“El abandono es la más grave de las heridas”


“Odio el nombre de mi padre” describe la historia de un huérfano, que creció en Friburgo, Suiza, a mediados del siglo XX, en una época en la que ser ilegítimo era sinónimo de violencia. Entrevista con la autora Isabelle Eichenberger-Bourgknecht.

“El abandono es la más grave de las heridas”

NOV12
Laureline Duvillard,.- Paul Stutzmann, “Paulet”, 69 años, abre la puerta Art Buvette, en la ciudad suiza de Friburgo. Su frágil silueta se yergue en el centro del café. Saluda y se limpia los ojos, ruborizado de emoción.
Este día, Paul está emocionado, pues sale al mercado el libro sobre su vida. La historia de un hombre ordinario que ha vivido de forma extraordinaria.
Paul, es de otra época, prolijo y misterioso a la vez. De ese tipo de persona que interpela, interroga. Para descubrir el velo que cubre la existencia de este vidriero de profesión, amante curtido de bar-restaurant, la periodista Isabelle Eichenberger-Bourgknecht escribió un libro.
En ‘Je hais le nom de mon père’ (Odio el nombre de mi padre), la escritora deja contar al propio protagonista su vida, con sus propias palabras y ruidos; junto con testimonios de conocidos y gente cercana. El fotógrafo Jean-Jacques Böguin, cuyas imágenes acompañan las páginas de esta obra, captan con fineza los contornos del “personaje”.
Es un libro de la vida de Paul Stutzmann, o de Paul, simplemente. Puesto que el apellido de “Paulet” resulta una carga que le pesa sin pausa. Abandonado por su madre, él no conoció a su progenitor. Fue años después de que Paul naciera que su padre lo reconoció; de allí el rechazo.
Criado por su abuela, Paul pasó por un orfelinato, después a manos de campesinos. Y su cotidiano, ya duro, se entretejió de sufrimiento. Pero este artesano apasionado ha sabido resistir y construirse. Si bien el libro de Isabelle Eichenberger-Bourgknecht hace un bello homenaje a este hombre, permite también mostrar la dureza de una época en la que la gente pobre estaba fuera de la sociedad. Y en la que los huérfanos eran tratados con gran menosprecio, de tal modo que las instituciones que se hacían cargo de ellos parecían más bien “casas correccionales”. Conversación con la autora.

Isabelle Eichenberger-Bourgknecht
swissinfo.ch: ¿Qué le impulsó a escribir este libro?
Isabelle Eichenberger-Bourgknecht: Yo soy friburguesa, pero no viví allí durante 30 años. A mi regreso, me encontré de nuevo con la ciudad, su gente y sus “personajes” particulares. Hay que saber que Friburgo tiene una historia especial. Históricamente, la ciudad vivió una gran pobreza, sobre todo en la “Basse”, la parte baja de la ciudad. Con mi trabajo como periodista, me encontré a mi regreso a Friburgo con los testimonios de maltrato de menores, que comenzaron a darse a conocer desde hace algunos años.
Paul Stutzmann tiene una resilencia, un brillo como ser humano que me atrajeron. Y tiene una gran cualidad: se expresa muy bien; por lo que trabajé en base a mis entrevistas con él, transcribiendo palabra por palabra. Lo interesante, para aquellos que lo conocen, es que uno lo escucha cuando lo lee. También es muy fotogénico. Hace tres años Jean-Jacques Béguin lo fotografió. Unas fotos tan bellas que contribuyeron a mi deseo de realizar el libro, hecho en el fondo, un poco a mi pesar.
swissinfo.ch: El relato muestra una violencia real hacia los pobres y el terror que reinaba en los orfelinatos. ¿Sabía de estas realidades?
I. E.-B. : Sabía de la violencia, puesto que mi familia fue una familia de acogida de una de esas niñas de la “Basse”, quien sufrió mucho maltrato. Lo que me impactó fue que a la gente la parecía esto normal, puesto que hablamos de muchas personas afectadas. Paul Stutzmann no es el caso más trágico. Él tiene una resilencia extraordinaria, logró construirse una vida. Pero otras personas no lo consiguieron.
Descubrí el problema de los orfanatorios y de las religiosas que se ocuparon de los niños abandonados. Se ha hablado muy mal de ellas, puesto que era personal no cualificado. En esa época, las familias eran numerosas y de diez niños había uno o dos dedicados al sacerdocio o hacer los votos, pero no tenían las herramientas necesarias para ocuparse de los niños.
Y ha habido casos de maltrato grave. Paul Stutzmann no vivió ese maltrato por parte de las religiosas, pero sí a manos de los campesinos que se encargaron de él. Su experiencia ilustra realmente bien la situación socioeconómica que caracterizaba al cantón de Friburgo, especialmente en la parte germanófona y de la “Basse-Ville”, construida en un entorno de pobreza.
swissinfo.ch: ¿Actualmente cómo ha evolucionado esta distinción socioeconómica?
I. E.-B. : Como todas las viejas ciudades, la “BasseVille” se ha renovado. Por ejemplo, una casa que tenía entonces 80 niños, actualmente sólo aloja a una pareja de personas ya jubiladas, aunque aún hay islotes de pobreza.
Hoy, uno reconoce a la gente de la “Basse-Ville” por su lenguaje, el “bolze”, creado para comunicarse entre el alemán y el francés, En la “Basse-Ville”, se encuentran aún algunos restaurantes a la antigua, donde la gente del barrio se reúne. Pero ya no existe distinción alguna. Por el contrario, aún en los años de la década de 1970, la gente de la “Haute-Ville” no osaban descender a la “Basse-Ville. Era un gueto y solo se dirigían allí para los partidos de hockey.
swissinfo.ch: En el libro, Paul Stutzmann es con frecuencia calificado como “uno de los últimos originarios”, ¿a qué se refiere?
I. E.-B. : Los originarios son aquellas personas que uno encuentra con frecuencia en el restaurante, se trata de artesanos, pilares del barrio. Y realmente están relacionados con el local. En ese tiempo, estos sitios jugaban un papel primordial. Incluso los políticos acudían allí y pagaban unas copas para obtener votos. El restaurante era importante para la gente más pobre, que trabajaba como fuerza obrera, que tenía muchos niños y que venía a gastar su salario bebiendo.
swissinfo.ch: ¿Qué significa nacer hijo ilegítimo a mediados del siglo XX?
I. E.-B. : En esa etapa, debido a los problemas ligados al alcoholismo y a la prohibición del aborto, había mucha pobreza. Muchos niños fueron abandonados. La ley dejó de hacer distinción entre hijos legítimos o ilegítimos apenas en 1978, y la Iglesia borró la noción de ilegitimidad en 1983. Esa gente era ilegítima, por tanto, estigmatizada; pagando el “error” de sus padres.
En el caso de Paul, su madre lo abandonó cuando ella tenía 18 años, después hizo lo mismo con una hija. Esa situación existía en otros cantones suizos, pero aquí estaba muy marcado, puesto que las familias eran especialmente pobres. Y el cantón de Friburgo, rural, conoció una industrialización tardía.
El abandono, para cualquier ser humano, es la más grave de las heridas. Paul se ha restablecido, pero no del todo, puesto que aún tiene necesidad de hablar de ello. A la gente, a veces, eso les molesta, puesto que han escuchado ya diez mil veces esas historias. Con el libro, busco hacerle justicia, puesto que la gente lo quiere mucho, pero al mismo tiempo uno percibe una especie de menosprecio.
Fuente: swissinfo.ch

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