EL MITO, EN LA IZQUIERDA

por ROLAND BARTHES



Si el mito es un habla despolitizada, existe por lo menos un habla que se opone al mito: el habla que permanece política. Debemos volver aquí a la distinción entre lenguaje-objeto y metalenguaje. Si soy un leñador y, como tal, nombro el árbol que derribo, cualquiera sea la forma de mi frase, hablo el árbol, no hablo sobre él. Esto quiere decir que mi lenguaje es operatorio, ligado a su objeto de una manera transitiva: entre el árbol y yo lo único que existe es mi trabajo, es decir, un acto. Ése es un lenguaje político; me presenta la naturaleza sólo en la medida en que quiero transformarla, es un lenguaje mediante el cual yo actúo el objeto: el árbol no es para mi una imagen, es simplemente el sentido de mi acto. Pero si no soy leñador, ya no puedo hablar el árbol, sólo puedo hablar de él, sobre él. Mi lenguaje deja de ser el instrumento de un árbol actuado, ahora el árbol cantado se convierte en instrumento de mi lenguaje; sólo tengo con el árbol una relación intransitiva; el árbol no es más el sentido de lo real como acto humano, es una imagen en disponibilidad: frente al lenguaje real del leñador, creo un lenguaje segundo, un metalenguaje, en el que voy a poner en acción no las cosas, sino sus nombres, y que es al lenguaje primero lo que el gesto es al acto. Este lenguaje segundo no es enteramente mítico, pero es el sitio exacto en el que se instala el mito; porque el mito sólo puede trabajar sobre objetos que ya han sufrido la mediación de un primer lenguaje.
Existe por lo tanto un lenguaje que no es mítico: el lenguaje del hombre productor. Toda vez que el hombre habla para transformar lo real y no para conservar lo real como imagen, cuando liga su lenguaje a la elaboración de cosas, el metalenguaje es devuelto a un lenguaje-objeto, el mito es imposible. Por eso el lenguaje verdaderamente revolucionario no puede ser un lenguaje mítico. La revolución se define como un acto catártico destinado a revelar la carga política del mundo: la revolución hace el mundo y su lenguaje, todo su lenguaje es absorbido funcionalmente en ese hacer. Porque produce un habla plenamente —es decir política al comienzo y al final, y no como el mito, que es un habla inicialmente política y finalmente natural— la revolución excluye al mito. Del mismo modo que la ex-nominación burguesa define a la vez la ideología burguesa y el mito, la nominación revolucionaria identifica la revolución y la privación de mito: la burguesía se encubre como burguesía y por eso mismo produce el mito; la revolución se proclama como revolución y por eso mismo logra abolir el mito.
Se me ha preguntado si había mitos "de izquierda". Desde luego, en la medida en que la izquierda no es la revolución. El mito de izquierda surge precisamente en el momento en que la revolución se transforma en "izquierda", es decir, en que acepta encubrirse, velar su nombre, producir un metalenguaje inocente y deformarse en "naturaleza". Esta ex-nominación revolucionaria puede ser o no táctica, no es éste el sitio para discutirlo. En todo caso, tarde o temprano se la siente como un procedimiento contrario a la revolución. Siempre la historia revolucionaria define sus "desviacionismos" más o menos en relación con el mito. Un día, por ejemplo, el propio socialismo definió el mito staliniano. Stalin, como objeto hablado, presentó durante años, en estado puro, los caracteres constitutivos del habla mítica: un sentido, que era el Stalin real, el de la historia; un significante, que era la invocación ritual a Stalin, el carácter fatal de los epítetos naturales con los que se rodeaba su nombre; un significado, que era la intención de ortodoxia, de disciplina, de unidad, adecuados por los partidos comunistas en una situación definida; una significación, por fin, que era un Stalin sacralizado en el que las determinaciones históricas eran fundadas como naturales, sublimadas bajo el nombre del genio, es decir, de lo irracional y de lo inexpresable; en este ejemplo la despolitización es evidente, muestra el mito en toda plenitud.24
Pues sí, el mito existe en la izquierda, pero de ningún modo tiene las mismas cualidades que el mito burgués. El mito de izquierda es inesencial. En primer lugar, los objetos que capta son escasos, no son más que algunas nociones políticas, salvo que recurra, él mismo, al arsenal de mitos burgueses. Nunca el mito de izquierda alcanza el inmenso campo de las relaciones humanas, la vastísima superficie de la ideología "insignificante". La vida cotidiana le es inaccesible: no existe, como sociedad burguesa, mito "de izquierda" que concierna al matrimonio, a la cocina, la casa, el teatro, la justicia, la moral, etc. Además, es un mito accidental, su uso no forma parte de una estrategia, como es el caso del mito burgués, sino solamente de una táctica o, en el peor de los casos, de una desviación; si se produce, es un mito adecuado a una comodidad, no a una necesidad.
Finalmente, y sobre todo, el mito de izquierda es un mito pobre, esencialmente pobre. No tiene capacidad de proliferar; producido por encargo y con un objetivo temporal limitado, su invención es torpe. Le falta ese poder mayor que es la fabulación. Haga lo que haga, se mantiene en él algo como rígido y literal, un tufo de consigna: permanece seco, como suele decirse de manera muy expresiva. ¿ Hay acaso algo más árido que el mito staliniano? Ninguna invención en todo esto, sólo una apropiación inhábil. El significante del mito (esa forma cuya infinita riqueza conocemos en el mito burgués) no variaba para nada, se reducía a la letanía.
Esta imperfección, si se me permite decirlo, se debe a la naturaleza de la "izquierda": cualquiera sea la indeterminación de este término, la izquierda se define siempre en relación al oprimido, proletario o colonizado.25 Pues bien, el habla del oprimido es necesariamente pobre, monótona, inmediata: su indigencia es la medida exacta de su lenguaje; sólo tiene uno, siempre el mismo, el de sus actos; el metalenguaje es un lujo, al que tampoco puede acceder. El habla del oprimido es real, .como la del leñador, es un habla transitiva: es casi incapaz de mentir; la mentira es una riqueza, supone un tener, supone verdades, formas de recambio. Esta pobreza esencial produce mitos escasos, magros; o fugitivos, o pesadamente indiscretos. Estos mitos proclaman su naturaleza de mito, señalan su máscara con el dedo. Y esa máscara es apenas la máscara de una seudonaturaleza. Esa fisis es incluso una riqueza que el oprimido no puede dejar de apropiársela; él es incapaz de vaciar el sentido real de las cosas, de otorgarles el lujo de una forma vacía, abierta a la inocencia de una naturaleza falsa. Podemos decir que, en cierto sentido, el mito de izquierda es siempre un mito artificial, un mito reconstituido: de allí su torpeza.
MITOLOGÍAS por ROLAND BARTHES 1957

UN OBRERO SIMPÁTICO
por ROLAND BARTHES


Nido de ratas, el film de Kazan, es un buen ejemplo de mistificación. Como se sabe, se trata de un hermoso estibador indolente y ligeramente torpe (Marión Brando), cuya conciencia se despierta poco a poco gracias al amor y a la iglesia (encarnada en un cura impulsivo, de estilo spellmaniano). Como este despertar coincide con la eliminación de un sindicato fraudulento y abusivo y parece empujar a los estibadores a resistir a varios de sus explotadores, algunos se han preguntado si no estábamos frente a un film valiente, un film de "izquierda", destinado a mostrar el problema obrero al público norteamericano.
En realidad, se trata una vez más de esa vacuna contra la verdad cuyo modernísimo mecanismo he indicado a propósito de otros films norteamericanos: la función de explotación de la gran patronal se deriva hacia un reducido grupo de gángsters y mediante la confesión de ese pequeño mal, señalado como una pústula leve y desagradable, se nos desvía del mal real, se evita nombrarlo, se lo exorciza. .
Sin embargo, basta con describir objetivamente los "papeles" del film de Kazan para establecer sin apelación posible su poder mistificador: el proletariado está constituido por un grupo de individuos abúlicos, que agachan la espalda bajo una servidumbre que reconocen perfectamente pero que no se atreven a sacudir; el estado (capitalista) se confunde con la justicia absoluta, es el único recurso posible contra el crimen y la explotación: si el obrero consigue llegar hasta el estado, hasta su policía y sus comisiones investigadoras, está salvado. En cuanto a la iglesia, bajo la apariencia de un modernismo de pacotilla, es apenas una potencia mediadora entre la miseria constitutiva del obrero y el poder paterno del estado-patrón. Finalmente, además, ese pequeño prurito de justicia y de conciencia se aplaca rápidamente, se resuelve en la gran estabilidad de un orden bienhechor, donde los obreros trabajan, los patronos se cruzan de brazos y los sacerdotes bendicen a unos y a otros en sus justas funciones.
El final, por otra parte, traiciona la película, justamente a través de lo que muchos creyeron como el sello progresista de Kazan. En la última secuencia, Brando, transformado en un corriente y correcto obrero, haciendo un esfuerzo sobrehumano logra presentarse ante el patrón que lo espera. Como este patrón está visiblemente caricaturizado, se dijo que Kazan ridiculiza pérfidamente a los capitalistas.
Aquí, como en ninguna parte, se da el caso de aplicar el método de desmitificación propuesto por Brecht y examinar las consecuencias de la adhesión que nos produce el personaje principal desde el comienzo del film. Es evidente que, para nosotros, Brando aparece como un héroe positivo, al que, a pesar de sus defectos, la multitud se une sentimentalmente de acuerdo a ese fenómeno de participación al margen del cual, por lo general, no se entiende un espectáculo. Cuando este héroe, engrandecido por haber encontrado su conciencia y su valor, herido, casi sin fuerzas y sin embargo tenaz, se dirige al patrón que le volverá a dar trabajo, nuestra comunión ya no conoce límites, nos identificamos totalmente y sin reflexionar con ese nuevo Cristo, participamos inconteniblemente de su calvario. Pero la asunción dolorosa de Brando, en realidad, conduce al reconocimiento pasivo del eterno patrón: lo que nos unifica, a pesar de todas las caricaturas, es la vuelta al orden; con Brando, con los estibadores, con todos los obreros de Estados Unidos, con un sentimiento de victoria y de alivio, nos volvemos a poner en manos del patrón y ya no sirve para nada pintar su aspecto de tarado: hace tiempo que estamos agarrados, ligados en una comunión de destino con ese estibador que vuelve a encontrar el sentido de la justicia social sólo como homenaje y ofrenda al capital norteamericano.
Como se ve, la naturaleza participatoria de la escena la constituye, objetivamente, en un episodio de mistificación. Condicionados para amar a Brando desde el principio, no podemos criticarlo en ningún momento, ni siquiera tomar conciencia de su imbecilidad objetiva. Contra el peligro de tales mecanismos, precisamente, Brecht propuso su método de distanciamiento del papel. Brecht hubiera pedido a Brando que mostrara su ingenuidad, que nos hiciera comprender que a pesar de la enorme simpatía que nos suscitan sus desdichas, más importante es ver las causas y los remedios de estas desdichas. Podríamos resumir el error de Kazan señalando que era menos importante enjuiciar al capitalista que al propio Brando. Porque se puede esperar mucho más de la rebelión de las víctimas que de la caricatura de sus verdugos.

(MITOLOGÍAS ROLAND BARTHES)
Bush/Cheney

Obama y el régimen delincuente
Ralph Nader · · · · ·

16/11/08


En estos días, Barack Obama está recibiendo consejos de mucha gente sobre asuntos como el colapso de Wall Street, el hundimiento de la economía o el atolladero bélico heredado del régimen de George W. Bush. Sin embargo, hay una cuestión importante que puede afrontar solo, apelando a su experiencia jurídica y al juramento de defensa de la Constitución que realizará el próximo 20 de enero. Se trata de la sistemática y crónica ilegalidad y criminalidad del régimen Bush/Cheney, un fenómeno que Obama debe desentrañar y detener.

Para lidiar con tamaña responsabilidad como presidente, debería reunir a un grupo de trabajo voluntario, integrado por expertos y por algunos funcionarios competentes ya retirados, y requerirles un inventario de las ilegalidades perpetradas por este régimen delincuente. Mucho de lo ocurrido se sabe ya: está documentado oficialmente y respaldado por estudios académicos e informes periodísticos. Dentro de la categoría de "crímenes y delitos de Estado", de hecho, podrían incluirse: (1) la criminal guerra de ocupación de Irak; (2) las torturas sistemáticas como política de la Casa Blanca; (3) los arrestos de miles de estadounidenses sin cargos ni derecho a la tutela judicial efectiva; (4) el espionaje de un vasto número de estadounidenses sin garantías judiciales y (5) cientos de declaraciones escritas de George W. Bush reservándose, como única autoridad, el cumplimiento o no de las leyes aprobadas.

Haciendo honor a su reputación, el conservador Colegio de Abogados norteamericano envió al presidente Bush tres informes en 2005-2006 en los que consideraba que éste había incurrido en serias y continuas violaciones de la Constitución. No se trataba, por tanto, de un episodio de aislada obstrucción a la justicia, como el que forzó la renuncia de Nixon justo antes de ser sometido a juicio político por el Congreso de Diputados. Hace casi dos años, el Senador Obama, contrariando lo que sabe y aquello en lo que cree, se pronunció de manera determinante contra la posibilidad de que el Congreso abriera un proceso de juicio político. Dividiría demasiado, sostuvo entonces. Y lo hizo siendo parte de los cien senadores que podrían haber juzgado al Presidente y al Vice-Presidente en el Senado si el Congreso hubiera impulsado la acusación. Lo que correspondía, en realidad, era mantenerse imparcial y no pronunciarse sobre la materia.

Como presidente, Obama no puede permanecer en silencio y cruzado de brazos. Si lo hace, heredará los crímenes de guerra de Bush y Cheney y acabará por convertirse él mismo en un criminal de guerra. La inacción no es una opción. Violar la Constitución y las leyes federales se ha convertido en rutina. Si no se hace nada, esa rutina puede, pasado un tiempo, devenir en ilegalidad institucionalizada mediante decisiones oficiales también al margen de la ley.

Los abusos en materia de política interna son también rampantes ¿Cuáles son, por poner un ejemplo, los límites de la autoridad legal del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos o de ese gobierno dentro del gobierno sostenido por fondos de bancos y conocido como Reserva Federal? Y no vale invocar los 750.000 millones de dólares de la ley de ayudas como respuesta! La portavoz del Congreso, Nancy Pelosi, y el líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid, acaban de enviar una carta a Bush preguntándole si la Casa Blanca cree que la ley de ayudas podría interpretarse como un salvavidas no sólo para algunos bancos inescrupulosos, sino también para las tres grandes fábricas de automóviles de Michigan, cuya mala administración ha sido clamorosa ¿Acaso no sabía el Congreso lo que estaba autorizando y lo que no? ¿O es que, acobardado ante la estampida generada por las demandas de Bush, sólo pudo responder con una temerosa y desnortada ambigüedad?

Esta semana, el Washington Post publicó en portada que el Departamento del Tesoro había otorgado a los bancos, de manera unilateral, una desgravación fiscal que rondaba la inconcebible cifra de 140.000 millones de dólares. ¡Así, como si nada! El periódico recogía también la opinión de juristas imparciales que consideraban que la decisión carecía de cobertura legal. Es decir, que el régimen de Bush usurpó la autoridad constitucional del Congreso en materia tributaria y se saltó, en la práctica, una ley aprobada por éste hace 22 años. Para no quedarse atrás, el mismo día, el New York Times dio cuenta de una orden de Bush de hace cuatro años en la que autorizaba a las Fuerzas Especiales y otras fuerzas armadas a perseguir terroristas en cualquier país del mundo. El Times mencionaba de manera específica incursiones discrecionales en Siria, Irán, Somalia, Pakistán, y otros países.

Tales violaciones de la soberanía nacional sin que medie siquiera una declaración formal de guerra o la intervención formal de Naciones Unidas constituyen vulneraciones del derecho internacional. Como respuesta, el gobierno Bush invoca un elástico y totalmente auto-definido "derecho de defensa" supuestamente consagrado en la Carta de la ONU. El problema es que también otros grupos terroristas secretos o acciones secretas de gobiernos adversarios podrían invocar un argumento similar. Después de todo, es lo que ocurre cuando se inventa un derecho internacional a la carta para cubrir las propias operaciones secretas.

Teniendo en cuenta que es un país que tiene mucho que perder con la descomposición del derecho y del orden internacionales, los Estados Unidos de Bush le están dando demasiadas coartadas a sus vengativos y suicidas adversarios. Estos no tienen más que dirigirse a su masivo público y decirle: si los Estados Unidos hacen siempre lo que quieren ¿por qué no nosotros?

Se ha documentado ampliamente cómo, bajo la dirección de los señores Aschroft y González, el Departamento de Justicia se ha convertido en paradigma del desprecio por las libertades civiles y el debido proceso y de interferencia con la actuación de los procuradores de los Estados Unidos. Menos publicitada ha sido su negativa a aplicar la ley contra las repetidas transgresiones perpetradas por los grandes señores del mercado de la Casa Blanca: desde delitos ambientales hasta fraudes al consumidor o violaciones a la normativa anti-monopólica.

Obama dispone de instrumentos para restaurar la ley y el orden desde el propio gobierno. Puede utilizar el poder de convicción de la tribuna presidencial (el "bully pulpit"), impulsar directivas departamentales, emitir órdenes ejecutivas o requerir la aprobación de leyes. Además de devolver la integridad a una administración pública golpeada y sometida que, con el nuevo gobierno, merece una protección más efectiva para las denuncias de actuaciones ilegales internas.

La Unión por las Libertades Civiles de los Estados Unidos (ACLU, en inglés) acaba de emitir un documento titulado: "Actuaciones para una regeneración de los Estados Unidos: cómo comenzar a reparar el daño a la libertad en los Estados Unidos tras el gobierno Bush". Obama haría bien en utilizar este importante documento como programa para restaurar la fe en el compromiso del Gobierno con la Constitución (véase http://www.aclu.org/transition). Un segundo informe del Centro para una Reforma Progresista, titulado "Cómo proteger la salud pública y el medio ambiente con una firma presidencial", sugiere una serie de órdenes ejecutivas que Obama podría suscribir de inmediato con el fin de concretar importantes objetivos en materia sanitaria, de seguridad y medioambiental (véase http://progressivereform.org/).

Barack Obama enseñó derecho constitucional en la Universidad de Chicago. De lo que se trata es de hacerlo operativo fuera del despacho presidencial. ¡Y el momento de ponerse manos a la obra es ahora!

Ralph Nader es un activista en materia de consumo; también es abogado y escritor. Su último libro es The Seventeen Traditions. Concurrió como candidato de izquierda independiente en las últimas elecciones a la presidencia de los EEUU.


Traducción para www.sinpermiso.info: Gerardo Pisarello






Counterpunch, 10 noviembre 2008

EN NOMBRE DEL FOLCLORE, UNA BIOGRAFIA DE DON ATA A CARGO DE SERGIO PUJOL

Yupanqui, más allá de la leyenda

Con tacto y paciencia, el historiador y crítico musical elaboró un relato que, a través de 350 páginas, no toma partido. Lo muestra como era: brillante, malhumorado, solitario y contradictorio.



Por Cristian Vitale

Encarar una biografía integral, tratándose de una figura tan tempestuosa como la de Yupanqui, resulta cuanto menos complejo. Estarán aquellos, absolutos incondicionales, que lo endiosen sin bemoles; estarán los otros, que le caigan duro por un sinfín de motivos. Analizarla, vivenciarla, también: su vida, su obra, su decir a veces sublime, a veces “mal llevao”, provocarán una sensación similar. Cada quien lo pasará por su lente, lo meterá en su subjetividad y sacará un Yupanqui a medida, limando su pata molesta. Ante tal a priori, el logro de Sergio Pujol fue salir airoso de la patriada. Con tacto y paciencia, el historiador y crítico musical elaboró un relato que, durante 350 páginas, no se excede en arbitrios: En nombre del folclore se llama la –y no “su”– biografía de Atahualpa Yupanqui (Emecé). El desarrollo de esta larga y transitada vida es revelador. Y el autor llega a una síntesis que tal vez ubique al peregrino y su ruta en su justa medida: con miles de admiradores y unos cuantos detractores.

El campo está abierto, entonces, para crearse un Yupanqui a medida precisamente porque el autor les abre la puerta a todos. Los datos, empíricos, basados en testimonios, cartas, entrevistas y archivo de la propia pluma yupanquiana fluyen como tales, sin filtros ni intencionalidades editoriales. Invirtiendo la fórmula “detractores”, habrá –también– un Yupanqui para peronistas que, pese a su gorilismo temprano, reconoció el trabajo del gobierno aquel que instaló al folklore como un género importante en una ciudad, hasta ese momento, privativa del tango. Habrá un Yupanqui para comunistas que, pese a la ruptura del ’52, cuando el inflexible PC de la época lo expulsó por indisciplina partidaria, emergió como su cuadro argentino más importante a base de cárcel, maltrato y denuncias; una gira que paseó pampas y montañas por buena parte de la Europa del Este (1949) y una canción al Che (“Nada Más”); y habrá un Yupanqui para conservadores, como ése que se hizo amigo, en París, de Julio Alzogaray –el militar que sacó a Illia a los empujones de la Casa Rosada–, o el que festejó, ingenuo, el golpe militar de 1976, desde Francia con una carta increíble a su (tercera) mujer Nenette. “En buena hora llegan los hombres del Ejército. Los criollos volveremos a respirar el aire antiguo y sagrado de sentirnos en paz, trabajando, y las familias con niños en las escuelas y tranquilidad en el corazón.”

Así fue, de contradictorio y mandado, el hombre que este año cumpliría cien, si una complicación coronaria no hubiera acabado con su vida el 23 de mayo de 1992 en una habitación de un hotel de Nimes. La biografía no lo deja ni bien ni mal parado ante los ojos del mundo, lo deja tal como era: brillante, malhumorado, solitario, polígamo, hosco, asceta, fumador, reservado. Un donjuán trotamundos que tuvo hijos con tres de sus mujeres (María Alicia, Lía y Nenette) y que acabó muy mal con las dos primeras, al punto de abandonar a sus hijos, pelearse con su madre Higinia y acumular penas para sus canciones. Una especie de “Woody Guthrie criollo” (Pujol dixit) que renegaba siempre de lo nuevo. Un doctor en soledades, admirador de Gardel, para quien Los Beatles eran el símbolo de una juventud extraviada; la Misa Criolla, de Ariel Ramírez, una aberración; los jóvenes del mayo del ’68, protagonistas de un desastre; y Mercedes Sosa, una buena folklorista que no vivía de acuerdo con el ideario comunista que decía abrazar. Un frontal enemigo del boom del folklore de los años sesenta.

Pocas son las ideas, a mirada fina, que Yupanqui pudo sostener con absoluta coherencia. Una, innegable, su compromiso con los pueblos originarios del sur de América. Pese a que admiraba profundamente a Sarmiento, sobran pruebas de su hacer como exegeta de los sin voz. “En buena parte de su cancionero, la vida se cargaba de pesadumbre. Y esa pesadumbre era inamovible, estaba más allá de la voluntad humana. De tal manera que cuando emergía algún motivo para celebrar la vida, este debía ser guardado como un tesoro”, escribe Pujol. Esta biografía, en suma, lo expone en toda su dimensión: ni impoluto ni detestable. Solo siendo, con su divina guitarra, sus alpargatas negras y bombachas de bambú, y con sus bellas milongas, zambas y vidalas que no se borrarán jamás del imaginario popular argentino.
Narcotráfico: una propuesta
Roberto Garza Iturbide
I
El combate al narcotráfico se mide en las calles, en la venta mano a mano, en la cantidad de drogas ilegales que circulan diariamente en todo el territorio nacional. No hace falta ser un consumidor habitual para saber que en cualquier colonia, barrio o unidad habitacional se consigue droga con relativa facilidad. El llamado dealer, duro, bueno –o como le quieran decir– es un personaje infaltable en el retrato de nuestra sociedad. Ahí está, siempre disponible para satisfacer las demandas de un cuerpo de consumidores que incluye tanto a pandilleros, prostitutas, vagos, rateros, policías y políticos, como a jóvenes estudiantes, taxistas, oficinistas, artistas, publicistas, médicos, banqueros y empresarios. El bueno es una pieza desechable que aparece y desaparece como las moscas. Pero, eso sí, siempre hay uno con algo que vender. En el mismo instante en que el gobierno de Felipe Calderón anuncia la captura de dos capos y el decomiso de tres toneladas de cocaína, miles de buenos reparten todo tipo de sustancias en las calles. México dejó de ser un puente en la ruta de las drogas y se convirtió en un país de consumidores. Por ello, hoy día el narcomenudeo es un negocio próspero, boyante. Seamos claros: la oferta de narcóticos es tan grande como su demanda. Según la Encuesta Nacional de Adicciones 2008, en los últimos seis años creció cincuenta por ciento el número de personas adictas a las drogas ilegales. Lo repito: cincuenta por ciento. El gobierno federal militariza el país con la intención de frenar el narcotráfico, pero el consumo de drogas prohibidas aumenta como el precio de la gasolina. ¿Quieren saber cuáles son los resultados de las actuales políticas de combate al narco? La droga circula como nunca antes por las venas del país y el número de usuarios crece cada día. Esa es la verdad. Ah, y por si alguien no se ha dado cuenta, debido a estas eficientes políticas de mano dura, México se ha convertido en un infame paraíso de la violencia.
II
El narcotráfico es un negocio multimillonario debido a la prohibición. Las leyes de nuestro país sancionan la producción, el tráfico y el consumo de las llamadas drogas ilegales. Así que tan criminal es el Chapo Guzmán como el joven que es sorprendido con un carrujo de mota entre los labios. Pero el narcotraficante tiene el suficiente poder para corromper a la autoridad (al más alto nivel) y salir caminando como si nada de un penal de máxima seguridad. El joven fumador de mota, en cambio, suele ser víctima de los peores abusos de poder por parte de los uniformados. Todo está mal: los narcotraficantes tienen tanto poder económico y político –al grado de ser intocables– porque controlan un negocio prohibido. Y los usuarios de a pie, es decir, los que poseen pequeñas cantidades de droga para el consumo personal, son tratados como el peor de los hampones. Los usuarios de drogas ilícitas tienen todas las de perder: se arriesgan al comprar en la clandestinidad, consumen sustancias elaboradas sin el menor control de calidad –con los riesgos fatales que esto implica–, son sujetos de persecución y abusos por parte de la autoridad, y en la mayoría de los casos padecen el rechazo social. Esto me lleva a plantear la siguiente idea: si los hechos comprueban que el combate armado al narcotráfico no resuelve los problemas de oferta y demanda de drogas, ¿no es tiempo de corregir la estrategia y cambiar el rumbo? Un primer paso es analizar los beneficios de una reforma que despenalice el consumo de las drogas, a la vez que ofrezca tratamiento médico y psicológico a las personas adictas. Lo prohibido siempre será deseado. Así que, en lugar de satanizar las drogas y perseguir a los consumidores como viles delincuentes, mejor hay que informar, educar y prevenir a la población sobre los riesgos en el abuso de ciertas sustancias. Empecemos, pues, por separar el binomio adicto-criminal. En el caso hipotético de que suceda, la despenalización del consumo abriría el camino al debate de un tema fundamental para los mexicanos, mismo que ofrece la única solución integral al problema del narcotráfico: la legalización de las drogas, es decir, la regularización de su producción y comercio.
III
Ilegales o legales, las drogas seguirán llegando a las manos de los consumidores. La demanda de narcóticos nunca se acaba. Denlo por hecho. El negocio es tan próspero que si hoy desintegran un cártel, mañana aparecen tres disputándose a muerte el hueco liberado en el mercado. En el actual esquema de prohibición, el comercio de las drogas ilegales conlleva el enriquecimiento desmedido de los narcotraficantes, la proliferación de la violencia, la corrupción en todos los niveles de gobierno y la erosión progresiva del tejido social. En cambio, en un esquema de legalización es posible regular el negocio desde la producción, transporte y comercialización, hasta el consumo. Habría control de calidad y venta de dosis estandarizadas en lugares específicos, así como precisiones legales que impidan publicitarla en los medios masivos, además de campañas informativas y de prevención al consumo abusivo, y de tratamiento a las personas adictas y a sus familias. En lugar de destinar tanto dinero a una guerra imposible de ganar, el gobierno mexicano debe armarse de valor y reconocer de una buena vez que la legalización es la mejor solución a los problemas que genera el narcotráfico. Por más idealista que suene, es una alternativa viable. Sería un triunfo de la razón.




Manifestación por la legalización de la marihuana, Madrid, España

La mentira
Raymond Carver

Es mentira, dijo mi esposa. ¿Cómo puedes creer una cosa así? Ella está celosa, eso es todo. Giró la cabeza y me miró fijamente. Aún no se había quitado el sombrero ni el abrigo, y estaba ruborizada por la acusación. ¿Me crees a mí, no? ¿Seguramente no creerás aquello?

Me encogí de hombros y le dije: ¿Por qué iba a mentir? ¿Con qué objeto? ¿Qué obtendría con ello? Me sentía incómodo, pero permanecí allí en pantuflas, abriendo y cerrando los puños, con la sensación de estar haciendo el ridículo, exhibiéndome , no obstante las circunstancias. No tengo madera para hacer el papel de inquisidor. En ese momento deseaba que nunca hubiese llegado a mis oídos, que todo pudiera ser como antes. Se supone que es amiga, amiga de los dos, comenté.

¡Una hija de puta, eso es lo que es! ¿Te crees que un amigo, aunque sea lejano, incluso un simple conocido, diría una cosa así, una mentira tan evidente? Simplemente no lo crees. Movió la cabeza ante mi necedad. Desabrochó su sombrero y se sacó los guantes, poniendo todo en la mesa. Luego se quitó el abrigo y lo arrojó sobre el respaldo de una silla.

Ya no sé qué creer, le dije, quisiera creerte a ti.

Entonces créeme, dijo ella. Que me creas, es todo lo que te pido. Te digo la verdad. No iba a mentir en un asunto así. Anda, di que no es cierto cariño, di que no lo crees.

La amo. Deseaba abrazarla, estrecharla en mis brazos, decirle que le creía. Mas la mentira, de ser mentira, se interponía ya entre nosotros. Me acerqué a la ventana.

Debes creerme, dijo. Sabes que eso es una estupidez. Sabes que te digo la verdad.

Permanecí junto a la ventana, observando el tráfico que se movía lento allá abajo. Si levantaba la vista podía distinguir a mi esposa reflejaba en los cristales. Soy un hombre de criterio amplio, pensé. Puedo resolver esto. Comencé a pensar en mi esposa, en nuestra vida, juntos, en la verdad y la ficción, en la honestidad y la impostura, en la ilusión y la realidad. Recordé la película Blow-up, que habíamos visto recién, y recordé también la biografía de León Tolstoi que yacía en la mesita, las cosas que dice sobre la verdad, el escándalo que produjo en la vieja Rusia. Entonces me vino a la memoria un amigo de la secundaria, de hacía mucho. Era un tipo incapaz de decir la verdad, un mentiroso absoluto e incurable y, con todo, una persona agradable y bien intencionada y, sin duda, un auténtico amigo durante los dos o tres años de un período difícil de mi vida. Me alegró mucho el descubrimiento de aquel mentiroso de mi adolescencia, era un precedente al cual podía acogerme en la actual crisis de nuestro –hasta aquel momento– feliz matrimonio. Esa persona, ese consumado mentiroso podía muy bien probar la teoría de mi esposa de que existía esa clase de gente en el mundo. Me puse feliz de nuevo. Me volteé para hablar, sabía lo que quería decir: sí, puede ser verdad, es verdad: hay gente que miente de modo incontrolable, quizás inconscientemente, a veces de modo enfermizo, sin medir las consecuencias. Quien me contó pertenecía a esa categoría, sin duda. Pero justo en ese momento mi esposa se sentó en el sofá, se cubrió la cara con las manos y dijo: Es cierto... Que Dios me perdone. Todo lo que ella te contó es verdad. Mentí cuando dije que no sabía nada.

¿De veras?, pregunté, sentándome en una de las sillas junto a la ventana.

Ella asintió. Aún se cubría la cara con sus manos.

¿Por qué lo negaste entonces?, le dije. Nunca nos habíamos mentido. ¿No nos hemos dicho siempre la verdad?

Estaba avergonzada, me dijo. Me miraba y movía la cabeza. Sentía vergüenza, no te imaginas cuánta, no quería que lo creyeras.

Creo que lo entiendo, dije.

De una sacudida se quitó los zapatos y se recostó de nuevo en el sofá. Pero enseguida se sentó y se quitó el suéter de un tirón y luego se acomodó el cabello. Cogió un cigarrillo de la mesita. Le ofrecí fuego sosteniendo el encendedor y por unos momentos me quedé pasmado ante la visión de sus dedos alargados y pálidos, igual que de sus uñas relucientes. Me pareció que los observaba de modo novedoso y un tanto revelador.

Dio una fumada y, un minuto después, dijo: ¿Y cómo te fue hoy, querido? En general, quiero decir... Tú sabes a qué me refiero. Mantuvo el cigarrillo entre los labios el minuto durante el cual se levantó para deshacerse de su falda. ¡Ah!, dijo.

Más o menos, le respondí. Aunque no lo creas, por la tarde estuvo aquí un policía con una orden judicial, buscaba a una persona que vivió abajo. El mismo gerente del edificio avisó que cortarían el agua por una media hora, entre las tres y las tres y media, en lo que hacían algunas reparaciones. En realidad, ahora que lo pienso mejor, fue sólo durante el tiempo que el policía estuvo aquí cuando tuvieron que cortar el agua.

¿De veras?, dijo ella, poniendo las manos sobre sus caderas. Luego se estiró, cerró los ojos, bostezó y sacudió su larga cabellera.

También leí una buena parte del libro de Tolstoi, le dije.

Magnífico, dijo, y empezó a comer nueces. Con la mano derecha lanzaba una tras otra hasta su boca, mientras que en la izquierda sostenía el cigarrillo entre los dedos. A ratos paraba de comer, el tiempo justo para limpiar sus labios con el dorso de la mano y dar una fumada. Para entonces se había librado ya de su ropa interior. Con las piernas cruzadas bajo su cuerpo se posó en el sofá. ¿Y qué tal? preguntó.

Tenía ideas interesantes, respondí. Era todo un personaje. Los dedos de las manos me hormigueaban y mi sangre empezaba a agitarse. Igual, me sentía débil.

Venga acá mi mujikito, dijo de repente.

Quiero saber la verdad, dije débilmente, postrado a gatas. La frescura y suavidad de la alfombra me excitaron. Había andado a gatas hasta el sofá y puesto mi mejilla sobre uno de los cojines. Ella deslizó su mano entre mi cabello, sonriendo. Unos granitos de sal brillaban en sus labios carnosos hasta que, de momento, observé cómo sus ojos se llenaban de una inexpresable tristeza y, a pesar de ello, continuaba sonriendo y mesándome el cabello.

A ver mi pachá, dijo. Venga aquí mi bollito. ¿En verdad creyó usted a aquella mujer horrorosa esa mentira inmunda? Venga acá, recueste su cabecita en el seno de mami... Así, así, ahora cierre sus ojos. ¡Así! ¿Cómo pudo creer semejante cosa? Usted me decepciona. Usted me conoce mejor que eso. Mentir es nada más un deporte para cierta gente.

El músico Bob Geldof en una imagen de archivo.

El rockero y activista Bob Geldof "cobró casi 80.000 euros" por una de sus conferencias
20MINUTOS.ES. 16.11.2008 -

El defensor de las causas justas dio una charla en Melburne.Otro de los conferenciantes no cobro nada.
La información ha sido publicada por un diario australiano.Bob Geldof, músico y defensor de las grandes causas de la humanidad (pobreza y cambio climático) cobró casi 80.000 euros por una reciente conferencia en Melburne (Australia), según publica el diario Herald Sun. La suma de dinero incluyó hoteles de lujo y guardaespaldas.

“Fue un discurso muy inspirado”, comentó uno de los asistentes, “pero cuando piensas que se ha pagado tanto dinero para hablar de la pobreza en el mundo, suena ligeramente contradictorio”. La información ha sido revelada por el diario australiano.

Geldof, de 54 años, habló el pasado jueves sobre la tragedia de la pobreza en el Tercer Mundo y los errores de la comunidad internacional para combatir la crisis el pasado jueves. En el marco de la misma conferencia, el activista Tim Costello, de la asoaciación World Vision's, habló gratis.

FRANZ KAFKA
SER INFELIZ

Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en
noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en
una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada me di vuelta otra
vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un
nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que
tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso
y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la
puerta hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e
incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron
como potros que, habiendo expuesto los cuellos, se hubiesen enfurecido en la
batalla.
Cual pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente
oscuro, en el que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de
pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en
seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre
las manos, pero de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz
el vaho de la calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en
la pared de la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la
corriente de aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las
articulaciones de los pies, también del cuello, también de las sienes. Miré un
poco en esa dirección, después dije: "buenas tardes", y tomé mi chaqueta de la
pantalla de la estufa, porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir.
Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitación me
abandonase por la boca. Tenía la saliva pesada; en la cara me temblaban las
pestañas. No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La
niña estaba todavía parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la
mano derecha contra aquélla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba
que la pared pintada de blanco fuese ásperamente granulada y raspase las
puntas de sus dedos. Le dije:
-¿Es a mí realmente a quién quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más
fácil que equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo así y asá; vivo en el
tercer piso. ¿Soy entonces yo a quién usted desea visitar?
-¡Calma, calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien.
-Entonces entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta.
-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo,
tranquilícese.
-¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente.
Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus
ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho
de abrir y mirar qué pasa. Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terninado su
trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna? Por lo
demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.
-¿Pero qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le
recuerdo; ya he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las
puertas?
-Está bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber
cerrado con la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi
huésped. Tenga plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema
ponerse a sus anchas. No la obligaré a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta
decírselo? ¿Tan mal me conoce?
-No. En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo
dicho. Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí?
-¡No es para tanto! Naturalmente, una niña. Pero tampoco es usted tan
pequeña. Ya está bien crecidita. Si fuese una chica no habría podido
encerrarse, así no más, conmigo en una pieza.
-Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve
de mucho conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un
poco ante mí. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se
lo pido, dejémoslo. Y a esto hay que agregar que no le conozco en cualquier
lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor
que encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en
cuenta que ya me ha amenazado.
-¿Cómo? ¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin
esté aquí! Digo "por fin" porque ya es tan tarde. No puedo entender por qué
vino tan tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan
incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa
manera. Concedo diez veces que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo
que quiera. Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, cómo pudo
creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza
este pequeño momentito de presencia suya aquí? Un extraño sería más
complaciente que usted.
-Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de
usted cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué
entonces esa tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al
instante.
-¿Así? ¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En
definitiva está en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza,
mi pared! Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su
naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo
por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene
derecho a obrar de otra manera.
-¿Es esto amable?
-Hablo de antes.
-¿Sabe usted cómo seré después?
-Nada sé yo.
Y me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces
no tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa,
hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero
que estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la
pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso.
-¿Ya sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas
bien abiertas sobre dos escalones.
-¿Qué puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.
-Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la
sopa.
-Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.
-Muy cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?
-¡Ajá! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve
este no creer?
-Muy simple. Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene
realmente a su pieza.
-Sí. Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a
la causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma
dentro de mí.
De pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos.
-Ya que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle
tranquilamente por la causa de su venida.
-Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se
puede obtener de ellos una información clara. Eso es un de aquí para allá.
Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que
por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar.
-Pero yo he oído decir que se los puede seducir.
-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?
-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro
escalón.
-¡Ah, sí... ! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.
Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo
de una arcada de la escalera.
-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos
relaciones para siempre.
-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.
-Entonces está bien -dije.
Y ahora si que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear;
pero como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir
EL VIEJO MANUSCRITO

Franz Kafka

Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.
Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.
Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.
Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.
También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.
Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios entorno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.
Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.
—¿En qué terminará esto? —nos preguntamos todos—. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómades, pero no sabe como hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.

Censuran en Milán el cartel que mostraba a una mujer crucificada y desnuda en la cama
20MINUTOS.ES. 14.11.2008 -


• Se trataba de una campaña contra los malos tratos.
• Ha generado muchas críticas entre la población.
• Maurizio Cadeo, asesor de Decoro de la ciudad italiana manifiesta que el anuncio "hiere el sentimiento religioso de los ciudadanos".
Se trata de una campaña contra el maltrato en la que se muestra a una mujer 'crucificada' sobre una cama y el cartel ya ha sido censurado, según ha publicado Yodona.com.
En el cartel rezaba, además, la siguiente pregunta: '¿Quién paga por los pecados del hombre?'
'Telefono Donna' lucha desde 1992 contra la violencia doméstica
Pero no ha conseguido superar las críticas de los sectores más conservadores, a pesar de sus buenos propósitos. Y es que la campaña se ha hecho con ocasión de la jornada mundial contra la violencia hacia las mujeres, que se celebra el próximo 25 de noviembre.
El lanzamiento ha estado a cargo de 'Telefono Donna', que desde 1992 lucha contra la violencia doméstica y contaba hasta el momento con el apoyo del Ayuntamiento de Milán para sus actividades.
Al menos, el asesor de Decoro Urbano de Milán, Maurizio Cadeo, ha dejado clara la postura del ayuntamiento al asegurar que "instrumentaliza el símbolo de la cristiandad" y "hiere el sentimiento religioso de los ciudadanos".
El mismo Maurizio Cadeo intentará "hacer cuanto pueda" para evitar que el cartel se exhiba en las calles.
FOTOS-IMPACTOS

Geneviéve Serreau, en su libro sobre Brecht, recordaba aquella fotografía de Match en la que se ve una escena de ejecución de comunistas guatemaltecos; señalaba correctamente que esa fotografía no es terrible en sí y que el horror proviene del hecho de que nosotros la miramos desde el seno de nuestra libertad; una exposición de fotos-impactos en la galería d'Orsay, de las cuales muy pocas, precisamente, lograron impactarnos, dio razón, paradójicamente, a la observación de Geneviéve Serreau: no es suficiente que el fotógrafo signifique lo horrible para que nosotros lo experimentemos como tal. La mayoría de las fotografías reunidas en la exposición para chocarnos no nos produce ningún efecto, precisamente, porque el fotógrafo nos ha sustituido de modo demasiado generoso en la conformación de su tema: en casi todos los casos sobreconstruyó el horror que nos propone añadiendo al hecho, por contrastes o aproximaciones, el lenguaje intencional del horror. Una fotografía, por ejemplo, coloca un grupo de soldados al lado de un campo cubierto de cabezas de muertos; otra nos presenta a un joven militar mirando un esqueleto; otra, en fin, capta una columna de condenados o de prisioneros en el momento en que se cruza con un rebaño de carneros. Pero ninguna de esas fotografías, realizadas con tanta destreza, nos llega. Frente a ellas estamos como desposeídos de nuestro juicio: alguien se ha estremecido por nosotros, alguien ha reflexionado por nosotros, alguien ha juzgado por nosotros; el fotógrafo no nos ha dejado nada, salvo un simple derecho de aceptación intelectual. Lo único que nos vincula a esas imágenes es un interés técnico; cargadas de sobreindicación por parte del artista, no tienen ninguna historia para nosotros, no podemos inventar nuestra propia recepción a ese alimento sintético, ya totalmente asimilado por su creador.
Otros fotógrafos quisieron sorprendernos, a falta de impactarnos, pero el error de principio es el mismo; se esforzaron, por ejemplo, en captar con gran habilidad técnica el momento más extraño de un movimiento, su situación extrema, el planeo de un jugador de fútbol, el salto de una deportista o la levitación de los objetos en una casa encantada. Pero también en este caso el espectáculo, aunque directo y para nada compuesto por elementos contrastados, sigue siendo demasiado construido; la captación del instante único se presenta como gratuita, demasiado intencional, surgida de una voluntad de lenguaje que molesta y esas imágenes bien logradas no tienen ningún efecto sobre nosotros; el interés que pueden despertar no sobrepasa el tiempo de una lectura fugaz, no resuena, no perturba y nuestra recepción se concentra en seguida sobre un signo puro; la legibilidad perfecta de la escena, su conformación, nos dispensa de captar lo escandaloso que la imagen tiene profundamente; reducida al estado de puro lenguaje, la fotografía no nos desorganiza.
Algunos pintores tuvieron que resolver ese mismo problema de lo extremo, del apogeo del movimiento, pero lo lograron mucho mejor. Los pintores del imperio, por ejemplo, al tener que reproducir instantáneamente (caballo encabritándose, Napoleón extendiendo el brazo sobre el campo de batalla, etcétera) confiaron el movimiento al signo amplificado de lo inestable, lo que podría llamarse el numen, el estremecimiento solemne de una pose que, sin embargo, resulta imposible de instalar en el tiempo; este aumento inmóvil de lo imperceptible —lo que más tarde se llamará fotografía en el cine— es el lugar mismo donde comienza el arte. El leve escándalo de esos caballos exageradamente encabritados, de ese emperador congelado en un gesto imposible, esa terquedad de la expresión, que también se podría llamar retórica, añade a la lectura del signo una especie de captación turbadora que arrastra al lector de la imagen hacia un asombro visual más que intelectual, porque lo pega a las superficies del espectáculo, a su resistencia óptica y no inmediatamente a su significación.
La mayoría de las fotos-impactos que nos mostraron son falsas, porque han elegido precisamente un estado intermedio entre el hecho literal y el hecho aumentado: demasiado intencionales para fotografía y demasiado exactas para pintura, carecen a la vez del escándalo de la letra y de la verdad del arte; quisieron hacer signos puros, sin consentir en otorgar a esos signos, por lo menos, la ambigüedad, la lentitud de lo denso. Es lógico, pues, que las únicas fotos-impactos de la exposición (cuyo principio sigue siendo muy loable) resulten ser, precisamente, las fotografías de agencia, en las que el hecho sorprendido estalla en su terquedad, en su literalidad, en la evidencia misma de su naturaleza obtusa. Los fusilados guatemaltecos, el dolor de la novia de Aduan Malki, el sirio asesinado, el machete amenazante del policía, estas imágenes asombran porque parecen, a primera vista, extranjeras, casi calmas, inferiores a su leyenda: están visualmente disminuidas, desposeídas de ese numen que los pintores de composición no hubieran dejado de añadirles (y con todo derecho puesto que se trataba de pintura). Carente tanto de alegato como de explicación, lo natural de esas imágenes obliga al espectador a una interrogación violenta, lo encamina a un juicio que él mismo elabora sin ser molestado por la presencia demiúrgica del fotógrafo. Se trata, exactamente, de la catarsis crítica pregonada por Brecht y ya no de una purga emotiva, como en el caso de la pintura temática. Quizás aquí se vuelvan a encontrar las dos categorías de lo épico y de lo trágico. La fotografía literal introduce al escándalo del horror, no al horror mismo.
¿Cuál es el origen del deseo?

Cuando decimos que amamos a alguien, en ese amor hay deseo, están las placenteras proyecciones de las diversas actividades del pensamiento. Uno tiene que averiguar si el amor es deseo, sí el amor es placer, si en el amor hay miedo; porque donde hay miedo tiene que haber odio, celos, ansiedad, deseo de poseer, de dominar. En la relación hay belleza, y todo el cosmos es un movimiento de relación. Cosmos es orden, y cuando uno tiene orden ni lo interno, tiene orden en sus relaciones, y entonces es posible que haya orden en nuestra sociedad. Si investigamos la naturaleza de la relación, encontramos que es absolutamente necesario tener orden; desde ese orden adviene el amor.

¿Qué es la belleza? En esta mañana pura, ustedes ven la nieve fresca en las montañas, una visión encantadora. Ven aquellos árboles solitarios que se destacan negros contra esa blancura. Al mirar el mundo que los rodea, ven la maravillosa maquinaria, la extraordinaria computadora con su especial belleza; ven la belleza de un rostro, la belleza de una pintura, de un poema..., ustedes reconocen, al parecer, la belleza exterior. En los museos o cuando asisten a un concierto y escuchan a Beethoven o a Mozart, existe ahí una gran belleza, pero está siempre fuera de ustedes mismos. En los cerros, en los valles con sus aguas que corren, en el vuelo de las aves y en el canto de un mirlo en el amanecer, hay belleza. Pero ¿está la belleza únicamente allí fuera? ¿O la belleza es algo que existe sólo cuando el "yo" está ausente?

Cuando en una mañana soleada miramos aquellas montañas que resplandecen contra el cielo azul, esa majestad misma desaloja por un momento todos los recuerdos que hemos acumulado acerca de nosotros. Ahí, la belleza y la magnificencia externa, la majestad y la fuerza de las montañas barren, aunque sólo sea por un segundo, todos nuestros problemas. Nos hemos olvidado de nosotros mismos. La belleza existe cuando el "nosotros" está por completo ausente. Pero no estamos libres del "nosotros"; somos seres egoístas que sólo se interesan en sí mismos, en la importancia de sus propios problemas personales, en sus angustias y pesares, en su soledad. A causa de ese desesperado sentimiento de soledad deseamos identificarnos con una cosa u otra, y nos apegamos a una idea, a una creencia, a una persona; especialmente a una persona. En la dependencia surgen todos nuestros problemas. Donde hay dependencia psicológica, comienza el temor. Cuando estamos atados a algo, se inicia el proceso de corrupción.

El deseo es el más apremiante y vital impulso de nuestra vida. Nos referimos al deseo mismo, no al deseo por una cosa en particular. Todas las religiones han dicho que si uno quiere servir a Dios, debe subyugar el deseo, debe destruirlo, controlarlo. Han dicho: Sustituyan el deseo, sustitúyanlo por una imagen. La imagen, creada por el pensamiento, es la imagen que poseen los cristianos, la que poseen los hindúes, etc. Sustituyan lo real por una imagen. Lo real es el deseo -el deseo que arde-, y las religiones piensan que uno puede dominar ese deseo reemplazándolo por alguna otra cosa. O que puede hacerlo entregándose a aquel que uno piensa que es el maestro, el salvador, el gurú, lo cual es otra vez la actividad del pensamiento. Éste ha sido el patrón de todo el pensar religioso. Uno ha de comprender todo el movimiento del deseo porque, obviamente, el deseo no es amor ni es compasión. Y sin amor, sin compasión, la meditación no tiene ningún sentido. El amor y la compasión poseen su inteligencia propia, la cual no es la inteligencia del ingenioso pensamiento.

Por lo tanto, es fundamental comprender la naturaleza del deseo; comprender por qué el deseo ha jugado un papel tan notablemente importante en nuestra vida, comprender cómo deforma la claridad, cómo impide la extraordinaria calidad del amor. Es, esencial que lo comprendamos, sin reprimirlo, sin tratar de controlarlo o dirigirlo en una dirección particular que, según pensamos, podrá darnos la paz.

Por favor, tengan bien presente que quien les habla no trata de impresionarlos o de guiarlos y ayudarlos, sino que juntos estamos recorriendo un sendero muy sutil y complejo. Tenemos que escucharnos el uno al otro para descubrir la verdad acerca del deseo. Cuando uno comprende la importancia, el significado, la plenitud y verdad del deseo, entonces el deseo tiene un valor o un empuje por completo diferente en nuestra vida.

Cuando uno observa el deseo, ¿lo observa como un espectador externo que mirara al deseo? ¿O lo observa a medida que el deseo surge? No el deseo como algo separado de uno mismo, porque uno es el deseo. ¿Alcanzar a ver la diferencia? O bien uno observa el deseo como cuando ve en la vidriera del comercio algo que le gusta y desea comprarlo, de modo que el objeto es diferente del "yo" que lo desea, o el deseo es el "yo", y entonces hay una percepción del deseo sin el observador que observa al deseo.
Uno puede mirar un árbol. "Árbol" es la palabra por la cual uno reconoce eso que se levanta en medio del campo. Pero uno sabe que la palabra "árbol" no es el árbol. Del mismo modo, la esposa de uno no es la palabra, pero uno ha hecho que la palabra sea la esposa. No sé si ven todas las sutilezas de esto. Debemos entender claramente, desde el principio, que la palabra no es la cosa. La palabra "deseo" no es el sentimiento de deseo, el sentimiento extraordinario que hay detrás de esa reacción. Por lo tanto, debemos estar muy alerta para no quedar presos en la palabra. El cerebro también debe estar lo suficientemente activo como para ver que el objeto puede dar origen al deseo -deseo que no está separado del objeto-. ¿Nos damos cuenta de que la palabra no es la cosa y de que el deseo no está separado del observador que observa al deseo? ¿Nos damos cuenta de que el objeto puede dar origen al deseo, pero que el deseo es independiente del objeto?

¿Cómo florece el deseo? ¿Por qué detrás de él existe una energía tan extraordinaria? Si no comprendemos a fondo la naturaleza del deseo, estaremos siempre en conflicto los unos con los otros. Uno puede desear una cosa, la esposa de uno puede desear otra y los hijos pueden desear algo diferente. Y así estamos siempre disputando entre nosotros. Y a esta batalla, a esta lucha la llamamos amor, relación.

Nos preguntamos, pues: ¿Cuál es el origen del deseo? En esto debemos ser muy veraces, muy íntegros, porque el deseo es extremadamente engañoso y sutil, a menos que comprendamos cuáles son sus raíces. Para todos nosotros son importantes las respuestas sensorias: vista, tacto, gusto, olfato, oído. Y una respuesta sensoria en particular puede ser para algunos más importante que las otras respuestas. Si somos artistas, vemos las cosas de un modo especial. Si uno se ha adiestrado como ingeniero, entonces las respuestas sensorias son diferentes. Por lo tanto, nunca observamos de manera total, con todas las respuestas sensorias. Cada uno responde en cierto modo específicamente, dividido. ¿Es posible responder de manera completa, con la totalidad de nuestros sentidos? Vean la importancia de esto. Si uno responde totalmente, con todos sus sentidos, tiene lugar la eliminación del observador centralizado. Pero cuando uno responde de un modo específico a una cosa determinada, entonces comienza la división. Cuando dejen esta carpa, cuando contemplen la corriente de un río, la luz que centellea en sus rápidas aguas, averigüen si pueden mirar eso con todos sus sentidos. No me pregunten cómo se hace, porque en tal caso ello se vuelve mecánico. Antes bien, edúquense a sí mismos en la comprensión de la respuesta sensoria total.

Cuando vemos algo, el ver origina una respuesta. Vemos una camisa verde, o un vestido verde, y el acto de ver despierta la respuesta. Entonces se produce el contacto. Luego, a causa del contacto, el pensamiento crea la imagen de uno con esa camisa o ese vestido, y entonces surge el deseo. O uno ve un automóvil detenido en el camino; tiene hermosas formas, un pulido perfecto, y detrás de ello se percibe muchísimo poder. Entonces uno camina alrededor del auto, examina el motor... El pensamiento crea la imagen de uno mismo que entra en el automóvil, enciende el motor y, poniendo los pies en los pedales, lo maneja. Así es como comienza el deseo; el origen del deseo es el pensamiento que crea la imagen; hasta llegar a ese punto, no hay deseo. Están las respues­tas sensorias, que son normales, pero luego el pensamiento crea la imagen y desde ese instante se pone en marcha el deseo.

Ahora bien, ¿es posible que no surja el pensamiento creando la imagen? Esto es aprender acerca del deseo, lo cual es, en sí mismo, disciplina. Disciplina es el aprender acerca del deseo, no el controlarlo. Si aprendemos verdaderamente acerca de algo, ello se ha terminado. Pero si decimos que debemos controlar el deseo, nos encontramos en un terreno por completo diferente. Cuando ustedes capten la totalidad de este movimiento, descubrirán que el pensamiento con su imagen habrá dejado de interferir. Tan sólo verán, experimentarán la sensación; ¿qué hay de malo en ello?

LA MADEJA DEL PENSAMIENTO
Saanen, Suiza, 1 de julio de 1981
¿Cuál es el origen del deseo?

Cuando decimos que amamos a alguien, en ese amor hay deseo, están las placenteras proyecciones de las diversas actividades del pensamiento. Uno tiene que averiguar si el amor es deseo, sí el amor es placer, si en el amor hay miedo; porque donde hay miedo tiene que haber odio, celos, ansiedad, deseo de poseer, de dominar. En la relación hay belleza, y todo el cosmos es un movimiento de relación. Cosmos es orden, y cuando uno tiene orden ni lo interno, tiene orden en sus relaciones, y entonces es posible que haya orden en nuestra sociedad. Si investigamos la naturaleza de la relación, encontramos que es absolutamente necesario tener orden; desde ese orden adviene el amor.

¿Qué es la belleza? En esta mañana pura, ustedes ven la nieve fresca en las montañas, una visión encantadora. Ven aquellos árboles solitarios que se destacan negros contra esa blancura. Al mirar el mundo que los rodea, ven la maravillosa maquinaria, la extraordinaria computadora con su especial belleza; ven la belleza de un rostro, la belleza de una pintura, de un poema..., ustedes reconocen, al parecer, la belleza exterior. En los museos o cuando asisten a un concierto y escuchan a Beethoven o a Mozart, existe ahí una gran belleza, pero está siempre fuera de ustedes mismos. En los cerros, en los valles con sus aguas que corren, en el vuelo de las aves y en el canto de un mirlo en el amanecer, hay belleza. Pero ¿está la belleza únicamente allí fuera? ¿O la belleza es algo que existe sólo cuando el "yo" está ausente?

Cuando en una mañana soleada miramos aquellas montañas que resplandecen contra el cielo azul, esa majestad misma desaloja por un momento todos los recuerdos que hemos acumulado acerca de nosotros. Ahí, la belleza y la magnificencia externa, la majestad y la fuerza de las montañas barren, aunque sólo sea por un segundo, todos nuestros problemas. Nos hemos olvidado de nosotros mismos. La belleza existe cuando el "nosotros" está por completo ausente. Pero no estamos libres del "nosotros"; somos seres egoístas que sólo se interesan en sí mismos, en la importancia de sus propios problemas personales, en sus angustias y pesares, en su soledad. A causa de ese desesperado sentimiento de soledad deseamos identificarnos con una cosa u otra, y nos apegamos a una idea, a una creencia, a una persona; especialmente a una persona. En la dependencia surgen todos nuestros problemas. Donde hay dependencia psicológica, comienza el temor. Cuando estamos atados a algo, se inicia el proceso de corrupción.

El deseo es el más apremiante y vital impulso de nuestra vida. Nos referimos al deseo mismo, no al deseo por una cosa en particular. Todas las religiones han dicho que si uno quiere servir a Dios, debe subyugar el deseo, debe destruirlo, controlarlo. Han dicho: Sustituyan el deseo, sustitúyanlo por una imagen. La imagen, creada por el pensamiento, es la imagen que poseen los cristianos, la que poseen los hindúes, etc. Sustituyan lo real por una imagen. Lo real es el deseo -el deseo que arde-, y las religiones piensan que uno puede dominar ese deseo reemplazándolo por alguna otra cosa. O que puede hacerlo entregándose a aquel que uno piensa que es el maestro, el salvador, el gurú, lo cual es otra vez la actividad del pensamiento. Éste ha sido el patrón de todo el pensar religioso. Uno ha de comprender todo el movimiento del deseo porque, obviamente, el deseo no es amor ni es compasión. Y sin amor, sin compasión, la meditación no tiene ningún sentido. El amor y la compasión poseen su inteligencia propia, la cual no es la inteligencia del ingenioso pensamiento.

Por lo tanto, es fundamental comprender la naturaleza del deseo; comprender por qué el deseo ha jugado un papel tan notablemente importante en nuestra vida, comprender cómo deforma la claridad, cómo impide la extraordinaria calidad del amor. Es, esencial que lo comprendamos, sin reprimirlo, sin tratar de controlarlo o dirigirlo en una dirección particular que, según pensamos, podrá darnos la paz.

Por favor, tengan bien presente que quien les habla no trata de impresionarlos o de guiarlos y ayudarlos, sino que juntos estamos recorriendo un sendero muy sutil y complejo. Tenemos que escucharnos el uno al otro para descubrir la verdad acerca del deseo. Cuando uno comprende la importancia, el significado, la plenitud y verdad del deseo, entonces el deseo tiene un valor o un empuje por completo diferente en nuestra vida.

Cuando uno observa el deseo, ¿lo observa como un espectador externo que mirara al deseo? ¿O lo observa a medida que el deseo surge? No el deseo como algo separado de uno mismo, porque uno es el deseo. ¿Alcanzar a ver la diferencia? O bien uno observa el deseo como cuando ve en la vidriera del comercio algo que le gusta y desea comprarlo, de modo que el objeto es diferente del "yo" que lo desea, o el deseo es el "yo", y entonces hay una percepción del deseo sin el observador que observa al deseo.
Uno puede mirar un árbol. "Árbol" es la palabra por la cual uno reconoce eso que se levanta en medio del campo. Pero uno sabe que la palabra "árbol" no es el árbol. Del mismo modo, la esposa de uno no es la palabra, pero uno ha hecho que la palabra sea la esposa. No sé si ven todas las sutilezas de esto. Debemos entender claramente, desde el principio, que la palabra no es la cosa. La palabra "deseo" no es el sentimiento de deseo, el sentimiento extraordinario que hay detrás de esa reacción. Por lo tanto, debemos estar muy alerta para no quedar presos en la palabra. El cerebro también debe estar lo suficientemente activo como para ver que el objeto puede dar origen al deseo -deseo que no está separado del objeto-. ¿Nos damos cuenta de que la palabra no es la cosa y de que el deseo no está separado del observador que observa al deseo? ¿Nos damos cuenta de que el objeto puede dar origen al deseo, pero que el deseo es independiente del objeto?

¿Cómo florece el deseo? ¿Por qué detrás de él existe una energía tan extraordinaria? Si no comprendemos a fondo la naturaleza del deseo, estaremos siempre en conflicto los unos con los otros. Uno puede desear una cosa, la esposa de uno puede desear otra y los hijos pueden desear algo diferente. Y así estamos siempre disputando entre nosotros. Y a esta batalla, a esta lucha la llamamos amor, relación.

Nos preguntamos, pues: ¿Cuál es el origen del deseo? En esto debemos ser muy veraces, muy íntegros, porque el deseo es extremadamente engañoso y sutil, a menos que comprendamos cuáles son sus raíces. Para todos nosotros son importantes las respuestas sensorias: vista, tacto, gusto, olfato, oído. Y una respuesta sensoria en particular puede ser para algunos más importante que las otras respuestas. Si somos artistas, vemos las cosas de un modo especial. Si uno se ha adiestrado como ingeniero, entonces las respuestas sensorias son diferentes. Por lo tanto, nunca observamos de manera total, con todas las respuestas sensorias. Cada uno responde en cierto modo específicamente, dividido. ¿Es posible responder de manera completa, con la totalidad de nuestros sentidos? Vean la importancia de esto. Si uno responde totalmente, con todos sus sentidos, tiene lugar la eliminación del observador centralizado. Pero cuando uno responde de un modo específico a una cosa determinada, entonces comienza la división. Cuando dejen esta carpa, cuando contemplen la corriente de un río, la luz que centellea en sus rápidas aguas, averigüen si pueden mirar eso con todos sus sentidos. No me pregunten cómo se hace, porque en tal caso ello se vuelve mecánico. Antes bien, edúquense a sí mismos en la comprensión de la respuesta sensoria total.

Cuando vemos algo, el ver origina una respuesta. Vemos una camisa verde, o un vestido verde, y el acto de ver despierta la respuesta. Entonces se produce el contacto. Luego, a causa del contacto, el pensamiento crea la imagen de uno con esa camisa o ese vestido, y entonces surge el deseo. O uno ve un automóvil detenido en el camino; tiene hermosas formas, un pulido perfecto, y detrás de ello se percibe muchísimo poder. Entonces uno camina alrededor del auto, examina el motor... El pensamiento crea la imagen de uno mismo que entra en el automóvil, enciende el motor y, poniendo los pies en los pedales, lo maneja. Así es como comienza el deseo; el origen del deseo es el pensamiento que crea la imagen; hasta llegar a ese punto, no hay deseo. Están las respues­tas sensorias, que son normales, pero luego el pensamiento crea la imagen y desde ese instante se pone en marcha el deseo.

Ahora bien, ¿es posible que no surja el pensamiento creando la imagen? Esto es aprender acerca del deseo, lo cual es, en sí mismo, disciplina. Disciplina es el aprender acerca del deseo, no el controlarlo. Si aprendemos verdaderamente acerca de algo, ello se ha terminado. Pero si decimos que debemos controlar el deseo, nos encontramos en un terreno por completo diferente. Cuando ustedes capten la totalidad de este movimiento, descubrirán que el pensamiento con su imagen habrá dejado de interferir. Tan sólo verán, experimentarán la sensación; ¿qué hay de malo en ello?

LA MADEJA DEL PENSAMIENTO
Saanen, Suiza, 1 de julio de 1981





"Hank La vida de Charles Bukowski" (1991) de Neeli Cherkovski


"La acusación más grave que Bukowski hace a la sociedad, y que encontramos a lo largo de toda su obra, es que la gente, atemorizada por las condiciones sociales y económicas, acaba aceptando la humillación y el fracaso. Aceptan puestos que les roban individualidad y gradualmente van aceptando, e incluso admitiendo, la sumisión a otras personas con puestos de mayor poder. Así pierden la capacidad de pensar por sí mismos."

Pág 53.

"Nota: dije que no sabía escribir un prólogo y se me dijo que lo escribiera, simplemente como escritor, pero no soy escritor. De qué tengo miedo: de convertirme en uno, en uno muy bueno, de aprender a DARME AIRES...Me asusta y ya no confío en mí mismo. El miedo a quedarme fuera y ya no poder ver nunca más la verdadera luz con mis propios ojos...También es malo amar este libro; no confiamos en ese amor. Tengo tan mala suerte, voy calle abajo...pensando en eso, en mi suerte: OTRO LIBRO...las gentes (especialistas incluidos) hablan de mí en grupos -como poeta- como escritor de poemas, y saben más de Bukowski que él mismo...me arrastro hacia el agujero al que normalmente suelo arrastrarme después de un libro, olvidándome del sol de madera, olvidándome de la imagen, venderse o no venderse..."

Pág 148.

En Hank La vida de Charles Bukowski, Cherkovski, Neeli, Editorial Anagrama, Barcelona, 1993.

"Mujeres de Charles Bukowski



"Cuando me corría sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí. Básicamente deseaba prostitutas, porque eran duras, sin esperanzas, y no pedían nada personal. Nada se perdía cuando ellas se iban. Pero al mismo tiempo soñaba con una mujer buena y cariñosa, a pesar de lo que me pudiera costar. De cualquier manera estaba perdido. Un hombre fuerte pasaría de ambos tipos. Yo no era fuerte. Así que continuaba bregando con las mujeres, con la idea de las mujeres."

Pág 83.

"-No, me perdí por ignorancia y por miedo. No soy una persona completa, soy la caricatura urbana de un hombre. Más o menos una fallida escultura de mierda sin nada absolutamente que ofrecer."

Pág 94.

"La muchedumbre rugía y se desgañitaba y trasegaba cerveza. Habían escapado temporalmente de fábricas, almacenes, mataderos, garajes de limpieza de coches...volverían a la cautividad al día siguiente, pero ahora estaban fuera, enardecidos por la libertad. No estaban pensando en la esclavitud de la pobreza, ni en la esclavitud de la beneficencia y los sellos de comida. El resto de nosotros viviría tranquilo hasta que los pobres aprendiesen a construir bombas atómicas en sus sótanos."

Pág 110.

"Ese es el problema con la bebida, pensé, mientras me servía un trago. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo."

Pág 188.

En Mujeres, Bukowski, Charles, Editorial Anagrama, Barcelona, 1994.


"Tuve que meterme en un tembladeral”

El escritor explora por primera vez en clave ficcional los años de la dictadura militar. A través de una trama en la que se mezclan las aguas de lo real y lo imaginario, buscó el reflejo de una sociedad “que no quiso ver su realidad”.


Por Silvina Friera


Parte II


En un momento Emilia recuerda a Carmona, personaje de La mano del amo, novela donde también es muy fuerte el vínculo filial entre Carmona y Madre, como en Purgatorio entre Emilia y su padre Dupuy. ¿Qué paralelismo puede establecer entre ambas novelas?

–Carmona es un débil que nunca se rebela, en cambio Emilia necesita de alguna forma de rebelión para poder llegar a encontrar en su mapa propio a Simón. En la travesía de Emilia hacia Estados Unidos, ella está siendo impelida o empujada por el padre por sucesivos mensajes fraguados, que hacen que se mueva de un lugar a otro con la esperanza de reencontrarse con su marido. También hay un mensaje fraguado de la madre, en el caso de Carmona. El sueño de Carmona es cantar en un teatro en Buenos Aires, pero la madre le troncha ese deseo. No lo detiene sino que se lo frustra cuando llega. Al final de la novela, el padre de Emilia no puede frustrarle el encuentro con Simón, pero probablemente si el padre hubiera estado vivo, le habría frustrado el encuentro. El padre felizmente ya no está y eso permite que la novela tenga un final feliz.

–¿Costó llegar a ese final feliz?

–Necesitaba que la novela terminara bien porque, dentro del horror de lo que sufrió el país, quería instalar alguna forma de esperanza, aunque fuera en el terreno de lo individual. Hay una salvación o un reencuentro en lo individual. En lo colectivo, no.

El escritor, que en Purgatorio aparece a través de un personaje-narrador en primera persona, un novelista y docente de la Universidad de Rutgers que conoce a Emilia porque le interesa el mundo de los cartógrafos, plantea que toda novela es de algún modo una forma de autobiografía. “La cartografía inventa mundos, desplaza la realidad a voluntad. Las realidades desconocidas en los mapas se sustituían con la imaginación, como hacen las novelas. Los mapas no registran los movimientos, ni los volúmenes de verdad. Te dan una idea de las cosas, pero incierta. Los mapas también transforman tu mirada del mundo, como las novelas. Por eso Emilia, en la medida en que tiene la convicción de lo que significan los mapas, sabe que Simón la va a venir a buscar a un mapa, entonces ella trata de establecerse en un mapa, en un lugar en el mundo.”

–¿Por qué en Purgatorio optó por no ser explícito y no poner los nombres de Videla o de Massera?

–Porque no quise rebajarme y poner sus nombres en una novela firmada por mí. Me parecía que era un acto de autodenigración muy severo.

–¿Cómo se le ocurrió que Dupuy le ofreciera a Orson Welles hacer un Ciudadano Kane made in Argentina para el Mundial del ’78?

–Pensé que la dictadura en esa búsqueda de lo grandioso que quería que fuera el Mundial imitaría lo nazi, pero llevado al extremo. A Welles lo conocí en la corrida final de Antonio Bienvenida, cuando yo estaba en España, haciendo una nota para Primera Plana sobre la Guerra Civil. Me acerqué a Welles y le pregunté qué le parecían los toros. Y me dijo: “Este no está mal, lo han traído hoy y está un poco cansado”. Welles sabía muchísimo de toros, casi tanto como de cine. Me pareció que era un tipo que podía disparar para cualquier lado, un irreverente en el mejor sentido de la palabra. Me divertí mucho escribiendo esa parte de la novela. En una novela tan melancólica como ésta necesitaba un poco de humor.

–En un momento el narrador de Purgatorio confiesa que le hubiera gustado ser poeta. ¿A usted también?

–Sí, mucho. En verdad empecé escribiendo poemas. Cuando tenía 14 años, como era un chico muy osado, me presenté a un concurso de poesía de mi provincia (Tucumán). Y les gané a poetas extraordinarios, a los que admiraba y admiro mucho ahora. Por suerte me pararon en ese camino, alguien que quizá no se acuerda de esta historia. Terminé un libro de poesía y me presenté a un concurso cuando tenía 17 años. Conocía muy bien a María Elena Walsh y le conté que iba a presentar un libro al concurso. Ella me dijo: “Mirá que yo soy una jurado muy rigurosa”. “Mejor”, le dije. Presenté el libro y no gané, lo ganó otro poeta, cordobés. En esa época me parecía que mi libro era mejor que el libro del cordobés. Y le dije: “María Elena, ¡premiaste a un poeta que me parece menor!”.

–¡Qué bravo que era con 17 años!

–Yo creía que era un gran poeta (risas). Por suerte ella me detuvo con una muy buena reflexión: “Tu libro estaba bien, Tomás; pero esa voz tuya podía ser la de cualquiera”. Nunca más escribí poemas.

El escritor ofrece café y desde la cocina se escucha el preludio de su queja contra un equívoco que cree que sólo ocurre en la Argentina. “Aquí se confunde el éxito con la búsqueda del mercado. Los grandes escritores de los Estados Unidos, al menos los que a mí más me gustan, como Philip Roth o Don DeLillo, escriben sin pensar en la repercusión. Escriben lo que sienten que deben escribir, y si el libro funciona en general traban una buena relación con el lector”, compara el escritor. “Escribir es un oficio en el que derramás vida, sueños, energías... Sólo sos un privilegiado por tener tiempo para escribir. Y lo dice alguien que durante la mayor parte de su tiempo tuvo que ganarse la vida sin poder escribir lo que quería porque tenía que mantener una familia. Y al condenarme al exilio tuve que trabajar como un alfarero, como un carpintero, escribiendo libros que firmaban otros para poder sobrevivir y mandar algún dinero a los hijos que tenía aquí.”

“Hay escritores que persiguen el éxito por el éxito mismo; pero hay otros que se preocupan por construir cabalmente personajes, tramas, cuidan el lenguaje, trabajan con una enorme pasión y tesón, y circunstancialmente les va bien o mal, pero a veces son condenados públicamente cuando les va bien. No es mi caso, pero lo mejor de la crítica que he recibido fue en Alemania, en Inglaterra, en Estados Unidos, en Francia, en Italia. A veces nos juntamos con otros escritores latinoamericanos y comparamos cómo nos va en distintos lugares, dónde nos leen bien y dónde nos leen equivocadamente. Como yo he sido crítico, también sé que muchas veces se lee con el hígado, con las simpatías y antipatías personales.

–¿Siente que en la Argentina no se lo lee bien?

–No siento nada, en verdad. Ahora me da lo mismo cómo leen, ya no me importa, pero sé que me van a leer con el hígado, con los riñones, con el buen o mal humor del día. Es decir que van a leerme como me quieren leer.