Viaje a los cultivos de coca
Una visita a los plantíos de cocaína en el suroeste de Colombia revela el origen de la tragedia que recorre nuestro continente: el narcotráfico. La necesidad económica del campesino pobre enfrentada a las enormes ganancias de los cárteles y a los miles de muertos en México. “Soy consciente que la coca que cultivo mata gente y vivo con eso en mi conciencia. Pero creo que no podría sobrevivir si mi familia no tuviese para alimentarse…”, dice un cosechador, y esa es la cruel realidad.
En el próximo pueblo podrá encontrar lo que está buscando, no confíe en nadie y confirme la identidad del hombre que allí lo espera. Bienvenido a la verdadera Colombia, donde la guerra y la muerte son moneda corriente”, entre ironías y certezas, un joven lugareño que conocí horas atrás me despide a desgano.Dos mil kilómetros pasaron desde que el Boing 737 despegó de Monterrey. Veinticinco horas de mareada carretera quedaron en el olvido, y sólo un puñado de fincas parece separarme de una de las realidades más crudas y reveladoras del continente americano.Miles de hectáreas con cultivos de coca, marihuana y amapola se ocultan entre frondosos plantíos legales. Voy llegando a San José, uno de los tantos caseríos que forman parte del conflictivo Nariño, estado colombiano fronterizo con Ecuador que produce anualmente cientos de toneladas de cocaína exportadas a México y al mundo.Me adentro en el pueblo y mi cabeza repasa mecánicamente el motivo que me depositó tan lejos de casa. En el mundo de las drogas, el final del cuento es historia repetida. Cárteles y mafias se reparten el poderío que el control de los narcóticos otorga. Como un pasaporte a la impunidad, las organizaciones delictivas mexicanas han transformado todo un país en un imperio de sangre y balas que decanta territorialmente en el mayor consumidor de drogas del planeta, Estados Unidos. Ante la certeza del desenlace, es el inicio el que suele pasar desapercibido. Aquel que marca el génesis de un mal que viene galopando sobre nuestro país. La cocaína es el resultado de un proceso químico derivado de la planta de la coca. Cultivada y cuidada por campesinos humildes, los campos se multiplican por toda Colombia debido a múltiples razones de índole social y económica que podrían ser evitadas.“Hace dos años me dedico a esto, intenté con el cacao y la piña pero sólo se cosecha dos o tres veces al año y no me alcanza para mantener a mis hijos. En cambio la coca se da cada dos meses”, habla don Miguel sin rodeos. “A la planta le quitas las hojas, dejando el tallo intacto y listo para que brote tiempo después otra cantidad importante de hojas que luego se transformarán en pasta base y costará una buena cifra en el mercado local”.De piel morena y movimientos toscos, el acento costeño de este campesino decora la autoridad ganada en treinta años de experiencia en los campos colombianos. Llevamos dos horas conversando en la entrada de su cabaña; con cerveza y música vallenata de fondo, sus recomendaciones sobre mi incursión a los laboratorios donde se procesa la cocaína parecen ciclarse en la peligrosidad que representan los paramilitares, el Ejército y los guerrilleros.
De balas y drogas
Colombia vive un conflicto armado que desangra su territorio desde hace 50 años. Una guerrilla con desteñidos aires revolucionarios devenida narcotraficante y grupos paramilitares mimetizados con los cárteles de la droga conforman un complicado mapa, completado por la presencia del Ejército nacional. Sumado esto a la interesada ayuda de Estados Unidos se obtiene una combinación que deja un desagradable sabor de boca en la población rural colombiana. “Aquí estamos en tierra de nadie, el Ejército pone retenes en las carreteras principales mientras que los ’guerrillos’ se mueven por senderos selváticos imperceptibles. A su vez, el pueblo es controlado por los ’paras’ mediante amenazas y redes de informantes anónimos”, explica Miguel.Entre charlas se van sumando varios vecinos que, confiando en la presencia del ’Don’, describen las graves consecuencias de la guerra. “La gente se va de los pueblos, deja sus casas y sus cultivos. Deben desplazarse hacia las afueras de Bogotá, Pasto o Medellín en busca de tranquilidad y lejos de las amenazas y vejámenes a los que nos rebajan desde hace años”, se lamenta Rosario, dueña de un almacén en la entrada del caserío.Las cifras sobre el desplazamiento forzado suelen producir resquemores entre el gobierno y las organizaciones internacionales. Mientras que el Estado enarbola la bandera de su constante disminución, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) certifica que Colombia ocupa el segundo lugar a escala mundial con las escalofriante cifra de 3 millones de personas desplazadas, sólo superada por el olvidado Sudán, en África. “En las capitales les fascina hablar de porcentajes y mejoras, pero aquí han cambiado pocas cosas. Sí, es cierto que el Ejército está por todas partes, pero eso ha empeorado muchas cuestiones porque la lucha por las plazas es terrible, y nosotros estamos en medio”, detalla la comerciante sin conocer que la ACNUR confirma sus dichos, informando que en Nariño 30 mil personas han abandonado sus hogares en lo que va del año.Las voces se elevan y la improvisada reunión con los vecinos se convierte en clamor popular. El disparador de la conversación todavía sigue flotando en el ambiente, aquel que demuestra que el protagonismo de los actores armados y su creciente poderío económico parecen alimentarse de alguna fuente inagotable.“Todo se reduce a la cocaína, con ella se financian los grupos armados ilegales y además obliga a que intereses políticos internacionales se mezclen con nuestros asuntos”, Miguel piensa y murmura: “Y qué puedo decirte, si yo mismo cultivo coca porque no me queda otra alternativa, esta guerra nos ha obligado a tomar caminos difíciles y sólo otro padre que tuviese que alimentar a sus cuatro hijos podría juzgarme”.
Mundo de arrobas
Son las siete de la mañana y el desayuno es un ritual obligado. Plátano frito, huevos y café son la receta para sobrellevar la larga jornada en los plantíos. Con la vestimenta tampoco se improvisa; camisa de mangas largas, pantalones anchos e imprescindibles botas pantaneras. “¿Trajo las botas? Sin ellas no podrá caminar porque necesitamos recorrer varios kilómetros con el barro hasta las rodillas”. Jairo no exagera, los campesinos están acostumbrados a un paso con ritmo militar entre senderos anegados y agotadores.Jairo Rincón, el Negro, tiene 40 años y veinte los ha vivido entre cultivos ilícitos. Se inició por casualidad en la zona del Caribe colombiano y actualmente posee un par de hectáreas en las afueras del pueblo. Al igual que otros, eligió un terreno alejado y difícil de detectar desde el aire.Detrás de él, Miguel se mueve con naturalidad cortando a machete toda rama que se asome. Caminamos seguros pero con sigilo, las cámaras escondidas en un canasto simulando ser víveres, son una cuestión que no se discute. Estamos en terreno hostil, los guerrilleros recorren el área y aparecen sorpresivamente si alguien les avisa de cualquier irregularidad. El Ejército vigila tres kilómetros al oeste de la carretera y los paramilitares se mantienen estables en el pueblo. “De aquí hasta el río es mi terreno, hoy vamos a ’raspar’ diez arrobas de coca, lo que nos llevará media mañana según la experiencia de los trabajadores”. El Negro señala cuatro jóvenes que recolectan hojas sin respiro. “Cada arroba equivale a 12 kilos, y al terminar esta cosecha llegaremos a los 120, para luego cargar los bultos al hombro y llevarlos al laboratorio para procesar la pasta base”, explica.Se calcula que por hectárea (ha.) pueden darse unas 10 mil matas de coca. El Programa global de Monitoreo de Cultivos ilícitos (UNODC) confirma que promediando el 2008 la cifra de hectáreas cultivadas supera las 100 mil, y el Pacífico colombiano fue el que más incrementó su producción con 38 por ciento más de plantíos ilegales. Con un movimiento ascendente desde la base hasta el tope de la planta, los jóvenes continúan arrancando con notable eficacia la totalidad de las hojas; el paisaje que antes era abundante se transforma en un desolado paraje de tallos huérfanos. El resto de la vegetación no pasa desapercibida; cañas de azúcar, plátanos y palma se repiten en casi todas las parcelas. “El campesino no es narcotraficante, trabaja humildemente la tierra y elige este camino porque los cultivos tradicionales no generan dinero para vivir con normalidad”. Miguel se sincera. “Aquí nadie es millonario, las familias que cosechan el cacao una vez al año apenas superan la línea de la pobreza. Nos pagan tres dólares el kilo y sólo quien tiene dinero y mucho espacio puede pensar en cultivar árboles más productivos como la palma”.Una hectárea de tierra productiva para la coca significa que al menos tres de bosque subtropical han sido deforestadas. En la problemática colombiana las aristas son múltiples, y la flora no es una excepción. Si por un lado la tala es necesaria para obtener plantaciones eficientes, por el otro las fumigaciones aéreas implementadas por el gobierno han causado terribles pérdidas en el ecosistema nacional. Para Jairo la situación es clara, “las avionetas no distinguen los cultivos y destruyen el único ingreso que muchos campesinos tienen. Eso genera más pobreza y obliga a las familias a plantar coca, que les da dinero rápido y menores perjuicios”. Según cifras oficiales, 80 mil serían los hogares involucrados hasta el momento.“El tipo de químico utilizado es muy nocivo y deja inutilizado el suelo por varias rotaciones. No entiendo por qué siguen rociando con él si la planta de coca es la que mejor resiste debido a sus características silvestres. Actualmente estamos sembrando un híbrido proveniente de Bolivia que se mantiene casi intacto”.Mientras las quejas comunales se suman, los aviones tipo AT-802 continúan rociando el temido Glifosato, un herbicida prohibido por muchas organizaciones y que comercialmente se identifica como “Roundup”. Sin embargo el químico funciona y el objetivo es acabar con 200 mil hectáreas de coca y amapola para fin de año. Ambientalistas aseguran que el efecto tóxico será incalculable y que debe multiplicarse por tres con alcances probados a insectos, anfibios y fuentes de agua potable.
Recetas tóxicas
El informal grupo de trabajo se mueve a paso rápido y mordiendo cañas de azúcar para recuperar energías. Bajo un techo natural de árboles, un rústico rectángulo construido con maderas y caña que no supera los diez metros cuadrados, está el laboratorio, así denominado por los campesinos y muy alejado de lo que cualquier mente extranjera podría imaginar. “Con esta estructura nos alcanza, es fácil de construir y no perdemos material cuando el Ejército lo destruye”, describe Miguel. “Lo básico es un terreno plano donde depositar las hojas para mezclarlas con los químicos y un río para los desechos líquidos, a eso le sumamos unos barriles con 200 litros de capacidad y ya. El espacio necesitado es mínimo porque el material obtenido es ínfimo en comparación al ’kilaje’ de hojas”.El esquema de tareas es metódico y efectivo. El dueño del terreno tiene a sus empleados, fijos o temporales. Ellos cosechan las hojas y las llevan al laboratorio. Una vez allí se pesan los bultos y se vacían en el rectángulo para luego ser picados con guadañas a motor. A partir de ese paso comienza la cadena de percutores químicos que generarán el alcaloide. Jairo me explica a detalle mientras los jóvenes mezclan los ingredientes. “Primero rociamos todo con sal de nutrimón (similar al amoníaco); a la mezcla húmeda le agregamos cal y soda que formarán una masa homogénea de hojas”.Luego viene la etapa de los líquidos y ahí es donde la experiencia rinde frutos. El llamado ’quimiquero’, persona especializada en mezclar las cantidades adecuadas para mejorar el rendimiento, comienza a realizar combinaciones sucesivas de gasolina y ácido para separar el narcótico. “Si tomas una hoja, verás que el frente es verde y su torso es blanco. Esa es la droga, y mi función es quitar esa parte blanca que finalmente será la cocaína”. David prosigue, “al echar los kilos de hojas en los barriles con gasolina logramos extraerle la sustancia blanca, quedando diluida en litros de combustible. Luego lo decantamos y vertemos el líquido en otro recipiente con ácido de baterías (sulfúrico). Las diferentes propiedades hacen que la gasolina y el ácido se separen dejando en el fondo las partículas de coca.A sus 24 años, David Blanco, o Pollo, como le dicen sus amigos, se mueve como profesional y habla como un experto en el proceso de la cocaína. Desde los 12 trabaja en los cultivos y la mejor paga como especialista en químicos lo hizo aprender la tarea. “La jornada puede superar los 10 dólares y eso es mucho para gente humilde como nosotros”, se convence. Ver a todo un equipo trabajando motiva la pregunta sobre los ingresos y ganancias que se llevan al final del día. Cientos de kilos de hoja y pequeños paquetes de pasta base son el resultado inicial antes de pasar a las ’cocinas’, último paso del proceso antes de que la cocaína vuele hacia otros continentes. Jairo se sienta y reflexiona: “El dinero no lo hacemos nosotros, sino el vendedor final, el gran distribuidor al que nosotros le entregamos el producto base. Por arroba de hoja (12.5 k) obtenemos 30 gramos de pasta básica, quiere decir que hoy hemos cosechado 120 kilos obteniendo apenas 300 gramos”. El gramo de pasta de coca oscila entre los 50 y 70 centavos de dólar según la época y coyuntura del conflicto armado. Después de todo un día de trabajo, Jairo tuvo una ganancia de 180 dólares, a los que debe restarle un promedio de 40 dólares en pago a los cosecheros, al ’quimiquero’ y a los operadores de las guadañas. A partir de mañana deberá esperar meses para tener otra cosecha y ganancias.La última etapa del proceso esta lista para comenzar. Miguel separa el alcaloide que había quedado en el fondo del recipiente y comienza a calentarlo en unos quemadores especiales. Al contacto con la llama, la coca burbujea quedando con una textura similar al jarabe. Tiempo después, se enfría y solidifica en piedras de color marrón. “Aquí termina nuestra parte, sólo queda una última etapa con los químicos finales y los hornos microondas, y de allí la cocaína ya se exporta para México”. El Negro no quiere profundizar, a mi insistencia sigue la respuesta: “Gran parte del negocio de la cocaína se basa en productores independientes como nosotros, miles de campesinos con necesidades económicas insatisfechas que trabajamos un cultivo como si fuese maíz o cacao. Luego los grupos armados y los cárteles cierran el proceso produciendo un negocio multimillonario a escala mundial”.Jairo baja inconscientemente la voz y explica que cada semana se acercan los compradores al pueblo. Guerrilleros y paramilitares negocian la mercancía a precios bajos y se ganan la confianza de los campesinos regalándoles los químicos. “Les dejamos el material y ellos nos preguntan qué necesitamos. Nos dan el combustible y lo demás para que no tengamos gastos y así ser más productivos. También nos adelantan buenas sumas de dinero, la gente agradece ese gesto y les es fiel”.
Efecto mariposa
Según la teoría de caos, el simple aleteo de una mariposa producirá un huracán en alguna otra parte del mundo. Esta metáfora, que explica cómo una cuestión insignificante influye sobre episodios mayores, podría ser aplicable a la problemática de la cocaína en Colombia. La clase rural vive bajo la línea de la pobreza y por ello elige los cultivos ilegales. El campesino produce y vende el kilo de pasta base a 600 dólares. Luego los grupos armados y los cárteles finalizan el proceso y exportan el kilo de cocaína a precios que oscilan entre 7 y 10 mil dólares. Ya en México supera los 12 mil, y en Estados Unidos o Canadá promedia 20 mil dólares.Como aquella mariposa, Colombia está peleando mientras México se desangra intentando comprender el mapa errático en el que está parado. Mafias y escuadrones de la muerte continúan masacrando a miles de mexicanos a causa del ingreso exponencial que brinda el tráfico de estupefacientes. Rutas aéreas y marítimas se han multiplicado y 600 toneladas de cocaína siguen volando por las fronteras sin ser detectadas. “Soy consciente que la coca que cultivo mata gente y vivo con eso en mi conciencia. Pero creo que no podría sobrevivir si mi familia no tuviese para alimentarse, pensando que la miseria y los bajos ingresos obligasen a mis hijos a renunciar a sus sueños”. Reflexivo, Jairo me despide en mi improvisado transporte.Me voy de San José oculto en una camioneta entre plátanos y animales. Como periodista nunca fui bienvenido y los paramilitares ya estaban al corriente de mi trabajo en el campo. En el camino no puedo dejar de observar las decenas de casas en pobrísimas condiciones y mis sentimientos son encontrados.
*Santiago Fourcade, periodista, Coordinador en la Escuela de Periodismo de la Universidad Regiomontana.
Texto y fotos por Santiago Fourcade
Miércoles 29 de Octubre de 2008