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    miércoles, 15 de octubre de 2008

    Presentación de Sacher-Masoch Lo frio y lo cruel Gilles Deleuze

    Traducido por Irene Agoff Amorrortu, Buenos Aires, 2001
    Título original: Présentation de Sacher-Masoch.
    Le froid et le cruel Editions de Minuit, París, 1967


    Prólogo
    Los principales datos sobre la vida de Sacher-Masoch provienen de su secretario, Schlichtegroll (Sacher-Masoch und der Masochismus), y de su primera mujer, quien adoptó el nombre de Wanda, heroína de La Venus de las pieles (Wanda von Sacher-Masoch, Confession de ma vie, traducción francesa publicada por Mercure de France). El libro de Wanda es muy be­llo. Los biógrafos ulteriores lo juzgaron con severidad, aunque a menudo se contentaran con plagiarlo. Wan­da presenta una imagen demasiado inocente de sí misma y, como Masoch fue masoquista, se pretendió que ella fue sádica. Pero quizás el problema no esté bien planteado así.
    Leopold von Sacher-Masoch nació en Lemberg, Galitzia, en 1835. Sus ascendencias fueron eslavas, españolas y bohemias. Sus abuelos eran funcionarios del imperio a ustroh úngaro. Su padre, jefe de policía de Lemberg. Las escenas de amotinamiento y cárcel que presenció de niño dejaron en él marcas muy pro­fundas. Influye en toda su obra el problema de las mi­norías, las nacionalidades y los movimientos revolu­cionarios en el imperio: cuentos galitzianos, judíos, húngaros, prusianos...
    [1] Son frecuentes las descrip­ciones de la comuna agrícola y su organización y de la doble lucha de los campesinos: contra la administra­ción austríaca pero sobre todo contra los propietarios locales. Es un paneslavista deslumbrado. Sus gran­des hombres son Pushkin y Lermontov, además de Goethe. A él mismo lo llaman «el Turgueniev de la Pe­queña Rusia».
    Se desempeña primero como profesor de historia en Graz, y comienza su carrera literaria escribiendo no­velas históricas con las que obtiene un éxito inmediato. La mujer divorciada (1870), una de sus primeras no­velas de género, alcanzó vasta repercusión, América incluida. En Francia, las editoriales Hachette, CalmannLévy y Flammarion publicarán traducciones de sus novelas y cuentos. Una de sus traductoras llegó a presentarlo como un moralista severo, autor de nove­las folclóricas e históricas, sin aludir en lo más míni­mo a la entraña erótica de su obra. Es evidente que, atribuidos al alma eslava, sus fantasmas ya no inco­modaban tanto. Y aun es preciso tomar en cuenta una razón más general: por entonces, las condiciones de «censura» y tolerancia eran muy diferentes de las que imperaban en el siglo XIX entre nosotros; la sexuali­dad indefinida, poco detallista en lo orgánico y lo psí­quico, era más aceptada. Masoch habla un lenguaje en el que lo folclórico, lo histórico, lo político, lo místico y lo erótico, lo nacional y lo perverso se mezclan ínti­mamente, formando una nebulosa para los azotes. No le agrada, pues, ver a KrafftEbing servirse de su nom­bre para designar una perversión. Masoch fue un au­tor célebre y respetado. Hizo un viaje triunfal a París en 1886, donde se lo condecoró y recibió la entusiasta acogida de Le Figaro y de La Revue de Deux Mondes.
    Son célebres los gustos eróticos de Masoch: jugar al oso o al bandido; hacerse cazar, atar, hacerse infligir castigos, humillaciones e incluso intensos dolores físi­cos por parte de una mujer opulenta envuelta en pieles y empuñando un látigo; vestirse de criada, multiplicar fetiches y disfraces; publicar avisos clasificados, fir­mar «contrato» con la mujer amada y, de ser necesario, prostituirla. Una primera aventura con Anna von Kottowitz inspira La mujer divorciada; otra con Fanny von Pistor, La Venus de las pieles. Luego, una tal señorita Aurore Rümelin se dirige a él en condiciones epistolares ambiguas, adopta el seudónimo de Wanda y se casa con Masoch en 1873. Será su compañera, a la vez dócil, exigente y desbordada. La suerte de Masoch es la decepción, como si el poder del disfraz fuese tam­bién el del malentendido: intenta permanentemente introducir un tercero en su matrimonio, a quien llama «el Griego». Pero, ya con Anna von Kottowitz, un su­puesto conde polaco resultó ser ayudante de farmacia, buscado por robo y peligrosamente enfermo. Con Au­roreWanda, una curiosa aventura parece tener por protagonista a Luis II de Baviera; podrá leerse el rela­to al final de este libro. Una vez más, los desdobla­mientos de persona, las máscaras, las trapisondas de un bando al otro montan un ballet extraordinario que acaba en decepción. Por último, la aventura con Armand, del Figaro —muy bien narrada por Wanda pe­se a lo que el propio lector tenga que corregir—, episo­dio que determina el viaje de 1886 a París pero que se­lla también el fin de su unión con Wanda. En 1887, Sacher-Masoch se casa con la institutriz de sus hijos. Una novela de Myriam Harry, Sonia en Berlín, hace un interesante retrato de Masoch en su retirada final. Muere en 1895, víctima del olvido en el que ya ha caí­do su obra.
    Esta obra sin embargo es importante e insólita. Él la concibe como un ciclo o, mejor dicho, como una serie de ciclos. El principal se titula El legado de Caín e iba a tratar seis temas: el amor, la propiedad, el dinero, el Estado, la guerra y la muerte (sólo las dos primeras partes se terminaron, pero los otros temas están ya presentes en ellas). Los cuentos folclór icos o nacionales constituyen los ciclos secundarios. En particular, dos novelas negras que se cuentan entre las mejores de Masoch tratan de sectas místicas de Galitzia y alcan­zan un nivel de tensión y angustia rara vez igualado: Pecadora de almas y La Madre de Dios. ¿Qué significa la expresión «legado de Caín»? En primer lugar, pre­tende resumir la herencia de crímenes y sufrimientos que agobia a la humanidad. Pero la crueldad es tan sólo una apariencia sobre un fondo más secreto: la frialdad de la Naturaleza, la estepa, la imagen helada de la Madre en la que Caín descubre su propio destino. Y el frío de esta madre severa es, en rigor, una suerte de transmutación de la crueldad de la que surgirá el hombre nuevo. Hay, pues, un «signo» de Caín que muestra cómo se debe utilizar el «legado». De Caín a Cristo, el mismo signo desemboca en el Hombre en la cruz, «sin amor sexual, sin propiedad, sin patria, sin disputa, sin trabajo, que muere voluntariamente, per­sonificando la idea de la humanidad». La obra de Ma­soch condensa los recursos del romanticismo alemán. A nuestro entender, jamás otro escritor aprovechó así las potencialidades del fantasma y del suspenso. Ma­soch tiene una manera muy particular, a la vez de «desexualizar» el amor y de sexualizar toda la historia de la humanidad.
    La Venus de las pieles, Venus im Pelz (1870), es una de las novelas más célebres de Masoch. Integra el primer volumen de El legado de Caín, acerca del amor. Una traducción debida al economista R. Ledos de Beaufort se publicó simultáneamente en francés y en inglés (1902), pero es extremadamente inexacta. Nosotros preferimos la nueva traducción francesa a cargo de Aude Willm
    * Completan este volumen tres Apéndices: uno en el que Masoch expone su concepción general de la novela y refiere un singular recuerdo de infancia; el segundo reproduce dos «contratos» amoro­sos personales de Masoch con Fanny von Pistory Wan­da; en el tercero, Wanda Sacher-Masoch narra la aventura con Luis II.
    El destino de Masoch es doblemente injusto. No porque su nombre haya servido para designar el masoquismo, al contrario; sino ante todo porque, a la par que ese nombre entraba en la circulación corriente, su obra iba cayendo en el olvido. Es indudable que sobre el sadismo se publican libros que no revelan ningún conocimiento de la obra de Sade. Pero esto es cada vez menos frecuente. Sade es cada vez más profundamen­te conocido, y la reflexión clínica sobre el sadismo se beneficia singularmente de la reflexión literaria sobre Sade; lo inverso también es verdad. En cuanto a Ma­soch, la ignorancia de su obra resulta sorprendente, aun en los mejores libros sobre el masoquismo. Sin embargo, ¿no ha de pensarse que Masoch y Sade son algo más que simples casos entre otros, y que ambos tienen algo esencial que enseñarnos, uno sobre el ma­soquismo tanto como el otro sobre el sadismo? Una se­gunda razón redobla la injusticia de la suerte de Ma­soch. La de que, clínicamente, sirve de complemento a Sade. ¿No es este el motivo por el que quienes se intere­san por Sade no manifestaron interés especial por Ma­soch? Demasiado de prisa se entiende que basta trocar los signos, invertir las pulsiones y figurarse la gran unidad de los contrarios para obtener Masoch a partir de Sade. El tema de una unidad sadomasoquista, de una entidad sadomasoquista, fue muy perjudicial pa­ra Masoch. Este no sólo padeció un olvido injusto sino también una injusta complementariedad, una injusta unidad dialéctica.
    Porque, en cuanto lee uno a Masoch, siente cabal­mente que su universo no tiene nada que ver con el universo de Sade. No se trata sólo de técnicas, sino de problemas, inquietudes y proyectos en extremo dife­rentes. No vale objetar que el psicoanálisis mostró ha­ce tiempo la posibilidad y la realidad de las transfor­maciones sadismomasoquismo. Lo que está en cues­tión es la unidad misma de lo que se da en llamar sadomasoquismo. La medicina distingue entre síndro­mes y síntomas: los síntomas son signos específicos de una enfermedad, mientras que los síndromes son uni­dades de coincidencia o de cruce que remiten a genea­logías causales muy diferentes, a contextos variables. No estamos seguros de que la propia entidad sadomasoquista no sea un síndrome que deba ser disociado en dos genealogías irreductibles. Tanto se nos dijo que era sádico y masoquista, que al final nos lo creímos. Hay que volver a empezar de cero, y hacerlo por la lec­tura de Sade y de Masoch. Puesto que el juicio clínico está repleto de prejuicios, hay que volver a empezar to­do por un punto situado fuera de la clínica, el punto li­terario, desde donde fueron nombradas las perversio­nes. No es casual que el nombre de dos escritores sirva aquí de designador; es posible que la crítica (en el sentido literario) y la clínica (en el sentido médico) es­tén decididas a entablar nuevas relaciones donde la una enseñe a la otra, y recíprocamente. La sintomatología es siempre cuestión de arte. Las especificidades clínicas del sadismo y del masoquismo no son inde­pendientes de los valores literarios de Sade y de Ma­soch. Y, en lugar de una dialéctica que corra a reunir contrarios, deben intentarse una crítica y una clínica capaces de despejar tanto los mecanismos verdadera­mente diferenciales como las respectivas originalida­des artísticas.
    [1] Una parte de los Contes galiciens fue reeditada por el Club Fran­cés del Libro (1963).
    * Esta edición en castellano no incluye el texto La Venus de las pie­les en la citada traducción de Aude Willm, pero reproduce los tres Apéndices de Deleuze que completaban la edición original. (N. de la T.)

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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