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    lunes, 8 de noviembre de 2010

    KONRAD LORENZ LOS OCHO PECADOS MORTALES DE LA HUMANIDAD CIVILIZADA


    KONRAD LORENZ (Premio Nobel 1973)
    LOS OCHO PECADOS MORTALES DE LA HUMANIDAD CIVILIZADA
     
    Buenos Aires - 2004
    (Primera Edición: 1973)


    INDICE

    Konrad Lorenz nació en 1903 y murió en 1989. Naturalista y zoólogo, es el fundador de la etología, la ciencia del comportamiento, tanto el animal como el humano.
    El lugar de su nacimiento es Viena. Se doctoró en medicina y zoología en 1933 en esta Universidad. Llegó a ser muy conocido por sus esfuerzos para identificar lo que él llamaba patrones establecidos de conducta, de los cuales demostró que estaban genéticamente determinados. Estableció, además, que dichos patrones eran tan importantes para la supervivencia del animal como sus características fisiológicas, y que ambos factores tenían un desarrollo evolutivo similar.
    Uno de sus más conocidos y difundidos logros es el haber descubierto que los estímulos auditivos y visuales de los progenitores de un animal son necesarios para inducir a la cría a seguirlos, pero que cualquier objeto, incluido un ser humano, podía inducir la misma respuesta si se empleaban los mismos estímulos.
    En su obra Sobre la agresión (1963), Lorentz demostró que el origen genético de la agresividad humana provenía del comportamiento observado en muchos animales cuando éstos defienden su territorio. Aunque la tesis era científicamente inatacable y hasta llegó a difundirse bastante masivamente, generó duras reacciones por parte de quienes siguieron - y siguen - aferrados a las doctrinas "políticamente correctas" que imponen los grandes centros académicos. .
    Así, Lorenz terminó clasificado como incómodo "revolucionario" y la tendencia actual es a tratar de ignorar su obra. Sin embargo, difícilmente eso sea del todo posible. En primer lugar porque es demasiado extensa y, en segundo término, porque el rigor científico que lo caracterizó durante toda la vida lo ubica mucho más allá de las controversias interesadas y mezquinas.
    Sus obras principales son "Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros" (1949), "Cuando el hombre encontró al perro" (1950), "Evolución y modificación de la conducta (1965)", "La otra cara del espejo (1973)" y "Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada" (1973) que aquí ofrecemos.
    En 1973 Lorenz recibió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina conjuntamente con Nikolaas Tinbergen y Karl von Frisch por sus trabajos en el campo de la etología.




    El presente tratado fue escrito para la publicación que apareció con motivo del homenaje por el 70° cumpleaños de mi amigo Eduard Baumgarten. De acuerdo con su esencia, en realidad no se condice demasiado bien con un acontecimiento tan festivo, ni tampoco con el carácter animado del homenajeado, puesto que es, confesadamente, una Jeremiada; un llamado al arrepentimiento y al replanteo, dirigido a toda la humanidad; algo de lo cual podría opinarse que concuerda mejor con un misionero como el famoso agustino vienés Abraham de Santa Clara que con un naturalista. Vivimos en una época en la cual es el naturalista quien puede ver determinados peligros de una manera especialmente más clara. De esta manera, el predicar se le vuelve un deber.
    Mi prédica, que fue difundida por radiofonía, encontró un eco que me ha sorprendido. Recibí innumerables cartas de personas que pedían el texto impreso y, al final, mis mejores amigos me instaron a poner a disposición el escrito a un amplio círculo de lectores.
    Todo esto ya podría ser adecuado para desmentir el pesimismo que parecería desprenderse del escrito. ¡La persona que manifiestamente era de la opinión de estar predicando solo en el desierto, en realidad hablaba, como ha resultado, ante un auditorio numeroso y completamente comprensivo! Más aún: al releer mis palabras me han llamado la atención varias expresiones que ya eran un tanto exageradas en su momento y que hoy ya no son ciertas. Así, por ejemplo, se dice que la ecología es una ciencia cuya importancia no resulta suficientemente reconocida. Esto es algo que realmente ya no se puede afirmar hoy, puesto que nuestro “Grupo Ecológico” bávaro encuentra afortunadamente buena recepción y comprensión ante las instancias responsables. Los peligros de una sobrepoblación y de la ideología del crecimiento están siendo correctamente apreciadas por un número creciente de personas razonables y responsables. Contra la desertización del espacio vital en todas partes se están tomando medidas que, si bien no son por lejos suficientes, despiertan no obstante la esperanza de que pronto lo sean.
    También en otro aspecto debo corregir mis expresiones en un sentido optimista.  Al tratar la doctrina behaviorista escribí que la misma “indudablemente es la culpable de una parte sustancial del alarmante colapso moral y cultural de los Estados Unidos.” En el ínterin se han escuchado voces en los propios Estados Unidos que se oponen a esta errada doctrina de la manera más enérgica. Todavía se las combate con todos los medios, pero están siendo escuchadas, y en el largo plazo la verdad sólo puede ser proscripta si se consigue hacerla callar. Las enfermedades mentales epidémicas de la actualidad, provenientes de los Estados Unidos, suelen aparecer en Europa con algo de retraso. Mientras el behaviorismo se halla en construcción en los Estados Unidos, se expande últimamente entre psicólogos y sociólogos europeos. Es previsible que la epidemia decaerá.
    Por último, quisiera hacer un pequeño agregado correctivo a la cuestión de la enemistad entre las generaciones. Los jóvenes actuales tienen los oídos abiertos a las verdades biológicas básicas, siempre y cuando no estén políticamente enardecidos, o no les resulte en absoluto imposible creer en cualquier cosa que provenga de una persona mayor. Es totalmente posible convencer a jóvenes revolucionarios de la verdad de los expuesto en el Capítulo VII de este pequeño libro.
    Sería presuntuoso creer que no es posible hacerle comprender a otros seres humanos aquello que uno mismo sabe con seguridad. Todo lo que está en este libro es mucho más fácil de entender que, por ejemplo, el cálculo integral y diferencial que todo estudiante de cursos superiores debe aprender. Todo peligro pierde mucho de su amenaza cuando se han descubierto sus causas. Por ello creo y espero que este pequeño libro puede hacer un aporte a la reducción de los peligros que amenazan a la humanidad.
    Konrad Lorenz
    Seewiesen 1972

    La Etología puede ser definida como aquella rama del saber que surgió cuando se aplicaron a la investigación del comportamiento animal y humano las indagaciones y los métodos que, desde Charles Darwin, resultaban ya sobreentendidos y obligatorios en todas las demás disciplinas biológicas. El que esto sucediera de un modo tan sorprendentemente tardío tiene sus razones en la Historia de la investigación del comportamiento, la que veremos más adelante, en el Capítulo dedicado al adoctrinamiento. La Etología concibe, pues, el comportamiento – tanto animal como humano – como la función de un Sistema que debe su existencia y su forma especial a un desarrollo histórico que ha tenido lugar en la filogenia, en el desarrollo del individuo y, en el hombre, en la Historial cultural. La pregunta auténticamente causal acerca de por qué un determinado sistema está constituido de una forma y no de otra, es una pregunta cuya respuesta legítima sólo puede encontrarse en la explicación natural de este devenir.
    Entre las causas de todo desarrollo orgánico, al lado de los procesos de mutación y de recombinación de genes, el papel más importante lo desempeña la selección natural. Ésta produce lo que llamamos adaptación, un proceso auténticamente cognitivo por medio del cual el organismo asimila informaciones que están disponibles en el medio ambiente y que resultan relevantes para su supervivencia; lo que equivale a decir que es un proceso por medio del cual el organismo adquiere un conocimiento sobre el medioambiente.
    La existencia de estructuras y funciones surgidas por adaptación es característico de los seres vivos. En el mundo inorgánico no existe nada semejante. Con ello al investigador se le impone una pregunta que el físico y el químico no conocen. Es la pregunta de “¿para qué?”. Cuando la biología hace esta pregunta, no está buscando una explicación teleológica sino, más modestamente, quiere saber tan sólo en qué medida o forma un carácter determinado contribuye al mantenimiento de la especie. Cuando nos preguntamos para qué posee el gato garras curvas y respondemos: “para cazar ratones”, el razonamiento no es sino una síntesis abreviada. En realidad, lo que queremos saber es qué función contributiva al mantenimiento de la especie del gato ha podido seleccionar en él esta forma de garra.
    Cuando uno se ha pasado toda una larga vida de investigador haciéndose una y otra vez esta pregunta ante las más sorprendentes estructuras y maneras de comportamiento; y cuando una y otra vez ha podido encontrar siempre una respuesta convincente a dicha pregunta, uno se inclina a opinar que las complejas y en general prodigiosas formas de constitución corporal y de comportamiento nunca se producen de otra manera que no sea por selección y adaptación. Sin embargo, la opinión queda puesta en duda cuando se aplica esa pregunta del “¿para qué?” a ciertos y regularmente observables modos de comportamiento de la humanidad civilizada. ¿Para qué le sirve a la humanidad su ilimitada reproducción; el apresuramiento competitivo con un ritmo que llega a lo demencial, el armamentismo cada vez mayor y cada vez más terrorífico, el reblandecimiento cada vez mayor del hombre urbano, etc. etc.? No obstante, al mirar las cosas más de cerca queda en claro que prácticamente todos estos errores son interferencias que actúan sobre mecanismos de comportamiento muy precisos que en su origen pudieron muy bien ser conservadores de la especie. En otras palabras: hay que entenderlos como patologías.
    El análisis del sistema orgánico sobre el que se basa el comportamiento social del ser humano es el objetivo más difícil y más ambicioso que la ciencia natural se puede imponer desde el momento en que este sistema es, por lejos, el más complejo que existe sobre el planeta. Se podría llegar a pensar que este objetivo, ya de por sí difícil,  se vuelve por completo imposible de alcanzar debido a que el comportamiento del ser humano resulta modificado y superpuesto – en múltiples e impredecibles modos  – por fenómenos patológicos. Por suerte, esto no es así. La interferencia patológica no sólo está muy lejos de representar un obstáculo insalvable para el análisis de un sistema orgánico sino que, por el contrario, con mucha frecuencia brinda precisamente la clave para entenderlo. De la historia de la fisiología conocemos casos en que el investigador descubrió la existencia de un importante sistema orgánico recién cuando una interferencia patológica produjo una enfermedad en el mismo. Cuando E. T. Kocher trató de curar la llamada Enfermedad de Basedow mediante la extirpación de la glándula tiroides provocó al principio tetanía y convulsiones  porque había extirpado también las glándulas adyacentes que regulan el intercambio de calcio. Cuando corrigió este error, produjo con el todavía demasiado radical procedimiento de la extirpación de la glándula tiroides un complejo sintomatológico que llamó Kachexia thyreopriva y que presentaba ciertas similitudes con el Myxödem, una forma de la idiocía bastante frecuente en los valles alpinos con fuentes de agua muy pobres en yodo. De estos y similares descubrimientos resultó que las glándulas con sus secreciones internas forman un sistema en el cual, literalmente, todo está causalmente relacionado con todo.  Cada una de las secreciones descargadas en la sangre por las glándulas endocrinas produce un efecto precisamente determinado sobre todo el organismo; un efecto que puede influir sobre el metabolismo, los procesos de crecimiento, el comportamiento y otras áreas. Por ello es que a estas secreciones se las llama “hormonas” (del griego hormao = impulso). La acción de dos hormonas puede ser exactamente opuesta; pueden ser “antagónicas” de un modo similar a como pueden serlo dos músculos que concurren a posicionar una articulación en la posición deseada y lo mantienen en esa posición. Mientras el equilibrio hormonal se mantenga, ni nos damos cuenta de que el sistema de las glándulas endocrinas está edificado sobre funciones parciales. Pero en el momento en que algo interfiere la armonía de las acciones y reacciones, aunque sea tan sólo un poco, el estado general del organismo se desvía del deseado “valor preestablecido”; es decir: se enferma. Un exceso de hormona tiroidea  provoca la Enfermedad de Basedow; una insuficiencia ocasiona el Myxödem.
    El sistema de las glándulas endocrinas y la historia de su investigación nos ofrecen valiosas sugerencias sobre cómo deberíamos proceder en nuestro intento de comprender el sistema total de los impulsos humanos. Se sobreentiende que la arquitectura de este sistema es mucho más compleja, y por fuerza debe serlo puesto que incluye en si misma, como un sub-sistema, a todo el sistema de las glándulas endocrinas. El ser humano posee evidentemente una enorme cantidad de fuentes independientes de impulsos de los cuales un gran número puede rastrearse hasta conductas-programadas, es decir: “instintos”, que surgieron a lo largo de su filogenia. Llama a engaño describir al ser humano como un “ser reductor de instintos”, tal como yo mismo solía hacerlo antes. Es cierto que largas y completas cadenas de comportamientos innatos pueden “disolverse” en el transcurso de la evolución filogénica de la capacidad del aprendizaje y la comprensión, en el sentido de que se pierde el acoplamiento obligado entre sus componentes, de modo tal que estos eslabones terminan quedando a disposición del sujeto de un modo independiente, tal como P. Leyhausen demostró convincentemente en los felinos predadores. Al mismo tiempo, sin embargo, como también lo demostró Leyhausen, cada uno de estos eslabones puestos en disponibilidad se convierte en un impulso autónomo que desarrolla su propio comportamiento  tendiente a lograr su satisfacción.  Sin duda, al ser humano le faltan largas cadenas de movimientos instintivos obligatoriamente acoplados entre si, pero, en la medida en que es lícito extrapolar de los resultados obtenidos de los mamíferos superiores, se puede suponer que el hombre dispone de más – y no menos – impulsos auténticamente instintivos que cualquier otro animal. En todo caso, debemos contar con esta posibilidad al intentar su análisis como sistema.
    Esto se vuelve especialmente importante en la evaluación de comportamientos que están obviamente interferidos de un modo patológico. Ronald Hargreaves fue un psiquiatra que lamentablemente desapareció demasiado pronto.  En una de sus últimas cartas me escribió que, ante cada intento de comprender una disfunción mental,  se había hecho la costumbre metodológica de hacerse dos preguntas. En primer lugar la de cual podría ser la función normal, contribuyente al mantenimiento de la especie, del sistema perturbado en el caso dado. Y en segundo lugar, la de qué clase de perturbación se trataba; es decir: si estaba siendo producida por la hiper-función o por la infra-función de un sistema parcial.  Los sistemas parciales de una totalidad orgánica compleja están en una relación mutua tan íntima que muchas veces se hace difícil delimitar sus funciones específicas ya que ninguna de ellas es imaginable en su forma normal sin el concurso de todas las demás. Más aún: ni siquiera las estructuras de los sistemas parciales son siempre claramente definibles. Es en este sentido que hay que entender a Paul Weiss cuando en su inspirado escrito “Determinism Stratified” nos dice de los sistemas subordinados: “Un sistema es todo aquello que posee suficiente homogeneidad como para merecer un nombre”.
    Hay muchos impulsos humanos lo suficientemente homogéneos como para merecer un nombre en el lenguaje común. Palabras como odio, amor, amistad, ira, lealtad, encariñamiento, desconfianza, confianza, etc. describen todas situaciones que se condicen con la predisposición a comportamientos muy bien determinados y no difieren en esto de los términos acuñados por la ciencia del comportamiento tales como agresividad, tendencia al ordenamiento jerárquico, territorialidad, etc. como que tampoco difieren de todos los otros términos compuestos con carga emocional tales como cloquera, celo, impulso a volar, etc.  Podemos confiar en la sensibilidad que nuestro idioma cotidiano y usual tiene para con profundas interrelaciones psicológicas y otorgarle la misma confianza a la intuición del observador científico que investiga a los animales, tanto como para suponer – por de pronto como hipótesis de trabajo – que cada una de estas denominaciones relacionadas con estados de ánimo humanos y predisposiciones a la acción humanas se condice con un sistema-implusor real siendo que, provisoriamente, carece de importancia establecer en qué proporción el impulso en cuestión toma su fuerza de fuentes filogenéticas o de fuentes culturales.  Podemos suponer que cada uno de estos impulsos es miembro de un sistema bien ordenado y armónicamente operativo siendo que, como tal, resulta indispensable. La pregunta de si el odio, el amor, la lealtad, la desconfianza etc. son “buenos” o “malos” sólo puede hacerse sin comprender la función sistémica de este todo y resulta exactamente tan tonta como si alguien hiciera la pregunta de si la glándula tiroides es buena o mala en definitiva. La concepción usual de que es posible catalogar tales manifestaciones en buenas y malas; que amor, lealtad y confianza son buenos mientras que odio, deslealtad y desconfianza son malos, proviene tan sólo del hecho de que, en nuestra sociedad, las primeras en general escasean mientras que las segundas abundan. Un amor demasiado grande malcría innumerables niños prometedores; una mítica lealtad nibelungueana elevada a la categoría de valor absoluto intrínseco ha demostrado tener consecuencias infernales y Erik Erikson ha demostrado hace poco, con una argumentación irrebatible, que la desconfianza es imprescindible.
    Una propiedad estructural de todos los sistemas orgánicos altamente integrados es la regulación a través de los llamados circuitos regulatorios u homeóstasis. Para tener una idea de su efecto, imaginemos por de pronto un entretejido dinámico compuesto por cierto número de sistemas que se refuerzan en sus funciones mutuamente y de tal modo que el sistema “A” apoya los efectos del sistema “B”, éste los del “C” y así sucesivamente hasta que por último el sistema “Z” ejerce un efecto reforzador sobre los efectos del primer sistema “A”. Un circuito de “realimentación positiva” como éste puede hallarse, en el mejor de los casos, en un equilibrio inestable. El más mínimo aumento de uno solo de los efectos forzosamente tiene que conducir a una catarata de aumentos en la totalidad de las funciones sistémicas y, viceversa, la más mínima de las reducciones llevaría a la progresiva suspensión de toda actividad. Tal como la tecnología ha descubierto desde hace mucho tiempo, un sistema inestable de estas características puede ser convertido en un sistema estable mediante la incorporación al circuito de un solo elemento cuya acción sobre el elemento siguiente sea tanto más débil mientras más fuerte sea el estímulo que reciba del elemento anterior. De este modo se establece un circuito regulado, una homeóstasis, o “retroalimentación negativa” como también suele llamarse. Es uno de los pocos procesos que resultó inventado por los técnicos antes de que fuera descubierto por las ciencias naturales en el ámbito de lo orgánico.
    En la naturaleza viva existen incontables circuitos regulados. Son tan imprescindibles para el sostenimiento de la vida que es casi imposible imaginarla sin el simultáneo “invento” del circuito regulado. Prácticamente no es posible encontrar circuitos de retroalimentación positiva en la naturaleza. En el mejor de los casos, existen como fenómenos que crecen y se agotan rápidamente, al modo de las avalanchas o el incendio en un pastizal. Algunas interferencias patológicas en la vida social de los seres humanos nos hacen recordar, en relación con estos fenómenos, lo que Schiller dice en “La Campana” refiriéndose a los poderes del fuego: “¡...pero ay si se los libera!”
    La retroalimentación negativa del circuito regulado hace innecesario que los efectos de cada uno de los subsistemas que en él participan esté fijamente establecido a una medida determinada. Un pequeño sobre-funcionamiento o infra-funcionamiento puede ser equilibrado con facilidad. A una interferencia peligrosa del sistema completo se llega tan sólo cuando una función parcial resulta aumentada o disminuida en tal medida que la homeóstasis ya no puede equilibrarla, o bien y por el otro lado, cuando algo falla en el mecanismo regulador propiamente dicho. En lo que sigue hallaremos ejemplos de ambos casos.
    En el organismo individual, normalmente, es muy poco probable que encontremos un circuito de retroalimentación positiva. Solamente la vida como un todo goza del privilegio de estos desenfrenos, impunemente hasta ahora y por lo que parece. La vida orgánica, como si fuera una extraña represa, se ha  colocado a si misma en el torrente de la energía cósmica que se disipa. Está “devorando” entropía negativa. Acapara energía, crece con ello, y en virtud de su crecimiento se coloca en posición de acaparar más y más energía, haciéndolo de un modo tanto más rápido mientras más energía ha acaparado ya. Que esto no ha llevado a un desborde y a la catástrofe se debe a que la multiplicación de los seres vivos está mantenida dentro de ciertos límites por los despiadados poderes de lo inorgánico y por las leyes de la probabilidad. Además, en segundo lugar, también se debe a que se han desarrollado circuitos reguladores dentro de las diferentes especies de seres vivos. De qué manera actúan estos circuitos es algo que se verá brevemente en el próximo capítulo que trata de la destrucción del espacio vital terrestre. Tratar en primer término la irrefrenada multiplicación de los seres humanos es algo aconsejable aunque más no sea por el hecho de que varios de los fenómenos que se tratarán a continuación no son más que su consecuencia.
    Todas las oportunidades que le surgen al ser humano gracias a la profunda comprensión de la naturaleza que lo rodea; el avance de su tecnología; sus ciencias químicas y médicas; todo lo que parece estar dispuesto para aliviar el sufrimiento humano, termina actuando de un modo espantoso y paradójico en pro de la desgracia de la humanidad. El ser humano amenaza con hacer precisamente lo que de otro modo casi nunca les sucede a los sistemas vivos, es decir: sofocarse a si mismo. Lo más espantoso es que a través de estos procesos apocalípticos y según todas las apariencias, las primeras en sucumbir son nuestras propiedades y facultades más elevadas y nobles, precisamente aquellas que percibimos y valoramos con todo derecho como las más específicamente humanas.
    Todos nosotros, que vivimos en países cultos densamente poblados y hasta en grandes ciudades, ya ni sabemos qué tan carentes estamos de un general, afable y cálido amor al prójimo. Hay que haber llegado como huésped no invitado a una casa, en un país escasamente poblado, dónde varios kilómetros de malas calles separan a los vecinos entre si, para poder evaluar qué tan hospitalario y amablemente sociable es el ser humano cuando su capacidad para el contacto social no está constantemente sobre-exigida. Una experiencia inolvidable me hizo tomar conciencia de esto en su oportunidad. Estaba yo hospedando en mi casa a un matrimonio norteamericano de Wisconsin, ambos guardaparques profesionales, cuya vivienda se halla en completa soledad en medio del bosque. Estábamos justo por sentarnos a cenar cuando sonó el timbre de calle y yo exclamé irritado: “¡Quién será esta vez!” Ni aún permitiéndome la mayor de las descortesías podría haber perturbado más a mis invitados. Para ellos era escandaloso que alguien respondiese a un inesperado llamado a la puerta de otro modo que no fuese con alegría.
    Seguramente el hacinamiento de masas de seres humanos en las modernas megalópolis tiene gran parte de la culpa de que ya no somos capaces de distinguir el rostro del prójimo en medio de una fantasmagoría de caras eternamente cambiantes que se superponen y se difuminan. Nuestro amor al prójimo se diluye tanto con las masas de los semejantes adyacentes, con los demasiado cercanos, que al final ya no quedan ni rastros de él. Aquél que en absoluto todavía quiere cultivar sentimientos afectuosos y cálidos hacia el prójimo, se encuentra obligado a concentrarlos sobre un número reducido de amigos, porque no estamos construidos de manera tal de poder amar a todos los seres humanos, por más correcto y ético que sea el imperativo de hacerlo. Debemos, pues, hacer una selección. Es decir: emocionalmente debemos “mantenernos a distancia” de algunos seres humanos que de seguro serían igualmente merecedores de nuestra amistad. “Not to get emotionally involved[1] es una de las preocupaciones principales de muchos habitantes de las grandes ciudades. Este procedimiento, que ninguno de nosotros puede llegar a evitar del todo, ya tiene el mal hálito de lo inhumano. Recuerda a los propietarios de las plantaciones del Sur norteamericano que trataban de un modo muy humano a sus “negros domésticos” pero que a los esclavos que trabajaban en la plantación les dispensaban, en el mejor de los casos, un trato acorde al de animales domésticos relativamente valiosos. Si este blindaje deliberado contra contactos humanos se extiende, conduce, conjuntamente con los fenómenos de la merma de la  sensibilidad que se tratarán más adelante, a esos espantosos fenómenos de indiferencia de los cuales nos informa la prensa todos los días. Mientras más se extiende la masificación del ser humano, más imperioso se vuelve para el individuo aislado el “not to get involved”. Así, en la actualidad  precisamente en las grandes ciudades es dónde el robo, el homicidio y la violación pueden suceder a plena luz del día y en calles de intenso tránsito, sin que ningún “pasante” se involucre para hacer algo al respecto.
    El hacinamiento de muchos seres humanos en un espacio reducido no sólo conduce a fenómenos de deshumanización por la vía indirecta del agotamiento y el empantanamiento de las relaciones interhumanas sino que directamente produce un comportamiento agresivo. Sabemos por muchísimos experimentos con animales que la agresión intra-específica [2] puede ser aumentada mediante el hacinamiento. Aquél que no lo ha experimentado por si mismo siendo prisionero de guerra o habiendo vivido en una similar agrupación forzada de muchas personas, no puede ni siquiera formarse una idea de los grados que puede alcanzar la irritabilidad por trivialidades en alguien bajo esas condiciones. El estado aumenta hasta convertirse en tortura justamente cuando uno considera que se tiene a si mismo bajo control y se esfuerza por tener un comportamiento amable – es decir: amistoso – en el contacto cotidiano y continuo con congéneres que no son sus amigos. La predisposición a la animadversión general que uno puede observar en las grandes ciudades es claramente proporcional a la densidad del hacinamiento de las multitudes en diferentes lugares. En las grandes estaciones ferroviarias o, por ejemplo, en la terminal de ómnibus de Nueva York, llega a grados terroríficos.
    De un modo indirecto, la sobrepoblación contribuye a varias anormalidades y manifestaciones de deterioro que trataremos en los próximos siete capítulos. En todo caso, me parece una ilusión peligrosa el creer que, mediante un “condicionamiento” adecuado, se puede producir una nueva clase de seres humanos que sea resistente a las consecuencias nefastas del más denso de los hacinamientos.
    El creer que “la naturaleza” es inagotable constituye un error ampliamente difundido. Cada especie de animal, planta u hongo – ya que las tres clases de seres vivientes pertenecen al mismo gran sistema  – está adaptado a su medioambiente y a este medioambiente no pertenecen, obviamente, tan sólo los componentes inorgánicos de una zona geográfica determinada sino, de la misma manera, también todos sus habitantes vivientes.  Por lo tanto, todos los seres vivos de un espacio vital están adaptados los unos a los otros. Esto vale también para aquellos que se enfrentan de un modo aparentemente hostil, como por ejemplo la fiera y su presa, el animal predador y su alimento. Una observación más atenta deja en claro que estos seres, considerados como especie y no como individuos, no solamente no se perjudican sino que a veces hasta forman una comunidad de intereses. Es completamente obvio que la fiera tiene un ardiente interés en la supervivencia de la presa de la cual vive, sea esta presa vegetal o animal. Mientras más exclusivamente especializado esté para ciertas clases de alimento, necesariamente más grande será este interés. La fiera, en estos casos, jamás podría exterminar a su presa. El último par de fieras ya habría muerto de hambre hace rato antes de haberse encontrado siquiera con el último par de la especie que constituye su presa. Cuando la densidad poblacional de la presa baja de determinados límites, la fiera sucumbe, tal como por suerte le ha sucedido a la mayor parte de las empresas balleneras.  Cuando el Dingo – que originalmente era un perro doméstico – llegó a Australia y se hizo salvaje allí, no causó el exterminio de ninguno de los animales de los cuales vivía, aunque sí lo hizo con los dos grandes marsupiales predadores, el “lobo” marsupial  Thylacinus y el “diablo” marsupial Sarcophilus. Estos marsupiales dotados de una mordida directamente tremenda hubieran sido, por mucho, superiores al Dingo en una pelea individual pero, al disponer de un cerebro más primitivo, necesitaban una población de presas de una densidad mucho mayor que el perro salvaje que los superaba en inteligencia. Los marsupiales no fueron muertos a dentelladas por el Dingo. Éste los exterminó con su competencia y los hizo morir de hambre.
    Sucede sólo raras veces que la reproducción de un animal esté regulada directamente por la cantidad del alimento disponible. Sucede que esto sería antieconómico tanto desde el punto de vista de la fiera como del de su presa. Un pescador que vive del aporte de un lago, hará muy bien en pescar en el mismo tan sólo hasta el punto de asegurarse de que los peces restantes puedan producir el máximo de descendencia que equipare la cantidad de peces extraídos. Esta cantidad óptima es algo que solo se puede computar mediante un complicado cálculo de máximos y mínimos. Si se pesca demasiado poco, el lago permanecerá sobrepoblado y no habrá una cría numerosa de nuevos peces. Si se pesca en exceso quedarán demasiado pocos peces-reproductores, insuficientes para producir la cantidad de peces que el lago bien podría alimentar y dejar crecer. Tal como lo ha demostrado V. C. Wynne-Edwards, muchísimas especies de animales practican una clase análoga de economía. Aparte de la delimitación de territorios, que impide una concentración demasiado densa de coexistencia, existen todavía otras formas diferentes de comportamiento que impiden una sobre-explotación de los medios de subsistencia disponibles.
    No es en absoluto infrecuente que la especie devorada obtenga manifiestas ventajas de la especie devoradora. No es tan sólo que el índice de reproducción de los animales o las plantas que sirven de alimento está correlacionada con los hábitos alimentarios de un consumidor, y de tal modo que se produciría un desorden en el equilibrio vital existente entre ambos si este factor desapareciera. Los grandes colapsos de población que se pueden mencionar en roedores de reproducción rápida, inmediatamente después de haberse alcanzado la densidad poblacional máxima, son ciertamente más peligrosos para la continuidad de la especie que el equilibrado mantenimiento de un valor medio, tal como lo garantiza la “cosecha” de los sobrantes por parte de los animales predadores. En muchos casos, la simbiosis entre el devorador y el devorado va muchísimo más lejos.  Existen muchas especies de pasto que están directamente “construidas” para ser constantemente cortadas y pisoteadas por grandes ungulados, algo que en los céspedes artificiales se tiene que imitar mediante un constante mantenimiento. Cuando estos factores desaparecen, los pastos son pronto suplantados por otros que no soportan este tipo de tratamiento pero que, desde otro punto de vista, son más agresivos para imponerse. En resumen, dos formas de vida pueden estar relacionadas entre si de un modo muy similar a cómo se relaciona el ser humano con sus animales domésticos y sus plantas cultivadas. Las normas que rigen estas relaciones recíprocas son también frecuentemente bastante parecidas a la economía humana, algo que también se refleja en el término que la ciencia biológica ha acuñado para expresar estas interrelaciones: se llama ecología. Hay un concepto económico del cual todavía nos ocuparemos y que, en todo caso, no aparece en la ecología de los animales y de las plantas. Es el de la depredación o esquilmamiento del suelo.
    Las relaciones recíprocas que existen en el entretejido de las variadas especies de animales, plantas y hongos que habitan un espacio vital en común y que, en conjunto, constituyen la comunidad vital o biosfera, son tremendamente multifacéticas y complejas. La adaptación de las diferentes especies de seres vivos, que se ha producido en espacios de tiempo cuyo rango de magnitud se condice con la geología y no con la Historia humana, ha producido un estado de equilibrio tan admirable como fácil de romper. Hay muchos procesos reguladores que aseguran este equilibrio contra las interferencias inevitables causadas por el clima y otros factores similares. Todos los cambios que se producen lentamente, como los de la evolución de las especies y los que se producen por progresivos cambios climáticos, no pueden poner en peligro el equilibrio de un espacio vital. Sin embargo, influencias súbitas, aun cuando sean aparentemente de menor trascendencia, pueden producir efectos inesperadamente grandes y hasta catastróficos. La introducción de una especie animal aparentemente inofensiva puede producir la desertización, en el sentido literal de la palabra, de grandes áreas geográficas, tal como sucedió en Australia con los conejos. Esta intromisión en el equilibrio de un biotopo fue ocasionada por el ser humano. Efectos iguales, aunque menos frecuentes, pueden, en principio, producirse también sin su intervención.
    La ecología del ser humano se modifica a una velocidad muchas veces superior a la de los demás seres vivos. El ritmo de la modificación le está dictado al ser humano por el progreso de su tecnología que se acelera constantemente en una proporción geométrica. Por ello es que el ser humano no puede menos que hacer profundos cambios y, con demasiada frecuencia, produce el colapso total de la biosfera en la cual y de la cual vive. Una excepción en esto la constituyen solamente muy pocas tribus “salvajes” como, por ejemplo, algunos indios de la selva sudamericana que viven como recolectores y cazadores; o la población de algunas islas de Oceanía, que lleva a cabo algunas pocas actividades agrarias y que, en lo esencial, vive de los cocoteros y de los productos del mar. Culturas como éstas no ejercen sobre el biotopo una influencia distinta a la de una especie animal. Este es uno de los modos teóricamente posibles en que el ser humano puede vivir en equilibrio con su biotopo. El otro es creándose un biotopo propio, mediante actividades agrícolo-ganaderas completamente dimensionadas según sus necesidades, un biotopo que, en principio, es exactamente tan sustentable en el largo plazo como algún otro surgido sin su intervención. Esto es válido para algunas antiguas culturas agrarias en las cuales las personas, durante muchas generaciones, han estado sobre la misma tierra, la aman, y le devuelven al suelo lo que del mismo han recibido mediante muy buenos conocimientos ecológicos obtenidos de la práctica y la experiencia.
    Sucede que el campesino sabe algo que el resto de la humanidad parece haber olvidado, y es que las bases vitales de todo el planeta no son inagotables. Después de que en América grandes extensiones de tierras cultivables se convirtieron en desiertos como consecuencia de la erosión del suelo que siguió a la depredación; después de que grandes áreas se volvieron estériles por la tala de árboles y se extinguieran innumerables especies de animales útiles; estos hechos están siendo nuevamente comprendidos, en especial porque grandes empresas industriales de la agricultura, la pesca y la caza de ballenas comenzaron a sentir sus consecuencias dolorosamente desde el punto de vista comercial. Pero aun así, ¡estos hechos todavía no son reconocidos en forma general y no han penetrado en la conciencia de la opinión pública!
    El frenesí de los tiempos actuales, del cual todavía hablaremos en el próximo capítulo, no le deja tiempo a los seres humanos para verificar y para evaluar, antes de actuar. Para colmo, los inconscientes hasta están orgullosos de ser “doers[3] – “hacedores” – mientras se convierten en atentadores contra la naturaleza y contra si mismos. Los atentados se perpetran actualmente en todas partes mediante el empleo de sustancias químicas, como por ejemplo en el uso de los insecticidas en la industria agrícola y frutícola, pero con casi la misma miopía en la farmacopea. Los biólogos inmunólogos están manifestando serias dudas respecto de medicamentos de uso generalizado. La psicología del “tener-que-tenerlo-inmediatamente”, sobre la cual volveré en el Capítulo IV, hace que algunos sectores de la industria química sean directamente irresponsables de un modo criminal en lo que se refiere a la distribución de productos cuyo efecto a largo plazo no es previsible en absoluto.  En lo que se refiere al futuro ecológico de la agricultura, pero también en cuanto a cuestiones médicas, impera una inconciencia realmente increíble. Aquellos que se han atrevido a advertir y que se han alzado en contra del empleo inconsciente de sustancias tóxicas han sido desacreditados de la forma más infame y se los ha acallado.
    La humanidad civilizada, al desertizar de forma ciega y vandálica a la naturaleza viva que la rodea y sostiene, se expone a la amenaza de la ruina ecológica. Cuando sienta esta ruina también económicamente, es posible que reconozca sus errores, sólo que, con mucha probabilidad, para ése entonces ya será tarde. Sin embargo, de lo que menos se da cuenta es de la manera en que está dañando su espíritu en el transcurso de este bárbaro proceso. El general y rápidamente creciente distanciamiento de la naturaleza viviente tiene gran parte de la culpa del embrutecimiento estético y ético del hombre civilizado. ¿Cómo habría de despertarse en el ser humano en vía de desarrollo un profundo respeto por su entorno cuando todo lo que le rodea es obra de seres humanos, siendo que esta obra es baratísima y fea además? Al habitante de la ciudad, hasta el panorama de un cielo estrellado le está obstaculizado por las torres de los edificios y una atmósfera químicamente contaminada. De este modo, no es demasiado sorprendente que el avance de la civilización venga de la mano de un tan lamentable afeamiento de la ciudad y del campo. Compárese con los ojos bien abiertos el viejo centro de cualquier ciudad alemana con su moderna periferia; o bien incluso la atrocidad cultural que se expande rápidamente hacia el campo circundante con los lugares que aun no han sido atacadas por ella. Y después compárese el cuadro histológico de cualquier tejido normal con el de un tumor maligno. ¡Se encontrarán analogías sorprendentes! Considerándola de forma objetiva, y traduciendo lo estético a lo cuantificable, esta diferencia consiste esencialmente en una pérdida de información.
    La célula del tumor maligno se diferencia de la célula corporal normal por sobre todo en que, ha perdido la información genética que necesita para desempeñar su papel como miembro útil de la comunidad de intereses que es el cuerpo. Se comporta, por lo tanto, como un animal unicelular, o bien y mejor dicho, como una joven célula embrionaria. Carece de estructuras especiales y se divide de un modo desenfrenado y desconsiderado, de tal modo que el tejido tumoral crece, se infiltra hacia dentro de los tejidos todavía sanos que lo circundan, y los destruye. Las evidentes analogías existentes entre el cuadro de la periferia de una gran ciudad y un tumor responden al hecho de que, tanto en un caso como en el otro, en el ámbito aun sano se materializaba una multiplicidad de muy diferentes pero finamente diferenciados planes arquitectónicos que deben su sabio equilibrio a una información recolectada durante su larga historia evolutiva, mientras que en el ámbito desertizado por el tumor o por la tecnología moderna, el cuadro está dominado por estructuras muy escasas y extremadamente simplificadas. El cuadro histológico de las células tumorales completamente uniformes y estructuralmente pobres posee una desesperante similitud con la vista aérea del sector moderno de una ciudad con sus viviendas estandardizadas, diseñadas sin muchas consideraciones por arquitectos culturalmente pauperizados y en medio de una competencia frenética. Los procesos de la carrera que la humanidad corre compitiendo consigo misma y que se tratarán en el próximo capítulo, ejercen una influencia letal sobre la construcción de viviendas. No se trata solamente de consideraciones económicas que hacen que los elementos de construcción producidos masivamente sean más baratos. También la moda de nivelarlo todo contribuye a que en las periferias de las ciudades de todos los países civilizados surjan alojamientos masivos por cientos de miles de unidades, diferenciables entre si tan sólo por un número y que ni siquiera merecen el nombre de “vivienda” desde el momento en que, en el mejor de los casos, constituyen montones de jaulas para el ganado humano, tanto como para poner esta expresión en analogía con el ganado común.
    Mantener gallinas Leghorn en jaulas es, con justa razón, considerado como una forma de torturar animales y una atrocidad cultural. El hacer algo análogo con seres humanos se considera totalmente permitido, aun a pesar de que es justamente el ser humano quien menos soporta un tratamiento tan indignamente inhumano en la acepción más verdadera de la expresión. La autovaloración de la persona normal exige, con todo derecho, la afirmación de su individualidad. El ser humano no está, como una hormiga o una termita, construido por su filogenia de tal modo de poder soportar una existencia de elemento anónimo y completamente intercambiable entre millones de congéneres exactamente iguales. Véase tan sólo una vez con los ojos bien abiertos un asentamiento de horticultores y obsérvense los efectos que produce allí la pasión del ser humano por expresar su individualidad. El habitante de la jaula para seres humanos dispone de un solo camino para mantener su autoestima: desplazar de su conciencia la existencia de la multitud de personas que padecen su misma condición y encapsularse en si mismo bien lejos de su prójimo. En muchísimas viviendas masivas, entre los balcones de cada vivienda, existen paredes separadoras que hacen invisible al vecino. Nadie quiere tener un contacto social “por sobre la cerca” con el vecino porque el temor de verse a uno mismo reflejado en él es demasiado grande.  También por este camino la masificación conduce a la soledad y a la insolidaridad para con el prójimo.
    El sentido estético y el sentido ético están, evidentemente, muy relacionados entre si y las personas que deben vivir bajo las condiciones que acabamos de tratar padecen de un modo bastante evidente de una atrofia de ambos. La belleza de la naturaleza y la belleza del entorno cultural creado por el ser humano son, evidentemente, ambos necesarios para mantener la salud del alma y del espíritu del ser humano. La total ceguera espiritual para todo lo bello que hoy se extiende tan rápidamente por todas partes, es una enfermedad mental que debe ser tomada en serio aunque más no sea porque es correlativa de una insensibilidad frente a lo éticamente execrable.
    Entre quienes deben decidir si se construirá una calle, una usina o una fábrica que destruirá para siempre la belleza de todo un amplio paisaje, las consideraciones estéticas no juegan papel alguno. Desde el intendente de una pequeña comunidad hasta el ministro de economía de un gran Estado, existe total unanimidad de criterios en cuanto a que la belleza natural no merece sacrificio alguno de orden económico – ni tampoco político. Los escasos científicos y defensores de la naturaleza que tienen los ojos abiertos para ver la desgracia que se aproxima carecen completamente de poder. Algunos de los terrenos allá arriba a la vera del bosque aumentarán sus precios de venta si hay una calle que conduce hacia ellos, y así el encantador arroyuelo de serpentea a través del pueblo resultará entubado, enterrado y tapado, con lo cual el hermoso camino del pueblo terminará convirtiéndose en una horrenda calle de los suburbios de la ciudad.
    Al principio del Capítulo I he explicado que, y por qué, es imprescindible la función de circuitos reguladores o retroalimentación negativa para el sostenimiento de un estado estable (steady state) en los sistemas vivientes. Más allá de ello también hemos visto que, y por qué, en la acción sobre estos circuitos los efectos de retroalimentación positiva siempre invocan el peligro del efecto-avalancha producido por una acción unitaria. Existe un caso especial de retroalimentación positiva que se produce cuando individuos de la misma especie establecen entre si una competencia que termina ejerciendo, por selección, una influencia sobre su evolución. Al contrario de la selección debida a factores extra-específicos ambientales, la selección intra-específica produce modificaciones en el capital hereditario de la especie que no solamente no multiplican sus expectativas de supervivencia sino que, en la mayoría de los casos, la perjudican claramente.
    Un ejemplo ya utilizado por Oskar Heinroth para ilustrar las consecuencias de la selección intra-específica se refiere a las plumas del faisán macho Argus (Argusianus argus L.). En ocasión del celo estas plumas le son mostradas a la hembra desplegándolas de una manera similar a la rueda del pavo real que, como es sabido, está constituido por las capas superiores de la cola. Tal como está con seguridad comprobado en el caso del pavo real, es evidente que también en el caso del Argus la selección de la pareja está exclusivamente a cargo de la hembra y las posibilidades de reproducción del macho se hallan en una relación bastante directa con la fuerza de atracción que su órgano de celo ejerce sobre las hembras. Pero, mientras que la rueda del pavo real se pliega durante el vuelo en una popa más o menos aerodinámica, con lo que apenas si causa alguna molestia al volar, el alargamiento de las plumas del Argus macho lo convierte a éste en casi un incapacitado para el vuelo. Que esta incapacidad no haya llegado a ser completa obedece con seguridad a la selección que los animales carnívoros que viven a ras del suelo ejercen en sentido contrario, haciéndose cargo del necesario efecto regulador.
    Mi maestro Oskar Heinroth solía decir en su drástico estilo: “Junto con el vaivén del Argus macho, el ritmo de trabajo de la humanidad moderna es el producto de selección intra-específica más estúpido que se conoce.” Esta afirmación, en el momento en que fue pronunciada, era manifiestamente profética. Hoy, sin embargo, resulta una crasa subestimación, un clásico “Understatement [4] ”. En el Argus, al igual que entre muchos animales con caracteres análogos, las influencias del medioambiente impiden que la especie, por la vía de la selección intra-específica, se lance por caminos que conducen a lo monstruoso y, en última instancia, a la catástrofe. Ninguna potencia sanamente reguladora, similar a algunas de éstas, actúa sobre la evolución cultural de la humanidad que ha aprendido a dominar – para su desgracia – todas las fuerzas de su medioambiente extra-específico pero sabe tan poco sobre si misma que está inerme y expuesta a las satánicas consecuencias de la selección intra-específica.
    “Homo homini lupus” – el hombre es el lobo para el hombre – es, al igual que el famoso dicho de Heinroth, un “understatement”. Lamentablemente, el ser humano, como único factor selectivo determinante de la próxima evolución de su propia especie, no es en absoluto tan inofensivo como incluso el más peligroso de los animales feroces. La competencia del hombre contra el hombre actúa, como no lo ha hecho cualquier factor biológico anterior, directamente en contra “del poder eternamente activo y sanadoramente creador” y destruye así casi todos los valores que este poder ha creado, con un frío y endemoniado puño cuya acción está exclusivamente determinada por consideraciones comerciales, ciegas a todo valor.
    Lo que es bueno y útil para la humanidad como un todo, e incluso aquello que lo es para el ser humano individual, ha sido completamente olvidado bajo la presión competitiva de las personas entre si.  La impresionante mayoría de las personas actualmente vivas percibe como valor tan sólo aquello que resulta exitoso y apropiado para sobrepasar al prójimo en la competencia despiadada. Cualquier medio que sirva a este fin aparece engañosamente como un valor en si mismo. Es posible definir al devastador error del utilitarismo como la substitución del fin por los medios. El dinero, originalmente, es un medio; el idioma coloquial todavía lo sabe, ya que se dice de tal o cual persona que “tiene los medios”. Pero ¿cuántas personas quedan todavía que consiguen entenderme en absoluto cuando les quiero explicar que el dinero, en si mismo, no representa valor alguno? Exactamente lo mismo sucede con el tiempo. La expresión “time is money” [5] le dice a todo aquél que considera al dinero como un valor absoluto que lo mismo vale para cada segundo de tiempo ahorrado. Cuando se puede construir un avión que habrá de sobrevolar el Atlántico en un tiempo algo menor que los aviones actuales, nadie se pregunta qué precio se pagará por ello a través de aeropuertos con pistas más largas y mayores velocidades de despegue y aterrizaje con su correspondiente mayor riesgo y mayor ruido. El ganar media hora es, a los ojos de todo el mundo, un valor en si mismo y, para conseguirlo, ningún sacrificio puede ser demasiado grande [6] . Todas las fábricas automotrices deben ocuparse de que los nuevos modelos sean un poco más veloces que los anteriores. Con ello, todas las calles deben ser ensanchadas, cada curva debe ser reconstruida, supuestamente por una cuestión de mayor seguridad pero, en realidad, para que podamos manejar tan sólo un poquito más rápido y,  también, de un modo un poquito más peligroso.
    Sería cuestión de preguntarse qué es lo que le causa un mayor daño al alma de la humanidad: si la codicia enceguecedora o el apuro devastador. Pero, sea cual fuere el más dañino, está en la orientación de los dueños del poder de todas las tendencias políticas promoverlos a ambos y aumentar hasta la hipertrofia las motivaciones que impulsan a las personas a ser competitivas. Por lo que yo sé, todavía no existe un análisis de psicología profunda de estas motivaciones pero creo altamente probable que, aparte de la avidez por propiedades materiales o por una posición jerárquica social más elevada, o ambas a la vez, también el miedo juega un papel muy esencial.  Miedo a ser superado en la competencia, miedo al empobrecimiento, miedo a tomar decisiones equivocadas y a no estar – o a ya no poder estar – a la altura de toda la apremiante situación. El miedo en todas sus formas es con toda seguridad el factor más esencial que mina la salud del hombre moderno produciéndole alta presión arterial, genuina atrofia renal, infarto cardíaco prematuro y placeres similares. La persona ansiosa seguramente no está tentada solamente por la codicia. Las más fuertes tentaciones no podrían llevarlo a dañarse a si mismo de una forma tan enérgica. Está impulsado, y lo que lo impulsa sólo puede ser miedo.
    La ansiedad con miedo y el miedo con ansiedad contribuyen a robarle al ser humano sus cualidades más esenciales. Una de ellas es la reflexión. Tal como lo he detallado en mi trabajo “Innate bases of Learning” [7] ,  a lo largo del enigmático proceso de hominización muy probablemente jugó un papel decisivo el hecho de que ese ser que con tanta curiosidad exploraba su medio ambiente, un buen día se descubrió a si mismo en el campo visual de su investigación. Este descubrimiento del propio ser no tiene en absoluto que haberse producido con aquél asombro ante lo hasta ayer sobreentendido que dio nacimiento a la filosofía. El sólo hecho de que, pongamos por caso, la mano sensible que aprehende llegó a ser vista y comprendida como una cosa del mundo exterior, al lado de las cosas externas aprehendidas y percibidas por el tacto, tiene que haber establecido una nueva relación cuyas consecuencias se hicieron determinantes de toda una nueva era. Es imposible que un ser desarrolle el pensamiento conceptual, el lenguaje hablado y la conciencia moral responsable si todavía no ha tomado conciencia de la existencia de su propio ser interior. Un ser que deja de reflexionar corre el riesgo de perder todas estas cualidades y todos estos caracteres específicamente humanos.
    Una de las más malignas consecuencias de la ansiedad frenética, o bien y quizás del miedo directamente producido por esa ansiedad, es la evidente incapacidad de los hombres modernos de quedarse solos incluso por cortos períodos de tiempo. Evitan cualquier posibilidad de introspección y de meditación con temerosa diligencia, como si tuviesen miedo de que la reflexión los enfrente con un horrible retrato de si mismos, de un modo similar a lo que describe Oscar Wilde en su clásica novela de terror “The Picture of Dorian Gray” [8] . La cada vez más extendida adicción al ruido – que hasta resulta directamente paradójica en vista de la neurastenia generalizada – no se explica más que por el hecho de que algo debe estar teniendo que ser anestesiado. En ocasión de un paseo por el bosque, mi esposa y yo de pronto escuchamos una radio portátil cuyo barullo se aproximaba rápidamente y que un joven de unos 16 años llevaba en el portaequipaje de su bicicleta. Mi esposa observó: “¡Éste tiene miedo de escuchar el canto de los pájaros!” Yo creo más bien que solamente tenía miedo de verse por un solo instante en el peligro de encontrarse consigo mismo. Personas que por lo demás son bastante intelectualmente exigentes, ¿por qué prefieren las directamente estúpidas transmisiones comerciales de la televisión antes de quedarse a solas consigo mismas? Con toda seguridad sólo porque esto les ayuda a reprimir la reflexión.
    Los seres humanos sufren, pues, bajo las presiones nerviosas y espirituales que les impone la competencia con sus semejantes. Aunque desde la más tierna infancia resultan adiestrados para ver progresos en todas las demenciales manifestaciones de esta competencia, es justamente en los ojos de los más progresistas que más nítidamente se puede ver el miedo que los impulsa, y son los más capaces y los más adaptados a “los tiempos que corren” quienes mueren de infarto particularmente pronto.
    Aun haciendo la suposición injustificadamente optimista de considerar que la superpoblación de la tierra no seguirá aumentando en la inquietante proporción actual, la competencia económica de la humanidad consigo misma forzosamente resultaría ya de por sí suficiente para arruinarla por completo. Todo proceso circular con una retroalimentación positiva conduce, tarde o temprano, a una catástrofe y el fenómeno aquí tratado contiene varias de ellas. Aparte de la selección intra-específica comercial hacia un ritmo de trabajo cada vez más acelerado hay todavía un segundo proceso circular en acción sobre el cual Vance Packard llamó la atención en varios de sus libros y que tiene por consecuencia un progresivo aumento de las necesidades del ser humano. Por motivos obvios, todo productor buscará aumentar la necesidad del consumidor por los productos que fabrica. Muchos institutos “científicos” de investigación se ocupan exclusivamente de dilucidar la cuestión de qué medios serían los más adecuados para el logro de este aborrecible objetivo. La gran masa de los consumidores, sobre todo por los fenómenos tratados en los Capítulos I y VII, es lo suficientemente estúpida como para permitir este direccionamiento elaborado con los métodos de las encuestas de opinión y de investigación de mercado. Nadie se rebela en contra de tener que pagar, con cada tubo de pasta dentífrica o con cada hoja de afeitar, un empaque publicitario que muchas veces cuesta tanto o más que la mercadería propiamente dicha.
    Los fenómenos suntuarios que surgen gracias al círculo endemoniado de una retroalimentación entre la producción y el fomento de las necesidades de consumo se convertirán en nefastas para los países occidentales, sobre todo para los EE.UU., por el hecho de que sus poblaciones ya no serán competitivas frente a las menos malcriadas y más sanas de los países orientales. De parte de los capitalistas dueños del poder resulta pues, sumamente miope mantener el procedimiento actual consistente en premiar y “condicionar” al consumidor con un aumento del “estándar de vida” para que prosiga en una competencia que le aumenta la presión sanguínea y le destruye los nervios.
    Aparte de ello, estos fenómenos suntuarios conducen a un círculo de fenómenos perniciosos de una clase especial. Los mismos serán tratados en el próximo capítulo.
    En todos los seres vivos capaces de desarrollar reflejos condicionados del clásico tipo pavloviando, este proceso puede ser producido por dos clases opuestas de estímulos. En primer lugar por estímulos adiestrativos (reinforcement) que fortalecen el comportamiento previo y, en segundo lugar, mediante estímulos inhibitorios  (deconditioning, extinguishing) que debilitan y hasta bloquean ese comportamiento. En el ser humano la acción de la primer clase de estímulo está relacionada con sensaciones de placer; la segunda con sensaciones de desplacer, y seguramente no será una antropologización demasiado grosera decir que también en los animales superiores estas acciones pueden ser sucintamente designadas como premios y castigos.
    La pregunta que surge es la de por qué razón el programa filogenéticamente desarrollado que causa este tipo de aprendizaje trabaja con dos clases de efectos estimulantes y no con uno solo lo cual sería mucho más simple. Se han dado ya varias respuestas a esta pregunta. La más obvia es que la efectividad del aprendizaje se duplica cuando el organismo puede sacar consecuencias coherentes no sólo del éxito, o sólo del fracaso, sino de ambos. Una segunda respuesta hipotética es la siguiente: cuando se trata de mantener alejado al organismo de ciertas influencias dañinas del medio y conservarlo en condiciones óptimas de calor, luz, humedad, etc. el efecto de las señales de castigo resulta harto suficiente y, de hecho, podemos comprobar que las apetencias por un estado óptimo y libre de estímulos se producen mayormente de esta manera – siendo que, justamente por eso, Wallace Craig denomina dichas apetencias como “aversiones”. Pero si, por el contrario, se trata de adiestrar al animal para un comportamiento muy específico, y sea éste tan sólo el dirigirse a un lugar preciso y bien determinado, se verá que es muy difícil lograrlo tan sólo mediante estímulos de respuesta negativa. Será más fácil atraerlo al lugar deseado por medio de estímulos gratificantes. Wallace Craig también ha indicado que la evolución adoptó este camino siempre que se trató de adiestrar al animal para situaciones estimulantes muy específicas tales como, por ejemplo, el apareamiento o la alimentación.
    Estas explicaciones para el doble principio del premio y el castigo son seguramente acertadas en la medida de sus alcances. Una función adicional del principio del placer-desplacer, y con toda seguridad la más importante, se descubre recién cuando una interferencia patológica hace visibles las consecuencias de su pérdida. De hecho, tanto en la historia de la medicina como en la de la fisiología ha ocurrido con suma frecuencia que un mecanismo fisiológico bien determinado reveló su existencia recién como consecuencia de su patología.
    Todo adiestramiento para un modo de conducta mediante premios que la refuerzan predispone al organismo a aceptar un desplacer presente en función de un placer futuro o bien – para expresarlo objetivamente – a soportar sin reacción alguna situaciones con estímulos de una clase que, de no existir el previo proceso de aprendizaje, hubieran provocado el rechazo y actuado en contra del adiestramiento. Para conquistar un botín preciado, un pero o un lobo hacen muchas cosas que, de otro modo, harían sólo a regañadientes: corren a través de espinillos, saltan al agua helada y se exponen a peligros a los cuales demostradamente les temen. El resultado favorable a la conservación de la especie de todos estos mecanismos reside, así, claramente en que constituyen un contrapeso contra el efecto del adiestramiento, impidiendo que el organismo, en su afán de llegar al estímulo del premio, haga sacrificios y se exponga a peligros que no están en relación alguna con la ganancia esperada. El organismo no se puede dar el lujo de pagar un precio que “no reditúa”. Un lobo no puede ignorar las condiciones climáticas y salir de caza durante la más fría de las noches de tormenta del invierno polar arriesgando a tener que pagar su cena con una pata congelada. En todo caso, pueden darse circunstancias bajo las cuales será aconsejable correr un riego semejante, como, por ejemplo, cuando la fiera está a punto de morirse de hambre y tiene que apostarlo todo a una última carta para sobrevivir.
    Que los principios contrapuestos del premio y el castigo existen efectivamente para comparar el precio a pagar contra la ganancia a obtener, es algo que se desprende palmariamente del hecho que la intensidad de ambos principios oscila dependiendo de la situación económica del organismo. Cuando, pongamos por caso, abunda el alimento, su efecto tentador disminuye tanto que un animal apenas si estará dispuesto a dar un par de pasos para conseguirlo; la más leve situación de desplacer será suficiente para bloquear su afán por comer. Y, viceversa, la capacidad de adaptación del mecanismo del placer-desplacer le otorga al organismo, dado el caso, la posibilidad de pagar un precio exorbitante por el logro de un objetivo vitalmente necesario.
    El aparato, que en todos los seres vivientes superiores consigue establecer esta vital adaptación del comportamiento a las fluctuantes “condiciones del mercado”, posee ciertas propiedades fisiológicas fundamentales, comunes a casi todas las estructuras orgánicas neuro-sensoriales del mismo nivel de complejidad. En primer lugar, este aparato está subordinado al proceso del acostumbramiento o adaptación sensorial. Esto significa que todo estímulo que actúa muchas veces en forma sucesiva pierde progresivamente su eficacia sin que por ello – y esto es importante – cambie el valor del umbral de la reacción para otras situaciones estimulantes, incluso para las muy similares. En segundo lugar sin embargo, el mecanismo que estamos tratando posee la también ampliamente difundida propiedad de la inercia en la reacción. Si, por ejemplo, resulta desequilibrado hacia el desplacer por la presencia de estímulos fuertemente desagradables y si, de pronto, estos estímulos cesan en forma abrupta, el sistema no retorna al estado de indiferencia en una curva atenuada sino que se dispara más allá del estado de equilibrio y percibe la simple extinción del desplacer como un notable placer. La antiquísima broma campesina austríaca realmente da en la tecla: “Hoy le voy a dar una gran alegría a mi perro: primero voy a empezar dándole una tremenda paliza y después, de repente, voy a dejar de pegarle”.
    Estas dos propiedades fisiológicas de la organización del placer y el desplacer son importantes en relación con esta exposición porque – conjuntamente con ciertas otras propiedades inherentes al sistema – bajo las condiciones de vida del ser humano en la civilización moderna pueden llevar a peligrosas obstrucciones de la economía del placer y el desplacer. Sin embargo, antes de hablar sobre estas obstrucciones, tengo que agregar aún algo sobre las propiedades mencionadas. Estas propiedades provienen de las condiciones ecológicas que existieron cuando, a lo largo de la filogenia humana, se desarrolló el mecanismo que venimos viendo – junto con muchas otras programaciones innatas del comportamiento humano. En aquellas épocas la vida del ser humano era dura y peligrosa. Como cazador y carnívoro dependía siempre de las contingencias de su presa, casi siempre hambriento, nunca seguro de su comida. Como ser de los trópicos que paulatinamente fue avanzando hacia latitudes templadas, tiene que haber sufrido mucho los efectos del clima y, puesto que con sus armas primitivas de ninguna manera resultaba superior a las fieras de esa época, tiene que haber vivido en un estado de perpetua alarma y gran miedo.
    Bajo estas condiciones, varias cosas que hoy consideraríamos “pecaminosas” o por lo menos despreciables resultaban completamente correctas y aún vitalmente necesarias en la estrategia por la supervivencia. La voracidad y la tragonería constituían una virtud ya que, si un animal grande había caído en la trampa, lo más inteligente que un ser humano podía hacer era comer todo cuanto le resultara posible. Del pecado mortal de la pereza se podría decir algo análogo. Los esfuerzos que resultaban necesarios para asegurarse una presa eran tan tremendos que resultaba muy aconsejable no gastar más energía que la estrictamente indispensable. Los peligros que amenazaban al ser humano a cada paso eran tan amenazadores que el asumir cualquier riesgo innecesario constituía una estupidez irresponsable y sólo una cautela rayana en la cobardía podía ser la norma correcta en todo proceder. Resumiendo: por la época en que se programó la mayor parte de los instintos que todavía hoy portamos, nuestros antepasados no tenían que andar a la búsqueda de las durezas de la vida de un modo “viril” ni “guerrero” ya que éstas se les imponían por si mismas y con una intensidad apenas soportable. El principio de evitar en lo posible todos los peligros eludibles y todas las pérdidas innecesarias de energía, impuesto al ser humano por su mecanismo de placer-desplacer filogenéticamente desarrollado, resultaba absolutamente correcto en aquellas épocas.
    Las consecuencias desastrosas que el mismo mecanismo produce bajo las condiciones de vida de la civilización actual se explican por su constitución filogenética y por las dos propiedades fisiológicas fundamentales del acostumbramiento y de la inercia. Ya en la más remota antigüedad los sabios de la humanidad descubrieron muy acertadamente que no es para nada bueno que el ser humano tenga demasiado éxito en su impulso instintivo a obtener placer y a eludir el desplacer. Ya en épocas remotas las personas de las culturas más altamente desarrolladas supieron cómo evitar todas las situaciones desagradables, algo que puede conducir a un reblandecimiento peligroso el cual, probablemente, hasta puede provocar el ocaso de la cultura. Desde muy antiguo los seres humanos descubrieron que se puede aumentar el efecto de las situaciones placenteras mediante una especialmente astuta composición de los estímulos y que mediante una continua variación se puede evitar la disminución del placer por acostumbramiento, y este descubrimiento, que toda cultura superior ha hecho, conduce al vicio el cual, por su parte, difícilmente contribuya en menor medida a la destrucción de una cultura que el reblandecimiento. Mientras existieron personas sabias para pensar o escribir se ha predicado contra ambos fenómenos y, específicamente, con más énfasis contra el vicio.
    El desarrollo de la tecnología moderna y por sobre todo la farmacología promueve en una medida hasta ahora nunca vista la tendencia humana generalizada a evitar el desplacer. El “confort” moderno se nos ha vuelto algo tan sobreentendido que ya apenas si tenemos conciencia de en qué medida dependemos de él. La sirvienta más modesta protestaría indignada si se le ofreciera una habitación con la calefacción, la iluminación, el dormitorio y las instalaciones sanitarias que un consejero privado como Goethe o aún la princesa Anna Amalie de Weimar habrían hallado perfectamente satisfactorias. Cuando hace algunos años en la ciudad de Nueva York faltó la electricidad por algunas horas a consecuencia de una catastrofal falla técnica, muchos pensaron muy seriamente en que había llegado el fin del mundo. Incluso aquellos que están firmemente convencidos de las ventajas de los buenos viejos tiempos y del valor pedagógico de una vida espartana revisarían sus puntos de vista si tuvieran que someterse al tratamiento quirúrgico normal y corriente de hace 2.000 años atrás.
    Por medio del progresivo dominio de su medio ambiente el hombre moderno ha desplazado forzosamente las “condiciones de mercado” de su economía del placer y el desplacer hacia una cada vez mayor sensibilidad frente a situaciones desagradables y hacia una similar insensibilidad frente a las agradables. Por toda una serie de razones esto tiene consecuencias letales.
    La creciente intolerancia frente al desplacer – unida a una menor sensibilidad frente al placer – conduce a que las personas pierdan la capacidad de invertir un trabajo duro en proyectos que prometen el placer sólo a mediano o largo plazo. De esto resulta una exigencia impaciente por la satisfacción inmediata de todos los deseos emergentes. La necesidad de una gratificación instantánea (instant gratification) la promueven desgraciadamente de todas las formas posibles los productores y las empresas comerciales mientras que los consumidores curiosamente ni se dan cuenta de la gran medida en que caen en la esclavitud a través de las “facilidades” que ofrecen las compras en cuotas.
    Por razones fácilmente entendibles la compulsiva necesidad de gratificación inmediata produce consecuencias especialmente feas en el terreno de la conducta sexual. Con la pérdida de la capacidad de perseguir objetivos lejanos, desaparecen todos los modos de comportamiento finamente diferenciados relacionados con el cortejo y la formación de la pareja, tanto los más bien instintivos como los culturalmente programados, es decir: se pierden no sólo aquellas conductas que surgieron a lo largo de la filogenia con el fin de mantener unida a la pareja sino también las normas de comportamiento específicamente humanas que cumplen funciones análogas en el marco de una convivencia culta. Resultaría engañoso calificar de “animal” a la conducta resultante –  vale decir: a ese apareamiento súbito, que en tantas películas actuales se ensalza y se propone como norma – ya que entre los animales superiores algo similar ocurre sólo por excepción. Un poco más correcto sería llamarlo “ganaderil” si bajo “ganado” uno entiende a los animales criados por el hombre a los cuales, en interés de una cría más fácil, el ser humano le ha “des-criado” todas las más altamente diferenciadas formas de conducta relacionadas con la formación de la pareja.
    El mecanismo de la economía del placer-desplacer, tal como ya hemos mencionado, posee las propiedades de la inercia y, con ella, las de la construcción de contrastes. Debido a ello el exagerado afán de evitar a cualquier precio el más mínimo desplacer tiene como inevitable consecuencia el que se vuelvan imposibles ciertas formas de obtener placer que justamente se basan en los efectos del contraste. La antigua sabiduría que Goethe expresara en “Saure Wochen, frohe Feste” [9] amenaza con quedar en el olvido. Sobre todo es la alegría la que se hace inalcanzable mediante la frenética elusión del desplacer. Helmut Schulze ha llamado la atención sobre el curioso hecho que tanto la palabra como el concepto de “alegría” no aparecen en la obra de Freud. Conoce el goce, pero no la alegría. Cuando, como dice Schulze, uno llega a la cima de una montaña difícil de escalar, sudoroso y cansado, con dedos entumecidos y músculos doloridos, teniendo por delante todavía los peligros y los esfuerzos aún mayores del descenso, esto muy probablemente no será un goce pero es una de las alegrías más grandes que uno se pueda imaginar.  El placer, en todo caso, todavía se puede obtener sin pagar el precio en desplacer bajo la forma de un duro trabajo; pero no así la alegría de la hermosa chispa divina. [10] La actualmente siempre creciente intolerancia frente al desplacer convierte las alturas y las profundidades naturalmente establecidas de la vida humana en una planicie artificialmente nivelada; a las grandiosas oscilaciones entre las altas cumbres y los profundos valles las convierte en una apenas perceptible vibración; de la luz y la sobra hace un gris uniforme. En pocas palabras: genera un aburrimiento mortal.
    Este “congelamiento emocional” parece amenazar de un modo muy especial a aquellas alegrías y tristezas que se producen por nuestras relaciones sociales; por nuestros vínculos con cónyuges y niños, con progenitores, parientes y amigos. La suposición expresada por Oskar Heinroth en 1910 en cuanto a que “en nuestro comportamiento frente a la familia y a los extraños, en la conquista de amantes y amigos, hay muchos más procesos puramente innatos y ancestrales que los que comúnmente creemos”, ha demostrado ser completamente correcta a la luz de los resultados de la moderna etología humana. La programación hereditaria de estas formas de conducta altamente complejas tiene como consecuencia que, todas y cada una de ellas, no solamente producen alegrías sino también mucho sufrimiento. “Un error muy extendido, que a más de un joven ha confundido, es creer en que el amor y el ser amado, es algo que siempre traerá sólo agrado” dice Wilhelm Bush. El querer esquivar el sufrimiento implica la intención de apartarse de una parte esencial de la vida humana. Esta tendencia claramente marcada se suma de manera peligrosa a las ya antes mencionadas consecuencias de la sobrepoblación (el no involucrarse).  En ciertos grupos culturales, el afán de evitar a toda costa cualquier pena tiene efectos distorsivos y hasta siniestros en las actitudes frente a la muerte de algún ser querido. En gran parte de la población norteamericana esta muerte resulta reprimida en el sentido freudiano del término: el difunto de repente ha desaparecido; nadie habla ya de él. Más aún, hasta se considera una falta de tacto el hacerlo. Las personas se comportan como si nunca hubiese existido. Más terrorífico todavía es el hermoseamiento de la muerte, censurado por Evelyn Waugh, la más despiadada de las sarcásticas, en su libro “The Loved One”. Consiste en maquillar al cadáver de un modo muy llamativo y después se considera de buen gusto manifestar que uno está realmente encantado de verlo con un aspecto tan bonito.
    En comparación con los efectos devastadores que la generalizada huida del desplacer provoca en la verdadera condición humana, las igualmente desenfrenadas ansias de procuramiento de placer resultan casi inofensivas. Uno estaría tentado de decir que el hombre moderno es demasiado apático y está demasiado desilusionado como para desarrollar un libertinaje realmente importante. Desde el momento en que la progresiva disminución de la capacidad de sentir placeres se produce mayormente por el acostumbramiento a situaciones placenteras cada vez más y más fuertes, no es para nada de extrañar que las personas desilusionadas siempre estén a la búsqueda de nuevas situaciones de placer. Esta “neofilia” se aplica a prácticamente todas las relaciones de las cuales la persona es capaz en relación con los objetos del medio ambiente. Para el atacado por esta enfermedad cultural, después de un cierto tiempo de tenencia, un par de zapatos, un traje, un automóvil, pierden toda su fuerza atractiva  exactamente de la misma manera en que lo pierden también la amante, el amigo y hasta incluso la patria.  De un modo sorprendentemente despreocupado muchos norteamericanos al mudarse de domicilio venden la totalidad de sus enseres domésticos y se compran cosas nuevas. Uno de los constantes argumentos de venta con el cual las agencias de viaje tientan a sus clientes es la oportunidad de “to make new friends” [11] . Puede parecer paradójico y hasta casi cínico a primera vista si afirmo que la lástima que uno siente cuando tira a la basura algún fiel pantalón viejo, o una pipa, tiene ciertos orígenes en común con el nexo social existente entre amigos humanos. Pero cuando pienso en los sentimientos que tuve cuando vendí nuestro antiguo automóvil, con el cual me relacionaban innumerables y hermosos recuerdos de viaje, debo constatar sin posibilidad de error que, cualitativamente, se parecían a los que uno siente cuando se despide de un amigo. Esta reacción para con un objeto inanimado es, por supuesto completamente pueril, pero frente a un animal superior – como por ejemplo un perro – resulta no sólo justificada sino directamente una prueba para constatar la riqueza o la pobreza de sentimientos de una persona. Me he distanciado emocionalmente de muchas personas que me contaban de su perro: “... y después nos mudamos a la ciudad y tuvimos que dejarlo.”
    La neofilia es un fenómeno que les encanta a los grandes fabricantes y que, en virtud de la adoctrinabilidad de las masas que veremos en el Capítulo VII, puede ser explotada para lograr una ganancia mercantil en gran escala. “Built-in obsoletion”, es decir “obsolescencia incorporada” es un principio que juega un gran papel tanto en la moda de la vestimenta como en la de los automóviles.
    Para terminar con este capítulo, consideremos las posibilidades de enfrentar terapéuticamente el reblandecimiento y el congelamiento de las sensaciones. Las causas del fenómeno son tan fáciles de comprender como difíciles de erradicar. Lo que falta es, evidentemente, el obstáculo natural cuya superación templa al ser humano imponiéndole la tolerancia del desplacer y brindándole, cuando se logra el objetivo, la alegría del éxito al superar la prueba. La gran dificultad reside en que, como queda dicho, este obstáculo debe estar dado por la naturaleza. La superación de dificultades deliberadamente impuestas a la vida no otorga satisfacciones.  Kurt Hahn obtuvo grandes éxitos terapéuticos llevando a jóvenes desilusionados y aburridos a las playas marítimas y ocupándolos como guardavidas para rescatar a personas en peligro de ahogarse. Muchos de los jóvenes así tratados hallaron su curación en estas situaciones que tienen la posibilidad de penetrar en las capas profundas de la personalidad de un modo directo. Un camino análogo transitó Helmut Schulze llevando a sus pacientes a situaciones intensamente peligrosas – a “situaciones límite” como él las llamaba – en las cuales, para decirlo en términos vulgares, la verdadera seriedad de la vida golpeaba a los reblandecidos con tal dureza que se les pasaba la locura. Pero por más exitosos que sean los métodos independientemente desarrollados por Hahn y por Schulze, no constituyen una solución general del problema desde el momento en que uno no puede organizar náufragos en cantidades suficientes como para brindarle a todos los que lo necesitan la vivencia sanadora de la superación de la prueba del rescate; ni tampoco se los puede sentar a todos en un planeador y asustarlos de tal manera que tomen conciencia de lo hermosa que es la vida después de todo. Un modelo de la curación definitiva es, en forma curiosa, el caso para nada tan raro en el cual el aburrimiento de la frigidez emocional conduce a un intento de suicidio que deja como secuela una lesión permanente más o menos grave. Un maestro que enseñaba a no videntes en Viena me contó hace muchos años atrás que los jóvenes que habían perdido la vista a causa de un disparo en la sien jamás hacían un segundo intento de suicidio. No solamente continuaban viviendo sino que, sorprendentemente, maduraban para convertirse en seres equilibrados y hasta felices. Un caso similar ocurrió con una dama que, siendo una joven adolescente, intentó suicidarse tirándose por la ventana. Se quebró la columna vertebral y luego, a pesar de su lesión, supo llevar una vida feliz y humanamente digna. No cabe duda alguna que fue la superación de un obstáculo muy difícil lo que le hizo que estos jóvenes desesperados por el aburrimiento sintiesen que la vida valía nuevamente la pena de ser vivida.
    No carecemos de obstáculos que deberemos vencer si es que la humanidad no ha de sucumbir y el superarlos es de verdad lo suficientemente difícil como para brindar satisfactorias situaciones de éxito para cada individuo. Debería ser un objetivo perfectamente alcanzable de la educación el dar a conocer la existencia de estos obstáculos.
    Tal como Norbert Bischoff ha demostrado recientemente, la aparición y, más aún, la permanencia de aquellos modos del comportamiento social que, si bien son útiles a la comunidad resultan nocivas para el individuo, constituyen un difícil problema para cualquier intento de explicación mediante los principios de mutación y selección. Aún cuando hay procesos de selección grupal no demasiado fáciles de comprender – sobre los que no quisiera entrar en detalle aquí – que pueden explicar el surgimiento de modos “altruistas” de comportamiento, el sistema social que de esta manera surge sigue siendo necesariamente inestable a pesar de todo. Cuando ha surgido una reacción defensiva en virtud de la cual cada individuo se involucra con enorme coraje en la defensa de un semejante atacado por una fiera, como sucede por ejemplo en el grajo, Coloeus monedula L, , es fácil de ver que, y por qué, tiene mejores chances de supervivencia un grupo cuyos integrantes poseen este modo de comportamiento que otro grupo que carece de él. Pero ¿qué es lo que impide que dentro del grupo aparezcan individuos a los cuales les falte esta reacción de defensa de un camarada? Siempre cabe esperar mutaciones de desviación y, de hecho, tarde o temprano estas mutaciones siempre aparecen. Y, si están relacionadas con el comportamiento altruista que venimos viendo, tienen que representar una ventaja selectiva para el individuo afectado en tanto que aceptemos que la defensa de un semejante es una empresa peligrosa. Por lo tanto, tarde o temprano los “elementos asociales”, que parasitan de los modos de comportamiento de los miembros todavía normales de la comunidad, tendrían que terminar abundando en la sociedad. Por supuesto que esto es válido tan sólo para aquellos animales gregarios entre los cuales las funciones de la reproducción y del trabajo social no se hallan distribuidos entre individuos diferentes, como sucede entre los insectos que viven en “Estados”. Entre ellos no existen los problemas que acabamos de delinear y quizás sea justamente ésta la razón por la cual el “altruismo” de los obreros y los soldados de estos animales haya podido adoptar formas tan extremas.
    Entre los vertebrados sociales no sabemos qué es lo que impide el socavamiento de la sociedad por parte de los parásitos sociales. También es difícil de imaginar que, por ejemplo un grajo, sienta rechazo por la “cobardía” de un compañero que no participa en la reacción defensiva de ayudar a un camarada.  El “sentir rechazo” es algo que conocemos solamente en los sistemas que viven en los niveles relativamente más bajos y más altos de integración, es decir: en el “Estado” celular y en la sociedad humana.  Los inmunólogos han descubierto el importantísimo hecho de que existe una estrecha conexión entre la capacidad de generar anticuerpos y el peligro de que aparezcan tumores malignos. Más aún, incluso se podría sostener la tesis de que, entre los organismos longevos – cuyo crecimiento se extiende durante largo tiempo  – la formación de sustancias defensivas específicas es algo que, en absoluto, fue “inventado” por la presión selectiva causada por el peligro de que en las múltiples divisiones celulares apareciesen, por la llamada mutación de la descendencia, formas celulares “asociales” peligrosas. En los invertebrados no existe ninguna de las dos cosas: ni tumores malignos ni formación de anticuerpos. Ambos fenómenos aparecen en la secuencia de los seres vivos de un modo completamente súbito en los vertebrados más inferiores, en los ciclóstomos a los cuales pertenece, por ejemplo, la lamprea. Todos nosotros probablemente moriríamos en nuestros años mozos de tumores malignos si nuestro cuerpo, bajo la forma de sus reacciones inmunológicas, no hubiera desarrollado una especie de “policía celular” que impide a tiempo la actividad de los usureros asociales.
    Entre nosotros, los seres humanos, el miembro normal de la sociedad posee formas de reacción altamente específicas con las cuales exige cierto comportamiento social. Nos “indignamos” – y hasta el más dócil reacciona pasando al ataque de hecho  – cuando somos testigos de cómo se maltrata a un niño o se viola a una mujer.  Un estudio comparativo de la estructura jurídica de diferentes culturas muestra en esto una concordancia que incluye hasta los detalles y que no puede ser explicada por interrelaciones cultural-históricas. Goethe ha dicho: “Por desgracia, del derecho que nace con nosotros nunca se habla”. Sin embargo, desde la antigüedad la creencia en la existencia de un derecho natural, independiente de la legislación vinculada a la cultura, está manifiestamente relacionado con la concepción de que este derecho es de procedencia extranatural y directamente divina.
    Por una notable coincidencia, el día en que comencé a escribir este capítulo recibí una carta del experto en derecho comparado Peter H. Sand del cual procedo a citar:
    »Las recientes investigaciones de los expertos en Derecho Comparado se ocupan cada vez más de las similitudes estructurales entre las distintas estructuras jurídicas del mundo (como, por ejemplo, el proyecto recientemente publicado por un equipo de la Universidad de Cornell, “Common Core of Legal Systems”) [12] . Para las concordancias, de hecho relativamente numerosas, hasta ahora se han ofrecido tres explicaciones principales: una explicación metafísico-naturalista (correspondiente a los vitalistas de las Ciencias Naturales); una histórica (intercambio de ideas por difusión y contacto entre los distintos sistemas legales, es decir: por imitación de comportamientos adquiridos); y una explicación ecológica (adaptación a condiciones del medio, o bien a la infraestructura, es decir: modos de comportamiento aprendidos por experiencias comunes). A esto se ha agregado muy recientemente una explicación psicológica del sentido colectivo de justicia (¡concepto instintivo!) proveniente de experiencias infantiles típicas, con referencia directa a Freud (así, por sobre todo, el Profesor Albert Ehrenzweig de Berkeley con su “jurisprudencia psicoanalítica”). Lo esencial de estas nuevas orientaciones es la comprensión que aquí, el fenómeno social “Justicia”, parte de estructuras individuales y no a la inversa como en la teoría jurídica tradicional. Por el otro lado, lo lamentable, en mi opinión, es el énfasis que se pone en el Derecho sobre los modos de comportamiento aprendidos y la desestimación que se hace de los posibles modos de comportamiento innatos. Después de la lectura de la totalidad de sus tratados (¡en parte, duro pan para un jurista!) estoy firmemente convencido de que en este misterioso “sentido de justicia” (el término mismo, por otra parte, es rastreable hacia muy atrás en la teoría jurídica más antigua, aunque sin explicación) se trata, en gran medida, de modos de comportamiento típicamente innatos«.
    Comparto en un todo esta visión, aunque también soy plenamente conciente de las grandes dificultades que se plantean para demostrarla de un modo concluyente, dificultades que el Profesor Sand mismo sugiere en su carta. Pero sea lo que fuere que nos revele una futura investigación sobre las fuentes filogenéticas y cultural-históricas del sentido humano de justicia, podemos considerar como científicamente demostrado que la especie Homo Sapiens dispone de un altamente diferenciado sistema de modos de comportamiento que se halla al servicio de la erradicación de parásitos que ponen en peligro a la comunidad, de una forma completamente análoga a la manera en que con el sistema de formación de anticuerpos lo hace la sociedad celular.
    Incluso la criminología moderna se pregunta qué partes del comportamiento criminal se explican por la carencia genética de modos innatos de comportamiento social o de limitaciones y cuales por interferencias en la transmisión cultural de normas sociales. Sólo que aquí, la dilucidación de esta pregunta, aunque igual de difícil, resulta de una importancia práctica mucho mayor que en la doctrina jurídica. El Derecho es el Derecho y es igualmente digno de ser acatado, tanto si su estructura está determinada por evolución filogenética como si lo está por desarrollo cultural. Pero al juzgar a un criminal, la cuestión de si su defecto es genético o educacionalmente condicionado resulta primordial para evaluar las chances de volver a hacer de él un miembro aceptable de la sociedad. Si bien con esto no se quiere decir que las aberraciones genéticas no puedan ser corregidas mediante un entrenamiento direccionado, así como según Kretschmer muchos leptosomos, a través de una gimnasia practicada con auténtica perseverancia esquizofrénica, pueden obtener de modo secundario una musculatura casi atlética.  Si todo estuviese filogenéticamente programado y fuese ipso facto no influenciable a través del aprendizaje y la educación, el ser humano sería el juguete irresponsable de sus impulsos instintivos. Toda convivencia cultural presupone que el ser humano aprende a dominar sus impulsos; todas las prédicas del ascetismo tienen precisamente esta verdad como contenido. Pero el dominio que ejercen la razón y la responsabilidad apenas si alcanza en los individuos sanos a posibilitar su inserción en la sociedad culta. La persona psíquicamente sana y el psicópata – para emplear mi vieja comparación –  no se diferencian entre si más que dos seres humanos con una falla cardíaca, compensada en un caso y descompensada en el otro. Tal como tan acertadamente dijera Arnold Gehlen, el ser humano es por naturaleza – es decir: por su filogénesis – un ser cultural.  En otras palabras: sus impulsos instintivos y su responsable autocontrol culturalmente condicionado constituyen un sistema en el cual las funciones de los dos subsistemas se encuentran exactamente ajustadas entre si. Un pequeño exceso o una pequeña carencia, ya sea de un lado o en otro, conduce a perturbaciones con una facilidad mayor de lo que piensa la mayoría de las personas inclinadas a creer en la omnipotencia de la razón y el aprendizaje. La cantidad de compensación que el ser humano puede ejercer por el entrenamiento del dominio de sus impulsos parece ser, lamentablemente, muy escasa.
    Sobre todo la criminología sabe demasiado bien cuan pocas son las expectativas de convertir en seres humanos sociables a los llamados débiles mentales. Esto vale tanto para los débiles mentales de nacimiento como para aquellos que han tenido la desgracia de adquirir casi la misma perturbación por falta de educación, especialmente por internación (René Spitz). La falta de contacto social personal con la madre durante la más temprana infancia produce – siempre que no cause cosas aún peores – una incapacidad para establecer relaciones sociales cuya sintomatología es sumamente similar a la de una debilidad mental innata. De modo que de ningún modo todos los defectos innatos son incurables pero, en todo caso, menos aún son curables todos los adquiridos. El antiguo principio médico en cuanto a que “prevenir es mejor que curar” también es de aplicación a las perturbaciones psíquicas.
    La fe en la omnipotencia de la reacción condicionada tiene una parte sustancial de la culpa por ciertas singulares fallas de las sentencias judiciales.  F. Hacker, en sus disertaciones en la Clínica Menninger de Topeka, Kansas, mencionaba el caso de un joven homicida que, luego de un período de reclusión en un instituto de tratamientos psicoterapéuticos, fue considerado “curado” y liberado, tan sólo para cometer un nuevo homicidio muy poco tiempo después. Este proceso se repitió no menos de cuatro veces. Recién cuando el criminal hubo dado muerte a su cuarta víctima llegó la humana, democrática y behaviorística sociedad a la conclusión de que esa persona constituía un peligro para la comunidad.
    Estos cuatro muertos son, con todo, un daño menor en comparación con el que causa la distorsión que la opinión pública tiene respecto del crimen como tal.  La creencia convertida en religión de que todos los seres humanos nacerían iguales y que todas las trasgresiones morales y éticas del criminal podrían atribuirse a los errores que sus educadores habrían cometido con él, conduce al aniquilamiento de todo sentido natural de justicia; sobre todo en el delincuente mismo que, lleno de autocompasión, se considera víctima de la sociedad. En un diario austríaco se pudo leer hace poco el titular: “Joven de 17 años convertido en asesino por miedo a sus padres”. El mocosuelo sencillamente había violado a su hermana de diez años y la había estrangulado cuando ella amenazó con contárselo a sus padres. Los padres pudieron haber sido, por lo menos parcialmente, corresponsables de los hechos por toda una compleja secuencia de motivos; pero con total seguridad no por haberle inspirado un exceso de miedo al muchacho.
    Estos extremismos claramente patológicos en la formación de la opinión pública pueden ser comprendidos recién cuando uno sabe que dicha opinión es la función de uno de aquellos sistemas que, como señalábamos antes, tienen la tendencia a sufrir oscilaciones. La opinión pública es lenta, reacciona a nuevos estímulos recién después de un largo “tiempo muerto”. Aparte de ello, adora las simplificaciones burdas que, en la mayoría de los casos, constituyen exageraciones de un hecho concreto. Es por eso que una oposición que critica a una opinión pública, prácticamente casi siempre tiene razón al hacerlo. Pero en la pulseada de las opiniones, una opinión pública se vuelca hacia posiciones extremas que nunca hubiera tomado si no hubiese tratado de compensar la opinión contraria. Con todo, en el momento en que colapsa la opinión pública imperante hasta ese momento, algo que suele suceder de un modo completamente repentino, el péndulo oscila hacia la posición igualmente extrema de lo que hasta ese momento fue la oposición.
    La actual forma distorsionada de una democracia liberal se encuentra en el extremo máximo de una oscilación. En el extremo opuesto, del cual el péndulo viene desde no hace mucho tiempo, figuran Eichmann y Auschwitz, figuran eutanasia, chauvinismo racial y justicia por linchamiento. Tenemos que tener en claro que hacia ambos lados del punto en el que cual el péndulo se pararía si estuviese en reposo hay valores auténticos: hacia la “izquierda”, el valor del libre desarrollo individual; hacia la “derecha”, el valor de una salud social y cultural. Hacia ambas direcciones son recién los excesos los que se vuelven inhumanos. La oscilación continúa y ya se divisa en los Estados Unidos el peligro de que, como reacción a la completamente justificada pero sencillamente desmesurada rebelión de la juventud y de los negros, el exceso le ofrezca a los reaccionarios de derecha un bienvenido pretexto para predicar el contragolpe con la misma vieja, incorregible, desmesura. Sin embargo, lo peor de todo es que estas oscilaciones ideológicas no sólo carecen de contención sino que presentan una peligrosa tendencia a autoalimentarse para convertirse en una catástrofe por falta de regulación. Es misión del científico tratar de hallar la manera de moderar esta oscilación diabólica.
    Constituye una de las muchas paradojas en las que se ha metido la humanidad que, también en esto, los requerimientos en cuanto al trato humanitario del individuo se encuentren en contradicción con los intereses de la humanidad. La inferioridad del asocial marginal puede estar causada tanto por lesiones irreversibles sufridas en la más tierna infancia (¡internación!) como por carencias hereditarias, pero nuestra compasión con él impide que el no-marginal reciba la protección que necesita. Uno ni siquiera puede utilizar las palabras “anormal” y “normal” en relación con seres humanos sin ser inmediatamente sospechado de estar promoviendo la cámara de gas.
    Es indudable que el “misterioso sentido de justicia” del cual habla P. H. Sand es un sistema de reacciones ancladas en lo genético que nos impulsa a actuar en contra del comportamiento asocial de nuestros compañeros de especie. Establecen la melodía básica, inalterada en términos de tiempos históricos, alrededor de la cual se compusieron, de un modo independiente, los sistemas jurídicos y morales de las distintas culturas. Sin duda alguna, la probabilidad de crasos errores por parte este sentido de justicia irreflexivo es tan grande como por parte cualquier otra forma de reacción instintiva. El miembro de una cultura extraña que se “malcomporta” (como sucedió, por ejemplo, con los miembros de la primera expedición alemana a Nueva Guinea que talaron una palmera sagrada) resultará ajusticiado con la misma convicción autocrática de justicia que la empleada para con un miembro de la sociedad al cual se lo considere culpable de haber transgredido  – aunque sea de modo involuntario – los tabúes de esa cultura. El enardecimiento multitudinario, que tan fácilmente cae en la justicia por linchamiento, es uno de los modos de comportamiento más inhumanos a los que puedan ser incitados los seres humanos modernos normales. Es el que causa todas las crueldades cometidas tanto contra los “bárbaros” exteriores como contra las minorías internas de la propia sociedad; fortalece la tendencia a la formación de pseudo-especies en el sentido que Erikson le da al término y se halla en la base de muchos otros fenómenos de proyección muy bien conocidos por la psicología social, como por ejemplo la típica búsqueda de un “chivo expiatorio” que cargue con la culpa por los fracasos propios, y muchos otros impulsos extremadamente peligrosos e inmorales que – aún cuando no sean diferenciables intuitivamente por el lego en la materia – se encuentran comprendidos dentro del sentido de justicia global que estamos tratando.
    Sin embargo y a pesar de todo, este sentido de justicia es tan imprescindible para nuestros modos sociales de comportamiento como lo es la glándula tiroides para nuestras hormonas. La tendencia actual a condenarlo de cabo a rabo y de neutralizarlo está exactamente tan equivocada como lo estuvieron los intentos de curar la Enfermedad de Basedow mediante la extirpación completa de la glándula tiroides. La eliminación del sentido natural de justicia por medio de la tendencia actual a la tolerancia absoluta tiene un efecto peligroso que se refuerza por la doctrina pseudo-democrática que afirma que todo comportamiento humano es algo aprendido. Hay mucho en nuestro comportamiento, tanto en el que mantiene como en el que daña a la sociedad, que se debe a bendiciones, o a maldiciones, provenientes de nuestra más tierna infancia dependiendo de si hemos tenido una pareja de progenitores más – o menos –  comprensivos, concientes de su responsabilidad y, por sobre todo, emocionalmente sanos. Pero hay una gran cantidad, si es que no hay una cantidad aún mayor, que está genéticamente condicionada. Sabemos que la gran regulación del imperativo categórico de la responsabilidad sólo alcanza para compensar dentro de límites muy estrechos las deficiencias del comportamiento social, sean éstas educacionales o genéticas.
    A uno se le han quitado todas las posibilidades de condenar al “delincuente” con la misma furia autocomplaciente con la cual lo hace cualquier ingenuo de fuertes sentimientos toda vez que se ha aprendido a pensar en términos biológicos y sabe del poder de los impulsos instintivos exactamente tanto como de la relativa impotencia de toda moral responsable y de las buenas intenciones y también si, además de todo eso, uno ha obtenido alguna visión psiquiátrica y de psicología profunda en la génesis de las perturbaciones del comportamiento social. En un caso así, uno ve en el marginal más al enfermo digno de compasión que al satánicamente malo, lo cual desde la pura teoría incluso es completamente correcto. Pero se comete un grave pecado contra la comunidad humana cuando a esta justificada posición todavía se le agrega la falsa creencia de la doctrina pseudo-democrática cuya tesis es que todo comportamiento humano se hallaría estructurado por condicionamientos y que, por lo tanto, podría ser ilimitadamente modificado y corregido también por condicionamientos.
    Para tener una idea de los peligros que amenazan a la humanidad por la pérdida de instintos heredados hay que tener en claro que, bajo las condiciones de la vida civilizada moderna, no hay un solo factor que presione hacia la selección positiva de la simple bondad y la decencia, a no ser nuestro innato sentimiento por estos valores. ¡En la competencia económica de la cultura occidental existe un claro premio por la selección negativa de los mismos! No deja de ser una suerte que el éxito económico no esté necesariamente correlacionado de un modo positivo con la tasa de reproducción.
    Lo imprescindible de la moral queda bien ilustrado por un viejo chiste judío. Un multimillonario va a lo del Schadchen (casamentero) y deja traslucir que quisiera casarse. El Schadchen entona inmediatamente un canto de alabanza a una extremadamente bella joven que ya ha sido Miss América tres veces seguidas, pero el rico la desestima diciendo: “¡Con mi belleza me basta!”. El Schadchen, con la flexibilidad propia de su profesión, ensalza inmediatamente a otra posible novia cuya dote se hallaría en el orden de varios miles de millones de dólares. “No necesito que sea rica, “ – contesta el adinerado – “con mi riqueza me basta”. A lo cual el Schadchen saca de la manga a una tercera potencial novia de la cual cuenta que ya a los 21 años era profesora de matemáticas y que en la actualidad se desempeña como profesora titular de Teoría de la Información en el MIT. A lo cual el millonario, despectivamente, comenta: “Tampoco necesito que sea inteligente. Con mi inteligencia me basta”. Desesperado, el Schadchen exclama: “Pero, ¡por el amor de Dios! ¿Qué es lo que tiene que ser?”   –   “¡Decente! ¡Eso es lo que tiene que ser!”, responde el potentado.
    De nuestros animales domésticos y hasta de animales salvajes que se han reproducido en cautiverio sabemos qué tan rápido puede presentarse el decaimiento de las formas de comportamiento social cuando desaparece la selección específica. Entre algunos peces que tienen la particularidad de cuidar de su cría y que los criadores comerciales han reproducido por unas pocas generaciones, la predisposición genética a los actos de cuidar la prole se halla tan perturbada que, entre docenas de estos peces, uno apenas si encuentra algunos que todavía están en condiciones de atender correctamente a su cría.  De un modo sorprendentemente análogo a lo que sucede con el deterioro de las normas de comportamiento social culturalmente condicionadas (ver más adelante) también en esto parece ser que los mecanismos más altamente diferenciados e históricamente más recientes son los que resultan especialmente sensibles a las perturbaciones. Los instintos antiguos y genéricamente difundidos, como el alimentarse y el aparearse, tienden con frecuencia a la hipertrofia, aunque en todo caso cabe considerar que el criador humano muy probablemente está selectivamente promoviendo una alimentación compulsiva y una similar propensión al apareamiento mientras que, por el contrario, busca eliminar son su selección los impulsos de agresión y de huida por considerarlos molestos.
    De hecho, considerándolo genéricamente, el animal doméstico no es sino una malévola caricatura de su amo. En un trabajo anterior (1954) he señalado que nuestra valoración estética muestra claras relaciones con aquellas modificaciones corporales que aparecen regularmente en nuestros animales domésticos a lo largo del proceso de la domesticación.  Pérdida de musculatura y formación de adiposidades, con el consiguiente vientre colgante, acortamiento de la base del cráneo y de las extremidades, son todas características típicas de la domesticación y resultan generalmente percibidas, tanto en el animal como en el ser humano, como feas mientras que las características opuestas hacen aparecer a su poseedor como un ejemplar “noble”. Nuestra valoración emocional de aquellas características del comportamiento que se destruyen o al menos se ponen en peligro con la domesticación es totalmente análoga. El amor a la madre, un involucramiento altruista y valeroso en defensa de la familia y la sociedad, constituyen normas de comportamiento exactamente tan instintivamente programadas como el alimentarse y el aparearse, aunque las percibamos como algo evidentemente mejor y más noble.
    En aquellas exposiciones he mostrado con lujo de detalles las relaciones que existen entre el peligro que la domesticación representa para determinados caracteres y la valoración que nuestros sentimientos éticos y estéticos hacen de ellos. La correlación es demasiado evidente como para ser casual y la única explicación posible está en aceptar que nuestros juicios de valor descansan sobre mecanismos intrínsecos dispuestos para ponerle coto al deterioro que ocasionan ciertos fenómenos bien precisos que amenazan a la humanidad. Es, pues, razonable admitir que nuestras percepciones de justicia descansan igualmente sobre una predisposición filogenéticamente programada cuya función consiste en impedir la infiltración de la sociedad por parte de elementos asociales de nuestra misma especie.
    Un síndrome de cambios hereditarios que ha aparecido tanto en el ser humano como en sus animales domésticos, sin duda alguna de un modo análogo y por los mismos motivos, es la extraña combinación de una temprana maduración sexual con un constante prolongamiento de la juventud. Hace mucho ya Bolk señaló que, en muchos de sus caracteres físicos, el ser humano es más similar a las formas juveniles de sus parientes zoológicos más cercanos que a las formas adultas de estos animales. En biología llamamos neotenia a esta persistencia constante en un estado juvenil. L.Bolk (1926) señala este fenómeno en el ser humano pero pone especial énfasis en la dilación de la ontogénesis humana y habla por lo general de retardación. Algo similar a lo que sucede con la ontogénesis del cuerpo humano pasa también con la ontogénesis de su comportamiento. Tal como ya intenté mostrar antes (1943), la alegre curiosidad investigativa del ser humano que se extiende hasta una edad avanzada, su apertura al mundo como la llama Arnold Gehlen (1940), constituye un carácter juvenil persistente.
    La infantilidad es uno de los caracteres más importantes y, en el más noble sentido del término, más humanos del hombre. “El hombre sólo es completamente hombre allí en dónde juega” dice Friedrich Schiller. “En el auténtico hombre hay un niño escondido que quiere jugar”, dice Nietzsche. “¿Por qué escondido?”, pregunta mi esposa. En los primeros minutos posteriores a nuestro primer encuentro Otto Hahn me preguntó: “Dígame algo: ¿es usted realmente infantil? ¡Por favor, no me malinterprete!”
    Las características infantiles, sin duda alguna, forman parte de las condiciones necesarias para la hominización. La cuestión sería tan sólo establecer si la infantilización genética típica del ser humano no está avanzando en una medida que puede volverse fatal. Ya hemos visto que los fenómenos de la intolerancia frente al desplacer y el aplanamiento de las sensaciones pueden conducir a comportamientos infantiles. Existe la fundada sospecha de que procesos de origen cultural pueden sumarse a los de origen genético. La impaciente exigencia de la satisfacción inmediata de un impulso, o la ausencia de toda consideración y responsabilidad por los sentimientos de los demás, son algo típico en niños pequeños y, en ellos, por supuesto algo también completamente perdonable. El trabajar pacientemente en pos de objetivos a largo plazo, la responsabilidad por las acciones propias y la consideración por incluso aquellos que están alejados de uno mismo son, por el contrario, normas de conducta que caracterizan al ser humano maduro.
    De inmadurez hablan incluso los investigadores del cáncer para expresar una de las características básicas del tumor maligno. Cuando una célula desecha todas aquellas propiedades que la convierten en un miembro de determinado tejido corporal – ya sea de la piel, del entorno gastrointestinal o de la mama – lo que hace necesariamente es “retrotraerse” a un estado correspondiente a una etapa previa de su desarrollo individual e histórico. Es decir: comienza a comportarse como un organismo unicelular, o como una célula embrionaria, y empieza a multiplicarse sin consideración alguna por la totalidad del cuerpo. Mientras más fuerte sea esta regresión, mientras más se diferencie el nuevo tejido así formado del tejido normal, tanto más maligno será el tumor. Un papiloma que, a pesar de todo, todavía tiene muchas propiedades de la piel normal, sólo que aparece como una verruga sobre su superficie, es un tumor benigno. Un sarcoma que está constituido por células mesodérmicas idénticas totalmente indiferenciadas es un tumor maligno. El fatal crecimiento de los tumores malignos obedece, como ya lo hemos dicho, a que fallan determinadas medidas defensivas – o bien éstas son neutralizadas por las células tumorales – con las cuales el cuerpo normalmente se protege de la aparición de células “asociales”. Sólo cuando las mismas son nutridas y tratadas por el tejido adyacente como semejantes puede producirse el mortal crecimiento infiltrativo del tumor.
    La analogía, ya antes indicada, puede extenderse aquí. Un ser humano que se queda en un estado infantil por falta de maduración de las normas de comportamiento social, se convierte necesariamente en un parásito de la sociedad. Espera, como algo natural y sobreentendido, seguir gozando de aquellos cuidados de los adultos que les corresponden solamente a los niños. En el diario “Süddeutsche Zeitung” se informó hace poco de un joven que mató a golpes a su abuela para robarle un par de monedas para ir al cine. Su manera de hacerse cargo del hecho consistió en la terca reiteración de la declaración: “Pero si le dije a la abuela que necesitaba el dinero para ir al cine”. Esta persona, por supuesto, se encontraba seriamente disminuida en sus facultades mentales.
    Innumerables jóvenes están hoy enemistados con el orden social vigente y, con ello, también con sus padres. Pero su infantilidad irreflexiva queda expuesta por el hecho de que, a pesar de esta posición antagónica, esperan, como la cosa más natural del mundo, seguir siendo mantenidos por esa misma sociedad y por esos mismos padres.
    Estamos en grave peligro si, como me temo, el avance de la infantilización y la creciente delincuencia juvenil realmente obedecen a fenómenos de deterioro genético. Nuestra valoración emotiva de lo bueno y lo decente es, con aplastante probabilidad, el único factor que todavía presiona selectivamente de un modo aproximadamente efectivo contra los fenómenos deteriorantes del comportamiento social. ¡Hasta el escamado financista de nuestro elocuente chiste quiere todavía casarse con una joven decente! Todo lo que se ha mencionado en los capítulos anteriores, la sobrepoblación, la competencia comercial, la destrucción de nuestro entorno natural y nuestro distanciamiento de su imponente armonía, el reblandecimiento que merma nuestra capacidad de tener sentimientos fuertes; todo esto concurre a robarle al hombre moderno cualquier capacidad para juzgar qué es bueno y qué es malo. Y a la totalidad de lo anterior todavía se agrega la justificación de lo asocial que se nos hace patente al ponderar las causas genéticas y psicológicas de sus consecuencias fallidas.
    Tenemos que aprender a unir un sensato humanitarismo frente al individuo con la consideración de lo que necesita la comunidad humana.  El individuo aislado, castigado por la pérdida de ciertas formas de comportamiento social y por la pérdida simultánea de la capacidad para los sentimientos que acompañan a esas formas, es realmente un pobre enfermo que merece nuestra más amplia compasión. Pero la pérdida en si misma es el mal sin más. No es solamente la negación y la retrogradación del proceso de la Creación mediante el cual un animal se convirtió en ser humano sino algo mucho peor y hasta siniestro. De alguna misteriosa forma la perturbación del comportamiento social con gran frecuencia no provoca la simple carencia de aquello que percibimos como bueno y decente sino que directamente conduce a una activa enemistad en su contra. Es precisamente este fenómeno el que hace que muchas religiones puedan creer en un enemigo y contendiente de Dios. Cuando uno observa con los ojos bien abiertos todo lo que sucede actualmente en el mundo, se hace imposible contradecir al creyente que opina que el Anticristo anda suelto por ahí.
    Es indudable que, a través del deterioro causado por comportamientos sociales anclados en lo genético, nos hallamos bajo la amenaza de un Apocalipsis y de una forma especialmente horrible. Sin embargo, este riesgo es probablemente más fácil de eliminar que el de la sobrepoblación o el del círculo endemoniado de la competencia comercial; riesgos a los cuales solamente es posible enfrentar a través de medidas revolucionarias o, como mínimo, por una reevaluación didáctica de todos los pseudovalores actualmente idolatrados. Para evitar el deterioro genético de la humanidad es suficiente con mantener siempre presente la antigua sabiduría que expresa de un modo clásico el viejo chiste judío que hemos contado. Es suficiente con no olvidar al momento de la selección de la pareja la simple y obvia condición: decente, eso es lo que ella debe ser – y él no menos.
    Antes de dedicarme al siguiente capítulo que trata de los riesgos inherentes a la pérdida de la tradición que emergen de la rebelión demasiado radical de la juventud, tengo que prevenirme de un posible malentendido. Todo lo que se acaba de decir acerca de las peligrosas consecuencias de la progresiva infantilización – en especial lo dicho sobre la declinación del sentido de responsabilidad y la percepción de los valores – se refiere a la fuertemente creciente delincuencia juvenil y de ningún modo a la mundialmente extendida rebelión de los jóvenes actuales. Por más enérgicamente que me oponga en lo que sigue a los peligrosos errores en que caen estos jóvenes, quede aquí expresamente dicho que dichos jóvenes no padecen una carencia del sentido social y moral, ni una ceguera frente a los valores. Justo al contrario: poseen una percepción notoriamente correcta, no sólo de que hay algo podrido en el Estado de Dinamarca [13] , sino de que hay mucho podrido en Estados bastante más grandes.
    El desarrollo de una cultura humana muestra una notable analogía con la forma en que evolucionaron las especies. La tradición acumulativa que constituye la base de toda evolución cultural se fundamenta en logros relativamente nuevos, no obtenidos por ninguna especie animal, sobre todo en el pensamiento por conceptos y en el lenguaje hablado, los cuales, por la capacidad que tienen de construir símbolos libres, le han abierto al ser humano una posibilidad única para la difusión y la transmisión del conocimiento obtenido en forma individual. Esta “herencia de caracteres adquiridos” que aparece como consecuencia es, por su parte, la razón por la cual el desarrollo de una cultura se produce a una velocidad muchísimo mayor que la de la filogénesis de una especie.
    Tanto los procedimientos mediante los cuales una cultura incorpora el conocimiento nuevo que contribuye a la conservación del sistema, como aquellos por los cuales retiene este conocimiento, son diferentes de los procedimientos que emplea el proceso evolutivo de las especies. Sin embargo, el método mediante el cual se selecciona entre la multitud de todo lo ofrecido aquello que se ha de retener, sigue siendo el mismo tanto para el desarrollo de las especies como para el de las culturas: es la selección según los resultados de pruebas exhaustivas. Ciertamente, la selección a través de las cuales se establecen las estructuras y funciones de una cultura no es tan rígida como la que opera en la evolución de las especies porque el ser humano, al dominar de un modo progresivo a la naturaleza circundante, se está aislando, cada vez más, de los factores selectivos. Es por eso que es frecuente encontrar en las culturas algo que muy rara vez aparece en las especies: eso que se ha dado en llamar construcciones suntuarias, esto es, estructuras que no pueden deducirse de un logro contributivo a la conservación del sistema y tampoco de algún logro anterior. Sucede simplemente que el ser humano puede darse el lujo de arrastrar consigo más lastre inútil que un animal salvaje.
    Resulta curioso pero evidente que es únicamente la selección la que decide lo que ingresará como “sagrada” usanza y costumbre en el tesoro cognitivo permanente de una cultura. Sucede que parece ser que inventos y descubrimientos hechos por investigación y exploración racional, adoptan un carácter ritual y hasta religioso, cuando han sido transmitidos por la tradición durante largo tiempo. Sobre esto volveré en el próximo capítulo. Pero el hecho es que, si uno investiga las normas sociales de comportamiento usuales de una cultura, tal como es dado hallarlas en un momento dado – es decir: sin emplear una visión históricamente comparativa – resulta que no es posible diferenciar las que surgieron por casualidad a partir de “supersticiones”, de aquellas que deben su existencia a inventos y descubrimientos auténticos. Exagerando un poco, se podría decir que todo lo que se transmite por tradición durante largos períodos de tiempo, al final termina adoptando las características de una “superstición” o de una “doctrina”.
    A primera vista esto podría ser considerado como una “falla de fábrica” en el mecanismo que adquiere y almacena el saber en las culturas humanas. Pero razonándolo detenidamente se descubre que el gran conservativismo en el aferrarse a lo ya probado es una propiedad vital del aparato al cual le cabe, en la evolución cultural, el mismo papel que desempeña el genoma en la evolución de las especies. El conservar no es sólo tan importante sino mucho más importante que el ampliar y hay que tener presente que, sin investigaciones muy especialmente orientadas, ni siquiera podríamos saber cuales de los usos y costumbres que nos han sido legados por la tradición son supersticiones prescindibles o superadas y cuales constituyen bienes culturales imprescindibles. Incluso entre las normas de comportamiento cuyos efectos malignos parecen evidentes – como entre los cazadores de cabezas de algunas tribus de Borneo y Nueva Guinea – no es para nada posible prever las consecuencias que produciría la drástica eliminación de estas normas sobre el sistema de normas de comportamiento que mantiene cohesionado al grupo cultural en cuestión. Ocurre que un sistema así constituye en cierta forma el esqueleto de cualquier cultura y es altamente peligroso extraer arbitrariamente del mismo a un elemento sin conocer la multiplicidad de sus interrelaciones.
    La falsa noción de que sólo lo racionalmente accesible o, incluso, sólo lo científicamente demostrable pertenece al acervo cognitivo de la humanidad, es algo que produce estragos. Conduce a que la juventud “científicamente esclarecida” tire por la borda el enorme tesoro de saber y de sabiduría contenido tanto en las tradiciones de cualquier antigua cultura como en lo que enseñan todas las grandes religiones universales. Aquél que piense que todo ello es algo nulo y abolido, terminará consecuentemente en otro error, igual de funesto, por el cual vivirá convencido de que la ciencia puede, supuestamente, construir a partir de la nada y por el camino racional a toda una cultura con todos sus pelos y señales. Esta actitud es tan sólo muy poco menos estúpida que aquella otra que sostiene que nuestro conocimiento ya es suficiente para “mejorar” arbitrariamente al hombre a través de la manipulación del genoma humano.  Una cultura contiene por lo menos tanto de conocimiento “surgido” o “crecido” y apropiado por la selección, como lo tiene cualquier especie zoológica a la cual, como es de público conocimiento, todavía no hemos hallado el modo de “fabricar”.
    La tremenda subestimación del tesoro cognitivo cultural no-racional y la correspondiente sobrevaloración de todo aquello que el ser humano, en tanto Homo Faber, puede poner sobre este mundo, no constituyen, sin embargo y de ningún modo, los únicos factores que amenazan con aniquilar nuestra cultura. Ni siquiera son los decisivos. Una ilustración arrogante no tendría motivos para enfrentar con manifiesta animosidad el legado de la tradición. En todo caso, la trataría de un modo similar a como un biólogo trata a una anciana campesina que insiste en asegurar que las pulgas surgen del aserrín impregnado en orina. La actitud que gran parte de la actual generación de jóvenes tiene para con la generación de sus padres, si bien posee una generosa medida de arrogante desprecio, no tiene sin embargo nada de bonachona. La revolución de la juventud actual está impulsada por el rencor  y, específicamente, por uno que constituye la animadversión más peligrosa y más difícil de superar y que está estrechamente emparentada con el chauvinismo político. En otras palabras: la juventud sublevada reacciona contra la generación precedente del mismo modo en que usualmente un grupo cultural o “étnico” reacciona frente a otro grupo extraño y hostil.
    Erik Erikson fue el primero en señalar las numerosas analogías que existen en la evolución divergente de grupos étnicos independientes. Estas analogías se observan entre la historia cultural de y la evolución de subespecies, especies y géneros que aparecen a lo largo de la historia biológica de estos grupos. Erikson hablaban de “pseudo especialización” y de “formación de pseudo especies”. Se trata de ritos y de normas del comportamiento social surgidos a lo largo de la historia cultural que, por un lado mantienen cohesionadas a unidades culturales pequeñas o más grandes pero que, por el otro lado, las separan entre si. Una clase especial de “mañas”, un dialecto grupal especial, una forma de vestirse, etc. pueden convertirse en el símbolo de una comunidad, símbolo que es amado y defendido de la misma manera en que lo es el propio grupo de seres personalmente conocidos y amados. Tal como lo he expuesto en otra parte (1967) la valoración de los símbolos del grupo propio va de la mano de la desvalorización de los de otros grupos y unidades culturales comparables. Mientras durante más tiempo se hayan desarrollado dos grupos étnicos independientemente el uno del otro, tanto más grandes se harán las diferencias y a partir de ellas se puede reconstruir la trayectoria de la evolución de los grupos, en forma análoga a cómo se lo hace con las diferencias que se encuentran en los caracteres físicos de las especies zoológicas. Tanto en un caso como en el otro se puede presuponer con seguridad que los caracteres más ampliamente difundidos, aquellos que aparecen en unidades más grandes, son también los más antiguos.
    Todo grupo cultural nítidamente delimitado tiene la tendencia a considerarse de hecho como una especie propia y esto, al menos en la medida en que no considera como seres humanos plenamente valiosos a los miembros de otras unidades comparables. En una cantidad muy grande de idiomas aborígenes la palabra utilizada para designar a la propia tribu significa simplemente “hombre”. De lo cual se desprende que matar a un miembro de la tribu vecina ¡ni siquiera implica un auténtico homicidio! Esta consecuencia que tiene la formación de pseudo especies es altamente peligrosa porque a través de ella se elimina en gran medida la restricción de matar a un miembro de la misma especie mientras, simultáneamente, se mantiene activa la agresión intra-específica desatada por los compañeros de especie y solamente por ellos. El “enemigo” es objeto de una furia como la que sólo puede dirigirse a otros seres humanos – una furia que no se le dispensa ni siquiera a las peores fieras – y uno puede tranquilamente disparar sobre este enemigo desde el momento en que ni siquiera es un verdadero ser humano. Va de suyo que el fomentar este criterio es algo que pertenece a la técnica certificada de todos los belicistas.
    Es algo realmente muy inquietante que la actual generación más joven esté comenzando, de un modo muy claro, a tratar a la generación más vieja como si fuese una pseudo especie extranjera. Esto se expresa en una variedad de síntomas. Grupos étnicos competidores y enemistados con frecuencia acostumbran a cultivar diferentes trajes típicos o a crearlos ad hoc. En Europa Central ya hace rato que han desaparecido los trajes típicos campesinos propios de una localidad. Solamente en Hungría se han mantenido en pleno desarrollo en todos aquellos lugares en dónde poblados eslovacos y húngaros se encuentran contiguos. En estos lugares el traje típico se viste con orgullo y con la muy claramente manifiesta intención de hacer rabiar a los miembros del grupo étnico vecino. Exactamente eso es lo que hacen también los autoconstituidos grupos de jóvenes rebeldes y lo realmente sorprendente es la gran medida en que se impone entre ellos la tendencia a adoptar uniformes – a pesar de un supuesto gran rechazo por todo lo militar. Los más diversos subgrupos de beatniks, teddyboys, rocks, mods, rockers, hippies, gammlers, etc. etc. resultan para el “especialista” en la materia tan claramente reconocibles por sus vestimenta típica como lo fueron en su momento los diferentes regimientos del ejército imperial austríaco por sus uniformes.
    De un modo similar, también en sus usos y costumbres la juventud rebelada busca distanciarse tan nítidamente como sea posible de la generación de sus padres. Y no lo hace simplemente ignorando el comportamiento usual de la generación anterior sino tomando nota de hasta el más pequeño detalle y convirtiéndolo en su exacto opuesto. Esto es lo que explica, por ejemplo, la aparición de excesos sexuales en grupos de personas cuya potencia sexual general parece estar deprimida. Del mismo modo, el que estudiantes rebeldes orinen y defequen en público – como ha sucedido en la Universidad de Viena – se explica sólo por el intenso deseo de romper todas las prohibiciones paternas.
    La motivación de todos estos comportamientos extraños y hasta estrambóticos es completamente desconocida por los jóvenes afectados y es frecuente que ofrezcan las más variadas – y a veces hasta aparentemente bastante convincentes – pseudo-racionalizaciones para explicar su conducta: protestan contra la insensibilidad general que sus adinerados padres manifiestan frente a quienes padecen hambre y pobreza; contra la guerra en Vietnam; contra la arbitrariedad de las autoridades universitarias; contra todos los “establishments” de cualquier signo – aún cuando, de modo extraño, sólo raras veces contra el aplastamiento de Checoslovaquia por parte de la Unión Soviética. En realidad, sin embargo, su ataque se dirige bastante al azar contra todas las personas de mayor edad, sin demasiada consideración por sus afinidades políticas. Los profesores de extrema izquierda no resultan insultados por sus alumnos de extrema izquierda en una medida sensiblemente menor que los profesores de derecha. H. Marcuse fue denigrado de la manera más grosera por estudiantes comunistas conducidos por Cohn Bendit y abrumado con acusaciones realmente estúpidas siendo que, por ejemplo, lo increparon imputándole el estar pagado por la CIA. La agresión no estaba motivada por su pertenencia a otra corriente política sino exclusivamente por su pertenencia a otra generación.
    De igual manera la generación más vieja entiende, inconsciente y sentimentalmente, la supuesta protesta por lo que realmente es; es decir: como una declaración de guerra y de insultos llena de rencor. Así se llega a la rápida y peligrosa escalada de un odio que – tal como ya dijimos – está emparentado con el odio político de diferentes grupos étnicos. Incluso siendo etnólogo con algo de experiencia encuentro difícil no reaccionar con ira ante la hermosa camisa azul del socialmente muy bien ubicado comunista Cohn Bendit y es suficiente con observar la expresión facial de estas personas para darse cuenta de que esta reacción es algo deseado por ellas. Todo ello reduce a un mínimo las expectativas de un entendimiento muto.
    Tanto en mi libro sobre la agresión (1963) como en exposiciones públicas (1968, 1969) he tratado de explicar en qué podrían buscarse las causas etológicas de la guerra generacional. Me limitaré, pues, aquí a lo más esencial. Todo el fenómeno obedece a la perturbación funcional de un proceso de desarrollo que en el ser humano se produce durante la pubertad. Durante esta fase, el joven comienza a desvincularse de las tradiciones de la casa paterna, empieza a juzgarlas en forma crítica y a efectuar una búsqueda de nuevos ideales y un nuevo grupo al cual integrarse, cuya causa pueda hacer propia. El deseo instintivo de poder incluso pelear por una buena causa es decisivo para la selección del objetivo, especialmente en los muchachos jóvenes. En esta fase, lo antiguo y tradicional aparece como aburrido y todo lo nuevo como algo atrayente; uno hasta podría hablar de una neofilia fisiológica.
    Sin duda alguna, este proceso tiene un alto valor para la conservación de la especie y es por eso que ha pasado a formar parte del programa de los modos de comportamiento humanos. Su función consiste en brindar alguna capacidad de adaptación a la, en general, demasiado rígida transmisión de normas culturales de comportamiento. Puede compararse con la cubierta exterior del cangrejo que tiene que desprenderse de su rígido esqueleto exterior para poder crecer. Como en todas las estructuras rígidas, también en la tradición cultural la imprescindible función del punto de anclaje se compra al precio de la pérdida de grados de libertad y, al igual que en todas las demás, la demolición que es necesaria ante cualquier reacondicionamiento trae consigo determinados peligros puesto que, entre la demolición y la nueva construcción, necesariamente habrá un período de falta de defensas y de referencias. Y, de un modo análogo, este es el caso tanto en el cangrejo que cambia de caparazón como en el joven ser humano que transita por la pubertad.
    En circunstancias normales, al período de la neofilia fisiológica le sigue un renacimiento del cariño por lo antiguo y tradicional. Esto puede producirse de un modo completamente gradual. La mayoría de nosotros, los viejos, puede dar testimonio de que a los sesenta uno tiene una opinión mucho más positiva de las ideas de nuestro padre que la que uno tenía a los dieciocho. Muy acertadamente, A. Mitscherlich llama a este fenómeno “obediencia tardía”. La neofilia fisiológica y la obediencia tardía constituyen en conjunto un sistema cuyo valor para la subsistencia consiste en eliminar de la cultura recibida por tradición los elementos vetustos y aquellos que impedirían un nuevo desarrollo pero manteniendo lo esencial y lo imprescindible de la estructura. Desde el momento en que la función de este sistema depende necesariamente del juego concurrente de una cantidad muy grande de factores externos e internos, es comprensible que resulte fácilmente perturbable.
    Las trabas a la evolución, que pueden provenir de factores ambientales pero con seguridad también de condiciones genéticas, tienen consecuencias muy diferentes, dependiendo del momento en que aparecen. El quedarse atascado en un estadio infantil precoz puede traer como consecuencia la persistencia de los vínculos paternos y un total anquilosamiento dentro de las tradiciones de la generación anterior. Personas de estas características se relacionan muy mal con las demás de su misma edad y, con frecuencia, se convierten en extraños solitarios. La permanencia no fisiológica en el estadio de la neofilia provoca un resentimiento muy característico y recriminante contra padres que a veces han fallecido hace tiempo y también una especie de apartamiento. Ambos fenómenos son bien conocidos por los psicoanalistas.
    Las perturbaciones que conducen al odio y a la guerra entre las generaciones tienen otras causas  que son, específicamente, de dos clases. En primer lugar, los cambios adaptivos exigidos al acervo legado por la tradición se vuelven mayores de generación en generación. En los tiempos de Abraham el cambio que el hijo podía introducir en las normas de comportamiento del padre era tan imperceptiblemente escaso que – tal como Thomas Mann lo presenta tan convincentemente en su magnífica novela psicológica “José y sus Hermanos” – para algunas personas de aquél entonces resultaba en absoluto imposible diferenciar la persona propia de la persona de su padre, algo que implica la forma más perfecta de identificación que se pueda imaginar. El ritmo de evolución que le es impuesto a la cultura actual por su tecnología tiene por consecuencia que aquello que una generación todavía posee como bien legado por la tradición sea justificadamente considerado como obsoleto por una parte muy importante de la juventud crítica. El ya mencionado error de creer que el ser humano podría, a voluntad y en forma racional, hacer surgir una nueva cultura a partir de cualquier territorio arrasado conduce, consecuentemente, a la conclusión por completo desquiciada de que, entonces, lo mejor sería aniquilar por completo la cultura paterna para poder construir lo nuevo en forma “creativa”. De hecho, se podría hacer. ¡Pero sólo empezando de nuevo a partir del antecesor del Hombre de Cro-Magnon!
    El afán de la juventud actual, ampliamente considerado como justificado, de “deshacerse” de los padres tiene, sin embargo, también otras causas. Todos los cambios a los que se halla sujeta la estructura de la familia – como consecuencia del avance de la tecnificación de la humanidad  –  presionan en la dirección de debilitar el contacto entre padres e hijos. Esto comienza ya en la época del lactancia. Puesto que la madre actualmente nunca puede dedicar la totalidad de su tiempo al niño, surgen en un grado mayor o menor casi siempre los fenómenos que René Spitz llama de internación. Su síntoma más maligno es un debilitamiento, difícilmente reversible o hasta imposible de revertir, de la capacidad humana para establecer contacto con otros seres humanos. Este efecto se suma de modo peligroso con la ya mencionada perturbación de la capacidad de solidaridad humana.
    A una edad algo posterior se puede observar, especialmente en los niños,  la perturbación causada por la pérdida de la imagen paterna. Excepto en el entorno campesino, un niño casi nunca ve a su padre trabajando y menos aún tiene la oportunidad de ayudarlo en su trabajo para percibir de este modo la superioridad del hombre maduro. También falta en la moderna mini-familia la estructura jerárquica que hacía que, bajo las condiciones ancestrales, el “anciano” apareciese como alguien que imponía respeto. Un niño de 5 años de ningún modo puede dimensionar la superioridad de su padre de 40 años, pero sí lo impresiona la mayor fuerza de un niño de 10 años y comprende la idolatría que éste siente por su hermano de 15 pudiendo sacar conclusiones correctas cuando ve cómo el de 15, que ya es lo suficientemente capaz de reconocer la superioridad espiritual del más viejo, lo respeta.
    El reconocimiento de una superioridad jerárquica no es ningún obstáculo para el amor. Los recuerdos deberían decirle a todo ser humano que, siendo niño, no amó menos, sino más, a aquellas personas a quienes admiró y a quienes claramente obedeció, siendo que no amó tanto a sus iguales y a quienes le estaban subordinados. Todavía me acuerdo de mi tempranamente fallecido amigo Emmanuel la Roche quien, unos cuatro años mayor que yo, ejerció como caudillo indiscutido un firme pero justo liderazgo sobre nuestra salvaje banda de chicos de 10 a 16 años. Y recuerdo no sólo el respeto que sentí por él, no sólo mi deseo de ganarme su aprobación por medio de actos audaces, sino que también recuerdo perfectamente el cariño que le tuve. Este sentimiento fue claramente de la misma calidad que aquél otro que me despertaron más tarde ciertos, muy respetados, amigos y maestros de mayor edad. Uno de los mayores crímenes de la doctrina pseudo-democrática es el haber afirmado que la existencia de un orden jerárquico natural entre dos personas constituye un obstáculo que frustra todos los sentimientos cálidos. Sin este orden no existe ni siquiera la forma más natural del amor humano que, normalmente, vincula a los miembros de una familia entre si. Hay miles de niños que se han convertido en neuróticos desgraciados por la conocida corriente educativa del “non-frustration” [14] .
    Tal como lo he desarrollado en los escritos mencionados, en un grupo carente de orden jerárquico el niño se encuentra en una situación totalmente antinatural. Puesto que no puede reprimir su propio afán, instintivamente programado, de acceder a una jerarquía superior y al no ejercer sus padres ninguna resistencia en contrario, es obvio que comenzará a tiranizarlos. Pero con ello termina empujado a desempeñar el papel de un líder de grupo y en dicho papel no se siente cómodo en absoluto. Sin un “superior jerárquico” más fuerte se siente desamparado en medio de un mundo totalmente hostil ya que a los niños que produce la pedagogía del “non-frustration” no los quiere nadie. Y cuando, por una comprensible irritación, decide desafiar a sus padres – con la actitud de “pedir un sopapo a gritos” como tan gráficamente decimos en Austria-Baviera – el niño no encuentra la contra-agresión que instintiva y subconcientemente espera sino que choca contra la pared de goma de toda una ristra de frases calmosas y pseudo-racionalizantes.
    Pero sucede que no hay persona alguna que se identifique con un timorato irresoluto. Nadie está dispuesto a tolerar que una persona así le establezca las normas de comportamiento que deberá seguir y menos todavía estará dispuesto a aceptar como valores culturales a aquellos que éste reverencia. Solamente cuando uno ama y simultáneamente admira a otro ser humano desde las más hondas profundidades de su alma, solamente entonces se encuentra uno en absoluto en condiciones de aceptar y asumir su tradición cultural. Una “imagen paterna” de esas características es lo que, evidentemente y en una pavorosa cantidad de casos, les falta a los jóvenes que actualmente están creciendo. El padre genético fracasa con demasiada frecuencia, y la masificación de las escuelas y universidades impide que un maestro lo suplante.
    Además, en el caso de muchos jóvenes inteligentes, a estas motivaciones estrictamente etológicas para rechazar la cultura paterna se agregan otras auténticamente éticas. En nuestra cultura occidental actual – con su masificación, con su destrucción de la naturaleza, con su competición ciega de valores y codiciosa de dinero que termina siendo competición contra uno mismo, con su aterradora pobreza de sentimientos y su estupidización por adoctrinamiento – realmente, lo no-imitable es tan evidente que hace olvidar con demasiada facilidad el contenido de verdad y de sabiduría que, a pesar de todo, nuestra cultura posee. La juventud, en rigor de verdad, tiene razones valederas y racionales para declararle la guerra a todos los “establishments”. Lo que sucede es que se hace difícil estimar la magnitud de la proporción de jóvenes rebeldes – incluso entre los estudiantes – que realmente actúan por estas razones. Lo que de hecho surge en las confrontaciones públicas es algo evidentemente motivado por impulsos etológicos inconscientes completamente diferentes, y entre ellos el rencor y el odio se ubican en primer término. Lamentablemente, los jóvenes que actúan por motivos sensatos y racionales son también los menos violentos, por lo que el cuadro general de la rebelión está mayoritariamente dominado por los síntomas de la regresión neurótica. Por una cuestión de lealtad mal entendida, los jóvenes sensatos evidentemente no están en condiciones de distanciarse de aquellos que actúan impulsivamente. Sin embargo, a través de las discusiones con estudiantes he llegado a tener la impresión de que la proporción de los sensatos no es para nada tan pequeña como podría suponerse a partir de la apariencia superficial de la rebelión.
    En todo caso, en estas consideraciones no hay que olvidar que las evaluaciones sensatas representan un impulso mucho más débil que el de la primitiva violencia de la agresión, elemental e instintiva, que de hecho se esconde detrás de ella. Menos aún se deben olvidar las consecuencias que trae consigo para los jóvenes mismos el descarte absoluto de la tradición paterna. Estas consecuencias pueden llegar a ser letales. Durante la fase de la “neofilia fisiológica” el pubescente padece una irresistible presión por adherirse a algún grupo étnico y, sobre todo, a participar de su agresión colectiva. Esta presión es tan fuerte como cualquier otro impulso filogenéticamente programado; tan fuerte como el hambre o la sexualidad. Al igual que en el caso de estos últimos, el conocimiento y el proceso de aprendizaje conseguirán, en el mejor de los casos, fijar el impulso sobre un objeto determinado. Lo que nunca se conseguirá es dominarlo, o aún reprimirlo, íntegramente por medio de la razón. Allí en dónde esto se consigue en apariencia, lo que se está haciendo es invocar el peligro de una neurosis.
    El proceso, que en esta etapa ontogenética es “normal” – es decir: tiene sentido en aras del mantenimiento del sistema de una cultura – se conceptúa, como ya vimos, en que los jóvenes se juntan en un grupo étnico al servicio de algunos nuevos ideales y se proponen correspondientemente hacer reformas esenciales a las tradicionales normas de comportamiento, sin tirar, no obstante, por la borda la totalidad de los bienes de la cultura paterna. La persona joven se identifica así claramente con el grupo joven de una vieja cultura. Siendo el ser humano un ser cultural por naturaleza, es en lo más profundo de su ser que se halla el motivo por el cual puede establecer una identificación plenamente satisfactoria solamente en, y con, una cultura. Cuando esto se le hace imposible por los ya mencionados obstáculos, lo que hará es satisfacer su necesidad de identificación y de pertenencia grupal de un modo para nada diferente a como lo haría con una necesidad sexual insatisfecha: mediante un objeto sustituto. La arbitrariedad con la que los impulsos acumulados se descargan sobre los objetos más sorprendentemente inadecuados es algo conocido desde hace mucho tiempo por quienes han investigado los instintos. Sin embargo, difícilmente se puedan mencionar ejemplos más dramáticos de elección de objetos impropios que la efectuada en no pocos casos por los jóvenes ávidos de pertenecer a algún grupo. Cualquier cosa es mejor que no pertenecer a grupo alguno, aunque sea una membresía en la más triste de todas las comunidades como lo es la de los drogadictos. Aristide Esser, el especialista en la materia, pudo demostrar que, aparte del aburrimiento del que ya hablamos en el Capítulo V, es sobre todo el impulso de la pertenencia a un grupo el que empuja a un número constantemente creciente de jóvenes hacia la drogadicción.
    Allí en dónde no existe un grupo al cual adherirse, siempre está la posibilidad de constituir alguno “a medida”.  Bandas de jóvenes semi o totalmente criminales, como tan acertadamente se representan en la merecidamente famosa comedia musical “West Side Story” [15] , representan, con una simpleza directamente esquemática, el programa filogenético del grupo étnico; sólo que, lamentablemente, sin la cultura legada que es propia de los grupos no-patológicos que surgen en forma natural.  Tal como se muestra en la comedia musical, con frecuencia se constituyen simultáneamente dos bandas antagónicas, sin otro propósito que el de servir de objeto a la agresión colectiva. Los “Rocks and Mods” ingleses son, si es que aún existen, un ejemplo típico. Pero estos agresivos grupos duales son, con todo, todavía más soportables que los rockeros de Hamburgo quienes se han impuesto por misión el apalear a ancianos indefensos.
    La excitación emocional traba la producción racional; el hipotálamo bloquea al córtex. No hay emoción alguna, sea como fuere que esté constituida, para la cual esto sea válido en una medida tan alta como lo es para el odio colectivo, étnico, al cual en su forma de chauvinismo político conocemos demasiado bien. Hay que tener en claro que el aborrecimiento de la generación más vieja por parte de la más joven proviene de las mismas fuentes. Las consecuencias del odio son peores que los de la ceguera y la sordera totales porque el odio falsea y convierte en lo opuesto a cualquier comunicación que se pretenda establecer. Cualquier cosa que se le puede llegar a decir a la juventud para evitar que destruya sus propios bienes más importantes se interpretará, de modo previsible, como un artero intento de defender al odiado “establishment”. El odio no solamente produce ceguera y sordera, también produce una estupidez increíble. Será difícil hacerles el bien que necesitan a quienes nos odian. Será difícil hacerles entender que lo surgido a lo largo del desarrollo cultural es exactamente tan insustituible y digno de respeto como lo evolucionado a lo largo de la filogenia de la especie. Será difícil hacerles comprender que una cultura puede apagarse igual que la llama de una vela.
    Mi maestro Oskar Heinroth, inveterado naturalista e inveterado sarcástico criticón de las ciencias psicológicas, solía decir: “Lo que uno piensa, generalmente es falso; pero lo que uno sabe, eso es correcto”. Esta frase, libre del lastre de toda teoría del conocimiento, expresa maravillosamente el devenir de todo conocimiento humano y, quizás, de todo saber en absoluto. Al principio uno “piensa” cualquier cosa; luego lo compara con la experiencia y con los demás datos aportados por los sentidos para después, por la vía de la congruencia o la incongruencia, arribar a una conclusión relativa a lo correcto o lo incorrecto de lo que “se pensó” al comienzo. Esta forma de comparar una normativa, surgida de algún modo dentro del organismo, con una segunda, vigente en el mundo exterior, es probablemente el método más importante en absoluto por medio del cual un organismo viviente adquiere su saber. Karl Popper y Donald Campbel llaman a este método “pattern matching”; ambas palabras se resisten a ser traducidas al alemán. [16]
    En su forma más simple este proceso de adquisición del saber tiene lugar ya en los niveles más inferiores de los procesos vitales, de un modo básicamente igual al descripto. En la fisiología de la percepción lo hallamos a cada paso y en el pensamiento conciente adquiere la forma de la suposición con su posterior confirmación. Lo que se ha pensado, por de pronto a modo de suposición, muchas veces resulta ser falso cuando se lo somete a la prueba por el ejemplo; pero si pasa dicha prueba una cantidad suficiente de veces, entonces se convierte en algo que uno sabe. En las ciencias, estos procesos se denominan construcción de hipótesis y verificación.
    Lamentablemente sin embargo estos dos pasos del saber no están tan nítidamente separados el uno del otro y el resultado del segundo paso de ninguna manera es siempre tan claro como podría parecer por la expresión de mi maestro Heinroth. En la arquitectura del saber, la hipótesis constituye un andamio del cual el constructor sabe de antemano que lo terminará desmontando en el transcurso de la obra. Es una presunción provisoria que tiene sentido hacer en absoluto solamente cuando existe la posibilidad práctica de refutarla con hechos especialmente buscados para tal fin. Una hipótesis refractaria a toda “impugnación” tampoco es verificable y, con ello, resulta inutilizable para el trabajo experimental. El constructor de hipótesis debe estarle agradecido a todo aquél que le muestre nuevos caminos por los cuales su hipótesis puede llegar a ser demostradamente insuficiente puesto que toda verificación consiste precisamente en establecer si la hipótesis posee suficiente solidez frente a los intentos de refutación. Básicamente, el trabajo del naturalista consiste en la búsqueda de esta solidez. Es por eso que se habla de hipótesis de trabajo y una hipótesis de esta clase es tanto más útil mientras más posibilidades le brinde al trabajo de verificación. Es que la probabilidad de su acierto aumenta con el número de hechos relevados que se dejan incluir en ella.
    Es un error muy difundido incluso entre los teóricos del conocimiento el creer que una hipótesis se halla definitivamente refutada por un único hecho, o por alguna pequeña cantidad de hechos, que no pueden ser explicados por ella. Si esto fuese cierto, todas las hipótesis existentes ya estarían refutadas desde el momento en que casi no hay ninguna que le haga justicia a todos los hechos que con ella se relacionan. La totalidad de nuestro saber es tan sólo una aproximación a la realidad extra-subjetiva que nos proponemos comprender; bien que una aproximación progresiva. Jamás una hipótesis queda refutada por un único hecho contradictorio sino siempre y únicamente por otra hipótesis que tiene la capacidad de incluir más hechos que la anterior. “Verdad” es, así, aquella hipótesis de trabajo que en mejores condiciones está para allanarle el camino a la siguiente que, a su vez, tendrá una mayor capacidad explicativa.
    No obstante, nuestro pensamiento y nuestro sentimiento no se inclinan ante este hecho teóricamente incuestionable. Por más énfasis que pongamos en tener presente que todo nuestro saber, todo lo que nuestra percepción nos informa sobre la realidad extra-subjetiva, no es sino un cuadro burdamente simplificado y aproximativo de lo existente de por si, aún así no podemos evitar el tomar ciertas cosas por verdades y el estar convencidos de la absoluta exactitud de este saber.
    Esta convicción –  si uno la observa correctamente desde lo psicológico y, sobre todo, desde lo fenomenológico – es equivalente a una fe, en todos los sentidos de la palabra. Cuando el naturalista ha verificado su hipótesis hasta el punto en que ya merece el nombre de teoría; y cuando dicha teoría se ha desarrollado al punto en que, previsiblemente, se modificará solamente por hipótesis adicionales pero ya no en sus lineamientos básicos; en ese momento es que “creemos” con “firmeza” en ella. Este credo tampoco produce demasiados inconvenientes ya que una teoría así “cerrada” sigue manteniendo su “verdad” dentro del área de su aplicación aún cuando esta área resulte luego ser menos abarcativa de lo que se supuso cuando se estableció la teoría. Esto vale, por ejemplo, para la totalidad de la física clásica. La teoría cuántica redujo su área de validez, pero no por ello ha sido refutada en un sentido estricto.
    En el mismo sentido en que “creo” en las tesis de la mecánica clásica, también “creo” en toda una serie de teorías que se han hecho probables hasta los límites de la certeza. Así, por ejemplo, estoy convencido de que la llamada cosmología copernicana es correcta. Por lo menos, estaría enormemente sorprendido si resultase cierta la desacreditada teoría del mundo hueco o si fuese que, a pesar de todo, los planetas se arrastran por el techo en extraños lazos epicíclicos como se creía en los tiempos de Ptolomeo.
    Pero también existen cosas en las que creo con la misma firmeza que me despiertan las teorías demostradas y eso sin tener la más mínima prueba de que mi convicción es correcta. Así es como creo, por ejemplo, en que el universo está regido por una única sentencia de leyes naturales, libres de contradicciones entre si, que jamás se violan. Para mi, personalmente, esta creencia posee un carácter directamente axiomático y excluye los fenómenos extranaturales. En otras palabras: creo que todos los fenómenos descriptos por los parapsicólogos y los espiritistas constituyen un autoengaño. Esta opinión es totalmente acientífica. Los fenómenos extranaturales pueden ser, en primer lugar muy escasos y en segundo lugar de dimensiones pequeñas, por lo cual el hecho de que nunca me he topado con algo similar de un modo convincente todavía no me otorga el derecho a hacer declaraciones sobre su existencia o inexistencia. Confieso que mi creencia puramente religiosa es que existe solamente un gran milagro y no milagros en plural, o bien, como lo ha expresado el filósofo-poeta Kurd Lasswitz, que Dios no tiene necesidad de producir milagros.
    Ya he dicho que estas convicciones – tanto las científicas como las emocionales – se equiparan fenomenológicamente con una fe. Para darle a su afán de saber aunque más no sea una aparente base sólida, el ser humano no puede sino aceptar ciertos hechos como firmemente establecidos para usarlos de “cimientos” debajo de sus conclusiones, a modo de puntos de Arquímedes. Al construir una hipótesis uno finge concientemente la seguridad de unos fundamentos semejantes. Uno hace de cuenta y procede “como si” la hipótesis fuese cierta, solamente para ver qué es lo que resulta de ello. Mientras más tiempo haya uno pasado construyendo sobre estos puntos arquimédicos ficticios sin que el edificio se haya vuelto tan contradictorio como para colapsar, tanto más probable se hace, por el principio del esclarecimiento mutuo, la temeraria suposición original de que los puntos arquimédicos usados de base son reales.
    Por consiguiente, la suposición hipotética de que ciertas cosas simplemente son verdaderas es algo que pertenece a los imprescindibles procedimientos inherentes al afán humano de adquirir saber. De la misma forma, pertenece a las condiciones motivacionales de la investigación humana el que uno ansíe que la suposición sea cierta, que la hipótesis sea correcta. Existen relativamente pocos naturalistas que prefieren avanzar “per exclusionem”, es decir: excluyendo experimentalmente una posibilidad de explicación después de la otra hasta que las únicas sobrevivientes terminan teniendo que contener la verdad. La mayoría de nosotros – y de esto tenemos que ser concientes – ama sus hipótesis y, como dije alguna vez, una especie de deporte mañanero, o ejercicio gimnástico algo doloroso pero rejuvenecedor y saludable, es tirar diariamente por la borda alguna hipótesis favorita. Naturalmente, al “amor” por una hipótesis contribuye también el tiempo durante el cual se la ha sostenido. Las costumbres mentales se hacen tan fáciles de “amar” como cualquier otra costumbre. Y muy especialmente cuando uno no las ha creado por si mismo sino que las ha recibido de un maestro querido y respetado. Cuando este maestro fue también el descubridor de un nuevo principio esclarecedor y, por consiguiente, ha tenido muchos discípulos, a la adhesión personal se le agrega todavía el efecto masivo de una opinión compartida por muchas personas.
    Todos estos fenómenos, en si mismos, no constituyen nada malo y hasta tienen su justificación. Una buena hipótesis de trabajo ciertamente gana en probabilidad de ser correcta cuando a lo largo de años de investigación no surgen hechos que la contradicen. El principio del esclarecimiento mutuo gana en efectividad con el transcurso del tiempo. También está justificado tomar en serio la palabra de un maestro responsable ya que éste medirá con una vara muy estricta lo que le entrega a sus alumnos o bien, en todo caso, subrayará muy claramente el carácter hipotético de lo expresado. Una persona así piensa muy detenidamente antes de considerar que sus teorías están “maduras para el libro de texto”.  De la misma forma tampoco es condenable que uno trate de fortalecerse en la opinión propia mediante el argumento de que otros la comparten. Cuatro ojos ven más que dos. En especial podemos ver en esto una clara confirmación cuando la otra persona ha partido de una base inductiva diferente y, a pesar de ello, arriba a resultados coincidentes con los nuestros.
    Lamentablemente, sin embargo, todos estos efectos contribuyentes a consolidar una opinión también pueden aparecer sin las justificaciones arriba mencionadas. Por de pronto, como ya vimos, una hipótesis puede estar construida de tal manera que los experimentos dictados por ella solamente pueden contribuir a confirmarla. Por ejemplo, la hipótesis de que el reflejo constituiría el único fenómeno elemental digno de investigar en el sistema nervioso central condujo exclusivamente a experimentos en los cuales se registraban las respuestas del sistema a cambios en las condiciones. Que el sistema nervioso también sabe hacer otras cosas aparte de reaccionar pasivamente a los estímulos, eso es algo que forzosamente tenía que quedar oculto en esta orientación experimental. También se requiere tanto la autocrítica como una riqueza de pensamientos con buena dosis de fantasía para no caer en el error que devalúa la hipótesis como hipótesis de trabajo, por más “fructífera” que sea en la procuración de “información” – en el sentido que este término tiene para la teoría de la información. En estos casos la hipótesis no traerá nuevos conocimientos o lo hará solamente en forma excepcional.
    También la confianza en las enseñanzas del maestro, por más valiosa que pueda ser para la fundación de una “escuela” – es decir: para una nueva orientación en la investigación – conlleva el peligro de la formación de doctrinas. La experiencia indica que el gran genio que ha descubierto un nuevo principio de explicación tiene también la tendencia a exagerar sus alcances. Jacques Loeb, Ivan Petrovich Pawlow, Sigmund Freud y muchos otros de los realmente grandes han caído en esto. Y si a ello todavía se le agrega que la teoría es demasiado plástica y no incita a ser puesta a prueba, pues entonces esto, en conjunción con la idolatría del maestro, puede llevar a que los discípulos se conviertan en apóstoles y la escuela se convierta en una religión y en un culto, tal como en algunos casos ha sucedido con Sigmund Freud.
    El paso decisivo para la constitución de una doctrina en el sentido estrecho del término consiste en que a los dos factores que acabamos de mencionar, y que consolidan el poder de convicción de la teoría, todavía se le agrega una cantidad demasiado grande de partidarios. La posibilidad de difusión que una doctrina tiene hoy a través de los llamados medios masivos de difusión – diarios, radio y televisión – lleva con facilidad a que un estudio, que no es más que una hipótesis científica inverificada, se convierta no sólo en una opinión científica general sino incluso en una opinión pública.
    A partir de allí, desgraciadamente, se ponen en acción todos aquellos mecanismos que sirven para el mantenimiento de tradiciones comprobadas y que hemos visto en detalle en el Capítulo VI. A partir de ese momento, la doctrina será defendida con la misma terquedad y con la misma exaltación emocional que sería de aplicación si se tratase de preservar del aniquilamiento a una sabiduría bien comprobada o al saber de una antigua cultura filtrado por la selección. Todo aquél que no se muestre conforme con la opinión prevaleciente es tildado de hereje y, dentro de lo posible, se lo difama y se lo desacredita. Se descarga sobre él la altamente especializada reacción de la agresión multitudinaria, del odio social.
    Una doctrina de estas características que se ha vuelto religión universal otorga a sus seguidores la certeza subjetiva de un conocimiento definitivo con carácter de revelación. Todos los hechos que la contradicen serán negados, ignorados, o bien, como sucede en la mayoría de los casos, reprimidos en el sentido que Sigmund Freud le da al término, es decir: desterrados hacia debajo del umbral de la conciencia. El que así reprime le opondrá una resistencia tenaz, extremadamente teñida de emocionalidades, a todo intento de volver a hacer conciente lo reprimido. Esta resistencia será tanto más grande cuanto mayor sea el cambio que la concientización de lo reprimido produciría en sus opiniones, sobre todo en aquellas que el individuo se ha formado sobre si mismo. “Cada vez que chocaron personas con doctrinas contradictorias “ – dice Philip Wylie – “siempre surgió la más fuerte animadversión en ambos lados. Cada bando estuvo convencido de que el otro era prisionero del error, hereje, escéptico, bárbaro y compuesto en absoluto por invasores vandálicos. Luego de esto, por lo general, comenzó la guerra santa.”
    Todo ello ya ha sucedido y con demasiada frecuencia. Como dice Goethe: “En todas las fiestas diabólicas, el odio partidario es el que mejor actúa, incluso en el más postrero de los horrores.” Pero realmente satánico se vuelve el adoctrinamiento recién cuando unifica en una sola malévola falsa convicción a enormes multitudes, a todo un continente y quizás hasta a toda la humanidad. Y es justamente éste el peligro que ahora nos amenaza. Cuando a fines del siglo pasado [17] Wilhelm Wundt se propuso hacer el primer intento serio de convertir la psicología en una ciencia natural, curiosamente no orientó la nueva dirección investigativa hacia la biología. A pesar de que los aportes de Darwin ya eran ampliamente conocidos, los métodos comparativos y las cuestiones filogenéticas quedaron completamente al margen de la nueva psicología experimental. La misma se orientó según el modelo de la física, en la cual por aquella época la teoría atómica justo celebraba sus primeros triunfos. Partió del supuesto de que el comportamiento de los seres vivos, como todo lo material, tenía que estar compuesto por elementos autárquicos e indivisibles. Con esto, el en si mismo correcto afán de considerar simultáneamente los aspectos compensatorios de lo psíquico y de lo físico en la investigación del comportamiento, condujo necesariamente a que se considerara al reflejo como elemento importante, y hasta como único elemento, incluso en los procesos neuronales más complejos. Al mismo tiempo, los trabajos de I.P. Pawlow hicieron aparecer el proceso de formación de los reflejos condicionados como una correlación fisiológica esclarecedora de los procesos asociativos investigados por Wundt. Constituye una prerrogativa del genio el sobreestimar el alcance de los nuevos principios de explicación que ha hallado y así no es de extrañar que estos descubrimientos, realmente fundacionales y tan convincentemente complementarios, sedujesen no solamente a sus descubridores sino a todo el mundo científico haciéndole creer que sobre la base del reflejo y de la reacción condicionada se podría explicar “todo” comportamiento animal y humano.
    Los enormes y por cierto admirables éxitos iniciales que cosechó tanto la doctrina de los reflejos como la investigación de las reacciones condicionadas; la atractiva simpleza de las hipótesis y la aparente exactitud de los experimentos, hicieron que ambas se convirtiesen en líneas de investigación realmente dominantes en todo el mundo. Sin embargo, la gran influencia que adquirieron sobre la opinión pública tiene otra explicación. Resulta ser que, si uno aplica esas teorías al ser humano, se descubre que son muy aptas para aventar todas aquellas preocupaciones que surgen en el hombre por la existencia de lo instintivo y de lo subconsciente. Los partidarios ortodoxos de la doctrina afirman, categórica y claramente, que el ser humano nace como una hoja en blanco y que todo lo que piensa, siente, sabe y cree no es sino el resultado de su “condicionamiento” (algo que, lamentablemente, también dicen psicólogos alemanes).
    Por los motivos que Philip Wylie expone con gran claridad, esta opinión halló una aceptación general. Incluso personalidades religiosas pudieron ser convertidas para adoptarla puesto que, si cada niño nace como una “tabula rasa”, a todo creyente le cabe la responsabilidad de ver que el niño – y dentro de lo posible todos los demás niños también – resulten educados  en la única y verdadera fe religiosa propia. De este modo, el dogma behaviorístico refuerza a todo doctrinario en su convicción y no hace nada por conciliar las diferentes doctrinas religiosas. Los liberales e intelectuales norteamericanos, sobre quienes ejerce gran poder de atracción cualquier teoría práctica, simple y fácil de entender, se convirtieron casi sin excepción a esta doctrina; sobre todo también porque ésta se las ingenió para presentarse falsamente como un principio liberal y democrático.
    Que todos los seres humanos tienen derecho a las mismas posibilidades de desarrollo es algo que constituye una verdad ética indudable. Pero con demasiada facilidad esta verdad se deja convertir en la falsedad de afirmar que todos los seres humanos tienen potencialmente el mismo valor. La doctrina behaviorística da incluso un paso más pretendiendo afirmar que todos los seres humanos serían iguales si se desarrollasen bajo las mismas condiciones y que hasta se convertirían en seres completamente ideales si tan sólo estas condiciones fuesen también ideales. Por consiguiente, los seres humanos no pueden – mejor dicho no deben – poseer cualidades heredadas; y, sobre todo, no de la clase de aquellas que determinan su comportamiento social y sus necesidades sociales.
    Los detentadores del Poder en los Estados Unidos, en China y en la Unión Soviética están completamente de acuerdo en que la ilimitada condicionabilidad del ser humano es algo deseable en el más alto grado. Su fe en la doctrina pseudo-democrática responde – como lo señala Wylie – al deseo de que sea cierta. Porque estos manipuladores de ninguna manera son algo así como superhombres satánicamente inteligentes sino, a su vez, víctimas demasiado humanas de una doctrina inhumana. Sucede que esta doctrina se resiste a todo lo específicamente humano. Todos los fenómenos mencionados aquí como contribuyentes a la pérdida de lo humano son extraordinariamente deseados por esta doctrina en aras de una mejor manipulación de las masas. “¡Maldita sea la individualidad!” es la consigna. Tanto el gran productor capitalista como el funcionario soviético tienen el mismo interés en lograr que, a través del condicionamiento, sus súbditos sean lo más uniformemente iguales y dóciles que sea posible; de un modo no muy diferente a lo que Aldous Huxley describía en su novela futurística “The Brave New World”.
    La pseudo-creencia de que, presuponiendo el “condicionamiento” adecuado, se podría pretender cualquier cosa del ser humano y directamente convertirlo en cualquier cosa, es una creencia que se encuentra en la base de muchos pecados mortales que la humanidad civilizada comete contra la naturaleza, contra la naturaleza del hombre y contra lo esencialmente humano. Cuando una ideología universal, junto con la política que de ella se desprende, está basada en una mentira, el resultado sencillamente tiene que traer consigo las más adversas consecuencias. La doctrina pseudo-democrática tiene también, sin duda alguna, buena parte de la culpa por el colapso moral y cultural de los Estados Unidos, un colapso que muy probablemente arrastrará en su torbellino a todo el mundo occidental.
    A. Mitscherlich, que conoce muy bien el peligro, reconoce que la humanidad está siendo adoctrinada con un falso código de valores, solamente apreciado por quienes lo manipulan. No obstante, extrañamente, afirma: “Sin embargo no debemos suponer de ninguna manera que las personas en nuestra época se encuentran impedidas en sus realización individual por un refinado sistema de manipulaciones de un modo mayor a como lo estuvieron en épocas anteriores”. ¡Pues yo estoy completamente convencido de que lo están! Nunca antes masas tan grandes de personas han estado distribuidas en tan pocos grupos étnicos. Nunca antes la sugestión masiva ha sido tan eficaz. Nunca antes los manipuladores han tenido a su disposición una técnica de promoción tan buena y tan bien fundada sobre experimentos científicos. Nunca antes dispusieron de “medios masivos” de difusión tan intrusivos como los actuales.
    Correspondiéndose con la básica igualdad de objetivos, también son iguales los métodos empleados en todo el mundo por medio de los cuales los diferentes “establishments” pretenden convertir a sus súbditos en ideales representantes del American Way of Life, en ideales funcionarios, en ideales Hombres Soviéticos, o en cualquier otra cosa ideal. Nosotros, los hombres supuestamente libres de la cultura occidental ya ni tomamos conciencia del modo en que resultamos manipulados por las decisiones comerciales de los grandes productores. Cuando viajamos a la República Democrática Alemana o a la Unión Soviética nos llaman la atención por todas partes esos carteles y letreros rojos que, precisamente por su omnipresencia, deben ejercer un profundo efecto sugestivo, en un todo igual a las “babbling machines” de Aldous Huxley que suave e ininterrumpidamente murmuraban los dogmas de fe a propagar. Como algo agradable, por el contrario, percibimos la ausencia tanto de carteles luminosos como de todo despilfarro. En el Este nada que sea todavía utilizable es desechado. El papel de diario se utiliza para empaquetar los bienes que se compran y fotos antiquísimas se cuidan con todo cariño. Allí es dónde a uno, poco a poco, le queda claro que la promoción a gran escala de los productores de ninguna manera es de naturaleza apolítica sino – mutatis mutandis – cumple exactamente la misma función que los letreros y carteles rojos. Se pueden tener opiniones diversas acerca de si todo aquello que proclaman los carteles es, o no, una tontería o algo malo. Pero el tirar a la basura bienes apenas usados con el fin de adquirir otros más nuevos y el crecimiento eruptivo de la producción y el consumo es, demostrablemente y sin duda alguna, tan tonto como malo – en el sentido ético de esta palabra. En la medida en que el trabajo manual resulta aniquilado por la competencia de la industria, en la cual la existencia del pequeño empresario e incluso del campesino se vuelve insostenible, todos, en la conducción de nuestras vidas, simplemente estamos obligados a inclinarnos ante los deseos de los grandes productores; a comer los alimentos y a vestirnos con la ropa que ellos deciden que debemos comprar y lo peor de todo es que, debido al condicionamiento del cual se nos ha hecho objeto, ni nos damos cuenta de que nos manipulan.
    El método más irresistible para hacer manipulable a grandes masas de población a través de la igualitarización de sus apetencias lo ofrece la moda. Originalmente ésta se habrá originado en el afán genéricamente humano de hacer visible la pertenencia a un grupo cultural o étnico. Piénsese tan sólo en las diversas vestimentas tradicionales que, como consecuencia de un típico proceso de constitución de pseudo-especies, solían formar sobre todo en los valles de las montañas una serie maravillosa de “especies”, “subespecies” y “variedades locales”. Sobre la relación existente entre esta vestimenta y la agresión colectiva de diferentes grupos entre si ya hemos hablado antes. Un segundo efecto de la moda, más esencial para lo que venimos viendo, probablemente apareció en escena recién allí en dónde, en el interior de comunidades urbanas mayores, se hizo presente el afán de mostrar públicamente la posición jerárquica propia, el “status”, por medio de distintas características en las prendas de vestir. En su aporte al simposio del Institute of Biology de Londres en 1964, Laver demostró de una forma muy bella que siempre fueron los estratos superiores los que se cuidaron de que a los estratos inferiores ni se les ocurriese apropiarse de los distintivos del rango que por su “posición” social no les correspondían. Apenas si hay un ámbito de la historia cultural en el cual la progresiva democratización de los países europeos se manifieste de una manera tan clara como en el de las modas del vestir.
    En su función original, la moda probablemente ejerció una influencia estabilizadora y conservadora sobre el desarrollo cultural. Eran los patricios y los aristócratas los que prescribían sus leyes. Tal como Otto Koenig ha demostrado en la historia de los uniformes militares, características antiguas, provenientes todavía de la época de la caballería andante y que habían desaparecido hacía mucho de los uniformes de la tropa, persistieron todavía durante largo tiempo como insignias de los rangos de altos y muy altos oficiales.  Esta valoración de lo antiguo en la moda sufrió un cambio de signo en el momento en que se hicieron sentir los fenómenos de la ya mencionada neofilia. A partir de allí, en grandes masas de seres humanos se convirtió en un signo de alto rango el marchar a la cabeza de todas las innovaciones “modernas”. Por supuesto que estuvo dentro del interés de los grandes productores el fortalecer en la opinión pública la noción de que proceder de esta manera era ser “progresista” y hasta patriótico. Sobre todo parece ser que consiguieron convencer a la masa de consumidores de que la posesión de la más nueva versión de ropa, muebles, autos, lavarropas, lavaplatos, televisores y etc. constituía el más indiscutible “símbolo de status” (mientras, simultáneamente, también era lo que más efectivamente aumentaba la difusión del crédito). Pequeñeces ridículas podían ser convertidas en “símbolos de status” y consecuentemente explotadas financieramente por el productor como lo demuestra el siguiente tragicómico ejemplo: como recordarán los viejos especialistas en automovilismo, los autos de Buick solían tener a los costados del capot unas aperturas de forma similar a los ojos de buey, completamente inútiles, pero con un marco cromado. Específicamente, el Buick de ocho cilindros tenía 3 en cada lado mientras que el más barato de seis cilindros traía solamente 2 de estos agujeros. En el momento en que un bien día la firma decidió otorgarle 3 ojos de buey también al de seis cilindros, la medida tuvo el efecto esperado de aumentar las ventas de este modelo en forma sustancial; algo que compensó a la firma por la innumerable cantidad de cartas de reclamo que recibió de parte de los propietarios del modelo de ocho cilindros que se quejaron amargamente por el hecho de que el símbolo de status correspondiente sólo a su auto le había sido otorgado a otros autos de rango inferior.
    Sin embargo, los peores efectos de la moda se producen en el área de las ciencias naturales. Sería un gran error creer que los científicos profesionales se hallan libres de las enfermedades culturales que constituyen el tema de este escrito. Solamente los representantes de las ciencias directamente relacionadas con este objeto, como los ecólogos y los psiquiatras, se dan cuenta en absoluto de que hay algo podrido en la especie Homo Sapiens L. y justamente ellos son los que poseen un rango muy inferior en el orden jerárquico que la opinión pública le reconoce a las distintas ciencias como George Gaylord Simson lo expusiera tan excelentemente en su escrito satírico sobre el “Peck order” de las ciencias.
    No solo la opinión pública acerca de la ciencia sino también la opinión dentro de las ciencias se inclina indudablemente a otorgarle el puesto máximo a aquellas ciencias que aparecen como las más importantes desde el punto de vista de una humanidad degradada y masificada, que se encuentra alienada de la naturaleza, cree solamente en valores comerciales, es pobre en sentimientos, se ha domesticado y ha sido despojada de toda tradición cultural. Considerándola en un gran promedio estadístico, también la opinión pública de las ciencias naturales se encuentra enferma de todos los síntomas de decadencia que se han discutido en los capítulos anteriores. “Big Science” [18] no es de ningún modo la ciencia de las cosas más grandes y más elevadas que hay sobre nuestro planeta; de ningún modo es la ciencia del alma humana y del espíritu humano, sino exclusivamente aquella que produce mucho dinero o grandes cantidades de energía, o bien otorga gran poder; aunque más no sea el poder de exterminar todo lo realmente grande y hermoso.
    La primacía que entre las ciencias naturales se le ha otorgado de hecho a la física de ninguna manera debe ser negada. En el sistema estratificado y sin contradicciones de las ciencias naturales, la física constituye la base. Cualquier análisis exitoso, en cualquiera de los sistemas naturales, incluso al nivel de la más alta integración, constituye un paso “hacia abajo”, hacia la física. Analizar significa en realidad disolver y lo que a través del análisis se disuelve y desaparece de este mundo no son las leyes de la ciencia natural más especial sino exclusivamente sus límites con lo vecino-más-genérico. Una verdadera disolución de fronteras de esta clase ha tenido éxito hasta ahora en una sola oportunidad: la química física pudo realmente llevar las leyes naturales de su esfera de investigación hacia una física más general. En la bioquímica se está gestando una disolución de fronteras análoga entre la biología y la química. Aún cuando muy pocos éxitos especulativos de esta índole se pueden constatar en las demás ciencias naturales, aún así el principio de la investigación analítica sigue siendo el mismo por todas partes. Lo que se intenta es tomar los fenómenos y las leyes de una determinada área del saber – las “capas del ser real” como diría Nicolai Hartmann – para relacionarlas con aquellas que rigen en el área general más próxima y explicar, a partir de la estructura más especializada, las que son propias y exclusivas de la capa real superior. Aunque nosotros los biólogos consideramos la investigación de estas estructuras y de su historia lo suficientemente importantes y también lo suficientemente difíciles como para no entender a la biología, como lo hace Crick (a rather simple extension of physics) [19] , en términos de una rama secundaria de la física. Y subrayamos también que la física, por su parte, también descansa sobre una base y que esta base es una ciencia biológica; específicamente: la ciencia del espíritu humano viviente.  Pero, a pesar de todo, seguimos siendo buenos “fisicólogos” en el sentido arriba expuesto y reconocemos que la física es la base hacia la cual se dirige nuestra investigación.
    No obstante, afirmo que el gran reconocimiento obtenido por la física como la “más grande” de todas las ciencias no se debe al merecido prestigio que la física tiene como base de todas las ciencias naturales. Este reconocimiento se debe en una medida mucho mayor a las totalmente perniciosas razones ya mencionadas. La extraña valoración de las ciencias por parte de la opinión pública actual que menosprecia a cada ciencia individual tanto más cuanto más complejo y más valioso es el objeto de su investigación – como Simpson afirma con toda razón – sólo se puede explicar por estos motivos, y por algunos otros que se tratarán a continuación.
    Es completamente legítimo por parte de quienes se dedican a las ciencias naturales el elegir el objeto de su investigación en cualquier capa del ser real y en cualquier alto nivel del plano de integración del fenómeno de la vida. Incluso la ciencia del espíritu humano, sobre todo la teoría del conocimiento, está comenzando a convertirse en una ciencia natural. La llamada exactitud de la investigación de la naturaleza no tiene absolutamente nada que ver con la complejidad y con el nivel de integración de su objeto de estudio y depende exclusivamente de la autocrítica del investigador y de la pureza de sus métodos. La denominación usual de la física y de la química como ciencias “exactas” constituye una difamación de todas las demás. Las conocidas frases como, por ejemplo, aquella que afirma que toda investigación de la naturaleza es ciencia tan sólo en la medida en que contiene matemáticas; o que la ciencia consistiría en “medir lo medible y en hacer medible lo que no se puede medir”, son tanto desde el punto de vista humano como del de la teoría del conocimiento, la estupidez más grande que jamás haya pasado por los labios de quienes deberían haberlo sabido mejor.
    Pero, si bien estas pseudo-verdades son demostrablemente falsas, sus consecuencias siguen dominando aún hoy el cuadro de la ciencia. Actualmente se ha hecho moda el servirse de métodos similares a los de la física, y esto sin importar si los mencionados métodos prometen – o no prometen – un mayor éxito en la investigación del objeto en cuestión. Cualquier ciencia natural, incluso la física, comienza con la descripción; avanza a partir de allí hacia la categorización de los fenómenos descriptos y, recién a partir de allí, sigue hacia la abstracción de las leyes que los rigen. El experimento sirve solamente para la verificación de las leyes naturales abstraídas y se halla, así, al final de la lista de métodos. Estas etapas que ya Windelband enumeró como los estadios descriptivo, sistemático y nomotético, tienen que ser transitados por toda ciencia natural. Ahora bien, puesto que la física se encuentra desde hace tanto tiempo en el estadio nomotético y experimental de su desarrollo y, aparte de ello, desde el momento en que ha avanzado tan lejos hacia lo no-representable que tiene que definir sus objetos en lo esencial según las operaciones por medio de las cuales ha llegado a conocerlos, existen algunas personas que creen que estos métodos también tienen que ser aplicados a objetos de investigación sobre los cuales, considerando el estadio actual de nuestro conocimiento, es de aplicación única y exclusivamente la simple observación y descripción. Mientras más complejo y más altamente integrado es un sistema orgánico, tanto más estrictamente hay que observar la secuencia de Windelband y es precisamente por esto que, justamente en el terreno de la investigación del comportamiento, el operacionalismo experimental prematuro presenta ya sus frutos absurdos. Resulta tan sólo comprensible que esta falsa tesitura se vea reforzada por la fe en la doctrina pseudo-democrática que  afirma que la conducta del animal y del hombre no están determinadas por ninguna de las estructuras del sistema nervioso central surgidas a lo largo de la filogenia sino exclusivamente por influencias ambientales y por el aprendizaje. El desatino básico de la forma de pensar y de trabajar dictada por la doctrina behaviorista reside precisamente en este desprecio por las estructuras. La descripción de una estructura se considera directamente superflua. Solamente métodos operacionales y estadísticos resultan admitidos como legítimos. Pero, desde el momento en que todas las leyes biológicas surgen de las funciones de estructuras, el tratar de arribar a la abstracción de las leyes que dominan su comportamiento, sin haber efectuado antes la investigación descriptiva de la estructura de los seres vivos, termina siendo un esfuerzo inútil.
    Por más que las reglas básicas del principio científico sean fáciles de comprender (siendo que cualquier bachiller las debería tener en claro antes de comenzar con estudios universitarios), tanto más terca y obcecadamente se está imponiendo la moda de plagiar a la física a lo largo y ancho de casi toda la biología moderna. Esto se vuelve tanto más pernicioso mientras más complejo sea el sistema bajo investigación y mientas menos se sabe de él. El sistema neurosensorial, que determina el comportamiento de los animales superiores y del ser humano, puede lícitamente ser colocado en el primer lugar en ambos sentidos. La tendencia de moda que es considerar como “más científica” a la investigación que se mantiene en los estratos de integración más inferiores, conduce así con demasiada facilidad al atomismo, es decir: a investigaciones parciales de sistemas subordinados sin la obligada consideración del modo y de la manera en que éstos se encuentran insertos en la arquitectura del todo. El error metodológico no reside, pues, en el afán común de todos los naturalistas de referir incluso los fenómenos vivientes del más alto nivel de integración a leyes naturales basales – en este sentido todos somos “reduccionistas” – sino que el error metodológico que denominamos reduccionismo consiste en que, en estos intentos de explicación, se deja sin considerar la inmensamente compleja estructura en la cual se entrelazan los subsistemas, siendo que sólo a partir de ella es posible llegar a comprender las propiedades sistémicas de la totalidad. El que desee informarse más en detalle sobre la metodología de la investigación de la naturaleza que le hace justicia a los sistemas, puede leer “Aufbau der realen Welt” de Nicolai Hartmann o bien “Reductionism stratified” de Paul Weiss [20] . Ambas obras expresan lo mismo en lo esencial y el hecho consideren la cuestión desde muy diferentes puntos de vista hace que lo expuesto aparezca de un modo especialmente flexible.
    Las peores consecuencias de la actual moda científica, sin embargo, se obtienen recién cuando – al igual que en la vestimenta y en los automóviles – la misma se pone a crear símbolos de status puesto que recién a partir de allí es que se construye esa jerarquización de las ciencias de la que se burla Simpson. El auténtico operacionalista, reduccionista, cuantificador y estadístico mira con conmiserativo desprecio a todos los pasados de moda que todavía creen en que se pueden obtener nuevos y esenciales conocimientos de la naturaleza mediante la observación y la descripción del comportamiento animal y humano. El ocuparse de sistemas vivientes de alta integración se considera “científico” solamente cuando, por medio de medidas deliberadas – Donald Griffin las llama acertadamente “simplicity filters” [21] – se despierta la engañosa apariencia de la “exactitud”, es decir: una similitud aparente con la simpleza de la física. O bien cuando la evaluación estadística de una numéricamente imponente cantidad de datos hace olvidar el hecho que las “partículas elementales” bajo investigación son seres humanos y no neutrones. En una palabra:  sólo cuando se extirpa de la consideración todo lo que hace realmente interesante a los sistemas orgánicos altamente integrados, el ser humano incluido. Esto es válido sobre todo para la experiencia subjetiva que resulta reprimida como algo altamente impropio, en el sentido freudiano del término. Si alguien propone su propia vivencia subjetiva como objeto de investigación, lo que recibe es el mayor de los desprecios y la acusación de subjetivismo; más aún si tiene la osadía de utilizar como fuente de conocimientos la isomorfía de los procesos psicológicos y fisiológicos para tratar de comprender a estos últimos. Los doctrinarios de la doctrina pseudo-democrática han escrito abiertamente sobre su bandera el apotegma de la “psicología sin alma”. Con ello, lo que olvidan por completo es que, incluso en sus investigaciones más “objetivas”, pueden tener un conocimiento del objeto a investigar únicamente por el camino de sus propias experiencias subjetivas. Si alguien se atreve tan sólo a afirmar que se puede practicar la ciencia del alma humana considerándola como una ciencia natural, lo que le sucederá es que lo considerarán sencillamente demente.
    Todos estos yerros de los científicos actuales son, esencialmente, acientíficos. Sólo la presión ideológica del consenso de masas muy grandes y firmemente adoctrinadas de seres humanos puede llegar a explicarlos; una presión que tiene la capacidad de producir modas increíblemente tontas también en otras áreas de la vida humana. El adoctrinamiento dependiente de la moda es especialmente peligroso en el área científica tan sólo porque dirige el afán de saber de demasiados naturalistas modernos – aunque por suerte no de todos – en una dirección que es exactamente contraria al verdadero objetivo de todo afán de conocimiento humano; es decir: a que el hombre se conozca mejor a si mismo. La tendencia que la moda actual le prescribe a la ciencia es inhumana en el más feo sentido de esta palabra. Hay pensadores que ven claramente los fenómenos de pérdida de humanización que aparecen como tumores malignos por todas partes y tienden a ser de la opinión que el pensamiento científico como tal es inhumano siendo que ha sido este pensamiento el que habría contribuido al peligro de la “deshumanización”. Como se desprende de lo ya dicho, no comparto esa visión. Creo, muy por el contrario, que los científicos actuales, por ser hijos de nuestro tiempo, están siendo atacados por fenómenos de deshumanización que, de un modo primario, aparecen por todos lados en la cultura no-científica. No sólo existen coincidencias hasta de detalle entre las enfermedades culturales genéricas y las atinentes en forma especial a la ciencia; más allá de ellas y al mirarlas de cerca, las genéricas resultan ser las causas y no las consecuencias de las científicas. La peligrosa adoctrinabilidad de la ciencia a manos de la moda que amenaza con robarle a la humanidad su último punto de apoyo jamás hubiera podido engendrarse de no haber sido porque las enfermedades culturales tratadas en los primeros cuatro capítulos de este trabajo le allanaron el camino. La sobrepoblación con su inevitable des-individualización y uniformización; el alejamiento de la naturaleza con la pérdida de la facultad de respetarla; la competencia comercial del ser humano consigo mismo que convierte al medio en un fin en si mismo a través del estilo utilitarista de pensar haciendo olvidar el objetivo original; y, no en último término, el achatamiento de la sensibilidad – todo ello dejan sus rastros en los fenómenos de deshumanización que padece la ciencia, por lo que son su causa y no su consecuencia.
    Cuando uno compara la amenaza que surge de las armas nucleares con los efectos que ejercen sobre la humanidad los otros siete pecados capitales, es imposible dejar de ver que entre los ocho, éste es el que más fácilmente se puede evitar. Ciertamente un imbécil, un psicópata no diagnosticado, puede llegar al botón de disparo; ciertamente es posible que un simple accidente sea malinterpretado por el otro bando y concebido como un ataque desatando así el desastre. Con todo, no deja de ser completa e innegablemente evidente lo que hay que hacer contra “la bomba”: o bien no hay que fabricarla, o bien no hay que lanzarla. Con la increíble estupidez colectiva de la humanidad esto es algo difícil de lograr. Sin embargo, en lo que respecta a los otros peligros, ni siquiera quienes los ven claramente saben qué es lo que cabría hacer para neutralizarlos. En lo que se refiere al no lanzamiento de la bomba atómica soy más optimista que en lo relacionado con los otro siete pecados mortales.
    El mayor daño que le produce a la humanidad la amenaza de las armas nucleares, ya hoy y hasta en el mejor de los casos, es la creación de una “atmósfera apocalíptica” generalizada. Los fenómenos de un afán irracional e infantil de lograr la satisfacción inmediata de deseos primitivos y una incapacidad correlativa para sentir responsabilidad por algo que se encuentra en un futuro lejano, con toda seguridad se relacionan con el hecho de que, inconscientemente, todas las decisiones provoquen la temerosa pregunta de cuanto tiempo durará el mundo todavía.
    Se han tratado ocho procesos diferenciables, aunque estrechamente relacionados entre si, que amenazan no sólo a nuestra cultura actual sino a la humanidad como especie.
    Estos procesos son:
    (1) – La sobrepoblación de la tierra que obliga a cada uno de nosotros a protegerse de la sobreoferta de contactos sociales de un modo fundamentalmente “in-humano” y que, además, directamente provoca agresiones debido al hacinamiento de muchos individuos en espacios pequeños.
    (2) – La desertización del espacio vital natural que no solamente destruye el medioambiente exterior en el cual vivimos sino que destruye también en el ser humano mismo el respeto por la belleza y por la grandeza de una Creación que lo supera.
    (3) – La competencia del ser humano contra si mismo que el desarrollo de la tecnología impulsa para nuestra perdición de un modo cada vez más acelerado, haciendo a las personas ciegas frente a todos los valores auténticos y les quita el tiempo parea dedicarse a la verdaderamente humana actividad de la reflexión.
    (4) – El decaimiento de todos los sentimientos y afectos intensos a causa del reblandecimiento. El avance tecnológico y farmacológico promueve una creciente intolerancia frente a todo aquello que produzca el más mínimo desplacer. Con ello decae la capacidad del ser humano de vivenciar aquella alegría que sólo puede ser conquistada mediante un duro esfuerzo vencedor de obstáculos. Las oleadas naturalmente establecidas por el contraste entre el sufrimiento y la alegría se achatan y se convierten en las imperceptibles oscilaciones de un inmenso aburrimiento.
    (5) – El deterioro genético. Dentro de la civilización moderna no existen – aparte de “sentimientos naturales de justicia” y algunas tradiciones jurídicas legadas – factores que ejerzan una presión selectiva hacia el desarrollo y el sostenimiento de normas de comportamiento sociales, a pesar de que las mismas se hacen cada vez más necesarias debido al crecimiento de la sociedad. No se puede excluir la posibilidad de que muchos de los infantilismos, que convierten en parásitos a gran parte de los actuales jóvenes “rebeldes”, estén genéticamente condicionados.
    (6) La demolición de la tradición se produce cuando se llega a un punto crítico en el cual la generación más joven ya no consigue entenderse culturalmente con la generación más vieja y menos aún identificarse con ella. La generación más joven tratará, por ello, a la más vieja como a un grupo étnico extranjero enfrentándola con un odio político. Los motivos de esta perturbación de identidad se hallan sobre todo en la falta de contacto entre padres e hijos, lo cual tiene consecuencias patológicas ya en la etapa de la lactancia.
    (7) – El aumento de la adoctrinabilidad de la humanidad. El aumento del número de personas que se aglutinan en un único grupo cultural, en conjunción con el perfeccionamiento de los medios tecnológicos para manipular a la opinión pública, conducen a una uniformización de las opiniones que no ha existido en ningún momento anterior de la historia de la humanidad. A esto se agrega que el efecto sugestivo de una doctrina firmemente sostenida crece con el número de sus partidarios, quizás hasta en una proporción geométrica. Ya hoy se tacha de patológico al individuo que se sustrae concientemente al efecto de medios masivos como, por ejemplo, la televisión. Los efectos des-individualizadores resultan bienvenidos por todos aquellos que desean manipular grandes masas de seres humanos. Las encuestas, el mercadeo y modas hábilmente dirigidas ayudan a los grandes productores de este lado y a los funcionarios del otro lado de la cortina de hierro a obtener el mismo poder sobre las masas.
    (8) – El armamento de la humanidad con armas nucleares expone la humanidad a peligros que son más fáciles de evitar que aquellos emergentes de los siete procesos antes citados.
    Los procesos de deshumanización descriptos en los Capítulos I a VII resultan fomentados por la doctrina pseudo-democrática que afirma que el comportamiento social y moral del ser humano no está de manera alguna influenciado por la organización filogenéticamente evolucionada de su sistema nervioso y de sus órganos sensoriales sino que resulta determinado exclusivamente por el “condicionamiento” que la persona sufre en el transcurso de su ontogénesis por parte del entorno cultural en que se encuentra.
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    NOTAS DEL TRADUCTOR
    [1] )- “Not to get emotionally involved”, en inglés en el original. Significa “no involucrarse emocionalmente” en las cuestiones de los demás, aún cuando, eventualmente y por ejemplo, uno pueda estar relacionado con estas cuestiones por razones profesionales o circunstanciales.
    [2] )- Por agresión intra-específica debe entenderse aquella mediante la cual el individuo de una especie ataca o daña a otro de su misma especie. Por agresión extra-específica se entiende, por el contrario, aquella mediante la cual una especie agrede a otra especie diferente.
    [3] )- En inglés en el original. “To do” = hacer, según lo cual un “doer” es una forma algo irregular de denominar a una persona “que hace”. Vale decir, como lo hemos tratado de traducir aquí: un “hacedor”.
    [4] ) “Understatement”, en inglés en el original. Literalmente = sub-afirmación. El término es muy difícil de traducir. Se refiere al hábito general, muy común entre los ingleses cultos, de definir una situación o un hecho grave o importante con términos que constituyen una versión atenuada de lo que en realidad correspondería expresar. Frecuentemente se recurre a la negativa para lograr esto. Por ejemplo, para ilustrar el autocontrol de un caballero inglés suele decirse que “a gentleman is never angry; in a worst case he is not at all pleased”. (Un caballero nunca está furioso; en el peor de los casos no estará para nada complacido).  Ese “no estar para nada complacido” sería el típico caso de un “understatement” – o sub-afirmación – por no decir “frenéticamente furioso”.
    [5] ) Time is money = El tiempo es dinero. En inglés en el original
    [6] )- Desde que Konrad Lorentz escribiera estas palabras, los hechos han confirmado plenamente lo correcto de su criterio. El fracaso comercial del Concorde, por ejemplo, hubiera sido perfectamente previsible con tan sólo hacer las consideraciones que Lorentz hace aquí.
    [7] ) Bases innatas de aprendizaje. En inglés en el original.
    [8] )- El Retrato de Dorian Gray – En inglés en el original.
    [9] )- “Semanas desabridas, fiestas alegres”.
    [10] )- El autor hace aquí alusión a la Novena Sinfonía de Beethoven cuyo coral, a veces denominado como “Himno a la Alegría” comienza con las palabras “Freude! schöner Götterfunke” que significan literalmente: “¡Alegría! Hermosa chispa divina”.
    [11] ) To make new friends = Hacer nuevos amigos. En inglés en el original
    [12] )- Núcleo Común de los Sistemas Legales (en inglés) –
    [13] ) – Referencia a una famosa cita de Shakespeare.
    [14] )- “No frustración” en inglés en el original. Fue una moda pedagógica, bastante extendida por la década de los ’60 y ’70 del Siglo XX, que pregonaba la necesidad de no “frustrar” en lo más mínimo a los niños durante el proceso educativo. En términos prácticos implicó que se dejaba que los niños hiciesen lo que les venía en gana, cuando les venía en gana y porque tenían ganas. A lo único que condujo fue a millones de niños terriblemente malcriados y a adolescentes completamente desorientados, al punto que los propotores de la moda terminaron pidiendo perdón por el manifiesto error cometido con sus recomendaciones.
    [15] )- Conocida – por esos caprichos que tienen a veces ciertas traducciones del título de las obras  - también como “Amor sin Barreras”. De hecho, “West Side Story” significa literalmente: Historia del Lado Oeste.
    [16] )- También se resisten a ser traducidas al castellano. “Pattern” en inglés significa “patrón”, en el sentido de “molde”, “tipo”, “regla”, etc. Es lo que se repite típicamente sin mayores cambios como una “plantilla” que sirve para construir objetos iguales. Por su parte: “to match” significa “aparear”, “hermanar”, “comparar”, etc. en el sentido de establecer coincidencias, igualdades o correspondencias. Por lo cual “pattern matching” es algo así como la búsqueda de formas típicas para ver si coinciden – o no – con lo ya conocido.
    [17] )- El autor se refiere, obviamente, al Siglo XIX
    [18] )-  Big Sciencie: Gran Ciencia, en inglés en el original.
    [19] )-  Una más bien simple extensión de la física. En inglés en el original.
    [20] )- Hartmann: “Arquitectura del mundo real” – Weiss: “Reduccionismo estratificado”
    [21] ) – Filtros simplificadores

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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