedan, con todo y mal trazadas que pudieran estar, nos brindan una impresión de paz y frescor que difícilmente hallaríamos en donde los urbanistas conscientes ejercieron su ciencia”. Ya ven: palo a los urbanistas. Y lo cierto es que para este tipo de cuestiones sí hay “ciencia urbana”, se saben hacer. El problema, ahora, es la competencia (desleal, peligrosa) de la multiplicación de los sistemas acondicionadores. Pero sigamos con la visión de Carpentier: “La vieja ciudad, antaño llamada de intramuros, es ciudad en sombras –sombra, ella misma”. Las calles “eran tenidas en voluntaria angostura, propiciadora de sombras, donde ni los crepúsculos ni los amaneceres enceguecían a los transeúntes, arrojándoles demasiado sol en la cara”.
También se extiende en comentar el valor de los patios de las casas tradicionales. Pero especialmente llama la atención sobre un determinado espacio de la casa: “No había casa, en los días de mi infancia, donde no estuviese perfectamente localizado el lugar del fresco, que solía desplazarse de primaveras a otoños”. Para desarrollar y extender ese microclima bondadoso que se buscaba en la ciudad se ha venido haciendo uso, en opinión de Carpentier, de varios elementos que, convenientemente multiplicados y distribuidos, han acabando haciendo el “estilo sin estilo” de esta ciudad. Por un lado, desde luego, esas columnas de todo tipo que dan forma a espacios intermedios (porches, pórticos, portales, umbrales) y caracterizan intensamente este lugar: la “ciudad de las columnas”, es el título de uno de los textos incluidos en este libro (y título también de otro librito, publicado en los años 70): “La Habana es ciudad que posee columnas en número tal que ninguna población del continente, en eso, podría aventajarla”.
Tantas columnas que podría cruzarse la ciudad “siguiendo una misma y siempre renovada columnata”. Tan familiares que se hicieron costumbre, y con ella invisibles: “Acabó el transeúnte por olvidar que vivía entre columnas, que era acompañado por columnas, que era vigilado por columnas que le medían el tronco y lo protegían del sol y de la lluvia, y que hasta era velado por columnas en las noches de sus sueños”. También se extiende en comentar “el medio punto cubano –enorme abanico de cristales abierto sobre la puerta interior, el patio, el vestíbulo, de casas acostilladas de persianas (...), el brise-soleil inteligente y plástico que inventaron los alarifes coloniales de Cuba”, y que es “el intérprete entre el sol y el hombre”. Por último, cuando se refiere al puerto, lo presenta como un lugar extremadamente vivo. Pero también como elemento refrescante que permite al mar entrar hasta el interior urbano. “Cuando la brisa parece haberse perdido, es allá donde se la encuentra”. Y se interna: “De todos los puertos que conozco (es) el único que ofrece una tan exacta sensación de que el barco, al llegar, penetra dentro de la ciudad”.
Lo inacabado
Pero no queremos dejar de destacar otro aspecto en el que también insiste Carpentier, y que nos parece interesante: esta ciudad ofrece siempre la sensación de estar inacabada. Lo dice con rechifla (de hecho lo comenta en un capítulo en el que también se habla del hermano bache: “Esos baches cobran categoría de viejos parientes, que no nos agrada ver a menudo, pero que tratamos con cariño cuando el azar los coloca en nuestro camino”). Según él esta ciudad ha estado, y está, en manos de coleccionistas de avenidas, parques, casas y edificios públicos “que temen ver terminado su placer al lograr una obra perfecta”. Porque (y aquí viene lo bueno) “todos los elementos de la perfección coexisten en La Habana: un malecón comparable únicamente con los de Niza o Río de Janeiro, un clima que propicia flores en todos los tiempos; un cielo que no cubre los pavimentos con lodos grises; una situación geográfica que pone decoración de mar, nubes o sol, al final de cada calle...”.
Y sin embargo –continúa diciendo- “La Habana es la ciudad de lo inacabado, de lo cojo, de lo asimétrico, de lo abandonado”. Creemos que ahí se equivoca. No en la crítica de la indolencia, desde luego. Pero sí en la lectura del paisaje inacabado. La relación que nos hace antes de los elementos de la perfección urbana denota ese amor por la ciudad que se enuncia en el título del libro. Pero la queja por lo inacabado (incluso por los hermanos baches) no la compartimos. Lo inacabado es lo abierto. Y lo abierto es lo despejado, libre. La libertad no se relaciona con el abandono. Pero sí implica lo inacabado, lo cojo, lo asimétrico.

Chatwin en sus relatos


Un planeta de impresiones minuciosas
Permalink por Saravia @ 21:52:27 en Urbanismo con nombres -> Bitácora: Plaza

Chatwin en sus relatos
De la ciudad nepalí de Namche escribió Chatwin: “Una pequeña ciudad construida en terrazas sobre las laderas de un valle, como los asientos de un antiguo teatro griego” (imagen procedente de frontrange.ca).
Citando a Picasso dejó escrito Bruce Chatwin: “Yo sólo quiero saber una cosa: ¿qué es el color?” Lo cierto es que los textos de su último libro (el último que dejó preparado antes de morir, titulado¿Qué hago yo aquí?, Barcelona, El Aleph, 2003; original de 1988) están salpicados de múltiples referencias al color de las cosas. La peripecia vital de este escritor viajero, que recorrió el mundo y vivió (aceleradamente) experiencias insólitas, nos sugiere un modo muy peculiar de entender las ciudades: atravesándolas en un instante del pensamiento.
Es la fórmula de mucha gente de hoy: vivir en todas partes, sin centrarse en ninguna. Un modo nómada (un tema, el del nomadismo, que le encantaba a nuestro escritor), que lleva a leer los lugares y las ciudades, los espacios y las construcciones, de un modo peculiar. Contrastando todo con todo, lo próximo y lo lejano, lo visto en un relámpago y lo estudiado minuciosamente. Los relatos de Chatwin, que viajó por todos los continentes (Europa, desde luego -el Volga, el Danubio-, pero también Australia, África –Ghana-, América –Patagonia- y Asia –Afganistán, China, Tibet, India-), visitó múltiples culturas, conoció diferentes tipos humanos (algunos sorprendentes) e hizo amistad con gente de muy diversas clases sociales, obligatoriamente han de buscar un sistema de percibir, conocer y almacenar ese cúmulo de recuerdos tan dispares y desordenados. Pensamos que necesariamente había de desembocar en una práctica que hemos denominado impresionista: fijarse en detalles, llamativos o no, pero siempre significativos. Y poderosos en la imaginación. Caricaturas de los lugares. En cada punto, cuatro rasgos serán bastante. Los colores y los aromas, los efectos de la luz, los materiales y las plantas van a ser sus principales clavos mnemotécnicos.
Las casas
Con frecuencia alude a su luz y claridad. También al desorden vital. En una ocasión recuerda que “las habitaciones de la casa pendulan entre la claridad y la limpieza de los museos y el amable caos de la vida familiar”. En otra se refiere a los signos de la banalidad: “Nada había en el edificio sombrío y neoclásico de la universidad que lo distinguiera de un colegio cualquiera del Medio Oeste americano”. Pero lo más frecuente es que describa materiales y colores (y detalles, siempre se acompañan las descripciones de detalles críticos). “La casa de los Ulianov es un sólido edificio de madera, pintado de un color marrón meloso, y situado en un barrio construido sobre unas lomas”. “El Museo Maxim Gorki, un edificio encalado que hace esquina”. “A pesar de lo cual, las casitas de madera, con sus limpias cortinas, sus samovares, sus setos de grosella, sus violetas africanas en las ventanas y sus columnas de humo azul surgiendo en espiral de las chimeneas estrechas, todo ello sigue afirmando la dignidad de lo individual y la importancia de la Rusia campesina”.
En una mezquita de Marsella recuerda que “las paredes estaban pintadas de color verde pálido y sobre ellas colgaban rosarios musulmanes”. En otra advierte que “la catedral de Castro está hecha de uralita y pintada de un agresivo color naranja en honor del año santo”. Habla de un “edificio de paredes de chapa”, en Ghana. De “un apartamento del último piso de un nuevo bloque de hormigón y azulejos blancos, situado en la Perspectiva Vernadskogo”. Destaca que “las fachadas de madera de las casas están pintadas de un color sangre de toro”, en cierto lugar del Tibet. En otra región “las chozas del poblado están hechas de adobe con techos cónicos de paja”. En alguna ocasión cita unos versos chinos: “Una tienda es mi casa / de fieltro son mis paredes”. Y sigue: “Los barracones, una serie de destartalados edificios de madera”. O bien: “Debido al empleo de materiales de su infancia campesina –maderas bastamente cortadas y simple enlucido-, el efecto nunca llega a ser chabacano, y mostraba en cambio un aspecto de vitalidad intemporal”.
Esta última cita se refería a la casa de Melnikov, de la que también decía: “De hecho, toda la casa destilaba una atmósfera de mantelitos y samovar, que chocaba con su espíritu original”. Un capítulo lo dedicó al feng-shui, el arte antiguo de la geomancia china. Ayudándose de sus principios analizó el edificio del Banco de Hong Kong y Shanghai, proyectado por Foster: “Todo destilaba frialdad. De haber estado emplazado el edificio en la Rusia soviética, al menos habría habido un toque de rojo”. También subrayaba el color que adornaba a los animales: “En el camino pasamos junto a elefantes con las orejas pintadas de rosa, hornos de ladrillo e iglesias que parecían pagodas chinas”. La residencia de un antiguo Diván la resume así: “un edificio de madera donde, en el salón de la planta baja, había helechos en jardineras de latón, acuarelas venecianas y una reproducción de la Madonna de las Rocas”. Y a veces llega a conclusiones definitivas: “Una de las casas más hermosas y melancólicas del mundo, la Villa Malcontenta de Palladio”.
Los campos
Australia es un “cansino país de arenas rojas”. En Benarés “los campos eran de color gris”. De un lugar cerca del Ganges escribió: “El lugar tenía un aspecto tan decimonónico que sólo faltaba oir el gangueo de las voces británicas”. En otra ciudad señalaba: “Un paisaje anónimo de edificios altos, separados entre sí y expuestos al viento que sopla desde el bosque”. Y uno de los paisaje rusos más conocidos lo resumía así: “Los acantilados de las orillas del Volga aparecían sembrados de casitas en veraneo, cada una rodeada de su huerto de manzanos, y pintada con brillantes colores campesinos”. Los paisajes de Holanda: “azotados por el viento y con sus cielos altos y variados”.
La isla de Chiloé “es famosa por sus tormentas negras y sus tierras negras”. Algunos de los grandes cortijos de Argelia los veía “varados en los trigales como barcos a medio hundir”. Un paisaje chino mereció este recuerdo: “Los perales silvestres tienen un color rojo al pie de las montañas, y los alerces son como pagodas doradas; las laderas septentrionales, `de color verde-azulado por el junípero´. Las últimas gencianas están en flor y los rebaños de ovejas negras pululan por la llanura”. Mientras que con el paisaje francés era algo menos indulgente: “El paisaje francés es hermoso (…) si uno no mira las cosas con demasiada dureza” (si bien pone esta valoración en boca de un cónsul de Argelia en Marsella).
Las ciudades y los barrios
Cita a Malevitch, cuando alude a “la gran cultura metálica de la gran ciudad, la cultura de la nueva naturaleza humanizada”. Y también cita a los futuristas: “La vida urbana enriquecida por la sensación de velocidad”. Señala una ciudad como “el otro Kazán, sembrado de minaretes”: un solo rasgo la describe. Volgogrado, “en otro tiempo conocida como Stalingrado, es de estuco y mármol (…) Se alza por estratos en la orilla europea del Volga”. Pero veamos otro paisaje urbano: “Había tinglados de ladrillo en los muelles; y detrás, la ciudad, ascendiendo terraza tras terraza, hasta la catedral con sus cúpulas acebolladas sobre la colina”. Namche es “una pequeña ciudad construida en terrazas sobre las laderas de un valle, como los asientos de un antiguo teatro griego”. Argel es “la ciudad blanca”. Balkh es “la madre de las ciudades”. Y “Azamgarh misma no era más que una ciudad polvorienta y casi desprovista de sombra”. Desprovista de sombra: sorprendente.
De las aldeas del este de Argel escribió: “Sus superpobladas aldeas y sus apretujadas y rocosas terrazas, llenas de olivares y árboles frutales”. Y también: “Se trata de una aldea de casas hechas de piedra basta, con techos planos de adobe que ascienden escalonadamente por la ladera”. En Marsella “la ciudad vuelve su espalda al mar”. Y una de sus bidonvilles (barrios de chabolas) la veía como sigue: “Las chozas se levantaban en medio de una escombrera municipal: trozos desvencijados de paneles o de camionetas de reparto viejas, parcheadas con pedazos de plástico para evitar que entrara el aire”. El barrio de la Porte d´Aix (también conocido como la Kasbah) era así a sus ojos: “Las calles de la Kasbah son rectas pero estrechas, y sus habitantes tienden la ropa de un lado a otro de la calle. Vigas de madera asoman por los desconchados frentes de las casas. El agua sucia corre por los arroyos”. Y en la ciudad colonial de Benín veía “el antiguo sector europeo, lleno de bungalows con arriates de buganvillas junto a la puerta”.
Como decíamos, los olores son, para Chatwin, determinantes en la descripción de los lugares: “En la plaza que había detrás (…) un tufo de gasóleo barato se le metía a uno por la nariz”. Pero también la actividad: “Las calles de Kazán guardan la huella de su desaparecida vitalidad mercantil”. O (también en las ciudades) nuevamente el color: “Las callejas de la ciudad tártara estaban enlodadas, pero, en algunas casas, las puertas y las contraventanas estaban pintadas de un hermoso color azul”. Incluso el color de las plantas secas: “Los cardos obstruían el camino, y las hojas de las zarzas eran rojas”. “Penetré en el interior de la isla por un sendero casi cegado por las ortigas de color rojizo. El ajenjo despedía un olor acre al ser pisado. Los álamos crujían y los sauces jadeaban blanquecinos bajo la brisa”. Y desde luego se asocian firmemente al recuerdo los juegos de la luz: “La oblicua luz solar que penetraba por la Rue des Dominicaines facetaba con dureza los rasgos de la Virgen, y jugaba con las pintadas antirracistas y en árabe”. Más: “El sol penetra por las celosías y rebota en las vigas, de las que cuelgan mazorcas de maíz, iluminando las caras de todos”. Y más aún, ahora citando a Ezra Pound: “Y sobre Li Chiang, la capa de nieve es turquesa”. En Suecia, por último, “la luz del norte hacía rielar la superficie del lago en el interior de la pared blanca”.
Habitaciones y estancias
En los interiores se potencia, aún más si cabe, esa facultad de describir los signos elementales. “La sala de lectura donde Lenin estudiaba derecho: un aula de bancos desnudos, una pizarra, una estufa de azulejos blancos, y sombras verdes en torno a las lámparas de gas”. “El interior estaba muy deteriorado, y la luz del ocaso, al penetrar por los cristales de colores de las ventanas, arrojaba haces de luz roja sobre las alfombras”. “El sol penetra por las celosías y rebota entre las vigas, de las que cuelgan mazorcas de maíz, iluminando las caras de todos”. De un apartamento destaca que está “someramente amueblado”; y de otro (siguiendo una cita de Robert Byron) que se encontraba “lleno de muebles franceses de ebanistería francesa”. Una estancia del Tibet es “tenebrosa iluminada con lámparas vacilantes de manteca y decorada con frescos de las bestiales o benevolentes divinidades tibetanas”. Y “la señora G. nos recibió en una habitación blanca y desnuda”.
Seguimos. Un cuarto en Nueva York: “La habitación estaba forrada de terciopelo color ciruela y había un caballete también de color ciruela”. Otros en Brasil: “Las habitaciones en los hoteles de campo brasileños son compartimentos destinados meramente a colgar la hamaca”. El dormitorio de una historiadora del arte, experta en Zurbarán: “Nos mostró su alcoba. Las paredes eran blancas. Había una cama con cuatro columnas y un baldaquino blanco, pero sin cortinas”. Un albergue para inmigrantes: “Había dieciséis hombres repartidos en habitaciones escuálidas”. Basta con ese adjetivo: escuálidas. Veamos los patios: De un lugar “en el patio crecían unas papayas bordes”. Y de otro “el sol caía ahora vertical. El color del patio de revista iba adquiriendo un tono anaranjado”. Por último, un recuerdo del detalle material: “Empecé a contar las briznas de paja de mijo incrustadas en el barro de la pared”.
Chatwin recuerda campamentos provisionales, restaurantes y cafés (uno lo describe, siguiendo su tónica, como “un ruidoso café cubierto de azulejos blancos”). Describe los taxis y los aeropuertos. Pero sobre todo los hoteles. Su mundo es un mundo de hoteles. El Liberty Hall, el Hotel Metropol de Moscú, el Raphäel de París, el Buddha Lodge Hotel en Lukla, el Hôtel de l´Armistice de Marsella, el Hotel de Verdum, el Hôtel de la Plage y muchos más. Lo mismo que sus bares: el Black´s Paradise; o el Paris Snack, de Benín. Este último lo describe muy brevemente, del mismo modo y con los mismos elementos que utilizaba para explicar los grandes paisajes (aludiendo a los materiales, los colores, ciertos detalles, los brillos más llamativos): “La barra estaba forrada de cuero rojo, y los camareros llevaban brazaletes de oro macizo en las muñecas”. Recuerda que Indira Gandhi le dijo, humilde, en una ocasión: “No tiene usted idea de lo agotador que es ser una diosa”. Desde luego, ser diosa debe de ser cansado, es cierto. Pero ser Chatwin debió de ser agotador.

Riccetto y sus colegas a principios de los años 50, según Pasolini


Chavales de Tiburtino y Pietralata
Permalink por Saravia @ 14:43:13 en Años 50Urbanismo con nombres -> Bitácora: Plaza

Riccetto y sus colegas a principios de los años 50, según Pasolini
Tramonto sulla Tiburtina (imagen de Air Force One, cargada en flickr.com el 4 de mayo de 2008).
Aunque allí (más o menos) vivían los principales protagonistas, los demás chavales del relato de Pasolini (Chavales del arroyo, Madrid, Nórdica, 2008; original italiano de 1955) procedían de otros barrios de Roma. De Ferrobedó, los Grattacieli y otras barriadas. En el libro aparecen más de 50 personajes que a finales de los años 40 y primeros 50 contaban con 14-18 años. Riccetto, Cacciotta, Begalone, Lenzetta, Alduccio, Mariuccio, Genesio, Borgo Antico, Marcello y muchos otros (casi todos chicos) viven su vida en los arrabales de una ciudad que podríamos calificar, al menos (como a casi todas casi siempre), de confusa. Recorramos con ellos ese territorio.
Sensaciones. El ecosistema que nos describe Pasolini es, antes que nada, un conjunto de sensaciones. Un estrépito ensordecedor, donde “los claxon y los motores retumbaban por curvas y por cuestas, llenando los arrabales”, los gramófonos y los altavoces amplificaban los sonidos en las ferias y los chavales, aquí y allá, “gritaban y metían bulla, desordenadamente como un jabardillo de moscas en una mesa sucia”. Pero también un silencio “cargado como una mina”. Un silencio cegador que “descendía del mediodía”. Un aire, un tacto. Un “aire tenso como la piel de un tambor”. Un asfalto que por todas partes se derretía al sol. A veces un viento que soplaba “libre como sopló en el origen del mundo”. Pero en ocasiones se notaba “la tibieza del vientecillo en que había como una somnolencia de abril”. Un olor también cambiante. Pestilente en los pozos ciegos, en “el agua pringosa, como meaos”, en los regueros cenagosos de los desagües. En los espigones de la Isola Tiberina, que “al calor del sol apestaban como urinarios”. Mugre en los huertos y en las riberas “apelmazadas entre matorrales carbonizados”. Mierda por todas partes.
Una luz violeta, “suspendida límpida en los espacios libres de las calles, entre edificio y edificio”. Una luz en la que “ardían los pilones llenos de faros, los reflectores de la central eléctrica, y por detrás, ya lejos, Tiburtino, con los caserones nuevos en fila contra el cielo negro. Al fondo, en la intensa aureola, brillaban las luces de las otras barriadas, hasta Centocelle, la Borgata Gordiani, Tor de´Schiavi, el Quatricciolo”. Otras veces flotaba “un reflejo de la luz del bar, abierto todavía, (que) arañaba la costra de asfalto de la Tiburtina”. Pero sobre todo estaba la luna. Una luna “que daba sobre los prados una luz infinita”. Una luz de la luna que aparece en el relato una y otra vez (preciosa la página 185). También el frío. Pero sobre todo un calor mucho más intenso que a pleno campo. “Un calor que no era siroco y que no era calina, era sólo calor. Era como una mano de pintura que se le hubiera dado al viento, a las fachadas amarillentas de la barriada, a los descampados, a los carros, a los autobuses apiñados de gente en las portezuelas”. Una tibieza, un calor animal. Algunos perros, una golondrina. Y una imagen desoladora.
Paisajes. Obras a medio hacer o a medio derrumbarse. En la avenida Quattro Venti “un tropel de basuras, casas sin acabar y ya en ruinas, grandes desmontes fangosos, terraplenes llenos de porquería”. Cerca de las tapias del cementerio de Verano y hacia las casuchas de la Vía Tiburtina, se veían “torres de reciente construcción, entre escombros, rodeadas de solares, en medio de almacenes de chatarra o de madera”. Los nuevos borghettos eran “un montón de casas pequeñas como cubiletes, o como gallineros, blancas como las de los árabes, negras como zahúrdas”. Y por doquier se levantaban “andamios, edificios en construcción; y grandes descampados, montones de escombros, terrenos edificables”. Por aquí y por allá “cuestas con una costra de dos cuartas de polvo, y entre canteras y cuevas, cejas, pradejones requemados, ramblizos”. El protagonismo de los baldíos. Terraplenes infectos. “Prados llenos de mierda”, ruinas de caserones, “rabales de tugurios”, caminos “que parecían hechos aposta para las cabras”. Los pinos verdes (“las copas de los pinos verdes como mesas de billar, entre las piedras desgajadas de las ruinas”).
Los Grattacieli, “grandes como cadenas montañosas, con cientos de ventanas, en hilera, en círculo, en diagonal, a la calle, al patio, a la escalera, al norte, al sur, con el sol de plano, en sombra, cerradas o de par en par, vacías o flameantes de ropa tendida, silenciosas o llenas de bulla de mujeres y lloriqueo de chiquillos. Alrededor se extendían aún prados abandonados llenos de mogotes y montículos, atiborrados de criaturas que jugaban con los mandilones sucios de mocos o medio desnudos”. En Monteverde Nuevo “había demasiada limpieza, demasiado orden, al Riccetto no le cabía en la cabeza”. En Tiburtino las calles eran “siempre iguales”, y entre los bloques “alguna brizna de hierba en el piso de tierra”. En La Elina dominaban “las sombras inmensas” de dos o tres torres en construcción y una ya construida, pero “aún sin calle ni patios delante, abandonada entre hierbajos y cochambre. Aquel bulto enorme con todas las ventanas iluminadas se levantaba solo en medio del cielo, donde alguna estrella chispeaba tristemente. La Elina se cobijaba tras él, cerca de las vallas y los matorrales que circundaban los terrenos parcelados, reducidos aún a enormes vertederos, con alguna chabola alrededor, o en medio, y algún montón de guijo”. (Una descripción sintética de la vida en Roma y sus barrios, en las páginas 261-264).
Pobreza y suciedad. Muchísima pobreza y suciedad. Derrumbes. Peligro. Bares, como el del Trapetto Verde. Cárceles (Porta Portese). Paradas de autobús (“punto de reunión de la tropa de mocosos y de las pandillas de machongos”). La curva del río. Miles de chabolas. La casa de Riccetto, de una sola habitación, “con cuatro camas en las esquinas de las paredes, que más eran mamparas que paredes”.
Actividades. Algunos muchachos dedicaban parte del tiempo a hacerse una casa (como la familia de Mariuccio). Pero la mayoría simplemente vivía. Sin más. Iban de aquí para allá. Enganchados al tranvía, en la barra de la bici de algún colega, en una moto robada. Casi siempre andando. Jugaban o se entretenían de cualquier forma. A las canicas, a la navaja, al balón. “Daban patadas a una pelota sin otra iluminación que la de la luna”. Jugaban a las cartas en el hueco de la escalera. Hacían saltar piedras en el agua. Se bañaban (en el río, en las charcas, en el mar). Iban al cine. Charlaban. Cantaban (el hijo de la señora Anita también tocaba la guitarra). Se daban un paseo “hacia Pietralata o a uno de los cines de allí cerca, en camiseta, o con la camisa por fuera”. Cogían una barca. Hacían fuego. Jugaban en el columpio. En el trampolín. Descansaban, dormitaban. Sentados al sol en un prado. O en un bordillo, esperando a que “se les pasara el sofocón”. Miraban desde el puente “a los tiberinos que tomaban el sol sobre la plataforma”. Tomaban la fresca. Dormían en cualquier sitio: en los bancos del parque, en un rellano, en unos grandes bidones abandonados, donde el Lenzetta había dispuesto algo de paja; o “debajo del toldo de un melonero, allí mismo, encima de las sandías”.
Comían, bebían, meaban y defecaban (en cualquier sitio). Fumaban (colillas). Cuando podían pagar, también follaban. Riccetto llegó a tener una pequeña novia (una de las hijas de Antonio). Pescaban a volantín. Comían sin orden, sin regularidad. A veces pasaban días enteros sin probar bocado. Conseguían dinero. Rebuscaban en las basuras. O se agenciaban un trabajo regular (de peón, o con un trapero). Pero eran especialistas en aliviar la cartera (“en los tranvías aliviándole la cartera a algún que otro pavo”). Y la bolsa a los ciegos. Preparaban engaños y timos. Robaban de noche en algunos almacenes de material. Muchas veces tenían que huir. Y circunstancialmente pasaban temporadas en la cárcel (Riccetto llegó a estar tres años seguidos). Enfermaban (a Begalone le daban un año de vida). Con frecuencia morían. Unos en accidente de coche, en una noche loca (los amigos de Álvaro; él no murió, pero perdió un brazo y quedó ciego). Otros como consecuencia de un derrumbe (Marcello). Alguno más, por los disparos de la policía (Amerigo). Y otros ahogados en el río, en un acto de chulería (Genesio).
Ecosistema. Porque la actitud chulesca era su sello. Eran perdonavidas que nunca renunciaban “a las tentaciones y menesteres propios de un chulo redomao”. Sin rastro alguno de piedad por nadie: “En Pietralata, por su propia formación, no había nadie que sintiera piedad por los vivos; a ver qué carajo iban a sentir por los muertos”. Se jugaban la vida (desobedecían el alto de la policía con este pensamiento: “No me irás a matar, supongo”). Y gozaban de una enorme sensación de vitalidad. Querían “provocar al mundo en general, a toda la especie humana que no sabían pasárselo bien como ellos”. A veces se tendían “panza arriba, cantando, llenos de gratitud hacia la vida, en la hierba reseca del ribazo, a esperar a que se hiciera un poco más tarde”. Por supuesto, ni rastro de lucha social. Sólo una vaga impresión de injusticia: “¿Pero cuándo coño se les acabará el chollo, cuándo cambiarán las tornas de una puta vez?” (Hay que decir que el enfado provenía de ver a un tío en un deportivo “con el peazo tía que lleva”).
Los baldíos (tan queridos por Pasolini) eran su ecosistema. Allí, finalmente, nadie les dijo lo que nos cantó, años más tarde, Paolo Conte (Via con me): “Vamos, vamos; sal de aquí; nada te ata a estos lugares; ni siquiera esas flores azules”.

Cómo hemos cambiado


Cómo hemos cambiado
Permalink por Router @ 22:47:25 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección "Una vivienda asequible y funcional".
En la Casa de Campo comiendo tortilla, 1962. Imagen donada por Encarnación Cuadrado García al Museo Virtual de Viejas Fotos; 20minutos.es.
Los proyectos de vivienda colectiva apenas reflejan la evolución de sus usuarios. Cambios como el número de personas que integran la unidad familiar (que bajará de dos muy pronto) o de convivencia, o los distintos tipos de estas unidades (diferentes a la familia estándar de todavía no hace mucho tiempo). Las nuevas exigencias de densidad, ya sea por razones de sostenibilidad, o para rentabilizar o hacer posibles unos servicios urbanos dignos. Los requerimientos ligados al trabajo. O los que derivan de la mayor longevidad de las personas. La sensación de hogar está cada vez más ligada a la proximidad a un foco urbano con la masa crítica suficiente para poder ofrecer una actividad cultural enriquecedora.
Javier Mozas, en una edición revisada de varios números de la revista a+t (Vitoria, 2004) dedicados a la vivienda colectiva (con ejemplos de países diversos), señala las etiquetas o sellos de calidad con los que la casa que está por venir podría atraer a sus clientes. Así habría un sello para la casa neutra, una vivienda contenedor, a completar por sus moradores. Otro para la casa flexible, modificable y adaptable a cualquier uso posterior (aunque la flexibilidad se percibe ahora, más bien, como facilidad de desplazamiento, como posibilidad de poder cambiar de trabajo y lugar de residencia. Para la casa diversa, capaz de acoger cualquier tipo de unidad de convivencia. Y otros sellos posibles: casa verde ecológica; casa oficina, un lugar de trabajo donde también se duerma o se cocine, comercializada por m3 y no por m2, con una buena altura de techos y espacios modulares; casa hotel, que contemple la inclusión de usos de apoyo a la residencia, servicios extras como un bar o una lavandería; casa sin coches en entornos densos con opción a transporte público rápido y eficaz; casa plaza, con espacios colectivos de relación directa dentro del edificio; casa asistida, como hogar de ancianos o guardería; casa protegida, que dé confianza a las personas que viven solas.

La hermana de Shakespeare en su habitación


La hermana de Shakespeare en su habitación
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Texto para incluir en la sección titulada "Una habitación propia".
Cocina de la Casa de Cervantes de Valladolid. Foto de la página web del Ministerio de Cultura
Así pensaba Virginia Wolf: “Si vivimos aproximadamente otro siglo –me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos– y cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton, porque ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado”.
Según Wolf, la hermana de Shakespeare podía haber sido, por qué no, una escritora tan buena o mejor que el propio William, si hubiese contado con “quinientas libras al año y una habitación propia”. El libro del que procede la cita (titulado precisamente Una habitación propia) ha sido tomado a menudo como referencia para reclamar un espacio propio individual para cada uno de los miembros del hogar, sea cual sea su composición. La vivienda es el espacio de la vida privada, y la condición de lo privado es la posibilidad de aislamiento y secreto. Un cuarto propio desde el que poder ver el cielo y los árboles. Pues finalmente parece que nos empeñamos en la libertad.
Hemos seguido la traducción de Laura Pujol (Virginia Wolf, Una habitación propia, Barcelona, Seix Barral, 2005; el texto original es A room of one´s own, Londres, The Hogarth Press Ltd., 1929). Cuando habla del “coco de Milton” se refiere al poeta y ensayista inglés Jonh Milton (1608-1874), sobre quien han recaído graves acusaciones de misoginia, tanto por sus tratados sobre el divorcio como por la descripción de Eva en su Paraíso perdido. El texto de Wolf corresponde a dos conferencias que dio en 1928, y su propósito no tenía nada que ver con la vivienda, desde luego, sino con “las mujeres y la novela”. Sin embargo, ya en la segunda página se puede leer la opinión que destacamos aquí: “que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas” (una idea que está presente en todo el libro: la cita es de la p. 153 de la edición en castellano que comentamos). Nos gusta acompañar el texto con una imagen de la casa de Cervantes de Valladolid, mejor que con otra, demasiado literal, de alguna de las casas del autor inglés. Y lo hacemos casi como una broma del destino, pues la vida de Cervantes entre “sus mujeres” puede poner un contrapunto curioso a la vida de la hermana de Shakespeare. Un trabajo actual sobre la mujer y la vivienda: . “Women and the Human Right to Adequate Housing” (United Nations, Economic and Social Council, 1997, http://www.hic-sarp.org/documents/SUB1997_19.doc).

La "casa per tutti". Cantidad de viviendas


La "casa per tutti". Cantidad de viviendas
Permalink por Router @ 15:42:07 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección "Una vivienda asequible y funcional".
London slum. Imagen procedente de gerald-massey.org.uk
Cuando Engels escribe sus famosos artículos sobre la creciente preocupación por el problema de la vivienda insiste en el carácter coyuntural de este interés, provocado por un “particular empeoramiento de las malas condiciones de vivienda de los obreros, como consecuencia de la afluencia repentina de la población hacia las grandes ciudades”. Estas situaciones de déficit coyuntural, que se han repetido en múltiples ocasiones, estuvieron en el origen de las políticas de vivienda de los estados europeos desde finales del siglo XIX. Si el problema era la escasez de viviendas, había que multiplicar su número, producir masivamente nuevos alojamientos, destinando recursos públicos y/o privados a ese fin. Es lo que se ha llamado la “opción cuantitativa”.
El compromiso público de los estados con esta opción significó un formidable impulso a la industria de la construcción de viviendas (creándose en muchos casos, allí donde era meramente artesanal), aunque con resultados diversos. Las políticas de reconstrucción de posguerra (años 1950-70) siguieron caminos diferentes: en la Europa rica del norte se levantó un parque inmobiliario público de alquiler, en tanto que la Europa meridional optó por la vivienda en propiedad. En cualquier caso el resultado compartido fue un incremento notable del número de viviendas, que se ha vuelto a reproducir en momentos posteriores (por ejemplo, en el recienteboom inmobiliario, todavía en activo), a pesar de que a partir de los años 1980 se ha ido produciendo un progresivo desentendimiento del interés directo de los estados, que han preferido dejar este asunto en manos del mercado. Desde hace algunos años la Administración pública actúa con pequeñas operaciones, puramente testimoniales. Una prueba más del carácter coyuntural de estas políticas.
La cita es de 1872, y se refiere a los tres artículos que Engels publica en la revista Volksstaat, de Leipzig, el órgano del Partido obrero socialdemócrata alemán. La “teoría cuantitativa” se caracteriza en el texto de B. Secchi Il raconto urbanistico. La politica della casa e del territorio in Italia, Turín, 1984. Una ponencia reciente sobre la evolución de las políticas de vivienda social en Europa puede verse en la publicación del Observatorio Europeo de la Vivienda Social de la Asociación Española de Promotores Públicos de Vivienda y Suelo, Vivienda social en la UE 2005. Estadísticas y políticas clave por países. (Boletín informativo nº 84, 2006; www.a-v-s.org/uploads/boletines/Boletin84.pdf).

Evolución de la privacidad


Evolución de la privacidad
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Texto para incluir en la sección titulada "Una habitación propia".
Maggie Smith y Julian Sands en  A Room with a View, de James Ivory, 1986.
Michelle Perrot escribe sobre la evolución de la intimidad en el siglo XIX europeo. Un proceso con un claro reflejo en la configuración de los espacios residenciales privados, que dan cobijo a unas nuevas relaciones familiares. Al señalar los puntos de inflexión de lo que sería una generalización de la privacidad destaca que antes sólo había correspondido a las clases altas, “las clases dominantes –que viven con la obsesión de la multitud necia y sucia- se las arreglan para poder contar en los lugares públicos (...) con ámbitos protectores: palcos de teatro, compartimentos de primera clase”.
A lo largo del siglo el modelo propio de las intimidades burguesas desgrana sus variantes desde el Londres victoriano a la Viena finisecular, llegando al corazón de Berlín y San Petersburgo: una relativa unidad reforzada por la circulación europea de los tipos arquitectónicos. Se trata de una sutil mezcla de racionalismo funcional, de un confort todavía muy reducido y de nostalgia aristocrática.
“Tener su propia casa, su home –el término se difunde en torno a 1830- o en sentido más popular, su propio rincón (carrée) es el medio y la señal de la autonomía”. Durante el siglo XIX las prioridades presupuestarias de los obreros no se dirigen, sin embargo, a la vivienda –fuera de su alcance-, sino al vestido –más accesible-, cuyo interés se difunde cada vez más porque permite precisamente participar en el espacio público sin avergonzarse.
El texto de Perrot pertenece a la Histoire de la vie privée, vol. 4 (dir. P. Ariès y G. Duby; ed. Du Seuil, París, 1987). En otro escrito R. H. Guerrand comenta que la nobleza no conocía el confort ("Naissance d´un modèle", en Claudette Sèze, dir., Confort moderne. Une nouvelle culture du bien-être, Autrement, París, 1994, pp. 66-77).

Espacio público y vida ciudadana


Espacio público y vida ciudadana
Permalink por Router @ 10:24:17 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección titulada "Integración o exclusión".
El martes 27 de abril de 2007 un grupo de mujeres se tiñe el pelo bajo un puente en Lagos, Nigeria. Imagen de news.bbc.co.uk
Un sugerente artículo de Margaret Crawford, “Desdibujando las fronteras: espacio público y vida privada”, se elaboró como reacción a un discurso que compartía pero que ahora necesitaba matizar: el del fin del espacio público, un temor reiterado por sociólogos y urbanistas. O por Mike Davis cuando expresa su alarma ante la “destrucción de cualquier espacio urbano verdaderamente democrático”. En Los Angeles los pocos fragmentos del espacio público tradicional están siempre desiertos, mientras que los centros comerciales y de entretenimiento con su paisaje urbano simulado están atestados de gente. “La existencia y popularidad de estos espacios públicos comerciales -señala Crawford- se usa para articular un discurso generalizado sobre la pérdida, que contrapone la actual degradación del espacio público con épocas y lugares dorados –el ágora griega, las cafeterías del primer modernismo en Londres y en Paris, la piazza italiana o sencillamente la plaza urbana (…) como lugares anteriormente vitales de la democracia en los que supuestamente se desarrolló el discurso público cohesivo”.
La crisis de estos espacios pondría en peligro las mismas ideas e instituciones democráticas. Esta percepción de ciertos críticos del espacio público, que siguen muy de cerca las conclusiones de autores como Habermas o Sennett, le parece a nuestra autora que se basa en unas definiciones extremadamente limitadas de los conceptos de espacio y de público. Que al buscar un espacio público único y omniabarcante, acaba confundiendo los espacios públicos monumentales con la totalidad de los espacios públicos.
La versión de una esfera pública presentada como un “espacio democrático” en el que todos los ciudadanos tienen derecho a intervenir, donde las desigualdades sociales y económicas se dejan de lado temporalmente con el fin de determinar un bien común, olvida que esos espacios siempre se han estructurado a partir de significativas exclusiones (mujeres y esclavos en Atenas, mujeres y trabajadores en la primera esfera pública burguesa). Y oculta que hay otros entornos físicos que a menudo representan más certeramente el espacio democrático, como muchos espacios cotidianos invisibles en el discurso de los profesionales sobre la ciudad, donde sin embargo se expresan públicamente diversos segmentos de la población. Lugares triviales y comunes (aceras, solares vacíos, aparcamientos) aparentemente sin significado, lo adquieren a medida que quienes los usan (sean manifestantes, paseantes o vendedores ambulantes) los reorganizan y reinterpretan.
La autora se refiere también a Los Ángeles, a los espacios de los coches que se transformaron temporalmente en lugares de protesta y rabia durante los disturbios urbanos de 1992, a los mercadillos domésticos dispuestos espontáneamente en los jardines delanteros de muchas casas de gente necesitada de unos ingresos suplementarios; o a los espacios marginales apropiados por vendedores ambulantes ocasionales. “En contraste con los espacios públicos normativos, que produce la ideología dominante, estos espacios contribuyen a desestabilizar el statu quo.
Porque ¿cuál es la relación entre el espacio público y la democracia? En determinadas circunstancias, “la intersección de gentes, espacios e identidades pueden empezar a delinear un nuevo terreno urbano para la acción democrática, que desafíe las definiciones normativas de la democracia y su modo de operar (…) podemos empezar a articular un nuevo discurso sobre el espacio público, un discurso que no se fundamente en la pérdida sino en la posibilidad”.
Nota. El artículo citado de Margaret Crawford, “Desdibujando las fronteras: espacio público y vida privada”, fue publicado en Quaderns 228 (Barcelona 2001).

La seguridad de tenencia en los barrios de chabolas


La seguridad de tenencia en los barrios de chabolas
Permalink por Router @ 23:15:24 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección titulada "Una habitación propia"
Desalojo en Perú. Foto de cohre.org.
Este es un tema fundamental. Cuando en España los barrios marginales tenían una presencia mayoritaria, ya entonces se planteaba como asunto clave el afianzamiento de la tenencia segura, bien como propietario, inquilino, o bajo cualquier otra forma de posesión de la vivienda. Implica protección frente al desalojo forzado, o simplemente frente al hostigamiento. Se trata de una cuestión que es hoy candente, de absoluta actualidad, en muchísimos lugares del planeta. Lo es en Brasil (hasta Lula habla de ello), y se plantea con toda su crudeza en África (por ejemplo en Lagos) o en China (la dinámica que arrasa en Shangai). Y en menor proporción, también en Europa.
Son historias muy diferentes según el continente de que se trate. Hay desalojos en una región muy urbanizada (Latinoamérica), y en otra con problemas de autoridad (África). En China responden a una política dirigida desde un modelo de implantación sobre la ciudad existente (la industrialización). Con frecuencia van acompañadas de otras violaciones de derechos. La defensa de la seguridad de tenencia persigue el registro del suelo a nombre de los residentes. Al fin y al cabo no es más que volver a las garantías de la propiedad que vienen de la revolución francesa.
No obstante, puede existir en este proceso un efecto perverso por el que se podría acabar garantizando la propiedad no al residente, sino al explotador. No a quien vive la vivienda, sino a la mafia que facilita el suelo –Brasil-, o a las autoridades –China-. Por tanto, antes de llevar el saneamiento u otras infraestructuras hay que conseguir que quien está viviendo realmente en el alojamiento tenga la seguridad de que no va a ser expulsado. Una garantía que le va a permitir invertir en ese suelo, mejorar la vivienda, obtener un préstamo, etc. Y que va a llevar finalmente, a él y a todo el barrio, hacia la rehabilitación.
Nota: Ver el informe Lives in ruins: forced evictions continue de Amnistía Internacional y COHRE (Centre on Housing Rights and Evictions), de octubre de 2006. Y una completísima publicación de este último organismo, aquí.

Diferencias entre LA y Shanghai


Diferencias entre LA y Shanghai
Permalink por Router @ 07:05:50 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección titulada "Controlar la densidad"
Imagen de Lakewood, Los Ángeles, en 1950 (procede de losangelesfilm.org).
La relación entre densidad urbana y consumo energético debido al transporte es un indicador muy explícito. Las ciudades con menor densidad son las que registran un mayor uso del automóvil privado: en ellas resulta complicado moverse a pie y no es fácil dotarse de un transporte público mínimamente eficaz. Estas dificultades, y otras como la escasez de agua, o que no haya ya tanto suelo disponible para un crecimiento fácil de los suburbios, han llevado a Los Ángeles (LA) a replantearse su urbanismo disperso; frenando su crecimiento hacia el exterior y proponiéndose una política de relleno de los espacios vacíos del tejido urbano existente. Una política con implicaciones importantes en la calidad urbana de sus habitantes, más allá de sus implicaciones medioambientales.
Afortunadamente, este modelo suburbano estadounidense no ha inspirado el crecimiento de las ciudades chinas. Con razón se ha dicho que si los chinos decidiesen construir autopistas y desparramar sus ciudades como han hecho los americanos del norte, las consecuencias serían letales. Afortunadamente hay indicios de que la tendencia es otra. Múltiples ciudades como Shanghai están edificándose en vertical, con torres de gran altura que albergan de 150 a 200 personas por hectárea, o más. Esta ocupación densa del espacio desalienta la construcción de esas autovías urbanas que pueblan las ciudades del urbanismo disperso.
Bibliografía. Un resumen reciente de las implicaciones ambientales del transporte urbano puede leerse en el Informe anual de 2007 del Worldwatch Institute, trad. cast. de Icaria, Barcelona 2007 (ver texto de Meter Newman y Jeff Kenworthy, “Hacia un transporte urbano más ecológico”). Sobre la experiencia reciente de L.A. ver J. Landis, H. Hood y C. Amado, The future of Infill Housing in California, Frameworks (University of California, Berkeley), primavera de 2006. Sobre la experiencia china: J. Kenworthy y C. Townsend, An Internacional Comparative Perspective on Motorisation in Urban China: Problems and Prospects, IATSS Research, vol. 26, nº 2 (2002).
La imagen de cabecera se ha extraido dewww.losangelesfilm.org/special_features/essays/waldie.html . Es interesante el texto de D. J. Waldie que la acompaña ("An Ordinary Place").

"Controlar la densidad"

Órdenes de magnitud

Permalink por Router @ 06:45:31 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección titulada "Controlar la densidad"
Commercial Road de Londres en 1909 (imagen procedente de cityoflondon.gov.uk)
Javier Mozas señala (en su recopilación de nueva vivienda colectiva) la disparidad de las cifras de densidad según la forma de asentarse los edificios sobre el territorio: “El número de viviendas que ocupa un recuadro de terreno de 100 m. por 100 m. suele variar en las ciudades europeas de 25 a 100. Una urbanización con viviendas unifamiliares en parcelas de 1.000 m2 estaría en torno a las 10 viviendas por hectárea. La densidad media de Los Ángeles es 15. Las nuevas directrices para el planeamiento en Inglaterra estipulan que 30 viviendas por hectárea debería ser el mínimo para los nuevos asentamientos, listón demasiado alto para los británicos. La densidad media de Londres es 42. La densidad media de los centros urbanos consolidados en Europa está en 93 viviendas por hectárea. El desarrollo del Singapur de los años setenta estaba en 250 y el actual de la región de Kowloon, en China, en 1.250 viviendas por hectárea”. Las cifras que se refieren al urbanismo no legal o al de emergencia se mueven, por otra parte entre los cerca de 1000 en el barrio de Kibera (Nairobi) y los cerca de 70 de los modelos de campos de refugiados.
Y esta disparidad se mantiene en las actuaciones de construcción de viviendas que se realizan actualmente en el planeta. A pesar de las inquietudes medioambientales, o de austeridad o rigor funcional (la dotación de servicios requiere una mínima densidad para ser operativos). Por un lado se apuesta por la compacidad (por interés o por responsabilidad), tanto en la renovación de antiguos barrios como en la ocupación de nuevo territorio; pero por otro se sigue optando por las bajas densidades en demasiados lugares (la preferencia por la casa frente al piso, y mejor si cuenta con su porción suficiente de suelo libre tiene un mercado que no decae).
Bibliografía. La cita de Javier Mozas procede de “Vivienda colectiva. 10 sellos” en la recopilación "Densidad" de varios números de la revista a+t, Vitoria 2004.

La ventana


La ventana
Permalink por Router @ 12:44:17 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección titulada "Exclusión social. Exigencias de integración”
“Escenas de La Habana”. Foto tomada prestada del blog unhomourbanus.net.
Por supuesto, la ventana practicable. Y abierta hacia la calle pública. No esos remedos de ventana impracticables, o que vierten a patio, por grande que sea. Porque nunca equivaldrá un gran patio de acceso restringido a una calle pública, donde cualquiera puede estar. El primero no forma parte de la red de espacios públicos urbanos, y la calle es la ciudad. Y nunca será ventana si no puede obedecer a los deseos cambiantes de apertura o cierre, integración o separación, iluminar u oscurecer, mostrarse o esconderse, interacción social o soledad buscada. ¿Cuál es el significado de la ventana?
Leamos, para empezar, un breve fragmento de una novela: La frontera, de Pascal Quignard. “Ella estaba en la ventana. Sufría por las heridas de su vientre. Miraba el río Tajo de color plomizo. Hacía calor. En el estuario había reflejos de cobre antiguo, desgastado por el aire y el paso del tiempo. Miraba a los mendigos en los escalones, que mendigaban a Dios con la mirada. Un gentilhombre minúsculo, a lo lejos, sujetaba por las riendas a su caballo. Vio sus calzones azules. De lejos, el hombre se parecía a Grezette. Se preparó”. La ventana, un instrumento para modular la intimidad.
Busquemos una etimología: la de las ventanas con burka, las celosías del convento o del harén. Según Corominas esta palabra tiene el influjo de celare, “ocultar”. Celar, en Juan de Mena, es velar, vigilar, tener celos. El vocablo “celosía” ya aparece en 1526. Se usa para denominar al enrejado de madera que se pone en determinadas ventanas, logias y balcones para que las mujeres que están en el interior puedan ver sin ser vistas. Y se llama así “por la causa que determina su uso” (otra vez Corominas). Nacido de la arquitectura islámica de Egipto (con los mamelucos del siglo XIII), pasó a Al-Andalus, donde evolucionó. Está presente en los palacios, al lado de las puertas secretas de las antecámaras. Con su filtrado, entrega una dulce luminosidad al interior (efectos de claroscuro); y también tamiza el excesivo calor (de hecho, la palabra árabe que designa este elemento deriva de la raíz š.r.b., que significa beber, aludiendo a la costumbre de hacerlo al amparo de su sombra fresca, donde se colocaban cántaros).
El paralelismo con el burka no es anecdótico. Esta prenda se introdujo en Afganistán a principios del siglo XX, durante el mandato del rey Habibulla, quien se lo impuso a las mujeres de su harén, para evitar que su rostro pudiese ser visto por otros hombres. En la década de los 50 su uso se generalizó entre las clases acomodadas, y los talibanes lo hicieron obligatorio en los años 90. Por fresca que sea la luz y la sombra, si no puedes ser visto, si no existe la posibilidad de que te vean, no tienes rostro. Tampoco hay ventana.
Recordemos una película: La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, 1954. Un fotógrafo profesional, L. B. Jeffries (James Stewart), accidentado y recluido en su apartamento, se entretiene observando (con sus cámaras y teleobjetivos) la vida de sus vecinos del patio de acceso. Participa de la vida exterior, e incluso de los sucesos de la casa de enfrente, que se pueden entrever a través de sus ventanas, no cerradas. Las ventanas, también para que otros puedan entrar en los pliegues de tu vida privada. Todas son indiscretas.
Veamos un cuadro conocido: Muchacha en la ventana, de Salvador Dalí, 1925. Un personaje, la hermana del pintor (Ana María), de espaldas al espectador, mira el mar de Cadaqués. Con la luz en la parte posterior de la muchacha, la composición y el contraste llevan al espectador hacia el paisaje. Atención ahora a esta fotografía de Ferdinando Scianna Sant’Elia (de Magnum Photo): Unafinestra popular, que también se abre hacia el Mediterráneo, esta vez en las costas de Sicilia. El paisaje, el afuera, entra en la casa, y la vivienda se vuelca en el paisaje por mediación de la ventana.
Estudiemos un texto científico: Ropa, sudor y arquitecturas. En él su autor, Fernando Ramón Moliner, nos recuerda lo que ya deberíamos saber: que el interés de la ventana no se acaba en la posibilidad de ver y ser vistos. La ventana (que comenta con esta imagen) "es el dispositivo multifuncional que nos permite, sin traspasar los límites del cerramiento, aprovecharnos del conjunto de circunstancias, ecotérmicas y otras, relativamente apetecibles que, fuera de él, en un momento dado, se estén dando: dejando pasar, o no, más o menos, el viento y/o el sol, dejando salir el aire al mismo tiempo, por la misma o por otra ventana, pero también, dejando pasar, o no, más o menos, la luz, la visión, el sonido, o incluso, dejando pasar, o no, personas y bienes". Siete funciones (ventilación, soleamiento, aireación, iluminación, visión, sonido y acceso de personas y bienes) con las que se juega en el mismo dispositivo. Un invento de interés ecológico y social insustituible.
Recordemos, por último, una vieja polémica: en torno a la idea de la ventana horizontal (fenêtre-bandeau) de Le Corbusier. Con ocasión del Salón de Otoño de 1923, M. Perret es entrevistado el 16 de diciembre siguiente en Paris Journal: Allí carga contra Le Corbusier: “Su desatención a los principios funcionales es curiosa, pues se jacta precisamente de ser un arquitecto funcional. Una ventana está hecha para iluminar, para dar luz de día a un interior. Esa es su razón de ser, su primera cualidad. También debe servir como ornato de la fachada por sus formas variadas, pero esto es sólo un detalle, y sería absurdo, tomando la parte por el todo, considerar una ventana únicamente como motivo ornamental. Le Corbusier, para conseguir efectos de volumen, reúne sus ventanas en paquetes (...), y los alarga exageradamente, bien en vertical, bien en horizontal”.
La crítica le afecta vivamente a Le Corbusier, que no duda en contestarle en la misma publicación, poco después: "Por fin, hay un último y sangriento reproche de Perret: que mis ventanas no iluminan. Y tengo que saltar, porque la injusticia es demasiado chirriante. Me esfuerzo por crear interiores claros, ese es mi primer objetivo (...), introducir flujos de aire y luz en mis casas (...). Y viene a acusarme de construir cuchitriles malsanos cuando eso es justamente lo que más odio, lo que me esfuerzo en evitar. Toda mi arquitectura depende de las ventanas. Ventanas totalmente adaptadas a las nuevas condiciones del cemento armado y de la metalurgia, pero readaptadas también a las funciones humanas. Las ventanas son mi preocupación capital, la preocupación del técnico y del esteta”. Luz, aire y sol, y la transformación de la vista del horizonte. Una ventana extraña, singular, pero ventana, al fin. Pues los tipos posibles de ventanas vívidas son infinitos.
Un dispositivo imprescindible. Porque se trata de un elemento vital e insustituible de la vivienda. Siempre se manifiesta en ella la tensión entre el adentro y el afuera, la vida privada y la escena pública. Tanto, que es lícito decir que sin ventana no hay vivienda.
Nota sobre fuentes:
La novela de Pascal Quignard, La frontera, está editada en Madrid, Funambulista, 2005 (la cita es de la pág. 102). Se ha consultado el vol. 2 del Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, de J. Corominas y J. A. Pascual (Madrid, Gredos, 1984). La foto de la celosía de El Cairo procede de wikipedia, de donde también se ha obtenido la información del burka. El cuadro de Dalí se encuentra en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Y la fotografía de Scianna se ha tomado de www.telefonica.net/web2/eoialbacete2.
El estudio de Fernando Ramón, Ropa, sudor y arquitecturas, está publicado en Madrid, Blume, 1980 (la cita es de la pág. 113; la foto está en la pág. 117, y lleva este pie: "Escrito sobre esta misma mesa: `Natacha se ha acercado a la ventana desde fuera y la ha abierto aún más para que el aire entre libremente en mi cuarto. Puedo ver la franja de un verde intenso al pie del muro y el cielo de un azul puro encima de él y la luz por todas partes. La vida es hermosa. Que las generaciones futuras la limpien de toda maldad, opresión y violencia y disfruten de ella plenamente´ (León Trostky, 27-2-1940. Coyoacán)".
Para la historia de la ventana horizontal de Le Corbusier, se ha consultado el texto de Bruno Reichlin, “Pour ou contre la `fenêtre en bande", en www.athenaeum.ch/bande.htm . La imagen corresponde a la «Petite maison» (publicada por el propio Le Corbusier en su Almanach d’architecture moderne, Paris, 1926).