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    martes, 7 de diciembre de 2010

    OCTAVIO PAZ

    Reseña biográfica
    Poeta y ensayista mexicano nacido en Mixcoac, Ciudad de México en 1914.
    Es un poeta de todas las horas. Prevalece en sus poemas la madurez del día, madurez gozosa que se identifica
    con el encuentro y el abrazo nupcial de la pareja. Paz, es el poeta de las nupcias: en sus textos líricos copulan
    el cielo y la tierra, el hombre y la mujer, los animales, los astros, las plantas, las palabras, y copulan alegre y
    satisfactoriamente. A través del amor y el erotismo, Paz descubre y puebla un mundo en el que el hombre
    y la mujer luchan, se despedazan y surgen nuevamente de sus cenizas.
    En 1990 obtuvo el Premio Nobel de Literatura como reconocimiento por su  obra.
    Entre sus libros  más destacados, se encuentran  «El Laberinto de la Soledad», «El Arco y la Lira», «Águila o Sol»
    y «Libertad bajo Palabra».
    Falleció en 1998. ©

    POESÍAS  
    A través
    Doblo la página del día,
    escribo lo que me dicta
    el movimiento de tus pestañas.

    *
    Mis manos
    abren las cortinas de tu ser
    te visten con otra desnudez
    descubren los cuerpos de tu cuerpo
    Mis manos
    inventan otro cuerpo a tu cuerpo.

    *
    Entro en ti,
    veracidad de la tiniebla.
    Quiero las evidencias de lo oscuro,
    beber el vino negro:
    toma mis ojos y reviéntalos.

    *
    Una gota de noche
    sobre la punta de tus senos:
    enigmas del clavel.

    *
    Al cerrar los ojos
    los abro dentro de tus ojos.

    *
    En su lecho granate
    siempre está despierta
    y húmeda tu lengua.

    *
    Hay fuentes
    en el jardín de tus arterias.

    *
    Con una máscara de sangre
    atravieso tu pensamiento en blanco:
    desmemoria me guía
    hacia el reverso de la vida.

     


    Árbol quieto entre nubes

    Aquel joven soldado
    era sonriente y tímido y erguido
    como un joven durazno.
    El vello de su rostro se doraba
    con el rubor de los duraznos
    al amarillo sol de mediodía.
    Sus ademanes eran
    como los ademanes del durazno
    cuando el viento lo mueve, en la colina.
    Si sonreía era su sonrisa
    un imprevisto florecer durazno.
    Una ráfaga a veces lo nublaba
    y entonces, serio, ensimismado,
    era un durazno al aire, deshojado.

    Jugaba con los niños, en la tarde,
    con un fervor nostálgico, lejano,
    con la misma ternura de la ola
    que se aleja volviendo la cabeza.
    Un viento melancólico barría
    nubes en flor, apenas nubes,
    y en el jardín volaban hojas
    ¡oh despeinada primavera!
    Árbol quieto entre nubes, hojas, niños,
    se preguntaba aquel soldado:
    ¿Es nube todo, todo es hoja, viento?
    ¿Los familiares árboles son nubes?
    ¿Esta rama que toco, esta corteza,
    estos niños, son nubes? ¿Nube el sueño
    y la muchacha aquella y su perfume,
    fantasma de la carne, nube, espuma
    apenas sostenida por el viento?

    Y se alejó, callada nube negra.



    Bajo tu clara sombra
    Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo
    un cuerpo como día derramado
    y noche devorada;
    la luz de unos cabellos
    que no apaciguan nunca
    la sombra de mi tacto;
    una garganta, un vientre que amanece
    como el mar que se enciende
    cuando toca la frente de la aurora;
    unos tobillos, puentes del verano;
    unos muslos nocturnos que se hunden
    en la música verde de la tarde;
    un pecho que se alza
    y arrasa las espumas;
    un cuello, sólo un cuello,
    unas manos tan sólo,
    unas palabras lentas que descienden
    como arena caída en otra arena....
    Esto que se me escapa,
    agua y delicia obscura,
    mar naciendo o muriendo;
    estos labios y dientes,
    estos ojos hambrientos,
    me desnudan de mí
    y su furiosa gracia me levanta
    hasta los quietos cielos
    donde vibra el instante;
    la cima de los besos,
    la plenitud del mundo y de sus formas.


    Como quien oye llover 

    Óyeme como quien oye llover,
    ni atenta ni distraída,
    pasos leves, llovizna,
    agua que es aire, aire que es tiempo,
    el día no acaba de irse,
    la noche no llega todavía,
    figuraciones de la niebla
    al doblar la esquina,
    figuraciones del tiempo
    en el recodo de esta pausa,
    óyeme como quien oye llover,
    sin oírme, oyendo lo que digo
    con los ojos abiertos hacia adentro,
    dormida con los cinco sentidos despiertos,
    llueve, pasos leves, rumor de sílabas,
    aire y agua, palabras que no pesan:
    lo que fuimos y somos,
    los días y los años, este instante,
    tiempo sin peso, pesadumbre enorme,
    óyeme como quien oye llover,
    relumbra el asfalto húmedo,
    el vaho se levanta y camina,
    la noche se abre y me mira,
    eres tú y tu talle de vaho,
    tú y tu cara de noche,
    tú y tu pelo, lento relámpago,
    cruzas la calle y entras en mi frente,
    pasos de agua sobre mis párpados,
    óyeme como quien oye llover,
    el asfalto relumbra, tú cruzas la calle,
    es la niebla errante en la noche,
    como quien oye llover
    es la noche dormida en tu cama,
    es el oleaje de tu respiración,
    tus dedos de agua mojan mi frente,
    tus dedos de llama queman mis ojos,
    tus dedos de aire abren los párpados del tiempo,
    manar de apariciones y resurrecciones,
    óyeme como quien oye llover,
    pasan los años, regresan los instantes,
    ¿oyes tus pasos en el cuarto vecino?
    no aquí ni allá: los oyes
    en otro tiempo que es ahora mismo,
    oye los pasos del tiempo
    inventor de lugares sin peso ni sitio,
    oye la lluvia correr por la terraza,
    la noche ya es más noche en la arboleda,
    en los follajes ha anidado el rayo,
    vago jardín a la deriva
    entra, tu sombra cubre esta página.



    Contra la noche sin cuerpo...
    Contra la noche sin cuerpo
    se desgarra y se abraza
    la pena sola.

    Negro pensar y encendida semilla
    pena de fuego amargo y agua dulce
    la pena en guerra.

    Claridad de latidos secretos
    planta de talle transparente
    vela la pena.

    Calla en el día canta en la noche
    habla conmigo y habla sola
    alegre pena.

    Ojos de sed pechos de sal
    entra en mi cama y entra en mi sueño
    amarga pena.

    Bebe mi sangre la pena pájaro
    puebla la espera mata la noche
    la pena viva.

    Sortija de la ausencia
    girasol de la espera y amor en vela
    torre de pena.

    Contra la noche la sed y la ausencia
    gran puñado de vida
    fuente de pena.



    Cuerpo a la vista
    Y las sombras se abrieron otra vez
    y mostraron su cuerpo:
    tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
    tu boca y la blanca disciplina
    de tus dientes caníbales,
    prisioneros en llamas,
    tu piel de pan apenas dorado
    y tus ojos de azúcar quemada,
    sitios en donde el tiempo no transcurre,
    valles que sólo mis labios conocen,
    desfiladero de la una que asciende
    a tu garganta entre tus senos,
    cascada petrificada de la nuca,
    alta meseta de tu vientre,
    playa sin fin de tu costado.

    Tus ojos son los ojos fijos del tigre
    y un minutos después
    son los ojos húmedos del perro.
    Siempre hay abejas en tu pelo.
    Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
    como las espalda del río a la luz del incendio.

    Aguas dormidas golpean día y noche
    tu cintura de arcilla
    y en tus costas,
    inmensas como los arenales de la luna,
    el viento sopla por mi boca
    y un largo quejido cubre con sus dos alas grises
    la noche de los cuerpos,
    como la sombra del águila la soledad del páramo.

    Las uñas de los dedos de tus pies
    están hechas del cristal del verano.
    Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
    bahía donde el mar de noche se aquieta,
    negro caballo de espuma,
    cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
    boca de horno donde se hacen las hostias,
    sonrientes labios entreabiertos y atroces,
    nupcias de la luz y la sombra,
    de lo visible y lo invisible
    (allí espera la carne su resurrección
    y el día de la vida perdurable)

    Patria de sangre,
    única tierra que conozco y me conoce,
    única patria en la que creo,
    única puerta al infinito.
     


    Dame, llama invisible, espada fría...
    Dame, llama invisible, espada fría,
    tu persistente cólera,
    para acabar con todo,
    oh mundo seco,
    oh mundo desangrado,
    para acabar con todo.
    Arde, sombrío, arde sin llamas,
    apagado y ardiente,
    ceniza y piedra viva,
    desierto sin orillas.
    Arde en el vasto cielo, laja y nube,
    bajo la ciega luz que se desploma
    entre estériles peñas.
    Arde en la soledad que nos deshace,
    tierra de piedra ardiente,
    de raíces heladas y sedientas.
    Arde, furor oculto,
    ceniza que enloquece,
    arde invisible, arde
    como el mar impotente engendra nubes,
    olas como el rencor y espumas pétreas.
    Entre mis huesos delirantes, arde;
    arde dentro del aire hueco,
    horno invisible y puro;
    arde como arde el tiempo,
    como camina el tiempo entre la muerte,
    con sus mismas pisadas y su aliento;
    arde como la soledad que te devora,
    arde en ti mismo, ardor sin llama,
    soledad sin imagen, sed sin labios.
    Para acabar con todo,
    oh mundo seco,
    para acabar con todo.

     



    Decir, hacer

                                                  A Roman Jakobson

    Entre lo que veo y digo,
    Entre lo que digo y callo,
    Entre lo que callo y sueño,
    Entre lo que sueño y olvido
    La poesía.
    Se desliza entre el sí y el no:
    dice
    lo que callo,
    calla
    lo que digo,
    sueña
    lo que olvido.
    No es un decir:
    es un hacer.
    Es un hacer
    que es un decir.
    La poesía
    se dice y se oye:
    es real.
    Y apenas digo
    es real,
    se disipa.
    ¿Así es más real?
    Idea palpable,
    palabra
    impalpable:
    la poesía
    va y viene
    entre lo que es
    y lo que no es.
    Teje reflejos
    y los desteje.
    La poesía
    siembra ojos en las páginas
    siembra palabras en los ojos.
    Los ojos hablan
    las palabras miran,
    las miradas piensan.
    Oír
    los pensamientos,
    ver
    lo que decimos
    tocar
    el cuerpo
    de la idea.
    Los ojos
    se cierran
    Las palabras se abren.

     


    Día

    ¿
    De qué cielo caído,
    oh insólito,
    inmóvil solitario en la ola del tiempo?
    Eres la duración,
    el tiempo que madura
    en un instante enorme, diáfano:
    flecha en el aire,
    blanco embelesado
    y espacio sin memoria ya de flecha.
    Día hecho de tiempo y de vacío:
    me deshabitas, borras
    mi nombre y lo que soy,
    llenándome de ti: luz, nada.

    Y floto, ya sin mí, pura existencia.

     

    Dos cuerpos

    Dos cuerpos frente a frente
    son a veces dos olas
    y la noche es océano.

    Dos cuerpos frente a frente
    son a veces dos piedras
    y la noche desierto.

    Dos cuerpos frente a frente
    son a veces raíces
    en la noche enlazadas.

    Dos cuerpos frente a frente
    son a veces navajas
    y la noche relámpago.
     


    El mar, el mar y tú, plural espejo...

    El mar, el mar y tú, plural espejo,
    el mar de torso perezoso y lento
    nadando por el mar, del mar sediento:
    el mar que muere y nace en un reflejo.

    El mar y tú, su mar, el mar espejo:
    roca que escala el mar con paso lento,
    pilar de sal que abate el mar sediento,
    sed y vaivén y apenas un reflejo.

    De la suma de instantes en que creces,
    del círculo de imágenes del año,
    retengo un mes de espumas y de peces,

    y bajo cielos líquidos de estaño
    tu cuerpo que en la luz abre bahías
    al oscuro oleaje de los días.



    Elegía interrumpida

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    Al primer muerto nunca lo olvidamos,
    aunque muera de rayo, tan aprisa
    que no alcance la cama ni los óleos.
    Oigo el bastón que duda en un peldaño,
    el cuerpo que se afianza en un suspiro,
    la puerta que se abre, el muerto que entra.
    De una puerta a morir hay poco espacio
    y apenas queda tiempo de sentarse,
    alzar la cara, ver la hora
    y enterarse: las ocho y cuarto.

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    La que murió noche tras noche
    y era una larga despedida,
    un tren que nunca parte, su agonía.
    Codicia de la boca
    al hilo de un suspiro suspendida,
    ojos que no se cierran y hacen señas
    y vagan de la lámpara a mis ojos,
    fija mirada que se abraza a otra,
    ajena, que se asfixia en el abrazo
    y al fin se escapa y ve desde la orilla
    cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
    y no encuentra unos ojos a que asirse...
    ¿Y me invitó a morir esa mirada?
    Quizá morimos sólo porque nadie
    quiere morirse con nosotros, nadie
    quiere mirarnos a los ojos.

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    Al que se fue por unas horas
    y nadie sabe en qué silencio entró.
    De sobremesa, cada noche,
    la pausa sin color que da al vacío
    o la frase sin fin que cuelga a medias
    del hilo de la araña del silencio
    abren un corredor para el que vuelve:
    suenan sus pasos, sube, se detiene...
    Y alguien entre nosotros se levanta
    y cierra bien la puerta.
    Pero él, allá del otro lado, insiste.
    Acecha en cada hueco, en los repliegues,
    vaga entre los bostezos, las afueras.
    Aunque cerremos puertas, él insiste.

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    Rostros perdidos en mi frente, rostros
    sin ojos, ojos fijos, vaciados,
    ¿busco en ellos acaso mi secreto,
    el dios de sangre que mi sangre mueve,
    el dios de yelo, el dios que me devora?
    Su silencio es espejo de mi vida,
    en mi vida su muerte se prolonga:
    soy el error final de sus errores.

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    El pensamiento disipado, el acto
    disipado, los nombres esparcidos
    (lagunas, zonas nulas, hoyos
    que escarba terca la memoria),
    la dispersión de los encuentros,
    el yo, su guiño abstracto, compartido
    siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
    el deseo y sus máscaras, la víbora
    enterrada, las lentas erosiones,
    la espera, el miedo, el acto
    y su reverso: en mí se obstinan,
    piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
    beber el agua que les fue negada.

    Pero no hay agua ya, todo está seco,
    no sabe el pan, la fruta amarga,
    amor domesticado, masticado,
    en jaulas de barrotes invisibles
    mono onanista y perra amaestrada,
    lo que devoras te devora,
    tu víctima también es tu verdugo.
    Montón de días muertos, arrugados
    periódicos, y noches descorchadas
    y en el amanecer de párpados hinchados
    el gesto con que deshacemos
    el nudo corredizo, la corbata,
    y ya apagan las luces en la calle
    ?saluda al sol, araña, no seas rencorosa?
    y más muertos que vivos entramos en la cama.

    Es un desierto circular el mundo,
    el cielo está cerrado y el infierno vacío.

     


     
    Escrito con tinto verde

    La tinta verde crea jardines, selvas, prados,
    follajes donde cantan las letras,
    palabras que son árboles,
    frases que son verdes constelaciones.

    Deja que mis palabras, oh blanca, desciendan y te cubran
    como una lluvia de hojas a un campo de nieve,
    como la yedra a la estatua,
    como la tinta a esta página.

    Brazos, cintura, cuello, senos,
    la frente pura como el mar,
    la nuca de bosque en otoño,
    los dientes que muerden una brizna de yerba.

    Tu cuerpo se constela de signos verdes
    como el cuerpo del árbol de renuevos.
    No te importe tanta pequeña cicatriz luminosa:
    mira al cielo y su verde tatuaje de estrellas.



    Espejo

    Hay una noche,
    un tiempo hueco, sin testigos,
    una noche de uñas y silencio,
    páramo sin orillas,
    isla de yelo entre los días;
    una noche sin nadie
    sino su soledad multiplicada.

    Se regresa de unos labios
    nocturnos, fluviales,
    lentas orillas de coral y savia,
    de un deseo, erguido
    como la flor bajo la lluvia, insomne
    collar de fuego al cuello de la noche,
    o se regresa de uno mismo a uno mismo,
    y entre espejos impávidos un rostro
    me repite a mi rostro, un rostro
    que enmascara a mi rostro.

    Frente a los juegos fatuos del espejo
    mi ser es pira y es ceniza,
    respira y es ceniza,
    y ardo y me quemo y resplandezco y miento
    un yo que empuña, muerto,
    una daga de humo que le finge
    la evidencia de sangre de la herida,
    y un yo, mi yo penúltimo,
    que sólo pide olvido, sombra, nada,
    final mentira que lo enciende y quema.

    De una máscara a otra
    hay siempre un yo penúltimo que pide.
    Y me hundo en mí mismo y no me toco.



    Fábula de Joan Miró

    El azul estaba inmovilizado entre el rojo y el negro.
    El viento iba y venía por la página del llano,
    encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
    salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
    el viento iba y venía abriendo y cerrando puertas y ventanas,
    iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
    el viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
    escribía y borraba lo que había escrito sobre la pared del día.
    El sol no era sino el presentimiento del color amarillo,
    una insinuación de plumas, el grito futuro del gallo.
    La nieve se había extraviado, el mar había perdido el habla,
    era un rumor errante, unas vocales en busca de una palabra.

    El azul estaba inmovilizado, nadie lo miraba, nadie lo oía:
    el rojo era un ciego, el negro un sordomudo.
    El viento iba y venía preguntando ¿por dónde anda Joan Miró?
    Estaba ahí desde el principio pero el viento no lo veía:
    inmovilizado entre el azul y el rojo, el negro y el amarillo,
    Miró era una mirada transparente, una mirada de siete manos.
    Siete manos en forma de orejas para oír a los siete colores,
    siete manos en forma de pies para subir los siete escalones del arco iris,
    siete manos en forma de raíces para estar en todas partes y a la vez en Barcelona.

    Miró era una mirada de siete manos.
    Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
    con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
    con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
    con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles,
    con la quinta plantaba islas en el pecho del verde,
    con la sexta hacía una mujer mezclando noche y agua, música y electricidad,
    con la séptima borraba todo lo que había hecho y comenzaba de nuevo.

    El rojo abrió los ojos, el negro dijo algo incomprensible y el azul se levantó.
    Ninguno de los tres podía creer lo que veía:
    ¿eran ocho gavilanes o eran ocho paraguas?
    Los ocho abrieron las alas, se echaron a volar y desaparecieron por un vidrio roto.

    Miró empezó a quemar sus telas.
    Ardían los leones y las arañas, las mujeres y las estrellas,
    el cielo se pobló de triángulos, esferas, discos, hexaedros en llamas,
    el fuego consumió enteramente a la granjera planetaria plantada en el centro del espacio,
    del montón de cenizas brotaron mariposas, peces voladores, roncos fonógrafos,
    pero entre los agujeros de los cuadros chamuscados
    volvían el espacio azul y la raya de la golondrina, el follaje de nubes y el bastón florido:
    era la primavera que insistía, insistía con ademanes verdes.
    Ante tanta obstinación luminosa Miró se rascó la cabeza con su quinta mano,
    murmurando para sí mismo: Trabajo como un jardinero.

    ¿Jardín de piedras o de barcas? ¿Jardín de poleas o de bailarinas?
    El azul, el negro y el rojo corrían por los prados,
    las estrellas andaban desnudas pero las friolentas colinas se habían metido debajo de las sábanas,
    había volcanes portátiles y fuegos de artificio a domicilio.
    Las dos señoritas que guardan la entrada a la puerta de las percepciones,
    Geometría y Perspectiva,
    se habían ido a tomar el fresco del brazo de Miró, cantando
    Une étoile caresse le sein d’une négresse.

    El viento dio la vuelta a la página del llano, alzó la cara y dijo, ¿Pero dónde anda Joan Miró?
    Estaba ahí desde el principio y el viento no lo veía:
    Miró era una mirada transparente por donde entraban y salían atareados abecedarios.

    No eran letras las que entraban y salían por los túneles del ojo:
    eran cosas vivas que se juntaban y se dividían, se abrazaban y se mordían y se dispersaban,
    corrían por toda la página en hileras animadas y multicolores, tenían cuernos y rabos,
    unas estaban cubiertas de escamas, otras de plumas, otras andaban en cueros,
    y las palabras que formaban eran palpables, audibles y comestibles pero impronunciables:
    no eran letras sino sensaciones, no eran sensaciones sino Transfiguraciones.

    ¿Y todo esto para qué? Para trazar una línea en la celda de un solitario,
    para iluminar con un girasol la cabeza de luna del campesino,
    para recibir a la noche que viene con personajes azules y pájaros de fiesta,
    para saludar a la muerte con una salva de geranios,
    para decirle buenos días al día que llega sin jamás preguntarle de dónde viene y adónde va,
    para recordar que la cascada es una muchacha que baja las escaleras muerta de risa,
    para ver al sol y a sus planetas meciéndose en el trapecio del horizontes,
    para aprender a mirar y para que las cosas nos miren y entren y salgan por nuestras miradas,
    abecedarios vivientes que echan raíces, suben, florecen, estallan, vuelan, se disipan, caen.

    Las miradas son semillas, mirar es sembrar, Miró trabaja como un jardinero
    y con sus siete manos traza incansable —círculo y rabo, ¡oh! y ¡ah!—
    la gran exclamación con que todos los días comienza el mundo.

     


    Inmóvil en la luz, pero danzante...

    Inmóvil en la luz, pero danzante,
    tu movimiento a la quietud se cría
    en la cima del vértigo se alía
    deteniendo, no al vuelo, sí al instante.

    Luz que no se derrama, ya diamante,
    detenido esplendor del mediodía,
    sol que no se consume ni se enfría
    de cenizas y fuego equidistante.

    Espada, llama, incendio cincelado,
    que ni mi sed aviva ni la mata,
    absorta luz, lucero ensimismado:

    tu cuerpo de sí mismo se desata
    y cae y se dispersa tu blancura
    y vuelves a ser agua y tierra oscura.



    Jardín

                                                        A Juan Gil Albert

    Nubes a la deriva, continentes
    sonámbulos, países sin substancia
    ni peso, geografías dibujadas
    por el sol y borradas por el viento.

    Cuatro muros de adobe. Buganvillas:
    en sus llamas pacíficas mis ojos
    se bañan. Pasa el viento entre alabanzas
    de follajes y yerbas de rodillas.
    El heliotropo con morados pasos
    cruza envuelto en su aroma. Hay un profeta:
    el fresno -y un meditabundo: el pino.
    El jardín es pequeño, el cielo inmenso.

    Verdor sobreviviente en mis escombros:
    en mis ojos te miras y te tocas,
    te conoces en mí y en mí te piensas,
    en mí duras y en mí te desvaneces.
     
     

    Junio

                                        Bajo del cielo fiel Junio corría
                arrastrando en sus aguas dulces fechas... 

    Llegas de nuevo, río transparente,
    todo cielo y verdor, nubes pasmadas,
    lluvias o cabelleras desatadas,
    plenitud, ola inmóvil y fluente.

    Tu luz moja una fecha adolescente:
    rozan las manos formas vislumbradas,
    los labios besan sombras ya besadas,
    los ojos ven, el corazón presiente.

    ¡Hora de eternidad, toda presencia,
    el tiempo en ti se colma y desemboca
    y todo cobra ser, hasta la ausencia!

    El corazón presiente y se incorpora,
    mentida plenitud que nadie toca:
    hoy es ayer y es siempre y es deshora.



    La calle

    Es una calle larga y silenciosa.
    Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
    y me levanto y piso con pies ciegos
    las piedras mudas y las hojas secas
    y alguien detrás de mí también las pisa:
    si me detengo, se detiene;
    si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
    Todo está oscuro y sin salida,
    y doy vueltas y vueltas en esquinas
    que dan siempre a la calle
    donde nadie me espera ni me sigue,
    donde yo sigo a un hombre que tropieza
    y se levanta y dice al verme: nadie.



    La dulcinea de Duchamp

                                                     -Metafísica estáis.
                                                       -Hago striptease.

    Ardua pero plausible, la pintura
    cambia la blanca tela en pardo llano
    y en Dulcinea al polvo castellano
    torbellino resuelto en escultura.

    Transeúnte de París, en su figura
    -molino de ficciones, inhumano
    rigor y geometría- Eros tirano
    desnuda en cinco chorros su estatura.

    Mujer en rotación que se disgrega
    y es surtidor de sesgos y reflejos:
    mientras más se desviste, más se niega.

    La mente es una cámara de espejos:
    invisible en el cuadro, Dulcinea
    perdura: fue mujer y ya es idea.
     



     
    La hora es transparente

    La hora es transparente:
    vemos, si es invisible el pájaro,
    el color de su canto.

    Mis ojos te descubren
    desnuda
    y te cubren
    con una lluvia cálida
    de miradas

    Baja
    desnuda

    la luna
    por el pozo

    la mujer
    por mis ojos
     


    La poesía

    Llegas, silenciosa, secreta,
    y despiertas los furores, los goces,
    y esta angustia
    que enciende lo que toca
    y engendra en cada cosa
    una avidez sombría.

    El mundo cede y se desploma
    como metal al fuego.
    Entre mis ruinas me levanto,
    solo, desnudo, despojado,
    sobre la roca inmensa del silencio,
    como un solitario combatiente
    contra invisibles huestes.

    Verdad abrasadora,
    ¿A qué me empujas?
    No quiero tu verdad,
    tu insensata pregunta.
    ¿A qué esta lucha estéril?
    No es el hombre criatura capaz de contenerte,
    avidez que sólo en la sed se sacia,
    llama que todos los labios consume,
    espíritu que no vive en ninguna forma
    mas hace arder todas las formas.

    Subes desde lo más hondo de mí,
    desde el centro innombrable de mi ser,
    ejército, marea.
    Creces, tu sed me ahoga,
    expulsando, tiránica,
    aquello que no cede
    a tu espada frenética.
    Ya sólo tú me habitas,
    tú, sin nombre, furiosa substancia,
    avidez subterránea, delirante.

    Golpean mi pecho tus fantasmas,
    despiertas a mi tacto,
    hielas mi frente,
    abres mis ojos.

    Percibo el mundo y te toco,
    substancia intocable,
    unidad de mi alma y de mi cuerpo,
    y contemplo el combate que combato
    y mis bodas de tierra.

    Nublan mis ojos imágenes opuestas,
    y a las mismas imágenes
    otras, más profundas, las niegan,
    ardiente balbuceo,
    aguas que anega un agua más oculta y densa.
    En su húmeda tiniebla vida y muerte,
    quietud y movimiento, son lo mismo.

    Insiste, vencedora,
    porque tan sólo existo porque existes,
    y mi boca y mi lengua se formaron
    para decir tan sólo tu existencia
    y tus secretas sílabas, palabra
    impalpable y despótica,
    substancia de mi alma.

    Eres tan sólo un sueño,
    pero en ti sueña el mundo
    y su mudez habla con tus palabras.
    Rozo al tocar tu pecho
    la eléctrica frontera de la vida,
    la tiniebla de sangre
    donde pacta la boca cruel y enamorada,
    ávida aún de destruir lo que ama
    y revivir lo que destruye,
    con el mundo, impasible
    y siempre idéntico a sí mismo,
    porque no se detiene en ninguna forma
    ni se demora sobre lo que engendra.

    Llévame, solitaria,
    llévame entre los sueños,
    llévame, madre mía,
    despiértame del todo,
    hazme soñar tu sueño,
    unta mis ojos con aceite,
    para que al conocerte me conozca.


    Más allá del amor
    Todo nos amenaza:
    el tiempo, que en vivientes fragmentos divide
    al que fui
    del que seré,
    como el machete a la culebra;
    la conciencia, la transparencia traspasada,
    la mirada ciega de mirarse mirar;
    las palabras, guantes grises, polvo mental sobre la yerba,
    el agua, la piel:
    nuestros nombres, que entre tú y yo se levantan,
    murallas de vacío que ninguna trompeta derrumba.
    Ni el sueño y su pueblo de imágenes rotas,
    ni el delirio y su espuma profética,
    ni el amor con sus dientes y uñas, no bastan.
    Más allá de nosotros,
    en las fronteras del ser y el estar,
    una vida más vida nos reclama.

    Afuera la noche respira, se extiende,
    llena de grandes hojas calientes,
    de espejos que combaten:
    frutos, garras, ojos, follajes,
    espaldas que relucen,
    cuerpos que se abren paso entre otros cuerpos.

    Tiéndete aquí a la orilla de tanta espuma,
    de tanta vida que se ignora y se entrega:
    tú también perteneces a la noche.
    Extiéndete, blancura que respira,
    late, oh estrella repartida, copa,
    pan que inclinas la balanza del lado de la aurora,
    pausa de sangre entre este tiempo y otro sin medida.


    Monólogo

    Bajo las rotas columnas,
    entre la nada y el sueño,
    cruzan mis horas insomnes
    las sílabas de tu nombre.

    Tu largo pelo rojizo,
    relámpago del verano,
    vibra con dulce violencia
    en la espalda de la noche.

    Corriente oscura del sueño
    que mana entre ruinas
    y te construye de nada:
    amargas trenzas, olvido,
    húmeda costa nocturna
    donde se tiende y golpea
    un mar sonámbulo, ciego.

     


    Movimiento

    Si tú eres la yegua de ámbar
        yo soy el camino de sangre
    Si tú eres la primera nevada
        yo soy el que enciende el brasero del alba
    Si tú eres la torre de la noche
        yo soy el clavo ardiendo en tu frente
    Si tú eres la marea matutina
        yo soy el grito del primer pájaro
    Si tú eres la cesta de naranjas
        yo soy el cuchillo de sol
    Si tú eres el altar de piedra
        yo soy la mano sacrílega
    Si tú eres la tierra acostada
        yo soy la caña verde
    Si tú eres el salto del viento
        yo soy el fuego enterrado
    Si tú eres la boca del agua
        yo soy la boca del musgo
    Si tú eres el bosque de las nubes
        yo soy el hacha que las parte
    Si tú eres la ciudad profanada
        yo soy la lluvia de consagración
    Si tú eres la montaña amarilla
        yo soy los brazos rojos del liquen
    Si tú eres el sol que se levanta
        yo soy el camino de la sangre

    Niña
                                           A Laura Elena 

    Nombras el árbol, niña.
    Y el árbol crece, lento,
    alto deslumbramiento,
    hasta volvernos verde la mirada.

    Nombras el cielo, niña.
    Y las nubes pelean con el viento
    y el espacio se vuelve
    un transparente campo de batalla.

    Nombras el agua, niña.
    Y el agua brota, no sé dónde,
    brilla en las hojas, habla entre las piedras
    y en húmedos vapores nos convierte.

    No dices nada, niña.
    Y la ola amarilla,
    la marea de sol,
    en su cresta nos alza,
    en los cuatro horizontes nos dispersa
    y nos devuelve, intactos,
    en el centro del día, a ser nosotros.

     


    Noche de verano

    Pulsas, palpas el cuerpo de la noche,
    verano que te bañas en los ríos,
    soplo en el que se ahogan las estrellas,
    aliento de una boca,
    de unos labios de tierra.

    Tierra de labios, boca
    donde un infierno agónico jadea,
    labios en donde el cielo llueve
    y el agua canta y nacen paraísos.

    Se incendia el árbol de la noche
    y sus astillas son estrellas,
    son pupilas, son pájaros.
    Fluyen ríos sonámbulos.
    Lenguas de sal incandescente
    contra una playa oscura.

    Todo respira, vive, fluye:
    la luz en su temblor,
    el ojo en el espacio,
    el corazón en su latido,
    la noche en su infinito.

    Un nacimiento oscuro, sin orillas,
    nace en la noche de verano,
    en tu pupila nace todo el cielo.
     


    Nocturno

    Sombra, trémula sombra de las voces.
    Arrastra el río negro mármoles ahogados.
    ¿Cómo decir del aire asesinado,
    de los vocablos huérfanos,
    cómo decir del sueño?

    Sombra, trémula sombra de las voces.
    Negra escala de lirios llameantes.
    ¿Cómo decir los nombres, las estrellas,
    los albos pájaros de los pianos nocturnos
    y el obelisco del silencio?

    Sombra, trémula sombra de las voces.
    estatuas derribadas en la luna.
    ¿Cómo decir, camelia,
    la menos flor entre las flores,
    cómo decir tus blancas geometrías?

    ¿Cómo decir, oh Sueño, tu silencio en voces?


    Nuevo rostro
    La noche borra noches en tu rostro,
    derrama aceites en tus secos párpados,
    quema en tu frente el pensamiento
    y atrás del pensamiento la memoria.
    Entre las sombras que te anegan
    otro rostro amanece.
    Y siento que a mi lado
    no eres tú la que duerme,
    sino la niña aquella que fuiste
    y que esperaba sólo que durmieras
    para volver y conocerme.

     


     
    Olvido
    Cierra los ojos y a oscuras piérdete
    bajo el follaje rojo de tus párpados.
    Húndete en esas espirales
    del sonido que zumba y cae
    y suena allí, remoto,
    hacia el sitio del tímpano,
    como una catarata ensordecida.

    Hunde tu ser a oscuras,
    anégate la piel,
    y más, en tus entrañas;
    que te deslumbre y ciegue
    el hueso, lívida centella,
    y entre simas y golfos de tiniebla
    abra su azul penacho al fuego fatuo.

    En esa sombra líquida del sueño
    moja tu desnudez;
    abandona tu forma, espuma
    que no sabe quien dejó en la orilla;
    piérdete en ti, infinita,
    en tu infinito ser,
    ser que se pierde en otro mar:
    olvídate y olvídame.

    En ese olvido sin edad ni fondo,
    labios, besos, amor, todo renace:
    las estrellas son hijas de la noche.



    Otoño
    En llamas, en otoños incendiadas,
    arde a veces mi corazón,
    puro y solo. El viento lo despierta,
    toca su centro y lo suspende
    en luz que sonríe para nadie:
    ¡cuánta belleza suelta!

    Busco unas manos,
    una presencia, un cuerpo,
    lo que rompe los muros
    y hace nacer las formas embriagadas,
    un roce, un son, un giro, un ala apenas,
    celestes frutos de luz desnuda.

    Busco dentro mí,
    huesos, violines intocados,
    vértebras delicadas y sombrías,
    labios que sueñan labios,
    manos que sueñan pájaros...

    Y algo que no se sabe y dice "nunca"
    cae del cielo,
    de ti, mi Dios y mi adversario.
     

     
    Piedra de sol

                                      La treizième revient...c'est encor la première;
                                et c'est toujours la seule-ou c'est le seul moment;
                                      car es-tu reine, ô toi, la première ou dernière?
                                                 es-tu roi, toi le seul ou le dernier amant?
                                                                         Gérard de Nerval (Arthémis)


    un sauce de cristal, un chopo de agua,
    un alto surtidor que el viento arquea,
    un árbol bien plantado mas danzante,
    un caminar de río que se curva,
    avanza, retrocede, da un rodeo
    y llega siempre:
                                      un caminar tranquilo
    de estrella o primavera sin premura,
    agua que con los párpados cerrados
    mana toda la noche profecías,
    unánime presencia en oleaje,
    ola tras ola hasta cubrirlo todo,
    verde soberanía sin ocaso
    como el deslumbramiento de las alas
    cuando se abren en mitad del cielo,

    un caminar entre las espesuras
    de los días futuros y el aciago
    fulgor de la desdicha como un ave
    petrificando el bosque con su canto
    y las felicidades inminentes
    entre las ramas que se desvanecen,
    horas de luz que pican ya los pájaros,
    presagios que se escapan de la mano,

    una presencia como un canto súbito,
    como el viento cantando en el incendio,
    una mirada que sostiene en vilo
    al mundo con sus mares y sus montes,
    cuerpo de luz filtrado por un ágata,
    piernas de luz, vientre de luz, bahías,
    roca solar, cuerpo color de nube,
    color de día rápido que salta,
    la hora centellea y tiene cuerpo,
    el mundo ya es visible por tu cuerpo,
    es transparente por tu transparencia,

    voy entre galerías de sonidos,
    fluyo entre las presencias resonantes,
    voy por las transparencias como un ciego,
    un reflejo me borra, nazco en otro,
    oh bosque de pilares encantados,
    bajo los arcos de la luz penetro
    los corredores de un otoño diáfano,

    voy por tu cuerpo como por el mundo,
    tu vientre es una plaza soleada,
    tus pechos dos iglesias donde oficia
    la sangre sus misterios paralelos,
    mis miradas te cubren como yedra,
    eres una ciudad que el mar asedia,
    una muralla que la luz divide
    en dos mitades de color durazno,
    un paraje de sal, rocas y pájaros
    bajo la ley del mediodía absorto,

    vestida del color de mis deseos
    como mi pensamiento vas desnuda,
    voy por tus ojos como por el agua,
    los tigres beben sueño de esos ojos,
    el colibrí se quema en esas llamas,
    voy por tu frente como por la luna,
    como la nube por tu pensamiento,
    voy por tu vientre como por tus sueños,

    tu falda de maíz ondula y canta,
    tu falda de cristal, tu falda de agua,
    tus labios, tus cabellos, tus miradas,
    toda la noche llueves, todo el día
    abres mi pecho con tus dedos de agua,
    cierras mis ojos con tu boca de agua,
    sobre mis huesos llueves, en mi pecho
    hunde raíces de agua un árbol líquido,

    voy por tu talle como por un río,
    voy por tu cuerpo como por un bosque,
    como por un sendero en la montaña
    que en un abismo brusco se termina
    voy por tus pensamientos afilados
    y a la salida de tu blanca frente
    mi sombra despeñada se destroza,
    recojo mis fragmentos uno a uno
    y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

    corredores sin fin de la memoria,
    puertas abiertas a un salón vacío
    donde se pudren todos lo veranos,
    las joyas de la sed arden al fondo,
    rostro desvanecido al recordarlo,
    mano que se deshace si la toco,
    cabelleras de arañas en tumulto
    sobre sonrisas de hace muchos años,

    a la salida de mi frente busco,
    busco sin encontrar, busco un instante,
    un rostro de relámpago y tormenta
    corriendo entre los árboles nocturnos,
    rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
    agua tenaz que fluye a mi costado,

    busco sin encontrar, escribo a solas,
    no hay nadie, cae el día, cae el año,
    caigo en el instante, caigo al fondo,
    invisible camino sobre espejos
    que repiten mi imagen destrozada,
    piso días, instantes caminados,
    piso los pensamientos de mi sombra,
    piso mi sombra en busca de un instante,

    busco una fecha viva como un pájaro,
    busco el sol de las cinco de la tarde
    templado por los muros de tezontle:
    la hora maduraba sus racimos
    y al abrirse salían las muchachas
    de su entraña rosada y se esparcían
    por los patios de piedra del colegio,
    alta como el otoño caminaba
    envuelta por la luz bajo la arcada
    y el espacio al ceñirla la vestía
    de un piel más dorada y transparente,

    tigre color de luz, pardo venado
    por los alrededores de la noche,
    entrevista muchacha reclinada
    en los balcones verdes de la lluvia,
    adolescente rostro innumerable,
    he olvidado tu nombre, Melusina,
    Laura, Isabel, Perséfona, María,
    tienes todos los rostros y ninguno,
    eres todas las horas y ninguna,
    te pareces al árbol y a la nube,
    eres todos los pájaros y un astro,
    te pareces al filo de la espada
    y a la copa de sangre del verdugo,
    yedra que avanza, envuelve y desarraiga
    al alma y la divide de sí misma,

    escritura de fuego sobre el jade,
    grieta en la roca, reina de serpientes,
    columna de vapor, fuente en la peña,
    circo lunar, peñasco de las águilas,
    grano de anís, espina diminuta
    y mortal que da penas inmortales,
    pastora de los valles submarinos
    y guardiana del valle de los muertos,
    liana que cuelga del cantil del vértigo,
    enredadera, planta venenosa,
    flor de resurrección, uva de vida,
    señora de la flauta y del relámpago,
    terraza del jazmín, sal en la herida,
    ramo de rosas para el fusilado,
    nieve en agosto, luna del patíbulo,
    escritura del mar sobre el basalto,
    escritura del viento en el desierto,
    testamento del sol, granada, espiga,

    rostro de llamas, rostro devorado,
    adolescente rostro perseguido
    años fantasmas, días circulares
    que dan al mismo patio, al mismo muro,
    arde el instante y son un solo rostro
    los sucesivos rostros de la llama,
    todos los nombres son un solo nombre
    todos los rostros son un solo rostro,
    todos los siglos son un solo instante
    y por todos los siglos de los siglos
    cierra el paso al futuro un par de ojos,

    no hay nada frente a mí, sólo un instante
    rescatado esta noche, contra un sueño
    de ayuntadas imágenes soñado,
    duramente esculpido contra el sueño,
    arrancado a la nada de esta noche,
    a pulso levantado letra a letra,
    mientras afuera el tiempo se desboca
    y golpea las puertas de mi alma
    el mundo con su horario carnicero,

    sólo un instante mientras las ciudades,
    los nombres, lo sabores, lo vivido,
    se desmoronan en mi frente ciega,
    mientras la pesadumbre de la noche
    mi pensamiento humilla y mi esqueleto,
    y mi sangre camina más despacio
    y mis dientes se aflojan y mis ojos
    se nublan y los días y los años
    sus horrores vacíos acumulan,

    mientras el tiempo cierra su abanico
    y no hay nada detrás de sus imágenes
    el instante se abisma y sobrenada
    rodeado de muerte, amenazado
    por la noche y su lúgubre bostezo,
    amenazado por la algarabía
    de la muerte vivaz y enmascarada
    el instante se abisma y se penetra,
    como un puño se cierra, como un fruto
    que madura hacia dentro de sí mismo
    y a sí mismo se bebe y se derrama
    el instante translúcido se cierra
    y madura hacia dentro, echa raíces,
    crece dentro de mí, me ocupa todo,
    me expulsa su follaje delirante,
    mis pensamientos sólo son su pájaros,
    su mercurio circula por mis venas,
    árbol mental, frutos sabor de tiempo,

    oh vida por vivir y ya vivida,
    tiempo que vuelve en una marejada
    y se retira sin volver el rostro,
    lo que pasó no fue pero está siendo
    y silenciosamente desemboca
    en otro instante que se desvanece:

    frente a la tarde de salitre y piedra
    armada de navajas invisibles
    una roja escritura indescifrable
    escribes en mi piel y esas heridas
    como un traje de llamas me recubren,
    ardo sin consumirme, busco el agua
    y en tus ojos no hay agua, son de piedra,
    y tus pechos, tu vientre, tus caderas
    son de piedra, tu boca sabe a polvo,
    tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
    tu cuerpo sabe a pozo sin salida,
    pasadizo de espejos que repiten
    los ojos del sediento, pasadizo
    que vuelve siempre al punto de partida,
    y tú me llevas ciego de la mano
    por esas galerías obstinadas
    hacia el centro del círculo y te yergues
    como un fulgor que se congela en hacha,
    como luz que desuella, fascinante
    como el cadalso para el condenado,
    flexible como el látigo y esbelta
    como un arma gemela de la luna,
    y tus palabras afiladas cavan
    mi pecho y me despueblan y vacían,
    uno a uno me arrancas los recuerdos,
    he olvidado mi nombre, mis amigos
    gruñen entre los cerdos o se pudren
    comidos por el sol en un barranco,

    no hay nada en mí sino una larga herida,
    una oquedad que ya nadie recorre,
    presente sin ventanas, pensamiento
    que vuelve, se repite, se refleja
    y se pierde en su misma transparencia,
    conciencia traspasada por un ojo
    que se mira mirarse hasta anegarse
    de claridad:
                             yo vi tu atroz escama,
    Melusina, brillar verdosa al alba,
    dormías enroscada entre las sábanas
    y al despertar gritaste como un pájaro
    y caíste sin fin, quebrada y blanca,
    nada quedó de ti sino tu grito,
    y al cabo de los siglos me descubro
    con tos y mala vista, barajando
    viejas fotos:
                             no hay nadie, no eres nadie,
    un montón de ceniza y una escoba,
    un cuchillo mellado y un plumero,
    un pellejo colgado de unos huesos,
    un racimo ya seco, un hoyo negro
    y en el fondo del hoyo los dos ojos
    de una niña ahogada hace mil años,

    miradas enterradas en un pozo,
    miradas que nos ven desde el principio,
    mirada niña de la madre vieja
    que ve en el hijo grande un padre joven,
    mirada madre de la niña sola
    que ve en el padre grande un hijo niño,
    miradas que nos miran desde el fondo
    de la vida y son trampas de la muerte
    ¿o es al revés: caer en esos ojos
    es volver a la vida verdadera?,

    ¡caer, volver, soñarme y que me sueñen
    otros ojos futuros, otra vida,
    otras nubes, morirme de otra muerte!
    esta noche me basta, y este instante
    que no acaba de abrirse y revelarme
    dónde estuve, quién fui, cómo te llamas,
    cómo me llamo yo:
                                            ¿hacía planes
    para el verano? -y todos los veranos-
    en Christopher Street, hace diez años,
    con Filis que tenía dos hoyuelos
    donde bebían luz los gorriones?,
    ¿por la Reforma Carmen me decía
    «no pesa el aire, aquí siempre es octubre»,
    o se lo dijo a otro que he perdido
    o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?,
    ¿caminé por la noche de Oaxaca,
    inmensa y verdinegra como un árbol,
    hablando solo como el viento loco
    y al llegar a mi cuarto ?siempre un cuarto?
    no me reconocieron los espejos?,
    ¿desde el hotel Vernet vimos al alba
    bailar con los castaños ? "ya es muy tarde"
    decías al peinarte y yo veía
    manchas en la pared, sin decir nada?,
    ¿subimos juntos a la torre, vimos
    caer la tarde desde el arrecife?
    ¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos
    gardenias en Perote?,
                                                 nombres, sitios,
    calles y calles, rostros, plazas, calles,
    estaciones, un parque, cuartos solos,
    manchas en la pared, alguien se peina,
    alguien canta a mi lado, alguien se viste,
    cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,

    Madrid, 1937,
    en la Plaza del Ángel las mujeres
    cosían y cantaban con sus hijos,
    después sonó la alarma y hubo gritos,
    casas arrodilladas en el polvo,
    torres hendidas, frentes esculpidas
    y el huracán de los motores, fijo:
    los dos se desnudaron y se amaron
    por defender nuestra porción eterna,
    nuestra ración de tiempo y paraíso,
    tocar nuestra raíz y recobrarnos,
    recobrar nuestra herencia arrebatada
    por ladrones de vida hace mil siglos,
    los dos se desnudaron y besaron
    porque las desnudeces enlazadas
    saltan el tiempo y son invulnerables,
    nada las toca, vuelven al principio,
    no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
    verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
    oh ser total...
                                cuartos a la deriva
    entre ciudades que se van a pique,
    cuartos y calles, nombres como heridas,
    el cuarto con ventanas a otros cuartos
    con el mismo papel descolorido
    donde un hombre en camisa lee el periódico
    o plancha una mujer; el cuarto claro
    que visitan las ramas de un durazno;
    el otro cuarto: afuera siempre llueve
    y hay un patio y tres niños oxidados;
    cuartos que son navíos que se mecen
    en un golfo de luz; o submarinos:
    el silencio se esparce en olas verdes,
    todo lo que tocamos fosforece;
    mausoleos de lujo, ya roídos
    los retratos, raídos los tapetes;
    trampas, celdas, cavernas encantadas,
    pajareras y cuartos numerados,
    todos se transfiguran, todos vuelan,
    cada moldura es nube, cada puerta
    da al mar, al campo, al aire, cada mesa
    es un festín; cerrados como conchas
    el tiempo inútilmente los asedia,
    no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
    abre la mano, coge esta riqueza,
    corta los frutos, come de la vida,
    tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

    todo se transfigura y es sagrado,
    es el centro del mundo cada cuarto,
    es la primera noche, el primer día,
    el mundo nace cuando dos se besan,
    gota de luz de entrañas transparentes
    el cuarto como un fruto se entreabre
    o estalla como un astro taciturno
    y las leyes comidas de ratones,
    las rejas de los bancos y las cárceles,
    las rejas de papel, las alambradas,
    los timbres y las púas y los pinchos,
    el sermón monocorde de las armas,
    el escorpión meloso y con bonete,
    el tigre con chistera, presidente
    del Club Vegetariano y la Cruz Roja,
    el burro pedagogo, el cocodrilo
    metido a redentor, padre de pueblos,
    el Jefe, el tiburón, el arquitecto
    del porvenir, el cerdo uniformado,
    el hijo predilecto de la Iglesia
    que se lava la negra dentadura
    con el agua bendita y toma clases
    de inglés y democracia, las paredes
    invisibles, las máscaras podridas
    que dividen al hombre de los hombres,
    al hombre de sí mismo,
                                                     se derrumban
    por un instante inmenso y vislumbramos
    nuestra unidad perdida, el desamparo
    que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
    y compartir el pan, el sol, la muerte,
    el olvidado asombro de estar vivos;

    amar es combatir, si dos se besan
    el mundo cambia, encarnan los deseos,
    el pensamiento encarna, brotan las alas
    en las espaldas del esclavo, el mundo
    es real y tangible, el vino es vino,
    el pan vuelve a saber, el agua es agua,
    amar es combatir, es abrir puertas,
    dejar de ser fantasma con un número
    a perpetua cadena condenado
    por un amo sin rostro;
                                                   el mundo cambia
    si dos se miran y se reconocen,
    amar es desnudarse de los nombres:
    "déjame ser tu puta", son palabras
    de Eloísa, mas él cedió a las leyes,
    la tomó por esposa y como premio
    lo castraron después;
                                                 mejor el crimen,
    los amantes suicidas, el incesto
    de los hermanos como dos espejos
    enamorados de su semejanza,
    mejor comer el pan envenenado,
    el adulterio en lechos de ceniza,
    los amores feroces, el delirio,
    su yedra ponzoñosa, el sodomita
    que lleva por clavel en la solapa
    un gargajo, mejor ser lapidado
    en las plazas que dar vuelta a la noria
    que exprime la substancia de la vida,
    cambia la eternidad en horas huecas,
    los minutos en cárceles, el tiempo
    en monedas de cobre y mierda abstracta;

    mejor la castidad, flor invisible
    que se mece en los tallos del silencio,
    el difícil diamante de los santos
    que filtra los deseos, sacia al tiempo,
    nupcias de la quietud y el movimiento,
    canta la soledad en su corola,
    pétalo de cristal en cada hora,
    el mundo se despoja de sus máscaras
    y en su centro, vibrante transparencia,
    lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,
    se contempla en la nada, el ser sin rostro
    emerge de sí mismo, sol de soles,
    plenitud de presencias y de nombres;

    sigo mi desvarío, cuartos, calles,
    camino a tientas por los corredores
    del tiempo y subo y bajo sus peldaños
    y sus paredes palpo y no me muevo,
    vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
    camino por las calles de mí mismo
    bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
    caminas como un árbol, como un río
    caminas y me hablas como un río,
    creces como una espiga entre mis manos,
    lates como una ardilla entre mis manos,
    vuelas como mil pájaros, tu risa
    me ha cubierto de espumas, tu cabeza
    es un astro pequeño entre mis manos,
    el mundo reverdece si sonríes
    comiendo una naranja,
                                                    el mundo cambia
    si dos, vertiginosos y enlazados,
    caen sobre las yerba: el cielo baja,
    los árboles ascienden, el espacio
    sólo es luz y silencio, sólo espacio
    abierto para el águila del ojo,
    pasa la blanca tribu de las nubes,
    rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
    perdemos nuestros nombres y flotamos
    a la deriva entre el azul y el verde,
    tiempo total donde no pasa nada
    sino su propio transcurrir dichoso,

    no pasa nada, callas, parpadeas
    (silencio: cruzó un ángel este instante
    grande como la vida de cien soles),
    ¿no pasa nada, sólo un parpadeo?
    y el festín, el destierro, el primer crimen,
    la quijada del asno, el ruido opaco
    y la mirada incrédula del muerto
    al caer en el llano ceniciento,
    Agamenón y su mugido inmenso
    y el repetido grito de Casandra
    más fuerte que los gritos de las olas,
    Sócrates en cadenas" (el sol nace,
    morir es despertar: "Critón, un gallo
    a Esculapio, ya sano de la vida"),
    el chacal que diserta entre las ruinas
    de Nínive, la sombra que vio Bruto
    antes de la batalla, Moctezuma
    en el lecho de espinas de su insomnio,
    el viaje en la carretera hacia la muerte
    ?el viaje interminable mas contado
    por Robespierre minuto tras minuto,
    la mandíbula rota entre las manos?,
    Churruca en su barrica como un trono
    escarlata, los pasos ya contados
    de Lincoln al salir hacia el teatro,
    el estertor de Trotsky y sus quejidos
    de jabalí, Madero y su mirada
    que nadie contestó: ¿por qué me matan?,
    los carajos, los ayes, los silencios
    del criminal, el santo, el pobre diablo,
    cementerio de frases y de anécdotas
    que los perros retóricos escarban,
    el delirio, el relincho, el ruido obscuro
    que hacemos al morir y ese jadeo
    que la vida que nace y el sonido
    de huesos machacados en la riña
    y la boca de espuma del profeta
    y su grito y el grito del verdugo
    y el grito de la víctima...
                                                       son llamas
    los ojos y son llamas lo que miran,
    llama la oreja y el sonido llama,
    brasa los labios y tizón la lengua,
    el tacto y lo que toca, el pensamiento
    y lo pensado, llama el que lo piensa,
    todo se quema, el universo es llama,
    arde la misma nada que no es nada
    sino un pensar en llamas, al fin humo:
    no hay verdugo ni víctima...
                                                               ¿y el grito
    en la tarde del viernes?, y el silencio
    que se cubre de signos, el silencio
    que dice sin decir, ¿no dice nada?,
    ¿no son nada los gritos de los hombres?,
    ¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

    no pasa nada, sólo un parpadeo
    del sol, un movimiento apenas, nada,
    no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,
    los muerto están fijos en su muerte
    y no pueden morirse de otra muerte,
    intocables, clavados en su gesto,
    desde su soledad, desde su muerte
    sin remedio nos miran sin mirarnos,
    su muerte ya es la estatua de su vida,
    un siempre estar ya nada para siempre,
    cada minuto es nada para siempre,
    un rey fantasma rige sus latidos
    y tu gesto final, tu dura máscara
    labra sobre tu rostro cambiante:
    el monumento somos de una vida
    ajena y no vivida, apenas nuestra,

    -¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
    ¿cuando somos de veras lo que somos?,
    bien mirado no somos, nunca somos
    a solas sino vértigo y vacío,
    muecas en el espejo, horror y vómito,
    nunca la vida es nuestra, es de los otros,
    la vida no es de nadie, todos somos
    la vida ?pan de sol para los otros,
    los otros todos que nosotros somos?,
    soy otro cuando soy, los actos míos
    son más míos si son también de todos,
    para que pueda ser he de ser otro,
    salir de mí, buscarme entre los otros,
    los otros que no son si yo no existo,
    los otros que me dan plena existencia,
    no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
    la vida es otra, siempre allá, más lejos,
    fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
    vida que nos desvive y enajena,
    que nos inventa un rostro y lo desgasta,
    hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

    Eloísa, Perséfona, María,
    muestra tu rostro al fin para que vea
    mi cara verdadera, la del otro,
    mi cara de nosotros siempre todos,
    cara de árbol y de panadero,
    de chofer y de nube y de marino,
    cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
    cara de solitario colectivo,
    despiértame, ya nazco:
                                                     vida y muerte
    pactan en ti, señora de la noche,
    torre de claridad, reina del alba,
    virgen lunar, madre del agua madre,
    cuerpo del mundo, casa de la muerte,
    caigo sin fin desde mi nacimiento,
    caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
    recógeme en tus ojos, junta el polvo
    disperso y reconcilia mis cenizas,
    ata mis huesos divididos, sopla
    sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
    tu silencio dé paz al pensamiento
    contra sí mismo airado;
                                                     abre la mano,
    señora de semillas que son días,
    el día es inmortal, asciende, crece,
    acaba de nacer y nunca acaba,
    cada día es nacer, un nacimiento
    es cada amanecer y yo amanezco,
    amanecemos todos, amanece
    el sol cara de sol, Juan amanece
    con su cara de Juan cara de todos,

    puerta del ser, despiértame, amanece,
    déjame ver el rostro de este día,
    déjame ver el rostro de esta noche,
    todo se comunica y transfigura,
    arco de sangre, puente de latidos,
    llévame al otro lado de esta noche,
    adonde yo soy tú somos nosotros,
    al reino de pronombres enlazados,

    puerta del ser: abre tu ser, despierta,
    aprende a ser también, labra tu cara,
    trabaja tus facciones, ten un rostro
    para mirar mi rostro y que te mire,
    para mirar la vida hasta la muerte,
    rostro de mar, de pan, de roca y fuente,
    manantial que disuelve nuestros rostros
    en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
    indecible presencia de presencias...

    quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
    se despeñó el instante en otro y otro,
    dormí sueños de piedra que no sueña
    y al cabo de los años como piedras
    oí cantar mi sangre encarcelada,
    con un rumor de luz el mar cantaba,
    una a una cedían las murallas,
    todas las puertas se desmoronaban
    y el sol entraba a saco por mi frente,
    despegaba mis párpados cerrados,
    desprendía mi ser de su envoltura,
    me arrancaba de mí, me separaba
    de mi bruto dormir siglos de piedra
    y su magia de espejos revivía
    un sauce de cristal, un chopo de agua,
    un alto surtidor que el viento arquea,
    un árbol bien plantado mas danzante,
    un caminar de río que se curva,
    avanza, retrocede, da un rodeo
    y llega siempre:

    México, 1957


    Piedra nativa

                                                        A Roger Munier

    La luz devasta las alturas
    Manadas de imperios en derrota
    El ojo retrocede cercado de reflejos

    Países vastos como el insomnio
    Pedregales de hueso

    Otoño sin confines
    Alza la sed sus invisibles surtidores
    Un último pirú predica en el desierto

    Cierra los ojos y oye cantar la luz:
    El mediodía anida en tu tímpano

    Cierra los ojos y ábrelos:
    No hay nadie ni siquiera tú mismo
    Lo que no es piedra es luz
     


    ¿Por qué tocas mi pecho nuevamente?
    ¿Por qué tocas mi pecho nuevamente?
    Llegas, silenciosa, secreta, armada,
    tal los guerreros a una ciudad dormida;
    quemas mi lengua con tus labios, pulpo,
    y despiertas los furores, los goces,
    y esta angustia sin fin
    que enciende lo que toca
    y engendra en cada cosa
    una avidez sombría.

    El mundo cede y se desploma
    como metal al fuego.
    Entre mis ruinas me levanto,
    solo, desnudo, despojado,
    sobre la roca inmensa del silencio,
    como un solitario combatiente
    contra invisibles huestes.

    Verdad abrasadora,
    ¿a qué me empujas?
    No quiero tu verdad,
    tu insensata pregunta.
    ¿A qué esta lucha estéril?
    No es el hombre criatura capaz de contenerte,
    avidez que sólo en la sed se sacia,
    llama que todos los labios consume,
    espíritu que no vive en ninguna forma
    mas hace arder todas las formas
    con un secreto fuego indestructible.

    Pero insistes, lágrima escarnecida,
    y alzas en mí tu imperio desolado.

    Subes desde lo más hondo de mí,
    desde el centro innombrable de mi ser,
    ejército, marea.
    Creces, tu sed me ahoga,
    expulsando, tiránica,
    aquello que no cede
    a tu espada frenética.
    Ya sólo tú me habitas,
    tú, sin nombre, furiosa sustancia,
    avidez subterránea, delirante.

    Golpean mi pecho tus fantasmas,
    despiertas a mi tacto,
    hielas mi frente
    y haces proféticos mis ojos.

    Percibo el mundo y te toco,
    sustancia intocable,
    unidad de mi alma y de mi cuerpo,
    y contemplo el combate que combato
    y mis bodas de tierra.

    Nublan mis ojos imágenes opuestas,
    y a las mismas imágenes
    otras, más profundas, las niegan,
    ardiente balbuceo,
    aguas que anega un agua más oculta y densa.
    En su húmeda tiniebla vida y muerte,
    quietud y movimiento, son lo mismo.

    Insiste, vencedora,
    porque tan sólo existo porque existes,
    y mi boca y mi lengua se formaron
    para decir tan sólo tu existencia
    y tus secretas sílabas, palabra
    impalpable y despótica,
    sustancia de mi alma.

    Eres tan sólo un sueño,
    pero en ti sueña el mundo
    y su mudez habla con tus palabras.
    Rozo al tocar tu pecho
    la eléctrica frontera de la vida,
    la tiniebla de sangre
    donde pacta la boca cruel y enamorada,
    ávida aún de destruir lo que ama
    y revivir lo que destruye,
    con el mundo, impasible
    y siempre idéntico a sí mismo,
    porque no se detiene en ninguna forma
    ni se demora sobre lo que engendra.

    Llévame, solitaria,
    llévame entre los sueños,
    llévame, madre mía,
    despiértame del todo,
    hazme soñar tu sueño,
    unta mis ojos con aceite,
    para que al conocerte me conozca.



    Refranes

    Una espiga es todo el trigo
    Una pluma es un pájaro vivo y cantando
    Un hombre de carne es un hombre de sueño
    La verdad no se parte
    El trueno proclama los hechos del relámpago
    Una mujer soñada encarna siempre en una forma amada
    El árbol dormido pronuncia verdes oráculos
    El agua habla sin cesar y nunca se repite
    En la balanza de unos párpados el sueño no pesa
    En la balanza de una lengua que delira
    Una lengua de mujer que dice sí a la vida
    El ave del paraíso abre las alas
    Como la marejada verde de marzo en el campo
    Entre los años de sequía te abres paso
    Nuestras miradas se cruzan se entrelazan
    Tejen un transparente vestido de fuego
    Una yedra dorada que te cubre
    Alta y desnuda sonríes como la catedral el día del incendio
    Con el mismo gesto de la lluvia en el trópico lo has arrasado todo
    Los días harapientos caen a nuestros pies
    No hay nada sino dos seres desnudos y abrazados
    Un surtidor en el centro de la pieza
    Manantiales que duermen con los ojos abiertos
    Jardines de agua flores de agua piedras preciosas de agua
    Verdes monarquías

    La noche de jade gira lentamente sobre sí misma.



    Regreso
    Bajo mis ojos te extendías,
    país de dunas -ocres, claras.
    El viento en busca de agua se detuvo,
    país de fuentes y latidos.
    Vasta como la noche,
    cabías en la cuenca de mi mano.

    Después, el despeñarse inmóvil
    adentro afuera de nosotros mismos.
    comí tinieblas con los ojos,
    bebí el agua del tiempo, bebí noche.
    Palpé entonces el cuerpo de una música
    oída con la yema de los dedos.

    Juntos, barcas oscuras
    a la sombra amarradas,
    nuestros cuerpos tendidos.
    Las almas, desatadas,
    lámparas navegantes
    sobre el agua nocturna.

    Abriste al fin los ojos.
    te mirabas mirada por mis ojos
    y desde mi mirada te mirabas:
    como el fruto en la yerba,
    como la piedra en el estanque,
    caías en ti misma.

    Dentro de mí subía una marea
    y con puño impalpable golpeaba
    la puerta de tus párpados:
    mi muerte, que quería conocerte,
    mi muerte, que quería conocerse.
    Me enterré en tu mirada.

    Fluyen por las llanura de la noche
    nuestros cuerpos: son tiempo que se acaba,
    presencia disipada de un abrazo;
    pero son infinitos y al tocarlos
    nos bañamos en ríos de latidos,
    volvemos al perpetuo recomienzo.



    Relámpago en reposo

    Tendida,
    piedra hecha de mediodía,
    ojos entrecerrados donde el blanco azulea,
    entornada sonrisa.
    Te incorporas a medias y sacudes tu melena de león.
    Luego te tiendes,
    delgada estría de lava en la roca,
    rayo dormido.
    Mientras duermes te acaricio y te pulo
    hacha esbelta,
    flecha con que incendio la noche.

    El mar combate allá lejos con espadas y plumas.



    Silencio

    Así como del fondo de la música
    brota una nota
    que mientras vibra crece y se adelgaza
    hasta que en otra música enmudece,
    brota del fondo del silencio
    otro silencio, aguda torre, espada,
    y sube y crece y nos suspende
    y mientras sube caen
    recuerdos, esperanzas,
    las pequeñas mentiras y las grandes,
    y queremos gritar y en la garganta
    se desvanece el grito:
    desembocamos al silencio
    en donde los silencios enmudecen.



    Soneto

    Del verdecido júbilo del cielo
    luces recobras que la luna pierde
    porque la luz de sí misma recuerde
    relámpagos y otoños en tu pelo.

    El viento bebe viento en su revuelo,
    mueve las hojas y su lluvia verde
    moja tus hombros, tus espaldas muerde
    y te desnuda y quema y vuelve hielo.

    Dos barcos de velamen desplegado
    tus dos pechos. Tu espalda es un torrente.
    Tu vientre es un jardín petrificado.

    Es otoño en tu nuca: sol y bruma.
    Bajo del verde cielo adolescente.
    tu cuerpo da su enamorada suma.


    Tendida y desgarrada...
    Tendida y desgarrada,
    a la derecha de mis venas, muda;
    en mortales orillas infinita,
    inmóvil y serpiente.
    Toco tu delirante superficie,
    los poros silenciosos, jadeantes,
    la circular carrera de tu sangre,
    su reiterado golpe, verde y tibio.
    Primero es un aliento amanecido,
    una oscura presencia de latidos
    que recorren tu piel, toda de labios,
    resplandeciente tacto de caricias.
    El arco de las cejas se hace ojera.
    Ay, sed, desgarradora,
    horror de heridos ojos
    donde mi origen y mi muerte veo,
    graves ojos de náufraga
    citándome a la espuma,
    a la blanca región de los desmayos
    en un voraz vacío
    que nos hunde en nosotros.
    Arrojados a blancas espirales
    rozamos nuestro origen,
    el vegetal nos llama,
    la piedra nos recuerda
    y la raíz sedienta
    del árbol que creció de nuestro polvo.
    Adivino tu rostro entre estas sombras,
    el terrible sollozo de tu sexo,
    todos tus nacimientos
    y la muerte que llevas escondida.
    En tus ojos navegan niños, sombras,
    relámpagos, mis ojos, el vacío.
                          
     

    Toca mi piel, de barro, de diamante...
    Toca mi piel, de barro, de diamante,
    oye mi voz en fuentes subterráneas,
    mira mi boca en esa lluvia oscura,
    mi sexo en esa brusca sacudida
    con que desnuda el aire los jardines.
    Toca tu desnudez en la del agua,
    desnúdate de ti, llueve en ti misma,
    mira tus piernas como dos arroyos,
    mira tu cuerpo como un largo río,
    son dos islas gemelas tus dos pechos,
    en la noche tu sexo es una estrella,
    alba, luz rosa entre dos mundos ciegos,
    mar profundo que duerme entre dos mares.
    Mira el poder del mundo:
    reconócete ya, al reconocerme.

     

    Tu nombre
    Nace de mí, de mi sombra,
    amanece por mi piel,
    alba de luz somnolienta.
    Paloma brava tu nombre,
    tímida sobre mi hombro.


    Tus ojos
    Tus ojos son la patria
    del relámpago y de la lágrima,
    silencio que habla,
    tempestades sin viento,
    mar sin olas, pájaros presos,
    doradas fieras adormecidas,
    topacios impíos como la verdad,
    otoño en un claro del bosque
    en donde la luz canta en el hombro
    de un árbol y son pájaros todas las hojas,
    playa que la mañana
    encuentra constelada de ojos,
    cesta de frutos de fuego,
    mentira que alimenta,
    espejos de este mundo,
    puertas del más allá,
    pulsación tranquila del mar a mediodía,
    absoluto que parpadea, páramo.


    Viento

    Cantan las hojas,
    bailan las peras en el peral;
    gira la rosa,
    rosa del viento, no del rosal.

    Nubes y nubes
    flotan dormidas, algas del aire;
    todo el espacio
    gira con ellas, fuerza de nadie.

    Todo es espacio;
    vibra la vara de la amapola
    y una desnuda
    vuela en el viento lomo de ola.

    Nada soy yo,
    cuerpo que flota, luz, oleaje;
    todo es del viento
    y el viento es aire siempre de viaje.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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