martes, 23 de diciembre de 2008

Jules y Jim (Drama)


Título: Jules y Jim (Drama) Director: Francois Truffaut Intérpretes: Jeanne Moreau, Oskar Werner, Henri Serrer, Vanna Urbino, Boris Bassiak Datos: Francia (1961) 105 minutos

Jules et Jim emana vida, pasión, irracionalidad, amistad, melancolía y todo ese gráfico de emociones que inunda cualquier relación, ya sea de pareja, o amistad. Esta película, aunque su título nos hable de dos amigos, Jules e Jim, en cierta manera, ellos no son los protagonistas. La protagonista es Catherine: una chica que abruma y desprende arte, belleza, ingenio, espontaneidad, y todos esos detalles que pueden llegar a formar una persona tremendamente carismática, atractiva.


Jules et Jim et l´amour
Blog” ysiestaveztequedaras

“Mientras que François Truffaut, que era un enamorado del cine, proclamaba un nuevo lenguaje para este llamado nouvelle vague, a su vez dirigía una película que trataba justamente del amor y de las nuevas maneras de sentirlo. Jules et Jim estaba empapada de pasión, estupidez, lirismo, disparate, pedantería, amargura, melancolía y demás emociones que suelen inundar las relaciones. Pero su acierto fue otro. Como buena cinta del amor su protagonista no era ni Jules, ni tampoco Jim, sino la mujer que se interpuso entre ambos, Catherine, cuya verdad es que era el único animal salvaje al que fue imposible decir no. Catherine, la que se lanzaba de cabeza al Sena sólo por llamar la atención. Catherine, la que quiso llevar a la práctica Las elecciones afectivas de Goethe. Catherine, la que nunca conoció la mediocridad por ser hija de madre británica.




Jules e Jim
Enrique Colmena (Criticalia)

L a tercera película de François Truffaut, tras el trallazo de "Los cuatrocientos golpes" y el desconcierto del público en "Tirad sobre el pianista", le confirma en su papel dirigente, junto a Jean-Luc Godard, en la renovación del cine francés, en lo que dio en llamarse Nouvelle Vague o Nueva Ola. "Jules et Jim", con guión de Jean Gruault (habitual de otro exquisito, Alain Resnais) y del propio Truffaut, supone una de las cumbres de la obra de este cineasta frío pero internamente tan caliente, y una de las ocasiones en las que el toque Trufaut fue más evidente. Un triangulo amoroso: una mujer, dos hombres, la amistad, el amor con uno, el amor con otro, todo ello tratándose de usted y con vivisección de bisturí de un entomólogo que tomará partido, inadvertidamente, por las debilidades de las criaturas que analiza. Hermosa película, tan delicada y a la vez tan fuerte, centra ya la mayoría de las constantes del cine truffautiano: sencillez argumental, actores declamantes antes que intérpretes, fragilidad de los sentimientos. Jeanne Moreau nunca estuvo tan bien, y Oskar Werner repetiría con Truffaut en la espléndida "Fahrenheit 451".
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EVOCACIÓN DE JEAN SEBERG


Jean Seberg y Romain Gary


EVOCACIÓN DE JEAN SEBERG Antón Castro Hace casi medio siglo, el mundo descubrió a una americana menuda y frágil, con el pelo cortado a lo garçonne, con los ojos entre azules y grises, que paseaba por los alrededores de París con Jean Paul Belmondo en Al final de la escapada (1959), de Jean--Luc Godard. Se llamaba Jean Seberg. Había sido descubierta unos años antes por Otto Preminger entre miles de aspirantes para encarnar a Santa Juana, la Juana de Arco soñada por George Bernard Shaw. Hasta entonces poco se sabía de ella: había nacido en Iowa en 1938, descendía de emigrantes suecos y era la chica mona a la que adoraban los integrantes del equipo de fútbol de su ciudad. Pronto se convirtió en una especie de mito: encarnaba a la mujer moderna como antes lo había hecho Katharine Hepburn y como en los 70--80 lo haría la fugaz Dominique Sanda de Noveccento y Más allá del bien y del mal. Rica y famosa, se casó con el novelista y diplomático de origen lituano Romain Gary (1914--1980), con quien mantuvo durante diez años una relación de amor y desamor. Era la vieja estampa del intelectual, sabio y maduro, y la joven diosa, la cazadora solitaria en que habría de convertirse pronto. Jean Seberg fue una mujer tempestuosa: vivía en el abismo de la pasión, en el límite de una enajenación inicialmente controlada, y poesía una lunática y poderosa personalidad. Tuvo muchos amantes. El novelista mexicano Carlos Fuentes, casado a finales de los 60 con la actriz de Nazarín de Buñuel, Rita Macedo, sucumbió a sus encantos, y se quedó hechizado por ella. Le ha dedicado una novela, Diana o la cazadora solitaria (Alfaguara, 1994), donde le cambia el nombre por Diana Soren. La relación, que llegó a ser intensamente emocional y erótica (a veces el lector se sorprenderá con la sinceridad del autor al hablar de "la infinita capacidad sexual de Diana" y de sí mismo), contabilizó más de mes de convivencia a lo largo de casi un año. En la novela, sorprende el lado oscuro de Seberg, su rabiosa independencia y su compromiso con las causas perdidas de los Panteras Negras, del hippismo o de los derechos humanos. Era desconcertante y asumía sus traiciones: durante el rodaje de La leyenda de la ciudad sin nombre se enamoró de Clint Eastwood y vivió un romance con él; al volver al apartamento que compartía con Fuentes, colocó un retrato de Eastwood de vaquero en La muerte tenía un precio. Carlos Fuentes viene a decir que era una mujer desquiciada, con un enigmático lado oscuro, que perturbaba a cualquiera y podía llegar a ser muy cruel. Era la mujer fatal, quizá sin saberlo, aunque iba de aquí para allá seduciendo muchachos, buscándolos en las tabernas de Estados Unidos o París, y consumiendo alcohol y droga. Hubo un momento en que fue perseguida por el FBI, habida cuenta de que era una estrella contestataria de Hollywood. Hacia 1970, poco después de cambiar a Carlos Fuentes por otro amante y reprocharle, según dice en su novela, que "era menos culto que Iván Gravet (Romain Gary)", se quedó embarazada. Alguien hizo llegar a la prensa el rumor interesado de que esa criatura era de un integrante de Las Panteras Negras. La desgracia se cebó en ella, el niño murió a los tres días, pero antes Jean Seberg tomó al cadáver más de doscientas fotos. Estaba al borde de la destrucción. Quizá por entonces, o a mediados de los 70, la conoció y la amó el realizador Ricardo Franco. Fue para él una experiencia increíble: Jean Seberg, que nunca fue una gran actriz, seguía siendo una criatura irresistible, una leyenda de carácter insondable y aniquilador. Subyugante, sin duda, tierna, díscola, rebelde. Era un doloroso misterio y quizá un naufragio continuo como ser humano. Ni Ricardo Franco ni Carlos Fuentes pudieron olvidarse de ella, ni siquiera Gary que se suicidó en París en 1980, un año después de la muerte en extrañas circunstancias de Seberg: hacía tiempo que estaba al borde de la locura. Lo mismo salía toda desnuda del baño de un aeropuerto que había decidido alimentarse tan sólo de comida para perros. O que intensificó su atracción por la defensa de los negros a través de su amistad con el escritor homosexual James Baldwin. Apareció muerta en un Renault, envuelta en un poncho (Fuentes dice que era exactamente igual que él que le había regalado tiempo atrás), con el cuerpo abrasado por quemaduras de cigarrillo, una botella de agua y una nota de suicidio. Fuentes no se olvidó jamás de ella. Y Ricardo Franco, muerto mientras le rendía su último homenaje, tampoco. En Lágrimas negras --la valiente e intensa película que terminó el finado Fernando Bauluz y un equipo entusiasta de colaboradores--, Ariadna Gil encarna en cierto modo el fantasma de Jean Seberg: aquel infierno y paraíso de pasión y de locura concentrado en un ser humano, signado por la enajenación, la mentira compulsiva, la autoaniquilación, la incertidumbre de vivir y la imposible felicidad. Y lo hace con una interpretación antológica y medida que reproduce a la perfección el frunce violento, la mueca torva, la ternura íntima y el amor oceánico de una loca que se sabe condenada al fuego en un coche frente al mar, aunque un hombre normal y romántico como Fele Martínez --fotógrafo y realizador de vídeos en el filme-- crea que pueda redimirla con amor de tanto sufrimiento en una historia en que ambos, Fele y Ariadna (¿o tal vez Ricardo Franco y Jean Seberg?), nos dejan perplejos y temblando. Y con ellos tiemblan también Elena Anaya y Ana Risueño en una actuación estupenda. Tiemblan y pierden porque Lágrimas negras es un testamento sobre la inútil pasión cuando sobreviene la locura.













Diana o la cazadora solitaria

"Y en cuanto al romance, Carlos Fuentes aparece como él mismo, pero Jean Seberg aparace como Diana Soren. En la novela Fuentes deja ver pasajes de su vida amorosa anterior y posterior a esta relación —que lo dejará profundamente herido, tanto así que el mismo autor dice que tiene que escribir esta novela para exorcisar el dolor y la memoria—, llena de contradicciones, equívocos y excesos. En ese sentido, esta novela se lee como uno de los chismes mejor contados en la literatura mexicana. Inédita por este tono tan coloquial y cercano a la vida del autor, Diana o la cazadora solitaria es también una hermosa disertación de Fuentes y la importancia suprema que la literatura tiene para su existencia. “En mi vida privilegio la literatura por sobre todas las cosas, porque creo firmemente que sólo la literatura puede darme alguna luz de lo qué es mi vida”.





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