MARTIRIO UNA BREVE BIOGRAFIA


Por Hector Marques
Maribel Quiñones lo ha dicho muchas veces: Martirio no tiene que ver con el sufrimiento. Lo toma de la raíz griega de la palabra y significa testigo, persona que se da cuenta y da fe de lo visto y sentido. Maribel Quiñones fue artista antes de ser Martirio. Cantó antes de saber que iba a convertirse en una de las más originales artistas que ha dado España en los últimos 30 años. Fue en el año 1981 cuando se incorporó al mítico grupo Jarcha, responsable junto con Aguaviva de la recuperación del cancionero popular español y uno de los grupos que por los años de la transición mejor musicó a poetas y a la palabra en libertad.(...)
"Maribel, como si fuese una superheroína, sacó de su magín un personaje, Martirio, una suerte de tonadillera posmoderna ataviada de vestidos conceptuales e imposibles, peinetas delirantes y hermosísimas y unas sempiternas gafas oscuras que servían tanto de antifaz para ocultar su identidad civil, como de elemento glamouroso. Sirvieron también para lograr la identificación del público. Martirio se sintieron todas las mujeres que cantaban sus cuitas sentimentales y sexuales reales con un sentido del humor desconocido entonces en el trágico mundo de la copla. Martirio usó su raíz cultural y, desde el respeto más absoluto a la tradición pero afirmando que su tiempo eran aquellos liberadores años ochenta cubiertos de pop, comenzó a tratar con amor y humor a sus propios fantasmas. Primero formó parte del grupo Veneno (1984) junto a Kiko y Raimundo y Rafael Amador, para, inmediatamente saltar a la escena en solitario.


Estoy mala fue su primer disco (Nuevos Medios, 1986).


Viaje a los cultivos de coca

Una visita a los plantíos de cocaína en el suroeste de Colombia revela el origen de la tragedia que recorre nuestro continente: el narcotráfico. La necesidad económica del campesino pobre enfrentada a las enormes ganancias de los cárteles y a los miles de muertos en México. “Soy consciente que la coca que cultivo mata gente y vivo con eso en mi conciencia. Pero creo que no podría sobrevivir si mi familia no tuviese para alimentarse…”, dice un cosechador, y esa es la cruel realidad.
En el próximo pueblo podrá encontrar lo que está buscando, no confíe en nadie y confirme la identidad del hombre que allí lo espera. Bienvenido a la verdadera Colombia, donde la guerra y la muerte son moneda corriente”, entre ironías y certezas, un joven lugareño que conocí horas atrás me despide a desgano.Dos mil kilómetros pasaron desde que el Boing 737 despegó de Monterrey. Veinticinco horas de mareada carretera quedaron en el olvido, y sólo un puñado de fincas parece separarme de una de las realidades más crudas y reveladoras del continente americano.Miles de hectáreas con cultivos de coca, marihuana y amapola se ocultan entre frondosos plantíos legales. Voy llegando a San José, uno de los tantos caseríos que forman parte del conflictivo Nariño, estado colombiano fronterizo con Ecuador que produce anualmente cientos de toneladas de cocaína exportadas a México y al mundo.Me adentro en el pueblo y mi cabeza repasa mecánicamente el motivo que me depositó tan lejos de casa. En el mundo de las drogas, el final del cuento es historia repetida. Cárteles y mafias se reparten el poderío que el control de los narcóticos otorga. Como un pasaporte a la impunidad, las organizaciones delictivas mexicanas han transformado todo un país en un imperio de sangre y balas que decanta territorialmente en el mayor consumidor de drogas del planeta, Estados Unidos. Ante la certeza del desenlace, es el inicio el que suele pasar desapercibido. Aquel que marca el génesis de un mal que viene galopando sobre nuestro país. La cocaína es el resultado de un proceso químico derivado de la planta de la coca. Cultivada y cuidada por campesinos humildes, los campos se multiplican por toda Colombia debido a múltiples razones de índole social y económica que podrían ser evitadas.“Hace dos años me dedico a esto, intenté con el cacao y la piña pero sólo se cosecha dos o tres veces al año y no me alcanza para mantener a mis hijos. En cambio la coca se da cada dos meses”, habla don Miguel sin rodeos. “A la planta le quitas las hojas, dejando el tallo intacto y listo para que brote tiempo después otra cantidad importante de hojas que luego se transformarán en pasta base y costará una buena cifra en el mercado local”.De piel morena y movimientos toscos, el acento costeño de este campesino decora la autoridad ganada en treinta años de experiencia en los campos colombianos. Llevamos dos horas conversando en la entrada de su cabaña; con cerveza y música vallenata de fondo, sus recomendaciones sobre mi incursión a los laboratorios donde se procesa la cocaína parecen ciclarse en la peligrosidad que representan los paramilitares, el Ejército y los guerrilleros.

De balas y drogas

Colombia vive un conflicto armado que desangra su territorio desde hace 50 años. Una guerrilla con desteñidos aires revolucionarios devenida narcotraficante y grupos paramilitares mimetizados con los cárteles de la droga conforman un complicado mapa, completado por la presencia del Ejército nacional. Sumado esto a la interesada ayuda de Estados Unidos se obtiene una combinación que deja un desagradable sabor de boca en la población rural colombiana. “Aquí estamos en tierra de nadie, el Ejército pone retenes en las carreteras principales mientras que los ’guerrillos’ se mueven por senderos selváticos imperceptibles. A su vez, el pueblo es controlado por los ’paras’ mediante amenazas y redes de informantes anónimos”, explica Miguel.Entre charlas se van sumando varios vecinos que, confiando en la presencia del ’Don’, describen las graves consecuencias de la guerra. “La gente se va de los pueblos, deja sus casas y sus cultivos. Deben desplazarse hacia las afueras de Bogotá, Pasto o Medellín en busca de tranquilidad y lejos de las amenazas y vejámenes a los que nos rebajan desde hace años”, se lamenta Rosario, dueña de un almacén en la entrada del caserío.Las cifras sobre el desplazamiento forzado suelen producir resquemores entre el gobierno y las organizaciones internacionales. Mientras que el Estado enarbola la bandera de su constante disminución, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) certifica que Colombia ocupa el segundo lugar a escala mundial con las escalofriante cifra de 3 millones de personas desplazadas, sólo superada por el olvidado Sudán, en África. “En las capitales les fascina hablar de porcentajes y mejoras, pero aquí han cambiado pocas cosas. Sí, es cierto que el Ejército está por todas partes, pero eso ha empeorado muchas cuestiones porque la lucha por las plazas es terrible, y nosotros estamos en medio”, detalla la comerciante sin conocer que la ACNUR confirma sus dichos, informando que en Nariño 30 mil personas han abandonado sus hogares en lo que va del año.Las voces se elevan y la improvisada reunión con los vecinos se convierte en clamor popular. El disparador de la conversación todavía sigue flotando en el ambiente, aquel que demuestra que el protagonismo de los actores armados y su creciente poderío económico parecen alimentarse de alguna fuente inagotable.“Todo se reduce a la cocaína, con ella se financian los grupos armados ilegales y además obliga a que intereses políticos internacionales se mezclen con nuestros asuntos”, Miguel piensa y murmura: “Y qué puedo decirte, si yo mismo cultivo coca porque no me queda otra alternativa, esta guerra nos ha obligado a tomar caminos difíciles y sólo otro padre que tuviese que alimentar a sus cuatro hijos podría juzgarme”.
Mundo de arrobas
Son las siete de la mañana y el desayuno es un ritual obligado. Plátano frito, huevos y café son la receta para sobrellevar la larga jornada en los plantíos. Con la vestimenta tampoco se improvisa; camisa de mangas largas, pantalones anchos e imprescindibles botas pantaneras. “¿Trajo las botas? Sin ellas no podrá caminar porque necesitamos recorrer varios kilómetros con el barro hasta las rodillas”. Jairo no exagera, los campesinos están acostumbrados a un paso con ritmo militar entre senderos anegados y agotadores.Jairo Rincón, el Negro, tiene 40 años y veinte los ha vivido entre cultivos ilícitos. Se inició por casualidad en la zona del Caribe colombiano y actualmente posee un par de hectáreas en las afueras del pueblo. Al igual que otros, eligió un terreno alejado y difícil de detectar desde el aire.Detrás de él, Miguel se mueve con naturalidad cortando a machete toda rama que se asome. Caminamos seguros pero con sigilo, las cámaras escondidas en un canasto simulando ser víveres, son una cuestión que no se discute. Estamos en terreno hostil, los guerrilleros recorren el área y aparecen sorpresivamente si alguien les avisa de cualquier irregularidad. El Ejército vigila tres kilómetros al oeste de la carretera y los paramilitares se mantienen estables en el pueblo. “De aquí hasta el río es mi terreno, hoy vamos a ’raspar’ diez arrobas de coca, lo que nos llevará media mañana según la experiencia de los trabajadores”. El Negro señala cuatro jóvenes que recolectan hojas sin respiro. “Cada arroba equivale a 12 kilos, y al terminar esta cosecha llegaremos a los 120, para luego cargar los bultos al hombro y llevarlos al laboratorio para procesar la pasta base”, explica.Se calcula que por hectárea (ha.) pueden darse unas 10 mil matas de coca. El Programa global de Monitoreo de Cultivos ilícitos (UNODC) confirma que promediando el 2008 la cifra de hectáreas cultivadas supera las 100 mil, y el Pacífico colombiano fue el que más incrementó su producción con 38 por ciento más de plantíos ilegales. Con un movimiento ascendente desde la base hasta el tope de la planta, los jóvenes continúan arrancando con notable eficacia la totalidad de las hojas; el paisaje que antes era abundante se transforma en un desolado paraje de tallos huérfanos. El resto de la vegetación no pasa desapercibida; cañas de azúcar, plátanos y palma se repiten en casi todas las parcelas. “El campesino no es narcotraficante, trabaja humildemente la tierra y elige este camino porque los cultivos tradicionales no generan dinero para vivir con normalidad”. Miguel se sincera. “Aquí nadie es millonario, las familias que cosechan el cacao una vez al año apenas superan la línea de la pobreza. Nos pagan tres dólares el kilo y sólo quien tiene dinero y mucho espacio puede pensar en cultivar árboles más productivos como la palma”.Una hectárea de tierra productiva para la coca significa que al menos tres de bosque subtropical han sido deforestadas. En la problemática colombiana las aristas son múltiples, y la flora no es una excepción. Si por un lado la tala es necesaria para obtener plantaciones eficientes, por el otro las fumigaciones aéreas implementadas por el gobierno han causado terribles pérdidas en el ecosistema nacional. Para Jairo la situación es clara, “las avionetas no distinguen los cultivos y destruyen el único ingreso que muchos campesinos tienen. Eso genera más pobreza y obliga a las familias a plantar coca, que les da dinero rápido y menores perjuicios”. Según cifras oficiales, 80 mil serían los hogares involucrados hasta el momento.“El tipo de químico utilizado es muy nocivo y deja inutilizado el suelo por varias rotaciones. No entiendo por qué siguen rociando con él si la planta de coca es la que mejor resiste debido a sus características silvestres. Actualmente estamos sembrando un híbrido proveniente de Bolivia que se mantiene casi intacto”.Mientras las quejas comunales se suman, los aviones tipo AT-802 continúan rociando el temido Glifosato, un herbicida prohibido por muchas organizaciones y que comercialmente se identifica como “Roundup”. Sin embargo el químico funciona y el objetivo es acabar con 200 mil hectáreas de coca y amapola para fin de año. Ambientalistas aseguran que el efecto tóxico será incalculable y que debe multiplicarse por tres con alcances probados a insectos, anfibios y fuentes de agua potable.

Recetas tóxicas
El informal grupo de trabajo se mueve a paso rápido y mordiendo cañas de azúcar para recuperar energías. Bajo un techo natural de árboles, un rústico rectángulo construido con maderas y caña que no supera los diez metros cuadrados, está el laboratorio, así denominado por los campesinos y muy alejado de lo que cualquier mente extranjera podría imaginar. “Con esta estructura nos alcanza, es fácil de construir y no perdemos material cuando el Ejército lo destruye”, describe Miguel. “Lo básico es un terreno plano donde depositar las hojas para mezclarlas con los químicos y un río para los desechos líquidos, a eso le sumamos unos barriles con 200 litros de capacidad y ya. El espacio necesitado es mínimo porque el material obtenido es ínfimo en comparación al ’kilaje’ de hojas”.El esquema de tareas es metódico y efectivo. El dueño del terreno tiene a sus empleados, fijos o temporales. Ellos cosechan las hojas y las llevan al laboratorio. Una vez allí se pesan los bultos y se vacían en el rectángulo para luego ser picados con guadañas a motor. A partir de ese paso comienza la cadena de percutores químicos que generarán el alcaloide. Jairo me explica a detalle mientras los jóvenes mezclan los ingredientes. “Primero rociamos todo con sal de nutrimón (similar al amoníaco); a la mezcla húmeda le agregamos cal y soda que formarán una masa homogénea de hojas”.Luego viene la etapa de los líquidos y ahí es donde la experiencia rinde frutos. El llamado ’quimiquero’, persona especializada en mezclar las cantidades adecuadas para mejorar el rendimiento, comienza a realizar combinaciones sucesivas de gasolina y ácido para separar el narcótico. “Si tomas una hoja, verás que el frente es verde y su torso es blanco. Esa es la droga, y mi función es quitar esa parte blanca que finalmente será la cocaína”. David prosigue, “al echar los kilos de hojas en los barriles con gasolina logramos extraerle la sustancia blanca, quedando diluida en litros de combustible. Luego lo decantamos y vertemos el líquido en otro recipiente con ácido de baterías (sulfúrico). Las diferentes propiedades hacen que la gasolina y el ácido se separen dejando en el fondo las partículas de coca.A sus 24 años, David Blanco, o Pollo, como le dicen sus amigos, se mueve como profesional y habla como un experto en el proceso de la cocaína. Desde los 12 trabaja en los cultivos y la mejor paga como especialista en químicos lo hizo aprender la tarea. “La jornada puede superar los 10 dólares y eso es mucho para gente humilde como nosotros”, se convence. Ver a todo un equipo trabajando motiva la pregunta sobre los ingresos y ganancias que se llevan al final del día. Cientos de kilos de hoja y pequeños paquetes de pasta base son el resultado inicial antes de pasar a las ’cocinas’, último paso del proceso antes de que la cocaína vuele hacia otros continentes. Jairo se sienta y reflexiona: “El dinero no lo hacemos nosotros, sino el vendedor final, el gran distribuidor al que nosotros le entregamos el producto base. Por arroba de hoja (12.5 k) obtenemos 30 gramos de pasta básica, quiere decir que hoy hemos cosechado 120 kilos obteniendo apenas 300 gramos”. El gramo de pasta de coca oscila entre los 50 y 70 centavos de dólar según la época y coyuntura del conflicto armado. Después de todo un día de trabajo, Jairo tuvo una ganancia de 180 dólares, a los que debe restarle un promedio de 40 dólares en pago a los cosecheros, al ’quimiquero’ y a los operadores de las guadañas. A partir de mañana deberá esperar meses para tener otra cosecha y ganancias.La última etapa del proceso esta lista para comenzar. Miguel separa el alcaloide que había quedado en el fondo del recipiente y comienza a calentarlo en unos quemadores especiales. Al contacto con la llama, la coca burbujea quedando con una textura similar al jarabe. Tiempo después, se enfría y solidifica en piedras de color marrón. “Aquí termina nuestra parte, sólo queda una última etapa con los químicos finales y los hornos microondas, y de allí la cocaína ya se exporta para México”. El Negro no quiere profundizar, a mi insistencia sigue la respuesta: “Gran parte del negocio de la cocaína se basa en productores independientes como nosotros, miles de campesinos con necesidades económicas insatisfechas que trabajamos un cultivo como si fuese maíz o cacao. Luego los grupos armados y los cárteles cierran el proceso produciendo un negocio multimillonario a escala mundial”.Jairo baja inconscientemente la voz y explica que cada semana se acercan los compradores al pueblo. Guerrilleros y paramilitares negocian la mercancía a precios bajos y se ganan la confianza de los campesinos regalándoles los químicos. “Les dejamos el material y ellos nos preguntan qué necesitamos. Nos dan el combustible y lo demás para que no tengamos gastos y así ser más productivos. También nos adelantan buenas sumas de dinero, la gente agradece ese gesto y les es fiel”.









Efecto mariposa


Según la teoría de caos, el simple aleteo de una mariposa producirá un huracán en alguna otra parte del mundo. Esta metáfora, que explica cómo una cuestión insignificante influye sobre episodios mayores, podría ser aplicable a la problemática de la cocaína en Colombia. La clase rural vive bajo la línea de la pobreza y por ello elige los cultivos ilegales. El campesino produce y vende el kilo de pasta base a 600 dólares. Luego los grupos armados y los cárteles finalizan el proceso y exportan el kilo de cocaína a precios que oscilan entre 7 y 10 mil dólares. Ya en México supera los 12 mil, y en Estados Unidos o Canadá promedia 20 mil dólares.Como aquella mariposa, Colombia está peleando mientras México se desangra intentando comprender el mapa errático en el que está parado. Mafias y escuadrones de la muerte continúan masacrando a miles de mexicanos a causa del ingreso exponencial que brinda el tráfico de estupefacientes. Rutas aéreas y marítimas se han multiplicado y 600 toneladas de cocaína siguen volando por las fronteras sin ser detectadas. “Soy consciente que la coca que cultivo mata gente y vivo con eso en mi conciencia. Pero creo que no podría sobrevivir si mi familia no tuviese para alimentarse, pensando que la miseria y los bajos ingresos obligasen a mis hijos a renunciar a sus sueños”. Reflexivo, Jairo me despide en mi improvisado transporte.Me voy de San José oculto en una camioneta entre plátanos y animales. Como periodista nunca fui bienvenido y los paramilitares ya estaban al corriente de mi trabajo en el campo. En el camino no puedo dejar de observar las decenas de casas en pobrísimas condiciones y mis sentimientos son encontrados.


*Santiago Fourcade, periodista, Coordinador en la Escuela de Periodismo de la Universidad Regiomontana.
Texto y fotos por Santiago Fourcade

Miércoles 29 de Octubre de 2008



Y quiero morir cantando...


En muchas canciones hablamos de la muerte en su sentido directo: cuando alguien se muere de muerte natural, accidental o a balazos.

Los mexicanos, en su acervo de música popular y sobre todo del género ranchero y el bolero, por supuesto también celebran a la muerte: “… nos burlamos de ella…” Se le canta a los panteones, al ataúd, al duelo, a las “almas en pena”; se la festeja en imágenes que reflejan el fin de un romance o una situación angustiante. En fin: “La gama de posibilidades va desde lo más jocoso hasta lo más dramático y espeluznante”.Si se hiciera una olimpiada para ver qué país tiene más canciones relacionadas con la muerte sin duda México sería medallista. No creo que en otra parte del mundo exista un cancionero popular que pueda superar al mexicano en lo que se refiere a la presencia de la muerte. Se dice que los mexicanos nos burlamos de ella, que la confrontamos, que le tenemos miedo y la ridiculizamos de tantas formas que cualquiera que no forme parte de nuestra cultura se queda verdaderamente sorprendido. No sólo somos buenos para componer canciones en las que la muerte se aparece, sino que además tenemos una gran capacidad para asimilar temas que nos llegan de otros lados y de hacerlos nuestros, siempre y cuando tengan algún elemento que pueda llegarnos hasta las fibras más sensibles.Ya desde tiempos anteriores a la llegada de los europeos se había sembrado la semilla que hoy sigue floreciendo en nuestra cultura popular y que nos hace ser como somos. La convivencia con las distintas manifestaciones de la muerte es algo cotidiano y la música lo refleja fielmente. No importa si se trata de canciones rancheras, rocks, tropicales, gruperas o boleros. En cada etapa, en cada género y a través de generaciones le hemos cantado a los panteones, a los ataúdes, al duelo, al homicidio, al suicidio, al más allá, a las almas en pena, a los deudos y demás.En muchas canciones hablamos de la muerte en su sentido directo: cuando alguien se muere de muerte natural, accidental o a balazos. Otras veces, la muerte se utiliza en un sentido figurado, para expresar el final de un romance o para lamentar un estado de extrema angustia. La gama de posibilidades va desde lo jocoso hasta lo más dramático y espeluznante. Ahí tiene usted, por ejemplo, el simpático tema de Chava Flores titulado “Cerró sus ojitos Cleto”, que trata de una manera chusca los incidentes de un velorio de vecindad, mientras que Guty Cárdenas, en la pieza “Flor”, nos transmite a través de un sublime poema la tristeza y la angustia provocadas por la repentina muerte de la amada. En especial nuestra música ranchera es la que tiene más referencias al asunto. Considere usted estos ejemplos:“México lindo y querido”, el tema de Chucho Monge clásico en la voz de Jorge Negrete que, siendo uno de los más apreciados por el mundo, habla del deseo de ser sepultado en México.“Cucurrucucú paloma”, de Tomás Méndez, que hizo popular Lola Beltrán y que es la expresión del dolor ante un amor que ha muerto.“Canción Mixteca”, el segundo himno oaxaqueño, surgido de la inspiración de José López Alavés que en su letra dice: “Quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento…”“Camino de Guanajuato”, de José Alfredo Jiménez, una de las más conocidas de su producción, empieza diciendo “No vale nada la vida, la vida no vale nada… comienza siempre llorando y así llorando se acaba”, y a la memoria de su hermano Ignacio expresa: “Vete rodeando veredas, no pases porque me muero”.“Amarga Navidad”, sirve para demostrar que ni siquiera el género navideño está exento de esta faceta del sentir mexicano. El tema arranca así: “Acaba de una vez de un solo golpe, por qué quieres matarme poco a poco…”“La Llorona”, tema popular que nos habla de “muertos que no hacen ruido y es más grande su penar”.“Juan Charrasqueado”, de Víctor Cordero, está entre los corridos más conocidos. Nos narra sobre el personaje que por ser borracho, parrandero y jugador muere cuando una bala le atraviesa el corazón.De hecho, el género del corrido es un catálogo de piezas en el que la muerte sienta sus reales. Habla de sucesos históricos, hombres valientes, tragedias pasionales, accidentes o desastres, villanos y otros temas que hieren poderosamente a la sensibilidad de la gente. Muchas de sus historias son inolvidables por la viveza de sus descripciones. Usted seguramente recuerda lo que dicen obras como: “La Martina”, “Máquina 501”, “La muerte de Emiliano zapata”, “La tumba de Villa”, Benito Canales”, “Valentín de la Sierra”, “El perro negro”, “Gabino Barrera”, “Simón Blanco”, “Nacho Bernal”, “Prisionero de San Juan de Ulúa”, “Valente Quintero”, “Rosita Alvírez”, “Caballo prieto azabache”, “El Ojo de Vidrio”, “Pancho López” y tantos más, todos ellos modelos en su estilo.Si entramos al huapango nos encontramos también con piezas importantes en el catálogo de la muerte. Aquí están algunos versos notables:“Por la lejana montaña va cabalgando un jinete, vaga solito en el mundo y va deseando la muerte”.“Canto al pie de tu ventana pa’ que sepas que te quiero, tú a mí no me quieres nada, pero yo por ti me muero”.“La Huasteca está de luto, se murió su huapanguero”.“Porque antes de amanecer la vida le han de quitar porque mató a su mujer y a un amigo desleal”.




Yo creo que la canción más representativa del sentir mexicano hacia la muerte es la que escribió Tomás Méndez que se titula precisamente “La Muerte” y que en la voz de Francisco El Charro Avitia tiene una fuerza tremenda. Aquí le pongo sus versos para que vea usted que se trata de una auténtica joya de nuestra música popular:

Viene la muerte luciendo
mil llamativos colores;
ven, dame un beso, pelona,
que ando huérfano de amores.
El mundo es una arenita
y el sol es una chispita,
y a mí me encuentran tomando
con la muerte en las cantinas.
No le temo a la muerte,
más le temo a la vida;
cómo cuesta morirse
cuando el alma anda herida.
Dicen que van a asustarme
llevándome a tu presencia,
si estás durmiendo en mi vida
es natural que despiertes.
Se va la muerte cantando
por entre las nopaleras;
en qué quedamos, pelona,
me llevas o no me llevas.


En nuestra memoria musical abundan los temas que anticipan la llegada de la muerte con temor y otros que la esperan con alegría. En algunas piezas se le habla a los difuntos y en otras son los muertos quienes se comunican desde el más allá. Es más, en el repertorio popular tenemos canciones que se conectan directamente con leyendas, mitos y personajes halloweenescos. Quien no recuerda, por ejemplo, de los años sesenta, éxitos como “La llorona loca”, con Los Gliders; “El esqueleto”, en voz de Miguel Ángel Medina; o “Que monstruos son” en la simpática versión del Vivi Hernández.

Durante los años pioneros del rock and roll en español se incorporaron al cancionero popular algunos temas clásicos: “El último beso”, con el cantante Polo, en el que se pregunta ¿Por qué se fue y por qué murió? y se responde, Porque el Señor me la quitó. Ahí tiene usted también a César Costa con “La historia de Tommy”; a Enrique Guzmán con “Las hojas muertas” y “Adiós mundo cruel”, y al argentino Palito Ortega con el súper dramón titulado “Vestida de novia” en donde están sepultando a una jovencita con el traje de novia que ya nunca lucirá mientras un coro muy triste de ángeles solloza la marcha nupcial. Ahora que si usted quiere una canción macabra, escandalosamente necrofílica y sacadora de onda, nomás vea lo que dijo el cantante ecuatoriano Julio Jaramillo en el tema “Bodas negras”:

Oye la historia que contóme un día
el viejo enterrador en la comarca:
Era un amante que por suerte impía
su dulce bien le arrebató la parca.


Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de su hermosa.
La gente murmuraba con misterio:
“Es un muerto escapado de la fosa”.


En una horrenda noche hizo pedazos
el mármol de la tumba abandonada.
Cavó la tierra y se llevó en sus brazos
al rígido esqueleto de la amada.


Y allá en la oscuridad más que sombría
de un cirio fúnebre a la llama incierta
sentó a su lado la osamenta fría
y celebró sus bodas con la muerta.


Ató con cintas los desnudos huesos,
el yerto cráneo coronó de flores,
la horrible boca la llenó de besos
y le contó sonriendo sus amores.


Llevó a la novia al tálamo mullido
y se acostó junto a ella enamorado
y para siempre se quedó dormido
al rígido esqueleto abrazado.


Sin duda, Jaramillo tuvo especial éxito con canciones alusivas al tema de la muerte. Una de sus interpretaciones más conocidas es para la canción “Nuestro juramento”, de Mario de Jesús, que en su letra dice:

Hemos jurado amarnos hasta la muerte
y si los muertos aman,
después de muertos amarnos más.




Javier Solís es, para mí, el cantante mexicano que más culto le rindió a la muerte. Cuando uno se pone a repasar su catálogo se siente como si el “Rey del Bolero Ranchero” estuviera anticipando su muerte. Para comprobarlo le invito a que escuche temas como: “Cuatro cirios”, “Amigo organillero”, “Si Dios me quita la vida”, “Sombras”, “Llorarás llorarás” y “Me recordarás”, así como los valses “Dios nunca muere” y “Morir por tu amor”.

La tradición popular de estar coqueteando con la muerte a través de la canción llega hasta nuestro tiempo. Ahí están Los Caifanes con su éxito “Mátenme porque me muero”, Mecano con “Cruz de navajas” y “No es serio este cementerio”. Alejandro Fernández ha cantado “Mátala”, y Miguel Bosé grabó “Morir de Amor”. A esto habría que agregar los narco-corridos que tienen connotaciones de sobra que se relacionan con la muerte.

Juan Gabriel nos ha dejado dos canciones básicas en el cancionero de la muerte que fueron éxitos grandes en voz de Rocío Dúrcal: “La muerte del palomo” y “Amor eterno”, este último un tema dedicado a un amigo que murió en Acapulco, aunque muchos creen, erróneamente, que se lo dedicó a su mamá. Por supuesto que en el cancionero tenemos melodías para toda la lúgubre atmósfera que rodea a los panteones: sepulturas, ataúdes, flores, lápidas, luto y llanto. Nada más para que se dé una idea aquí están algunas piezas que hablan del panteón: “Panteón sin cruces”, “Ratas panteoneras”, “Tristísimo panteón”, “El más rico del panteón”, “Boleto al panteón”, “Panteón de corazones” y “Panteón sin flores”. Dentro de esta categoría se pueden señalar obras muy conocidas como “La cama de piedra”, de Cuco Sánchez, en la que nos dice:

Por caja quiero un sarape,
por cruz mis dobles cananas,
y escriban sobre mi tumba mi último adiós con mis balas.
Ay, ay, ay, corazón, por qué no amas.


No podemos pasar por alto el género romántico que llega muchas veces a los extremos mismos de la muerte, ya sea por decepción, desengaño, traición, temor, venganza, celos y demás sentimientos de honda intensidad. Considere usted algunas piezas indispensables del catálogo en cuyas letras resuena, de una u otra forma, el eco de la muerte: “La nave del olvido”, “Regálame esta noche”, “Arráncame la vida”, “Amar y vivir”, “Usted”, “Vereda tropical”, “Viajera”, “Cuando me vaya”, “Traicionera”, “Mucho corazón”, “Te quiero, dijiste”, “Total”, “Noche de ronda”, “Noche no te vayas”, “Luna de octubre”, “Vagabundo”, “Tú eres mi destino”, “Perla negra” y “El andariego” . Aquí la lista puede ser larguísima. También están las canciones que se enfocan sobre la muerte desde un punto de vista simpático y curioso. Entre las más conocidas puedo citarle éstas: “Que se mueran los feos”, “El muerto vivo” —aquel que andaba de parranda, “Dos horas de balazos”, “Pobre Tom” y “El gato viudo”.

En la trova yucateca tenemos varios temas de gran significación dentro del género mortuorio: “Dile a tus ojos” y “Yukalpetén”, de Guty Cárdenas; “Ella”, de Domingo Casanova; “Flores de mayo”, “Pensamiento” y “Crucifijo”, de Ricardo Palmerín; así como “Beso asesino” de Pepe Domínguez. Hasta en la canción infantil se encuentran canciones que encaran a los niños con la realidad ineludible de la muerte. En la lista podemos incluir: “Los diez perritos”, “La viudita”, “El piojito”, “Tengo una muñeca”, “La Huerfanita” y “Mambrú”.

No vaya usted a creer que todas estas canciones sólo se escuchan en la temporada de los días de muertos, para nada. Son piezas de permanente vigencia que mantienen viva esta faceta tan peculiar de nuestra idiosincracia. Ni hablar, así somos. Y si la muerte ocupa en nuestra cultura popular un lugar tan importante, en la música no podía ser de otra forma. Los mexicanos nacemos con música y hasta la tumba llegamos al son de nuestras canciones. Ya lo dijo el que lo dijo al decir: “porque la vida se acaba yo quiero morir cantando como muere la cigarra”.


Jaime Almeida/ ilustraciones Luis M. Morales